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jueves, 6 de octubre de 2016

Vacaciones en el Norte

Como siga así, llegarán las navidades y este post seguirá a medias. Por la mañana, cuando voy al hospital, estoy llena de energía y mi mente bulle con ideas y anécdotas para contar en el blog. La euforia dura hasta que empiezo a trabajar. A partir de ese punto, el tiempo se dedica a los pacientes y, para cuando termino, se me han pasado las ganas de sentarme delante del ordenador de casa; la llamada del sofá es mucho, muchísimo, más tentadora. Es curioso como bastan cuatro días, o menos, para que las vacaciones se conviertan en un recuerdo.

Llegamos a Asturias en plena ola de calor sahariano, huimos de los 35 grados del seco verano madrileño para caer en los 32 grados húmedos y pegajosos de Asturias. La diferencia no nos supuso ningún alivio, allí las casas no están acondicionadas para esas temperaturas sino para mantener el calor en su interior, y vaya si lo mantienen.

Dado que el hotel estaba en terreno desconocido, House me recomendó que estudiara bien la ruta antes de salir. Le hice caso y, gracias a las instrucciones de Via Michelin, nos dirigimos a Oviedo por la nueva autovía de Salamanca, con un pequeño rodeo por Ávila que provocó todo tipo de comentarios sarcásticos sobre mis capacidades de guía. A partir de ahí, me tocó pelearme con el navegador de la tablet de House. No estaba familiarizada con el programa, pero no en vano dicen que a la fuerza ahorcan y no hay mejor aliciente para aprender que los comentarios de mi querido esposo. Sin duda habría sido un gran maestro, difícil dar con alumnos más motivados.

Después de no seguir las indicaciones del navegador, que me parecía que no eran correctas, llegamos a nuestro destino (más por azar que por méritos o por sentido de la orientación). Nos encontramos en un hotel rural perdido en medio de una aldea en ninguna parte, rodeado de vacas y, por supuesto, sin aire acondicionado. House se encontraba cansado, acalorado, sudoroso, pero le hizo feliz descubrir que sus vecinos más cercanos olían intensamente a excrementos de animal cuadrúpedo y que, para más inri, estaban infestados de moscas. Sobra aclarar que las moscas no ejercen distinciones entre las diferentes especies de mamíferos y que, incluso en una aldea aislada, son insectos de lo más sociables, aunque su sociedad no sea deseada. Se presentaron todas en nuestra habitación para recibirnos.

El cansancio de House se asocia con frecuencia a hipoglucemia, pero cuando los hados se ponen en contra lo hacen a conciencia y ese día tocaba descanso de personal en el hotel (un descanso más que ganado, como pudimos comprobar en los días posteriores). Dimos una vuelta por los alrededores, caminamos dos kilómetros hasta la siguiente aldea donde encontramos un bar cerrado (y que permaneció en ese estado durante toda nuestra estancia) y una carretera nacional. Regresamos al hotel y en recepción nos remitieron a Tapia de Casariego, a unos 4 km por la susodicha nacional. En esa ocasión optamos por recorrer la distancia en coche, sabemos por experiencia que no todo el mundo tiene clara la distinción entre millas y kilómetros a la hora de medir distancias a ojo y esos cuatro kilómetros no fueron una excepción. Tapia es un pueblo muy agradable, con un paseo marítimo muy bonito, con acantilados al Cantábrico, un faro y un puertecillo de lo más pinturesco. El lugar nos reconcilió con Asturias. Cenamos en una taberna-restaurante que nos recomendaron, "La Terraza", y nos pareció tan bueno que nos mantuvimos fieles a su carta durante toda nuestra estancia.

martes, 23 de junio de 2015

Restaurante Víctor Gutierrez, Salamanca

El año pasado nos invitaron a una boda a Salamanca y aprovechamos la coyuntura para pasar allí unos días. Además del turismo cultural también nos dedicamos al gastronómico, que tras tanto paseo hay que reponer fuerzas. Animados por alguna de las críticas que leímos, reservamos en el Restaurante de Víctor Gutierrez, en la C/ Empedrada. Este año nos han invitado a una nueva boda en esa misma ciudad y nos hemos apresurado a reservar una mesa en el mismo restaurante. Entre entonces y ahora el lugar ostenta una estrella Michelín merecidísima.

El local es muy agradable, más bien minimalista y con hueco entre las mesas para preservar la intimidad de los comensales. Dos camareras sonrientes y encantadoras atienden a los comensales de manera impecable, les explican los platos, servidos en una vajilla de dimensiones verdaderamente colosales, y procuran responder a todas sus preguntas, aunque tengan que indagar en la cocina para contestar algunas. Da gusto el trato que tienen, son un aliciente más del sitio.

La carta dispone de dos menús degustación, diferentes pero adaptables según las preferencias e incompatibilidades del gastrónomo de turno. Después de trasnochar el día anterior por culpa de la boda, se nos había hecho algo tarde para desayunar en el hotel esa mañana y, aunque en el convite había comida suficiente para cuatro enlaces, la cena había bajado a lo largo del baile y estaba más que digerida. Aún arrastrábamos algo de sueño y eso da hambre. Tanta justificación es para explicar por qué nos decantamos por el menú largo, aunque el motivo principal es que somos unos glotones y así contábamos con más platos para probar y disfrutar.

De aperitivo House pidió la cerveza de la casa, Ink, una tostada elaborada por el chef que presenta la peculiaridad de llevar, además de malta de cebada, quinoa, un semicereal típico del altiplano peruano, de donde es oriundo el chef. Es una cerveza deliciosa, de las mejores que he catado, suave y con cuerpo, algo afrutada y un poco más dulce en razón de la quinoa. Preguntamos si la pensaban comercializar y nos regalaron una botella (que ya no tenemos). La carta de vinos es amplísima, aunque con especímenes prohibitivos para nuestra economía. Optamos por probar un Ribera de nombre Romántica, un crianza suave y fino pero con algo de cuerpo y que entraba de maravilla. Muy recomendable.

Abrió el baile de platos la primavera de ibéricos, con un extraordinario jamón de Guijuelo y unos chips de patata crujiente aderezados con un poco de sobrasada. Lo presentaban sobre unos palos (no comestibles) entre los que se escondían unos grisines (que sí se comían). En el siguiente plato los palos de adorno se transformaron en piedras que amurallaban una tira de hojaldre con aguacate, que también venía presentado sobre un alga crujiente, una zanahoria baby con gelatina de yuzu (un cítrico japonés) y una fantástica minimadalena de aceitunas con su tapenade de olivas negras en un fabuloso contraste dulce-salado.

Uno de mis favoritos fue el atún marinado sobre crema de ajoblanco y acompañado de helado de erizo. Un verdadero manjar en el que el sabor de las almendras del ajoblanco suavizaba el marisco del helado al derretirse en la boca con el bocado de atún.

La próxima vez que compre cigalas las pondré sobre un lecho de ensalada de quinoa y le prepararé una salsa de yogur con un toque de pepino y jalapeños. No sé dónde conseguir la anguila ahumada que lo complementaba, con suerte lograré unos arenques, pero con que me quede la mitad de bueno que el original ya me conformo.

Un bocadito de cochinillo congració a medias a House con la elección del menú (en el corto el cochinillo era uno de los platos principales). Digo a medias porque después de probar aquel bocadito, crujiente y jugoso, daban ganas de tomarse el lechón entero.

Seguimos con anticucho, una salsa peruana en la que generalmente se macera carne y que se elabora con 16 ingredientes: aceite, ajo picado, comino, jugo de limón, pasta de ají panca, pimienta molida y fresca, sal, vinagre de vino tinto, cerveza negra, orégano y toda una serie de verduras. En este caso lo macerado eran atún y pichón que venían servidos sobre una cama de arroz a modo de niguiri. Sabrosísimo.

Continuamos nuestra penitencia gastronómica con un arroz de calamares con gamba roja y salsa de chile. De ahí pasamos al fondo marino, extraído directamente del océano del paraíso, con carabinero a la plancha (mi marisco favorito), mejillón con falsa concha, algo picante y comestible, cangrejo de cascara blanda y sopa de pescado con un toque de leche de coco (estéticamente servida en el interior de una roca hueca).

Aún nos faltaban el pescado y la carne. El representante del primero era una delicia de salmonete, limpio de espinas y con toques asiáticos: coco, yuzu y miso rojo. La última maravilla era pichón con salsa de mostaza y salpicado de pistachos picados y té macha.

Terminado el festival de salados le tocaba el turno a los postres. ¡Tres! Comenzamos con manzana en sorbete con láminas finísimas y con una crema de mandarina. La crema original era de maracuyá pero me la cambiaron, no comprendo las ganas que tienen todos los cocineros de introducir esa fruta tropical en sus creaciones, no combina con nada sino que le quita el sabor al resto. Con mandarina todo casaba a la perfección.

El segundo postre fue un original cebiche. Nos explicaron que el cebiche es un concepto, y que para ser considerado como tal ha de llevar ají y cítricos. En este caso el ají venía incorporado a la crema y los cítricos en un sorbete de bergamota y unos trozos de pomelo. Me encantan los cebiches.

Para rematar la comida, un broche de chocolate en todas sus texturas: polvo, carbón, crema, helado, bizcocho... El chocolate es irresistible, debe de ser pecado no comerlo a diario.

Los cafés llegaron acompañados con un detalle de la casa: un macaron, un alfajor, un bombón de mango y unos caramelos de lima-limón con forma de piedrecitas. Para entonces estábamos algo llenos pero no era cuestión de no apreciar el detalle así que le hicimos los honores que se merecía.

En fin, como esto va de boda en boda, a ver quién se casa el próximo año en Salamanca y nos da un pretexto para volver. Sé que no es necesaria una excusa pero nunca viene mal tener un motivo para arrancar.

viernes, 20 de junio de 2014

Antes de arrancar

El juego del tetris lo inventó alguien como el Catedrático, obligado a meter en el maletero del Trasto-Rosa 1430 familiar los bultos que contenían lo imprescindible para las vacaciones de una familia numerosa. Una vez conseguido el triunfo no había que cantar victoria. Lo peor sería el regreso. A la vuelta habría que sumar todas las compras, el mercadillo de los gitanos nos abastecía de ropa durante la siguiente temporada, los productos de la tierra, que incluían varias garrafas de aceite, y los platillos preparados por mi abuela para su hijita.
- Ni siquiera tu madre será capaz de llenar el maletero de este coche - declaró mi padre, con sorprendente optimismo, cuando le acompañé a comprar el Mercedes en Alemania. Bastó un viaje para comprobar que se equivocaba.

Después de las maletas venían los pasajeros. La distribución también presentaba su intríngulis.
- Te toca a ti sentarte en el centro.
- No, yo vine allí a la ida, le toca a otro.
- No puedo, ahí me mareo más.
- Siempre me toca a mí.
- ¡¡¡MAMÁ!!! (por supuesto la Señora pasaba de nosotros y más nos valía dejar de discutir si no queríamos terminar castigados antes de empezar el viaje)
¿Por qué ninguno queríamos sentarnos en el centro? Sencillamente porque la anchura de aquel asiento dependía del espacio que te dejaran los que iban a los lados, que tenían la ventaja de poder colocarse en diagonal y no estaban dispuestos a sacrificar su comodidad más allá de lo imprescindible. Se añadía que en un extremo había que dejar hueco para evitar el sol directo. La cosa empeoró aún más, si cabe, tras la llegada de hermanita.

La Señora distribuía las biodraminas. La fe en aquella medicina era otro rasgo de optimismo familiar. Sabían tan mal que inducían el vómito con sólo metérselas en la boca. Entre la dichosa pastilla y el olor a gasolina del vehículo, el mareo estaba servido desde antes de arrancar. Ante el éxito pasamos a probar distintos remedios caseros: nuestro favorito consistía en medio limón con un caramelo incrustado en el centro que debíamos lamer hasta la piel. Presentaba la ventaja de que el mareo acontecía ya en ruta. Para eso también había solución: bolsas de plástico (me sorprendió descubrir que las de los aviones eran de papel).

- ¿Habéis hecho pis?
Todos asentíamos. Jamás nos olvidábamos de pasar por el baño antes de salir y nunca bebíamos nada, era preferible morir de sed a que estallase la vejiga. No podíamos contar con ninguna parada durante el trayecto para vaciarla (¡ufff! ni siquiera se nos ocurría sugerir semejante idea, hacerlo no habría sido un buen modo de empezar las vacaciones).

Conectábamos la radio. Era un modelo tan básico que no disponía ni de FM ni de casette. La antena no se caracterizaba por su sensibilidad. La programación iba en función de la recepción de la señal en cada punto. Durante la meseta se limitaba a emitir frases sueltas y distorsionadas de noticias y de alguna entrevista. En Despeñaperros el hilo musical dependía directamente de nuestros pulmones. El repertorio se merece otro post.

Cerrábamos las puertas con energía (era el único modo). La nave estaba lista para emprender la aventura. Nos enfrentaríamos a monstruos del tamaño de trailers, a quitamiedos en curvas sobre barrancos que no quitaban el miedo y al desierto interminable de la meseta bajo el sol sin agua, aire acondicionado ni baño. ¿Cuánto falta?

jueves, 29 de agosto de 2013

El interminable ascenso de Sintra

Dentro de nuestro viaje a Portugal recuerdo la visita a Sintra como agotadora. No me lleve la guía a aquella excursión porque de Sintra no había más que una página sobre los Palacios, sin mapa ni nada. Tampoco pasamos por la oficina de Turismo, que estaba a reventar de gente (y nos gusta poco desplegar nuestro encanto entre las multitudes). Estábamos convencidos de que no nos hacía ninguna falta (craso error).

Todo empezó muy bien. Dimos un paseíto muy agradable desde la estación hasta el Palacio Nacional (el de las chimeneas). Disfrutamos del precioso paisaje de la zona. Entramos en el Palacio Nacional para verlo. Cuando salimos eran alrededor de las 12:30h. Nos pareció que era pronto y, como disponíamos de tiempo de sobra, decidimos dar otro paseíto hasta el Palacio Da Pena para aprovechar ese día tan bueno. Fue una idea casi genial, salvo por el detalle de que casi morimos en el intento. Subimos y subimos, en pleno mediodía, mientras el pobre House también sudaba y sudaba, y se deshidrataba. Avanzábamos sin referencias, sin guía y sin indicaciones en el camino (ninguna). ¿Y si nos habíamos equivocado en algún punto? Le debimos dar pena a un vigilante que pasaba por allí, supongo que de ahí proviene el nombre del castillo, que nos dijo que podíamos acortar a través de un sendero en vez de seguir por las curvas de la carretera. Le hicimos caso y dejamos la carretera asfaltada por un camino de tierra diseñado para escalar las laderas del monte. Poco después volvimos a salir a la carretera y continuamos nuestro ascenso por las curvas. Finalmente divisamos el castillo allá en lo alto. No encontramos el funicular por lo que no nos quedaba más remedio que tirar hacia delante. De repente llegamos a una señal ¡la primera! Nos informaba de que íbamos bien encaminados. Ya lo habíamos descubierto gracias a los autobuses llenos de turistas que nos adelantaban uno tras otro. Aunque habíamos visto la parada llena de gente antes de comenzar nuestro periplo nunca se nos ocurrió que un vehículo fuera tan necesario. No vimos más paradas a lo largo de la ruta. Es posible que no estuviesen indicadas, a fin de cuentas las señales no abundaban precisamente por esos lares.

Por fin empezó lo que se llamaba propiamente "camino del castillo". Desde que se empieza a entrar en la zona casas señoriales hasta la puerta misma del palacio puede haber un buen trecho, por supuesto cuesta arriba para desanimar a los posibles invasores. Proseguimos. Más allá llegamos a la entrada del Parque Da Pena con su preciosa parada de autobús. Le preguntamos al vigilante del parque si en ella paraba el autobús para subir al palacio (llegó un punto en el que nos conformábamos con verlo desde lejos), y nos respondió que para qué íbamos a cogerlo si ya habíamos llegado. Lo único que nos quedaba era entrar en el parque y recorrer un mero kilometrito más. Pagamos la entrada conjunta parque-palacio, que nos soplaron 22 euros, y paseamos por aquel bosquecillo hasta llegar, unos 100 metros más allá, a una señal pequeña y escondida que ponía Palacio (y que a House le convencía aún menos que a mí). Dada la ausencia de otras indicaciones, seguimos la flecha. Dejamos de subir y escalar para pasar a trepar por ese camino de cabras medio adoquinado (podrían fácilmente ser las mismas rocas del suelo en un intento basto de recolocación). Así seguimos el km al que había hecho referencia el guarda, aunque el hombre no había especificado que éste se levantaba en vertical. El comentario de House, para entonces hipoglucémico y deshidratado, al respecto de ese atajo fueron unas palabras cargadas de optimismo. Estaba seguro de que me había equivocado y aquel sendero no llevaba al castillo (mea culpa por encontrar la señal escondida en su base). Nuestro talante no era el más propicio para valorar las joyas botánicas del parque y cuyo supuesto disfrute justificaba el precio de la entrada. Habíamos subido gratis por la carretera y ahora lo hacíamos por una senda mucho más empinada y, para colmo, tras pagar por ello.

Al fin salimos a un camino más ancho y allí se nos planteó la típica duda existencial: ¿derecha o izquierda? A esas alturas nos daba igual. Sin resuello, tiramos a la derecha y, como si de un espejismo se tratase, apareció al Palacio. Eran cerca de las 2 de la tarde. La mejor opción era comer, reponernos y descansar un rato antes de continuar con la visita. Sin embargo incluso los mejores planes se frustran y así dio comienzo nuestra segunda odisea.

El Palacio tenía restaurante. Nos imaginamos que sería similar al de un Parador. Gozaba de unas bonitas vistas (desde aquellas alturas se divisaban todos los valles de alrededor) y ese era todo su encanto, aunque lo supimos tarde. No habían entendido bien el concepto de comer con los ojos y, con ese paisaje alrededor no les preocupaba el resultado del plato. House pidió gallo con crujiente de jamón y yo me decanté por el pollo con queso de cabra. El filete estaba algo seco pero gracias a la salsa de queso se podía comer. Sin embargo el pescado sólo podía calificarse como criminal. Ni tan siquiera era pez gallo. Se trataba de un pescado congelado abominable, seco como un estropajo y tan malo que recordaba al del hospital. Tampoco traía la guarnición de jamón, sino unas verduras y puré de patata. Se lo comentamos al camarero que se llevó el plato. Reapareció con él apenas un minuto después. Le había clavado un trozo de jamón rancio al puré de patata. ¡No dábamos crédito! Ahí se le hincharon las narices a mi señor esposo (¿y a quién no?). El imbécil integral del maitre insistió en que era lo que habíamos pedido. Semejante despliegue de estupidez no contribuyó a mejorar la situación. El camarero nos ofreció otro pescado de la carta. ¿Pescado? Nada indicaba que supiesen cómo cocinarlo. Se nos estropeó la comida y el apetito. House se tomó un postre (que sí que estaba bueno), para endulzar el berrinche con un poco de azúcar.

Visitamos el Palacio. Precioso a pesar de que en aquella época tenían no ya horror, sino fobia, a los espacios vacíos. Debían de estar siempre comodísimos con tanta silla, sillón, sofá, chaisse-longue (hasta en el baño había una, supongo que para recostarse una vez envueltos en la toalla mientras les ayudaban a vestirse). Claramente no les faltaba donde sentarse, aunque no entiendo cómo se las apañaban para ponerse en pie y, menos aún, para caminar sin tirar nada accidentalmente. Cualquier movimiento debía de suponer todo un problema. En el exterior, desde las terrazas y las murallas se divisaba todo el valle. La verdad es que aquel lugar, a pesar de la escalada, resultaba la mar de agradable.

Después del descanso y la visita decidimos iniciar el regreso, y ¿qué mejor que OTRO PASEÍTO? Pues sí, aunque parezca increíble, eso hicimos. La carretera de bajada era diferente, algo más empinada (excepto la parte del camino de cabras). Por ella no circulaban los coches, la inclinación en tobogán del terreno no lo permitía.  La ventaja es que era  mucho más corto y no se nos hizo nada cansado, sino todo lo contrario. Una vez abajo probamos las típicas quesadillas de Sintra (que no nos gustaron demasiado) y nos volvimos a Lisboa.

No voy a poner la receta de las quesadillas ni tampoco ningún otro ejemplo de la comida de "dar pena" que tomamos en el restaurante del palacio. Mejor disfrutar con un aperitivo a base de deliciosos buñuelos para reponerse de la lectura de nuestras desventuras.

PATANISCAS DE BACALHAU (BUÑUELOS DE BACALAO)

400 gr de bacalao remojado
100 ml de leche
Zumo de medio limón
75 gr de harina
1 cucharada de aceite de oliva
Cerveza (unos 50 ml- 100 ml)
Perejil
Media cebolla muy picada
Sal
Pimienta

Escurrir bien el bacalao y limpiar de piel y espinas. Cortar en trozos regulares.
Mezclar la leche con el zumo de limón y dejar macerar el bacalao en la mezcla durante un par de horas (darle la vuelta de vez en cuando)

Mezclar con la batidora la harina, el huevo y la cucharada de aceite y añadir la cerveza poco a poco hasta conseguir una pasta densa. Agregar el perejil, la cebolla y el bacalao escurrido. Dejar reposar durante 15 minutos.

Formar los buñuelos con la ayuda de una cuchara y freír por tandas en aceite de oliva muy caliente, hasta que estén dorados. Secar el exceso de grasa sobre papel absorbente y servir recién hechos y calentitos.

viernes, 9 de agosto de 2013

Salmorejo cordobés

¿Cuál es el mejor salmorejo? Se encuentran tantas variantes que podría ser difícil escoger entre ellas. Sin embargo no es la receta lo que convierte a uno en mejor que otro, sino el lugar. Tras descubrir las maravillas encerradas en la mezquita al pasear en solitario entre los pasillos de su pasado, reencarnada en una princesa, no importa si mora o cristiana, tras pasar luego a perderse por las calles estrechas de casas blancas del barrio judío hasta alcanzar la muralla para cruzarla y huir hacia el río y, tras contemplar la ciudad ocre y dorada desde su otra orilla,  ¿es acaso posible no integrar el encanto de ese escenario al sabor del salmorejo? ¿Quién sería capaz de compararlo con el de cualquier otro lugar?

Mi hermano está dispuesto a competir y prepara un salmorejo de excepción. Lo sirve de aperitivo en sus famosas barbacoas y, a la hora del desayuno, lo unta sobre tostadas hechas al grill  para realzar el sabor de un impresionante lomo ibérico de Huelva. Sé de más de uno que ya está buscando un hueco en su calendario para ir a desayunar a su terraza.

De todos modos, los cordobeses no estaban dispuestos a jugarse el primer puesto y para asegurárselo crearon la Cofradía gastronómica del Salmorejo cordobés. Probaron diferentes versiones, sufrieron y se sacrificaron todo lo necesario, y un poco más, con tal de votar la mejor de todas. No terminó ahí su consideración, sino que también se preocuparon por la salud y la línea de sus invitados y por ello crearon una versión light que redujese la grasa, la sal y las calorías pero conservase el sabor y la textura del original.

SALMOREJO CORDOBÉS TRADICIONAL

Ingredientes:
1 Kg. de Tomates
200 grs. de Pan de Telera Cordobesa (un tipo de pan candeal, más ancho en el centro y afinado en los extremos, que imita la forma de la montera de los toreros)
100 grs. de Aceite de Oliva virgen extra
1 diente de Ajo de Montalbán
10 grs de sal

Preparación:
Limpiar y triturar los tomates, colar para quitar la piel y las pepitas.
Volver a triturar añadiéndole el pan, el aceite, los ajos y la sal.
Decorar con huevo duro picado y trocitos de jamón ibérico.

SALMOREJO DIETÉTICO (se reducen el aceite y la sal a la mitad)

Ingredientes:
1 Kg. de Tomates
200 grs. de Pan de Telera Cordobesa
50 grs. de Aceite de Oliva virgen extra
1 diente de Ajo de Montalbán
5 grs de sal
La preparación es idéntica a la anterior.

Variantes: se le puede añadir pepino, pimiento, cebolla, y más original: remolacha, melocotón, zanahoria, manzana y es exquisito con cerezas (como lo preparan en Los Sentidos). Además de sal puede probarse con un toque de curry.

Acompañamiento: Huevo duro y jamón picado. Aunque admite otras opciones: atún, bacalaó, boquerones, anchoas, sardinas, marisco y pescados ahumados o marinados, uvas y queso.

Se puede usar como salsa, en sustitución de la mayonesa o el ketchup, incluso también para guisos en caliente.

PORRA DE NARANJA
Esta receta proviene del blog de Nueva cocina marroquí. Al parecer es de origen sefardí y podría tratarse del antecesor del salmorejo. Dataría de la época previa al descubrimiento de América, cuando el tomate aún no se había introducido en la cocina de la  península. Esta sería la versión que degustaría nuestra princesa, mora o cristiana, en pleno esplendor del Califato Omeya.

Ingredientes
Zumo de 2 ó 3 naranjas
Miga de pan duro
1 diente de ajo
Aceite y sal

Empapar la miga de pan en el zumo de naranja colado. Batir junto con el ajo mientras se añade el aceite al hilo hasta conseguir una crema (con una textura similar a la mayonesa). Rectificar de sal.

Y para terminar, una versión distinta.
SALMOREJO DE MAÍZ
Ingredientes
Para 4 personas (6 como chupito de aperitivo)
800 g de maíz cocido
½ diente de ajo
50 g de pan
75 g de aceite de oliva virgen extra
4 cucharaditas de mojama picada, huevas de pescado o jamón ibérico
1 cucharada de kikos o mezcla de frutos secos tostados
Sal
Preparación
1. Triturar el maíz con unos 250 ml de agua fría (si la crema resultante está muy espesa, añadir un poco más de agua). Pasarla por el chino o colador.
2. Incorporar el ajo y el pan troceado al puré y volver a triturar.
3. Añadir el aceite poco a poco sin dejar de triturar. Rectificar de sal y dejar reposar un rato en la nevera.
4. Servir con los ahumados y/o las huevas o el jamón, y los kikos o frutos secos por encima.

viernes, 19 de julio de 2013

Domingo en Vitoria

Me despierto a las 10:30 (no recuerdo la última vez que sucedió algo así). El desayuno termina a las 11 h. Llamo a House y bajamos al bufé. Toca recogida: hacer las maletas, el check-out y dejar los trastos en la recepción del hotel para pasear, muy tranquilamente que los pies siguen resentidos, y disfrutar de las vistas que ofrecen los bancos situados en los distintos puntos panorámicos de Vitoria. Callejeamos por toda la ciudad. Agradecemos las rampas mecánicas que desde la Iglesia gótica de San Pedro nos suben al Palacio de Montehermoso. Seguimos hacia la Catedral de Santa María, abierta por obras, aunque no entramos en ella. Por el camino vemos el Palacio renacentista de Escoriaza al lado de los restos de las murallas. Bajamos a ver la antigua posada de El Portalón y subimos por la Calle de la Cuchillería. Nos paramos delante de la Casa del Cordón, con su torre medieval, antes de continuar hasta los Arquillos.

Bajamos las escaleras hacia la Plaza de la Virgen Blanca. Entramos en la Plaza Nueva, cuyas terrazas están llenas de gente. Nos refugiamos en la plazuela de al lado del Palacio de Correos. Es un rincón precioso y tranquilo en el que corre un airecillo la mar de agradable. Tras descansar un rato nos encaminamos hacia el Parque de la Florida. Recorremos sus caminos, cruzamos sus puentecillos y damos la vuelta al precioso kiosko.

Enfrente se encuentra la Catedral Neogótica de Mª Inmaculada. Nos sentamos al lado de su ábside, en lo que bautizamos como "El rincón de los abetos", un recodo rodeado por estas coníferas de las que contamos seis especies diferentes. Desde allí las vistas de la catedral son impresionantes y le damos una tregua a nuestros machacados pies.

Tenemos reserva para comer en el Restaurante Ikea. No me refiero a la tienda de muebles sino a un sitio genial, que nos sugirió el día anterior el novio. Para abrir boca nos sirven un aperitivo de vichissoise y luego una delicia de ligera mousse de foie con gelatina de tempranillo y sifón de melocotón. De la carta nos decantamos por la ensalada de bogavante con frutos rojos y las cigalas con cremoso de patata y guisantes, que nos traen ya compartido, tras preguntarnos previamente. En los segundos me voy a la merluza (perfecta) con cuscus de centollo y moluscos y House opta por el rape con pisto de chipirones. El vino, El Puntido de 2008, una recomendación del maitre, que no conocíamos, nos pareció exquisito.

Estamos llenos pero no vamos a perdonar los postres: torrija de vodka con helado de salsa de nueces, la salsa tiene un nombre vasco impronunciable, y tarta crujiente de manzana y pera con helado de caramelo (el original era de maracuyá pero pedí que me lo cambiaran). Nos dieron a probar el brownie de pistachos con helado de queso (inimaginable). Rematamos con café que acompañan de tejas y trufas.

Con los estómagos más que satisfechos recogimos las maletas y las arrastramos el corto trayecto que nos separaba de la estación. Tren puntual, lleno a reventar de adolescentes.

Evidentemente el viaje nos ha encantado. La única pega: demasiado corto.

jueves, 18 de julio de 2013

Boda en Vitoria

Fecha: Sábado de Julio.
Papel del día: invitados de boda.

Aún no son las 8:00h pero llevo un buen rato despierta. Dejo a House acostado y bajo a tomar un tentempié en el desayuno bufé.  Mientras hago tiempo me doy un paseo, a la luz del día, por la Ciudad Vieja. Es pronto y hay poca gente por la calle. La temperatura a la sombra es fresca, no así al sol. Recorro las calles sin mirar el mapa. Me dejo llevar. Da igual por donde tire, la ciudad está llena de rincones preciosos. Primero una rosaleda. Doy con una iglesia gótica. Subo una cuesta y me topo con un palacio renacentista. Al su lado un parque que cruzo. Otro palacio y, alrededor, casas con los balcones adornados por geranios en flor. Una calle de arcos me lleva hasta la plaza de una iglesia con una torre octogonal, templaria, y un reloj de sol en la fachada. Escaleras de piedra que bajan. Me meto por un callejón y salgo a una plaza porticada. La recorro despacio y al otro lado descubro los árboles que rodean el Palacio de Correos. Callejeo hasta que considero que es hora de regresar.

Despierto a House a las 9:30, le acompaño a desayunar. La boda  es a las 12. Preguntamos en recepción las instrucciones para ir a la Ermita de San Prudencio de Armentia. Nos dicen que el camino es un agradable paseo de no más de 2 kilómetros y que se tarda unos 20 minutos. Son poco más de las 10h, nos sobra tiempo.

House, siempre caballeroso, me cede el primer turno del baño. Tras la ducha da comienzo la pelea con el pelo. Va a hacer calor así que el recogido es la mejor opción. Opto por un moño bajo y escondo las tropecientas horquillas necesarias para darle un aire natural sin que se deshaga. Tanta naturalidad no convence del todo a House. El maquillaje lo distribuyo a tientas, ya comenté que la luz dejaba mucho que desear. El vestido, de seda salvaje blanca bordado a modo de mantón con flores rojísimas, se llevará todas las miradas y serán menos evidentes los parchajos de color en mi cara. House, con su traje gris, está irresistible, como siempre.

Poco antes de las 11:30 estamos listos para realizar el agradable paseo que nos llevará a la ermita. Comenzamos con mucho brío, a pesar de ir calzados de boda. Declaro que mis zapatos de tacón son cómodos para caminar, lo que no sabía es que iba a ponerlos a prueba.

Vamos bien. Llegamos a un parque y, en lugar de bordearlo, decidimos cruzarlo. Craso error. Su forma es irregular y, como consecuencia, salimos por donde no es y nos desorientamos. Proseguimos por el Paseo de Fray Francisco de Vitoria, una zona preciosa bordeada por casas impresionantes entre las que se encuentra el palacio que alberga el Museo de Bellas Artes. Termina la calle y no vemos ningún cartel con el nombre de la siguiente del mapa. Preguntamos. Descubrimos que hemos hecho el último tramo en sentido contrario.

Regresamos sobre nuestros pasos y seguimos las indicaciones del buen hombre que nos ha reconducido. Pasamos el campo de fútbol, luego las piscinas, más allá un hotel. Los 20 minutos se convierten en 45, de lo que se deduce que los vascos caminan más rápido que nosotros. Es mediodía y el calor aprieta. Llegamos justo en el sí quiero. Nuestro estado es lamentable: acalorados, sudorosos y con los pies rotos (mi almohadilla plantar está escondida debajo de unas ampollas gigantes que no descubro hasta la noche). Aguantar de pie se convierte en una especie de tortura. Los novios irradian felicidad. Ella lleva un vestido romántico, sencillo, de gasa color marfil y con unas preciosas peinetas de nácar en el pelo que recuerdan a las sirenas.

Esperamos de pie la llegada del autocar que nos conduce al Palacio de Elorriaga, un hotel del siglo XVI. Sirven un aperitivo en jardín, también de pie. Sólo hay un sillón para una anciana y siento ganas de suplicar otro para mí. Me apoyo en una mesa para no cargar todo el peso sobre mis doloridos pies.

Para la comida pasamos a un salón y nos sentamos. Miro el menú y distribuyo mentalmente el hueco de mi estómago, tiene que caber todo. Lo han puesto difícil: tres entrantes (ensalada de langostinos, corte de foie y cigalas salteadas), un primer plato de pescado: lubina con boletus. Le sigue un sorbete de limón y menta antes de pasar a la carne, solomillo con patatas panadera (nos preguntan el punto de la carne y nos lo traen a nuestro gusto). Llegan los postres: dentro de un cubo de hielo de 10 cm de lado, sirven el granizado de mojito. Luego la tarta soufflé de chocolate negro con helado de naranja. Imposible dejarse nada, está todo buenísimo.

Tras tres horas de comida, salimos de nuevo al jardín sin sillas. Los novios bailan un vals que han ensayado y da comienzo el baile general. Compruebo que mis pies me duelen menos si bailo, debe de ser como lo de caminar por encima de brasas, se apoyan menos. Eso sí, tras un rato tengo que buscar dónde sentarme, aunque sea sobre el cesped.

A las 20h volvemos al centro de Vitoria para continuar el baile en un bar. Desde el autocar voy al hotel a cambiarme antes de dar un espectáculo y que se me salten las lágrimas del dolor. A duras penas contengo las ganas de descalzarme por el camino.

Regreso con las sandalias cómodas que me había llevado para patear la ciudad (menos mal), por supuesto también me cambio de vestido porque se dan de bofetadas con el de la boda. Cojo uno largo que las tape en lo posible. También tengo que cambiar de chal y me pongo el que había llevado como segunda opción. Camino un poco, mucho mejor.

Baile, baile y baile. Regresamos a medianoche como Cenicienta. Ahora el dolor de pies es compartido (al igual que el personaje del cuento habríamos agradecido perder algún zapato). House sufre más porque no se ha cambiado de calzado desde esa mañana. Competimos en la habitación para ver quién luce más ampollas. Sin grandes diferencias él tiene alguna más pero las mías son más grandes. Menos mal que en la camita no se notan. Caemos rendidos.
 Continuará 

miércoles, 17 de julio de 2013

Visita a Vitoria

Destino: Vitoria.
Fecha: fin de semana de Julio.
Motivo principal: boda de uno de los residentes de House.
Motivo secundario: Huir del calor infernal de Madrid.

La tarde del viernes, y porque era imposible postponerla más, la dedicamos a la ingrata tarea de preparar las maletas con todo lo necesario para ir de boda. Una maleta pequeña para cada uno, la misma con la que el año pasado pasamos 3 semanas en la playa, y en mi caso igual de llena: vestido de boda (que no debe aplastarse porque no va a pasar por la plancha tras el viaje), zapatos, bolsos, chales (la cosa estaba entre dos, pendiente de la decisión del último minuto, al final me puse los dos, aunque no a la vez y tampoco con el mismo vestido (las explicaciones en el post de mañana). Un par de vestidos para los momentos de no boda. Ropa interior para cambiarme, camisón y bolsas de aseo.  Digo bolsas, en plural,  porque la restauración preboda precisa de todos los cosméticos imaginables: limpiadora, crema solar, base, maquillaje, polvos, colorete, sombras (en tonos combinados), lápiz de ojos, correctores, máscaras, pintalabios (siempre varios) y delineador. Para el pelo opto por tentar la suerte. Total, va a quedar como le venga en gana así que puedo ahorrar el espacio de los productos que no van a obrar el milagro, y menos con una boda en ciernes (es la ley de Murphy, que ya me la conozco). Me hago con un arsenal de horquillas por si es preciso recogerlo con arte.

Salimos de casa a las 18:30h para coger el tren en Chamartín a las 18:55. Llegamos a Vitoria a la hora prevista, las 22:30. Taxi hasta el hotel, Silken Ciudad de Vitoria, que aunque sabíamos cercano desconocíamos el camino. Entrada muy bonita, con los pasillos de las plantas abiertos en balcones que daban al hall. Encantadores en recepción. La habitación, de tamaño medio, estaba ocupada por una cama inmensa y muy cómoda. La luz, tanto natural como artificial, dejaba que desear. No iba a ser fácil el maquillaje, tendría que recurrir al instinto y cruzar los dedos. Menos mal que iba preparada con la paleta completa del artista, eso sí, esperaba que el resultado final fuese más impresionista que expresionista. Ya me preocuparía de eso al día siguiente. De momento lo primero era abrir las maletas para colgar la ropa (en otras circunstancias habrían esperado a nuestros estómagos, pero no es recomendable si al día siguiente se va de boda). Tras guardar los trajes en el armario, regresamos a recepción para solicitar las instrucciones necesarias para irnos de pinchos ( en este caso pintxos).

Caminamos 10 minutos bajo los árboles de un parque romántico con vistas a la Catedral Nueva. Nuestros pasos nos llevaron a la Ciudad Vieja. Investigamos los bares de la zona y, entre las sugerencias del hotel, nos decantamos por Sagartoki (C/ Prado, 18). Fue un gran acierto. Allí nos encontramos con el novio, acompañado por el resto de los resis de House. Disfrutamos de una exquisita cena de pinchos, degustamos el pincho ganador del concurso de la ciudad (huevo frito con patatas, con el huevo estaba encerrado dentro de la patata) y de la tortilla de patatas más premiada (con todos los méritos: cremosa, jugosa, sabrosa y deliciosa). Otras tapas: Cru-cu de foie con frambuesa lyo, taco de salmón con huevas de trucha, bacalao 100%, croquetas de jamón con kikos, croquetas de queso azul y nueces, tempura marina y, de postre, pinchos de torrija, esponjosa y caramelizada, con helado de dulce de leche. Nos pusimos las botas.

Ya con la barriga llena, paseamos por la Ciudad Vieja, de ese modo también bajábamos la cena. Las casas antiguas presentan un aspecto diferente por la noche, sobre todo en las calles vacías y en silencio (algo difícil de encontrar un viernes en el centro de Vitoria, aunque algunas había). Se pierde la noción del paso del tiempo. Los palacios duermen ahora igual que hace 500 años, es a la luz del día cuando muestran los cambios. La calma se amolda a las iglesias, las rodea de una atmósfera de reverencia.

Nosotros también nos fuimos a dormir...

(Continuará)

viernes, 12 de julio de 2013

Cliff House Chocolate Pecan Pie

La Casa del Acantilado (Cliff House) se encuentra al final de la Ocean Beach de San Francisco. Transformada actualmente en restaurante, a través de sus enormes ventanales se pierde el Pacífico por el horizonte. Por su otro lado se asoman las torres rojas del Golden Gate. Desde su salón se contemplan las mejores puesta de sol de la ciudad mientras se disfruta de una deliciosa cena. A su lado se hallan las ruinas de las antiguas piscinas, las mayores de su época, en su origen cubiertas por una modernista estructura de hierro y cristal. La casa y el recuerdo de las piscinas forman parte del Parque Nacional del Golden Gate.

La primera casa del acantilado se construyó en 1858. Por entonces la zona no era más que un paraje aislado, aunque poco después la carretera se llevó hasta allí y se convirtió en un lugar de recreo para la ciudad. El edificio fue comprado en 1883 por Adolf Sutro y en 1887 se destruyó por una explosión accidental de dinamita. Se reconstruyó entonces para estallar de nuevo la Nochebuena de 1894. Finalmente, en 1896, Mr. Sutro construyó en ese lugar un llamativo palacio victoriano de 7 plantas y, ese mismo año, excavó al lado las hermosas piscinas de los Sutro Baths. Por desgracia, aunque la gran mansión sobrevivió al terrible terremoto de 1906, un incendió quemó su armazón de madera en 1907 y no dejó de ella más que las cenizas de sus 11 años de vida. La hija de Sutro sustituyó el palacio por un edificio de estilo Neoclásico que es la base de la Cliff House actual.

La siguiente receta forma parte del libro del chocolate de Ghirardelli. Si no se puede disfrutar de la puesta de sol sobre el Pacífico, al menos se podrá hallar algo de consuelo en un trozo del delicioso pastel.

Cliff House Chocolate Pecan Pie
Ingredientes
150 gr chocolate negro
1 cucharada mantequilla
2/3 de sirope
3 huevos
1 cucharadita de vainilla o Bourbon
1 pizca de sal
Media taza de azúcar moreno
1 taza de nueces pacanas
1 base de galletas (hecha simplemente con chips-ahoy trituradas. Extender y apretar las migas sobre el fondo de un molde desmoldable y guardar en la nevera hasta que se asiente)

Elaboración
Derretir el chocolate con la mantequilla y el sirope (en microondas, a potencia media, un par de minutos, removiéndolo un par de veces)
Batir los huevos con la vainilla y la sal, añadir el azúcar, el chocolate y las nueces.
Rellenar el molde.
Precalentar el horno. Hornear a 200ºC durante 10 min. Bajar a 180º y seguir cocinando unos 30-35 minutos. Enfriar.

jueves, 20 de junio de 2013

El Gran Cañón


Tenía muchas ganas de conocer San Francisco y aproveché las vacaciones de mi primer año de MIR para visitarlo. Me guisé un plan a mi gusto, para comérmelo también a mi gusto ya que me fui por mi cuenta y riesgo. Quizás con menos riesgo de lo que indican mis palabras, porque el catedrático había estado allí previamente y, gracias a sus contactos, pude alojarme en Berkeley con algunas de sus antiguas estudiantes. De este modo podía estar sola, sin sentirme sola en todo momento.

Por las mañanas cogía el Bart y me bajaba en Powell St para iniciar mi recorrido por las calles: Union St, Finantial District, Embarcadero, Coit Tower, Pier 39, Palace of Fine Arts, Golden Gate y Golden Gate Park, las casas victorianas de Alamo Sq, las curvas de Lombard St, Chinatown, the Beach, etc. Me pateé la ciudad con todas mis ganas, de cabo a rabo y de cuesta a cuesta. Entre medias, me apunté a una acampada a Yosemite que vi anunciada en la agencia de turismo (en la confluencia de Powell con Market St). En aquella excursión conocí a otro puñado de viajeros solitarios, gente con más ganas de conocer mundo que sociedad. No por ello eran bichos raros, huraños e introvertidos. Todo lo contrario, el trato con ellos me resultó muy fácil, supongo que porque todos teníamos muy clara la importancia del espacio vital de los demás y lo respetábamos. No sólo sabían comportarse dentro del grupo, sino que su conversación era original, interesante y muy entretenida. En la furgoneta y en los fuegos de campamento todos contaban curiosas anécdotas. Quizás el caso más extremo era una chica australiana que se había tomado un año sabático para dar la vuelta al mundo estilo "mochilero". Por aquel entonces ya habían transcurrido 9 de los doce meses e incluso se planteaba una prorroga. Sin duda yo era la menos aventurera: tenía a mi padre en el país, aunque fuese en otro Estado (por aquel entonces se había marchado a Phoenix, Arizona), y mi solitario viaje no se podía considerar verdaderamente como tal sino que residía con estudiantes que él conocía.

The Chasm of the Colorado - Thomas Moran
Hacia el final de mi estancia me fui a visitar a mi padre. Aunque en ocasiones sea una hija desnaturalizada, esa no fue una de esas veces. En vez de encontrarnos en Phoenix, ciudad que no parece poseer especial atractivo, mi padre propuso que pasásemos unos días en el Gran Cañón. Desde San Francisco compré un vuelo barato con South West Airlines (compañía con buenos precios, buena atención telefónica y muchas facilidades a la hora de conseguir billetes internos, por lo que recurrí a ella en más ocasiones) y me embarqué para allá. En Phoenix debía cambiar de avión para llegar hasta la pista de Flagstaff (que es sólo una pista, no un aeropuerto). Aquel segundo aparato era muy pequeño, con motor de hélice y no más de 10 ó 12 asientos, mucho más amplios que las ridículas sillitas habituales en las grandes aeronaves, todos ellos pasillo y ventanilla al mismo tiempo. Eran de piel negra, me imagino que sintética, bien mullidos (lo que tenía su explicación y resultó de agradecer) y muy cómodos. La tripulación consistía en piloto y copiloto pluriempleados, que también ejercían de auxiliares de vuelo. Nos informaron sobre las medidas de seguridad y nos comentaron que como en el trayecto había algo de tormenta tendríamos que dar un pequeño rodeo. Al parecer el pequeño avión no era capaz de atravesarla. Mi espíritu aventurero decidió disfrutar de aquella experiencia y reconozco que hice bien al tomármelo con ese talante. El viaje fue agitado. Rodear la tormenta no significaba volar por cielos azules y tranquilos, sino en la periferia de su núcleo. Los rayos nos rozaban y las sacudidas por las turbulencias me hacían saltar del asiento a pesar del cinturón de seguridad, que mantuvimos abrochado durante todo el vuelo. No obstante disfruté de ello igual que si se tratase de una larga montaña rusa. Como desagravio y para rematar el viaje sobrevolamos el cañón antes de aterrizar (me imagino que si eres piloto y tienes esa ruta debe de ser difícil resistirse a la tentación). Tuve la inmensa fortuna de que nuestra llegada coincidiese con una magnífica puesta de sol. El bloque entero de la enorme meseta, con las grietas del cañón excavadas en su rojiza arcilla, se encendió con la luz anaranjada, roja y dorada del cielo. El espectáculo me sobrecogió. Se me hizo un nudo en la garganta, no me atrevía ni a parpadear mientras miraba fijamente aquella escena con la frente pegada a la ventanilla, completamente hipnotizada. Me sentí feliz y emocionada. En ese instante comprendí a las víctimas del Síndrome de Stendhal y personalmente opino que sus crisis son motivadas ante la idea de tener que alejarse de semejante belleza. Aún tengo aquella imagen grabada en mi retina, no la he olvidado.

Mi padre me recogió en el aeropuerto. Había buscado un cómodo apartahotel con una pequeña cocina en la que podíamos tomar el desayuno antes de salir a recorrer todo el perímetro de El Gran Cañón. Nuestro desayuno para coger fuerzas consistía en una generosa porción de tarta de limón con merengue. Tanto el catedrático como yo podemos devorar una vaca nada más levantarnos si se tercia. Una vez calmado el estómago, emprendíamos el camino. Nuestra ruta prevista podía suponer 800 km entre ida y vuelta y había que cumplirla a rajatabla desde el primero hasta el último metro. A la hora de conocer cualquier monumento, el catedrático es incansable. Subiría el Everest en una jornada si encontrase un sherpa que se prestase a semejante hazaña. House opina que yo también, pero eso es porque nunca ha viajado con mi padre. Todo es cuestión de entrenamiento, incluso eso. Los castillos de Castilla la Vieja de mi infancia y las iglesias alemanas de mi adolescencia, con independencia de credos, junto con los recorridos por rincones desconocidos de ciudades, carreteras y bosques, forjaron en mi mente la necesidad de ver todas y cada una de las piedras de absolutamente todos los monumentos de cualquier sitio (y tengo pesadillas en las que olvido visitar alguno).

North Rim - Lewis Ramsey
Conducíamos durante horas y horas hasta el destino de turno. Una vez lo alcanzábamos seguíamos nuestra ruta a pie, a buen ritmo, nada de paseítos de domingueros. En el tiempo limitado del que disponíamos debíamos estudiar el Cañón desde todos sus ángulos. Doy fe de que, se mire desde donde se mire, es impresionante. El South Rim es la parte más desértica y turística, la que ofrece una perspectiva más amplia del interior del cañón y una panorámica más extensa. Es la imagen que aparece en fotografías y documentales, aunque nada se acerca a la realidad de lo que supone contemplar, y sentir, ese escenario en toda su magnitud e increíble belleza. Vimos la entrada del Río Colorado al inicio del cañón mientras nos dirigíamos hacia el North Rim. La orilla norte es bastante distinta a la sur. Aunque tiene zonas despejadas, el terreno está básicamente cubierto por bosques. De entrada esa zona resulta algo menos vistosa porque el paisaje desde allí no es tan apabullante como el que se puede contemplar desde la zona Sur, no es ni tan extenso ni tan profundo. En su lugar posee otro tipo de encanto: grandes claros que se abren a praderas verdes rodeadas de árboles, cubiertas por un cielo intensamente azul y envueltas por un aire cristalino en el que se respira la calma.

El Cañón es un territorio sagrado para los indios que escogieron instalarse allí en una reserva. Posiblemente la única riqueza de ese terreno desértico sea su increíble belleza, pero los nativos no aspiran a amasar grandes capitales de oro y activos en los bancos, sino que les basta con disfrutar de la fortuna de vivir en semejante maravilla de la naturaleza, de compartirla y preservarla para futuras generaciones. ¿Alguien puede presumir de una herencia mejor que esa?

miércoles, 12 de junio de 2013

Pastéis de Belém

El día que escogimos para visitar Belem, comprobamos, con gran pesar, que no éramos ni los únicos turistas ni los únicos habitantes de Lisboa a los que se les había ocurrido semejante idea. El tranvía iba abarrotado y aunque nos dio una vuelta turística por las calles fuimos incapaces de disfrutarla como se merecía ya que apenas veíamos más allá de la espalda del pasajero contra el que teníamos clavada la nariz.

El vehículo no se vació hasta su parada final en Belem y ganas nos dieron de emprender el regreso con él. En vez de seguir nuestros instintos nos dejamos llevar por los de la masa y nos dirigimos en tropel hacia el monasterio de los Jerónimos. Se trata de un precioso edificio de estilo manuelino que, por desgracia, ya estaba lleno hasta la bandera aún antes de nuestra llegada. En su interior no se disfrutaba de otros detalles que no fuesen las cabezas que ya conocíamos del tranvía. Lo que lo abandonamos y nos encaminamos hacia la Torre de Belém. Allí había menos gente, aunque eso no significa que estuviésemos más anchos. La magnífica torre dispone de una única escalera de caracol, en la que no cabe ni uno de esos bichos que le da nombre puesto de perfil y que, para colmo de males, se emplea por igual para el sentido de subida como el de bajada. Deberían estudiar la posibilidad de instalar un semáforo que regulase el tráfico de gente. Optamos por pasear.

Ya de vuelta me paré a comprar los típicos Pasteis de Belém. Estaba claro que la tónica del día eran las muchedumbres y los clientes se desbordaban por las puertas de la famosa pastelería. ¿De dónde salía tanta gente? ¿No estaban todos en el tranvía, en el monasterio o atrapados en las escaleras de la Torre? Pues al parecer no, sino que aún quedaban los suficientes como para abarrotar la pastelería y desesperar a House, que se quedó fuera. Conseguí abrirme paso hasta llegar al mostrador (mejor no revelaré mis métodos porque creo que la cortesía influyó menos que mi capacidad para crear huecos). Mi costumbre de hablar a voces con los pacientes sordos (que afirman que a mí me oyen muy bien y culpan a su familia de no vocalizar) me sirvió para hacerme con una cajita de esos anhelados manjares. Fui incapaz de hacer lo necesario para lograr más, por lo que nuestros familiares tendrían que ir ellos mismos a buscarlos si deseaban probarlos. Definitivamente no íbamos a regresar en un futuro próximo a la zona a pelearnos con el resto de los turistas. 

Cogimos de nuevo el tranvía. Se acercaba la hora del almuerzo y aún no sabíamos dónde comeríamos. El ánimo de House, entre las hordas y la hipoglucemia, no se ajustaba a ningún estado ni medio propicio para pedirle opinión. Aunque yo tenía varias sugerencias tampoco el momento era el más adecuado para ofrecerlas. En todo caso me quedaba el consuelo de que, si el hambre acuciaba, siempre contábamos con la opción de atacar los "pasteis". 

Fue el tranvía el que decidió por nosotros. Aunque en teoría nos tenía que dejar en las proximidades del hotel, a medio camino, y sin previo aviso, el conductor decidió que allí mismo terminaba su circuito y dio media vuelta. Ante la perspectiva de reencontrarnos con la multitud, nos bajamos. La afortunada coincidencia fue la de andar bastante cerca (por supuesto cuesta arriba) de un restaurante recomendado por unos amigos del hospital. Hacia allí nos arrastramos ( por el empinado adoquinado, sin ayuda de grúas ni poleas). Es un sitio diminuto, metido en un callejón de aspecto infame pero no hay que dejarse desanimar por ello. Allí suele ir Mario Soares y también iba Saramago, su nombre es Farta Brutos y se encuentra en el Barrio Alto. La sala es muy hogareña y la carta se escribe a mano a diario. Todo es fresco y delicioso. No nos limitamos a reponer nuestras desfallecidas fuerzas sino que ya puestos, nos resarcimos y comimos opíparamente. Para rematar el festín nos trajeron un carro de postres del que servirnos a nuestras anchas y del que nos pusimos las botas: melocotones al oporto, jugosas naranjas peladas en rodajas y una crema tostada digna de morir de un empacho por ella.

La receta original de los Pastéis es casi un secreto de estado. Los elaboran también en otros sitios de Lisboa, como en el Café Martinho da Arcada, en la Praça do Comércio, al que le gustaba ir a Pessoa y donde se toma también una estupenda cataplana. Hasta que alguien vaya a Belém a por unos pocos, siempre le queda la opción de probar a hacerlos.

Pastéis de Belém
Ingredientes
Molde:
- Una lámina de hojaldre preferiblemente casero.
Relleno:
- 250 ml de nata líquida.
- 4 huevos
- 15 gr de harina
- 100 gr de azúcar
- Un trozo de piel de limón recién cortada.
- Un palo de canela.

Elaboración
Calentar la nata, con la canela y el limón. Añadir el azúcar. Batir los huevos y añadirles poco a poco la leche caliente. Ponerlo a cocer a fuego muy bajo removiendo constantemente.
En cuanto haya espesado ligeramente, retirar la canela y el limón y reservar.
Cortar círculos de hojaldre y colocarlos sobre moldes rígidos para magdalenas o muffins. Verter sobre los círculos de hojaldre, que habrán de llegar a la mitad de altura del molde,  la crema hasta que casi alcance el borde.
Hornear en horno precalentado a 220º hasta que suban y se doren.
Al sacarlos, bajarán un poco. Enfriar sobre una rejilla, no mucho, sólo hasta que estén templados.
Antes de servir, espolvorearlos con canela y azúcar glass.  

martes, 11 de junio de 2013

Recuerdos de Lisboa

Lisboa está situada en un emplazamiento precioso, para el que conviene ir en forma y entrenado en el deporte de la escalada  Sus maravillosas panorámicas se deben a su situación sobre una serie ininterrumpida de colinas que obligan al visitante, además de a los habitantes, a subir y bajar cuestas constantemente. Aunque parezca que lo peor es la subida, al cabo de un par de días, cuando las piernas sufren los tirones de las agujetas, la bajada impone verdadero pavor. Merece la pena, además de tonificar los músculos se disfrutan de unas vistas increíbles desde cada una de sus cimas.

La ciudad posee un gran encanto. Es un encanto viejo, decrépito en algunos rincones. En algunas zonas los claros dejados en las fachadas por los azulejos azules desprendidos despiertan la impresión de que el resto también está a punto de caerse a pedazos. El empedrado le da un aire antiguo aunque sus irregularidades obligan a andar con mucho tiento. Llama la atención la cantidad de "viejas con muletas", según la caritativa expresión de House, que pasean por la ciudad. La traumatología y la ortopedia deben de ser las actividades más rentables a las que dedicarse. El clima contribuye con su granito de arena, en este caso con sus gotas de agua: llueve con mucha frecuencia (y a veces con muchas ganas, de manera imprevista y con un fuerte viento asociado, de esos capaces de llevarse las mesas, sombrillas y sillas de cualquier terraza, como pudimos comprobar en vivo y en directo). El suelo, resbaladizo de por sí, se transformaba en una auténtica pista de patinaje. Esos días las abuelitas debían de estrellarse por cientos y ya se sabe que, a partir de cierta edad, la cadera es quebradiza y los huesos frágiles.

La comida era sencillamente fantástica. En Lisboa, y en el resto de Portugal, probar el bacalao es obligado. No soy nada bacalaera, incluso en ese detalle me parezco a mi abuela paterna pero, afortunadamente, existe la versión 'a bras', con su cebollita pochada y su huevo jugoso, cubierto por crujientes patatitas paja que camuflan la textura del bacalaó. Nos pusimos las botas de exquisiteces: pescado fresco, marisco de todo tipo y, como colofón, los postres, caseros e irresistibles. Eso por no hablar del vino y del inolvidable y adictivo oporto, del que dábamos buena cuenta en nuestras tertulias de sobremesa en los sillones del bar del hotel. El primer día nos bebimos un par de botellas de una cosecha con más solera que yo. Su precio nos preocupó sólo cuando ya era demasiado tarde.
Continuará

domingo, 2 de junio de 2013

Ensalada de pollo de la coronación

"Queen Cinderella" Howard David Johnson
Esta ensalada recibe su nombre por haber sido creada para celebrar la coronación de Isabel II, el 2 de Junio de 1953. Por supuesto no tiene nada que ver con las ensaladas españolas, en ésta la lechuga es un añadido que sirve básicamente de adorno, además de como soporte sobre la que colocarla.

No soy una gran amiga del apio pero en esta ensalada, que se puede hacer tanto de pollo como de atún, combina bastante bien con el resto de los ingredientes. Tanto es así que, durante mi estancia en Tejas, la preparaban en el Country Club en el que mi anfitrión jugaba al golf, mientras el resto disfrutábamos de un día en remojo en la piscina, y me parecía tan rica que, cada vez que íbamos, siempre me la pedía para el lunch. 

El concepto de ensalada de los anglosajones difiere mucho al que se tiene en los países mediterráneos. En estos últimos se trata de realzar el sabor de los vegetales frescos con un aliño ligero. Los ingleses y sus colonias históricas cubren las verduras y el resto de los ingredientes con una variedad de cremas densas que convierten las dietéticas ensaladas en bombas calóricas más adecuadas para ejercer de comida que de acompañamiento (para eso utilizan el pepino, que es la verdura fetiche en Inglaterra en donde un sandwich vegetal es un sandwich de pepino con pepino. Si además va bañado en nata y con el pan cortado muy fino se considera toda una delicatessen).  En mi lunch del Country Club me la servían acompañada de unos fritos (totopos), supongo que por eso de hacer sentir la influencia mejicana en Tejas. Todo un plato de cocina de fusión en que se homenajeaba a los ingleses y a los mejicanos (sorprendentemente se llevaba bien, pero ya se sabe, la comida siempre une). 

ENSALADA DE POLLO DE LA CORONACIÓN

Ingredientes
6 pechugas de pollo
1 cucharada de curry suave
2 cucharadas de aceite de oliva
sal y pimienta
1 taza de uvas peladas y despepitadas, cortadas a la mitad.
6 tallos de apio, cortado fino.
1 bolsa de brotes de alfalfa
1/2 taza de nueces tostadas (se pueden sustituir por anacardos)

Salsa:
Princess Elizabeth of York (age 7) 
1933. de Laszlo.
4 cucharadas de mayonesa
1 taza de nata espesa (personalmente prefiero yogur, es más ligero y digestivo)
1/2 taza de chutney de mango
2 cucharadas de curry

Elaboración
Calentar el horno a 160º.
Untar el pollo con el aceite, el curry, la sal y la pimienta. 
Poner en una fuente y cocinar durante unos 20 minutos. 
Dejar reposar 10 minutos y cortarlo en trozos. Enfriar antes de añadirlo a la ensalada.
El pollo se puede preparar de otras maneras: cocido con un poco de vino, laurel y cebolla o simplemente a la plancha. 

Combinar bien la mayonesa, la crema, el chutney y el curry para la salsa. 

Añadir el pollo al resto de los ingredientes (reservar la mitad de la alfalfa y algunas uvas y nueces para decorar). Impregnarlo todo bien con la salsa. 
Servir sobre un lecho de lechugas y mezclum, y adornarlo con la alfalfa, las nueces y las uvas.

jueves, 7 de marzo de 2013

VIAJE A LONDRES por sobrinísima

La autora de esta entrada es sobrinísima y es un relato de su experiencia londinense. 

"Los cinco días que he estado en Londres han sido fantásticos. Esta era la primera vez que iba y me ha encantado, sobre todo los lugares más emblemáticos: Covent Garden, Buckingham Palace, Hyde Park, el Big Ben, etc. He de mencionar que la amabilidad no es precisamente la cualidad que más define a los ingleses y que el tiempo no es lo que se dice genial, aunque yo creo que tuvimos bastante suerte en ese aspecto. De todos modos esas dos cosas no se tenían en cuenta cuando ibas por la calle y, de repente, te encontrabas el Ojo de Londres allí, imponente, observando toda la ciudad, y te quedabas sorprendido porque te lo imaginabas completamente distinto.

Una curiosidad del Ojo de Londres, que al menos a mí me llamó la atención, es que al verlo desde la calzada da un poco de miedo porque es verdaderamente grande, pero una vez que estás dentro de una de sus cápsulas, con unas vistas fenomenales de todo Londres, y ves que además hay tablets dentro de esas cápsulas, se te quita todo el miedo y compruebas que merecía la pena subirse.

Otra de las cosas que también me impresionó fue la leyenda que nos contó una de las profesoras que iba con nosotros, en concreto mi profesora de inglés. Esta leyenda trata de la Torre de Londres, que está rodeada por jardines. Bien, el caso es que en esos jardines hay cuervos y cuenta la leyenda que si esos cuervos se van de allí, Londres se va al carajo. Aparte de ésta, aprendí muchas otras historias que también me llamaron la atención.

A mí personalmente me encantó un detalle del Buckingham Palace… ¡Los soldados! Me pareció muy gracioso el hecho de que hicieras las tonterías que hicieras, ellos no se movían de su posición. Aunque yo ya sabía este detalle sobre los soldados que custodian Buckingham Palace, verlo con mis propios ojos me gustó aún más.

Este viaje ha sido una experiencia única, una de esas experiencias que volvería a repetir sin problema. Lo más emocionante de todo ha sido que gente que estaba en mi mismo instituto, y que apenas conocía, ahora son o amigos, o al menos conocidos.

A pesar de todo he de reconocer que al principio no tenía muchas ganas de ir y fue mi madre la que me convenció para hacerlo. He de decir que ahora que he vivido toda la experiencia, me habría arrepentido si no hubiera ido."

viernes, 21 de diciembre de 2012

Temperatura psicológica

"Below zero" Robert Hilbert
Mientras en Linares todos nos agazapábamos alrededor de la chimenea del salón, mi tío Pepe se paseaba en mangas de camisa y nos aseguraba, con gran convicción en su voz, que el "frío era algo psicológico". Sin embargo, al alejarnos del fuego para ir al baño, sentíamos que nuestra psique no estaba preparada para enfrentarse a las corrientes de aire y corríamos escaleras arriba con la doble finalidad de entrar en calor y de pasar el mínimo tiempo posible alejados de cualquier fuente de calor. En ocasiones descubríamos aliviados que, alguno de los mayores, tras ducharse, se había dejado allí, triste, sola y abandonada, la única y buscadísima estufa portátil del piso de arriba. Era un aparato pequeño (de ahí su portabilidad), con dos resistencias, aunque la instalación eléctrica de la granja sólo permitía encender una, sobre la que no se podían dejar los calcetines para quitarles la capa de escarcha nocturna porque, aunque lo que se dice calentar, calentaba poco, lo que era carbonizar lo lograba en apenas una fracción de segundo. Si al llegar sin resuello nos encontrábamos con ese preciado objeto, nos apresurábamos a enchufarlo, nos quedábamos a su lado mientras contemplábamos impacientes cómo la resistencia se encendía al rojo y, en ese excepcional calorcillo, aprovechábamos para entretenernos con algún tipo de ablución. Pese a disponer de estufa esa actividad también requería armarse de valor, supongo que se puede considerar que esa es una cualidad que entra dentro de la categoría de lo psicológico. Los grifos del agua caliente y de la fría eran individuales, lo que convertía la acción de lavarse las manos en algo similar a escaldarlas (nadie era tan valiente como para arriesgarse a sufrir los efectos del Raynoud tras congelarse los dedos bajo el chorrito de hielo recién fundido que corría por las cañerías de la fría). El ver aquel calefactor tenía un innegable efecto positivo en nuestra mente y nos bastaba con sentir su calor en los pies, nunca pasaba de ahí, para pensar en enfrentarnos a la desnudez que obligaba un aseo completo.

Por la noche, la psicología nos abandonada, supongo que rendida al cansancio, y para meternos en las heladas camas del piso de arriba, recurríamos a todo lo físico y térmico que se nos ocurría. Así, armados de calcetines de lana, pijamas de felpa, por desgracia sin manoplas ni capucha, y también sin que nos hubiese correspondido en suerte ninguna de las contadas bolsas de agua caliente, nos introducíamos entre las sabanas. La tiritona que se desencadenaba tras esta maniobra no contribuía a que comulgásemos con la sabiduría de mi tío. Eso sí, una vez lográbamos conciliar el sueño, no nos volvíamos a acordar de que nos encontrábamos en una habitación válida para conservar alimentos, claro que tampoco percibíamos el vaho de nuestras respiraciones al exhalar debajo de las mantas. Es posible que inducir el sueño por medio de hipnosis sea una buena psicoterapia para resistir el frío, de hecho los osos, en un alarde de inteligencia práctica, se aplican el cuento e hibernan. La ventaja de ese comportamiento es que ningún animal habría podido atacarnos en el piso de arriba de la granja, al verse allí se habría quedado dormido hasta la primavera para sobrevivir.

Heart of Snow por Edward Robert Hughes
A la vista de este tipo de influencia del ritmo sueño-vigilia sobre la aclimatación, a lo mejor sí que debo darle la razón a mi tío. El principal argumento a su favor es que el frío es una sensación, sin embargo es rebatible con el razonamiento de que no sucede lo mismo con la temperatura, que es objetivable (por distintas escalas). Sin embargo, en función de los hábitos de vida de cada uno, la actitud ante la temperatura exterior es más que variable. Un andaluz a 30º se alegrará de que al fin haya refrescado, un islandés encenderá el aire acondicionado del coche a los 15º y un madrileño, en esos mismos niveles del termómetro, se preguntará a qué esperan en la comunidad de propietarios para poner la calefacción.

En nuestras vacaciones en Estocolmo, al que llegamos un veraniego, cálido y soleado 13 de Septiembre, nos aseguraron que el 14 era el día en el que el tiempo viraba. El sutil cambio sólo supuso un derrumbe de las temperaturas de unos 25º, al que se asoció una gélida galerna polar en toda su crudeza y que convirtió la temperatura de 10º en una sensación térmica de -5ºC (claro que, como cualquier sensación, era puramente psicológica). Recuerdo que aquella mañana dimos un paseo por el centro de Estocolmo, aunque debo confesar que he olvidado lo que vimos (mis neuronas congeladas no podían fijarse en nada, las sinapsis tiritaban y no lograban conectarse mientras mi hipocampo se esforzaba, sin éxito, por barrer de mi memoria cualquier rastro de aquella experiencia, aunque sólo consiguió borrar el paseo, que no el frío). Sé que había casas de color marrón, una valla negra, jardines con árboles y una acera de color gris por la que avanzaban mis pies, que eran casi lo único que veía, mientras caminaba sobre ella, embozada y encogida, en un intento vano de protegerme de las ráfagas de la "fresca brisa". Me gusta pasear por las ciudades, patearlas a fondo, calle a calle, sin embargo en este caso sólo pensaba en llegar a un lugar con techo y cuatro paredes, sin importarme en absoluto el trayecto hasta él. Lo único que deseaba era que fuese lo más corto posible. No sé cómo iban vestidos los suecos, sólo sé que lo que yo llevaba puesto (chaqueta de piel con un grueso forro polar por debajo) no era ni remotamente suficiente.

Donald Zolan
Poco después de aquello leí un artículo de Rosa Montero sobre su visita a Alaska. Aunque algo más agreste que Estocolmo, su impresión fue similar: 10º, viento helado y aire acondicionado encendido en las cafeterías, ante el que se preguntaba que a quién se le había ocurrido siquiera instalarlo. Mientras los habitantes locales sudaban en camiseta, los psicológicamente frioleros manifestaban su dolencia con escalofríos, castañeteo dental y piel de gallina desplumada.

Aunque la psicoterapia sea el remedio definitivo para el frío, de momento prefiero probar su eficacia previamente pertrechada de un buen abrigo, una bufanda, unos guantes y un bonito gorro que mantenga mis ideas y mis orejas bien calientes.