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sábado, 19 de diciembre de 2015

Primeros capítulos de La domadora de elefantes (IV)

CAPÍTULO 4: ELFRED

Como premio a nuestras notas en su asignatura, fuimos las primeras de la clase, el abuelo nos invitó al circo. Pienso que la instigadora de aquella idea fue Luz porque personalmente nunca he contado el circo entre mis grandes aficiones. Sin embargo reconozco que me encantó. No fue para nada como me lo imaginaba. En directo es todo un espectáculo, sin duda mucho más impactante que por televisión, incluso las tonterías de los payasos resultan hilarantes y es imposible no reírse a carcajadas con sus persecuciones, sus bromas y sus ridículos accidentes. Eran tan patosos como graciosos, y eran muy, muy patosos. Fueron los primeros en salir y prepararon el ambiente. Después de su actuación todo el público estaba entregado y feliz, dispuesto a disfrutar de la función.

El resto no fue tan divertido aunque sí mucho más emocionante. ¡Qué tensión! Cada número era el “más difícil todavía”. El equilibrio de los acróbatas, a cámara lenta, me mantuvo en vilo durante todo su ejercicio, estaba segura de que si pestañeaba se caería el de arriba y no deseaba que se metiera un batacazo por mi culpa; se habría hecho mucho daño. Aplaudí a rabiar a los trapecistas, ni siquiera en sueños he volado cabeza abajo como ellos, debe de ser fantástico, ¡qué manera de dar volteretas en el aire! Me fijé bien en cómo lo hacían pero no sé si Luz y yo seremos capaces de imitarles. Lo probaremos, por supuesto con red, y antes ensayaremos en los columpios sin que mamá nos vea, protestaría y no creo que nos lo permitiese. Nos vendría bien una cama elástica para practicar, aunque es poco probable que convenzamos a mis padres de que nos la compren. De todos modos no podríamos instalarla en la habitación y estoy segura de que no nos dejarían ponerla en el salón. En todo caso, siempre contamos con el pobre colchón. Si aguanta un alud, dudo que unos cuantos saltos lo machaquen mucho más.

Al final salieron los animales. ¡Qué miedo! ¡Menudas fieras! Los tigres y los leones eran unos bichos imponentes. ¡No me imagino lo que debe ser meterse en la jaula con una de esas bestias! ¡Qué valor el del domador! Le aplaudimos a rabiar. Por otro lado sí que me vi de amazona, con un vestido precioso, con plumas y bordado de lentejuelas, trotando de pie sobre la grupa de un caballo. Me encantó toda la representación aunque, a la hora de elegir, me quedo con el trapecio.

Sin embargo, en esta ocasión mi amiga y yo no coincidimos en nuestra elección. Luz se enamoró de los elefantes. Digo enamorar porque aquello fue un auténtico flechazo, y de los gordos. En ese instante decidió convertirse en domadora de elefantes. Su decisión fue una resolución en toda regla y, además, irrevocable. Aquel no era un plan con vistas al futuro sino al presente más inmediato. Eso significa que ahí no terminó el asunto. ¡Ojalá! El problema surgió cuando me comunicó que pretendía llevarse un elefante a casa. Casi me da un infarto al escuchar su propuesta.
-Ayúdame a escoger un elefante dócil – me dijo.
La miré con los ojos muy abiertos.
-¿No lo dirás en serio?
Para variar, mi mirada de incredulidad no ejerció ningún poder sobre Luz.
-¿Cuál te gusta?
- No podemos llevarnos un elefante –insistí.
También mi amago de plantarme se demostró inútil.
-Por supuesto que podemos. ¿Cómo si no voy a practicar? -alegó Luz.
-¿Qué tal si empezamos con algo más pequeño? ¿Un perro? -le sugerí (no es que a mis padres les fuese a hacer ninguna ilusión pero seguro que aceptaban mejor un can que un elefante).
-¡No seas ridícula! Un perro no sustituye a un elefante, que es lo que de verdad necesito.
¿Qué hacer? Conocía a mi amiga lo suficiente como para saber que, por mucho que me esmerase en disuadirla, no iba a lograr ningún éxito.
-¿Cómo pretendes que nos lo llevemos? –pregunté finalmente.
Enfrentarla a esa cuestión era mi último recurso, si era capaz de solucionar esa “pequeña” pega estaba dispuesta a rendirme.
-No te preocupes, nadie lo verá – me aseguró, totalmente convencida.
¿Esa era su respuesta, confiar en la ceguera colectiva? ¿Cómo demonios iba a pasar desapercibido un cuadrúpedo con trompa, colmillos, grandes orejas de abanico y más de 2 metros de altura? Eso sin mencionar la delicada cuestión del peso. Eso me dio otra idea.
-¿Y cómo vamos a alimentarlo?
-No hay problema, de eso me ocupo yo. De momento, y hasta que organicemos la intendencia, nos llevaremos un par de sacos de pienso.
Así que no solo íbamos a robar un elefante sino también su comida. Temblé al imaginarme lo que Luz entendía por organizar la intendencia.
-¡Es una locura! ¿No te das cuenta?
-En absoluto. Será muy fácil. No te preocupes, todo saldrá bien.

Todo saldrá bien es una frase peligrosa que debería usarse con precaución. Por supuesto, transigí, ante semejante muestra de optimismo... ¿acaso tenía otra opción? Escogimos un ejemplar joven de elefante africano, no demasiado grande, que nos conquistó a las dos sin remedio al mirarnos con sus ojos melosos. Esa mirada nos perdió. ¿Sería dócil? Ya lo averiguaríamos. En esos momentos no nos importó. Supimos, sin albergar ningún genero de duda, que ese era nuestro elefante. Era un ejemplar precioso. Tenía la piel de color ceniza, unos colmillos perfectos, largos, lisos y blancos, y unas orejas blandas y muy suaves que se fruncían por los bordes. El animal se vino con nosotras sin rechistar, cargó un par de sacos de pienso sobre su espalda y nos siguió. De camino a casa me sorprendió que mi abuelo no dijera nada al respecto pero luego pensé que, si andaba distraído resolviendo alguna de sus cuentas, tampoco era de extrañar. Mamá tampoco se quejó y eso sí que me extrañó, ¡con la que había montado cuando llevé una miserable araña a casa, y eso que era diminuta y estaba dentro de una caja! Luz demostró tener razón, hasta entonces todo había resultado muy fácil. Sin más impedimentos que la subida de los escalones hasta el piso de arriba, llegamos a mi habitación. Ahí se acabó nuestra suerte.
- Ahora me dirás cómo nos las vamos a apañar para que pase por la puerta –observé.
El elefante casi bloqueaba el pasillo por lo que no era cuestión de dejarle allí o dejaríamos de tener tanta suerte y alguien no tardaría en darse cuenta de su presencia. La puerta del cuarto era solo de tamaño medio, bastante más estrecha que el pasillo. Se necesitaba un milagro para lograr que la atravesara.
-Va a ir un poco justo –fue la respuesta de mi amiga del alma.- No nos queda más remedio que empujarle para que entre. ¡Pobre Elfred! Vamos a tener que comprimirle. Espero que no le moleste demasiado.

Yo también compartía ese deseo, no me atraía la perspectiva de tener que vérmelas con un elefante irritado. ¿Elfred? ¿Le había puesto nombre sin consultarme? Me sentí algo dolida. Luz leyó mi mente como un libro abierto.
- Se llama Elfred, sí, pero no le he bautizado yo, lo escogió él –se excusó.
Miré al elefante y lo entendí. Había estado tan pendiente de todo lo demás que no me había dado cuenta de que, efectivamente, tenía cara de Elfred.

Luz se acercó al elefante y le rascó las orejas. El animal inclinó la cabeza con gesto de prestarle atención.
-Elfred. Tenemos que meterte en la habitación o no te permitirán quedarte con nosotras. No va a ser cómodo. Te ayudaremos pero tú también debes colaborar. ¿De acuerdo?
El elefante asintió y, a continuación, y siguiendo las instrucciones de Luz, introdujo la cabeza por el marco de la puerta. Aquello no le gustó. Estaba encajado. Reculó bruscamente para escapar de allí y casi nos aplastó al liberarse.
-¡No, no, así no! –le explicó Luz.- Tienes que entrar en el cuarto. Sé que es difícil pero, si eres valiente, todo irá bien.

Obediente, el bicho lo intentó de nuevo. Esta vez no hizo ningún extraño y Luz y yo nos colocamos una a cada lado y presionamos sus flancos para ayudarle a pasar. No sé si habéis intentado comprimir alguna vez a un elefante pero es mejor no verse nunca envuelta en una tarea semejante. Es un trabajo duro y agotador. Elfred puso todo de su parte a pesar de que durante todo el proceso no pudo ni respirar. Aguantó estoicamente. Empleamos todas nuestras fuerzas, tampoco nosotras podíamos respirar. ¡Un empujón más! El aire cedió. ¡Lo habíamos logrado! Nos arrastramos al interior del cuarto y, ya dentro, nos apoyamos sobre el cuerpo de nuestro elefante, agotadas y sin resuello. Nos habríamos dejado caer en el suelo si no hubiese sido imposible: no teníamos suelo libre sobre el que caer. Mi cuarto es amplio pero un elefante ocupa mucho espacio. Movernos los tres ahí dentro supondría un problema (otro más) a solucionar.


(La continuación, hasta el capítulo 29, en el enlace de amazon para Kindle o también para el que lo prefiera en papel).

jueves, 17 de diciembre de 2015

Primeros capítulos de La domadora de elefantes (III)

CAPÍTULO 3: MATEMÁTICAS

Desde mi primer día de clase, Luz me acompaña al colegio. Allí, su supuesta invisibilidad sí que me supone una ventaja. Las profesoras ignoran su existencia, si mis padres les mencionaron algo sobre mi amiga del alma no le debieron de dar mayor importancia, a fin de cuentas no soy la primera niña con una amiga invisible. Sin embargo Luz es única, siempre está conmigo, nunca me deja sola ni me abandona a mi suerte. Cuando me preguntan, si no sé la respuesta, enseguida me echa un cable. No soy mala estudiante pero ella es mucho más lista, su cerebro funciona a más velocidad y es más perspicaz. Escucha lo que dicen los mayores y, según el tono en el que lo dicen, es capaz de adivinar si pretenden darle un significado distinto a sus palabras. También sabe leer sus gestos, no sé dónde encontró un manual de instrucciones porque me gustaría hacerme con uno y saber cuando “sí” significa “no” y viceversa (en algunas situaciones no hay quien se aclare).

Luz ha leído muchos libros. A ambas nos encanta leer y, aún no sé cómo, me ha tomado la delantera en ese tema, ha debido de aprovechar mis momentos de despiste. Mea culpa, me gusta soñar despierta y con frecuencia me descubro con la página delante y un cuento distinto en mi cabeza. Además de conocer infinidad de historias, reales y literarias, sabe cómo funciona todo y, si no lo tiene claro, lo investiga. Debe de ser la única persona del mundo que se lee los manuales de instrucciones de los electrodomésticos aunque, después del incidente con la lavadora, tenemos terminantemente prohibido desmontarlos. De todos modos, cuando algo se estropea, procuramos nos perdernos jamás la visita del técnico. No hay nadie mejor al que consultar nuestras dudas y preguntarle a un experto es la mejor manera de resolverlas.

A Luz también le gustan las matemáticas, diría que casi tanto como a mi abuelo. Él es precisamente el motivo de nuestra afición a las ciencias exactas. Era catedrático de esa asignatura y, aunque ahora está jubilado, aún ejerce con nosotras y es un profesor excelente. Le encanta dar clases, se nota que disfruta con ello. Se le anima la cara mientras nos instruye en la materia y es curioso ver cómo le brillan los ojos, se le encienden de verdad. No sólo nos aclara las dudas sino que nos enseña a relacionar las distintas cuestiones entre sí de modo que todo se vuelve más fácil. Cuando ve que lo entendemos, se deja llevar y avanza en la lección. No se atiene al programa, si piensa que debe profundizar en otra cosa para que, al verlo en conjunto, lo comprendamos mejor, eso hace. De este modo no sólo hemos terminado el libro de este curso sino también el del próximo, y es posible que hayamos tocado temas de alguno más avanzado.

De vez en cuando Luz me pide que busquemos alguna cuestión, cualquiera, aunque no corresponda con lo que nos toque en el colegio, con el fin de que el abuelo nos imparta una de sus lecciones. A mi amiga le apasionan sus clases. Confieso que yo también disfruto con ellas. No es que sea una empollona, con el resto de las asignaturas acabo hincando los codos a última hora porque, antes de ese momento ineludible, suelo toparme con algo más interesante a lo que dedicar mi atención. Sin embargo las matemáticas son distintas y es una pena que nuestros compañeros de curso no compartan esa opinión. La mayoría ven un número y sudan.

Mi abuelo sí que es consciente de la presencia de Luz en sus clases, al menos tanto como de la mía, lo que no es decir mucho. En su universo de números, el mundo tangible es solo un escenario y Luz y yo somos unos entes indefinidos, tan reales e irreales como el resto, hasta que las matemáticas nos trasladan a su espacio particular y solo entonces nos ve con definición, como una función geométrica más. Durante las explicaciones Luz y él se refuerzan mutuamente. El abuelo atiende a sus preguntas y a sus respuestas, le corrige los ejercicios y progresa a su ritmo. El problema es que, con frecuencia, ambos se emocionan de tal modo que a mí me cuesta seguirles. No puedo permitirme despistarme ni un segundo pero mantener la concentración no es algo fácil. Una no viaja a las musarañas voluntariamente sino que, de repente, se encuentra allí, sin saber ni cómo ni por qué. Por suerte al abuelo no le importa repetir todo lo que no hayamos entendido de su explicación, dice que insistir ayuda a afianzar bien todos los conocimientos. Luego, al terminar, se abstrae de nuevo en sus fórmulas y teoremas y deja de prestarnos atención. De nuevo pasamos a formar parte del entorno.

Aunque parezca increíble, las matemáticas, e indirectamente el abuelo, fueron los responsables de lo que sobrevino después. Responsable no significa culpable, nadie se figuraba las consecuencias de su iniciativa. No quiero adelantar acontecimientos así que proseguiré con la narración.

martes, 15 de diciembre de 2015

Primeros capítulos de La domadora de elefantes (II)

CAPÍTULO 2: LA POBRE CAMA

Tras lo expuesto es fácil deducir que Luz duerme conmigo. Mamá no quiso ni oír hablar de ponerle una cama para ella por lo que compartimos la mía. Presenta el inconveniente de no estar diseñada para dos y, por mucho que nos queramos, mi inseparable amiga no es precisamente la mejor compañera de lecho: no entiende de mitades y ocupa todo el espacio: el disponible y el no disponible. Para más inri es igual de inquieta durante el día que por la noche y, ni dormida, para un instante de moverse. Al principio nos peleábamos por el territorio, ahora ya he aprendido que es todo suyo y me resigno a mi suerte. De ese modo me ahorro una batalla perdida de antemano, y unos cuantos moratones. En ocasiones Luz hace gala de generosidad y me presta una esquina. Allí me acomodo y procuro permanecer en mi sitio lo más quieta posible porque sé que la calma no durará mucho, la invasión de mi espacio comenzará con el primer ronquido. No obstante mamá se queja porque dice que mi “pobre cama” (siempre se refiere así a al mueble) amanece como si hubiesen pasado por ella una manada de bisontes en estampida. Todas las mañanas se repite la misma conversación, con mínimas variaciones. De tanto oírla la tengo grabada en mi cabeza.
−Si yo no me muevo, es Luz – protesto cuando me regaña.
−¡Ah, Luz! -comenta mamá con tono comprensivo. (Apunte: no hay que dejarse engañar, su benevolencia no está exenta de sarcasmo.)- Claro, ¿quién si no?
En eso estoy de acuerdo: ¿quién si no Luz?
−¿Y adónde te ha arrastrado esta vez? -indaga mi madre.
Cuando me hace esas preguntas pienso que por fin lo he conseguido: me cree y asume que Luz existe y no es un mero fruto de mi imaginación.
−Esta noche nos hemos lanzado en trineo por una ladera larguísima. Ha sido genial –le cuento entusiasmada.
Mi madre suspira.
 −Sí, me imagino que habrá sido genial. No lo dudo, aunque deduzco que “la pobre cama” ha ejercido de trineo en esta ocasión.
Asiento con la cabeza. ¿Cómo lo ha sabido? Sin duda es una gran detective. A lo mejor se anima a acompañarnos en alguna ocasión.
−Y parece que para frenar la habéis estrellado contra las rocas -prosigue.
Casi acierta en eso también.
−En realidad eran unos abetos –la corrijo.- No nos quedó otra opción, se nos cruzó un rebeco.
Asumo que mi madre no querría que hubiésemos atropellado al pobre animal, no obstante tampoco me felicita por la heroicidad. Mejor no añado que, en esa arriesgada maniobra, Luz y yo nos jugamos el pellejo, no deseo preocuparla.
−Y ayer fue una moto y el día anterior un cohete a Júpiter... – continúa.
¡Qué buena idea! ¡Nuevos mundos! Mi madre es genial.
−No, a Júpiter no hemos ido todavía, sólo a la luna, pero el plan suena bien –confieso.
−No estará mal si Luz decidiera quedarse allí –me propone.
Esa idea ya no me gusta tanto, y a Luz tampoco, lo que me tranquiliza.
−No, Luz no quiere separarse de mí.
Nuestra conversación suele terminar con la misma escena: mi madre se toca la frente y musita con voz de resignación.
−Esta niña es imposible.
Día tras día repetimos el número. Ya he asumido que, por mucho que se lo explique, jamás comprenderá que no es culpa mía. Entre eso y que describe la habitación como una leonera (nunca nos sobra tiempo como para dedicarnos a recogerla, siempre tenemos pendiente otro proyecto más interesante), mi cuarto reúne las condiciones idóneas para un safari, y no necesariamente imaginario. No sé si ese ambiente selvático fue el desencadenante de la repentina, e insólita, vocación de Luz.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Primeros capítulos de La domadora de elefantes (I)

Después de contar todo el proceso, ya solo me queda mostrar el resultado o, al menos, unos fragmentos del mismo (al igual que hice con mis padres, los repartiré en varias entregas aunque, a diferencia de ellos, no será todo el libro). Espero que os guste. 

CAPÍTULO 1: LUZ

En ocasiones tener un amigo al que nadie más ve puede resultar bastante incómodo. Los demás siempre se refieren a Luz como mi amiga invisible. Los demás son mis padres y el psiquiatra al que me llevaron para averiguar si estaba loca. Aunque por aquel entonces yo era muy pequeña, recuerdo bien a aquel médico, supongo que me impresionó el hecho de que no se pareciese en absoluto a los médicos a los que estaba habituada. Para empezar no llevaba bata blanca, aunque eso no era más que un detalle irrelevante frente a sus pantalones de cuero verde y sus chanclas de surfista. Nada más verle tuve la sensación de se acababa de levantar, aún tenía cara de sueño. Por su aspecto se diría que, no solo había dormido con la ropa puesta, sino que había pasado la noche en dura refriega con las sábanas. Sus cabellos no conocían el peine, ni su barbilla al barbero. Sin embargo era tan campechano que enseguida me cayó bien, y a Luz también, cierto que ambas solemos coincidir en nuestras opiniones aunque, en este caso, me figuro que lo que más le gustó a mi amiga fue el interés que aquel singular personaje mostró por ella. A Luz siempre le ha gustado ser el centro de atención y, por desgracia, rara vez lo consigue, es uno de los inconvenientes de resultarle invisible al resto del mundo. El doctor no era una excepción pero, sin embargo, aunque no la viese, no por ello consideró que no existiese, y de hecho comentó que “lo esencial es invisible a los ojos” (luego descubrí que la frase no era suya sino del Principito, pero eso no le resta sabiduría). Lástima que aquel médico no pudiese ver a mi amiga porque fue ella la que contestó encantada a todas las preguntas que me hizo, yo tan solo me limité a repetir sus respuestas. ¿Recordaba algún momento en el que ambas no hubiésemos estado juntas? No, ninguno. Desde que tengo uso de razón, Luz siempre ha estado a mi lado.

Después de la entrevista tuve que realizar algunas pruebas: sacar y meter piezas en un cubo, montar un puzle y decir qué me sugerían un montón de manchas de tinta. Esa parte no fue difícil, eran manchas y le respondí que se parecían a las que tenía en la camiseta (con o sin bata eran evidentes). Al terminar,  se reunió con mis padres y les explicó que no tenían de qué preocuparse: su hija no estaba loca. Dictaminó que yo solo era un caso de “rica vida interior unida a una imaginación desbordante” y que esa fase se me curaría con el tiempo. No sé si a mis padres les gustó ese diagnóstico pero sonaba tan bien que Luz y yo le miramos con otros ojos después de oírlo. Sin embargo no fue esa fascinante conclusión la que zanjó la cuestión sino su propuesta de que me dieran un hermanito. Según su opinión, con un bebé de verdad en casa no necesitaría inventarme un compañero. No volvimos. Lamenté no volver a verle. Desde entonces las cosas no han cambiado: aún soy hija única y mis padres ni tan siquiera mencionan la palabra hermano. No sé si aún esperan que se me pase esta etapa, el caso es que ignoran a Luz salvo para quejarse tanto de su existencia como de su falta de ella.

En realidad no entendí a qué se refirió el psiquiatra al hablar de curación, puesto que, como él mismo señaló, no estoy enferma. Tampoco comprendo la ceguera del resto del mundo en lo que respecta a mi amiga del alma. Luz no tiene nada de invisible, empero todos se empeñan en definirla de esa manera. A mi entender es inconcebible que pase desapercibida, aunque con el tiempo he asumido la invidencia de la gente. Hay quien cree que se trata de un duendecillo, uno de esos que dice mi madre que se cuelan en la lavadora para desemparejar los calcetines (algo que Luz y yo investigamos en su momento: desmontamos el electrodoméstico y no encontramos más que un montón de piezas que ni siquiera el técnico fue capaz de hacer encajar de nuevo. También salió agua, muchísima, tanta que vinieron los bomberos a achicarla. Sin duda, si había algún duende, se lo llevaron ellos con sus bombas, aunque es fácil que el infeliz hubiese perecido antes ahogado. La lavadora nueva también trae un duende de serie porque los calcetines desaparecen tanto o más que antes. Sin embargo, desde entonces, mamá no menciona jamás a seres ajenos a la familia).

Es una pena que mi amiga no sea ninguna criatura mágica, un poco de magia arreglaría muchos de los desaguisados que provoca. Luz tiende a verse envuelta en los accidentes más escandalosos. El motivo es que no conoce la palabra miedo y no le importa correr riesgos, ni mucho menos arrastrarme con ella. No agacha la cabeza, no se esconde de nadie, no es ninguna chiquilla tímida y silenciosa, no, esos rasgos no la definen en absoluto. ¿Cómo es entonces? Pues además de lo ya dicho, físicamente es rubia, con los ojos oscuros y brillantes y algo más alta que yo. Tiene los brazos y las piernas delgados y largos, como aspas de molino, y se mueve igual que un tornado, con su misma velocidad y delicadeza. Por desgracia su paso también provoca consecuencias similares a las de ese fenómeno meteorológico y, por su culpa, estoy castigada sin paga hasta que me emancipe. Nunca para, al igual que una onda expansiva ni siquiera frena. Es incansable, curiosa y de lo más expresiva. Siempre sonríe y, también, siempre se sale con la suya, al menos cuando soy yo la víctima a convencer. Es algo que ya he asumido, no me sirve de nada hacerme la dura y, como tampoco sé fingir, ni lo intento. Lo cierto es que posee un argumento infalible: según ella no existen los momentos insignificantes y, por ese motivo, hay que tratar de aprovechar todos y cada uno de ellos, sin excepción. Según esa regla de oro no hay que dejar pasar ninguna oportunidad, por insignificante que parezca. Por eso mismo procura disfrutar cada segundo. Confieso que a veces la actividad que se requiere para lograrlo resulta agotadora y que en más de una ocasión me ha costado sacudirme la pereza pero, tras oír sus alegatos, me es imposible resistirme y acabo por secundar todos sus planes.

Ambas somos inseparables, de la mañana a la noche, y no exagero si digo que compartimos hasta los sueños. Los míos son como el visionado de una película: nos quedamos en nuestras butacas mientras se desarrolla la acción en la pantalla. Lloramos, reímos, nos emocionamos y tememos por la suerte de los personajes pero no nos involucramos más allá. Esos días ambas descansamos tranquilas. Sin embargo es raro que sea yo la que lleve las riendas, o que duren mucho tiempo en mis manos, lo habitual es que Luz se haga con ellas. En ese punto no nos limitamos a mirar lo que sucede en la pantalla sino que nos metemos de lleno en la trama. En algunas ocasiones, las menos, nos limitamos a jugar un papel secundario. Sin embargo, por regla general actuamos de protagonistas. De ese modo hemos viajado por todo el mundo, o por casi todo, y en diferentes épocas. Hemos remontado el Amazonas, escalado el Everest, saltado de árbol en árbol en plena selva y cruzado el desierto del Sáhara. También hemos probado todos los medios de transporte posibles, desde el globo aerostático hasta el último modelo de transbordador espacial, sin olvidarnos de la diligencia en la que vivimos una persecución memorable digna de una película de indios y vaqueros. Afortunadamente escapamos y, ¡por los pelos!, conservamos intactas nuestras cabelleras. Fue una experiencia algo agitada pero muy emocionante, aunque no sé si la repetiría, hay cosas que con vivirlas una vez bastan. No obstante, a la hora de desplazarnos lo que más nos gusta es volar, y no me refiero en aeronaves, sino volar tal cual, libres, como los pájaros. Ni siquiera necesitamos alas, flotamos sin más en el aire, sin preocuparnos de la gravedad, a nuestro antojo. Esa es una de las grandes virtudes de los sueños, que en ellos no hay límites, pertenecen a un mundo en el que todo es posible y en el que las noches se alargan más allá de las horas reglamentarias, de otro modo no darían abasto para tanta aventura.

martes, 8 de diciembre de 2015

La edición de La domadora de elefantes

Hay que ver lo que da un libro de sí, y no me refiero a la historia sino a todo lo que hay detrás, desde sentarse a escribirlo hasta el momento de publicarlo. No sé si esto solo me interesa a mí y para el resto resulto un tanto cansina pero, ya que he empezado, mejor termino de contarlo.

Después de recibir la sentencia del Lazarillo me puse manos a la obra para rematar el libro de La domadora. Lo había terminado apresuradamente para presentarlo al concurso y, desde entonces, no lo había vuelto a mirar. ¿El motivo? Me daba pavor descubrir los errores con los que me había atrevido a presentar mi obra delante de un jurado. Cerrar los ojos para no ver los fallos, por pueril que suene, me ahorraría la vergüenza, con sus obsesiones y pesadillas, hasta el momento del dictamen y, a fin de cuentas, era algo que no podía arreglar hasta entonces.

Corregir da pereza, mucha pereza, pero terminar un libro también produce ilusión así que, una vez había tomado la decisión, me puse a ello. Por supuesto había erratas (y no dudo que, aún tras la corrección, no se me haya escapado alguna). Mejoré la redacción de algunos párrafos, o eso pretendí, y añadí algún detalle. Le eché horas, aunque es tal la concentración que el tiempo se pasa sin darse cuenta. El golpe con la realidad sobreviene al levantar la cabeza, cuando una descubre no solo la hora que es sino que, además, está agotada. A veces es un House hipoglucémico el que me saca de mi abstracción al acercarse a preguntarme si esa noche no se cena.

Debía buscar la ilustración de portada del libro. Tenía que ser una imagen lo suficientemente antigua como para estar libre de derechos de autor, lo que suponía un factor limitante, había algunas preciosas que, por desgracia, no cumplían esa propiedad. Encontrarla no fue fácil. Láminas de elefantes había a millones pero ninguna me enamoraba. Finalmente, y gracias a las portadas de viejas revistas, encontré lo que quería: una ilustración vintage del Nature Magazine de Junio de 1932 firmada por Chevez Lange que es la primera que ilustra esta entrada. ¿Verdad que es bonita?

Gracias al iPhoto, al Vista previa y al Painter edité la imagen para adaptarla a los requerimientos de mi portada para la autoedición. Parece complicado pero no es así, con cada programa es fácil realizar algún paso e imposible, al menos para mí, que no soy muy ducha en estas lides, llevar a cabo otros, pero el uno suple los defectos de los otros. Mi técnica se basa en combinar lo que sé hacer en cada uno por el método del ensayo y error, y de estos últimos hay muchos. No obstante, al ser este el séptimo libro que me autopublico, ya tengo algo de manejo (no demasiado pero me apaño).

Es preciso hacer un resumen del argumento del libro para que vaya en la contraportada. Después de escribir un montón de páginas, reducirlas a unas líneas se antojaría una tarea sencilla, pero no lo es. Esa va a ser la carta de presentación y en un simple párrafo hay que conseguir hacer atractivo el libro, contar de qué va pero sin desvelar lo más relevante, aunque sí lo suficiente como para despertar la intriga del lector y que le apetezca leer la historia y, además, debe ser breve y, por supuesto, estar bien redactado. ¿Cómo iba a lograr todo eso? En algún caso, como en El trol, un fragmento del libro puede cumplir esa función. Sin embargo con La domadora no contaba con un párrafo de esas características. Los capítulos me dieron la clave. Muchos llevaban el nombre de las asignaturas con las que experimentaba mi elefante y esa fue la base que empleé para elaborar mi resumen. Este es el resultado: "En ocasiones tener una amiga a la que nadie más ve puede resultar bastante incómodo. El asunto se complica cuando, tras una visita al circo, esa amiga decide convertirse en domadora de elefantes. No se puede llegar a ser un buen domador si no se dispone de un elefante al que educar. Conseguir el animal es sencillo, no demasiado sensato pero sencillo. Compartir con él habitación requiere de toda la buena voluntad de las partes implicadas, y de mantener en la ignorancia al resto de los miembros de la familia. Educar al paquidermo es una tarea que requiere aplicación, entrega y un buen baño al terminar. Para aprender, no hay nada como las clases prácticas aunque controlar al alumno en las demostraciones de las distintas asignaturas es, sin duda, la parte más difícil." ¿Qué os parece?

El texto también necesitaba procesarse para acomodarlo al tamaño del libro, pequeño y de bolsillo, algo fácil de llevar para leerlo en cualquier parte. Eso significaba una nueva revisión del manuscrito con el ineludible hallazgo de nuevos fallos. Por desgracia, los ajustes de última hora pueden alterar la disposición de todo lo demás. Cada capítulo ha de comenzar en una página impar para que así quede a la derecha a la hora de leerlo. Una palabra más, solo una, pero mal medida, sin tener en cuenta el resto, puede aumentar la cuenta en una página y, de ese modo tan tonto, dar al traste con lo ya organizado.  Cuando eso se descubre después de cargar el archivo, diseñar la cubierta, escoger las características del libro y revisar las 190 páginas que lo componen, una a una, dan ganas de gritar de rabia.

El archivo para papel sirve también para Kindle aunque antes requiere algunas modificaciones (directamente no queda bien, lo sé porque lo he probado y me ha tocado recurrir a mi infalible método de ensayo y error). Una vez todo en orden, viene la parte económica: hay que poner el precio de venta (en el que te marcan un mínimo, que es al que procuro ajustarme). El escoger un precio para Kindle a partir de 2.99€ presenta una ventaja adicional pues ese libro puede ser considerado para entrar dentro de alguna de las promociones de Amazon y eso es un tipo de publicidad gratuita nada desdeñable. Por eso, en esta ocasión, me he decantado por esa cantidad (a ver si hay suerte y me eligen).

domingo, 6 de diciembre de 2015

La evolución de la domadora de elefantes

Fue a raíz de un sueño, que conté en el blog en su momento, cuando empecé a pergeñar la historia de La domadora de elefantes. Comencé a escribir los primeros capítulos pero, tras ese primer empujón, me detuve y dejé la obra en barbecho. Eso mismo sucedió con Paloma. En ocasiones la historia  parece que fluye bien pero, de repente, sin motivo aparente, se detiene. Es posible que la culpa sea mía, por pura cuestión de cansancio, o de pereza, dejo de sentarme a escribir y, al no prestarle la atención que se merece, el relato decide tomarse un descanso. Llegado a ese punto, seguir supondría forzar las cosas y la narración perdería naturalidad y credibilidad, así que lo dejé que reposara durante una temporada.

Pasaron los meses y una tarde me senté a leer aquellos capítulos. No me considero una persona graciosa, soy un desastre a la hora de contar chistes, pero aquella historia era muy divertida, mucho. Había permitido a los personajes hacer de las suyas, sin cortapisas, con el resultado de que habían llevado a cabo todo tipo de ocurrencias de lo más disparatado. Me reía sola al leerla. ¿De verdad había escrito yo eso? ¡¿Cómo?! (en serio, en ocasiones no sé de dónde surgen mis ideas felices y, cuando lo pienso fríamente, me veo incapaz de repetir la hazaña). Decidí que empezaría a mandársela por entregas a mis padres, a ver qué opinaban.

La respuesta de mi padre fue toda una inyección de ánimos. Según me contó mi madre se le oía reírse en voz alta en su despacho. La única pega que le encontró es que le parecía dificilísimo que pudiese continuar el relato en ese tono, según sus palabras "si lo conseguía, sería el libro más divertido que jamás se hubiese escrito". Tenía razón, ni yo misma sabía cómo me las iba a apañar para seguir la historia a ese ritmo.

Tenía el gusanillo de la escritura metido en el cuerpo y no me quedaba más remedio que escribir. El final lo tenía bastante claro pero me faltaba el puente de enlace entre el inicio y la conclusión, ambas partes estaban en orillas distintas. Poco a poco, aunque en mi novela nada sucede despacio, el puente se tendió y la obra se preparó para su desenlace. A mi madre le encantó, le pareció un final redondo, y según ella no era un libro fácil de terminar. Yo estaba encantada, aunque mis padres puedan ser más benevolentes conmigo que con extraños, a la hora de ser críticos, sobre todo en cuestiones literarias, no pierden su objetividad y, si algo está mal, lo dicen.

Así como Paloma tiene mucho de la granja de Linares, la Baronesa inspiró el personaje de Marla, en la domadora es mi abuelo paterno el que hizo su aparición en la narración (supongo que eso influyó positivamente en mi padre). No fue algo premeditado sino que cobró vida propia dentro de la historia como si perteneciese a ella.  Es algo curioso, porque el sueño inicial tenía lugar en la granja y lo esperable es que todo se hubiese desarrollado en ella. No fue así, la ciudad donde se desarrolla se da un aire a Valladolid y el parque al Campo Grande. House dice que en mis novelas hay mucho de mí. Quizá no le falte razón y mi subconsciente me traicione. Siempre he tenido cierta propensión a los accidentes y es posible que la frase "como un elefante en una cacharrería", que he oído hasta la saciedad aplicada a mi persona, haya servido de inspiración para este cuento.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Avatares con el Premio Lazarillo

El 15 de julio terminaba el plazo de presentación de las obras para el Premio Lazarillo. Este año le tocaba el turno a la literatura juvenil (el año de "Paloma" fue a la infantil, niños y jóvenes se alternan de un año a otro). A principios de julio tenía un libro a medio terminar, "La domadora de elefantes", cuyos lectores de prueba, para incentivarme a seguir, eran mis padres y House. Por supuesto además de leer opinaban y corregían, ambas cosas me interesaban.

He comprobado que la forma de enganchar a mi padre a la lectura de mis libros es enviárselos por capítulos, de ese modo la intriga le puede y no es capaz de resistirse a la siguiente entrega. Además, con esta táctica, se interesa de tal modo que empieza a tomar parte activa en el desarrollo de la historia. Eso no significa que siempre me muestre de acuerdo con él, aunque sí que considero sus sugerencias y trato de alcanzar un termino medio entre su punto de vista y el mío, los dos somos bastante cabezotas. En esta ocasión mi progenitor consideró que el libro era muy divertido, en lo que coincidimos, pero que debería extenderme más en las descripciones. Tiendo a la concreción y a dar preferencia a la acción y, por ese motivo, mis escenarios se limitan con frecuencia a un mero esbozo cuyo atrezzo dejo a la imaginación del lector. Mi padre utilizó como ejemplo de lo que debía hacer a Henry James y fue en ese punto en el que no concordamos. Henry James no se caracteriza precisamente por el ritmo vertiginoso de sus narraciones y su estilo no me encajaba a la hora de narrar las trepidantes aventuras, y desventuras, de mis protagonistas. De todos modos, añadí unas líneas para crear el ambiente de cada situación.

Esas líneas extras eran, además, necesarias. Para el Lazarillo juvenil me pedían un mínimo de 80 folios, lo que no está nada mal. Mi libro rondaba los 70 y me quedaba menos de 1 semana para obrar el milagro de alargarlo una docena de páginas. No soy pesimista por naturaleza pero aquello se me antojó imposible, ¡si el libro estaba terminado! Aún así, no iba a dejar de intentarlo y me pegué al ordenador para leer y releer la historia y descubrir por dónde estirar los párrafos y separar los capítulos hasta que, ¡oh, milagro!, me encontré con 82 folios en mi haber (lo que no significa que todos llegasen hasta el final de la página).  La fecha: 14 de Julio. No tenía tiempo de revisar, solo de imprimir y encuadernar. ¡Ojalá no se me hubiesen escapado muchas erratas!

House ya me había sugerido en alguna ocasión que, dado el éxito de Paloma en el concurso, mandase Magia Gris al Lazarillo. Uno de sus amigos, después de leer la historia, apoyó esa moción. Personalmente considero que Magia Gris es mejor que Paloma, quizá no tan divertido, aunque tiene sus momentos, pero la historia es muy bonita y escribirla fue una experiencia mágica, no exagero: vivía en un mundo en el que los límites de lo real y lo imaginario se habían difuminado por completo y esa sensación de poder traspasar las fronteras entre uno y otro lado era como flotar en una nube. Magia Gris no precisaba alargarse así que lo retiré de amazon y lo presenté. Con "Magia Gris" y "La domadora" en el concurso ya solo quedaba la parte mas desesperante: esperar.

Hace unos días me metí en la página de la OEPLI y me enteré de que el Premio ya ha había sido concedido y que, por supuesto, no había sido yo la afortunada. Confieso que me hacía ilusión y que había disfrutado lo indecible construyendo castillos en el aire, unos castillos maravillosos. Mis castillos tienen cimientos sólidos en ese mundo imaginario que sé que está al otro lado y la decepción de no haber ganado el premio no consiguió derrumbarlos. Llamé a la secretaria de la OEPLI y así supe que mis dos obras habían sido candidatas al premio, algo es algo. De todas las obras presentadas el jurado selecciona 15 (es lo que los americanos denominan shortlisted) y, a partir de ahí, se inicia la criba. Es un consuelo saber que mis dos historias pasaron ese primer corte, aunque no avanzaran más allá. La ganadora, Ledicia Costas, había recibido en octubre el Premio nacional de literatura infantil, así que la competencia era dura.

A lo largo de esta semana he estado de lo más ocupada; he devuelto "Magia Gris" a amazon y he editado "La domadora de elefantes" para su publicación, también en amazon. Después de mis experiencias previas con las editoriales no he querido complicarme la vida para ser rechazada, o para no obtener respuesta tras una espera de meses. Me siento como si mendigara cuando en realidad escribo porque quiero, sobre lo que me apetece y además me esfuerzo por hacerlo bien, con un estilo que me guste, que procuro mejorar por una mera cuestión de pundonor. A veces leo historias soberbias que desearía ser capaz de emular, no obstante sé que no llegaré a ese nivel, y no lo digo por decir, es la realidad. Mis cuentos son divagaciones para soñar despierta y, con lo que me gustan los libros, lo raro sería que no quisiera plasmar en ellos mis sueños más bonitos.