jueves, 18 de junio de 2015

Marina

En un lugar muy lejano, más allá de donde nacen las olas, existe una región submarina protegida por una una gran barrera de coral tras la cual se esconde un mundo mágico. En su rincón más recóndito, en el fondo de un remanso resguardado por grutas y rocas, se encuentra el reino de las sirenas. Al traspasar las fronteras de ese enclave encantado, suena una melodía tan dulce que los que la oyen enloquecen. Hechizados por el sonido embrujado, se pierden al pretender descubrir su origen. Es aquella una búsqueda vana, la caza de un espejismo. Los marineros que en su persecución alcanzan los confines del océano tan sólo hallan resplandores sobre el agua. Ignoran que esos destellos son los cuerpos de las presas que tanto ansían.

Las sirenas se camuflan entre la luz del sol y de la luna hasta fundirse con el mar. Nacen amatistas en la bruma del amanecer y la intensidad del sol de la mañana las convierte en nácar, turquesa y esmeralda. Se oscurecen como zafiros en la tarde y se encienden de oro y bronce al atardecer. En el ocaso dan paso a vestidos de lamé de plata y acero que se cubren de lentejuelas azabaches con las estrellas. Se transforman en el curso de un instante, con cada fugaz reflejo y con las volubles sombras.

Sin embargo hay una sirena que nunca cambia, Marina, la sirena blanca. Su cuerpo albino de nácar siempre brilla del mismo modo sobre el agua, como el centelleo del sol o de la luna sobre un resto de espuma. Al contemplar los colores de sus hermanas, Marina intenta imaginar destellos irisados en sus escamas. Se rodea de la bruma de las olas, se envuelve en una ilusión de gotas de rocío que flotan a su alrededor como un delicado velo salpicado de matices, mas su cuerpo níveo refulge en en el centro y ciega con su blancura los reflejos.

Marina estudia intrigada las variaciones del mar y el cielo a lo largo del día. Examina las gotas de agua que rompen la luz en frágiles arcoiris y busca en ellas el secreto oculto de los colores. Observa que las intensas tonalidades de las puestas de sol se apagan tras ocultarse la estrella en un crepúsculo gris de claro-oscuros y penumbra. Un día decide perseguir al astro para encontrar la fuente de color que, seguro, esconde. Y así, desde la salida del sol hasta el ocaso, Marina sigue sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Finalmente, el sol se hunde y la sirena se da por vencida. Está perdida. Vaga desorientada en el océano hasta que, una tarde, el fondo pierde profundidad. El agua se torna turquesa y las olas rompen contra una extensión de arena suave y cálida.

A pie de playa, un pintor proyecta un cuadro. Sin moverse, contempla el paisaje e imagina matices para su obra. Intenta captar el mar, fugaz pese a su inmensidad. Crea texturas en su paleta, mezcla polvo de gemas y pigmentos con agua y arena. Traza pinceladas febriles en el lienzo para imitar los reflejos. Una y otra vez confunde el compás del momento. La marea se retira y los secretos del océano se escapan.

Marina, invisible entre la espuma, le observa. Estudia fascinada sus movimientos, sin perder detalle. El pintor mira su obra: las pinceladas blancas que iluminan el agua, los trazos irregulares que le dan movimiento. Levanta la vista de la pintura y contempla el mar. Sus ojos se llenan de lágrimas. Desalentado, deja caer la tabla.

El pintor se aleja. La sirena se aproxima. Recoge el cuadro. Cautivada por los tonos dibuja los contornos con sus dedos y su piel se impregna de la pintura aún fresca. Su piel se tiñe y su corazón se encoge. Sube la marea. El agua disuelve lentamente los colores de la pintura mientras Marina admira los pigmentos de su mano.  Antes de que se borre por completo, saca el cuadro del agua. Escoge una de las escamas de su cola y la desprende. Tal y como ha visto hacer al pintor, la muele entre dos rocas y espolvorea la tela con una nube blanca de partículas invisibles. Separa un mechón de su cabello, tan claro y radiante como un rayo de sol. Lo envuelve en coral y lo transforma en un pincel que coloca junto a la obra.

El pintor regresa al amanecer. Mira el cuadro y su rostro se ilumina. Inspirado, pinta sobre la tabla impregnada del nácar de la sirena blanca. La luz baila en el agua, la misma luz que el pincel plasma sobre la tela y que atrapa la esencia del océano y revela sus secretos. En el lienzo, una sirena se adentra en el agua. Desde la orilla, un pintor la observa con un pincel de claridad en la mano.

1 comentario:

José Miguel Díaz Hernández dijo...

Bonito relato con un mes de adelanto. Mejor, así podremos volver a leerlo el 18 de julio.
Un beso, JMD