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viernes, 3 de junio de 2016

El reloj del puerto

Al atardecer, apoyado en la barandilla del muelle, miro las manecillas del reloj del puerto, con su esfera blanca iluminada. Las agujas señalan que el día se acaba, aunque el cielo aún sea azul. Pienso en el paso del tiempo, noto la arena que se desliza entre los dedos, grano a grano, uno a uno con cada latido del minutero, alejándose en el pasado como el haz intermitente del faro en la superficie del océano.

Mientras pienso, la luz se transforma en crepúsculo y, sin darme cuenta, el día se va. Las sombras se alargan en el ocaso hasta fundirse con la noche. Quedan restos de claridad. Noches blancas, las llaman, aunque apenas duran nada y el mundo es azul y plata. La oscuridad es pálida y brilla, las tinieblas se refugian en el marco de las puertas, se esconden tras las ventanas. El aire son susurros que no rompen el silencio. Los instantes son más lentos.

Escucho el mar y, en su respiración, oigo el rumor de los sueños, de los míos, de los ajenos, de los ecos de los que fueron. Cierro los ojos y veo regresar las formas de esos ecos: figuras enlazadas en un vals sin final, miradas perdidas en un resquicio de esperanza. Siento el soplo de la eternidad en la brisa, intangible y liviano, pero siempre presente. ¿Será así la eternidad? ¿Un día que no se acaba, una noche que no es noche, un momento en un reloj del norte?

miércoles, 9 de marzo de 2016

Sueños de luna


SUEÑOS DE LUNA

Bajo la nana de estrellas
la voz de la noche acuna 
a su pequeña luna.

Aún parpadea la luna
sin querer ceder al sueño 
y escucha la nieve blanca
que con suavidad la llama. 

Sonámbula, la luna deambula.
Escapa del firmamento
y vuela en alas del viento
por la pendiente nevada. 

Duerme la niña luna
y sueña con que se arropa
con copos cálidos de pluma. 

Se nubla la noche sin luna
que yace bajo una manta
tejida en flores de invierno
sobre un lecho de montañas.

Un copo de nieve
y un halo de estrellas
prenden a la fugitiva luna
en su nube de blancura. 

En calma la noche mece
a la luna que no duerme.

jueves, 18 de junio de 2015

Marina

En un lugar muy lejano, más allá de donde nacen las olas, existe una región submarina protegida por una una gran barrera de coral tras la cual se esconde un mundo mágico. En su rincón más recóndito, en el fondo de un remanso resguardado por grutas y rocas, se encuentra el reino de las sirenas. Al traspasar las fronteras de ese enclave encantado, suena una melodía tan dulce que los que la oyen enloquecen. Hechizados por el sonido embrujado, se pierden al pretender descubrir su origen. Es aquella una búsqueda vana, la caza de un espejismo. Los marineros que en su persecución alcanzan los confines del océano tan sólo hallan resplandores sobre el agua. Ignoran que esos destellos son los cuerpos de las presas que tanto ansían.

Las sirenas se camuflan entre la luz del sol y de la luna hasta fundirse con el mar. Nacen amatistas en la bruma del amanecer y la intensidad del sol de la mañana las convierte en nácar, turquesa y esmeralda. Se oscurecen como zafiros en la tarde y se encienden de oro y bronce al atardecer. En el ocaso dan paso a vestidos de lamé de plata y acero que se cubren de lentejuelas azabaches con las estrellas. Se transforman en el curso de un instante, con cada fugaz reflejo y con las volubles sombras.

Sin embargo hay una sirena que nunca cambia, Marina, la sirena blanca. Su cuerpo albino de nácar siempre brilla del mismo modo sobre el agua, como el centelleo del sol o de la luna sobre un resto de espuma. Al contemplar los colores de sus hermanas, Marina intenta imaginar destellos irisados en sus escamas. Se rodea de la bruma de las olas, se envuelve en una ilusión de gotas de rocío que flotan a su alrededor como un delicado velo salpicado de matices, mas su cuerpo níveo refulge en en el centro y ciega con su blancura los reflejos.

Marina estudia intrigada las variaciones del mar y el cielo a lo largo del día. Examina las gotas de agua que rompen la luz en frágiles arcoiris y busca en ellas el secreto oculto de los colores. Observa que las intensas tonalidades de las puestas de sol se apagan tras ocultarse la estrella en un crepúsculo gris de claro-oscuros y penumbra. Un día decide perseguir al astro para encontrar la fuente de color que, seguro, esconde. Y así, desde la salida del sol hasta el ocaso, Marina sigue sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Finalmente, el sol se hunde y la sirena se da por vencida. Está perdida. Vaga desorientada en el océano hasta que, una tarde, el fondo pierde profundidad. El agua se torna turquesa y las olas rompen contra una extensión de arena suave y cálida.

A pie de playa, un pintor proyecta un cuadro. Sin moverse, contempla el paisaje e imagina matices para su obra. Intenta captar el mar, fugaz pese a su inmensidad. Crea texturas en su paleta, mezcla polvo de gemas y pigmentos con agua y arena. Traza pinceladas febriles en el lienzo para imitar los reflejos. Una y otra vez confunde el compás del momento. La marea se retira y los secretos del océano se escapan.

Marina, invisible entre la espuma, le observa. Estudia fascinada sus movimientos, sin perder detalle. El pintor mira su obra: las pinceladas blancas que iluminan el agua, los trazos irregulares que le dan movimiento. Levanta la vista de la pintura y contempla el mar. Sus ojos se llenan de lágrimas. Desalentado, deja caer la tabla.

El pintor se aleja. La sirena se aproxima. Recoge el cuadro. Cautivada por los tonos dibuja los contornos con sus dedos y su piel se impregna de la pintura aún fresca. Su piel se tiñe y su corazón se encoge. Sube la marea. El agua disuelve lentamente los colores de la pintura mientras Marina admira los pigmentos de su mano.  Antes de que se borre por completo, saca el cuadro del agua. Escoge una de las escamas de su cola y la desprende. Tal y como ha visto hacer al pintor, la muele entre dos rocas y espolvorea la tela con una nube blanca de partículas invisibles. Separa un mechón de su cabello, tan claro y radiante como un rayo de sol. Lo envuelve en coral y lo transforma en un pincel que coloca junto a la obra.

El pintor regresa al amanecer. Mira el cuadro y su rostro se ilumina. Inspirado, pinta sobre la tabla impregnada del nácar de la sirena blanca. La luz baila en el agua, la misma luz que el pincel plasma sobre la tela y que atrapa la esencia del océano y revela sus secretos. En el lienzo, una sirena se adentra en el agua. Desde la orilla, un pintor la observa con un pincel de claridad en la mano.

martes, 16 de junio de 2015

Urso en la luna

Había una vez un osito que llegó a la luna. El problema es que no sabía cómo. ¿Qué había sucedido? Lo último que recordaba es que se había quedado dormido entre los brazos de Jaime, su compañero de correrías y juegos. Había cerrado los ojos acunado por los sonidos de su respiración, hasta ahí no había nada raro, cada noche ambos se dormían para despertar dentro del sueño y vivir juntos grandes aventuras, sin embargo, en esta ocasión, algo había ido mal. Al abrir los ojos, el osito descubrió que aún era noche cerrada y que se encontraba en la luna, completamente solo, sin su inseparable Jaime. Al muñeco aquello no le gustó. No es que estuviese asustado, en absoluto, era un oso muy valiente. Su temor era otro: ¿qué ocurriría si su pequeño amigo sufría una pesadilla y él no estaba allí para defenderle? El pobrecillo pasaría mucho, mucho miedo. ¿Y si se despertaba y no le encontraba a su lado? Seguro que el chiquillo se pondría muy triste. Tenía que regresar antes de que ocurriera algo horrible. ¿Y si?... No, no y no. Eso sería demasiado terrible, el osito tembló ante la idea, pero no pudo quitársela de la cabeza... ¿Y si Jaime también había desaparecido? Miró alrededor por si acaso el niño andaba cerca pero la noche era demasiado oscura y, en medio de la negrura, apenas se veía nada.
- ¡Hola! - llamó. -¿Hay alguien ahí?
Nadie le contestó. Esperó. Dejó que sus ojos se acostumbraran a la luz de las estrellas.
-¿Habéis visto a mi dueño?-les preguntó. Las estrellas parpadearon. -¿Sabéis si está por aquí? -insistió el osito. Las estrellas guardaron silencio. -Quizá no sepan hablar, o quizá es solo que están demasiado lejos -reflexionó el osito.

La luna era ¡tan grande!. Si él había aparecido sobre ella, debía de haber alguien más. Era lo lógico, lo extraño sería que él fuese el único en semejante situación. ¡Ojalá no se tratara de Jaime! No deseaba que el chiquitín anduviese tan lejos y, mucho menos, solo. El osito decidió dar una vuelta para investigar mejor la zona. ¿Por dónde empezar? Un lado del astro estaba a oscuras, por allí no se distinguía nada y se perdería más de lo que ya estaba. Si Jaime también estaba en la luna, seguro que no era allí, no le gustaba la oscuridad. Su mamá lo sabía y siempre dejaba encendida una lamparita al lado de la cuna. Seguro que la luna también lo sabía y habría tenido cuidado de no dejarle en tinieblas. A fin de cuentas la luna era el farol de la noche, la que evitaba que el mundo se hundiera al final de cada día entre las tenebrosas sombras. Iría hacia la zona iluminada.

El camino no parecía fácil, para llegar a su destino, debía cruzar antes una cordillera inmensa. Nunca se habría imaginado que la superficie de la luna fuera tan montañosa. Vista desde la ventana de su dormitorio parecía una perla, blanca y lisa. Bueno, al menos desde la cumbre de aquellos picos disfrutaría de un amplio panorama, se consoló Urso. Con esas vistas no le costaría trabajo encontrar a Jaime.

El osito emprendió la marcha. No había sendas trazadas pero, afortunadamente, el trayecto hacia las montañas no ofrecía dificultades sino que se limitaba a cruzar una hondonada amplia y llana como el lecho del mar. El fondo estaba cubierto de un polvillo blanco que se levantaba a cada paso y brillaba como pedacitos de estrellas de cristal. No se entretuvo a admirar el paisaje aunque sí que lo escudriñó en busca de su amigo. No había nada. La luna parecía estar vacía. El osito caminó deprisa a través del singular desierto, el tiempo no le sobraba, debía alcanzar cuanto antes las montañas.


Vistas desde la base, las montañas eran enormes, mucho más altas de lo que calculaba y también más empinadas. Le alegró disponer de garras, nunca las había usado hasta entonces, jamás le habían hecho falta. A mamá no le habría hecho ninguna ilusión descubrir sus huellas marcadas en las puertas. Comprobó su estado: eran fuertes y tan afiladas que se clavaban incluso en la roca. Funcionaban estupendamente y gracias a ellas escaló con rapidez las resbaladizas laderas de piedra lunar. ¡Brrr! ¡Qué frío hacía en la cumbre! ¡Qué suerte contar con un buen abrigo de peluche para protegerse! No se había equivocado, desde allí la vista era magnífica. Guiñó los ojos y se esforzó en localizar la ventana de Jaime. A esa distancia apenas era un punto diminuto en mitad del cosmos, pero eso no importaba: la reconocería hasta con los ojos cerrados. ¡Sí! ¡Ahí estaba! Repasó uno a uno los objetos del interior de la habitación. Al cabo de un rato, entrevió el reflejo de los cabellos del niño bajo la luz de la lamparita.
-¡Ufff! ¡Menos mal! ¡Está en su cuarto y sigue dormido! -suspiró el osito, mucho más tranquilo.

Encontrado el infante, ya solo tenía que preocuparse por volver. Si había subido hasta allí, existiría un modo de bajar, razonó. Era evidente que la única ruta era a través del espacio aunque, por desgracia, a la luna se le había olvidado transportarle junto con una nave espacial. No debía de ser imprescindible para el viaje, pero le habría facilitado mucho las cosas. Tendría que apañárselas. ¿Sería difícil volar? Cuando Jaime le sujetaba, no resultaba en absoluto complicado. Alguna vez le había lanzado por los aires y había volado sin agarres, aunque también es cierto que se había pegado más de un batacazo. Sin embargo, al ser blandito y de peluche, nunca se hacía daño. Lo intentaría. Saltó con todas sus fuerzas y se elevó en el aire. ¡Qué gran salto! El suelo estaba cada vez más lejos. ¡Lo había conseguido! ¡Volaba! ¡Sí!¡Sí!... ¡Oh, no, no! ¡Estaba cayendo! Desesperado, agitó las patas como un pájaro para elevarse de nuevo, pero sin éxito. Rebotó en la montaña y tuvo que agarrarse con uñas y dientes para no rodar ladera abajo. El osito se sentó en la roca, entero pero frustrado. Tendría que pensar en otra estrategia. Aún desde el punto más alto de la luna, saltar no bastaba: necesitaba impulsarse.

La cima de la montaña estaba vacía y el osito inició el descenso por lado contrario al del ascenso. Un valle resplandecía al fondo, era de allí de donde provenía la luz que había visto al principio. Al acercarse descubrió que lo ocupaba un bosque inmenso. Las copas de los árboles se perdían en la nube de luz que las envolvía con su claridad de plata azulada y, tanto sus troncos, como el suelo, estaban revestidos de florecillas diminutas y tan blancas como copos de nieve.

- ¡Qué preciosidad! - exclamó el osito.
- Me alegro de que te gustemos -le respondió una voz con muchos ecos.
Sorprendido, miró a su alrededor. ¿Quién había hablado?
- ¡Hola! -saludó. -No te veo. ¿Dónde estás? ¿Quién eres?
- ¡Hola! Mira a tus pies y nos verás. Somos las flores del bosque lunar.
El osito hizo lo que le decían.
- Encantado. Yo me llamo Urso y soy un osito de peluche que quiere regresar a su hogar.
- ¿Un muñeco? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- No lo sé. Estaba dormido cuando sucedió y no me enteré de nada. Me desperté y aquí estaba. El problema es que no sé qué hacer para volver a la Tierra.
- Nosotras iremos a la Tierra en primavera. Podrías acompañarnos - le invitaron.
- No, es demasiado tarde, debo regresar antes de que amanezca o mi niño se preocupará si no me encuentra. He intentado saltar pero necesito ayuda, yo solo no puedo.
- Nosotras te ayudaremos encantadas -se ofrecieron las flores. -Dinos qué hay que hacer.
- ¿Me empujaríais para ganar impulso?
- Por supuesto.
-¿No os aplastaré?
- Descuida, no corremos peligro - y, para demostrárselo, las flores se despegaron del suelo y volaron como mariposas hasta posarse sobre él.
- ¡Oh! ¡Es genial!
- Ahora salta y te empujaremos.
Urso obedeció. Las flores tiraron y tiraron de él para arrastrarlo pero solo consiguieron erizarle el pelo. El osito se rio al caer.
- ¡Qué cosquillas!
- Lo sentimos - se disculparon las flores.
- ¡Oh, no! Eran unas cosquillas muy agradables. ¿Probamos de nuevo?

El osito saltó tan alto como pudo. Las flores acudieron en tropel desde todos los rincones del bosque para elevarle aún más, pero el resultado final fue el mismo.
-¡No tenemos suficiente fuerza! - se quejaron las flores.
- No es culpa vuestra, aún en la luna peso demasiado.
Urso miró hacia arriba y eso le dio una idea.
- Quizá me podría lanzar desde la copa de los árboles. Seguro que encuentro una rama en la que balancearme  y ganar suficiente impulso antes de soltarme.
- Nosotras iremos contigo por si nos necesitas.
Las flores se agarraron al pelaje del oso mientras éste trepaba, agarrado a raíces y lianas, por el tronco más alto de todo el bosque. No tardó en llegar al punto en el que las ramas se unían con las de los árboles vecinos en una fronda enmarañada de hojas plateadas sobre las que se reflejaba la luz azul de la noche.
- Nunca hemos subido hasta aquí. Está muy alto. ¿No te da miedo? - le preguntaron las flores.
- Un poco -confesó Urso, que procuraba no mirar hacia abajo. El suelo quedaba muy lejos.

El osito avanzó con mucho cuidado, el tronco era cada vez más fino y tenía que tantear la firmeza de las ramas antes de apoyarse en ellas y apartar las hojas que le tapaban la visión. Aunque su idea era lanzarse al vacío, no deseaba caer antes de tiempo. Los brotes se le enganchaban en el pelo y le daban tirones. Las flores se esmeraban en desengancharlos sin dañarlos. La progresión era difícil y mucho más lenta.

De repente la rama que lo sostenía se partió. El osito perdió pie. Empezó a caer. Agitó los brazos para agarrarse a la maraña de ramas pero todas se quebraban bajo el peso de su cuerpo. Las flores le tiraban del pelo pero sus esfuerzos no servían de nada, no lograban frenar su caída. El muñeco estaba asustado, desde esa altura se iba a hacer mucho daño.

Miró hacia abajo. Mala idea. El suelo se acercaba a toda velocidad, aún estaba muy lejos pero no lo suficiente. Cada instante era eterno y, sin embargo, aún así resultaba demasiado corto. Las copas de los árboles brillaban cada vez más. La luz parecía moverse. Un fogonazo le deslumbró. Cerró los ojos para protegerse. Por un instante, todo se detuvo.

¿Un instante? No, en realidad, cuando el osito abrió los ojos se encontró colgado en el aire. Estaba en el interior de una enorme burbuja brillante. ¿Qué ocurría? La luz era demasiado intensa, tanto que apenas podía distinguir nada. Guiñó los ojos y miró entre los párpados entrecerrados. Poco a poco identificó el origen de la luz. ¡Eran luciérnagas!
- Gracias - les dijo. -Me habéis salvado.
Uno de los insectos abandonó su posición y voló junto al muñeco.
- ¡Hola! Soy Lucía, -saludó.- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
- Soy Urso, un muñeco de peluche. Intento regresar a mi hogar, pero parece que no es posible.
El pobre osito no pudo contenerse y se puso a llorar.
- No estés triste - le consoló la luciérnaga. - Lo que ocurre es que necesitas unas alas como las mías. ¿Ves? - y las estiró para mostrárselas.
El muñeco las observó esperanzado. Luego se miró los brazos y la espalda y las lágrimas regresaron.
- ¡Yo no tengo alas!
- ¡Pues construiremos unas! Aunque antes necesitamos subir por encima de los árboles. ¡Espérame! Ahora vuelvo.
Urso asintió, no tenía intención de irse a ningún lado. Lucía regresó con sus compañeras y la esfera se elevó en el aire. El osito contempló su trayectoria con aprensión. ¿Cómo iban a superar la maraña de ramas? Se le antojó imposible. La esfera se rompería y él caería de nuevo al vacío. Sin embargo no sucedió nada de eso. Enseguida descubrió el motivo: las ramas se apartaban a su paso para facilitarles el camino. ¡Qué fácil resultaba la ascensión dentro de aquel ascensor improvisado!

Por fin llegaron a su destino. La burbuja se abrió a sus pies como una alfombra mágica. Lucía se acercó a él.
- Ahora debemos buscar las ramas más finas con hojas bien grandes para tejer tus alas.

La alfombra se desplazó sobre las copas y Urso cortó con cuidado las ramas que Lucía le indicaba.
- Perdón - le pedía a cada árbol.
- No te preocupes muchacho - le respondió un inmenso roble. - Hace tiempo que necesitaba una buena poda.
- ¡Hola! -saludó el osito sin permitir que la sorpresa afectara a sus buenos modales.- Soy Urso.
- Yo soy Robur - se presentó el árbol. - ¿Me harías el favor de recortarme un poco por los lados? Estoy tan enganchado a mis vecinos que soy incapaz de sacudirme. Tanta estrechez resulta incómoda.
- Por supuesto.
Lucía fue a avisar a sus compañeras y el muñeco se entregó a la tarea con entusiasmo.
- ¡Ejem! -carraspeó un árbol cercano, un gigantesco abedul de grandes hojas plateadas. - Cuando termines... ¿Te importaría limpiarme un poco?
- Bet, no abuses del chico -protestó Robur.
- No entiendo por qué no he de disfrutar yo también de un buen acicalamiento. Falta me hace. Estoy harta de vivir siempre enredada.
- No se preocupe, no es ninguna molestia -intercedió el improvisado jardinero. -Ahora mismo me ocupo de usted.
Cuando el muñeco terminó, los dos árboles agitaron sus ramas aliviados.
- Gracias muchacho. ¿Cómo podemos devolverte el favor?
- No se preocupen, ya lo han hecho. Necesitaba ramas y hojas para tejerme unas alas como las de las luciérnagas y ahora tengo más que suficientes.
- En todo caso, si no bastasen, no dudes en venir a por más.
- Así lo haré. Muchas gracias.

Urso dispuso su material sobre la alfombra de luciérnagas. Lucía extendió sus alas para que le sirviesen de modelo. El muñeco trenzó las ramas y cubrió los huecos con las hojas. Estudió el resultado final. No estaba mal, se asemejaba bastante al original, salvo en el tamaño. Lucía las revisó y les dio el visto bueno. ¡Estaban listas! El osito se las colocó en la espalda, las hojas se agitaron y le alzaron por el aire.
- ¡Funciona!
Se elevó un poco más. Las alas no solo funcionaban sino que volaban solas.
- ¡Muchas gracias! ¡Adiós! - se despidió.
- Ten cuidado - le recomendó Lucía, al verle alejarse. - No te despistes, que la noche es muy oscura y te perderás.
El peluche no oyó el consejo de la luciérnaga. Las alas le conducían a toda velocidad a través del cielo nocturno. ¡Se sintió feliz! Enseguida estaría en casa. ¿Cuánto faltaría? Miró a su alrededor y se asustó. Iba tan rápido que no distinguía nada. La luna era un reflejo blanco cada vez más lejano. La oscuridad le rodeaba. Quiso dar la vuelta para regresar a la luna. Cambió de dirección pero su nueva ruta no le acercó al astro. Intentó girar de nuevo, sin éxito. Su situación era cada vez peor. Estaba perdido en medio del espacio y no sabía controlar sus alas. ¿Qué podía hacer?
- Ayudadme - le pidió a las estrellas que pasaban a su lado fugaces como ráfagas.

Un rayo de luz surgió de la luna. Era un destello deslumbrante y aún más veloz que el muñeco. ¡Qué deprisa se acercaba! Sin embargo el osito no se inquietó. Había reconocido a sus amigas, las luciérnagas, que acudían a rescatarlo. En un instante se vio envuelto en su esfera brillante y oyó la voz de Lucía.
- ¡Tranquilo! ¡Nosotras te guiaremos!
Las luciérnagas movieron sus alas y el osito divisó al fin la ventana de su dormitorio. El camino se iluminó, tan largo y fino como un hilo de luz infinito. El osito siguió la senda de las luciérnagas hasta alcanzar su final, en la mismísima lamparita de la habitación de Jaime. Se dio la vuelta para despedirse. Un rayo de sol entró por la ventana y le obligó a cerrar los ojos.
- Gracias - murmuró mientras apoyaba la cabeza en al almohada y se quedaba dormido. Estaba rendido.
Cada mañana, un rayo de sol entra por la ventana para dar los buenos días a Jaime y al osito. 

sábado, 23 de mayo de 2015

El beso de la luna

The sunlight claps the earth, and the moonbeams kiss the sea: what are all these kissings worth, if thou kiss not me? Percy Bysshe Shelley

Amanece. La aurora matiza el sol que nace en el silencio azul de la noche. Los rayos se filtran a través de la neblina y, al deslizarse sobre las copas sonrojadas de los árboles, alfombran de oro el bosque dormido. El astro emerge despacio. Al rozar el mar, el agua se llena de destellos; son las sirenas que regresan a las profundidades. Las olas deshacen el silencio de la laguna nocturna e inician su viaje hacia la costa. Los sonidos se enardecen, las mareas se abren y chocan con las rocas al desperezarse.

Selene contempla la luz. El amanecer la debilita. Sabe que el sol ansía compartir el cielo con la luna, convertirla en su reina y señora. El poderoso astro estira sus rayos sigiloso, se asoma para atisbar durante un instante a su amada, antes de que ésta le descubra y se escabulla de su abrazo. Se eleva poco a poco, sin llegar perder por completo la esperanza. La luna palidece. Los colores brotan. La vida despierta. La luna de alabastro se desvanece y Selene con ella. 

Sin darse por vencido, el sol la persigue. A modo de vigía, viaja por el cielo, concentrado en su búsqueda. Recorre el firmamento y recubre con su fuego incandescente la bóveda celeste. Al llegar al horizonte, extenuado, envía un último rayo con su mensaje. La luz se oculta en las sombras. La luna, temerosa, se asoma con cautela bajo la penumbra del sol dormido. Ilumina con reflejos de nácar el cielo, las estrellas, los cometas y reparte sueños sobre la tierra, entre las pequeñas casas encaladas, los blancos palacios de mármol, los rostros de los niños y de los enamorados. Disfruta al deslizarse sobre los bosques cubiertos de nieve, sobre el rocío escarchado de la hierba. Con la llegada de la aurora su aparente calma se altera y busca un refugio para resguardarse.

Cada mañana, al levantarse, la estrella se enciende en llamas en pos de su amada. La luna desaparece y escapa de esa pasión abrasadora. Día tras día, el astro dorado persevera. Se resigna con apenas entrever la esquiva perla que, noche tras noche, brilla serena entre las estrellas. 

La luna huye y el sol la sigue. La tímida luna se oculta de día y, a veces, también de noche. La secuencia se repite, cíclica, inalterable. La estrella se agota, apenas llega a alzarse hasta su cenit y, fatigada, se retira más temprano cada tarde. Su amada, confiada, sale cada día antes y, en ocasiones, aún cuelga transparente, casi invisible, en la claridad de la mañana. 

El cielo se empaña con el vaho del viento. Son nubes, frescas, suaves, casi como espuma de mar, pero dulces, sin su sal. Son formas vaporosas que se unen unas con otras, sólo alguna estrella escapa fugaz entre los huecos. Las sombras ascienden. Llueve. Envuelta entre nubes, la luna contempla el mundo cubierto por la pátina de humedad. Es una lluvia fina, constante. Los rayos de sol se filtran entre las gotas y un arcoiris se pinta sobre el cielo. Un segundo arco, más débil, corre paralelo al primero, ¡y aún surge un tercero! La luna permanece en suspenso, fascinada por la belleza del velo que recubre el gris del cielo. Los colores se transforman: rubí, ámbar, topacio, esmeralda, aguamarina, zafiro, amatista.

El sol, con sus rayos revestidos de infinitas gotas de agua, se acerca para abrazar a su amada. Al notarla temblar bajo su roce, la estrella se eclipsa en un intento de no parecerle una amenaza y conseguir vencer su miedo. Poco a poco, muy despacio, la rodea con la corona de su aura. La perla se esconde en la penumbra de su halo. El sol, clemente, la libera de su lazo y la deja escapar con pesar. Conmovida, la luna le acaricia con un beso de claridad. El sol arrebolado corresponde a su beso con un rayo de su luz más blanca y delicada. No obstante es tarde; su amada ha huido y es la tierra la que lo recibe, con los vestigios del arcoiris y el pálido reflejo del beso lunar.

El último resplandor de aquel abrazo se posa sobre un claro y engendra sobre el suelo una criatura mágica, un ser hecho de luz de plata. Una sacudida de sus finísimas crines convierte su figura en un haz de destellos de luna. Sobre su frente, la punta de una estrella brilla con el hechizo de un beso de cuento.

jueves, 7 de mayo de 2015

La Dama de la Luna


Hace mucho, muchísimo tiempo, en un lugar mítico y lejano, existía una diosa de fuego, roca y lava. Su nombre era Deneb.

Deneb era implacable. Ejercía sobre sus dominios una tiranía violenta y despiadada. Los bosques de su territorio habían perecido abrasados. La vida había muerto o huido y la tierra devastada no era más que un desierto de cenizas. Durante el día, una nube de humo oscurecía un sol tan pálido que, a duras penas, iluminaba una escena gris y desoladora. Solo por la noche, bajo la serena luz de la luna, se mitigaba el dolor del paisaje. La claridad plateada del astro le confería una calma de la que, en realidad, carecía. La osada luna, condensada en su Dama, cicatrizaba las heridas de la tierra y preservaba sus semillas de vida. Con cada uno de sus cuidados se avivaba la ira de la destructiva diosa.

Atrapado en el rigor de ese mundo, vivía Zohr, un dragón negro, esclavo de Deneb, el único de su especie que no había logrado escapar. La diosa lo mantenía prisionero a través de un maleficio engastado en las escamas que lo recubrían, una coraza de sombras forjada por ella misma. No obstante, a pesar de su vasallaje a la deidad de las tinieblas, el corazón apasionado del dragón le pertenecía en secreto a Selene, la Dama de la Luna. Una noche inolvidable, a través de un rayo de luna, Zohr había sorprendido la figura de la Dama. No fue más que un soplo de aire fresco, una aparición velada, aún más etérea que un sueño. Sin embargo, el recuerdo de aquel instante quedó grabado a fuego en el corazón del dragón, que rememoraba a escondidas la silueta de su amada mientras la esculpía con suspiros de humo.

En la larga noche del solsticio de invierno, la luna llena bañaba la tierra con un halo de hielo. En el desierto refrescado por la escarcha, Zohr velaba el astro y anticipaba el momento del roce de sus rayos sobre su cuerpo. El haz de luz se acercaba. Sus músculos se tensaron. Cuando el brillo se reflejó en sus escamas, el dragón se estremeció. La excitación le inflamó. El aire se saturó de chispas de magia. La claridad relumbró cegadora y bajo su resplandor se reveló la imagen cristalina de una mujer, una figura sublime e intangible, Selene. El dragón contempló a su amada con el corazón henchido de felicidad, sin osar respirar por miedo a despertar. Sus latidos se aceleraron y todo su ser vibró bajo la fuerza de su pasión. La Dama posó sus ojos grises sobre aquella criatura palpitante de adoración. Sus miradas se cruzaron y el fuego que abrasaba el corazón de Zohr derritió las barreras de la Dama. Presa de la turbación, Selene tocó con su mano la frente febril de su enamorado. El contacto templó su fuego y el roce de los dedos dejó grabada la impronta de una estrella de plata.

Al acariciar la coraza de Zohr, Selene notó el escudo de dolor que le aprisionaba y comprendió que, a pesar de su rigidez y su dureza, aquella coraza no bastaba para contener su espíritu. Sorprendida por la entereza de aquel ser sometido, pero aún poderoso, subió sobre su lomo. Ambos levantaron el vuelo, se deslizaron en el viento tan livianos como la sombra de una nube. Bajo la belleza del cielo estrellado, la Dama y su dragón dibujaron estelas sobre el firmamento.

Al despuntar los primeros destellos de la aurora, Selene besó con tristeza la frente de Zohr. El amanecer marcaba la hora de la despedida. La Dama recogió los últimos reflejos de la larga noche del solsticio y se atenuó entre ellos.

Deneb había descubierto a su enemiga. La había visto despedirse del dragón y se sentía furiosa ante la deslealtad de su cautivo. Ya se ocuparía de la bestia. Ahora tenía la oportunidad de destruir a la Dama, debilitada por el alba. Al vencerla, la luna perdería su espíritu y se tornaría vulnerable. Se apagaría su resplandor y la noche se sumiría en la oscuridad más profunda.

La diosa golpeó la tierra y dio rienda suelta a su cólera. El suelo se abrió bajo el impacto. Sus entrañas se alzaron en una columna de roca y fuego. El humo, denso de cenizas, cegó a Selene. La Dama buscó protección tras el tenue escudo de la noche. La columna de roca se plegó sobre ella en una inmensa montaña. La luna tembló en el cielo.

Al notar el temblor, el dragón supo que su amada estaba en peligro. Su furia contenida durante siglos entró en erupción. La estrella de su frente se iluminó. Un rayo de plata encendió sus escamas y la coraza que lo esclavizaba estalló, reventó en un sinfín de añicos. Transformado en un dragón de luna, blanco y majestuoso, levantó el vuelo. Con su aliento de llamas glaciales atacó los ríos de fuego que arrasaban la tierra. La lava se congeló. El hielo hendió las grietas de las rocas. Las fisuras se dilataron, la tierra se fracturó y la montaña se abrió. Zohr recogió a Selene con sus garras y huyó con ella. ¡Eran libres!

En un esfuerzo desesperado por atraparles, Deneb sacudió la tierra. El suelo ondeó con la intensidad de la sacudida. La montaña se elevó para, a continuación, hundirse en una falla. El volcán se desplomó en el interior de la sima. Un alud de lodo, fuego y rocas arrastró a la diosa oscura; la fuerza del seísmo la arrojó al abismo. Deneb se convirtió en prisionera de su montaña derruida. La piedra cristalizó y la deidad quedó sepultada en una tumba de diamante.

Zohr se posó con Selene sobre la tierra arrasada: un desierto árido de bosques calcinados. Al fundirse la escarcha, el rocío cubrió el suelo reseco. Las gotas despertaron viejas semillas adormecidas. En el cielo, el alba se desvanecía bajo el resplandor de la aurora. La luna envolvió a la Dama con su halo y el sol refulgió sobre las escamas heladas del Dragón. El reflejo de los dos astros convergió en un rayo de oro y plata que iluminó la mañana. La silueta de un dragón ardiente de sol y una dama argéntea de luna se recortó sobre el cielo del amanecer.

Aún ahora, en las noches de solsticio, la Dama y su dragón se escabullen de su refugio celeste y dibujan sobre el firmamento la estela de un cometa que baila fugaz entre las estrellas.

domingo, 3 de mayo de 2015

La caracola silenciosa

 LA CARACOLA SILENCIOSA

El reflejo de la luna ilumina la espuma al romper contra la orilla helada. Bajo el lecho del océano, una caracola recoge la cadencia de la marea, el silencio de la luz, las pausas entre olas y la quietud del hielo que cubre la arena. Está rajada y, a través de su fisura, el rumor del mar se escapa. El sonido se pierde y su voz se desvanece.

Una sirena, vestida de noche, de cabellos blancos de luna y cuerpo de estrellas de ónix, lanza conchas que saltan sobre las olas y salpican gotas que burbujean antes de hundirse en el mar. La caracola, muda, contempla a la sirena. ¡Hasta sus cabellos cantan con ondas de brisa sobre el agua! Por un instante sueña con ser como ella y resonar con la voz del viento. ¿Cómo sería notar el cosquilleo de la música al filtrarse a través de ella? La caracola se estremece de esperanza con el sueño de esa nota, y de añoranza ante su ausencia.

El silencio se hace denso con la noche, pesa dentro y fuera de la caracola dormida. Llega la calma de la oscuridad previa a la aurora. El tiempo se enlentece, se detiene al alba y se reanuda con el día.

Los primeros rayos de luz se filtran tímidos entre nubes de gasa. La sirena despierta cubierta de amatista. Un velo de bruma cubre el agua y amortigua la marea que arrastra a la caracola. La sirena la recoge y percibe el silencio que la llena. La acaricia dulcemente y palpa las ondas de nácar rotas por una grieta invisible.

La sirena canta. Su voz se refleja en las espiras pero la melodía se cuela entre sus dedos y desaparece. El sonido enmudece. La caracola permanece silenciosa.

La sirena se disuelve, se balancea en la cresta de las olas y se sumerge hacia el fondo del océano. Sus cabellos se tiñen de agua de plata y de oro de sol. No es más que un reflejo de luz en el océano, una ola que arrastra a la caracola. Su cuerpo es una corriente, un remolino que dispersa bancos de peces.

La sirena avanza mar adentro. Cuando se cansa, busca una manta en el fondo de arena. Al caer la tarde se asoma de nuevo entre las olas para saltar con un grupo de delfines. A ratos no es más que otra ráfaga de viento que riza el mar.

El sol se pone y la sirena, de piel de bronce y cabellos de rubí y cobre, nada hacia el horizonte. Llega al lugar donde se recoge el último rayo del día y resbala por el haz hacia las profundidades. La luz se hunde hasta detenerse en el tridente de Neptuno que guarda el sol durante la noche para evitar que abrase a la delicada luna. La sirena engarza la caracola sobre un diente y hace vibrar el tridente. El mar explota en música. Las notas percuten sobre el agua, se deslizan sobre el fondo. La caracola resuena y recoge los sonidos. Su concha de nácar se enciende cubierta de ondas, se expande como el océano y guarda el ruido del mar en su interior.

La caracola tiembla, gira, ondula, se ilumina. El sonido la rodea, se diría que la sostiene. La música la llena, la colma y rebosa, hasta que, finalmente, la transforma. Como en una danza se desenroscan sus espiras y, al liberarse, se cimbrean y se estiran con las ondas de una cola. La espuma la envuelve en una cascada blanca y la rodea en una larga cabellera. Su cuerpo nacarado brilla y estalla en miles de estrellas, en millones de escamas de luz. En medio de una tormenta de burbujas, se lanza impulsada por su aleta de delfín. Asciende en medio de un torbellino vertiginoso y su figura se funde con las corrientes de agua y rompe los bancos de peces. Canta... Canta y la música templa su hermosa voz de sirena.

domingo, 26 de abril de 2015

Noche de luna

Las noches de luna llena en las que el mar duerme tranquilo, el agua lisa se convierte en un viejo espejo de azogue en el que la Dama de la Luna baja a contemplarse. Al agitar el agua con la punta de sus dedos, el contorno del astro se expande en suaves ondas. El movimiento impulsa la brisa y se diluyen las fronteras entre el océano y la orilla. Esas noches el agua y el aire se confunden entre sí. Mientras las sirenas nadan hacia la costa, la Dama de las Aguas asciende hasta encontrar la figura de su hermana sentada en el borde de la laguna remansada en la que brilla el reflejo de la luna. La forma luminosa y plateada de Selene se funde con la figura cristalina, de agua y de sal, de Marena. Ambas se dejan mecer por las aguas y se bañan en la luna. La brisa levanta gotas de luz blanca que viajan por los rayos hasta rellenar los mares y los cráteres del satélite. La luna se cubre de nácar para convertirse en la perla del cielo.

Amanece. La aurora matiza el brillo del sol que surge entre el silencio azul de la noche. Los rayos dorados, suaves como una caricia, se filtran lentamente entre la fina neblina del alba. Ascienden sobre la tierra y alfombran de oro el bosque dormido. Se deslizan sobre las copas de los árboles arreboladas bajo su roce. El astro emerge despacio. Roza el mar y el agua se llena de destellos, son las sirenas al regresar. Marena se despide y, al sumergirse, las olas rompen el silencio de la laguna nocturna e inician su viaje hacia la costa. Los sonidos se enardecen, las mareas se abren y chocan con las rocas al desperezarse.

Selene contempla la luz por un instante. El amanecer la debilita. Sabe que el sol ansia compartir el cielo con la luna, convertirla en su reina y señora. Siente como el poderoso astro estira sus rayos con cuidado, le ve asomarse muy lentamente, casi con sigilo, mientras intenta atisbar a su amada, al menos un instante, antes de que ésta se escabulla por completo. Nota como se eleva poco a poco, sin llegar perder por completo la esperanza. La perla de la luna palidece, se funde en un trasluz de alabastro mientras los colores brotan. La vida despierta. La tímida luna se desvanece y Selene con ella, entre el último de sus rayos.

martes, 14 de abril de 2015

Sombras

En el tiempo en el que no existía el Tiempo, entre la nada del futuro universo, dos poderosas diosas combatían sin tregua por conquistar a Altair, el poderoso dios del viento. Alya, reinaba sobre la luz, Deneb sobre la oscuridad y el caos.

Al principio Alya iluminó el vacío del cosmos con su resplandor. Contrariada, Deneb condensó la materia esparcida en el espacio infinito y la modeló en cuerpos opacos para romper con sus sombras la luz de su enemiga. Alya los encendió y se engendraron estrellas de esa misma materia. Deneb contraatacó y, en una vorágine de seísmos y negras tormentas, fisuró la corteza, antes lisa, de los astros y aprisionó su energía en el interior de simas de lava incandescente. La guerra entre ambas diosas creaba y destruía. Se transformaban masa y energía. Su lucha generó no sólo desorden y devastación sino que, fruto de su enfrentamiento, surgieron meteoros, galaxias y nebulosas. Constelaciones inmensas vagaban sin rumbo por el firmamento y, a pesar de la inmensidad del vacío que las rodeaba, algunas colisionaron entre sí. Tras el choque se concentraron en cuerpos celestes de densidad infinita. Incluso la luz era atraída por la fuerza gravitatoria de aquellos gigantescos agujeros negros. 

Alya quiso borrar la presencia de Deneb en el recién nacido universo, aniquilar las sombras y desdibujar los contornos opacos en halos de luz. Sin embargo, al difuminarlas, el espacio perdió nitidez. El brillo de las estrellas se desvaneció. Fue entonces cuando la diosa se dio cuenta de que borrar las sombras entrañaba destruir el cosmos existente. La sincronía de luz y oscuridad era lo que diseñaba aquel mundo de objetos, trazaba los perfiles de sus elementos y proyectaba sus formas sobre el firmamento. Las sombras eran tan solo meras impresiones de esos cuerpos, originadas por la combinación de claridad y penumbra. 

Alya abandonó la lucha. Suavizó su fulgor para proteger a los astros de sus radiaciones y tamizó sus rayos entre partículas de agua y gas para no dañar a los más delicados. Al filtrarse, su resplandor blanco se dispersó en una amplia gama de colores que realzaron la belleza del cosmos. 

A Altair le sedujo el trabajo de aquella diosa creadora. Quedó prendado por la aparición de destellos fugaces e inesperados en el espacio, por la variedad de tonalidades y por la fragilidad cambiante de las imágenes y sus reflejos. La diosa de la luz diseño astros con nuevas formas y matices y Altair trazó rutas de navegación para que cruzaran el firmamento.

Altair y Alya ¡unidos! Deneb se sintió despechada. Se vengaría de los amantes. Arrasaría su mundo. El espacio retumbó bajo la violencia de su ira. Desató su violencia en forma de tempestad. Refulgieron los rayos. Detonaron los truenos. Un océano oscuro inundó el universo de objetos, color y contornos de sombras. La diosa no se conformó con causar estragos en todo lo creado. Aprovechó la violencia cegadora del diluvio para capturar a Altair y sumirle en la profundidad de las tinieblas.

Al faltarle Altair, el corazón de Alya estalló de tristeza. La intensidad de su dolor inflamó el cuerpo de la diosa como una brasa incandescente. Su dolor encendió el agua que ahogaba al dios. La oscuridad se tornó fuego. Un último rayo iluminó a Altair y le señaló el camino hacia la libertad. Navegó hacia la diosa. Sin embargo, antes de alcanzarla, el fuego fundió el corazón de Alya y lo rompió en mil añicos. Sus fragmentos se esparcieron por el universo y lo salpicaron de polvo de estrellas. 

El lamento del dios al perder a su amada sopló desde la orilla de aquel mar inmenso. La superficie del agua se rizó en ondas mientras que el océano se recogía en su lecho. La tierra se secó y las ráfagas de viento tallaron el agua evaporada en nubes de formas fluidas y caprichosas. 

Altair ascendió en el cielo en busca de su diosa. Notó su contacto entre las estrellas. Recogió el finísimo polvo celeste, reunió las partículas en un satélite de plata y lo colgó de aquel cielo estrellado. Con los haces de su luz perlada recreó la imagen de la diosa en una figura etérea: Selene, el espíritu de la luna. 

Altair no se rindió, prosiguió su búsqueda hasta identificar la estrella que había emitido aquel último rayo de luz, el resplandor que le había liberado mientras se hacía añicos el corazón abrasado de la diosa. Sopló con suavidad y arrastró en sus corrientes aquel astro ardiente. Juntos se lanzaron al océano. El brillo de la estrella se multiplicó antes de hundirse en el mar. En ese instante, el resto de las estrellas se apagaron. La noche quedó oculta tras una cortina de luz. El agua opaca se tornó transparente y cristalina. La claridad envolvió el mundo. 

Deneb persiguió la nueva luz para sofocarla pero los vientos de Altair empujaron al astro hacia las profundidades, protegiéndolo tras una cascada de colores de fuego. Al esconderlo, las estrellas reaparecieron. El reflejo de la luna describió una senda misteriosa sobre las olas. La Diosa oscura se alejó derrotada, perdido el objeto de su búsqueda.

A la mañana siguiente, la estrella emergió del agua e iluminó el mundo. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

La leyenda del mar

Este cuento es el prefacio de "Las Perlas de la Sirena", esta tarde sentía que necesitaba sumergirme en alguna leyenda y he optado por compartir esta. Espero que os guste. 


LA LEYENDA DEL MAR


Entre la Mitología del Mar existe una antiquísima leyenda que afirma que, cuando un humano atrapa a una sirena, ésta queda ligada al mundo del mortal y debe abandonar el Océano.

Infinidad de hombres han abandonado sus vidas terrestres en persecución de este mito. Movidos por el impulso de desvelar los misterios del océano, se han hecho a la mar en busca de respuestas. Empero, la mayoría fracasan en su intento. En presencia de las sirenas sucumben bajo el conjuro vibrante de sus cuerpos. Prendados de su armonía, nadan, enajenados, hacia el fondo abisal. Una vez alcanzado su destino, pierden su guía. Ignorantes del secreto que diluye las fronteras entre la vida y la muerte y que, al ser revelado, permite traspasarlas a voluntad para llegar a formar parte de la eternidad de las aguas, miran pero no ven. Vagan sin rumbo, extraviados dentro de un mundo legendario, diferente y desorientador. Luchan por regresar al aire de la superficie y entregan su último aliento en la batalla.

Las sirenas son el mar, figuras que surgen del océano y de la fuerza del viento, de juegos de sombra y de luz y de brillos irisados sobre fondos de arena. Son su espuma, su rugido, su silencio y su misterio. Hablan su lenguaje de sonidos dulces, de ritmos cadenciosos y de vibrantes ecos. Del mar conocen todos sus secretos, saben dónde hallar los tesoros hundidos en sus profundidades y cómo despertar la vida que late entre las rocas.

Las sirenas comparten con el mar su memoria. Carecen de individualidad, no tienen recuerdos propios. Su vida inmortal transcurre en un presente efímero, fugaz, sin conocer otro pasado que el de las leyendas del océano. Las sirenas son aún más esquivas que los destellos de luz fugaz sobre el agua. Al igual que ésta se derrama entre los dedos desde el cuenco de las manos, así escapa la ilusión de su reflejo del abrazo de sus perseguidores. Sólo cuando una de ellas lo elige, puede ser retenida. El precio de su decisión será el de renunciar al Mar para siempre y, con él, a su memoria. Sus recuerdos se perderán en la inmensidad.

Jamás habrá vuelta atrás. El Océano la repudiará: encriptará sus enigmas en un lenguaje desconocido, le arrancará los secretos contenidos en el brillo de sus escamas y le ocultará sus misterios. A cambio, su sombra se hará corpórea, la espuma y la sal se cubrirán de una piel fina e inalterable y sus nuevos cabellos atraparán la fuerza de las corrientes y la luz del día, o de la noche. Para la sirena la eternidad se transformará en un extraño sentimiento: el amor. Por él sacrificará su libertad y su inmortalidad, para unir, de forma irrevocable, su nueva vida a la de su amado.

sábado, 14 de febrero de 2015

El camino de las sirenas

Hubo un tiempo en que la luna aún no existía. La noche cubría el mundo con una oscuridad tan densa que el brillo de las estrellas apenas podía romperla. Al ponerse el sol, el mar se transformaba en un abismo de negrura del que escapaban las sirenas guiadas por la luz tenue de las estrellas. A veces, un astro fugaz caía al océano y las sirenas lo perseguían para colgarlo de nuevo en el cielo antes de que se apagara en el agua. Sin embargo, nunca lo encontraban.

Noche tras noche las sirenas presenciaban impotentes la desaparición de las estrellas. El día en el que se hundiese la última de ellas, se verían atrapadas en las profundidades de un reino de tinieblas. Sin su guía estarían perdidas. Antes de que ese momento llegara, debían hallar la manera de preservarlas.

Una noche tejieron una red de nubes y la extendieron sobre la superficie del agua. La red detendría la caída de las estrellas que se quedarían retenidas en ellas. Sin embargo, eran tan pequeñas que se perdían entre la niebla.

Otra noche las sirenas recogieron uno a uno los reflejos de los luceros sobre el mar y los reunieron en el rincón más recóndito del océano. Crearon un lago de luz con los infinitos destellos. Junto a él, esperaron hasta el amanecer, a que el primer rayo de sol iluminase la neblina. Cuando la bruma se tiñó de blanco, llamaron al viento para que alzara las olas. Se izaron sobre las crestas de espuma y, con cuidado, tiraron del velo de niebla hasta condensarla en una esfera. En el interior guardaron el brillo de las estrellas. Para evitar que la bruma se disolviera, sellaron la esfera con nácar, simulando una perla.

Al caer la noche, cuando las sirenas remontaron la oscuridad del abismo, arrastraron con ellas la inmensa perla. En el lugar en el que el cielo y el mar se funden, surgió la luna. El cielo reconoció en su interior la luz de las estrellas y reclamó para sí la esfera. Sin embargo, la luna no quiso separarse por completo de su lugar de origen y derramó su reflejo sobre el océano. Esa senda hecha de luna, es el camino de las sirenas.

jueves, 22 de enero de 2015

Mar en sueños

El mar duerme. Se oye la respiración apagada de las olas y el aliento de brisa que las agita y rompe sus crestas contra la orilla. Mar adentro hay calma chicha. Es la quietud del reposo sin sueños, del sopor profundo y sereno de recuerdos hundidos en su fondo.

La paz no es más que una tregua. En el cielo hay indicios de que la bonanza no durará; en el horizonte se alzan las nubes de una tormenta de pesadilla.

La noche se cubre de silencio y el aire cargado vibra. Todo se detiene antes de la batalla. En apenas un suspiro se extingue el resplandor de las estrellas y desaparece la luna. El tamborileo de las gotas altera la placidez del agua. El viento arrecia hasta transformarse en galerna. La tempestad se desata. El océano se revuelve y de sus abismos emergen mitos y sueños. Refulge el tridente de los tritones al estallar los relámpagos. Rugen los truenos y crujen las rocas. Al borde de un remolino las sirenas asoman entre fragmentos de furia y espuma. El océano es sombra, montañas de cumbres desafiantes perdidas en medio del temporal e infiernos de abismos sumergidos.

Poco antes del amanecer surge la bruma. Bajo la niebla enmudece el viento. El océano se adentra en el duermevela de antes del despertar. Sueña, se recoge y remolonea con pereza, exhausto tras la tormenta. Se rebela, más no dispone de fuerzas para presentar batalla. Claudica. La noche se rinde al alba.

lunes, 13 de octubre de 2014

Dragón de Sol


El dragón surge del sol, de las nubes de volcán de contornos incandescentes del ocaso, de los últimos rayos del incendio que se detiene justo antes de rozar el mar y de las líneas encendidas que el viento empuja a la tierra y aleja de las estrellas. El dragón se recoge en el último recoveco del cielo, apenas un fragmento apoyado en el océano, un refugio en llamas entre las nubes de fuego y el agua metálica que fraguará sus escamas.


El dragón se desvanece en el crepúsculo. Al llegar la noche se recoge en las profundidades. Desde la superficie se cuela el murmullo de las olas que le llaman, la claridad de la luna le reclama. El dragón abandona su lecho. La marea esboza un sendero hacia la playa, una estela de espuma de nácar y escamas de plata.

El dragón yace sobre la arena, sus placas cubiertas de luz helada. Envuelto en oscuridad y frío, sueña con el resplandor del sol. Buscará el calor perdido en el interior de las rocas y los reflejos del oro en viejos tesoros. Sin el brillo de la luz, sin el ardor de las llamas, la criatura languidecerá en una eternidad de sombras de la que no despertará.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Barco pirata


Entre la bruma, el sol se viste de luna. El cielo y el mar se funden en una maraña gris. Se han diluido las sombras y los sonidos se alejan. El eco desaparece, borrado por el silencio. Se ha detenido el reloj.

Entre jirones de niebla surgen formas fantasmales. Las rocas oscuras se alzan, se agrupan unas con otras hasta sellar la barrera. La cala queda encerrada tras el muro de un fortín.

Aparece un haz de luz de un viejo faro olvidado. Se abre una grieta, una puerta. Está baja la marea y hay tablas sobre la arena. Flotan restos de una vela y de un trozo de la quilla, sale un trozo de sirena.

Lentamente, un barco emerge. Su silueta borrosa se confunde entre las sombras. La madera de su casco, destrozado en mil batallas, se ha recubierto de algas, y del mástil cuelgan lacias las telas hechas jirones de sus velas desgarradas.

El capitán, en el puente, sin marinos ni grumetes, dejo atrás en el océano hasta a la implacable Muerte. Vaga en su navío errante sin ver nunca el horizonte, sin sentir la luz del día ni el abrazo de la noche. Sin memoria del pasado, ni recuerdos del presente, sin patria, hogar ni bandera, sin límites, ni fronteras, afronta el solitario destierro de un futuro eterno. No va en busca del destino, de fortuna, ni romance. No alberga deseos de gloria. No añora el ardor del miedo ni el arrojo del coraje.

El barco abandona el puerto y estalla la tempestad. Entre las nubes retumban los truenos de los cañones. Prende el fuego como un rayo. Cae la lluvia y la fuerza de las olas arrastra hacia las profundidades el espíritu de un sueño.

martes, 23 de septiembre de 2014

Noche de estrellas

I have loved the stars too fondly to be fearful of the night. Sarah Williams

Sopla un viento cargado de sueños que acunan el mundo. La noche es profunda y azul, un escenario de sombras y un telón de terciopelo que deja ver a lo lejos el fulgor de las estrellas. Se abre un cielo infinito en el que clavar la mirada y pedir un deseo. Surge un horizonte en el que perderse sin moverse. En medio de la quietud basta con parpadear para que el escenario cambie, al entornar los ojos la noche se desliza.

La oscuridad revela los misterios que la luz y el sonido disfrazan. Se oye el silencio que invita a susurrar secretos. Se despiertan emociones, pasiones y miedos. La soledad se palpa. Entre las manos simula el embozo de una sábana, suave y empolvada, que invita a tirar y a envolverse en la tela, a aovillarse en su interior, como un gusano de seda, para escuchar el murmullo de los propios pensamientos. La respiración se mece en la cuna de los sueños. Hasta el tiempo se adormece bajo su calma.

miércoles, 20 de agosto de 2014

A la deriva

El amor es un delirio que navega a la deriva. Va en busca de una sirena que ha regresado al océano. Es víctima de un hechizo, de un conjuro entonado con el sonido de la brisa y susurrado por las olas hasta la orilla, de un sortilegio prendido por el encanto de la luz en el agua y guardado en el misterio de las profundidades.

El amor no se resiste, pretenderlo es imposible. Si existe es por ese embrujo. Vaga en su ilusión, ajeno al tiempo y al sol. Si el mar le cierra sus puertas con murallas de agua y roca, flota sobre olas del viento, en el puente de un navío hecho de bruma y ensueños.

Cae la noche. La luz se extingue y aparecen los contornos de figuras invisibles que se ocultan tras las sombras. Entre las tinieblas, reflejos de oscuridad abren ventanas de estrellas y tras el resplandor se asoman espejismos de sirenas.

El amor lanza sus redes, una trama que, al tejerla, enreda al urdidor en ella. No tiene miedo, sólo espera. La Muerte es su ahora su guía, es el precio, su destino, y su único final.

Sobre el vacío de las aguas, la media luna recoge la estela de espuma enganchada. El aire suspira. El océano duerme en calma.

martes, 22 de julio de 2014

Aullidos de luna

There are nights when the wolves are silent and only the moon howls. George Carlin.

La luna aúlla en silencio. Son aullidos de soledad en un cielo sin estrellas. Es una luna de alabastro, tan pálida que apenas se distingue en medio de las tinieblas. Debajo se recorta la negrura de las montañas de picos tan afilados que muerden el aire, se levantan sombras de bosques helados, se extiende el vacío nebuloso de la estepa. Es un mundo opaco, de contornos dibujados sobre la más tenebrosa de las penumbras.

La luna aúlla. Nada responde a su sonido, ni siquiera el eco le devuelve el grito. El viento está quieto, no susurra entre los árboles, ni silba al pasar entre las rocas. El océano no respira, sobre su lecho no descansa el espejo de la noche. No hay estelas en el agua, sin senderos que le guíen, el mar olvida el camino. No se mueven las olas, no las empuja la brisa para romperse en la orilla.

La luna aúlla. Tiembla, tiene miedo. Cuelga del abismo de una noche sin sueños.

miércoles, 16 de julio de 2014

Amanecer gaditano

Amanece. El mar duerme, las olas lo mecen. El océano sueña y, entre sueños, la luna lo abraza con su estela de plata. El alba avanza para acariciar el agua. El mar se encoge, se acurruca entre los pliegues de un edredón de niebla y espuma.

El sol asoma su rostro sobre el embozo del agua. El viento suspira, el mar se riza. Sol y luna, prendidos sobre mar y bruma, se funden por un momento en el esplendor de un beso. Nace el fuego de la unión de aquel abrazo. La tímida noche, que oculta secretos en sus tinieblas y guarda tras las estrellas promesas eternas, se sonroja. Encendido, bajo un manto reluciente, el mar aún duerme.

En silencio la luz se abre camino. La aurora se desliza de puntillas, se acerca despacio a la orilla. El sol se estira y un bostezo de marea baña la arena. Se levanta la neblina y el horizonte se aclara. Cuando los rayos la alcanzan, se hunde la luna en el agua. Las sombras se acortan y un mundo de formas se retrae bajo las rocas. El mar ruge, ya no queda oscuridad en la que refugiarse. 

martes, 10 de junio de 2014

La llamada de la Luna

Las noches de luna llena, cuando el mundo duerme en calma, el océano se transforma en un espejo, oscuro como el azogue, en el que la Dama de la Luna baja a contemplarse. Al agitar la superficie se levanta la brisa, el reflejo se rompe y las ondas se confunden al llegar a la frontera entre el océano y la orilla. Esas noches las sirenas nadan hasta la costa.

Las sirenas son el mar, son su espuma, sus remolinos, su rugido, su silencio y sus misterios. Figuras que surgen del océano y de la fuerza del viento, juegos de sombra y de luz, brillos irisados sobre fondos de arena. Hablan con su lenguaje de sonidos dulces, de ritmos cadenciosos y de vibrantes ecos. Conocen todos sus secretos: los tesoros hundidos en sus profundidades, la vida que late entre las rocas. Comparten con el mar su memoria, no tienen recuerdos propios. Ven y olvidan, su memoria pérdida en la inmensidad del agua. Su vida eterna e inmortal transcurre en un presente efímero, fugaz, sin conocer otro pasado que el de las leyendas del océano.

Mientras las sirenas se asoman a la playa, la Dama de las Aguas asciende hasta encontrar la figura de su hermana sentada en el borde de la laguna remansada. Se funden la luz de plata con la sal del agua. La brisa levanta gotas blancas. La luna se cubre de nácar. El agua y el aire se unen. Al amanecer el sol marca la huella del mar, las sirenas dejan atrás la arena para retornar a su hogar.

Existen hombres que distinguen la silueta de la Dama de la Luna en las noches claras de plenilunio. Sueñan con recorrer sus sendas de luz, navegar sobre su estela. Sin embargo sus cuerpos densos se interponen en su camino y abren ante ellos un abismo de oscuridad sólida que bloquea su avance. Sus pasos se detienen, sus brazos se alargan, sus voces se elevan en silencio, hacia el cielo, mientras sus miradas viajan detrás de los rayos hasta extraviarse en el halo del astro.

Algunos de esos hombres escuchan también la llamada del mar. Comprenden el lenguaje escondido entre el ruido de las olas y, en las noches de calma chicha, perciben la voz profunda del eco de sus historias. Un eco que resuena en su garganta y sale en forma de aullido, el lamento del lobo de mar. A veces, sólo a veces, la luna responde a su grito y les muestra una esfera de luz en el lecho del agua.

martes, 3 de junio de 2014

Errante

Voy en busca de un Gran Quizá. François Rabelais.

He vagado por el mundo durante miles de años, el tiempo que hace que crucé la frontera hacia la muerte. Abandoné mi cuerpo y me alejé. Hay quien no se atreve a separarse y elige mantenerse unido para siempre al cascarón de su antigua morada. Permanece junto a su tumba, aterrado ante la idea de adentrarse en lo desconocido. Se aferra al pasado por miedo a la despedida, porque aquel que se aleja olvida. Viaja sin nombre, sin emociones, sin bagaje. Jamás volverá y nunca tendrá otro lugar en el que cobijarse.

Una barrera me separa de la vida y no me es posible franquearla en sentido de regreso. En mi descanso eterno no conozco el sueño. Recorro las ciudades, los campos, los mares y las montañas. Vago sin rumbo y observo los eventos al otro lado del espejo. Soy agua, tierra, fuego, luz, oscuridad y viento. Subido a las olas de una tempestad he presenciado naufragios. El barco se ha hundido, encallado en las rocas bajo mi espuma. Mi eco ha repetido las últimas plegarias. He estado en campos de batalla donde me han atravesado miles de balas destinadas a cuerpos hasta entonces vivos. Desde su cráter he asistido a la erupción inesperada de un volcán. Nadie oyó mi rugido de alarma antes de estallar.

Soy testigo del paso del tiempo. Conozco el pasado, contemplo el presente y entreveo el futuro. Lo presencio todo sin intervenir. No puedo. Lo intenté al principio, antes de marcharme, cuando aún tenía memoria. No lo he vuelto a intentar, sé que no soy más que un alma errante que no existe en realidad.