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miércoles, 12 de octubre de 2016

Tarde de belleza y lluvia

No sé si echábamos de menos la lluvia, pero no nos importó que en Galicia cayese sin apenas pausa durante casi cuatro días. Fueron días en los que salimos poco, un largo paseo con los perros la primera tarde bastó para hacernos desistir. Ni siquiera mis nuevos botines de agua consiguieron mantener secos mis calcetines, no es que la goma no fuese impermeable, sino que poco podía hacer contra el agua que chorreaba desde el resto de mi ropa. Cuando mi capucha se mostró inservible, me refugié debajo del paraguas de House, aunque eso solo sirvió para que ambos nos mojásemos a conciencia. A veces los hombres tienen razón y las mujeres abusamos de su caballerosidad (les toca compartir el postre, que no siempre es el que ellos hubieran elegido, o como en este caso, se mojan cuando llueve pese a ser los únicos previsores que han salido armados con paraguas).

Una de las tardes, las mujeres abandonamos a los varones a su suerte para dedicarnos a una sesión de belleza: limpieza, mascarilla, cremas, poner en práctica los trucos de maquillaje aprendidos en los tutoriales de youtube, etc. Como no pretendíamos excluir a nadie, les invitamos, pero ninguno quiso apuntarse; a House la mera idea de untarse una crema le da dentera. Los demás no son tan radicales, pero aún así no parecían inclinados a probar las bondades del maquillaje.

No me sorprendió descubrir que en mi equipaje, con solo lo básico, había más productos de cosmética que en toda la casa, pese a que la hermana de nuestro amigo vive allí todo el año. Imposible hacer una sesión con lo suyo salvo que intentásemos preparar recetas de belleza caseras en la cocina. Cogí mi maletín y nos pusimos manos a la obra.

El primer paso consistió en limpiar bien la piel con agua micelar. Conviene dejar los apósitos empapados sobre los ojos durante unos segundos para evitar frotar los párpados, simplemente se presiona ligeramente y se retiran con cuidado. Un repaso elimina hasta las últimas trazas de suciedad. Nos pusimos una buena capa de mascarilla Tomatox de TonyMoly y la dejamos actuar unos minutos. Aproveché el tiempo de espera para colocar todo mi arsenal sobre la mesa e investigar el neceser de mi pupila, pero aquel pobre neceser estaba muy necesitado. Hicimos una lista de imprescindibles: agua micelar, hidratante o crema de cuidado (prebase para el día, un concepto nuevo para ese estuche), maquillaje, corrector (lo ideal es uno más claro y otro más oscuro, que entre ellos se pueden combinar), lápices de ojos y labios, pintalabios, colorete y sombras básicas para ojos y contorno. Los serums, las brochas y los pinceles quedaron pendientes para la próxima sesión.

Tras preparar la piel, comenzamos los trabajos de restauración. El maquillaje es precisamente eso, restaurar, algo de lo que enseguida se dio cuenta mi acompañante que estudió Bellas Artes y que, además de a pintar, se dedica a restaurar obras de arte. Cierto que, a veces, cuando me dedico a extender los productos a brochazos, me siento igual que un pintor delante de su lienzo, y disfruto como un niño al que le dejan embadurnarse de colores, como cuando de pequeña hacía pintura de dedos en la guardería, pero no había llevado al plano consciente la relación entre arte y maquillaje básico, aunque el principio técnico de no salirse y el estético de escoger bien los tonos para no acabar hecha un cuadro es fundamental.

Gracias a su experiencia en la recuperación de obras ajadas, mi alumna no tardó en aprender los trucos que ayudan a marcar los pómulos, disimular defectos, afinar la nariz, perfilar el rostro y resaltar los ojos. Para corregir, nada como un bastoncillo (que nunca hay que meter en los oídos), una gota de agua micelar en el algodón borra al instante cualquier mancha y limpia las líneas.

Este fin de semana cuento con una nueva víctima: hermanísima me ha dejado a su hija pequeña para que la arregle en la próxima boda, que ella se encargará de sobrinísima y... (la incógnita es cuántas rellenarán esos puntos suspensivos, menos mal que tiene práctica). Maquillar a otro es toda una responsabilidad.

viernes, 7 de octubre de 2016

El Mato Grosso gallego

Después de una semana en Asturias nos fuimos a visitar al amigo-casi hermano de House. Viven en una casa, que en realidad es un pazo, perdida en medio del Mato Grosso gallego. Para evitar que nos extraviásemos, algo que suele sucederle a los invitados, nos envió instrucciones detalladas del trayecto desde el momento de abandonar la autovía. Por si acaso, House dejó la ruta en el navegador. En mi papel de copiloto, debía guiarle a nuestro destino sin errores; toda una responsabilidad aunque, con tanta información, pareciera fácil.

Seguimos la autopista hasta llegar a Vilalba donde, supuestamente, debíamos coger una autovía que, aunque aparecía en Google maps, no existía. A partir de ahí el programa se vio obligado a reajustar sus coordenadas pese a que durante unos kilómetros intentó, infructuosamente, que rectificásemos nuestro error. Al cabo del tiempo, se resignó a llevarnos por una carretera real.

Todo iba bien. Viajaba cómoda y feliz en mi puesto de pasajero sin más preocupación que decirle a House qué desvío coger según el navegador (en cuyo manejo ya era casi experta). A punto de llegar a nuestro destino, al piloto se le ocurrió avisarme de que el navegador no tenía todas las indicaciones para conducirnos hasta la misma casa sino que en Pontedeume debía haber recurrido al mensaje de nuestro amigo. En fin, más vale tarde... Una vez reubicados, nos metimos por una carretera que no estaba ni pintada en el centro. Según avanzábamos, la cosa empeoraba, nos rodeaban bosques y maleza; a través de las ventanas, y rozando los cristales, el mundo eran ramas y hojas de color verde. Según las instrucciones, íbamos por la ruta correcta y, aunque no nos fiábamos del todo, seguimos.

Algo más de dos eternos kilómetros encontramos un cartel rústico que señalaba el desvío. La única característica que permitía definir aquella vía como carretera es que, por debajo de las hojas y los erizos de castañas, estaba asfaltada. A los lados los límites los marcaban un par de laderas empinadas, una de subida y otra de bajada, el arcén era una zanja llena de plantas. Nuestro vehículo cabía justo aunque, en teoría, se pudiera circular en ambos sentidos. No sé si las vías estrechas tienen relación con la ascendencia celta, si es así, los escoceses no tienen nada que envidiar a los gallegos. Aún no conozco Irlanda, pero me la puedo imaginar.

Nuestro único error fue meternos por la entrada del vecino. House se dio cuenta enseguida al ver que estaba asfaltada. Unos metros más adelante, un giro cerrado cuesta arriba por un camino de tierra nos condujo a nuestro destino.

El clima gallego hizo honor a su fama y nos llovió 3 días sin tregua, y a ratos del cuarto. No nos importó. La casa era tan acogedora como grande y estábamos la mar de a gusto. Si nos aburríamos de descansar, de leer o de charlar en un salón, solo teníamos que cambiar de piso. Cuando nos apetecía algo de movimiento, no tardaban en aparecer los dos cachorros de Golden Retriever, de 3 meses de edad, que no deseaban otra cosa que juegos y mimos. A los perrillos les importaba poco el agua a la hora de pasear, de hecho meterse en los charcos era uno de sus pasatiempos favoritos. Cada mañana, según nos veían aparecer, e incluso solo con oírnos, nos recibían con todo tipo de muestras de cariño, impensable desayunar sin tirarse antes al suelo para corresponder a su entusiasmo. Pensábamos quedarnos 3 días, pero entre las lluvias, la compañía y la pereza (y el pavor a coger el coche por esos lares) abusamos de la hospitalidad durante una semana.

jueves, 6 de octubre de 2016

Vacaciones en el Norte

Como siga así, llegarán las navidades y este post seguirá a medias. Por la mañana, cuando voy al hospital, estoy llena de energía y mi mente bulle con ideas y anécdotas para contar en el blog. La euforia dura hasta que empiezo a trabajar. A partir de ese punto, el tiempo se dedica a los pacientes y, para cuando termino, se me han pasado las ganas de sentarme delante del ordenador de casa; la llamada del sofá es mucho, muchísimo, más tentadora. Es curioso como bastan cuatro días, o menos, para que las vacaciones se conviertan en un recuerdo.

Llegamos a Asturias en plena ola de calor sahariano, huimos de los 35 grados del seco verano madrileño para caer en los 32 grados húmedos y pegajosos de Asturias. La diferencia no nos supuso ningún alivio, allí las casas no están acondicionadas para esas temperaturas sino para mantener el calor en su interior, y vaya si lo mantienen.

Dado que el hotel estaba en terreno desconocido, House me recomendó que estudiara bien la ruta antes de salir. Le hice caso y, gracias a las instrucciones de Via Michelin, nos dirigimos a Oviedo por la nueva autovía de Salamanca, con un pequeño rodeo por Ávila que provocó todo tipo de comentarios sarcásticos sobre mis capacidades de guía. A partir de ahí, me tocó pelearme con el navegador de la tablet de House. No estaba familiarizada con el programa, pero no en vano dicen que a la fuerza ahorcan y no hay mejor aliciente para aprender que los comentarios de mi querido esposo. Sin duda habría sido un gran maestro, difícil dar con alumnos más motivados.

Después de no seguir las indicaciones del navegador, que me parecía que no eran correctas, llegamos a nuestro destino (más por azar que por méritos o por sentido de la orientación). Nos encontramos en un hotel rural perdido en medio de una aldea en ninguna parte, rodeado de vacas y, por supuesto, sin aire acondicionado. House se encontraba cansado, acalorado, sudoroso, pero le hizo feliz descubrir que sus vecinos más cercanos olían intensamente a excrementos de animal cuadrúpedo y que, para más inri, estaban infestados de moscas. Sobra aclarar que las moscas no ejercen distinciones entre las diferentes especies de mamíferos y que, incluso en una aldea aislada, son insectos de lo más sociables, aunque su sociedad no sea deseada. Se presentaron todas en nuestra habitación para recibirnos.

El cansancio de House se asocia con frecuencia a hipoglucemia, pero cuando los hados se ponen en contra lo hacen a conciencia y ese día tocaba descanso de personal en el hotel (un descanso más que ganado, como pudimos comprobar en los días posteriores). Dimos una vuelta por los alrededores, caminamos dos kilómetros hasta la siguiente aldea donde encontramos un bar cerrado (y que permaneció en ese estado durante toda nuestra estancia) y una carretera nacional. Regresamos al hotel y en recepción nos remitieron a Tapia de Casariego, a unos 4 km por la susodicha nacional. En esa ocasión optamos por recorrer la distancia en coche, sabemos por experiencia que no todo el mundo tiene clara la distinción entre millas y kilómetros a la hora de medir distancias a ojo y esos cuatro kilómetros no fueron una excepción. Tapia es un pueblo muy agradable, con un paseo marítimo muy bonito, con acantilados al Cantábrico, un faro y un puertecillo de lo más pinturesco. El lugar nos reconcilió con Asturias. Cenamos en una taberna-restaurante que nos recomendaron, "La Terraza", y nos pareció tan bueno que nos mantuvimos fieles a su carta durante toda nuestra estancia.

jueves, 24 de diciembre de 2015

The night before Christmas by Clement Clarke Moore


NOCHEBUENA

Twas the night before Christmas, when all through the house 
Not a creature was stirring, not even a mouse; 
The stockings were hung by the chimney with care, 
In hopes that St. Nicholas soon would be there; 

Era la noche de antes de Navidad, y en todo el caserón
ningún ser se movía, ni siquiera un ratón.
Las medias colgaban de la chimenea ordenadas,
con la esperanza de que pronto llegaría Santa.

The children were nestled all snug in their beds; 
While visions of sugar-plums danced in their heads; 
And mamma in her 'kerchief, and I in my cap, 
Had just settled our brains for a long winter's nap, 
When out on the lawn there arose such a clatter, 
I sprang from my bed to see what was the matter. 

Los niños se acurrucaban abrigados en sus camas;
con visiones danzantes de fruta escarchada;
Y mamá con su toca, y yo con mi gorra 
instalamos nuestras mentes en la invernal modorra.
De repente afuera se levantó tal algarabía
que salté de la cama a ver qué ocurría.

Away to the window I flew like a flash, 
Tore open the shutters and threw up the sash. 
The moon on the breast of the new-fallen snow, 
Gave a lustre of midday to objects below, 
When what to my wondering eyes did appear, 
But a miniature sleigh and eight tiny rein-deer, 
With a little old driver so lively and quick, 
I knew in a moment he must be St. Nick. 

Veloz como el rayo volé a la ventana
abrí los postigos y levanté la banda. 
La luna en el seno de la nieve recién caída
daba a los objetos un brillo de mediodía.
En ese momento apareció, ante mis ojos perplejos
un trineo en miniatura, y ocho diminutos renos, 
con un viejo guía, tan vivo y sagaz
que supe enseguida que era San Nicolás. 

More rapid than eagles his coursers they came, 
And he whistled, and shouted, and called them by name: 
"Now, Dasher! now, Dancer! now Prancer and Vixen! 
On, Comet! on, Cupid! on, Donder and Blixen! 
To the top of the porch! to the top of the wall! 
Now dash away! dash away! dash away all!" 

Más rápidos que las águilas los corceles se acercaban
y él silbaba, gritaba y por su nombre les llamaba:
“¡Ahora, Dasher! ¡Ahora, Dancer! ¡Ahora, Prancer y Vixen!
¡Venga Cometa! ¡Vamos Cupido! ¡Adelante, Donder y Blitzen!
¡Por encima del porche! ¡Arriba por la pared!
¡Corred, ahora! ¡Corred! ¡Todos corred!”

As leaves that before the wild hurricane fly, 
When they meet with an obstacle, mount to the sky; 
So up to the housetop the coursers they flew 
With the sleigh full of toys, and St. Nicholas too— 
And then, in a twinkling, I heard on the roof 
The prancing and pawing of each little hoof. 
As I drew in my head, and was turning around, 
Down the chimney St. Nicholas came with a bound. 

Como las hojas que vuelan por delante del viento
y cuando encuentran un obstáculo, suben al cielo
así se elevaron los corceles sobre la casa
con el trineo, los juguetes, y también con Santa-
Y entonces, durante un parpadeo, oí en el tejado
las cabriolas y pisadas de cada mínimo casco.
Al retirar mi cabeza e ir a darme la vuelta,
apareció Santa, bajando de un salto por la chimenea. 

He was dressed all in fur, from his head to his foot, 
And his clothes were all tarnished with ashes and soot; 
A bundle of toys he had flung on his back, 
And he looked like a pedler just opening his pack. 
His eyes—how they twinkled! his dimples, how merry! 
His cheeks were like roses, his nose like a cherry! 
His droll little mouth was drawn up like a bow, 
And the beard on his chin was as white as the snow; 
The stump of a pipe he held tight in his teeth, 
And the smoke, it encircled his head like a wreath; 

Iba vestido con pieles, de los pies a la coronilla
y con la ropa tiznada de hollín y ceniza.
Un saco de juguetes colgaba de su espalda, 
y le asemejaba a un buhonero al abrir su saca.
¡Sus ojos, cómo brillaban! ¡En sus hoyuelos, qué alegría!
¡Sus mejillas eran rosas, su nariz como una guinda!
En su graciosa boca se dibujaba la risa
y la barba de su mentón era blanca como el algodón
Sujetaba entre los dientes una boquilla de pipa, 
y una corona de humo la cabeza le ceñía.

He had a broad face and a little round belly 
That shook when he laughed, like a bowl full of jelly. 
He was chubby and plump, a right jolly old elf, 
And I laughed when I saw him, in spite of myself; 
A wink of his eye and a twist of his head 
Soon gave me to know I had nothing to dread; 
He spoke not a word, but went straight to his work, 
And filled all the stockings; then turned with a jerk, 
And laying his finger aside of his nose, 
And giving a nod, up the chimney he rose; 

Tenía la cara ancha y una redonda barriga, 
que sacudía al reírse, cual cuenco de gelatina.
Era gordito y rollizo, un duende viejo y feliz, 
y a pesar de mí, me reí cuando lo vi.
Un guiño de ojos y una inclinación de cabeza, 
pronto me hicieron saber que no tenía qué temer.
No dijo ni una palabra, fue directo a su tarea
y llenó todas las medias. Se giró de repente, una vez llenas, 
y poniendo el dedo junto a su nariz bermeja, 
asintió con la cabeza y ascendió por la chimenea.

He sprang to his sleigh, to his team gave a whistle, 
And away they all flew like the down of a thistle. 
But I heard him exclaim, ere he drove out of sight— 
“Happy Christmas to all, and to all a good night!"

Saltó a su trineo y silbó a sus renos 
e, igual que una pluma, emprendieron el vuelo. 
Pero le oí exclamar, mientras desaparecía en la oscuridad: 
"¡Buenas noches a todos y Feliz Navidad!"

Poema de Clement Clarke Moore (la traducción es mía porque no he encontrado ninguna que me gustase y me parecía importante conservar la estructura de la rima)




miércoles, 24 de septiembre de 2014

La picadura

- ¿Cuándo piensas ir a la farmacia? - me pregunta House.
- ¿Para qué? Si no me pica - le respondo.
- No importa si te pica o no, sinceramente creo que debes ir a la farmacia - me contesta.
Nuestra conversación versa sobre una simple, o quizá no tan simple, picadura. En realidad son dos las lesiones, aunque House sólo se refiere a una. La otra se encuentra en mi mano derecha y esa sí que no la puedo ignorar porque me pica a rabiar. No sólo me produce una horrible desazón sino que la mano ha duplicado su tamaño y presenta un aspecto similar al de una pelota de rugby. Los cordones de mis venas, habitualmente gruesos y con relieve, el sueño de cualquier anestesista, han desaparecido bajo el edema.

La picadura de la que hablamos pertenece al mismo mosquito, con la enorme diferencia de que no me pica. ¿Por qué, entonces, le molesta tanto a House? La razón es que es aún más evidente que la primera y no hay modo de disimularla: se halla en mitad de mi frente y presenta el aspecto de un chichón del diámetro de mi cabeza. No exagero. La ventaja es que, si no me la toco, ni me acuerdo de que está ahí (lástima que sea yo la única). Me di cuenta de su aparición al lavarme la cara, para despejar el sueño, tras nuestra primera noche en el Parador. Noté el relieve de un chichón y un leve picor. Opté por dejarlo tranquilo. Por desgracia aquello no era más que el germen y tenía toda la intención de desarrollarse sobre mi frente. Desde entonces han transcurrido dos días y va en camino de convertirse en mi siamesa.

- ¿Te has mirado en el espejo?- insiste House.
La verdad es que lo he evitado, con el tacto me basta para saber que no ha mejorado. La habitación aún tiene parte de las cortinas corridas y el espejo está en sombra. Sigo la sugerencia de House y le echo un vistazo a mi imagen. Con esa luz no me impresiona mi aspecto. En la penumbra lo más llamativo es que se me han borrado las líneas de expresión de la piel.
- ¡No tengo arrugas! - exclamo tan contenta.
La mirada de House no es tan optimista como la mía. De hecho opina que he llevado al extremo eso de ver el lado positivo de las cosas.
- ¡Pero si pareces un alienígena! - me suelta.
Me fijo mejor, segura de que no puede ser tan malo: la frente ha doblado su volumen, la hinchazón se extiende entre los ojos y sobre el puente de la nariz. Mi pequeño caballete ha desaparecido, aunque también lo ha hecho el dorso nasal, sólo se mantiene la punta. La zona interna de los párpados se ha transformado en pliegues que cubren el lagrimal y mis ojeras son bolsas. Le doy la razón a House: soy ideal para protagonizar un episodio de Star-Trek, no necesitaría nada de maquillaje.

Optamos por acercarnos a la farmacia. Antes nos toca pelearnos con la llave de contacto del coche. No sé si es que no le gusta el aspecto de mi mano pero el caso es que no la reconoce y se niega a entrar en la cerradura. House lo intenta y obtiene el mismo resultado. Su mano no tiene picaduras así que el problema es de otra índole: comprobamos que el pestillo está caído y bloquea el acceso. Me veo haciendo un puente (espero que Internet explique los pasos). Finalmente, con un poco de fuerza, la obstrucción cede y el coche arranca.

En la farmacia hay una columna con un espejo iluminado por el sol de la mañana de Huelva, demasiado bien iluminado para mi gusto. Capto mi imagen de refilón y pego un respingo. ¿Esa soy yo? ¡Si parezco un Beluga! (No, no hay fotos, aunque la tentación de inmortalizarme era casi irresistible a House le di pena).
- Quería algo para los mosquitos. Las picaduras me provocan alergia, - explico al tiempo que le muestro mi mano y mi frente.
- ¿En pastillas? - me pregunta el muchacho haciendo gala de prudencia.
- Había pensado en algo tópico.
El chico revisa la estantería. No hay pomadas milagrosas así que escoge una al azar. Añade una loción antimosquitos.
- Esta es muy buena - afirma.
- ¿Cree que me vendría bien alguna pastilla?
No se lo piensa, se gira y al momento regresa con una caja de Polaramine. Voy a dormir como los ángeles y eso siempre viene de maravilla, especialmente en vacaciones. Será una cura de belleza completa (los resultados están garantizados cuando se parte de semejante base).

Aún tardo varios días en recuperar mi rostro aunque tras la primera noche amanezco con algunos rasgos humanos y tras la segunda empiezo a ser reconocible. House me mantiene la prescripción durante una semana hasta que considera que he vuelto a la normalidad. Aunque este verano los mosquitos no abundan, dado lo apetecible de mi sangre, en recepción nos facilitan un insecticida en enchufe. Además, no se me permite salir de la habitación sin una buena rociada de loción.

jueves, 19 de junio de 2014

Misiones

Las misiones del campamento scout se realizaban por equipos. Consistían en recorrer kilómetros de caminos a pie, de un pueblo a otro, con la ayuda de un mapa. La mejor descripción que se me ocurre es agotadoras, cada etapa transcurría del amanecer al ocaso y contaba con muchos kilómetros, o al menos eso nos parecían, el día que más hicimos fueron 33 y no he olvidado ninguno de ellos. Por muy cansado o enfermo que se estuviese, por mucho calor que hiciese bajo el sol, a pesar del escozor de las ampollas de los pies y del dolor de espalda por cargar a cuestas la mochila, con lo estrictamente imprescindible, no se podía flaquear ni, por supuesto, hacer autoestop. Si te descubrían cometiendo algún tipo de infracción suponía todo un deshonor, y el honor de los scouts no es ninguna tontería.

No llevábamos tiendas, nadie estaba dispuesto a cargar con su peso, dormíamos al raso. Una noche nos dejaron alojarnos en una suerte de pajar en cuyo interior había más bichos que en pleno campo. Al parecer los animalillos también valoraban el hecho de contar con un techo sobre sus cabezas. Después de treinta kilómetros cualquier sitio es bueno para dormir así que no nos importó. Además de los sacos y los aislantes llevábamos algo de agua, latas de comida (nuestra dieta se restringió a lentejas Litoral frías, el hornillo también fue descartado en la selección de pertrechos) y un par de mudas. Aún así el equipaje se hacía pesado, mi mochila era "vintage", había pertenecido a mi padre en su adolescencia y la ergonomía y la ligereza de su armazón no se contaban entre sus virtudes.

En cada destino había que demostrar que habíamos alcanzado nuestro objetivo. Para ello era necesario cumplir una serie de misiones que lo probasen. Las había de dos tipos: ridículas, causantes de vergüenza propia y ajena, y discretas. Gracias a mi "habilidad" para dibujar, no me quiero ni imaginar las dotes de las demás, logré escaquearme de las primeras. Me encargué de las pruebas gráficas: en cada pueblo debía recoger en un cuaderno una serie de sus monumentos más representativos. Afortunadamente dibujar casas antiguas no es muy difícil y supongo que por eso me resultó tan sencillo engañar al resto y agenciarme esa tarea que, como requería su tiempo, me evitaba tener que protagonizar una función, cantada o bailada, en medio de la plaza del pueblo. Se precisaban testigos y, al final de la representación, el público tenía que firmar para refrendar la hazaña. No exagero: bailar una jota después de toda una jornada de caminata puede considerarse toda una hazaña. Los pies dentro de las chirucas no se mostraban precisamente encantados de verse obligados a dar saltos.

Sinceramente no creo que la imagen de los scouts saliese beneficiada tras aquellas visitas. Nuestro aspecto era deplorable: un grupo de adolescentes sucias, polvorientas, sin bañar ni perfumar, y sin aparente miedo al ridículo. Estoy convencida de que no causamos una impresión favorable en ningún lado.

lunes, 2 de junio de 2014

Voces en el mar

Soplan voces en el viento, voces lejanas que llegan a mis oídos amplificadas, distorsionadas. Son un coro de muchas voces mezcladas que, en el pasado, contaron historias mágicas. Lo intento pero no soy capaz de descifrarlas, ni siquiera tras repetírmelas el eco con su habitual insistencia.

Cantan en el lenguaje antiguo del mundo, el sonido que compartió su nacimiento con el del universo. A su canto se unen más voces desde las profundidades del océano, sonidos que las olas arrastran en un murmullo y que rompen en un suspiro que se extiende y se pierde en una lengua de agua. Las conchas de la orilla se agitan alegres bajo el roce. Al chocar, repiquetean y su castañeteo suena a risa. Se divierten entre ellas sin prestar atención a las palabras que viajan en el mar. Hay voces que navegan lentas, tranquilas, voces que despiertan y se desperezan. Hay voces que rugen para hacerse oír. Gritan en medio de la furia de las tormentas. Muchas voces se reúnen al anochecer. Están cansadas tras su odisea y hablan todas a un tiempo. En medio de ese bullicio su rumor resulta incomprensible. No importa. No pretenden escuchar ni ser escuchadas, sino unir su voz a la del resto.

Por la noche la luna arropa al mar con su luz, pero no todo en él duerme. El agua no calla. En el silencio, además del compás de su respiración, aún se oye el susurro final de sus historias.

viernes, 30 de mayo de 2014

Campamento scout

Después del campamento scout de verano concluí que las tiendas de campaña no están hechas para mí. Una cama y un baño no tienen precio.

Fueron dos semanas al lado del río Arlanza, en la provincia de Burgos. Sólo contábamos con la tienda de campaña, a compartir entre ocho, los sacos de dormir, varias cuerdas y el río. El resto era cuestión de recursos naturales, ingenio y muchos nudos. El primer día había que montar el campamento, lo que incluía construir el mobiliario: una mesa, unos bancos a los lados, una suerte de despensa colgada de un árbol y hasta un hornillo de piedra y barro. La mesa se componía de ramas rectas de buen tamaño, limpias y anudadas por medio de amarres cuadrados. Los bancos iban a los lados. La estantería se sujetaba por un amarre redondo y para el horno construimos una estructura en forma de colmena con paredes hechas de piedras enormes, y pesadísimas. Fue agotador.

Si alguien ha compartido una tienda entre ocho, y especialmente si le ha tocado dormir encogido en el ábside, comprenderá que la idea de repetir la experiencia a lo largo de dos semanas no resulte nada seductora. Tumbarse al raso, bajo los árboles y las estrellas, en medio del silencio, demostró ser una alternativa mucho más placentera, a pesar de que nos encontrábamos en la fresca provincia de Burgos al lado de un río. Se descansaba tan bien que la noche que me tocó guardia, después de hacer la ronda me senté en mi saco y me olvidé de avisar al siguiente turno. Nadie lo lamentó, a partir de ese día se suspendieron las guardias. Lástima que en el hospi no suceda lo mismo.

No había baños. Al otro lado del río, lo que requería vadearlo, y retirado del campamento, se excavó un hoyo con ese fin. Al rededor se clavaron unos maderos al borde para que la víctima se agarrase a ellos y con la sujeción evitar accidentes (mejor ni imaginarse semejante coyuntura). La privacidad era mérito de la lona que rodeaba el excusado. En fin, no voy a narrar nada más de aquello porque prefiero no recordarlo.

Cuando Baden Powell creó los scouts lo hizo con la idea de iniciar a los chiquillos en un entrenamiento militar, y doy fe de que su espíritu sigue vivo. Empezamos las marchas con una pequeña salida a Covarrubias, visitamos su preciosa plaza y su magnífica Colegiata. La excursión, de 10 km (y otros tantos de vuelta), mereció la pena. Claro que ese era sólo el plan para abrir boca.

En la segunda excursión, más larga y haciendo noche, escarmenté. Aprendí unas cuantas lecciones. La fundamental: llevar lo mínimo en la mochila, nada de "por si acasos". Fue ahí donde cogí el hábito de hacer maletas para las vacaciones con lo imprescindible, una habilidad de lo más útil que estrené en las misiones: caminatas de varios días de duración, a lo largo y ancho de la región, durante las cuales había que llevar a cabo algún tipo de empresa. Dada la longitud de este post tendré que hablar de ellas en otra ocasión.

martes, 1 de abril de 2014

Lelos

Los americanos tienen un signo, considerado algo ofensivo, con el que llamar cretino a alguien. Consiste en poner el índice y el pulgar en forma de L y apoyarlos en la frente. El significado literal es "Loser" (perdedor) pero la traducción que mejor se ajusta es lelo.

Durante las vacaciones del año pasado coincidimos con el rodaje de un programa de televisión denominado "The big loser" (del que, hasta entonces, no teníamos noticias). Realmente los autores del nombre tuvieron delito, además de mucha mala idea. Como ese día había amanecido nublado decidimos aprovechar para dar un buen paseo por la playa y llegar a unas ruinas varios kilómetros más allá. Cuando salimos aún estaban montando lo que parecía una especie de gimnasio y un chiringuito. Esperábamos que, para nuestro regreso, ya hubiesen retirado toda aquella parafernalia. ¡Optimistas!

Nuestro paseo fue una delicia. El cielo se mantuvo nublado y House pudo disfrutar del mar a esas horas sin preocuparse de su alergia al sol, aunque, aún así, iba cubierto de ropa como un beduino. El problema surgió a medio camino de vuelta cuando el sol decidió hacer su aparición. Para colmo de males la mañana ya estaba avanzada y los rayos picaban. No podíamos entretenernos, debíamos regresar a toda velocidad.

Si hay alguna prueba deportiva de marcha descalzos por la playa estoy segura de que batimos todos los récords. Sin embargo, antes de llegar a nuestro destino, nos vimos obligados a detenernos. El motivo: el rodaje del dichoso programa. Si hasta ese momento no sabíamos que existía, después de ese momento habríamos preferido continuar en la ignorancia. Se trataba de uno de esos concursos ridículos que provocan vergüenza ajena y que nunca comprenderé cómo hay gente, y mucha, que los ve. Los concursantes eran un grupo de obesos mórbidos y la prueba consistía en llenar y acarrear cubos de agua del mar a un bidón situado en la otra punta de la arena. Lógicamente no deseaban que nadie interfiriese en esa tarea tan importante: todo el mundo sabe que vaciar el mar será necesario dentro de poco cuando crezca su nivel y qué mejor que empezar a entrenar a los más fuertes con antelación. El caso es que habían cortado el paso.

En el cielo no quedaba ni una nube y los muy cretinos pretendían que rodeásemos todo el circuito para no interrumpir la grabación. Esta claro que pertenezco a otra galaxia y caí en esta por error porque es imposible que comparta materia con tanto lelo. Menos mal que me encontró House. Ni cortos ni perezosos seguimos nuestra ruta por la orilla que, si les molestábamos, siempre podían editar la cinta. Claro que ahí no acabó la cosa, el más gallito de todos los cámaras decidió que nuestro comportamiento era inaceptable (no uso ese lenguaje, no creo que su vocabulario incluya palabras trisílabas) y se enfrentó a House (yo seguí mi estrategia habitual de, cuando algo no me interesa, no hacer ningún caso). Era un ser irracional y, como tal, le dejamos con la última palabra en la boca. Seguimos nuestro camino con la única preocupación de resguardarnos del sol.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cinnamon rolls

Probé los Cinnamon Rolls por primera vez durante mi estancia en Texas a los 14 años. Eran una versión congelada e industrial, lista para meter un minuto en el microondas y tomarlos en el desayuno. Junto con los Belgian Waffles, que preparaba el dueño de la casa y que no necesitaban ni sirope, se convirtieron en mi desayuno favorito. La costra azucarada que los recubría, junto con el intenso sabor a canela se me antojó todo un descubrimiento.

10 años después, durante mi visita a Berkeley, descubrí en la fantástica Bakery de College St. unos Cinnamon Twist aún más deliciosos que mis recuerdos. La masa era un poco hojaldrada y mucho más ligera. Carecían de costra, pero no la necesitaban: tras morder su crujiente exterior, se fundían literalmente en la boca en una jugosa y perfecta combinación de azúcar moreno, canela y un toque sutil de mantequilla. Cuando me apetecía un pastel me costaba decidirme entre sus Danish pastries, unos ochos hechos de un hojaldre similar pero sin canela y con una crema de queso del estilo de la del cheescake rellenando sus agujeros, o aquellos exquisitos Cinnamon Twist.

Uno de aquellos días, un encantador profesor amigo de mis padres me llevó de excursión. Me recogió en su maravilloso Jaguar color vino, de metal bruñido, y tomamos la carretera de la costa en dirección sur. Recuerdo que poco antes había tenido lugar un terremoto que había abierto grietas y hundido algunos puentes de hormigón. Nos encontramos con algunos ejemplos de esas ruinas, ya retirados los escombros. Nuestra primera parada fue en Monterrey, cuna de los cinnamon rolls y del genial Steinbeck. Allí se desarrolla la trama de algunas de sus novelas: Tortilla Flat (la primera, que sirvió para sacarle de la miseria y le permitió dedicarse a la literatura), Cannery Row y su continuación, menos conocida pero mi preferida, "Dulce jueves". Los entrañables personajes de Steinbeck son individuos que no poseen nada. Cuando se hacen con algo, lo consideran un tesoro de tal calibre que se sienten inmensamente ricos (aunque no por eso se dedican a guardarlo y conservarlo, sino que buscan el mejor modo de sacarle provecho). No se dedican a sobrevivir a duras penas, sino a vivir y a disfrutar de la vida del día a día. Valoran la amistad por encima de todo, no hay nada mejor en el mundo que estar con los colegas (y esa situación es perfecta cuando la tertulia se riega con unos vasos de whisky de dudosa calidad, el Old Tennis Shoes, sucedáneo del Old Tennessee). El fluido y poético lenguaje de Steinbeck te arrastra a través de las páginas mientras transforma ese ambiente marginal en algo cercano, lleno de vitalidad y diversión.

No creo que ninguno de esos personajes inventase los Cinnamon Rolls que, sin embargo, también nacieron en Monterrey. Lógicamente era preceptivo probarlos: el buen turismo incluye no sólo embeberse de paisajes y monumentos sino también degustar la gastronomía más típica. Nos detuvimos justo delante de la diminuta tienda en la que supuestamente vieron la luz y allí nos hicimos con un par de aquellos dulces, cuyo tamaño era inversamente proporcional al del local. Por supuesto eran más pesados y menos delicados que los Twist de la Bakery, y también mucho menos dulces que los industriales, pero eso no menguó en absoluto nuestro disfrute. Mi cicerone me explicó que en su origen simplemente consistían en estirar una plancha de masa de pan, untarla con la ayuda de un pincel con mantequilla blanda y espolvorearla generosamente con azúcar y canela. La canela no puede añadirse a la masa directamente o mataría las levaduras (aunque hay versiones mucho más rápidas que emplean levadura química). A continuación se enrollaba y se horneaba para, aún caliente, terminar de cubrirlo con el glaseado, desde azúcar con canela, hasta una combinación de chocolate blanco derretido y batido con queso crema pasando también por otras versiones con nueces caramelizadas o manzana asada.

CINNAMON ROLLS
Ingredientes
- 1 taza de harina (puede ser integral).
- 2 cucharadas de mantequilla blanda.
- 3 cucharadas de azúcar.
- Un huevo grande ligeramente batido.
- 100 ml de leche templada.
- 5 cucharadas de azúcar moreno.
- Dos cucharaditas de canela de buena calidad.
- 1 sobre de levadura de panadería.

Elaboración
Mezclar la mantequilla con la harina y el azúcar blanco hasta que tenga un tacto terroso. Desleír la levadura en la leche y verter por encima. Mezclar. Añadir el huevo y amasar hasta obtener una masa lisa que se despegue de las paredes. Hacer una bola y guardarlo en un bol engrasado.Dejar reposar en un sitio cálido hasta que doble su volumen, como mínimo una hora.
Sacar y amasar sobre una superficie generosamente enharinada. Desgasificarla bien y estirarla con un rodillo hasta convertirla en una placa de un par de centímetros de grosor. Pincelarla ligeramente con mantequilla o con leche antes de repartir sobre la masa el azúcar moreno junto con la canela. Enrollar, aunque hay que tener cuidado de no apretarlo demasiado para así permitirle leudar de nuevo. Pegar los extremos con huevo batido.
Cortar la masa a intervalos regulares, lo más práctico es hacerlo con la ayuda de un hilo: rodear con él el rollo y estrangularlo. Dejar levar hasta que aumente su volumen.

Hornear en horno previamente precalentado a 200º, unos 20 min, hasta que se dore y, al pinchar, se compruebe que está cocido.
Verter el glaseado por encima mientras el bollo esté aún caliente (la manera más sencilla de prepararlo es derretir chocolate blanco aunque queda mejor si se combina con queso crema. También puede prepararse con 1 paquete de queso crema o 1 yogur griego batido con 150 gr de azúcar glas o, simplemente, diluyendo el azúcar glas en el zumo templado de un limón)
Tomar casi recién hechos (conviene esperar lo suficiente para no abrasarse).

jueves, 3 de octubre de 2013

Últimos coletazos

A pesar de los contratiempos, y de los denodados esfuerzos de los hados del post anterior, he salido de casa, y no sólo a hacer la compra. Sí, milagrosamente me ha dado tiempo a algo más. Le prometí a una amiga pasarme por una tienda por el Mercado de Fuencarral, reconvertido en Centro Comercial. No lo conocía y me ha parecido muy interesante. Es diferente, no tiene las omnipresentes marcas del resto de los centros sino cosas mucho más originales con precios más que asequibles. Mi sorpresa ha sido encontrar un pequeño local, "Arte del Mundo", en cuya vitrina estaban expuestas las pulseras de neopreno protagonistas de mi aventura en  Claudia di Paolo (tras descubrir cuánto le habían gustado a sobrinísima). Justo enfrente estaba la tienda que mi amiga me recomendó. Se llama remembeR y su ropa tiene un aire vintage (como casi todo lo del Mercado). Sus diseños parten de las líneas de los años 40 que han reconvertido con estampados más actuales y colores más alegres. La ropa clásica siempre es un fondo de armario y su resistencia a las modas y al paso del tiempo es por algo: favorece. Es femenina, cómoda, fácil de llevar y no se precisa una ocasión especial para lucirla, aunque también se adapta a eventos. A esos precios es, además, irresistible.

La mañana invitaba a callejear y mi paseo me ha llevado hasta la C/ Jorge Juan donde me esperaba otra agradable sorpresa: ¡If está de Outlet! No en su pequeña tienda sino en el local de al lado, donde se ubicaba "M" (calzado de diseño español). Por supuesto no podía desperdiciar la ocasión, que sólo durará hasta este sábado, y he investigado a gusto. Todo: botas, bolsos, cinturones, zapatos, tiene un 70% de descuento, o incluso más. Los restos de los últimos números oscilan entre 50 y 100 euros (según la marca), y los de temporadas pasadas se quedan en 30. Es posible que alguno piense que eso no suena a chollo, pero lo es cuando se refiere a If. Allí los diseñadores se precian, en el más amplio sentido de la palabra, y los zapatos se consideran joyas y cuestan como tales. Es cierto que son distintos, tan especiales que no hay nada que se les parezca y el Outlet es algo excepcional y merece la pena aprovecharlo. Hay verdaderas maravillas.

No sé si gracias a mirar zapatos he recordado tenía que recoger unos del zapatero. Los dejé antes del viaje a Ginebra y se me había ido el santo al cielo. Lo que sí se me había olvidado por completo es dónde demonios había metido las llaves y la tarjeta del hospital. Las guardé muy bien guardadas para no perderlas. Siempre que hago eso con cualquier cosa, la pierdo, y esta no ha sido la excepción. Me ha tocado revisarme todos los bolsos (y son unos cuantos). Las llaves han aparecido enseguida. No así la tarjeta (y sin ella no puedo aparcar). Cuando estaba a punto de llamar a la asistenta por si la había visto (la pobre ya podía hacer memoria, que seguro que no) la he encontrado en un compartimento escondido de mi cartera que, por supuesto, había revisado. Ya se sabe, no hay mal que por bien no venga. En este caso me ha servido para hacer limpieza de papeles acumulados.

Hados malhadados

No, el tiempo no frena y tanto lo bueno como lo malo se acaba en algún momento. Lo único que se puede hacer es aprovechar lo bueno hasta el final. Los hados no siempre se alían con una y a veces ponen trabas. ¿Cómo han intervenido desde nuestra llegada? No se han conformado con limitarse a lo convencional sino que hay que reconocer que en esta ocasión se han esforzado.

Los vecinos están de obras. Aunque sean los de al lado, el contacto de nuestros pisos se circunscribe a una sección de nuestra cocina. Hasta hace poco creía que esa sección era algo menor de lo que en realidad es. Los hados han corregido mi error y, para ello, han dejado una mancha de humedad en el armario del vecino, mancha que se corresponde (según hemos comprobado en diferentes momentos, gracias a la inestimable ayuda de dos fontaneros y un perito de su seguro y del nuestro) con nuestro fregadero. Por supuesto a ese tema le hemos concedido cierta prioridad lo que ha restringido nuestras salidas. He aprovechado el encierro para escribir (no os preocupéis, lo he dosificado y, salvo hoy, seguiré con el ritmo de una entrada diaria, aunque no os extrañéis de encontrar en diciembre un post sobre el mar).

No sólo hemos mejorado nuestra relación social con los de la Compañía de Seguros (que conocíamos a través de los recibos) sino que hemos tenido que reanudar la que iniciamos con los que nos cambiaron la puerta cuando nos mudamos. Entonces la cerradura no iba bien y nos quedamos fuera de casa, no sé si para rememorar los viejos tiempos en el hogar paterno. El cerrajero que nos visitó (al que no le quedó más opción que inutilizar la cerradura y dejarnos a expensas de la buena voluntad de los visitantes) nos recomendó la marca de puerta que, poco después, nos instalaron con cierta urgencia (ya que carecíamos de una que se cerrase).  En los últimos tiempos no somos nosotros sino la llave la que decide el momento idóneo de abrir la puerta: inmediatamente si hay suerte, tras un minuto de hurgar en la cerradura, tras cinco minutos de desesperación o tras diez de encomendarse a los santos para que haya alguien en casa. La asistenta, que tiene menos práctica, es la que peor lo pasa. Cada vez va a peor y finalmente no tuve otro remedio que mantener una agradable conversación con una señorita muy amable de la compañía. Quedamos en que se pasarían para arreglar el problema. Espero que se presenten antes de tener que renovar nuestro trato con el cerrajero. ¡Puestos a socializar!

Los hados también se han metido en el buzón, aunque me hubiese gustado que se hubieran ahorrado la molestia. Me dejaron un sobre de la Editorial Everest en el que me devolvían mi libro de Paloma. Al parecer no importa demasiado que la obra quedase entre las tres candidatas al premio Lazarillo. No ganó y eso es lo que cuenta. He superado el disgusto y he aprovechado para revisarlo. Creo que desde que la escribí mi estilo ha mejorado (en parte gracias a la lata que doy con el blog), aunque es posible que sea una apreciación subjetiva (la autocrítica no es lo mío). En la revisión he descubierto frases que no me convencían y las he corregido. Reconozco que he disfrutado releyendo por enésima vez la historia (es mía, son mis personajes y les quiero).

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sátira

Podría empezar con el tópico de "¡Cómo han cambiado los tiempos!" pero eso es algo tan evidente que no precisa recalcarse. Más tópico aún es decir que algunas cosas han cambiado y otras siguen como siempre y, al darse de bruces con la realidad de ambos casos, se despierta la mordacidad del observador.

La recepción del hotel es uno de esos lugares en los que uno se da cuenta de que ciertas cosas no cambian. La estupidez ofrece poco margen de evolución. La llegada de nuevos huéspedes es una clara muestra. Si descienden del coche totalmente peripuestos, peinados, recién planchados y ella calzada con unos cómodos tacones de viaje de 10 cm, muy adecuados para los pinares, la piscina y la playa, la cosa promete. Conviene esperar a la inocente pregunta del recepcionista de qué coche tienen. A algunos la boca se les llena con la respuesta de: un Mercedes último modelo (es un ejemplo textual aunque, por supuesto, desconocían la matrícula), o elevan la voz para alardear de su "Audi" (un A2 diminuto, pero Audi al fin y al cabo). Creo que la próxima vez presumiré de que tenemos un modelo vintage de Golf. Preguntan por el gimnasio pero luego se asustan al conocer el número de escalones que salva el desnivel entre el hotel y la playa (la idea les agota de antemano). El recepcionista les tranquiliza: hay una rampa por la que pueden bajar con su flamante Audi hasta la planicie de arena.

La playa permanece inalterable, con su brisa, su arena fina en la que se hunden los pies y la más firme de la orilla, brillante como un espejo, remojada por la lengua de las olas. Al amanecer está casi vacía, si no vacía por completo: pescadores con sus cañas, el dueño de algún perro que trata de evitar que el animal se dé un chapuzón, no le toque ir a rescatarlo, y deportistas vestidos como tales (los exhibicionistas de torso musculado, o de cuerpo entero, se esperan a tener público). También hay quien pasea a esas horas y disfruta del encanto de la soledad al lado del mar. Según el sol se alza aparecen los primeros bañistas y se reúnen bajo una sombrilla. Son un grupo de señoras mayores que me recuerdan a cómo eran, hace años, mi abuela y sus primas. Lo que me sorprende es que en lugar del rosario con el que ellas se entretenían, las abuelas actuales lo que sostienen es las manos es un smartphone en el que teclean a un ritmo frenético. Las oraciones y los clásicos cotilleos se han transformado en whatsapp, dudo que con el Papa (aunque seguro que también tiene una línea de esas y la Curia Vaticana debe de temblar cada vez que la usa).

A última hora del día aparecen los novios de turno con el fotógrafo correspondiente. No sé si es siempre el mismo fotógrafo pero la rutina es similar: poses naturales en los que ella se luce y él alterna la exhibición de su masculinidad de macho alfa con actitudes amaneradas dignas de la mejor diva (posiblemente más del gusto del fotógrafo que de su mujer). Conocemos el final, es siempre el mismo: ella se adentra en el agua hasta empapar completamente su vestido, que termina hecho una pena. El marido carga con su esposa en brazos igual que si rescatase a una sirena de un naufragio. Luego los dos se rebozan a gusto por la arena, a modo de sensuales croquetas. Seguro que los pobres ilusos están convencidos de que sus fotos de boda serán originales, distintas a las del resto de los mortales.

En los restaurantes son las conversaciones ajenas las que dan idea de la calaña de la fauna. La discreción es un rasgo de inteligencia así que el ser capaz de seguir, sin proponérselo, el monólogo del individuo sentado varias mesas más allá es muy indicativo. Es posible darle el beneficio de la duda y, antes de catalogarlo, conviene descartar que alguno de sus compañeros de mesa tenga problemas auditivos. Si el tema se centra en su vida, obra, gracia y milagros, las dudas se disipan. Las muestras de caradura se asocian con frecuencia a estos mismos tipos: regateos abusivos con pescadores inmigrantes que pagan con el dinero "prestado" de uno de sus contertulios para, a posteriori, convencerle de que a pesar del timo, ha hecho un buen negocio (no va a recuperar el préstamo, por lo que no creo que su víctima se conforme con semejante "buen" trato. No discute, no quiere oír más argumentos, al igual que el resto de los comensales está harto del sonido continuo de la voz del otro. Opta por la prudencia y se aleja).

El último ejemplo del día sucede en el aeropuerto. Que se cumplan las normas del equipaje de mano es una utopía: las maletas se ajustan a las medidas pero en los bolsos (de ellas) y en las carteras (de ellos) no sólo cabría la maleta reglamentaria sino que sobraría espacio suficiente para esconder un cadáver. Al abrirse el embarque del vuelo todos muestran una prisa loca por subirse a la nave. Son como animales de presa que aprietan los dientes y acechan al resto. Las miradas se cruzan como dardos y, con el fin de avanzar, está permitido atropellar y avasallar accidentalmente al que se despiste. Los bolsos gigantes actúan de escudo en la contienda. ¡Tantas ganas por acceder al aparato y tras el aterrizaje la lucha pasa a ser un "sálvese quien pueda" por salir de allí cuanto antes! ¿Sería aplicable el dicho de que los primeros en abandonar el barco son las ratas? Eso me recuerda que entre los especímenes del verano nos encontramos a Urdangarín sentado con su madre en un banco del jardín botánico, a orillas del lago Lemán. Eso de que a uno le castiguen con mandarle a vivir a Ginebra es duro. No se puede ser tan estricto.

martes, 1 de octubre de 2013

Septiembre de vacaciones

La pregunta del verano: ¿Qué vais a hacer en vacaciones? 
La respuesta de Julio: - No sé, todavía tenemos tiempo, no nos vamos hasta Septiembre.
- ¡Pobres! ¿Y vais a aguantar aquí todo el verano?
- ¡Qué remedio! (en realidad Madrid en Julio y Agosto sólo presenta el inconveniente del calor, al igual que casi cualquier sitio, pero en otros aspectos esos meses son, sin duda, su mejor época: menos gente, menos coches, menos agobios).
A principios de Agosto la pregunta es la misma y la respuesta varía poco: - Aún no lo hemos decidido. 

A finales de Agosto la pregunta cambia: ¿Qué tal las vacaciones?
- Aún no nos hemos ido.
- ¿No? ¡Qué suerte! A mí ya se me han acabado ¿Qué vais a hacer?
Nueva respuesta: - Parece que improvisar. 

En Septiembre ya no nos preguntan, salvo algún despistado. Los que nos conocen nos han dado por imposibles. Es hora de actuar, no de dejar pasar los días. ¿Cogemos el coche sin rumbo definido? Es poco práctico. Miramos la web para reservar. ¡Vaya! No tienen habitación para todos los días que queríamos. ¿Qué hacemos? Nos arriesgamos. Si nos sale mal, ya improvisaremos de nuevo, algo encontraremos. 

Viajamos hacia el sur. Primero pasamos por Linares para disfrutar de la familia. Al ir de casa en casa se recorre la ciudad (con sus tiendas). Paso por mis favoritas y contribuyo a su subsistencia con mi granito de arena: Missy, Rocío Iglesias, Muriel, Una de lunares... El ejercicio despierta el apetito, aunque en Linares no hay peligro de pasar hambre. No pueden faltar las tapas y probamos las nuevas del Bamboleo y lo comparamos con su hermano mayor, el Restaurante de los Sentidos. Es fundamental cotejar y y comprobar los resultados a lo largo de los distintos días.

De ahí salimos para Mazagón. Nos aislamos del mundo al lado del mar. La reserva es para sólo unos días, en concreto cinco, con esperanzas de que haya alguna cancelación y prorrogar. Nos llevamos el chasco de descubrir que nuestro restaurante favorito, Las Dunas, está cerrado. Es sólo un susto, al día siguiente está abierto y desde ese momento damos la lata en el Parador para enterarnos de si hay alguna baja. No surge ninguna hasta el día 12. La aprovechamos y, además, nos cambian de habitación. Nos ponen en una en la que da menos el sol, así House disfruta de la terraza a salvo de su alergia. Continuamos con nuestro plan de vida: paseos por la orilla, nadar en la piscina, entrenamiento de ping-pong en el gimnasio del spa, guarecidos en las horas de más sol, comidas en las Dunas, sobremesas, lecturas, siestas, más paseos con puestas de sol, más piscina a última hora antes de la cena y más paseos bajo la luna que en esos días pasa de nueva a llena. Antes de retirarnos, le damos las buenas noches a nuestro mochuelo, que a esa hora acecha en el camino de piedra del jardín, sin faltar, siempre en el mismo sitio. 

Prolongamos en lo posible la estancia pero, finalmente, se nos acaba. Debemos pensar otro plan. ¿Cual? Miramos vuelos a Ginebra para visitar a nuestros amigos y cogemos una oferta (de paso también un catarro). Regresamos a Linares en el camino de vuelta. Tomamos la decisión sobre la marcha, a la altura de Sevilla. El viaje es menos cansado y ofrece más alicientes que ir directamente a Madrid. También sirve para mejorar mi catarro.

Nos quedamos un día largo en Madrid que empleamos en lavadoras y cambios de maleta. Nos marchamos a Ginebra con lo esencial, porque nuestra tarifa no nos permite facturar. Medimos y pesamos las maletas vacías: la mía pesa algo más de 2 kg. El tope estipulado es de 8 kg. Selecciono mudas, pijama, un par de jerseys (para 6 días), unos pantalones, unas mallas y camisetas. Junto con lo puesto tendrá que bastar (por supuesto cuento con repetir cada atuendo). Lleno la bolsa de aseo de muestras diminutas y escojo sólo 3 pintalabios. Añado el Kindle y un par de libros en papel (por si fallase el primero). No cubro el cupo de peso pero es mejor que quede algo de margen. Creo que es una de las veces que he viajado más ligera de equipaje.

Allí paseamos por la Ginebra conocida: la Ciudad Vieja, el lago, el parque de la Grange, la Perle du Lac.. Recorremos nuevos rincones: nos acercamos el sábado al Chateau de Penthes y gozamos de sus vistas, que no de su comida porque nos dijeron que no tenían hueco. Era tarde y optamos por probar un sitio nuevo, El Café de Sources, en la Rue des Sources. Acertamos de pleno. Cierto que el aspecto del lugar es mejorable pero la comida es deliciosa, todo, desde el entrante al postre, estaba perfecto.  Los días previos ya habíamos asaltado el Restaurante de la Comedie, con su tartar flambée, y el de Le Socrate y sus carrilladas. El último día subimos las infinitas escaleras de las torres de la Catedral, conocimos sus techos y las vistas sobre los tejados de la ciudad, nos despedimos del lago y repetimos en el Café de Sources. 

Y ahora Madrid. Las vacaciones se acaban justo cuando te acostumbras a ellas (cosa que no se tarda nada en lograr. Sin embargo, a la rutina, cuesta mucho más hacerse).

jueves, 26 de septiembre de 2013

Orilla

El mar dibuja formas sobre el barro de la orilla. Deja en él la huella de su piel, un relieve vivo que se arrastra hacia la playa, la araña y se extiende en una red de finas ramas para aferrarla. Son los fósiles de los cipreses imaginados por van Gogh, formas flamígeras grabadas en la tierra, los surcos, ondulaciones y arrugas propios de la edad del mundo.

Al atardecer la orilla es un espejo, un fuego frío de ríos de agua que refulgen encendidos por el reflejo del sol. En medio de su corriente la luz penetra en las gotas y navega junto a ellas en su regreso al océano.

martes, 24 de septiembre de 2013

Restaurante Las Dunas (Mazagón, Huelva)


Las vacaciones son para disfrutarlas. En nuestro caso eso significa no seguir ningún plan preconcebido sino improvisarlo sobre la marcha. El resto del año hay que ajustarse a horarios y obligaciones, en esas fechas lo mejor es dedicarse a hacer lo que a cada uno más le plazca.

Dentro de los placeres está el de la comida. El año pasado descubrimos el restaurante "Las Dunas", al lado de la playa del mismo nombre en Mazagón (Huelva) y nos convertimos en asiduos. Este año, a la hora de elegir dónde ir, ese restaurante ha sido uno de los factores decisivos. Tanto es así que cuando pasamos por allí el primer día, un lunes, y estaba cerrado, nos planteamos no prolongar la estancia más allá de lo previsto. Afortunadamente el cierre no era más que su jornada de descanso semanal por lo que, tras averiguarlo, solicitamos quedarnos más tiempo en el hotel.

¿Qué es lo que tiene este restaurante que lo convierte en algo tan especial? Diría que todo. El sitio es precioso, dos terrazas con vistas al mar, un salón muy amplio, acristalado, con aire de patio andaluz y otro salón más formal. La decoración es sencilla pero de buena calidad, Las mesas están separadas entre sí, sin roces con desconocidos. El espacio permite no oír otras conversaciones que no sean la propia, salvo cuando el ponente pertenece al grupo de los que precisan contar su vida, obra y hazañas al resto de la sala. La comida es excelente, con pescados frescos cocinados en su punto para que se deshagan en la boca y un marisco de chuparse los dedos. Los postres son irresistibles (mis caderas dan fe de ello), los elabora la dueña, a la que los empleados llaman con cariño Antoñita (y a veces se les escapa al hablar con los clientes). Ese trato de familiaridad es muy indicativo del tipo de relación que les une y es esa relación lo que marca la diferencia. No somos los únicos en pensar así, hay más como nosotros que repiten año tras año, día tras día, durante sus vacaciones. Llevan 50 años de andadura y eso son muchos años. Claramente algo están haciendo bien.

El personal en pleno es encantador. Son profesionales pero, además de corteses y atentos, son cariñosos. No paran, todos están pendientes para que a nadie le falte nada. La relación entre ellos es tan buena que se respira en el ambiente. Nos dejábamos aconsejar por ellos a diario y para ello hemos comido allí a diario (salvo los lunes) y cenado con frecuencia.

En una sobremesa de tertulia, con lemoncello y florentinas (pastas de almendras picadas unidas por una finísima capa de caramelo crujiente) nos contaron la historia de sus inicios hace casi 50 años. Cuando llegaron no había ni luz, ni agua, ni carretera. El lugar no era solitario, era desolador. En sus propias palabras: "ni las águilas se acercaban por allí", en todo caso algún lince despistado, aunque no sé si existen linces de ese tipo. Acostumbrarse fue duro, pero cuando lo lograron ya no quisieron irse. A pesar de la supuesta tranquilidad no paran, siempre hay cosas que hacer. También nos contaron su experiencia en la romería del Rocío, en carro, a través del precoto de Doñana, alrededor de una mesa bien surtida que nos invitaron a compartir. En Diciembre celebran una Zambombá flamenca (una fiesta navideña flamenca de la que nos avisaran por si podemos acercarnos).

Sin duda nos han conquistado, y al parecer pedíamos a voces que nos adoptasen y eso han hecho. Nos despedimos con abrazos y besos, recomendaciones para el viaje, solicitud de que les llamásemos al llegar y, además, una neverita portátil con los ingredientes para elaborar la Tarta de Cuajada de Antoñita (me sentí igual que cuando voy a visitar a las titas y salgo de allí con tuppers para llenar el congelador). La receta de la tarta la pondré en otra entrada para no extenderme más. 

Mi recomendación: ¡Probadlo!

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Explorar el mundo



Cómo ser un explorador del mundo (según Keri Smith. Extraído de Brainpickings)

1. No dejes de observar (nota el suelo bajo tus pies)
2. Considéralo todo como algo vivo y animado.
3. Todo es interesante. Míralo mejor.
4. No sigas un camino predeterminado. Déjate llevar y altera tu rumbo con frecuencia.
5. Tómate tu tiempo para observar (o, si prefieres, sé breve).
6.  Sé consciente de las historias que se suceden a tu alrededor.
7. Busca patrones y sus relaciones.
8. Documenta tus hallazgos (toma notas de campo) de diferentes maneras.
9. Incorpora a tu vida lo indeterminado.
10. Estudia el movimiento.
11. Crea un diálogo personal con el entorno. Háblale.
12. Encuentra el origen de las cosas.
13. Utiliza todos tus sentidos en tus investigaciones.

Todas las mañanas, al levantarnos, tenemos veinticuatro nuevas horas para vivir. ¡Qué maravilloso regalo! Thich Nhat Hanh.


Cada experiencia es irrepetible. Italo Calvino. (¡Disfrútala!)

jueves, 29 de agosto de 2013

El interminable ascenso de Sintra

Dentro de nuestro viaje a Portugal recuerdo la visita a Sintra como agotadora. No me lleve la guía a aquella excursión porque de Sintra no había más que una página sobre los Palacios, sin mapa ni nada. Tampoco pasamos por la oficina de Turismo, que estaba a reventar de gente (y nos gusta poco desplegar nuestro encanto entre las multitudes). Estábamos convencidos de que no nos hacía ninguna falta (craso error).

Todo empezó muy bien. Dimos un paseíto muy agradable desde la estación hasta el Palacio Nacional (el de las chimeneas). Disfrutamos del precioso paisaje de la zona. Entramos en el Palacio Nacional para verlo. Cuando salimos eran alrededor de las 12:30h. Nos pareció que era pronto y, como disponíamos de tiempo de sobra, decidimos dar otro paseíto hasta el Palacio Da Pena para aprovechar ese día tan bueno. Fue una idea casi genial, salvo por el detalle de que casi morimos en el intento. Subimos y subimos, en pleno mediodía, mientras el pobre House también sudaba y sudaba, y se deshidrataba. Avanzábamos sin referencias, sin guía y sin indicaciones en el camino (ninguna). ¿Y si nos habíamos equivocado en algún punto? Le debimos dar pena a un vigilante que pasaba por allí, supongo que de ahí proviene el nombre del castillo, que nos dijo que podíamos acortar a través de un sendero en vez de seguir por las curvas de la carretera. Le hicimos caso y dejamos la carretera asfaltada por un camino de tierra diseñado para escalar las laderas del monte. Poco después volvimos a salir a la carretera y continuamos nuestro ascenso por las curvas. Finalmente divisamos el castillo allá en lo alto. No encontramos el funicular por lo que no nos quedaba más remedio que tirar hacia delante. De repente llegamos a una señal ¡la primera! Nos informaba de que íbamos bien encaminados. Ya lo habíamos descubierto gracias a los autobuses llenos de turistas que nos adelantaban uno tras otro. Aunque habíamos visto la parada llena de gente antes de comenzar nuestro periplo nunca se nos ocurrió que un vehículo fuera tan necesario. No vimos más paradas a lo largo de la ruta. Es posible que no estuviesen indicadas, a fin de cuentas las señales no abundaban precisamente por esos lares.

Por fin empezó lo que se llamaba propiamente "camino del castillo". Desde que se empieza a entrar en la zona casas señoriales hasta la puerta misma del palacio puede haber un buen trecho, por supuesto cuesta arriba para desanimar a los posibles invasores. Proseguimos. Más allá llegamos a la entrada del Parque Da Pena con su preciosa parada de autobús. Le preguntamos al vigilante del parque si en ella paraba el autobús para subir al palacio (llegó un punto en el que nos conformábamos con verlo desde lejos), y nos respondió que para qué íbamos a cogerlo si ya habíamos llegado. Lo único que nos quedaba era entrar en el parque y recorrer un mero kilometrito más. Pagamos la entrada conjunta parque-palacio, que nos soplaron 22 euros, y paseamos por aquel bosquecillo hasta llegar, unos 100 metros más allá, a una señal pequeña y escondida que ponía Palacio (y que a House le convencía aún menos que a mí). Dada la ausencia de otras indicaciones, seguimos la flecha. Dejamos de subir y escalar para pasar a trepar por ese camino de cabras medio adoquinado (podrían fácilmente ser las mismas rocas del suelo en un intento basto de recolocación). Así seguimos el km al que había hecho referencia el guarda, aunque el hombre no había especificado que éste se levantaba en vertical. El comentario de House, para entonces hipoglucémico y deshidratado, al respecto de ese atajo fueron unas palabras cargadas de optimismo. Estaba seguro de que me había equivocado y aquel sendero no llevaba al castillo (mea culpa por encontrar la señal escondida en su base). Nuestro talante no era el más propicio para valorar las joyas botánicas del parque y cuyo supuesto disfrute justificaba el precio de la entrada. Habíamos subido gratis por la carretera y ahora lo hacíamos por una senda mucho más empinada y, para colmo, tras pagar por ello.

Al fin salimos a un camino más ancho y allí se nos planteó la típica duda existencial: ¿derecha o izquierda? A esas alturas nos daba igual. Sin resuello, tiramos a la derecha y, como si de un espejismo se tratase, apareció al Palacio. Eran cerca de las 2 de la tarde. La mejor opción era comer, reponernos y descansar un rato antes de continuar con la visita. Sin embargo incluso los mejores planes se frustran y así dio comienzo nuestra segunda odisea.

El Palacio tenía restaurante. Nos imaginamos que sería similar al de un Parador. Gozaba de unas bonitas vistas (desde aquellas alturas se divisaban todos los valles de alrededor) y ese era todo su encanto, aunque lo supimos tarde. No habían entendido bien el concepto de comer con los ojos y, con ese paisaje alrededor no les preocupaba el resultado del plato. House pidió gallo con crujiente de jamón y yo me decanté por el pollo con queso de cabra. El filete estaba algo seco pero gracias a la salsa de queso se podía comer. Sin embargo el pescado sólo podía calificarse como criminal. Ni tan siquiera era pez gallo. Se trataba de un pescado congelado abominable, seco como un estropajo y tan malo que recordaba al del hospital. Tampoco traía la guarnición de jamón, sino unas verduras y puré de patata. Se lo comentamos al camarero que se llevó el plato. Reapareció con él apenas un minuto después. Le había clavado un trozo de jamón rancio al puré de patata. ¡No dábamos crédito! Ahí se le hincharon las narices a mi señor esposo (¿y a quién no?). El imbécil integral del maitre insistió en que era lo que habíamos pedido. Semejante despliegue de estupidez no contribuyó a mejorar la situación. El camarero nos ofreció otro pescado de la carta. ¿Pescado? Nada indicaba que supiesen cómo cocinarlo. Se nos estropeó la comida y el apetito. House se tomó un postre (que sí que estaba bueno), para endulzar el berrinche con un poco de azúcar.

Visitamos el Palacio. Precioso a pesar de que en aquella época tenían no ya horror, sino fobia, a los espacios vacíos. Debían de estar siempre comodísimos con tanta silla, sillón, sofá, chaisse-longue (hasta en el baño había una, supongo que para recostarse una vez envueltos en la toalla mientras les ayudaban a vestirse). Claramente no les faltaba donde sentarse, aunque no entiendo cómo se las apañaban para ponerse en pie y, menos aún, para caminar sin tirar nada accidentalmente. Cualquier movimiento debía de suponer todo un problema. En el exterior, desde las terrazas y las murallas se divisaba todo el valle. La verdad es que aquel lugar, a pesar de la escalada, resultaba la mar de agradable.

Después del descanso y la visita decidimos iniciar el regreso, y ¿qué mejor que OTRO PASEÍTO? Pues sí, aunque parezca increíble, eso hicimos. La carretera de bajada era diferente, algo más empinada (excepto la parte del camino de cabras). Por ella no circulaban los coches, la inclinación en tobogán del terreno no lo permitía.  La ventaja es que era  mucho más corto y no se nos hizo nada cansado, sino todo lo contrario. Una vez abajo probamos las típicas quesadillas de Sintra (que no nos gustaron demasiado) y nos volvimos a Lisboa.

No voy a poner la receta de las quesadillas ni tampoco ningún otro ejemplo de la comida de "dar pena" que tomamos en el restaurante del palacio. Mejor disfrutar con un aperitivo a base de deliciosos buñuelos para reponerse de la lectura de nuestras desventuras.

PATANISCAS DE BACALHAU (BUÑUELOS DE BACALAO)

400 gr de bacalao remojado
100 ml de leche
Zumo de medio limón
75 gr de harina
1 cucharada de aceite de oliva
Cerveza (unos 50 ml- 100 ml)
Perejil
Media cebolla muy picada
Sal
Pimienta

Escurrir bien el bacalao y limpiar de piel y espinas. Cortar en trozos regulares.
Mezclar la leche con el zumo de limón y dejar macerar el bacalao en la mezcla durante un par de horas (darle la vuelta de vez en cuando)

Mezclar con la batidora la harina, el huevo y la cucharada de aceite y añadir la cerveza poco a poco hasta conseguir una pasta densa. Agregar el perejil, la cebolla y el bacalao escurrido. Dejar reposar durante 15 minutos.

Formar los buñuelos con la ayuda de una cuchara y freír por tandas en aceite de oliva muy caliente, hasta que estén dorados. Secar el exceso de grasa sobre papel absorbente y servir recién hechos y calentitos.