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martes, 9 de junio de 2015

Mis libros en papel


No one can construct for you the bridge upon which precisely you must cross the stream of life, no one but you yourself alone. Friedrich Nietzsche

Me hacía ilusión tener mis libros en papel, aunque tras el chasco del rechazo de Paloma por las editoriales, a pesar del respaldo del acta del Lazarillo en la que constataba que era una de las dos obras finalistas, me desinflé un poco. Esperar y no recibir respuesta, o saber que ni siquiera se han molestado en leerse tu libro es a la vez desesperante y frustrante. Sin embargo hay que poner las cosas en perspectiva y no hacer un drama de lo que no lo es, el que algo haga ilusión no obliga al resto del mundo a satisfacer ese deseo y esperar que todo funcione al gusto de uno es infantil e inmaduro. Mis historias son cuentos, sí, pero sus protagonistas son positivos, tenaces y poseen empuje. Forman parte de mí y quiero que se sientan orgullosos de su autora, así que debía intentarlo de otro modo.

Leí hace poco en una reseña de un libro, en concreto El marciano de Andy Weir, que contaba que las editoriales apostaron por él a pesar de que el autor se había autopublicado. Según decían eso es algo que no les gusta. Me resultó irónico. La pregunta es ¿qué les gusta a las editoriales? Porque si no tienes un nombre o un avalista que lo tenga por ti, y no necesariamente de carácter literario, está claro que, de entrada, no te van ni a considerar. Si se fijaron en El marciano no fue por lo estupenda que es su historia, que lo es, sino porque previamente había logrado un éxito considerable de ventas y cuando lo que te preocupa es ganar dinero y alguien te enseña la gallina de los huevos de oro te lanzas a por ella, aunque provenga de una despreciable autopublicación. Una vez conseguida, su origen se convierte una fuente de publicidad, se vende el altruismo de la editorial que "a pesar de su dudosa procedencia" se ha interesado por la obra.

Al final, y en vista de que ningún cazatalentos me tenía en su punto de mira, me autopubliqué. Escogí Create Space de amazon tras un email que me enviaron después de poner Paloma en Kindle. Es fácil, aunque al principio no me lo pareció tanto, y los ejemplares salen a un precio muy razonable (mucho más baratos que con otras plataformas). Cometí muchos errores, se supone que ese es un método de aprendizaje, y he perdido la cuenta de las veces que he revisado el texto, la maquetación, la portada y el millón de detalles y pijadas que no sabes que existen hasta que te pones a ello. Les he dado más vueltas a mis historias que si las hubiese montado en un tiovivo y el resultado final es el que es no porque estén perfectas sino porque en algún momento hay que parar y ya no sé cómo mejorarlas, que seguro que es posible. Los comentarios de la gente que ha visto los libros encuadernados es que "han quedado muy bonitos", e incluso el catedrático ha pensado en publicar de este modo sus próximas obras. Los hay que, hasta que no los han visto físicamente, no se habían enterado de que los libros estaban disponibles en papel (de ahí el poner la foto y crear esta entrada) y al enterarse los han comprado. Se pueden conseguir por cualquier amazon y también directamente en la página de Create Space (aunque los gastos de envío para España son mayores porque los mandan desde los USA).


jueves, 23 de abril de 2015

Mis libros

Día del Libro. Todos los meses debería haber al menos un día para festejar la lectura. Un libro y un trozo de pastel motivaría a los más peques a leer, y a los golosos algo menos peques es posible que también. Mis libros se han juntado para celebrarlo y, como ya son unos pocos, quieren pasarlo bien. Una reunión de brujas, trols, duendes, hadas, personajes navideños, sirenas y unos cuantos animalitos no parece un mal plan. ¿Quién se apunta? 

PALOMA

Es un hecho, no por muchos conocido, que las brujas nacen de los cuervos. Así empieza Paloma, un cuento de brujas que no dan miedo, una historia de colores cambiados con mucho hollín. Su protagonista es Marla, una anciana hechicera que ha alcanzado (y superado con creces) la edad de pasar el testigo. Debido a su vejez, Marla se equivoca de nido al buscar sustituta. La elegida no tarda en ser consciente del error de su madre adoptiva. No obstante prefiere no aclarar el asunto, no desea ser descubierta y perder así los privilegios de su nueva vida con la bruja. ¿Qué mejor que los guisos de la anciana para saciar su voraz apetito? Poco dispuesta a sufrir, se las ingenia para mantener el engaño. Sin embargo, cuando llega el momento ineludible de la verdad, la impostora acaba condenada "a la sombra". Allí descubre que no se encuentra sola. A pesar de la compañía su nueva situación no es en absoluto envidiable y pergeña un plan, a su gusto, para escapar.

Paloma fue finalista del Premio Lazarillo en 2012. No es que el galardón haya servido para que ningún editor se interesara en la historia, pero eso no quita que, para mí, sea motivo de orgullo. Gracias por todos los comentarios en la página de amazon y también a las excelentes críticas literarias que le escribieron los hijos de mis amigas. 


Esta historia es la continuación de Paloma. La tranquila vida en la cabaña de Marla, Orión y Paloma se ve interrumpida cuando la gemelísima de Marla, Merle, anuncia su visita. No se precisa una bola de cristal para saber que sus intenciones no son buenas, nunca lo son. ¿Qué pueden hacer una bruja blanca, que no sabe controlar su magia, y una bruja negra, sin la suya, contra el miembro más pérfido del aquelarre. ¿Huir? ¿Esconderse? ¿Practicar la magia, a pesar de los riesgos que eso implica, hasta aprender a manejarla? ¿Refugiarse en la ciencia? Según pasan los días y crece la tensión de la espera, la situación no mejora, aunque aparecen nuevos aliados a su causa. ¿Qué sucederá cuando Merle descubra lo anómalo de su situación? ¿Lograran evitar la hecatombe? El futuro se torna negro... 

El hijo de un amigo de House me envió un dibujo precioso, y graciosísimo, después de leer la historia con su padre. En él mostraba la cabaña y a todos los personajes (escobas incluidas). Me encantó. 


Entre la Mitología del Mar existe una antiquísima leyenda que afirma que, cuando un humano atrapa a una sirena, ésta queda ligada al mundo del mortal y debe abandonar el Océano.
Lo que casi nadie sabe es que , solo cuando la sirena así lo elige, puede ser retenida. El precio de su decisión será el de renunciar al Mar para siempre y, con él, a su memoria. Sus recuerdos se perderán en la inmensidad. Jamás habrá vuelta atrás. El Océano la repudiará: encriptará sus enigmas en un lenguaje desconocido, le arrancará los secretos contenidos en el brillo de sus escamas y le ocultará sus misterios. A cambio, su sombra se hará corpórea, la espuma y la sal se cubrirán de una piel fina e inalterable y sus nuevos cabellos atraparán la fuerza de las corrientes y la luz del día, o de la noche. Para la sirena la eternidad se transformará en un extraño sentimiento: el amor. Por él sacrificará su libertad y su inmortalidad, para unir, de forma irrevocable, su nueva vida a la de su amado.

Hermanísima trasnocha últimamente más de la cuenta porque está enganchada a la historia. Soñar despierta con la ayuda de un libro no es un mal sustituto de otro tipo de sueños. 


Según la tradición los trols viven de noche y, durante el día, duermen en grutas excavadas en las montañas porque no soportan la luz. Su leyenda también afirma que, si no se refugian, los trols se convierten en piedra al amanecer, con el primer rayo de sol. Como casi todas las leyendas ésta posee una base de verdad, aunque cubierta por un grueso barniz de fabulación. ¿Qué es cierto y qué no lo es? Es difícil de saber si no se es un trol pero, en este caso, aunque no se me pueda considerar un ejemplar típico, es lo que soy.

Me llamo Sig. Ya he dicho que soy un trol, aunque debo matizar que no soy un trol a la usanza. Nací de una roca, al igual que el resto de mis congéneres, pero mi nacimiento se complicó. En mi caso la tierra tembló pero la montaña no me condujo a través de una vía hacia sus entrañas, sino que la energía me expulsó hacia el exterior. Volé por los aires, sin sembrar la destrucción a mi paso. Tampoco me deshice al chocar contra la tierra porque caí en el interior de una poza. No me golpeé contra el suelo y nada aplastó mi cabeza, ni mucho menos mi cerebro...

Gracias a Sergio mi Trol ya tiene su primer comentario en amazon. Me alegro de que mi personaje le resultase tan entrañable como a mí. 


Shhh, no despertéis a Flora 
¿Flora? 
Flora es la voz del valle, el origen de este lugar. Muchos creen que es una leyenda pero todo aquello sucedió en realidad. 
¿Qué es lo que ocurrió? 
Quizás sea un poco largo: hay brujas, duendes y hadas, hechizos y ciudades encantadas, pociones mágicas e incluso trols, pero, si de verdad os interesa, os contaré su historia. 
"Hace mucho tiempo, perdido entre las montañas,  no lejos de aquí, existió un lugar llamado Valaín (...) Nuestra historia comenzó el fatídico día en el que apareció en el valle una malvada bruja..."

La redacción original de sobrinísima está en una adenda al final del libro. Difícil decir si el proyecto le hace más ilusión a ella o a mí. 



"Nicole se despertó emocionada. ¡Por fin había llegado el invierno, su estación preferida, la que esperaba con impaciencia desde la primavera! No le importaba que el sol no apareciese durante todo el día y que en su lugar los reflejos azulados de la nieve trasformasen el paisaje en un mundo de ensueño. Ese mundo misterioso se desvanecería junto al invierno, cuando la nieve se derritiese bajo los rayos del sol. Sin embargo, lo que más le gustaba a Nicole de ese primer día no era el escenario casi onírico, ni el frío tonificante que traspasaba la protección acolchada de su anorak y sus botas. Aquella mañana era especial porque, justo después de desayunar, llegaría el momento de acompañar al abuelo a sacar el Trineo de su escondite secreto." 

En el Polo Norte se ultima la Navidad. El Gran Trineo sale de su escondite cuando un deshielo intempestivo interrumpe su viaje e impide que alcance el taller de los duendes. Nicole, el Trineo y la Navidad están en peligro. ¿Se salvarán?

¡Por fin uno de mis cuentos consiguió intrigar al Catedrático! Fue mejor que ganar un premio. Por supuesto, la dedicatoria es para él. 

¡Feliz día de libro y espero que todos los días merezcan ese nombre!

lunes, 5 de enero de 2015

Entresijos creativos

Escribir un libro te sumerge en la historia. Se empieza con una idea y al progresar se descubre que el plan inicial es "orientativo". Nada está predefinido, ni siquiera los personajes que, con cierta frecuencia, aparecen en un determinado momento con la intención de quedarse. No hay que preocuparse, ellos mismos se hacen su hueco. El delfín de mi cuento navideño se presentó durante una espera en la cola de Rodilla, resulta que al animalillo le entusiasmaba el queso. Mis ratones de Magia Gris fueron víctimas de un desahucio y tuvieron que refugiarse en la cabaña de Paloma y Marla.

También está el tema de los nombres, no hay que equivocarse, no sirve cualquiera. Cada personaje posee el suyo y es ese, y no otro, el que hay que ponerle. A veces no te lo revelan de entrada sino que hay que esperar a que ganen confianza para subsanar el error inicial. Afortunadamente, hasta ese momento, una vive feliz e inconsciente de su equivocación. En Paloma, Marla fue Marga hasta casi el final del libro. Conozco a Margas encantadoras pero confieso que mi primera elección la motivó una suerte de venganza contra una arpía del instituto a la que no guardaba ningún cariño (algún día contaré esa historia). En mi imaginación la convertí en una espantosa bruja. Sin embargo mi imaginación no es tan pérfida y fui incapaz de llevar a cabo mi venganza. Con Marla me encariñé como con una abuela y ni ella ni yo quisimos mantener un nombre que no le correspondía. El cambio sólo conlleva un pequeño inconveniente y es que, tras la revelación, la corrección no admite espera, se requiere acción inmediata (aunque sean las 3 de la madrugada). 

¿Por qué os doy la lata precisamente ahora con las historias de mis libros? El motivo es que, para celebrar Reyes, he pensado en un regalo, no os ilusionéis demasiado, en realidad no es más que un detalle: tanto Paloma como El calor de diciembre serán de descarga gratuita durante 3 días (5, 6 y 7 de enero). Como novedad también he publicado Magia Gris, la continuación de Paloma que escribí a petición de la Señora (y porque la historia se dejó, todo sea dicho). A mi Señora madre le gustó tanto Paloma que declaró que merecía una segunda parte. Eso sí, también haré caso al Catedrático (hay que contentar a ambos progenitores) que afirma que lo que es gratis no se valora, algo que suele ser cierto, y es por eso por lo que Magia Gris no será gratuita. Un consejo: conviene leer antes Paloma, así que aprovechad la oferta.


lunes, 15 de diciembre de 2014

El calor de Diciembre (1)

CAPÍTULO 1: DICIEMBRE

Nicole se despertó emocionada. ¡Por fin había llegado el invierno, su estación preferida, la que esperaba con impaciencia desde la primavera! No le importaba que el sol no apareciese durante todo el día y que en su lugar los reflejos azulados de la nieve trasformasen el paisaje en un mundo de ensueño. Ese mundo misterioso se desvanecería junto al invierno, cuando la nieve se derritiese bajo los rayos del sol. Sin embargo, lo que más le gustaba a Nicole de ese primer día no era el escenario casi onírico, ni el frío tonificante que traspasaba la protección acolchada de su anorak y sus botas. Aquella mañana era especial porque, justo después de desayunar, llegaría el momento de acompañar al abuelo a sacar el Trineo de su escondite secreto: un refugio oculto en el Polo Norte, casi a orillas del Océano Ártico. Para la chiquilla, además, ésta sería la primera vez que guiaría sola el Trineo: lo trasladaría desde su cochera hasta el taller de los duendes. Era una distancia muy corta, pero eso no le restaba ilusión a la idea de  conducirlo. Una vez allí, permanecería aparcado delante de la puerta de la fábrica hasta la Nochebuena. Durante ese tiempo los duendes se ocuparían de atestar el interior de su cesta con todos los regalos preparados a lo largo de esos meses. Justo en la medianoche del 24, se iluminaría la torre del reloj y todo se detendría, incluso el transcurso del tiempo. Con cada tañido de las distintas campanas, los renos se acoplarían, uno a uno, al tiro.

La primera campanada era para Trueno y retumbaba como una tormenta. Era la señal de alarma para los más despistados que se apresuraban a acudir a contemplar el espectáculo. A Trueno le seguía el chispeante Rayo y ese sonido hendía la torre, y la abría. A partir de entonces, toda la secuencia de la escena podía seguirse en la reproducción de las figuras a escala que surgían de la base del reloj. Las tallas de madera cobraban vida y ejecutaban todos los movimientos al unísono con los de los animales. Tras aquel deslumbrante relámpago se oía un tañido fugaz y, en apenas un parpadeo, Cometa estaba listo. Había que estar muy atento porque ese era el instante de pedir un deseo navideño. La llamada de Cupido se parecía a un beso y despertaba sonrisas, rubores y miradas bobaliconas entre los duendes. A veces era una carcajada, a veces el sonido de algo al romperse lo que llevaba a la bellísima y juguetona Traviesa a su sitio. Un redoble marcaba la llegada del fuerte y hermoso Saltarín, capaz de recorrer distancias y elevarse a alturas increíbles con cada uno de sus acrobáticos saltos. Al sonido de un acorde, el elegante Danzarín se deslizaba sobre la nieve y el resonar de las gaitas acompañaba la enérgica entrada de Brioso. La novena campanada simulaba la sirena amortiguada de un barco entre la niebla y hacía que la nariz de Rudolph se iluminase a modo de faro. La décima campanada era el primer ¡Jo! de la risa del abuelo Claus, que se sentaría en el pescante. ¡Todos estaban listos! En el segundo ¡Jo! el trineo se deslizaría veloz y, en el tercero y último, despegaría y se elevaría entre las estrellas hasta perderse casi por completo de vista. Sólo se distinguiría el punto rojo de la nariz de Rudolf que destacaría en el cielo nocturno sobre el resto de las luces de Navidad. ¡Jo,jo, jo!

Hasta que llegase ese momento, los duendes se ocuparían de la engorrosa tarea de clasificar y colocar correctamente los preciosos regalos que se repartirían durante aquel viaje. Un descuido de última hora en el emplazamiento de alguno de ellos les suponía tener que volver a empezar de nuevo desde el principio, para evitar confusiones en el momento de su entrega. Afortunadamente, gracias a la atención constante del competente, inagotable e infalible Alfred, nunca se equivocaban.
Aunque aún era muy temprano, la joven se sentía despejada y sin rastro de sueño. Se asomó a la ventana. El día prometía. A esas alturas del año el sol era invisible. Sin embargo, sus lejanos rayos se infiltraban sobre la fina neblina que cubría el hielo polar, alumbrándola apenas. La tierra dormía bajo la nieve. La tenue luz cubría la escena hasta el horizonte con un velo tan ligero como una gasa de tul y despertaba huidizos destellos de lentejuelas sobre la lisa e infinita blancura. Hasta el momento, las gélidas ventiscas, las espesas nieblas y las violentas tormentas habituales de la estación se habían mantenido a raya, y las suaves nevadas y las moderadas temperaturas aún les permitían disfrutar de largos paseos en la inmensa soledad de la tundra. ¡La tibieza del clima no acompañaba a la frenética actividad de Diciembre y, en el taller, los duendes sudaban acalorados mientras corrían de un lado a otro, sin parar, para hacer frente al trajín del final de los preparativos navideños!

El sonido de las cacerolas y los platos, que indicaban que la abuela Helga se había levantado a preparar el desayuno la distrajo de sus pensamientos. El aroma del pan recién horneado la arrancó definitivamente de la ventana y la arrastró hacia la cocina.

A Nicole le gustaba el recto y amplio pasillo con sus magníficos cuadros colgados en las paredes y su liso suelo de tarima sobre el que se impulsaba para deslizarse con sus suaves zapatillas de lana de borreguito.  La abuela afirmaba que la madera se mantenía tan pulida y brillante gracias a aquel entretenimiento. La habitación de la niña se encontraba al fondo del todo, por lo que podía patinar y frenar sin riesgo. A lo largo del pasillo se abrían las puertas del resto de las alcobas. El más próximo era el dormitorio de los abuelos, con su cama de madera cubierta por un enorme edredón de plumas bajo el cual la chiquilla se metía algunas mañanas a escuchar los cuentos navideños del abuelo. Contaba con una sauna en la que era un placer refugiarse al regreso de un largo paseo en la nieve. En un momento, las manos, ateridas a pesar de las gruesas manoplas, entraban rápidamente en calor, la nariz, helada y colorada como la de Rudolph, recuperaba su color natural, y los músculos de todo el cuerpo se relajaban con el vapor que desprendían las piedras candentes.  Al pasillo le brotaban unas alas que se ramificaban en los numerosos cuartos de invitados. Esa disposición les confería una cierta privacidad. Eran estancias amplias, con una pequeñas sala de estar y con su propio baño, en los que unas bañeras tan grandes como piscinas soltaban diminutas burbujas que hacían cosquillas en la piel.

La abuela siempre mantenía esa zona en perfecto estado, arreglada y  acondicionada para acoger a cualquiera que se presentara, con o sin previo aviso.  Luego venía la parte de la casa en la que se hacía vida en común, con la luminosa biblioteca que contenía todos los libros del mundo y en la que siempre brillaba una esfera de luz mágica que permitía leer y estudiar a cualquier hora del día, o de la noche, y en cuyo interior, separado por unas puertas correderas, estaba el  despacho del abuelo. A Nicole le encantaba asomarse y contemplar las estanterías llenas de libros, los viejos archivos, la colorida alfombra dispuesta bajo la gigantesca mesa de madera, ocupada en su mayor parte por un ordenador último modelo en el que registraba las cartas de los niños tras enviar una copia al Taller. Este sistema le permitía al abuelo trabajar con más comodidad y se había mostrado mucho más rápido y eficiente que el método manual tradicional, tan lento y pesado. Enfrente de la biblioteca se encontraba el salón, con sus sillones, mullidos y acogedores, y su chimenea de piedra en la que siempre chisporroteaban unos troncos que a veces desprendían el aroma balsámico de la resina de pino, y otras el más dulce y acaramelado de los arces. Al lado de aquel salón estaba el gran comedor: una sala inmensa en la que, una vez repartidos los regalos, se celebraba la felicidad de aquella mañana con el espléndido desayuno de Navidad. Su pared del fondo la ocupaban por completo unos ventanales por los que la nítida luz del norte entraba a raudales durante el verano mientras que en invierno daban acceso a la amplia terraza, convertida para esa época en una resbaladiza y divertidísima pista de patinaje. Nicole entrenaba las piruetas con sus zapatillas de lana sobre la tarima del pasillo para luego reproducirlas con las cuchillas de los patines sobre la terraza helada. Esos balcones también se abrían durante el desayuno navideño para dejar que se colase a través de ellos el gozoso viento que transportaba las exclamaciones de alegría de los niños al desenvolver los paquetes. El crujido de los papeles rasgados y arrugados se mezclaba con el sonido de los abrazos y los besos de cariño, aunque generalmente los comensales apenas les prestaban atención, más ocupados en dar buena cuenta de las especialidades de la cocinera.


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