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viernes, 10 de abril de 2020

Intervención nevera

Descubro un limón mohoso en la nevera. Me extraña, hace dos días estaba perfecto. ¿Qué ha podido pasar? Mucho me temo que el desagüe de la nevera se ha vuelto a atascar. Toco la esquina de abajo y descubro un pequeño charco al lado del agujero. En el cajón de la fruta hay un dedo de agua. ¡Otra vez no! Casi se me había olvidado.

Me equipo con las armas de rigor: una jeringa, una aguja (son cosas que tienen infinidad de aplicaciones extrahospitalarias), paños (en este caso para secar el agua y no la sangre), un par de boles, el primero con agua templada y el otro para recoger el material extraído.

Por desgracia no cuento con un fibroscopio, una fibra óptica para ver el atasco habría sido lo ideal, espero que no esté muy profundo y se pueda solucionar con aspiración y jeringazos. Tras un buen rato, me da la impresión de que ya está arreglado.

Una hora más tarde, reviso, una cosa es ilusionarse y otra pecar de exceso de confianza. Mi gozo en un pozo, literalmente. El agua vuelve a estar estancada, aún no le ha dado tiempo a derramarse pero todo se andará. Hay que repetir la operación. Pido ayuda, sola no puedo, se ha vuelto cosa de dos, paso de cirujano a instrumentista y dejo a House el puesto de primera espada.

Probamos de nuevo con las jeringas y el agua, siempre ha resultado en el pasado. No tardamos en confirmar que en esta ocasión no basta. Suena el teléfono, corro a por él. Es para House, tiene que irse a hacer una traquetomía de un COVID. Me quedo sola de nuevo. Pruebo a bombear, agua, aire... sin éxito, noto la resistencia.

House se marcha. Un instante después oigo la llave y entra de nuevo. Falsa alarma, no hay traqueo. Uno se acostumbra a esos cambios de opinión de los intensivistas, así como a que no avisen con antelación, ¿qué es eso? o a que el quirófano esté ocupado y no se pueda hacer la cirugía. ¿Qué tal vas? pregunta según deja el abrigo. Igual, le digo. ¿Con qué contamos? me consulta. Tendremos que improvisar. Reviso el maletín de instrumental y regreso a la cocina con una jeringa de extracción de tapones de oído. Es mucho más grande y quizá funcione. Parece que va mejor, el agua entra, pero no, pronto comprobamos que solo era apariencia.

El plan es canalizar, pero ¿con qué? La guía de fontanero que compramos hace años no sirve, es demasiado gruesa. Un clip es corto. Los alambres de las brochetas también. La pinza de extracción de cuerpos extraños tampoco sirve.  Tenemos un alambre fino, pero se dobla. Probamos con otro más firme que recuerdo haber visto en la caja de herramientas y que no aparece ahora que se necesita. Lo encuentra House en el rincón de al lado de la caja (junto a una pila de cosas que un día, cuando las desempolvemos, descubriremos qué son y para qué sirven, seguramente para un uso algo diferente al plan de su creador). El nuevo alambre es demasiado rígido, no pasa. Descartamos la caja de herramientas. Necesitaríamos un fiador similar al de las sondas nasogástricas.

¡Una cuerda de guitarra! exclama House. Buena idea. Un pequeño tope y entra, es casi igual que un fiador. Avanza sin problemas. Repetimos la operación antes de probar de nuevo con el agua y la jeringa. Por desgracia el agua no pasa tan bien como la cuerda. ¿Una más gruesa? Nuevo intento. La nueva cuerda es también algo más larga y llega más lejos, un par de centímetros pero suficiente. El agua empieza a fluir al inyectarla, sin embargo aún no estamos contentos. House revisa su arsenal. Sí, tiene más cuerdas, escoge la siguiente en tamaño. La pasa y el agua drena.  Probamos con unos jeringazos. ¿No tienes otra cosa que cubra mejor el hueco que la aguja? se escapa por los bordes. Miro en el maletín, me inclino por un aspirador de oído, no demasiado fino, que se conecta a la jeringa. Es más largo y grueso que la aguja. Probamos. Perfecto, obstrucción resuelta.

Queda revisar el material: cuerdas de guitarra, jeringas, agujas, pinzas, aspirador de oído. La pobre nevera no sabía que no iba a vérselas con un fontanero sino con dos cirujanos prestos a presentar batalla y uno de ellos ¡guitarrista!

domingo, 14 de enero de 2018

Un contrincante de peluche

-No te puedes poner ese abrigo, me dice House, está asqueroso.
House no se anda con eufemismos, pero reconozco que no le falta razón: mi pobre abrigo de peluche blanco parece gris (incluso negro por zonas). Sé que un abrigo blanco, alegaré que en realidad no es un blanco puro sino un blanco roto, no sé si llamarlo crema o marfil, no es lo más práctico del mundo, pero lo vi y me enamoró; era tan bonito y suave que no pude resistirme a comprarlo. Es de las pocas cosas que he amortizado de sobra porque, además de precioso, es cómodo y calentito. Se convirtió en mi abrigo de diario. Por supuesto, después del trote del pasado invierno y del inicio de este, de un uso y abuso sin demasiados cuidados ni miramientos, el pobre pedía ir al tinte a gritos.

Decidí hacer caso tanto de House como de los gritos lastimosos de mi abrigo y llevarlo a la tintorería sin más demora. Sin embargo, el principio de las lluvias y una ola de frío polar me mantuvieron alejada de la calle y el abrigo se quedó conmigo en casa.

El comienzo de mis vacaciones podría haber sido el momento perfecto para llevar a cabo mis planes... si no los hubiese cambiado. Después de consultar internet (ese pozo de ciencia que parece tener respuesta a todas las dudas) decidí que ¿por qué no probar a lavarlo en casa? No debía de ser difícil, era cuestión de ponerlo en el programa delicado de la lavadora.

Nuestra lavadora tiene casi 20 años, el folleto de instrucciones se perdió hace tiempo y hay símbolos que no sé lo que significan (y ni siquiera internet ha sido capaz de darme la clave). Habitualmente se ocupa de ella la asistenta, pero esta vez no andaba cerca. Aún así, el programa de lana, con su ovillo dibujado, no planteaba muchas dudas. Metí el abrigo, un anorak (para aprovechar bien el ciclo) y un par de pelotas de tenis, para que las prendas se conservaran mullidas, puse el jabón en el cajetín y pulsé el botón de encendido.

Un programa delicado engaña, parece breve en la rueda, pero la longitud reducida del arco no significa que sea corto; es delicado porque los movimientos son lentos, mucho más lentos... Un par de horas después, al fin, oí el click del final y me dispuse a sacar las prendas para colgarlas. ¡Ay! ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el tambor estaba lleno de espuma? Resulta que el programa delicado tarda más, pero necesita menos detergente. ¿Qué podía hacer? Por supuesto, consultar internet. La respuesta no fue otra que repetir el lavado (sin jabón) y añadir suavizante en el aclarado, (una cosa que he aprendido es que el suavizante ayuda a barrer la espuma).

Otro par de horas más tarde, saqué las prendas. Colgué el anorak en el baño mientras pensaba qué demonios hacer con el peluche que, después de dos lavados, más que un abrigo parecía el pellejo recién esquilado de una oveja a la intemperie. Aquello era una maraña de lana mojada. Agarré el secador y un cepillo de gatos (aclararé que no tenemos gato, el cepillo lo compré el año pasado, por recomendación de hermanísima, para su uso en el abrigo en cuestión) y me dispuse a peinarlo, eso sí, con aire frío en el secador porque con el calor las fibras sintéticas se derriten (esto ya lo había descubierto antes de leerlo en internet al poner en práctica otro truco: la manera rápida de esterilizar de gérmenes una bayeta (humedecerla y meterla dos minutos en el microondas); tonta de mí lo probé con una de mis bayetas desmaquillantes y no sé si tendría microbios después del proceso, lo que sí sé es que la microfibra, tan suave antes, casi como de terciopelo, no volvió a ser la misma).

Peiné el pelo en todos los sentidos mientras lo aireaba con el secador. Aquí el verbo secar resulta demasiado optimista incluso para mí, para aplicarlo el nivel de humedad de la prenda debe cambiar y eso no sucedió. Poco a poco el pelo recuperó un aspecto medio presentable, suficiente para devolverme mi optimismo y pensar que ese método podría funcionar. Comprobé que, a pesar de la mejoría, era preciso insistir. Cuando House llegó al mediodía del hospital me encontró descansando de aquella tarea y montando el jamonero (que acababan de traer de amazon) para darle una sorpresa. Supongo que habría logrado sorprenderle si hubiese contado con la llave adecuada para los tornillos, pero en nuestra caja de herramientas justo faltaba la del número necesario (es ley de Murphy) y tuve que ingeniármelas con una tenaza de manualidades (una de las herramientas más útiles que existen, sirve casi para todo, desde arreglar una ducha, hasta de porta para dar puntos). Toda orgullosa, mientras él terminaba con las labores de bricolaje, le enseñé mi abrigo. No me felicitó por mi trabajo, no, tan solo dijo: "Sigue sucio". "¡Oh, no!, protesté, es solo que aún está húmedo".

sábado, 20 de mayo de 2017

Trols

Siempre ha existido gente tóxica, individuos inaguantables a los que les corroe la envidia y que consideran que su misión en la vida es señalar a los demás sus defectos y hacerle la vida imposible al que se le acerque, ya sea porque no le quede más remedio (familiares con infinita paciencia o profesionales que tratan de hacer bien su trabajo) o porque el que solo busca ser amable descubra tarde su error y no le dé tiempo a escapar.

Normalmente estos individuos terminaban aislados, las críticas y la hipocresía no son valores que la gente admire, aunque lo sorprendente es que muchos famosos de medio pelo viven de eso, de su falta de escrúpulos y de su mala educación, algo que no comprendo. La televisión empezó dándoles alas a muchos y las redes sociales se han encargado del resto, de esos ciudadanos de a pie a los que nadie les importaba que existieran y que han visto en la posibilidad de comentar publicaciones (desde el periódico a youtube) la puerta abierta a la fama y al reconocimiento a sus opiniones. Más de un psiquiatra podría hacer su tesis doctoral con los comentarios del País, ni siquiera entre los pacientes hospitalizados en su servicio van a encontrar una muestra tan amplia de enfermos mentales.

Es una pena que a la mayoría se les siga el juego. Es lo que buscan, hacer un comentario dañino y encontrar respuesta, no les importa si positiva o negativa, de hecho si es negativa y azuza la polémica, mejor que mejor. No hay que erigirse en paladín de la justicia con gente así, es perder el tiempo. Soy de la opinión que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. En la consulta he aprendido que no estoy ahí para discutir, aunque en ocasiones es inevitable porque deshacerse de algunos individuos no es fácil. Una de las mejores enseñanzas de mi abuelo materno es que para decir algo desagradable, es mejor callarse, sobre todo si tu opinión no va a mejorar las cosas (esa segunda parte es un añadido mío, supongo que para justificar la impulsividad que a veces me hace actuar como abogado de pleitos pobres y sin futuro, aunque la experiencia me ha enseñado a escoger mejor las batallas).

Con el tiempo uno gana seguridad en sí mismo y actúa según cree que debe hacerlo, la influencia externa es cada vez menor, así como el compararse con el resto, lo que haga cada uno es cuestión suya (con el matiz de que no haga daño a nada ni a nadie). La realidad es que la tercera ley de Newton de acción y reacción es universal, todo acto repercute en los demás, lo mejor es que esa repercusión sea positiva y no permitir que lo negativo te amargue, siempre hay algo bueno en lo que fijarse.

martes, 28 de febrero de 2017

A Sobrinísima por sus 18 años

El otro día me preguntó House qué diría si tuviese que hablar durante 10 minutos al mundo y todo el mundo estuviese obligado a escucharme. ¡Demasiada responsabilidad! No creo que nada de lo que yo tenga que decir sea tan interesante. De hecho llevo varios días, mejor dicho semanas, dándole vueltas a esta entrada. Sobrinísima cumple 18 años y ya el año pasado me recriminó, no sin razón, que no escribiese nada ese día en el blog. En esta ocasión aún tendría más razón para abroncarme.

No pude evadir la cuestión de House. Intenté escaquearme, pero él insistió. De nada me sirvió tratar de devolverle la pelota, al parecer era yo la que tenía que hablar, no él, y el problema es que, de verdad, no tengo mucho que aportar, ni a sobrinísima ni al resto del mundo.

Divagué un poco. Supongo que algunos hablarían de dinero, de poder, de arreglar el mundo (¡cómo si fuera posible!), de amor, de espiritualidad... No es lo mío, si algo me caracteriza es mi sentido práctico, cuando algo no es útil no tiene sentido darle vueltas, así que en mi discurso hablaría del día a día, de esas cosas pequeñas que contribuyen a la felicidad.

Es curioso, la felicidad está en uno mismo, al menos en cada uno reside la semilla para ser feliz, si uno cede la responsabilidad de su felicidad a los demás, no conseguirá nada. Sin embargo la felicidad no es egocéntrica, al contrario (al menos la mía), es un sentimiento expansivo que precisa contagiar a otros para desarrollarse.

La sonrisa es un requisito, no solo mejora el aspecto del que lo luce, como ya he comentado anteriormente, sino los ojos con los que le valora el resto. Al sonreír a alguien, la respuesta normal es que te devuelvan esa sonrisa y que con ese gesto caiga alguna barrera, no en vano se dice que se cazan más moscas con miel que con vinagre. Sonreír es fácil, pasear la sonrisa alegra un poco el día.

Una de las cosas mejores de mi profesión, y que hace que cada vez me guste más y disfrute más con lo que hago, es la posibilidad de ayudar a otros. Saberse útil hace que la vida cobre sentido y se sume otro punto a la propia felicidad. ¿Vocación? Dudo que la tuviese cuando empecé, opino que en el caso de la Medicina la vocación se desarrolla junto con la profesión. Disfrutar del trabajo también contribuye a la felicidad, todo tiene su parte positiva y su negativa, nada se salva de su sambenito, no obstante hay que aprender a apreciar lo bueno que hay en casi todo. No sé si mi optimismo es fruto de mi pragmatismo o al revés, pero ambos están muy relacionados: ¿para qué perder el tiempo en algo abocado al fracaso? Si se intenta es porque es posible.

Los seres humanos estamos llenos de contradicciones, tenemos días buenos y malos, muchas veces actuamos de forma distinta a nuestras ideas, no dedicamos el tiempo a lo que nos parece importante sino a algo superficial o directamente a nada. Nos equivocamos y hemos de asumir nuestros errores para madurar. Para juzgar existen los jueces y su tarea no es fácil ni algo que se pueda practicar alegremente; mejor ir por la vida sin criticar, y mucho menos cuando con frecuencia no conocemos todos los hechos. Ya lo decía mi abuelo, para decir algo desagradable, uno mejor se calla, y gracias a ese consejo se ahorran errores de juicio y discusiones estúpidas. Es mucho más fácil ser tolerante con uno mismo que con los demás, solo con la práctica se consigue aplicar a los demás el mismo rasero, y eso no siempre. Hay que intentar ponerse en el lugar del otro para comprenderlo. La comprensión es la base de la paciencia, al menos de los que no la tenemos de manera innata.

Igual que la felicidad propia repercute en otros, lo mismo sucede con la felicidad ajena, es un círculo vicioso, hacer a alguien feliz hace a uno mismo más feliz. No hay que ser médico para lograrlo, están la familia, los amigos, y en realidad cualquiera, los gestos de cariño, o la simple amabilidad, hacen que todo el mundo se sienta mejor. Siempre hay pequeños detalles capaces de despertar ilusión y también pequeños detalles por los que no merece la pena amargarse la vida, otra cosa que hay que aprender es a poner las cosas en perspectiva y no dar a las nimiedades más valor del que tienen (casi ninguno), solo son irritantes cuando se les presta atención.

Son cosas pequeñas, sencillas, aunque cuesta descubrirlas, y que al practicarlas, crecen. Después de perfilar mi "discurso", House me confesó que la idea se le había ocurrido por la generalización de las redes sociales, entre ellas mi blog, como una ventana al mundo. La gente habla de su look, del último bolso que se ha comprado, se centran en ellos mismos como si fuesen algo relevante, no miran alrededor, que no es nada más que eso que gira en torno suyo. Lo llamativo es la popularidad que muchos consiguen con ese sistema. No obstante, en palabras de House: "El ser humano, cuando progresa y crece, es cuando mira a las estrellas, no cuando se mira su propio ombligo."

Para terminar esta entrada solo me queda desearle mucha felicidad a Sobrinísima en su mayoría de edad y espero que mi experiencia le sea útil para lograrlo. Por supuesto no debo pasar la oportunidad de plantearos la pregunta: ¿de qué hablaríais vosotros al mundo en esos 10 minutos?

jueves, 24 de marzo de 2016

Mi escritorio

El blog de Chelo me ha invitado a escribir una entrada sobre mi escritorio. El suyo es un lugar ordenado sin nada más encima de la mesa que lo que necesita para escribir. Al parecer es cierto que el mundo está hecho de opuestos, no sé si para alcanzar un equilibrio, aunque equilibrio es lo que a duras penas guardan las cosas en mi caso y reconozco que no gracias a mi contribución.

Chelo es una escritora migratoria que se aposenta en distintos puntos de su salón, que mostró por fotos. Es mejor que yo no la imite en eso porque mis imágenes no iban a resultar decorativas y, además, se añade un problema de intendencia: soy un bicho raro y no dispongo de smartphone o de cámara digital. House es el que se encarga de la documentación gráfica de las vacaciones, aunque no siempre nos acordamos de coger la cámara.

Mi escritorio es una esquina de la mesa del salón, la esquina más apartada de la zona de paso y, con el paso de los días, la única esquina libre (salvo por mi portátil) de la enorme mesa de cristal y forja que no usamos para comer, salvo en situaciones excepcionales, porque no hay dónde poner los mantelitos. En mi descargo alegaré que no soy culpable de todo el desbarajuste reinante, aunque si pretendo enumerar todos y cada uno de los objetos que ocupan el espacio voy a necesitar varios posts (y mucho tiempo para hacer inventario). A mi derecha hay otra silla en la que aún hay sitio para sentarse aunque no la acompaña en el uso el trozo de mesa asociado, sobre el que se disponen dos cajas de auriculares con revistas médicas, CDs y libros encima, una caja de zapatos llena de recibos, otra con cables y objetos intercalados difíciles de etiquetar, y la tapa de una de las cajas anteriores que ejerce de sujetalibros. La distribución de las cosas en cajas es obra de la asistenta que, de ese modo, trata de contener la anarquía.

La franja central de la mesa está adornada con un batik de Thailandia que nos trajo la tía de House de uno de sus viajes, aunque su diseño se aprecia en contadas ocasiones. Sobre la tela hay dos floreros llenos de peonías de Sia, bastante bien logradas, que me regalaron en L'Occitane cuando cambiaron la decoración. Ya he comentado alguna vez que no tengo mano verde y que la única manera de que no se me mueran las plantas es que se encargue de ellas House (o que sean artificiales). El que mi madre me encargue que le cuide las plantas en vacaciones es porque no tiene otra alternativa. Los floreros por sí solos no cubren el batik, aunque sí lo hacen un par de recipientes con lápices y otros útiles de escritura (y de no escritura que han encontrado dentro su hueco), un neceser de piel vacío (al que acabo de buscar otra ubicación), varias cajas de medicina que salen del cajón y siempre tardan en regresar, por si se necesitan, cosa que sucede poco después de guardarlas. Quizá el tenerlas por en medio sirva de placebo. (Las acabo de guardar así que ya veremos).

Aún quedaría espacio en la cabecera de la mesa si no fuera por la caja de botánicos para los gin-tonics que mi tío le regaló a House, yo no salgo del vino y el champán, llena de recipientes con hierbas aromáticas. Su superficie está desaprovechada con solo un talonario de recetas encima (los médicos solemos atender a toda la familia fuera del horario laboral, generalmente de manera telefónica aunque también suministramos recetas cuando es necesario).

Junto al ordenador suelo dejar mi taza de té, una taza de Gorjuss "on top of the world" que, aunque sea cursi, me encanta. Me tomo el té del desayuno mientras leo el correo y a veces se queda ahí abandonada hasta el día siguiente cuando me preparo una nueva infusión. También tengo un despertador roto y otro que sí que funciona y que compré para sustituir al anterior, aunque no me atrevo a conectarlo porque hice una prueba y creo que, por su culpa, se infartó algún vecino. Ahora uso uno que hace más ruido al darle a los botones para apagarlo que cuando suena la alarma, así que cuando me levanto, lo saco conmigo del dormitorio y lo desconecto fuera para no despertar a House.

En realidad, además de mi rincón en la mesa del salón, tengo un escritorio precioso, de madera maciza, no muy grande, con tapa, que me regaló House. El problema es que está en la habitación con peor luz de la casa, en la que tengo el armario y que se ha convertido en un arsenal de libros, ropa y zapatos. En este caso House no contribuye al caos, es más bien una cuestión de entropía universal. De nada sirve hacer limpieza más que para rellenar el armario de mis sobrinas, porque el mío no se vacía nunca, necesitaría montar un mercadillo para lograrlo (no exagero). Cuando la asistenta tiende la ropa, el lugar deja de ser practicable, por lo que mi magnifico escritorio se mantiene infrautilizado. Tengo que procurar arreglar esa cuestión.

Para terminar me falta invitar a alguien a crear un post sobre su escritorio. No tengo una gran red social pero mi escogida para la labor, si le apetece aceptar, es Joseme, que sí la tiene, y estoy segura de que pondrá también alguna imagen inspiradora. 
Me pica la curiosidad: ¿dónde contesta a sus cartas la misteriosa Madame Santal?

sábado, 19 de marzo de 2016

Reciclaje

-Creo que se ha roto el microondas- le digo a House en la cena.
-Seguro que se le pasa, debe de ser un mal contacto- me contesta.

House no se caracteriza por su optimismo salvo en cuestión de electrodomésticos: un aparato no ha muerto hasta que no ha pasado varias veces por la mesa de reparaciones y se demuestra que no hay corriente que lo reanime. De momento el microondas ha resistido estoicamente los 13 años que llevamos en la nueva casa, y eso a pesar de haberse prendido fuego y, a consecuencia de ello, tener un agujero considerable en el cartón del interior (el que no sepa de qué hablo, que mire dentro de uno y lo descubrirá). El mando se engancha gracias a un pegote de blue-tac, aunque cuando la asistenta se esmera en limpiarlo, el arreglo deja de funcionar.

-Me parece que esta vez se ha roto del todo -opino.
No es una información que comunique a la ligera, antes he hecho distintas pruebas y el aparato no calienta de ninguna manera, aunque con el grill (que no usamos desde el incidente del fuego) huele a chamusquina, igual que siempre.
- Ya verás como se arregla solo- me responde House.
Le miro con gesto de asombro. ¿Arreglarse solo? ¡Y luego me acusa a mí de confiar en la magia! Me da que, en este caso, no hay bruja capaz de reparar el cacharro. Ni Merlín con una caja de herramientas obraría el milagro.

Espero. Sé que el desayuno es el momento clave. House no se despierta cargado de paciencia, necesita un rato, un buen rato, para recuperar sus habilidades sociales. No poder calentarse la leche para el café no contribuye de manera positiva a su humor matutino.
-La vez pasada empezó a funcionar después de darle un golpe- sugiero (no sin algo de malicia, lo confieso).
El microondas se convierte por unos minutos en un instrumento de percusión sin nada que envidiar a una batería de jazz, pero ni por esas.
-Voy a mirar los microondas de la tienda de abajo -le digo al percusionista.
Hace un par de meses han abierto un outlet de electrodomésticos en nuestra calle. Creo que ha llegado el momento de conocerlo.
-Pregúntales si recogen el aparato viejo.

Me acerco a la tienda y pregunto. No recogen el aparato viejo pero, aún así, me hago con uno nuevo. El maldito chisme pesa como un demonio. Aunque es en la misma calle, el paseo cargada de regreso se me hace eterno (esa tarde me duelen la espalda y los brazos y, aunque de entrada no identifico el motivo, luego caigo). Para colmo, llueve.
- No recogen el viejo -le comunico a House cuando llego- pero no te preocupes que ahora mismo lo llevo al punto limpio.

Cargamos el aparato en el armazón de un carrito de la compra y lo enganchamos con unos pulpos. Armada de esa guisa, y por supuesto bajo la lluvia, me doy un paseo a los sótanos de la Vaguada (es posible que ese viaje también contribuyese al dolor de espalda de después).

Cuando llego al punto limpio descubro que la ventana para arrojar los pequeños electrodomésticos es del tamaño de un tostador. Hay otra compuerta más grande pero, por desgracia, un hermoso candado impide su abertura.

No hay nada como una damisela en apuros para despertar los instintos protectores de los caballeros. Un señor se acerca a ayudarme, aunque poco puede hacer ante mi tesitura.
-No te preocupes- me dice- déjalo aquí al lado que no molesta y lo recogerán igualmente.
No veo otra opción, le doy la razón y las gracias. Según desato los pulpos, un nuevo caballero hace su aparición, también dispuesto a echarme una mano. Coincide con el anterior en que lo mejor que puedo hacer es dejarlo ahí al lado. Por si albergase alguna duda al respecto, me comenta que es mucho mejor eso que tirar los trastos viejos en cualquier sitio.

No acaba ahí la cosa. Desde luego no puedo quejarme de falta de atención. No he terminado de desenganchar los garfios y aparece uno de los guardas del garaje que, muy amablemente, abre la portezuela cerrada del contenedor y él mismo se encarga de levantar el microondas a pulso para depositarlo en su interior (no sé qué habría sido de mi espalda sin él). Coincide con los anteriores en su opinión de que no podía hacer otra cosa. Así da gusto. Por supuesto les agradecí a los tres su gentileza, que nunca fuera dama de caballeros tan bien servida.

jueves, 13 de agosto de 2015

De llaves y tuberías


Accident ruled every corner of the universe except the chambers of the human heart. David Guterson

Salgo de casa. Dudo si coger el móvil, me da pereza, pero como tengo que conducir opto por llevarlo conmigo, no vaya a pasar algo. Cierro la puerta y me doy la vuelta para llamar al ascensor. El descansillo está a oscuras. Se ha caído el cartón que cubre el agujero de las obras de la calefacción. Lleva así desde el primer día, he perdido la cuenta de las veces que lo he colocado, y me tropiezo con él. De milagro no me voy de bruces al suelo. Aprieto el botón del ascensor y regreso para echar el cerrojo y colocar el cartón. Está rebelde y no se deja. Es frustrante, me liaría a patadas con él.

El ascensor avisa que ya ha llegado. El cartón se ha librado de mi ataque de violencia. Busco en el bolso. No encuentro las llaves, las necesito para bajar al garaje. Están las del coche y las de casa de mis padres. La Señora tiene que ir a recoger al Catedrático al aeropuerto. El vuelo llega con retraso y me ha pedido que vaya antes por si aparece algún invitado. Sin mis llaves no puedo llegar hasta el coche. Eso por no pensar en cómo voy a entrar cuando regrese. House está de guardia. Las horas de encierro en el hospital no congenian con su carácter. No obstante sus llaves son mi única posibilidad de dormir esa noche en mi cama. Barajo la opción de quedarme en casa de mis padres.

Llamo al timbre de mi vecina, la que me encuentro por las mañanas cuando ambas nos vamos a trabajar. Le hago un resumen de mi tesitura y le pido que, por favor, gire su llave en el cuadro de mandos del ascensor para poder bajar hasta el garaje. Primer problema solucionado, era la parte fácil. Una vez en el coche, aún parada, me armo de valor y llamo a House.
-Me he dejado las llaves dentro de casa.
-¿Cómo puedes ser tan desastre?
-Llevaba las de mis padres y pensé que había guardado las mías. ¿Te importaría dejarme las tuyas?- Es una pregunta retórica.
-Qué remedio.
-¿Prefieres que me pase ahora a por ellas o a la vuelta?
-¿A qué hora volverás?
-No sé, es fácil que cerca de las doce. Mejor me paso ahora no sea que luego te pille liado. ¿Podrías acercarte hasta el Infantil? Así no tengo que aparcar.
Gruñe un poco pero lo hace. No nos aclaramos, yo le espero en un lado y él en otro. Bendito móvil (jamás pensé que diría esa frase). Nos encontramos y recojo las llaves. Con todo el trajín es algo tarde. Aviso a la Señora para notificarle el incidente y me dice que no me preocupe. Ya están de vuelta. Dado que no hay prisa decido pasar por casa para comprobar dónde dejé las otras, es raro que no estén en el bolso. Al abrir descubro con horror que la cerradura está echada. ¡Oh, no! ¡No es posible! ¡Sí que había salido de casa con las llaves! En ese caso... ¿dónde están? Me temo que con mi tropezón se han ido dentro del hueco de la obra. ¡Qué puntería!

Intento pensar, aunque con el agobio nada parece una buena idea. Desearía convertirme en tortuga y meterme bajo el escudo del caparazón. Por desgracia ese plan es inviable. Es más sencillo emparedarme en el agujero junto a las llaves perdidas. Necesito una linterna. Las que tenemos de buen calibre están sin pilas y solo cuento con un par de los chinos tamaño llavero. Armada con ambas, reviso el agujero. Las tuberías se pierden hacia abajo y no hay suelo, solo sujeciones y escombros. Oriento el haz en todos los ángulos y meto la cabeza dentro, coscorrón incluido. A pesar de lo exhaustivo de mi búsqueda, no veo las llaves. Sin embargo no pueden estar en otro lado. También he revisado el descansillo.

La desesperación empieza a hacerme mella. Necesito calmarme, poner mi cabeza en orden. Me duele el golpe. A lo mejor House piensa mejor que yo y sabe qué hacer en esta situación, claro que dudo mucho que a él le sucediera algo parecido. Semejantes peripecias llevan mi firma impresa.
-¿Qué pasa ahora?
Se lo cuento.
-¿Y no has oído nada cuando se te han caído?
Nada, ni medio ruido. No da crédito. La verdad es que resulta difícil de creer.
-¿Pero cómo puedes ser tan torpe?
Ni yo misma lo sé.
-He pensado mirar en las mochetas de los otros pisos por si se hubieran enganchado en alguno -propongo.
-No creo que sirva de nada -me anima.
Consolada y rebosante de optimismo decido llevar a cabo mi idea, aunque ese no parezca mi mejor día para improvisar planes. Reviso de nuevo nuestro agujero con el mismo resultado. Ya lo decía Einstein, loco es aquel que haciendo lo mismo espera un desenlace distinto.

En el piso de abajo los obreros han colocado mejor el cartón: tapa el hueco y no está caído. Retiro la cinta del borde superior e ilumino el interior. ¡Ahí están, enganchadas al lado de una de las tuberías! A punto estoy de dar saltos de alegría y ponerme a bailar en el descansillo. Las recojo y las guardo con exquisito cuidado. Me siento como Gollum. ¡Mi tesoro!

Llamo a House.
-¡Las he encontrado! Estaban un piso más abajo.
-Menos mal. Espero que esto no lo cuentes en el blog.
Al parecer la guardia no le ha arrebatado todo su optimismo.

“There are no facts, only interpretations.” Friedrich Nietzsche

viernes, 31 de julio de 2015

Extraordinario

Las personas buenas no son aquellas que carecen de defectos, los valientes no son los desconocen el miedo ni los generosos los que nunca se sienten egoístas. La gente extraordinaria no es extraordinaria porque sea invulnerable a sus inclinaciones inconscientes. Son extraordinarios porque deciden hacer algo al respecto. Shanktar Vedantam.

Good people are not those who lack flaws, the brave are not those who feel no fear, and the generous are not those who never feel selfish. Extraordinary people are not extraordinary because they are invulnerable to unconscious biases. They are extraordinary because they choose to do something about it. Shankar Vedantam.

¿No os parece magnífica esta definición de extraordinario? Supongo que me gusta porque ofrece esperanzas. No es cuestión de compararse con nadie más que consigo mismo, con cómo se era y cómo se es. No es un proyecto indeterminado de futuro sino un presente evolutivo. Es posible que nos parezca que algunos lo tienen más sencillo, que parten de una posición más adelantada. No consideramos que nunca hemos estado en su pellejo y que por tanto ignoramos qué fantasmas les acompañan. De hecho ni siquiera conocemos a nuestros propios fantasmas, nos hemos pasado la vida ocultándolos y evitándolos. Los mantenemos encerrados a cal y canto en algún lugar lejano, suele ser en un pasado que no queremos recordar. Nos escondemos de ellos cuando, sin querer, los liberamos de su prisión. ¡Cómo si fuese posible huir! No nos atrevemos a mirarlos de frente. Quizá alguien opine que resultan ridículos, pero eso no nos tranquiliza lo más mínimo. El ridículo es, precisamente, uno de nuestros miedos. Tememos que los demás se rían de nosotros por su culpa, en realidad nuestra culpa. Lo que a uno le parecen tonterías, no lo son tanto para otro.

Me gusta la idea de que alguien extraordinario no es un ser superior sino alguien que supera sus limitaciones. No se trata de mirar alrededor para saber qué hace el resto, sino de aprender de nuestros defectos, vernos a nosotros mismos y dar un paso adelante cada vez, aunque el suelo no sea muy firme y se tropiece varias veces antes de ascender el siguiente escalón. Al caer lo único que se rompe es el orgullo y suele haber de sobra para reparar el daño. Nadie dice que el camino sea fácil, casi nada lo es cuando de verdad merece la pena. Extraordinario no es necesariamente perfecto sino esforzarse, en serio y con tesón, por ser mejor.

viernes, 17 de julio de 2015

Pequeña filosofía de vida

There are two ways of spreading light: to be the candle or the mirror that receives it. Edith Wharton

Una de las grandes frases de House es que "la vida no es lo que te pasa sino como te lo tomas." Es una sentencia llena de razón que revela una gran sabiduría.

La experiencia demuestra que no todo sale como uno quiere, de hecho la mayoría de los planes tienen tendencia a torcerse por una vía distinta a la original y conviene corregir su trayectoria, o adaptarse a ella. Se necesita aprender a ver los diferentes aspectos de las cosas porque, si no se hace así, lo único que se consigue es vivir engañado y ser desgraciado. No es cuestión de tomarse los disgustos a la tremenda sino de ponerlos en perspectiva y darles el valor que les corresponde. Hay que aprender a escoger las batallas, desgastarse en tonterías es agotador y las fuerzas se necesitan a la hora de pelear por lo importante. No sirve aferrarse a alguien para que luche por ti o amortigüe los golpes. Hay que saber mantenerse de pie por sí solo.

Madurar conlleva soltar lazos para avanzar por una senda propia. Aunque se viva en una sociedad, en la que es recomendable integrarse por cuestiones de salud mental, también hay que convertirse en un ente independiente. Conseguirlo supone tomar las riendas de la propia vida, asumir responsabilidades, pensar por uno mismo, tomar decisiones y esforzarse por llevarlas a cabo. Se hacen las cosas porque se debe o porque se está convencido de ellas, sin buscar palmaditas en el hombro ni felicitaciones. El reconocimiento es raro y esquivo y buscarlo suele ser sinónimo de frustración. Reconocer los méritos de otro, además de un detalle, es un rasgo de madurez.

jueves, 4 de junio de 2015

Lista de espera

What do we live for, if it is not to make life less difficult for each other? George Eliot

- ¿Y cuando me llamarán para operarme?
Esta es una de las preguntas más habituales de los pacientes tras indicarles una cirugía. Lo que no se esperan es la respuesta.
- En cuanto tenga el preoperatorio completo, apenas tenemos lista de espera.
Así es. En contra de lo que afirma la Consejería, que llama a todo el que ingresa en la lista de espera quirúrgica para proponerle la derivación a un centro concertado, y le amenaza si se niega, en mi servicio no tenemos lista de espera para las cirugías (la cuestión de la consulta es otro cantar).
- ¿Y me operará Ud?
Eso es algo que la Consejería aún no ha comprendido, que la relación médico-paciente es casi más importante que la que existe entre la enfermedad y su tratamiento. El enfermo llega al hospital asustado, teme oír una mala noticia, y que su doctor le inspire confianza le tranquiliza. Me indigna que un desaprensivo con poder, sin un buen motivo más que el interés económico, interfiera en esa relación y que, para colmo, lo haga con engaños y azuzando el miedo del pobre paciente.

Por regla general cada uno opera lo que ha indicado. La medicina no son matemáticas y no hay reglas exactas por lo que, en ocasiones, surgen discrepancias. Los casos problemáticos se discuten en sesión, en la que también se revisa la programación quirúrgica para evitar que algo se escape. Aún así, hay menos problemas si los pacientes no cambian de médico, uno no discute sus propias decisiones.

Soy consciente de que mis criterios son más quirúrgicos que los de mis compañeros. A consecuencia de ello, y aunque en conjunto no haya lista de espera en mi servicio, casi la mitad de la misma es mía. Al contrario de lo que cabría esperar muchos pacientes se sienten aliviados cuando les indico que hay que operar y, aunque resulte aún más sorprendente, las madres desesperadas de niños que no levantan cabeza son las más dispuestas. ¡Hasta se diría que les hace ilusión!
- ¿De verdad? - preguntan esperanzadas, supongo que para cerciorarse de que han oído bien.
- Creo que es lo mejor, el niño no está bien, está malo cada dos por tres y si, por lo que me cuenta, además no respira por la noche, no hay alternativa.
- Es que me habían dicho que aún era muy pequeño.
Ningún infante, desde el momento de su nacimiento, es demasiado pequeño como para permitirse el lujo de pasarse ratos sin aire.
- También hay que quitar las anginas -continúo.
- Pero... ¿no son defensas?
Ahí me toca explicarles que ese es un concepto erróneo y me sorprende que aún haya médicos que lo defiendan y lleven a gala su ignorancia. Desde el momento en que las amígdalas se convierten en un foco de infección, o provocan una obstrucción, su presencia deja de aportarle beneficios a su portador. La faringe es una capa de tejido linfoide, recubierto de mucosa, en cantidad suficiente como para suplir la función defensiva de unas amígdalas problemáticas.

Algunas madres no ven el momento de que su vástago pase por mis manos y se presentan regularmente en la puerta de la consulta para que no me olvide de ellas. Alguna hasta ha intentado sobornarme pero le hago ver que eso es algo que, dentro de la casta médica de este país, es una costumbre que no se estila, aunque visto el ejemplo de los políticos su acción no es de extrañar. Las más agobiadas me informan con puntualidad de las fechas en las que el chiquillo tiene todas las consultas del preoperatorio. No pueden ni imaginarse que su niño vaya a respirar, al fin, de manera continuada. Las pobres han olvidado lo que es una noche entera de sueño, algunas se pasan la noche de guardia junto a la cama de su bebé. Los padres, más pragmáticos, me muestran una grabación del angelito dormido para ratificar su declaración. La pobre criatura ruge como un demonio.

La relación médico-paciente no termina tras la cirugía y la revisión de turno, sino que se extiende. Tras el primero llegan los demás hijos, los hermanos suelen compartir rasgos entre sí que los hacen susceptibles a las mismas patologías. Mayores, pequeños... da igual, una vez vistos los resultados, los padres citan al resto de su progenie. A veces ya no les corresponde el hospital, por razones administrativas, sin embargo nadie les ha consultado antes de tomar esa decisión y no desean cambiar. A pesar de la libre elección de especialista se dan casos en los que les ponen todo tipo de pegas para evitar que abandonen su nuevo hospital de referencia. Es curioso que esto solo suceda cuando dicho hospital está sometido a un tipo especial de financiación (o privatización encubierta). A pesar de los obstáculos, al final llegan a mi consulta.
-Es igual que su hermano -me explican.
Exploro al interfecto y compruebo que sus padres tienen razón. No intento convencerles de lo contrario, le pido el preoperatorio y lo incluyo en la lista de espera. No sé si es mi criterio quirúrgico, mi poder de convicción o este tipo de cirugía de familia lo que en última instancia me hace responsable de casi la mitad de la lista de espera de mi servicio.

jueves, 14 de mayo de 2015

La paletilla

If we wait for the moment when everything, absolutely everything is ready, we shall never begin. Ivan Turgenev

Hay una regla no escrita, que sigo fielmente desde hace años aunque desconocía su existencia hasta ahora, que defiende prorrogar la celebración del cumpleaños durante todo un mes. Es una regla estupenda, una de las cosas buenas de la vida es disfrutar de una buena celebración, y lo bueno a veces es mejor breve pero nadie dice que sea perjudicial repetir.

La víspera, despedí el año que se acababa con una mariscada con House en el Restaurante Criado, recomendado por uno de los amigos de House. Un bogavante y una centolla fueron las víctimas sacrificadas en el homenaje y no las bañamos en sangre, sino en el fluido carmesí de un Pago de Carraovejas. Fue una despedida de lo más satisfactoria.

Aprovechamos que el día señalado caía en domingo para organizar una reunión familiar alrededor de la barbacoa del hermano. Las sillas adquirieron carácter rotatorio porque no faltó ni el apuntador y no había asientos para todos. Era un detalle carente de importancia. Lo fundamental, lo que no debía faltar era comida. La Señora se encargaba de una de las tartas y mi prima hornearía una de las suyas tradicionales de queso. Hermanísima seguro que hacía un postre de celiacos para ciclón. Contábamos además con 3 kg de solomillo. Aún así hacía falta algún entrante con el que abrir boca. Con esa idea en mente, me acerqué esa mañana a Cala Millor a por unas empanadas y algún pan especial. Para complementarlo añadí unos cortes de queso y decidí abrir un jamón, aunque el término correcto, visto el resultado, es asesinar un jamón.

El jamón, ignorante de su destino, completaba su solera en nuestra terraza desde hacía un año. El tiempo extra de maduración no facilitó las cosas a la hora de cortarlo. Acostumbrado a su integridad, se aferró a ella con toda su corteza. El curso de 3 minutos de Youtube sobre cómo cortar una paletilla, que era el caso, no sirvió de ayuda. Se entabló una batalla feroz en la cocina. House, casi recién despertado, y alarmado por el ruido, se pasó a ver qué sucedía. Mi intención había sido sorprenderle y a fe que lo conseguí, aunque no tal y como esperaba. Tras afilarme el cuchillo y embadurnar un estropajo de Fairy, mi marido desapareció de la escena del crimen. Sospecho que se marchó cuando le entraron ganas de matar a alguien, y no precisamente a la pata que, a fin de cuentas, ya estaba tiesa.

Proseguí con mi tarea, dispuesta a rematar la faena a fuerza de cabezonería y, ya que no de habilidad, sí de fuerza bruta, o al menos de voluntad. El hueso quiso resistirse a mis encantos, pero solo lo logró durante un rato. Aunque no fuese la técnica de un maestro, abandoné la horizontal de los puristas para recurrir a la disección quirúrgica. ¡Eso no se lo esperaba! La línea de corte se inclinó peligrosamente por el lateral hasta verticalizarse a ras de hueso. Con toda esa parte repelada, ya solo quedaba darle la vuelta, pero decidí dejar esa fase para otra ocasión. Ya tenía planeada mi estrategia.

Repartí el jamón en dos bandejas que coloqué sobre la mesa del hermano. Cuñadísimo, al coger uno de aquellos trozos, se acercó a House.
- ¿Os habéis peleado con el jamón?
- Que te lo explique tu querida cuñada - le respondió mi marido.
- Solo ha sido una batalla. Aún queda todo un lado, pero el que quiera jamón que se pase él mismo por casa a cortarlo. Así puede llevarse lo que le apetezca. - le ofrecí. Sabía que aquel incentivo bastaría para que apareciesen voluntarios que terminasen de cortar el rebelde jamón.
- Si lo hubieses traído, lo habríamos cortado aquí - añadió el hermano. No añadió la parte de "y yo me habría quedado los restos" pero todos lo sobreentendimos.

Nadie más hizo mención a la finura de los pedazos. El resto de los invitados guardaba un silencio prudencial, supongo que porque estaban demasiado ocupados dando buena cuenta del cuerpo del delito. Ya se sabe que no es de buena educación hablar con la boca llena. A pesar de la singularidad del corte, no sobró ni una viruta.


jueves, 9 de abril de 2015

A brazo partido

It's only those who do nothing that make no mistakes, I suppose. Joseph Conrad

Hay días en los que trabajar no es fácil. No es cuestión de cansancio, no tiene relación con el síndrome del lunes, ni tampoco es culpa de que los pacientes, o el médico, tengan el día cruzado. Una puede llegar al hospital con el mejor de los ánimos y encontrarse con que todo se tuerce porque sí, sin más. Conseguir que las cosas salgan, pese a las circunstancias, es a costa de luchar a brazo partido contra los elementos.

Al llegar a la consulta, aún antes de dejar el abrigo, lo primero es encender el ordenador. Esto tiene su razón de ser: mientras el dichoso aparato, a punto de cumplir una década según indica su etiqueta, se decide, da tiempo de sobra a guardar las cosas, buscar dónde tiré la bata, deprimirse tras echarle un vistazo a los listados e, incluso, tomar un café si es necesario para terminar de abrir los ojos. Con eso, generalmente, suele bastar para que la maquina arranque, aunque siempre conviene estar pendiente y no confiarse, nunca se sabe las sorpresas que reserva al sentirse abandonada. La última, y eso sin separarme de ella, fue media hora de barrido de disco duro tras el cual me tocó llamar a informática porque la sesión la había agotado. ¡Si es que ya no tiene edad para esos trotes!

A pesar de las instalaciones antediluvianas, lo peor con diferencia es el programa de consultas, un galimatías de pestañas e iconos diseñado por todo un equipo de genios que lo bautizaron con el sugerente nombre de Selene (con tanta pestaña tenía que ser femenino). Selene ya decidió tomarse vacaciones en Navidad y las disfrutó tanto que ha repetido tras Semana Santa. Al principio de la mañana funciona más o menos bien pero, a partir del mediodía, comienza la juerga. El ordenador se bloquea. La explicación es que, al parecer, Selene es demasiado sensible para la miserable red del hospital por lo que, en plena hora punta, no da más de sí y se cuelga (y los médicos también). No es posible escribir una nota, ni pedir un preoperatorio, ni solicitar una cita. Imposible trabajar en esas condiciones. La pantalla se queda en blanco, literalmente, y no permite hacer nada, absolutamente nada, salvo desesperarse.

El problema de la desesperación es que su progresión hacia un estado de furia es cuestión de carácter, y de, más o menos, tiempo. Una hora de intentos frustrados al intentar escribir en las historias suele bastar para obrar la transformación en la mayoría de los casos. En el proceso se prueban toda suerte de trucos: reiniciar el ordenador, cambiar de sala y llamar a informática, donde comunican sin parar. Por mucho que uno se esmere en continuar con su tarea, la consulta se enlentece, no así el ritmo cardiaco. Por desgracia no todos los pacientes hacen gala de la cualidad que su nombre indica y algunos, sin conocer al médico ni tampoco importarles, invaden las consultas para preguntar cualquier estupidez, generalmente relacionada con su cita con otro facultativo. Indicarles que no deben pasar, que ya saldrá alguna auxiliar a resolver sus dudas, no sirve de nada, no están dispuestos a marcharse sin una respuesta. ¿Por qué a nadie se le ocurre entrar en la cabina de un piloto de avión y sí se creen con el derecho de avasallar al médico en su cubil? Un galeno en plena guerra contra la informática no está de humor para tonterías y llega un punto en el que mordería. El maleducado de turno no sabe la suerte que tiene de librarse con solo unos gruñidos.

En fin, todo son ventajas en un hospital informatizado. Si el médico ha aprobado una carrera, el examen MIR, sobrevivido a la residencia y a las guardias y está habituado a apañárselas en situaciones peliagudas ¿con qué reto desafiarle?, ¿por qué no añadir una nueva serie de botoncitos al programa? No se admiten fallos y, sin embargo, todo son quejas cuando, al revisar, falta una nota o no se ha verificado la visita de un paciente. ¡Horror! ¿Qué dirá el inspector si lo descubre? Se organiza toda persecución, a base de llamadas y correos, hasta que se subsana tamaño error. ¡Qué despistados son los profesionales, siempre hay que andar detrás de ellos!

lunes, 6 de abril de 2015

Espíritu aventurero

Only someone who is well prepared has the opportunity to improvise. Ingmar Bergman

En Medicina, aún dentro de la propia especialidad, es imposible saberlo todo. Quizá haya por ahí algún superdotado que controle hasta el último síndrome, aunque también es probable que el pobre se haya vuelto loco durante el proceso. Mi caso es más triste, no hay garantías sobre mi cordura pero sí sobre mi ignorancia.

La enfermedad te sorprende. Al comenzar la residencia las sorpresas se suceden una tras otra, es una experiencia emocionante y agotadora. Con el paso del tiempo las sorpresas se vuelven más esporádicas, son aún más interesantes que al principio, pero también más temibles. Algo nunca visto, al menos durante 20 años, no augura nada bueno. Es probable que en la literatura haya descrito un cuadro similar que oriente sobre lo qué hacer, aunque eso no siempre es práctico, sobre todo si es una decisión que urge. Tampoco al paciente le consuela saber que se trata de un caso raro, o incluso único. En esos momentos no desea sentirse especial.

Cuando uno empieza Medicina nunca piensa que uno de los requisitos de un médico sea el espíritu aventurero. Sin embargo enseguida se comprueba que es una cualidad indispensable, es imposible sobrevivir en un hospital sin coraje para enfrentarse a los retos. Más de uno ha terminado llorando en su primera guardia, y la verdad es que con motivo: miedo, trabajo a destajo, falta de tiempo, presión, dudas y sueño son una mala combinación. La ignorancia te hace atrevido pero esa osadía es necesaria durante la residencia. Quizá antes de empezar la carrera sería interesante leer un libro del estilo de Peste y Cólera, en el que cuentan la vida de Alexander Yersin, el descubridor de la Yersinia pestis, la bacteria causante de la temible peste bubónica que en el S XIV acabó con más de la mitad de la población de Europa. Yersin  viajó a Asia en plena pandemia de la enfermedad y se dedicó a la investigación de esa y otras enfermedades infecciosas. Estoy convencida de que si hubiese nacido un par de siglos antes, habría optado por la piratería al servicio de SM la reina (aunque quizá en esa profesión solo aceptasen ingleses, pero me extrañaría que discriminasen a nadie). Cierto que uno ya no precisa embarcarse y cruzar el mundo para estudiar las epidemias in situ y descubrir su origen. Aún así el huesped de la enfermedad es el paciente y de eso no es posible escapar. Quizá el caso más extremo y reciente sea el Ébola, pero el hospital es un lugar insalubre que está siempre lleno de bichos de todo tipo y todos contagiosos, y generalmente multirresistentes a los antibióticos. Sin embargo no todos los enemigos de la profesión son infecciosos, y no me refiero al carácter particular de algunos enfermos, familiares o de los mismos profesionales.

Es importante asumir que el médico, antes o después, va a perder la batalla. A fin de cuentas la vida es una enfermedad terminal y eso no tiene arreglo. Eso sí, ningún galeno está dispuesto a rendirse sin luchar, aunque a veces eso suponga cortar a un paciente a pedacitos, es cuestión de que se deje y la mayoría no suelen oponerse. No soy gore, sencillamente en Medicina conviene olvidarse de los remilgos, muchos enfermos no sienten reparos por mostrar los mocos en un bote, o en el pañuelo, ni en describir las heces y el pis. Al menos ya no se precisa probar los fluidos para diagnosticar una diabetes, que precisamente recibe el nombre de diabetes mellitus porque la orina se vuelve dulce por el azúcar que contiene. Cada día uno se encuentra con todo un despliegue de delicias, de los que mejor ahorrarse los detalles. Al menos a los galenos ya no se nos quema en la hoguera del Santo Oficio por herejes y por brujas. No quiero pensar en la reacción de Torquemada si leyese este blog.

sábado, 28 de marzo de 2015

Bye, bye facebook

No estoy hecha para las redes sociales. No recuerdo ahora mismo por qué me apunté a facebook en su momento, sé que no fue por formar parte de una comunidad sino porque era un requisito de una página que me interesaba por algo, un algo que he olvidado. Al inscribirme tomé mis precauciones: no deseaba que la red quedara vinculada al resto de mis actividades y me creé una nueva cuenta de email exclusivamente para esa función. Al día siguiente, después de mirar el correo, entré en la pestaña de configuración y corté de raíz el aluvión de mensajes en la bandeja de entrada. Si en la página se publicaba todo, ¿por qué notificarlo por duplicado?

Facebook está organizado como un círculo vicioso. Empiezas con una suscripción y acabas con un centenar de publicaciones, a diario, de propios y extraños. Algunas te gustan y te apuntas. Poco a poco aquello se convierte en una revista de eventos y fotos familiares, noticias, arte, curiosidades, autoayuda, cocina, literatura, entretenimiento y tonterías de desconexión varias. Como cualquier revista, también cuenta con publicidad, y no hay manera de ahorrársela, la cancelación de un anuncio va seguida de la aparición, inmediata, de otra sugerencia. Harta del bombardeo, una se plantea eliminar su cuenta y enseguida descubre que no existe posibilidad de arrepentimiento, la página no indica ninguna salida. 

Al principio una se resigna a la idea de continuar atrapada en las redes del castillo de irás y no volverás. Se intenta disminuir la frecuencia de las visitas, pero entra en juego el sentimiento de culpabilidad. ¿Y si los demás creen que lees sus puestas al día? ¿Qué pensarán de ti al ver que no respondes? No deseas pasar por maleducada y sigues metida en la rueda, aunque evitas darle vueltas en la cabeza. 

Sin embargo, un día revisas la página y te das cuenta de que no merece la pena perder tu precioso tiempo de esa manera, hay muchas cosas en el mundo en las que ocuparlo y para leer ya están los libros. Ese día tomas las decisión de borrarte a toda costa. Buscas y rebuscas, es probable que en otras ocasiones no te hayas esmerado lo suficiente. No hallas pistas. Convencida de que no eres la única en esa situación, sabes que hay más grumpies en el mundo, recurres a google. Al fin encuentras el enlace que te abre la puerta. Llegas al umbral y descubres que ahí no termina la odisea. Para escapar se requiere cumplir una cuarentena de dos semanas y, sólo entonces, es posible franquear la salida. Durante esas dos semanas debes resistirte a las llamadas que te harían regresar al redil: ¿estás segura? ¿tu solicitud no es un error?, entra en tu cuenta para anular tu petición. El plazo termina hoy. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Insociable

El mundo no se da cuenta de lo a gusto que se está en mi ostra y, sin embargo, tengo que abandonarla a diario. Meterme en el despacho de sesiones por la mañana me cuesta un triunfo. Antes de entrar me tengo que mentalizar. Por el camino hago acopio de paciencia, desde el instante cero de arrancar el coche. La carretera me pone a prueba. Ya en el hospital, el trabajo está ahí, a la espera, lo sé y me reconcome perder el tiempo con tantas cosas pendientes. Mientras llega el resto, reviso las últimas notas de los enfermos ingresados. Le echo un vistazo a la consulta. Mejor me estudio lo que me aguarda esa mañana para andar preparada de antemano.

La sesión empieza tarde por costumbre. Los puntuales damos un voto de confianza a los impuntuales y esperamos que ese sea el día en el que suceda el milagro. Cuando nos cercioramos de que no es así, repasamos la planta. Esa tarea se repite varias veces, según aparece el resto. Los que se han perdido los comentarios en su momento, sienten la necesidad de expresar su opinión. Con las repeticiones no ganamos tiempo. Con las interrupciones tampoco. Todo el mundo habla a la vez. No hay consenso. El volumen sube mientras unos y otros intentan hacerse oír. Es mareante. A veces tengo la sensación de que a nadie le interesa lo que se habla, sino tan solo el hecho de hablar. También pienso que hace falta un moderador aunque no puedo dejar de sentir lástima por el pobre que se empeñe en llevar a cabo semejante labor, Hércules fracasó en su día, no se atrevió ni a cruzar la puerta. Sé cual sería mi primera regla: el que llegue tarde no tiene derecho a abrir la boca. Es posible que de ese modo se arreglasen algunas cosas, aunque supongo que su impopularidad la haría inviable de entrada.

Para mi infinita desesperación, cada día, la sesión se alarga. Se discute más allá de la hora a la que está citado el primer paciente. La impuntualidad me indigna, me parece una falta de consideración hacia el resto y, cuando hay trabajo por hacer, me agobia. Reconozco que, en ese aspecto, cumplo todos los criterios diagnósticos del TOC (trastorno obsesivo-compulsivo). A la hora en punto salta un resorte que me obliga a levantarme de la silla y a escapar. Como el conejo de Alicia, miro el reloj mientras acelero por los pasillos. No me calmo hasta que no recibo al primer paciente.

-¿Vas a venir a la cena? -me preguntan en la sesión.
-No -respondo.
-¿Por qué?
-No me apetece.
Es evidente que la diplomacia no se hizo para mí, por el contrario parece que en la sinceridad grabaron mi nombre, a fuego, que el ardor en exceso duele.
-¿Y si cambias de idea?
-No voy a cambiar, si estoy mejor en casa que fuera, es tontería salir.
Mi razonamiento se cae por su propio peso y es tan evidente como cierto: prefiero estar tranquila con House a irme por ahí con los compañeros del trabajo, por bien que me lleve con ellos. Además ya he estado en otras cenas y he comprobado que la impuntualidad no se limita a las sesiones.
-A veces es necesario socializar -me recriminan para ver si me convencen por esa vía.
-Ya socializo demasiado.
Definitivamente, soy un hurón. Y me gusta mi madriguera.

martes, 10 de febrero de 2015

De maquetación y divagación

¿Qué hago? ¿Me pongo a leer o escribo? En el kindle tengo a Doctorow esperándome, muy recomendable todo él, si queréis probar suerte y empezar con sus historias cortas, personalmente me impresionó la de Joline. Ahora estoy con "El cerebro de Andrew", ya que parece que andaba en busca de terapia nada mejor que leer acerca del psicoanálisis del protagonista, la verdad es que no lo escogí a propósito, coincidió que fue una de las ofertas del Kindle Flash. Antes le tocó el turno a "El arca del agua", por recomendación de la Señora, una novela negra diferente y supongo que por eso me gustó tanto, que no soy yo muy de novelas negras.

Ya que he empezado a divagar seguiré por ese camino. Se supone que hacerlo es bueno para superar el bloqueo del escritor. Ayer en concreto leí una sugerencia de un coach al respecto. Recomendaba levantarse media hora antes todas las mañanas y sentarse a escribir tres página, sin leerlas después. Se trataba de escribir sin pensar, aunque fuese "no se me ocurre nada" o "estoy harta de estar bloqueada" y seguir por esa vía. El caso es que una cosa es levantarse espontáneamente, antes de que suene el despertador, y escribir porque la historia te ha llamado y no te deja dormir, y otra cosa es adelantar la alarma del reloj media hora cuando lo que apetece es dormir. Me figuro que escribiría algo así: "tengo sueño, quiero dormir, soy idiota por hacer caso de un coach que seguro que sigue en su cama la mar de a gusto". A partir de ahí podría imaginar toda una trama de venganzas contra el maldito coach... Quizá tenga razón y sea un buen método de desbloqueo.

Sigo divagando. Cuando he empezado este post pensaba hablar sobre la maquetación y resulta que, al igual que en el soneto de Lope, he escrito dos párrafos sin contar nada relevante, y desde luego nada relacionado con mi intención original. No es que la maquetación sea un tema especialmente interesante pero sí tiene su intríngulis y, sobre todo, sus desventuras.

Después de autopublicarme en Kindle, decidí probar suerte en papel, también en Amazon, con Create Space. No es que sea una entendida en plataformas de autopublicación, simplemente los de amazon me enviaron un mensaje para informarme de esa posibilidad. No fue una decisión inmediata, durante un tiempo abandoné el tema y, no sé por qué, un día me decidí. La única explicación es que me gusta complicarme la vida, que no es lo mismo que el que me la compliquen los demás, que a fin de cuentas lo que desean es facilitar la suya.

Escribir un Word es fácil, sólo hay que abrir un documento en el icono correspondiente. Pasarlo a PDF es cuestión de buscar entre las pestañas hasta dar con la herramienta correspondiente. Sin embargo, autopublicar un libro en papel va más allá, no se puede subir un PDF sin más, hay que darle el formato adecuado. Creo que si lo hubiese sabido antes, no me habría metido en ello. Sin embargo, la ignorancia es atrevida y, una vez puesta, no se me ocurrió rendirme, no fue por pundonor, no, el motivo es que estaba demasiado ofuscada como para razonar. Además, una vez salvado el primer escollo, no podía tirar ese esfuerzo a la basura. Después de conseguir encajar la portada, retroceder era algo inimaginable.

Por supuesto la página te ayuda, cosa que descubrí a posteriori. El problema es que como el que no sabe es como el que no ve, al principio no encuentras la ayuda que necesitas e intentas hacer ese trabajo por tus propios medios, sin guía. Desconozco si a alguien le ha funcionado ese sistema, pero no fue mi caso. Una vez fracasado el primer intento, localicé unos modelos preformateados listos para descargar. A partir de ahí, según parecía, era cuestión de pegar el texto. Las apariencias engañan y comprobé que, sólo con pegar, no estaba todo hecho. Además era necesario corregir los guiones de los diálogos, línea a línea, y comprobar que los capítulos empezaban en páginas impares. Me alegré de que Paloma fuese un libro breve, sinceramente no comprendo cómo nadie es capaz de hacer lo propio con un ejemplar de 700 páginas, el pobre debe de acabar tarumba.

Aquí no ha acabado la historia, pero sí el post, que ya es algo largo y no quiero hacerme pesada. Por cierto, el blog se maqueta solo.

jueves, 5 de febrero de 2015

Entrevista laboral

Make your mistakes, take your chances, look silly, but keep on going. Don’t freeze up. Thomas Wolfe

Hace años, para conseguir mi puesto, tuve que pasar por un proceso de selección. La primera fase conllevaba presentar una montaña de papeles: curriculum, justificantes de cursos, de congresos, artículos... Todo había de ir fotocopiado, compulsado y, lo peor de todo, al menos en mi caso, ¡ordenado! Hay quien guarda sus documentos clasificados y archivados. Mi situación es distinta: mi título de especialista estaba en el maletero de mi antiguo coche, que ya no era mío, y tuve que solicitar un duplicado, las hojas de asistencia a cursos y congresos andaban repartidas entre cajones, carpetas e, incluso, entre los apuntes de aquellos cursos. Lo de los artículos resultó relativamente más sencillo gracias a su escaso número y a mi amistad con la bibliotecaria; los más difíciles de conseguir se los pedí a los coautores que, a diferencia de mí, los guardaban en sus casas perfectamente archivados y etiquetados.

Cualquier persona sensata habría aprovechado la coyuntura para hacer una copia extra de todos aquellos papeles y así disponer de ellos en caso de necesidad. Me considero sensata en muchas situaciones, pero ésta concreta es una de las excepciones, que no la única. Eso de copiar y ordenar más de lo imprescindible no me atraía en absoluto, y no lo hice. Guardé los originales de nuevo aunque, sin que sepa muy bien cómo, porque apenas los saco, mis diplomas se las han ingeniado para desperdigarse de nuevo por todos los rincones de la casa. Sé que la mayoría están en la carpeta que House posee para ello. Por desgracia la carpeta no resulta accesible, está encajada a presión en un altillo, por lo que los papeles traspapelados permanecen traspapelados.

Superada la primera fase de baremación, venía la entrevista. El tribunal lo componían miembros de la gerencia, del departamento de personal, de los sindicatos y de la unidad de Cirugía. El consejo que recibí de los que ya habían pasado por ese trance fue: sé tú misma. Me cuesta ser otra cosa así que les hice caso. Mi entrevista fue de lo más sincera.

- ¿Por qué deseas este puesto?
- Porque valoro la estabilidad. Me gusta la frase del anuncio de coches:  "la estabilidad cuesta una vida encontrarla y un segundo perderla", me parece muy inspirada.-  No pude evitar la referencia, en ese momento es lo que se me cruzó por la cabeza.
- ¿Cómo te describirías?
- Soy idealista, un poco quijotesca incluso, es algo que me viene de familia. Soy más bien lanzada, con eso no quiero decir que sea temeraria, - corregí, -pero sí que, cuando algo va mal, intento tirar para delante y no quedarme bloqueada. - De esta afirmación me he acordado en unas cuantas ocasiones peliagudas en las que había que seguir sea como fuese.
- ¿Cual dirías que es tu mejor virtud?
- Mi abuela dice que soy muy dispuesta, claro que las abuelas suelen hablar bien de los nietos. - No les aclaré que mis abuelas no tenían fama de morderse la lengua a la hora de callarse lo que no le gustaba.
- ¿Y tu peor defecto?
Esa era fácil.
- Soy cabezota. - No podía mentirles, era tan evidente que se darían cuenta enseguida.
- ¿Qué crees que puedes aportar?
Ahí hablé un poco de mi experiencia y los que consideraba mis puntos fuertes. Mejor pecar de exceso de seguridad que causar el efecto contrario por andarme con falsa modestia.
- ¿Te gusta leer?
Llevaba un libro en el bolsillo, en concreto The Magician, de Somerset-Maugham. La pregunta, del jefe de cirugía, estaba hecha con toda la intención de ayudarme. Se la agradecí. Si hablábamos de libros todo sería más fácil.
- Sí, mucho.
- ¿Cuáles son tus autores favoritos?
Un gran tema. Ahí me explayé y, tras la sesión literaria, el tribunal decidió no hacer más preguntas. En el hospital tengo fama de habladora, no sé si fue ese el momento en el que me gané la medalla.

miércoles, 28 de enero de 2015

Pereza

Tengo sueño. Últimamente el despertador suena todas las mañanas y no me hace ninguna ilusión oírlo, me interrumpe el hilo de un sueño y me dan ganas de arrojarlo lejos de mí, de darme la vuelta y continuar con la historia que me ocupaba en esos momentos. Sé que esa es la reacción más habitual pero aún no me he acostumbrado a ella.

Me levanto. No gruño ni me arrastro por el pasillo, eso lo dejo para después de la siesta, esa cabezada sí que me sienta mal, aunque a ver quién se resiste a Morfeo cuando decide presentarse en la sobremesa, yo soy incapaz. Hay tardes en las que con gusto engancharía y dormiría y dormiría hasta el día siguiente, sin despertador, por favor.

Me da pereza ir al hospital. No me da pereza pensar en trabajar sino meterme en carretera. Quien ideó la campaña de "¿Te gusta conducir?"  no lo hizo pensando en Madrid y su M30, con una imagen de un conductor a esas horas no se vendería ni un coche. Aún así, alguno hay que tiene el valor de asomar el brazo por la ventanilla para hacer tonterías con la mano al viento. La magia se rompe ante el quiebro de la moto del primer donante de órganos potencial del día o el sonido impaciente de la bocina que acompaña a la ráfaga de las largas del que no ha madrugado lo suficiente y pretende recuperar el tiempo en el trayecto. Seguro que tampoco ha desayunado, esas ganas de morder al de delante son un signo inequívoco de hipoglucemia.

La prueba final, antes de empezar la jornada, es recorrer los últimos metros antes de la entrada al hospital. El indeciso que busca sitio cambia de idea cuando decides adelantarle. En ese instante acelera y opta por pararse, en doble fila, justo antes de la entrada del parking o, ¿por qué no?, en la entrada misma, que es más ancha y dispone de más espacio. Una vez situado en el lugar escogido, procede a descargar con calma su pasaje, con o sin equipaje. Los que quieran entrar, que esperen. Una pensaría que se terminará acostumbrado a algo que sucede todos los días, sin embargo todavía no he adquirido ese hábito. No sé cuál es mi problema pero, con el tiempo y la insistencia, no mejora mi tolerancia a la estupidez.

lunes, 5 de enero de 2015

Entresijos creativos

Escribir un libro te sumerge en la historia. Se empieza con una idea y al progresar se descubre que el plan inicial es "orientativo". Nada está predefinido, ni siquiera los personajes que, con cierta frecuencia, aparecen en un determinado momento con la intención de quedarse. No hay que preocuparse, ellos mismos se hacen su hueco. El delfín de mi cuento navideño se presentó durante una espera en la cola de Rodilla, resulta que al animalillo le entusiasmaba el queso. Mis ratones de Magia Gris fueron víctimas de un desahucio y tuvieron que refugiarse en la cabaña de Paloma y Marla.

También está el tema de los nombres, no hay que equivocarse, no sirve cualquiera. Cada personaje posee el suyo y es ese, y no otro, el que hay que ponerle. A veces no te lo revelan de entrada sino que hay que esperar a que ganen confianza para subsanar el error inicial. Afortunadamente, hasta ese momento, una vive feliz e inconsciente de su equivocación. En Paloma, Marla fue Marga hasta casi el final del libro. Conozco a Margas encantadoras pero confieso que mi primera elección la motivó una suerte de venganza contra una arpía del instituto a la que no guardaba ningún cariño (algún día contaré esa historia). En mi imaginación la convertí en una espantosa bruja. Sin embargo mi imaginación no es tan pérfida y fui incapaz de llevar a cabo mi venganza. Con Marla me encariñé como con una abuela y ni ella ni yo quisimos mantener un nombre que no le correspondía. El cambio sólo conlleva un pequeño inconveniente y es que, tras la revelación, la corrección no admite espera, se requiere acción inmediata (aunque sean las 3 de la madrugada). 

¿Por qué os doy la lata precisamente ahora con las historias de mis libros? El motivo es que, para celebrar Reyes, he pensado en un regalo, no os ilusionéis demasiado, en realidad no es más que un detalle: tanto Paloma como El calor de diciembre serán de descarga gratuita durante 3 días (5, 6 y 7 de enero). Como novedad también he publicado Magia Gris, la continuación de Paloma que escribí a petición de la Señora (y porque la historia se dejó, todo sea dicho). A mi Señora madre le gustó tanto Paloma que declaró que merecía una segunda parte. Eso sí, también haré caso al Catedrático (hay que contentar a ambos progenitores) que afirma que lo que es gratis no se valora, algo que suele ser cierto, y es por eso por lo que Magia Gris no será gratuita. Un consejo: conviene leer antes Paloma, así que aprovechad la oferta.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Caligrafía

Se dice que la caligrafía refleja la personalidad del individuo y, de hecho, hay toda una ciencia alrededor de esa afirmación. Como en todo lo referente a la psicología, es una verdad a medias. Opino que un examen grafológico no constituye por sí solo un criterio diagnóstico de nada. La letra manuscrita depende de muchos factores y el rellenar cuadernos de caligrafía en la época escolar no influye demasiado en el resultado final del adulto.

Aprendí a escribir sin palotes. Mis primeros cuadernos, y los que les siguieron hasta el final de la carrera, eran tamaño cuartilla y cuadriculados. Creo que era la única estudiante universitaria con ese tipo de cuadernos. El motivo: mi desorganización. Gracias a aquel método lograba conservar los apuntes medianamente ordenados. Probé con los folios pero duraron poco, muy poco. Un día las gomas de la carpeta estallaron con, tan mala suerte, que escogieron el momento en que me bajaba del coche de mi padre, en pleno atasco de la salida de la carretera de Colmenar. Las hojas volaron y, en medio del caos que se montó, no recuperé todos los apuntes, aunque lo intenté. Después de aquel incidente, el Catedrático nunca más me acercó a la Facultad. Con los cuadernos no corría peligro de sufrir semejantes percances. Tenían que ser pequeños porque con los grandes no conseguía mantener el orden. En serio.

En párvulos, trazar los signos no era muy distinto a a dibujar y a colorear sin salirse de los bordes, simplemente variaba la interpretación de lo representado. Las letras largas ocupaban dos cuadrados  y el resto iba metido dentro de uno. Además rellené algún cuaderno de caligrafía, me gustaban, me parecía que las letras tenían una forma muy bonita, tan regular y redondeada. Esa misma letra era la de Dª Luz, incentivo más que suficiente para esmerarme en copiarla. Mi escritura ha variado a lo largo del tiempo según se asemejaba a la del modelo de cada momento, ya fuese por estética o por admiración hacia su autor. Después de la carrera de Medicina, y los apuntes a velocidad de taquigrafía, los rasgos degeneraron sin remedio. La letra de médico es una secuela de la carrera.

Durante una época hermanísima padeció los deberes de caligrafía impuestos. Recuerdo que estaba en 5º, por lo que no era ninguna principiante en el arte de escribir. Sin embargo, acabábamos de mudarnos de Valladolid a Madrid y a la nueva profesora no le complacía la grafía de mi hermana. El problema es que tampoco le convencía el resultado de los ejercicios y se los mandaba repetir una y otra vez. La muestra era la propia letra de la maestra que, por supuesto y por desgracia, no era Dª Luz. En vista de que el asunto no tenía remedio, y que ya por entonces me parecía una soberana pérdida de tiempo, opté por hacerle yo aquellos deberes. Mi letra sí que le gustaba a aquella profesora y, afortunadamente, yo no había pasado por sus manos y no la reconocía. De ese modo hermanísima evitaba repetir los ejercicios y podía dedicar el tiempo a otros menesteres, lo que no significa que siempre fuesen de índole académica.

Con el tema de la escritura a mano de los finlandeses se ha desatado la polémica sobre la caligrafía. En ese país nórdico aprenderán a leer y a representar las letras pero no potenciaran la escritura manual sino que se volcarán más en la mecanografía. Dado que no existe un área del cerebro para la escritura, no me parece un tema tan grave. Se desarrollarán las conexiones entre las distintas áreas independientemente de si la escritura es con letra capital o cursiva.

¿Significa eso que la gente va a dejar de escribir a mano? En realidad muchos han dejado ya de hacerlo. También muchos han dejado de mirar el paisaje que les rodea para centrarse en la pantalla de su móvil. Sin embargo, el que quiere escribir a mano, aún lo hace, y el que quiere leer un libro en papel también. Si hiciéramos un paralelismo con la lectura habría que tener en cuenta que no todo el mundo lee, algunos no tienen ningún interés en hacerlo, y a otros les basta con los titulares de los periódicos deportivos. Esos mismos tampoco suelen tener ningún interés en escribir (más allá de los whatsapp) y, dada su ortografía, es mejor que se abstengan. No es que defienda la ignorancia, simplemente es un ejemplo de cómo en un país en el que se enseña caligrafía, no todo el mundo hace uso de ella.