En la fuente, el tiempo fluye en regueros de agua sobre las esferas doradas. Gota a gota resbala por la superficie helada de metal bruñido. En su interior resuena el eco del silencio, de los recuerdos, de un pasado de piedra y fuego. Añora sentirse volcán, la temible furia de quebrarse y estallar antes de derramarse en lava. Aún puede oír los últimos ruidos de su unión a la tierra, el tañido aciago del pico al arrancarlo de las entrañas de la mina. El frío del agua apagó el ardor de la fragua y acalló el dolor de los golpes finales sobre el yunque.
Siente frío, echa de menos el calor profundo de la montaña. Tras su veta corría una corriente de bulliciosas burbujas pletóricas de gases. A veces incluso sentía el cosquilleo de las piedras al chocar contra el fondo. El viento se colaba por la apertura de la ladera por donde escapaba un chorro de vapor junto a un torrente de agua. La montaña temblaba al borde de la cascada y las rocas crujían en su caída. Sabía que algún día, las grietas se abrirían hasta horadar el corazón de la sierra y entonces la pendiente se desplomaría junto a la cascada en un magma de tierra, fuego y agua.
En la fuente, el agua es una caricia, un velo transparente que ensordece un mundo diferente. Su movimiento incesante apenas lo protege del brillo de la luz y del aliento del aire. Espera, no sabe lo que el destino le depara, nunca imaginó un hogar lejos de su montaña. Quizá, algún día, el agua de la fuente emule la fuerza del géiser y devuelva las esferas a la tierra. Mientras espera ese momento, el tiempo se desliza en su reloj de trazos de agua sobre las esferas doradas.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
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viernes, 15 de febrero de 2019
jueves, 27 de julio de 2017
Venecia
El tiempo retrocede en las calles; los pasos se detienen sobre el puente. El pretil retiene suspiros de nostalgia. La ciudad se refleja en los canales teñidos de oro por el sol del atardecer. Los palacios refulgen bajo el agua y, durante unos instantes, los salones sumergidos recuperan su esplendor. En las calles, las máscaras ocultan los rostros, buscan el incógnito. Es carnaval.
Una góndola se desliza sobre los recuerdos; la quilla negra rompe el reflejo. La Venecia barroca de antaño regresa al fondo de la laguna. Bajo el espejo del agua, las almas de la vieja Venecia acechan. Esa noche la ciudad les pertenece. Esperan que el sol se apague para volver a su hogar.
La orilla recoge las ondas doradas de la ciudad rota y devuelve los fragmentos al mar. Venecia se resiste a hundirse. La luna da pinceladas de plata y la imagen resurge en los canales en calma. La niebla se arrastra sobre la laguna, las sombras se ocultan bajo los pórticos, se cuelan por las ventanas abiertas, por las ranuras de las puertas. Una neblina opaca invade las plazas, rodea los brocados y las sedas y cubre las estrellas. Las góndolas negras se diluyen en las tinieblas.
Amparada por la bruma, surge la Venecia sumergida, la ciudad que nunca olvida. En los muros, los halos de los faroles se pierden tras la cortina de oscuridad, sin hendirla. Las olas suspiran y las voces enmudecen en la niebla. Las máscaras de luna esconden rostros de agua embozados en capas de oscuridad, mas no hay disfraz para el destino. Tras las esquinas se camuflan formas efímeras, fantasmales, visiones que huyen en el viento, entre murmullos misteriosos y risas apagadas, espectros que corren al encuentro del pasado para desaparecer en la penumbra.
Una góndola se desliza sobre los recuerdos; la quilla negra rompe el reflejo. La Venecia barroca de antaño regresa al fondo de la laguna. Bajo el espejo del agua, las almas de la vieja Venecia acechan. Esa noche la ciudad les pertenece. Esperan que el sol se apague para volver a su hogar.
La orilla recoge las ondas doradas de la ciudad rota y devuelve los fragmentos al mar. Venecia se resiste a hundirse. La luna da pinceladas de plata y la imagen resurge en los canales en calma. La niebla se arrastra sobre la laguna, las sombras se ocultan bajo los pórticos, se cuelan por las ventanas abiertas, por las ranuras de las puertas. Una neblina opaca invade las plazas, rodea los brocados y las sedas y cubre las estrellas. Las góndolas negras se diluyen en las tinieblas.
Amparada por la bruma, surge la Venecia sumergida, la ciudad que nunca olvida. En los muros, los halos de los faroles se pierden tras la cortina de oscuridad, sin hendirla. Las olas suspiran y las voces enmudecen en la niebla. Las máscaras de luna esconden rostros de agua embozados en capas de oscuridad, mas no hay disfraz para el destino. Tras las esquinas se camuflan formas efímeras, fantasmales, visiones que huyen en el viento, entre murmullos misteriosos y risas apagadas, espectros que corren al encuentro del pasado para desaparecer en la penumbra.
viernes, 14 de octubre de 2016
Ninfa de piedra
Aún suena el agua en el interior de la ninfa de piedra, el murmullo de la corriente, el canto de los guijarros al chocar unos con otros, el eco de la cascada, el roce de las hojas de los árboles y la caricia de las ramas. Aún se oye el recuerdo del agua de su viejo hogar, de aquel arroyo lejano en el que el enorme sauce se apoyaba para refrescarse y descansar.
La ninfa es roca y es agua, es el alma del río, el rocío que baña las hojas con el el frescor húmedo de la aurora. Bajo su costra de piedra, la ninfa espera. En su soledad, llora bajo la llovizna que le empapa el rostro pero no llega a mojarla. No ha olvidado el calor del sol, ni la sombra plateada de la luna. No ha olvidado las estrellas. En su sueños se estremece bajo el viento que agita las gotas de su cuerpo.
En silencio, la ninfa espera el día en que la tormenta funda la piedra en la que se ha convertido. Ese día, un torrente regresará al lecho seco de un río que aguarda.
La ninfa es roca y es agua, es el alma del río, el rocío que baña las hojas con el el frescor húmedo de la aurora. Bajo su costra de piedra, la ninfa espera. En su soledad, llora bajo la llovizna que le empapa el rostro pero no llega a mojarla. No ha olvidado el calor del sol, ni la sombra plateada de la luna. No ha olvidado las estrellas. En su sueños se estremece bajo el viento que agita las gotas de su cuerpo.
En silencio, la ninfa espera el día en que la tormenta funda la piedra en la que se ha convertido. Ese día, un torrente regresará al lecho seco de un río que aguarda.
domingo, 7 de agosto de 2016
Tiempo de espera
Todo está en su sitio. La pantalla de la lámpara baña la puesta en escena con su foco de luz dorada mientras deja en penumbra el resto de la estancia. La silla de madera invita a sentarse, a dejar el peso sobre el asiento y apoyar los brazos en la mesa antes de reclinar el cuerpo hacia delante, sobre el tablero despejado en el que un simple pliego de papel ocupa el centro. Hacia el fondo, en un lado, al alcance de la mano, reposan la pluma y el viejo tintero que apenas contiene unos restos de tinta seca e infinidad de recuerdos. Casi en el borde se yergue el atril vacío, la bandeja levantada reclama un texto, una partitura, una hoja escrita.
El escenario está listo, faltarían los actores, el escritor protagonista que emborrona página tras página con líneas desviadas de trazos febriles, casi ilegibles. No nota la frente crispada, los ojos resecos, los músculos de la mano agarrotados. Solo siente el flujo de las palabras en su mente, la desazón de plasmarlas cuanto antes sobre el papel no sea que se volatilicen o se pierdan por el camino. La ruta es un laberinto lleno de recovecos, callejones sin salida, atascos, celadas, puntos muertos. Debe amarrar cada frase, sin perderla ni un instante para evitar que regrese al limbo de las ideas olvidadas y quede enterrada entre las historias que nunca nacieron por no encontrar la puerta hacia la consciencia.
La musa aguarda al otro lado de la ventana cerrada, tras el cristal que ejerce de telón y que contiene el aire de fuera y la inspiración de su aliento. Está preparada. Espera, enganchada en la reja que la retiene prisionera, a que aparezca aquel al que debe revelarle su secreto para poder ser libre de nuevo.
El escenario está listo, faltarían los actores, el escritor protagonista que emborrona página tras página con líneas desviadas de trazos febriles, casi ilegibles. No nota la frente crispada, los ojos resecos, los músculos de la mano agarrotados. Solo siente el flujo de las palabras en su mente, la desazón de plasmarlas cuanto antes sobre el papel no sea que se volatilicen o se pierdan por el camino. La ruta es un laberinto lleno de recovecos, callejones sin salida, atascos, celadas, puntos muertos. Debe amarrar cada frase, sin perderla ni un instante para evitar que regrese al limbo de las ideas olvidadas y quede enterrada entre las historias que nunca nacieron por no encontrar la puerta hacia la consciencia.
La musa aguarda al otro lado de la ventana cerrada, tras el cristal que ejerce de telón y que contiene el aire de fuera y la inspiración de su aliento. Está preparada. Espera, enganchada en la reja que la retiene prisionera, a que aparezca aquel al que debe revelarle su secreto para poder ser libre de nuevo.
domingo, 31 de julio de 2016
Butterfly
Todo había terminado, no quedaba nada, solo el final. La agonía del amor le desgarraba el alma, o quizá era la traición lo que dolía. En su caso, amor y traición estaban unidos. Su pasado la atormentaba. Con cada lágrima contenida, la herida se abría. Contempló la sangre que caía desde el filo de la daga sobre la seda blanca de su kimono. Aquella sangre era el último vestigio de su honor. La primera gota le trajo a la memoria el recuerdo de una amapola solitaria, una flor perdida en medio de un campo de nieve, en una de aquellas nevadas tardías de la primavera en las montañas. Se estremeció. A pesar del calor del sol, y del verano al otro lado de las ventanas, sentía frío.
Cerró los ojos. Aspiró el olor penetrante de los jazmines del jardín. Inclinó la cabeza, entregada a su destino. Se dejó llevar por el sueño. El dolor cedió. Gota a gota, las flores rojas inundaron la habitación.
Cerró los ojos. Aspiró el olor penetrante de los jazmines del jardín. Inclinó la cabeza, entregada a su destino. Se dejó llevar por el sueño. El dolor cedió. Gota a gota, las flores rojas inundaron la habitación.
viernes, 22 de julio de 2016
Ventana
Guardo las imágenes que se suceden tras mis cristales. Nunca olvido. Los rostros, los gestos graban su reflejo. Uno el mundo de dentro con el de fuera, ejerzo de enlace y de frontera, soy los ojos de mi hogar, su historia, el espejo de su vida y sus recuerdos. A ambos lados, el tiempo es una sucesión de eventos pasajeros.
En mí no caben secretos, todo deja su huella, la humedad de la lluvia, el frío del invierno, la vibración del viento... Noto la caricia de las hojas que me rozan al caer. Actúo de escudo en la lucha que la oscuridad mantiene cada noche con las luces doradas que alumbran las estancias de la casa. El sueño siempre vence esa batalla, las tinieblas entran y se ocultan en las formas, se agazapan en los rincones, juegan a dar miedo. Mientras tanto, en el cielo, las estrellas aguardan su regreso. Tendrán que esperar al alba, a que el sol de la mañana les revele su escondite. Con la claridad del día, la negrura se desvanece pero deja tras de sí los matices grises de las sombras.
Mi lenguaje es el del eco: repiques, vibraciones, silencios. Suenan los quejidos de mi marco, los golpes en la piedra de los muros, el chirrido de mis viejas bisagras. En ocasiones las voces se cuelan a través de mis rendijas, algunas palabras penetran en la intimidad de la sala y otras escapan en busca de libertad; a esas las dejo marchar, no se puede retener la voluntad.
Siento la fuerza de los deseos en las miradas que me atraviesan sin verme. Me reflejo en el brillo de esos ojos ciegos, nublados por el anhelo de sus sueños. Miran fuera y con frecuencia descubro que, al igual que yo, lo que buscan, lo tienen dentro.
En mí no caben secretos, todo deja su huella, la humedad de la lluvia, el frío del invierno, la vibración del viento... Noto la caricia de las hojas que me rozan al caer. Actúo de escudo en la lucha que la oscuridad mantiene cada noche con las luces doradas que alumbran las estancias de la casa. El sueño siempre vence esa batalla, las tinieblas entran y se ocultan en las formas, se agazapan en los rincones, juegan a dar miedo. Mientras tanto, en el cielo, las estrellas aguardan su regreso. Tendrán que esperar al alba, a que el sol de la mañana les revele su escondite. Con la claridad del día, la negrura se desvanece pero deja tras de sí los matices grises de las sombras.
Mi lenguaje es el del eco: repiques, vibraciones, silencios. Suenan los quejidos de mi marco, los golpes en la piedra de los muros, el chirrido de mis viejas bisagras. En ocasiones las voces se cuelan a través de mis rendijas, algunas palabras penetran en la intimidad de la sala y otras escapan en busca de libertad; a esas las dejo marchar, no se puede retener la voluntad.
Siento la fuerza de los deseos en las miradas que me atraviesan sin verme. Me reflejo en el brillo de esos ojos ciegos, nublados por el anhelo de sus sueños. Miran fuera y con frecuencia descubro que, al igual que yo, lo que buscan, lo tienen dentro.
sábado, 16 de julio de 2016
En tiempo de gigantes
Hubo un tiempo en que los gigantes caminaban sobre la tierra. El suelo temblaba bajo el peso de sus cuerpos y sus huellas se hundían en la corteza. Tras ellos, las grietas se extendían, horadaban gargantas, cañones, cauces de riachuelos y lechos de lagos. Las franjas más quebradizas se desmoronaban, se desplomaban en las profundidades de abismos sin fondo de cuyo interior surgía el fuego, o manaba el agua. A su paso, el terreno se plegaba, las rocas se alzaban en abruptas cordilleras de escarpadas montañas.
Era un tiempo en el que la luna era inmensa y las noches blancas, glaciales, con cielos brumosos, de plata. En el aire se condensaban las nubes del aliento de los titanes. Un espeso manto de niebla cubría el paisaje. Bajo la oscura sombra de las montañas, la nieve se helaba en circos y lenguas de glaciares. Solo la voz de los colosos rompía el silencio de aquel mundo adormecido por el frío. Era un rugido ronco, resonante como el estruendo de los truenos de una terrible tormenta, era un sonido que despertaba los vientos, levantaba los océanos y desencadenaba huracanes y tifones.
El avance de los gigantes era lento, cortante como un cuchillo, con sus manos desgarraban la cortina de aire compactado y rompían la gélida niebla en jirones para que, a través de las rendijas, se filtraran los rayos de sol. La luz dorada se abría paso hasta rozar la tierra, convertía la escarcha en rocío, el hielo en agua que se despeñaba en cascadas, arroyos y ríos.
Hubo un tiempo en que los gigantes se detuvieron. Sus troncos se clavaron en el suelo, sus brazos se extendieron al cielo. Aún rompen la niebla que pretende quedarse en la tierra; aún susurran en el silencio de la noche con un eco constante de hojas sacudidas por el viento... y aún abrazan el sol entre sus ramas.
Era un tiempo en el que la luna era inmensa y las noches blancas, glaciales, con cielos brumosos, de plata. En el aire se condensaban las nubes del aliento de los titanes. Un espeso manto de niebla cubría el paisaje. Bajo la oscura sombra de las montañas, la nieve se helaba en circos y lenguas de glaciares. Solo la voz de los colosos rompía el silencio de aquel mundo adormecido por el frío. Era un rugido ronco, resonante como el estruendo de los truenos de una terrible tormenta, era un sonido que despertaba los vientos, levantaba los océanos y desencadenaba huracanes y tifones.
El avance de los gigantes era lento, cortante como un cuchillo, con sus manos desgarraban la cortina de aire compactado y rompían la gélida niebla en jirones para que, a través de las rendijas, se filtraran los rayos de sol. La luz dorada se abría paso hasta rozar la tierra, convertía la escarcha en rocío, el hielo en agua que se despeñaba en cascadas, arroyos y ríos.
Hubo un tiempo en que los gigantes se detuvieron. Sus troncos se clavaron en el suelo, sus brazos se extendieron al cielo. Aún rompen la niebla que pretende quedarse en la tierra; aún susurran en el silencio de la noche con un eco constante de hojas sacudidas por el viento... y aún abrazan el sol entre sus ramas.
miércoles, 6 de julio de 2016
El hogar de los sueños
Hay un punto entre la eternidad y la nada, una casa en un paraje sin horizontes en la que los relojes se detuvieron, donde no ha vuelto a correr el tiempo. Es el hogar al que regresan los fantasmas cuando se cansan de vagar entre la vida y la muerte, o el asilo de aquellos que no dejaron nada atrás. Los recién llegados se envuelven en su silencio para recordar. El de allí es un silencio que suena a nieve, a bosque, a desiertos, a montañas, a océanos. Las voces cuentan las viejas historias que otros han olvidado; hablan de familias, de legados, de aventuras, de despedidas. En el aire resuenan secretos, sonidos de música, suspiros y risas. No hablan de amor porque el amor nadie lo olvida, y tampoco necesita palabras, basta un roce o la intimidad de una mirada.
En su interior el presente no existe, nunca tuvo cabida bajo su techo, es demasiado efímero. La realidad ha de conformarse con mirar desde fuera los muros pintados de oro por el sol, sin tan siquiera sentarse en el porche, sin espiar a través de las rendijas de las persianas echadas. La retienen las rejas de las ventanas, la barandilla de forja de la terraza. Solo los vencejos sobrevuelan la chimenea que aún conserva el olor a azúcar de una vieja fábrica de caña.
Dentro hay estrellas mientras fuera brilla el día, allí se refugian los rayos de sol durante la lluvia, la luna en las noches que permanece oculta, las sombras perdidas, los ecos. Hay rincones del pasado, huellas enterradas bajo una capa de polvo, objetos extraviados... memorias enredadas en una maraña de años que se confunden unos con otros. Las paredes albergan libros, muchos libros, libros que nadie ha leído, que nunca se han escrito, libros rotos, páginas llenas de palabras emborronadas, de notas, de garabatos, de líneas detenidas, de puntos suspensivos... Hay puertas que se abren al futuro, umbrales en los que las musas esperan, accesos a ninguna parte, y a los confines del infinito, escaleras que conducen hasta las nubes.
Es cuna y es mausoleo, el lugar en el que los sueños se convierten en humo, un humo dulce, nostálgico, con olor a caramelo tostado, a calor de lumbre, madera y viento. El humo que abraza la luna y que cubre el mar de bruma para volver a ser sueño.
En su interior el presente no existe, nunca tuvo cabida bajo su techo, es demasiado efímero. La realidad ha de conformarse con mirar desde fuera los muros pintados de oro por el sol, sin tan siquiera sentarse en el porche, sin espiar a través de las rendijas de las persianas echadas. La retienen las rejas de las ventanas, la barandilla de forja de la terraza. Solo los vencejos sobrevuelan la chimenea que aún conserva el olor a azúcar de una vieja fábrica de caña.
Dentro hay estrellas mientras fuera brilla el día, allí se refugian los rayos de sol durante la lluvia, la luna en las noches que permanece oculta, las sombras perdidas, los ecos. Hay rincones del pasado, huellas enterradas bajo una capa de polvo, objetos extraviados... memorias enredadas en una maraña de años que se confunden unos con otros. Las paredes albergan libros, muchos libros, libros que nadie ha leído, que nunca se han escrito, libros rotos, páginas llenas de palabras emborronadas, de notas, de garabatos, de líneas detenidas, de puntos suspensivos... Hay puertas que se abren al futuro, umbrales en los que las musas esperan, accesos a ninguna parte, y a los confines del infinito, escaleras que conducen hasta las nubes.
Es cuna y es mausoleo, el lugar en el que los sueños se convierten en humo, un humo dulce, nostálgico, con olor a caramelo tostado, a calor de lumbre, madera y viento. El humo que abraza la luna y que cubre el mar de bruma para volver a ser sueño.
viernes, 24 de junio de 2016
El gigante de Stonehenge
Un gigante yace bajo el suelo de Stonehenge. Solo sus dedos sobresalen de la tierra como inmensos monolitos que se alzan al cielo. Pretenden sostener el sol entre ellos, como hicieran al principio de los tiempos, retenerlo hasta el alba, empujarlo con su aliento durante su ascenso y recogerlo de nuevo en el ocaso. Durante la noche, el sol duerme en el cuenco de sus manos, en el lecho protegido por las palmas entrelazadas sobre el corazón de piedra del titán.
Solo el día del solsticio los rayos del sol alcanzan aquel corazón exánime que, bajo el roce, recupera su latido. El gigante siente de nuevo el calor del sol en sus dedos y los estira un poco más hacia el cielo. El sol se eleva. La luz es fuego, su fulgor alumbra la corona de rocas. Desaparecen las sombras en Stonehenge, la oscuridad no penetra en el crómlech iluminado. La tierra palpita, renace la vida. Al caer la noche, las tinieblas atacan. Se encienden las hogueras. Las llamas danzan enredadas en el ardor de la lucha mientras el sol duerme entre los rescoldos del corazón del gigante.
Solo el día del solsticio los rayos del sol alcanzan aquel corazón exánime que, bajo el roce, recupera su latido. El gigante siente de nuevo el calor del sol en sus dedos y los estira un poco más hacia el cielo. El sol se eleva. La luz es fuego, su fulgor alumbra la corona de rocas. Desaparecen las sombras en Stonehenge, la oscuridad no penetra en el crómlech iluminado. La tierra palpita, renace la vida. Al caer la noche, las tinieblas atacan. Se encienden las hogueras. Las llamas danzan enredadas en el ardor de la lucha mientras el sol duerme entre los rescoldos del corazón del gigante.
lunes, 20 de junio de 2016
El cine de la gran ilusión
Seguía sentado en una de aquellas viejas butacas, con el cuerpo hundido en el terciopelo rojo de la tapicería. Mantenía los ojos fijos en la pantalla. Hacía tiempo que no se proyectaba ninguna película sobre la superficie blanca, pero eso no le importaba. A él le bastaba con mirar la tela para rememorar, una vez tras otra, todas las historias.
No eran solo recuerdos. El cine era su esencia. ¿Cuántas veces no habría cruzado su puerta? No la del vestíbulo de la entrada, no, esa nunca la había franqueado, sino el portal de ese otro mundo, el lugar más allá de las imágenes. Ese era su hogar, por mucho que se esforzase, no era capaz de recordar otro pasado. Quizá nunca había existido, quizá fuera así desde el principio.
Oyó el sonido del proyector al calentarse. La función de la tarde, de todas las tardes, estaba a punto de comenzar. La taquilla estaba cerrada, como siempre. Se trataba de un pase especial, sin entradas. El telón cayó sobre la pantalla y la luz del reflector inundó el patio de butacas. Sobre cada asiento, reposaba un fragmento de celuloide, secciones de películas que nunca vieron la luz hasta ese momento. Bajo la iluminación de los focos, los fotogramas recuperaron su vida perdida. El cine se llenó de voces, de personajes, aunque aquello apenas duró unos instantes, los de la sorpresa inicial. Algunos hacían preguntas y, al conocer las respuestas, las figuras no tardaron en agolparse en la puerta. Todos deseaban escapar de aquel olvido. No sabían que, al otro lado, la magia no existía. Nunca intentó retenerlos, con el tiempo se había acostumbrado a las despedidas. Sin embargo, cada tarde sentía nacer en él la esperanza, ¿y ella?...¿volvería a verla?
Recogió los trozos de celuloide desperdigados, quemados por la intensidad de la luz. Las ilusiones dejan de ser tales cuando se convierten en realidad, pensó. Sin embargo, ella no, ella aún era una ilusión. Al verla supo que pertenecía al cine, a los sueños, su aparición en la sala se le antojó un error. Deseó disuadirla, tuvo que luchar contra sí mismo para contenerse y dejar que escogiera, aunque se equivocara. Aquella fue la única ocasión en la que se asomó al exterior. La siguió con la mirada desde el umbral, sin abandonar el edificio, no podía alejarse más. Notó la niebla fría a su espalda, la bruma que envolvería todo si él se marchaba. Un escalofrío le estremeció. ¿Qué pasaría con aquel local sin su presencia? Si se desvanecía, sería el final de un sueño. La miró por última vez. ¡Vuelve!, le pidió. No fue más que un susurro pero supo que el silencio había guardado su voz y que, ahora, formaba parte de su sonido, del eco y del murmullo del viento en calma. Se hurgó en los bolsillos y sacó un trozo de entrada. Serviría. La prendió con cuidado en el mostrador de la taquilla. Eso le permitiría el acceso, no solo a ella pero... ¡ojalá fuera ella! Fue incapaz de tirar el fragmento velado, lo conservó como un talismán.
Al terminar la representación, entró en la sala de proyección. Revisó los viejos trozos de película almacenados en el cajón: trozos de enlace, recortes de edición, o incluso algún resto de censura, pruebas fallidas. Como todas las noches, estudió las cintas sin encontrarla. ¿Quién sabe?, tal vez surgiera en un segundo plano. Cortó un fotograma de cada extremo para dejarlo en las butacas y se recostó en la suya, al fondo de la sala, con los ojos cerrados, sin perder de vista la entrada, ni la pantalla.
No soñaba, vivía en los sueños, su vida era uno de ellos. Notó cómo se perfilaba el contorno de una mancha borrosa y oscura detrás de los párpados pero no se atrevió a abrir los ojos, tenía miedo de que no estuviera. La sombra paso a su lado y descendió por el pasillo, hacia el escenario. Esta vez la seguiría, no permitiría que desapareciera. Subió las escaleras. Se había detenido delante de la pantalla, con los ojos clavados en la tela, sin tocarla. Se acercó y le cogió la mano. No miró atrás. Esta vez no habría despedidas. Era hora de regresar.
(PS. Las fotos que inspiraron este cuento son cortesía de Eme, de viajeyfotos. Mil gracias)
No eran solo recuerdos. El cine era su esencia. ¿Cuántas veces no habría cruzado su puerta? No la del vestíbulo de la entrada, no, esa nunca la había franqueado, sino el portal de ese otro mundo, el lugar más allá de las imágenes. Ese era su hogar, por mucho que se esforzase, no era capaz de recordar otro pasado. Quizá nunca había existido, quizá fuera así desde el principio.
Oyó el sonido del proyector al calentarse. La función de la tarde, de todas las tardes, estaba a punto de comenzar. La taquilla estaba cerrada, como siempre. Se trataba de un pase especial, sin entradas. El telón cayó sobre la pantalla y la luz del reflector inundó el patio de butacas. Sobre cada asiento, reposaba un fragmento de celuloide, secciones de películas que nunca vieron la luz hasta ese momento. Bajo la iluminación de los focos, los fotogramas recuperaron su vida perdida. El cine se llenó de voces, de personajes, aunque aquello apenas duró unos instantes, los de la sorpresa inicial. Algunos hacían preguntas y, al conocer las respuestas, las figuras no tardaron en agolparse en la puerta. Todos deseaban escapar de aquel olvido. No sabían que, al otro lado, la magia no existía. Nunca intentó retenerlos, con el tiempo se había acostumbrado a las despedidas. Sin embargo, cada tarde sentía nacer en él la esperanza, ¿y ella?...¿volvería a verla?
Recogió los trozos de celuloide desperdigados, quemados por la intensidad de la luz. Las ilusiones dejan de ser tales cuando se convierten en realidad, pensó. Sin embargo, ella no, ella aún era una ilusión. Al verla supo que pertenecía al cine, a los sueños, su aparición en la sala se le antojó un error. Deseó disuadirla, tuvo que luchar contra sí mismo para contenerse y dejar que escogiera, aunque se equivocara. Aquella fue la única ocasión en la que se asomó al exterior. La siguió con la mirada desde el umbral, sin abandonar el edificio, no podía alejarse más. Notó la niebla fría a su espalda, la bruma que envolvería todo si él se marchaba. Un escalofrío le estremeció. ¿Qué pasaría con aquel local sin su presencia? Si se desvanecía, sería el final de un sueño. La miró por última vez. ¡Vuelve!, le pidió. No fue más que un susurro pero supo que el silencio había guardado su voz y que, ahora, formaba parte de su sonido, del eco y del murmullo del viento en calma. Se hurgó en los bolsillos y sacó un trozo de entrada. Serviría. La prendió con cuidado en el mostrador de la taquilla. Eso le permitiría el acceso, no solo a ella pero... ¡ojalá fuera ella! Fue incapaz de tirar el fragmento velado, lo conservó como un talismán.
Al terminar la representación, entró en la sala de proyección. Revisó los viejos trozos de película almacenados en el cajón: trozos de enlace, recortes de edición, o incluso algún resto de censura, pruebas fallidas. Como todas las noches, estudió las cintas sin encontrarla. ¿Quién sabe?, tal vez surgiera en un segundo plano. Cortó un fotograma de cada extremo para dejarlo en las butacas y se recostó en la suya, al fondo de la sala, con los ojos cerrados, sin perder de vista la entrada, ni la pantalla.
No soñaba, vivía en los sueños, su vida era uno de ellos. Notó cómo se perfilaba el contorno de una mancha borrosa y oscura detrás de los párpados pero no se atrevió a abrir los ojos, tenía miedo de que no estuviera. La sombra paso a su lado y descendió por el pasillo, hacia el escenario. Esta vez la seguiría, no permitiría que desapareciera. Subió las escaleras. Se había detenido delante de la pantalla, con los ojos clavados en la tela, sin tocarla. Se acercó y le cogió la mano. No miró atrás. Esta vez no habría despedidas. Era hora de regresar.
(PS. Las fotos que inspiraron este cuento son cortesía de Eme, de viajeyfotos. Mil gracias)
jueves, 16 de junio de 2016
El pequeño caballero
Cuando nació el pequeño caballero, nadie se dio cuenta de que aquel chiquillo era distinto. Los familiares siempre creen que su bebé es especial, sin embargo, en este caso, era cierto. El recién nacido compartía linaje con los grandes caballeros de la historia, desde el Cid a Don Quijote. Al igual que sus antecesores, el niño tenía una visión diferente del mundo, era capaz de ver la esencia real de las cosas, su verdadero aspecto, que poco tiene en común con el que suelen mostrar al resto. Hace mucho tiempo, el encantador Festón quiso engañar a los hombres para dominarlos sin que estos sospechasen nada. Encantó gigantes para que pareciesen molinos, sus huestes mágicas las asemejó a inocentes rebaños de borregos, ocultó a poderosos magos en las profundidades de la tierra, en cuevas en los que el tiempo se convertía en sueños, simuló que los prodigiosos caballos voladores no eran otra cosa que ingenios de madera. Solo la raza de los caballeros era capaz de reconocer su mano en los objetos cotidianos.
La cuna, con sus barrotes, era una prisión. Había que escapar de ella para vivir aventuras. Ningún caballero que se precie acepta el encierro cuando puede salir a enfrentarse al peligro. La cama, al crecer, no era mucho mejor. ¿Dormir? ¡Menuda idea! Su deber es velar las armas, cuidar que no les sucediese nada; el descanso es para los escuderos.
El babero no era tal, sino un escudo que le protegía de ataques inimaginables. ¿Qué era aquello que se acercaba camuflado en una cuchara? ¡Un barco! Luego venía un avión así que seguramente lo primero que se había tragado era nada menos que un portaaviones. Más le valía abrir la boca para terminar con todas las naves que transportaba. ¡Menuda batalla! Menos mal que pronto aprendió a manejar los vehículos que trataban de invadir la mesa. Gracias a eso podía comer tranquilo.
Las plantas del rincón eran un pedazo de la selva. Había que adentrarse en la espesura para luchar contra los animales salvajes que se escondían en ellas. Era inevitable que, en ocasiones, hubiese daños. No importaba, un caballero que se precie siempre dispone de una caja de herramientas para hacer reparaciones (aunque los libros de caballería no mencionan esa tarea más que de pasada, la única referencia al tema es la del mantenimiento de la armadura).
En el castillo también estaban papá y mamá; el caballero era aún demasiado pequeño para salir solo al mundo a emprender sus propias gestas. Papá era su maestro, el que se encargaba de enseñarle y entrenarle para cuando llegase la hora de sus hazañas, incluso ejercía de montura para que practicase el arte de la equitación. No hace falta explicar que la bici era, en realidad, un magnífico caballo, solo comparable a Babieca.
Mamá era la reina, la encargada de enviar a los caballeros, tanto grandes como chicos, a sus misiones. Claro que la reina no conocía los peligros que acechaban en la guardería. Allí debía enfrentarse a una de las peores hechiceras que ningún caballero haya conocido jamás, digna heredera de la mismísima Morgana. ¡Menuda víbora! No debía permitir que llevase a cabo sus encantamientos, aunque unas cuantas víctimas ya habían caído en sus garras sin que él pudiera salvarlas. Ambos disputaban una lucha feroz que, de momento, mantenía a la bruja a raya.
La única que conocía su secreto era su hermana. Cuando le veía se le iluminaba la cara, seguía cada paso que daba. Para ella no era solo un pequeño caballero, sino un verdadero héroe.
La cuna, con sus barrotes, era una prisión. Había que escapar de ella para vivir aventuras. Ningún caballero que se precie acepta el encierro cuando puede salir a enfrentarse al peligro. La cama, al crecer, no era mucho mejor. ¿Dormir? ¡Menuda idea! Su deber es velar las armas, cuidar que no les sucediese nada; el descanso es para los escuderos.
El babero no era tal, sino un escudo que le protegía de ataques inimaginables. ¿Qué era aquello que se acercaba camuflado en una cuchara? ¡Un barco! Luego venía un avión así que seguramente lo primero que se había tragado era nada menos que un portaaviones. Más le valía abrir la boca para terminar con todas las naves que transportaba. ¡Menuda batalla! Menos mal que pronto aprendió a manejar los vehículos que trataban de invadir la mesa. Gracias a eso podía comer tranquilo.
Las plantas del rincón eran un pedazo de la selva. Había que adentrarse en la espesura para luchar contra los animales salvajes que se escondían en ellas. Era inevitable que, en ocasiones, hubiese daños. No importaba, un caballero que se precie siempre dispone de una caja de herramientas para hacer reparaciones (aunque los libros de caballería no mencionan esa tarea más que de pasada, la única referencia al tema es la del mantenimiento de la armadura).
En el castillo también estaban papá y mamá; el caballero era aún demasiado pequeño para salir solo al mundo a emprender sus propias gestas. Papá era su maestro, el que se encargaba de enseñarle y entrenarle para cuando llegase la hora de sus hazañas, incluso ejercía de montura para que practicase el arte de la equitación. No hace falta explicar que la bici era, en realidad, un magnífico caballo, solo comparable a Babieca.
Mamá era la reina, la encargada de enviar a los caballeros, tanto grandes como chicos, a sus misiones. Claro que la reina no conocía los peligros que acechaban en la guardería. Allí debía enfrentarse a una de las peores hechiceras que ningún caballero haya conocido jamás, digna heredera de la mismísima Morgana. ¡Menuda víbora! No debía permitir que llevase a cabo sus encantamientos, aunque unas cuantas víctimas ya habían caído en sus garras sin que él pudiera salvarlas. Ambos disputaban una lucha feroz que, de momento, mantenía a la bruja a raya.
La única que conocía su secreto era su hermana. Cuando le veía se le iluminaba la cara, seguía cada paso que daba. Para ella no era solo un pequeño caballero, sino un verdadero héroe.
lunes, 13 de junio de 2016
La torre de ajedrez
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| Torre del Diablo, costa de Almuñecar. Foto de Joseme. |
Más allá, en la costa, casi ocultos por la sombra, se levantan los restos de otro torreón, el que llaman del Diablo. En su interior, una escalera se adentra en la tierra, hacia las tinieblas. Cuentan que sus escalones descienden hasta el infierno.
Sopla el viento. El mar se revuelve, se convierte en un tablero de oscuridad y blancura, cuadros de luces y sombras, de abismos tenebrosos de remolinos y macizos montañosos de nívea espuma. Al fondo se concentra una línea negra de nubes de tormenta. El barco recoge sus velas. La batalla se prepara. Es una guerra eterna, de fichas negras y blancas.
Las olas plúmbeas atacan. Se levantan sobre el agua. Embisten contra los muros de roca. Se rompen con la fuerza del choque. Los fragmentos se repliegan para formarse de nuevo. La pared resiste, si bien pierde algunas piezas que se precipitan al vacío.
El combate arrecia, el frente avanza. Las nubes descargan trombas de agua sobre la torre que resiste, con firmeza, el asalto. En la retaguardia, redoblan los truenos, responden los relámpagos. La contienda se prolonga. La lluvia hiende el aire, lo rasga con el filo de infinidad de cuchillas. La tempestad aúlla, la tierra cruje, el mar ruge.
El fuego prende en el torreón del diablo. Su fulgor emerge del falso faro, marca una senda sobre el agua, un camino en llamas hacia la negrura de las profundidades. La nave cae en la trampa, tuerce el rumbo, se encamina a su condena. Su destino está en jaque.
Cambia el viento. Se abre un claro entre las nubes y la luna se cuela en el hueco. La torre protege su reflejo. A través de una tronera, guía la luz al océano. La dama blanca cruza el tablero, quiebra la oscuridad. Las olas se disgregan en espuma. El barco vira, iza las velas. Entra al puerto entre vítores de gloria.
El mar duerme bajo el albor de la madrugada. La luna reposa sobre la torre. La fortaleza vela el tablero en sueños.
viernes, 10 de junio de 2016
Lágrimas de sirena
En la orilla hay lágrimas de mar, lágrimas que lloró el alba y que enjugaron las aguas con una esponja marina. Lamentos de luz que manan del canto de las sirenas, en un llanto de burbujas y un eco de brisa y agua. Cristales de sal, diamantes, arrancados de la sima de las profundidades.
En el fondo del abismo, Oceánida grita. No llora, nunca volverá a llorar; la bruja secó sus lágrimas, la engañó con sus palabras mientras guardaba su magia en la esfera de cristal.
Llora el agua que era libre al verse esclava en el seno globuloso de la esfera. Son sollozos prisioneros en los que aún late con fuerza un sol que se despereza. Una campana que guarda la esencia vital de Gaia y late al acariciarla con memorias olvidadas.
En el litoral hay cuerpos que ruedan entre las rocas. Son reflejos de azul cielo y mil destellos de aurora que se bañan o se secan al capricho de mareas; son reliquias encantadas, fragmentos de agua cautiva que, al luchar con su destino, flotaron hasta la orilla. Celdas de lágrimas muertas que navegaron a tierra como una flor marinera.
En el fondo del abismo, Oceánida grita. No llora, nunca volverá a llorar; la bruja secó sus lágrimas, la engañó con sus palabras mientras guardaba su magia en la esfera de cristal.
Llora el agua que era libre al verse esclava en el seno globuloso de la esfera. Son sollozos prisioneros en los que aún late con fuerza un sol que se despereza. Una campana que guarda la esencia vital de Gaia y late al acariciarla con memorias olvidadas.
En el litoral hay cuerpos que ruedan entre las rocas. Son reflejos de azul cielo y mil destellos de aurora que se bañan o se secan al capricho de mareas; son reliquias encantadas, fragmentos de agua cautiva que, al luchar con su destino, flotaron hasta la orilla. Celdas de lágrimas muertas que navegaron a tierra como una flor marinera.
lunes, 9 de mayo de 2016
La montaña sueña
Mi montaña sueña... Desea tocar las estrellas y alojarse en una de ellas. Saltar de planeta en planeta, sin verse atada a la tierra, sin quedarse nunca quieta. Pretende ser, por una noche, cola de cometa.
Mi montaña sueña... Quiere convertirse en nube, abrasarse con el sol, fundirse en rayo de fuego y volver con un destello que rasgue el cielo.
Mi montaña se estremece. Es el temblor de una lucha, de un afán de rebeldía, de un ansia por libertad. Mi montaña es un volcán.
Aún sueño con mi montaña, veo la cumbre que resplandece antes de su despedida y no pierdo la esperanza de que un día regrese.
Sueño, aunque sueñe en vano y, al despuntar la mañana, cuando la luz despierte en el agua, tras el salto de mi cascada, no haya nada.
Sueño, aunque sueñe en vano y, al despuntar la mañana, cuando la luz despierte en el agua, tras el salto de mi cascada, no haya nada.
sábado, 23 de abril de 2016
Sueños de hidalgo
Caminamos al borde de un abismo en el que nada señala el límite entre la realidad y el sueño. ¿En qué lado reside la cordura? ¿Es acaso soñar una locura? Si es así, ¿quién no está loco? ¿No sería la vida una aventura?
Yo era tan solo un hidalgo, un simple Alonso Quijano, que quiso vivir las gestas guardadas en los estantes de mi amada biblioteca. Soñé con ser caballero, no por encontrar la gloria sino por la honra de recuperar aquellas viejas memorias. ¿Quién no ha perseguido un sueño?
Cabalgué por los caminos que antaño habían marcado el honor de mis antepasados; un honor que los tiempos han borrado y al que nadie le otorga ya valor.
No hallé premio a mis desvelos, y sí la burla y el desprecio. Luché sin rendirme mas fui en la batalla vencido, o de eso me convencí, poco antes de morir.
Mas ser quien soy era mi sino y, al cincelar mi destino, no fui solo un caballero, sino que me convertí en un sueño.
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| Mural para el "Día del libro 2016" por Carmen Marcos-Salazar |
jueves, 21 de abril de 2016
El héroe
Tenía miedo, un miedo cerval que inmovilizaba mis miembros. Me acurruqué en el suelo, enterrado a medias en el lodo. La oscuridad se cernía sobre mi cuerpo, era una niebla hecha de humo, de pólvora, de sangre, de carne quemada, de muerte. Las balas silbaban y rasgaban el aire a su paso. Con frecuencia ese silbido no se desvanecía sino que se interrumpía de repente, cuando el proyectil encontraba un objetivo en su camino. Posiblemente se tratase de alguien que conocía, algún muchacho que bien podría haber sido yo, y quizá el próximo fuese yo. No quería mirar, aunque tampoco habría visto nada, las lágrimas me cegaban. La tierra temblaba, retumbaba con los disparos de artillería, con el avance de los tanques y los camiones y la vibración de las ametralladoras; se estremecía bajo el golpe de los hombres que se desplomaban sin vida sobre el suelo, uno sobre otro, hechos pedazos. Entre mis brazos sujetaba mi fusil, incapaz de disparar. Hay quien es capaz de apretar el gatillo sin pensar; no es mi caso. Aferraba aquel arma asesina para que la muerte no escapase de su interior. No quería morir pero la idea de tener que matar a otro para sobrevivir me abrumaba. ¿Huir? ¿A dónde? Hay cosas de las que no es posible escapar. Nunca. Minutos, horas, días, ¿qué más da? El tiempo no transcurre en las batallas, quizá se deba a que se detienen muchas vidas o tal vez sea que, en el infierno, no existe el tiempo. Se olvidan el hambre, la sed, el cansancio, solo perduran el miedo y la locura. No es el valor ni los ideales lo que mantiene en pie a los hombres en medio de la carnicería, sino la locura de la desesperación, una rabia salvaje, una furia irracional y cruel que provoca reacciones cargadas de ensañamiento; la violencia es insaciable, ante tanta atrocidad, la razón no sobrevive. Sigo agazapado sobre la tierra y rezo. Sé que si pierdo la cabeza, no la recuperaré jamás. La muerte tampoco tiene camino de regreso.
La batalla se aleja pero aún no me atrevo a moverme. Todavía resuena su eco en el interior de mis oídos. No sé si es peor el silencio de después, ese silencio sordo en el que el roce de la mejilla sobre la tierra hace que se tensen los músculos de nuevo. Cada crujido de mis huesos al estirarme estalla en el aire. Tan profundo es el silencio que todo el ambiente late al ritmo de mi corazón. Bajo mis botas crepitan fragmentos, casquillos, huesos. El campo está sembrado de cuerpos reventados. Hay árboles arrancados y enormes socavones que servirán de tumbas. Apenas se oye un gemido perdido.
Escucho con atención, retengo mi respiración. Un gemido significa vida. He de encontrar de donde proviene. Espero a que se repita. Nada, no oigo nada. Espero más. No, no te detengas ahora. ¡Por favor!, le suplico, aguanta. Vuelvo a oírlo. ¡Sí! ¡Es ahí! Me dirijo hacia el sonido. Un muchacho respira. Me acerco. Está cubierto de sangre. Se queja al tocarlo, pero no abre los ojos. No le quedan fuerzas. A él no, pero a mí sí, y tendrán que valer para ambos. Hablo en voz alta, para mí, para él, me convenzo de que así le llegan mis palabras. Estoy aquí. Saldremos de esta.
No hay respuesta. No por eso me doy por vencido.
Voy a atarte a mi espalda. Ahora notarás la cuerda, no te asustes. Eso es, pasa los brazos por mi cuello. Deja que te sujete. Ahora las piernas. ¿Estás cómodo? ¿Sí? Así no te caerás. Tranquilo. Te llevaré al hospital. Confía en mí. Te curarás.
El bosque se acaba pero no así el camino. Marcho por inercia, un pie delante de otro, con la cabeza inclinada y la mirada fija en el suelo. El aliento del herido me impulsa a seguir. Sé que salvar su vida es lo único que merece la pena, lo único que algún día querré recordar de todo esto, ojalá pudiera olvidar el resto. No miro a mi alrededor, no atiendo a los sonidos que indican que la batalla se ha reanudado en otro punto no muy lejano. Pienso que si la muerte está ocupada en otro sitio, a lo mejor se olvida de mi muchacho. Las botas se fijan al barro y pesan. Hace tiempo que no tengo fuerzas para levantarlas. Las arrastro. Todo se reduce a dar un paso más.
La luz cambia, también lo hacen las sombras. Mis ojos se nublan. Avanzo con los ojos cerrados. Un poco más. Ya no puede quedar mucho. Caigo. Gateo unos metros hasta que me levanto. No estoy dispuesto a ceder, aunque tenga que reptar porque mis piernas se nieguen a sostenernos. Doy otro paso, y otro. Los cuento hasta perder la cuenta. Palpo la tierra con las manos para no tropezar. Voy a tientas pero el caso es llegar, aunque sea a rastras. Me parece oír voces. La mía es ronca, un graznido de ayuda, un grito tan seco y sordo que apenas lo oigo.
Abro los ojos. El sol entra por la ventana. Me sorprende encontrarme en una cama, una de las muchas alineadas en el lateral de una inmensa nave. He soñado que caminaba y que alguien me quitaba la mochila de los hombros. A partir de ahí no recuerdo nada. Me incorporo y miro a mi alrededor. Reconozco al muchacho de la cama de al lado. Está muy pálido pero se ha despertado y me sonríe. Gracias, me dice.
miércoles, 23 de marzo de 2016
Un pequeño misterio (II)
El siguiente cuento es un ejercicio autoimpuesto sin otra intención que la de divertirme. En el concurso de microrrelatos que ya comenté, una de las condiciones era emplear tres palabras de una serie de términos casi en desuso, pero... ¿por qué no utilizarlos todos? Este es el resultado, las palabras obligatorias están en negrita y el relato es algo más largo que el que ya conocéis (espero que los abuelos del mundo me perdonen).
Estoy muerto. No sé cómo ha ocurrido pero me he
"despertado" dentro de un ataúd, rodeado de rostros taciturnos que se acercaban a mis
restos para pagar sus respetos. ¿Lo último que recuerdo? Leía un libro, estaba
tan enmimismado en la historia que
no me enteraba de nada de lo que pasaba a mi alrededor. Podía haberse caído la
habitación gracias al guirigay que
tenían montado mis nietos, o sucedido otra hecatombe
similar, que no me habría dado ni cuenta; a veces ser un poco sordo tiene sus
ventajas.
Los muchachos pretendían montar una de sus pantomimas para celebrar el cumpleaños de su madre. No sé qué
opinará mi hija cuando les vea vestidos como adefesios con la tela de las cortinas, por si acaso yo he ido sobre
seguro y le he comprado un plumier
que, todo sea dicho, me ha costado un potosí.
La función de los niños me recordaba al "Sueño de una noche de
verano", parece que fue un acierto llevarles a ver la representación de la
obra. En este caso la historia sucede durante una noche de primavera, supongo
que por la fecha del día señalado en cuestión era más apropiado situarla en ese
equinoccio. Un duende tarambana complica la vida de un par de
enamorados con sus triquiñuelas.
Ella es una heredera bella y meliflua que no sabe cómo rechazar con gentileza la oferta de matrimonio de un truhán arruinado, con un
guardarropa de dandi de otra época,
algo pedante y de modales rimbombantes,
que aspira a su dinero y que toma lecciones en el arte de la seducción del picaflor de su criado. Para evitar herir los sentimientos del galán, la dulce sílfide cuenta con la ayuda de su doncella, que ejerce de correveidile entre su señora y el criado del cazafortunas que, por desgracia, termina por embaucarla. Sin apoyos, la damisela se siente perdida y accede a escapar con el donjuán. No es extraño que al futuro suegro le dé un patatús al enterarse de los planes,
información que el duende se encarga de hacerle llegar, sin anestesia ni miramientos, y que el soponcio evite la boda.
La trama les tenía entusiasmados y los preparativos de la función marchaban
sobre ruedas hasta el momento del reparto de papeles. Era una entelequia imaginar siquiera que uno de
los secundarios estuviera conforme con su suerte, todos deseaban ser protagonistas. Se armó entonces tal alboroto que opté por
desentenderme y abstraerme en mi lectura. No pintaba nada en ese jaleo.
Mi nieta pequeña era la única que estaba pendiente de mí,
supongo que porque la chiquilla no tiene edad suficiente para participar en la cuchipanda del resto. La niña es un primor, se entretiene sola, para ello
le basta con la cocinita que le regalé. Le gusta darme a probar los manjares que prepara. A pesar del
cariño no creo que su sino sea
convertirse en una chef de renombre. Es una suerte que aún goce de un estómago
de hierro y que no haya amalgama que
pueda con él. A veces no comprendo cómo un juguete tan pequeño da para albergar
tantísimos cachivaches, en ese
mueble termina todo lo que se pierde en la casa. Claro que no dura mucho, su
contenido enseguida pasa a convertirse en un ingrediente más de cualquier batiburrillo inmundo. Ahora que lo
pienso...¿Estará allí la caja de matarratas que no encontraba esta mañana? ¡Córcholis! ¡Matarratas! Mucho me temo
que acabo de descubrir la clave del misterio.
jueves, 17 de marzo de 2016
Un pequeño misterio
Desde hace unos años, por iniciativa de una de mis amigas, participo en el concurso de microrrelatos de la semana cultural del colegio de sus hijos, un concurso para padres que se amplía a los amigos (categoría en la que entro yo). Este año las reglas obligaban a utilizar al menos tres palabras de una lista de términos en desuso. Todos los años he terminado finalista y éste no ha sido una excepción, aquí dejo mi microrrelato.
Estoy muerto. No sé cómo ha ocurrido pero me he despertado dentro de un ataúd, rodeado de gente taciturna que se asomaba a mis restos para pagar sus respetos. ¿Lo último que recuerdo? Leía un libro, estaba tan enmimismado en la historia que no me enteraba de nada de lo que pasaba a mi alrededor. Podía haberse caído la habitación con el guirigay que tenían montado mis nietos que no me habría dado ni cuenta; ser un poco sordo tiene sus ventajas. La pequeña es un primor, le gusta darme a probar los manjares que prepara en la cocinita que le regalé. No comprendo cómo un juguete tan pequeño da para albergar tantísimos cachivaches, en ese mueble termina todo lo que se pierde en la casa. Ahora que lo pienso... ¿dónde andará la caja de matarratas que no encontraba esta mañana? ¡Córcholis! ¡Matarratas! Mucho me temo que acabo de descubrir la clave del misterio.
UN PEQUEÑO MISTERIO
martes, 1 de diciembre de 2015
Magia Gris (Primeros capítulos)
Magia Gris es la continuación de Paloma. Su existencia se debe a una sugerencia de mi madre y a la insistencia de los personajes por secundarla. Durante aquella época viví rodeada por ellos y por su magia, hasta el aire poseía un brillo distinto. Fue una experiencia extraña y maravillosa que echo terriblemente de menos. Es un libro especial al que tengo un gran cariño.
CAPÍTULO 1: EL BUZÓN
Existe una regla no escrita entre las brujas por la que éstas evitan utilizar el sistema de Correos. La razón fundamental emana de su natural suspicaz: confiar en que nadie más que el destinatario vaya a leer el mensaje es una muestra de la necedad del remitente. Su animadversión al sistema no les impide pulular por las rutas más transitadas de los carteros y aprovechar la coyuntura para argumentar su teoría. Los secretos e intrigas de otros constituyen un gran aliciente en sus, generalmente, monótonas vidas. A pesar de su interés por todo lo ajeno se muestran muy reservadas en lo propio y, con tal de preservar su intimidad, han rescatado lenguas muertas para comunicarse entre ellas. Por desgracia, en el proceso cada una desarrolló su propia versión lo que a la larga derivó en numerosos disgustos y no menos enfrentamientos al no ser infrecuente que se malinterpretasen sus palabras.
Aquella mañana, la bandera roja alzada del buzón del camino indicaba que una carta hacía compañía a las telarañas que lo atestaban. No siempre la casilla se había dedicado a residencia para arácnidos, en otro tiempo por su interior había circulado una nutrida correspondencia. No obstante, últimamente, su poste se empleaba de apoyo para que, Lope, el mercader, dejase en su base la leche y demás encargos de Marla. El descubrimiento del comerciante había supuesto un hito en sus vidas. Pese al huerto de la cabaña, los árboles frutales, las cacerías de Orión, las bayas, castañas y las setas del bosque, la bruja siempre se había valido de su poder para procurarse algunos productos. Con la pérdida de su magia esos artículos se habían convertido en un lujo. Ya no había manera de convencer a las cabras montesas para que acudiesen voluntarias a ser ordeñadas por la anciana y era impensable que las ocas le prestasen sus huevos. Ahora había que perseguir a los animales. Dadas las condiciones físicas y mágicas de Marla, Paloma se encargaba de esa tarea. A instancias de Marla, Orión solía escoltarla, aunque sin correr riesgos.
- No me vendría mal algo de ayuda – le sugirió la joven a su acompañante mientras saltaba por los escarpados riscos.
- Por eso estoy aquí, para darte apoyo moral. No pretenderás que me juegue el pellejo, ya no tengo edad para eso.
- Pensaba que los gatos teníais siete vidas – le rebatió Paloma.
- Te equivocas. Los de las brujas tenemos nueve –le aclaró el minino- y necesitamos todas y cada una de ellas. No hay que desperdiciar ninguna.
- No entiendo por qué Marla insiste en que vengas.
- Para vigilarte. No te preocupes, si te ocurriese algo, iría a avisarla.
Orión, además, disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven. No siempre las escaladas culminaban con éxito, sobre todo en lo referente a la leche y, en más de una ocasión, Paloma se libró de milagro de terminar despeñada entre las rocas.
La cuestión de la miel era otra faena peliaguda. Sin miel no había dulces y tanto Paloma como Orión eran golosos por naturaleza. A pesar de sus infinitas precauciones la bruja siempre pagaba un doloroso precio por aquel caramelo. El día en que Paloma aprendió a sacar la miel del panal sin que las abejas la acribillasen, Orión, atento a sus maniobras, se olvidó de resguardarse de los enfurecidos insectos lo que le costó ser él el damnificado. Sin embargo lo peor no fue el dolor de las picaduras, sino la risa de Paloma. Tras cada excursión Marla hacía gala de todos los conocimientos de medicina acumulados a lo largo de siglos: curaba heridas, picaduras, torceduras y enfados. Sus guisos restablecían la paz.
Las salvajes ocas tampoco se lo ponían nada fácil a la muchacha y la atacaban feroces cuando se acercaba con fingida expresión de inocencia. A pesar de sus brazos llenos de moratones Paloma disfrutaba al preparar tortillas: era la venganza por sus picotazos. ¡Una fiera menos!- pensaba al batir los huevos con saña. Cierto que al cocinarlos, el resultado se parecía más a un espumoso y delicioso soufflé.
Una tarde, a la vuelta de una de aquellas partidas, encontraron una botella abandonada a un lado del camino. ¡Aquel hallazgo se reveló providencial! La depositaron junto al buzón y, al día siguiente, como por arte de magia, hallaron en su lugar una garrafa nueva, llena de leche de vaca: recién ordeñada, dulce, fresca y espumosa y ¡sin necesidad de someterse a las coces de las cabras! Debajo había una lista de las mercancías del comerciante, junto con sus precios. ¿Por qué no probar?
Marla disponía de una cantidad ingente de monedas, algunas antiquísimas, de las que desconocía por completo su valor. Hizo un pedido y dejó un pago astronómico por él. Afortunadamente, Lope resultó ser muy honrado. Descontó el importe exacto del encargo y buscó coleccionistas para las antiguas piezas. Las tasó, se encargó de la transacción y, sin preocuparse por sus beneficios de intermediario, le entregó íntegramente a su legítima dueña todo lo obtenido. Era además muy detallista y con frecuencia les dejaba algún obsequio. Esa táctica para dar a conocer sus productos le resultó muy provechosa y la lista de pedidos se alargó con añadidos de chocolate, azúcar, cacao, café, sabrosos quesos, aterciopelados vinos de Doria, aceite de oliva virgen de Canema, especias y pastas, entre otros caprichos. Lo que no solía haber en el buzón era precisamente lo que el banderín indicaba aquella mañana: cartas.
CAPÍTULO 2: LA CARTA
- ¡Qué carta tan extraña!- murmuró Marla al recoger la insólita epístola. Pese a lo precario de su vista, los barrocos relieves de su sobre no le pasaron desapercibidos. También advirtió que estaba cerrado por un anticuado sello de lacre ¡doble!
La anciana palideció alarmada al reconocer el grabado negro sobre la pasta rojiza. ¡Un mensaje del Aquelarre! Su corazón latió desbocado. Dada la aversión de sus antiguas compañeras a este sistema de comunicación, sólo un motivo de extrema importancia podría haberlas impelido a recurrir a él. No había que ser adivino para vaticinar que no podía tratarse de nada bueno. Sus manos temblaron de ansiedad y, pese a la curiosidad, fue incapaz de reunir el valor suficiente para abrirla de inmediato y enfrentarse a su contenido. Con el alma en vilo, regresó a la cabaña. Tan distraída iba que tropezó con todas las raíces y cantos del camino y trastabilló un par de veces. El percance desvió su atención de la carta y la fijó en el suelo para evitar derramar la leche.
Una vez en la casa, colocó automáticamente las cosas en la despensa. De refilón le echaba miradas furtivas a la misiva. Casi esperaba que esta desapareciese igual que un espejismo. ¡Habría sido un alivio! Se puso a preparar la comida. La mecánica de cocinar la ayudaría a calmar los nervios: picó unas verduras, molió unas especias con unos buenos golpes de almirez que relajaron su tensión, añadió unas hierbas, caldo y algunos trozos de carne y, cuando el guiso empezó a bullir y el aroma reconfortó su inquietud, se sentó delante del aciago sobre.
Lo cogió con la punta de los dedos, no es que fuese a estallar pero eso no hacía el contenido menos explosivo. Inhaló aire hondo para armarse de valor antes de abrirlo. Esperaba que no estuviese protegido por ningún hechizo peligroso aunque, generalmente, este no afectaba al destinatario sino a los curiosos entrometidos que intentaran cotillear el mensaje. Rompió el sello con aprensión. Con un esfuerzo, consiguió que las letras se mantuviesen fijas sobre el papel. Con la ayuda de su lupa, leyó la familiar caligrafía:
“Querida Marla:
Debido a que últimamente mi salud ya no es tan resistente como solía, he pensado que sería una buena idea aprovechar para hacerte una visita y reponer las fuerzas perdidas gracias a tus habilidades culinarias y a tus creativas y deliciosas pócimas. Disfrutaremos de volver a estar juntas, recordaremos viejos tiempos y recuperaremos algo de estos últimos años de forzosa separación. No dudes que aprovecharé para ponerte al día de los últimos cotilleos del aquelarre.
Con cariño.
Tu hermana: Merle.”
Marla abandonó la lupa y la misiva con gesto de desaliento sobre la mesa. Se sorprendió de que una nota tan breve fuese capaz de anunciar un trastorno semejante en su apacible existencia. ¡Merle! ¡De visita! ¡Con la sana intención, además, de prolongarla el tiempo necesario para recuperar su salud, según decía! Conociendo a la interfecta, la anciana dudaba mucho que esa fuera la auténtica razón por la que hubiese decidido presentarse, de improviso, después de tantos años. De algo sí estaba segura: si estuviese enferma de veras no lo habría reflejado tan abiertamente en la carta. Aún así cabía la posibilidad de que le diese un infarto cuando descubriese en lo que se había convertido su vida. Eso casi sería una suerte, de esa forma se aseguraba de que la estancia iba a ser breve y poco problemática. La otra opción era que ella misma sufriese una embolia tras tenerla allí unos días. Había un mensaje entre líneas: los “cotilleos” a los que hacía referencia seguro que escondían el verdadero motivo de su visita.
Marla tembló ante la perspectiva de convivir de nuevo con su hermana. ¿Acaso no habían pasado suficientes años juntas durante su formación como para escarmentar con la experiencia? Sin embargo no había forma de escabullirse: si a Merle se le metía una idea en la cabeza, Marla sabía de sobra que no existían en el mundo argumentos suficientes para hacerla cambiar de opinión. Su ambiciosa hermana no comprendería que viviese feliz y tranquila en la compañía de un gato y una Bruja Blanca que no sabía hacer magia. Si llegara a enterarse, siquiera por descuido, de que la susodicha Bruja se debía a un error propio y que, en realidad, debería de haber sido su aprendiz, Merle era muy capaz de denunciarla ante el Aquelarre y acusarla de traición. Todo dependería de sus intereses y del estado de sus relaciones con el resto del grupo en esos momentos. No es que Marla tuviese mucho que perder, a fin de cuentas ya había renunciado a su Magia aunque nunca se sabía el tipo de castigo que se les ocurriría a las altas esferas. Si decidían que sirviese de ejemplo y escarmiento para otros, la cosa podría ponerse muy fea. Su rostro palideció ante el panorama desolador que se le presentaba y sus manos temblaron mientras arrugaba, inconscientemente, el papel de la fatídica nota.
Tan preocupada estaba, tan hundida en sus negros pensamientos, que se olvidó de que había dejado la comida al fuego. El cazo empezó a humear. El sabroso aroma fue sustituido por penetrante olor a quemado. Aquello espabiló a Orión, que se acercó a avisarla.
-¡Marla! ¡Se quema la comida!
Marla no pareció oírle. Continuó sentada inmóvil, en estado de estupor, pálida y sudorosa, inmersa en una espiral de negros presagios. No presentaba muy buen aspecto. ¿Y si le pasaba algo a la anciana?, se alarmó Orión. Era excepcional que se distrajera con la comida y la falta de reacción ante su aviso resultaba de lo más extraño. El felino salió a buscar a Paloma que, recostada bajo un árbol, estudiaba el libro de hechizos con toda la aplicación que le permitía la soleada mañana. Al sentir la sombra del gato sobre su rostro entreabrió los ojos.
- Marla se ha olvidado la comida en la lumbre y no parece oírme. ¡Hoy no comemos! – Le notificó el animal con un chillido y la mirada espantada.
La joven acudió a la cabaña con presteza. Retiró el cazo del fuego para evitar que la casa saliese ardiendo y se acercó a la anciana, que no hacía más que mirar y estrujar un papel que tenía en sus manos. Al arrebatárselo para leerlo sintió un pinchazo en los dedos que le hizo sacudir el brazo con brusquedad y soltar el mensaje. Su gesto hizo reaccionar a Marla que levantó los ojos y se percató de la mirada de preocupación de sus compañeros y del brillante sarpullido en la piel de la joven.
- Mi hermana Merle viene de visita - comentó.
- ¿Tu hermana? - se extrañó Paloma, olvidando por un momento el creciente picor en su cuerpo - No sabía que tenías una hermana, ni tampoco que las brujas pudiesen tenerlas. ¿No naciste de un huevo de cuervo?
- Es mi gemela. El huevo del que nacimos era excepcional: tenía dos yemas. Por lo tanto soy de las pocas brujas que tienen familia consanguínea.
- ¿Qué me pasa? Me escuece hasta el pelo – preguntó Paloma, picada no sólo por la curiosidad mientras se sacudía para rascarse. Cambió rápidamente de idea: el movimiento exacerbaba los pinchazos y hasta el roce del vestido le resultaba doloroso.
- Es por tocar el papel del Aquelarre. No te preocupes, es un tóxico bastante irritante pero nada más. Se te pasará pronto – le aseguró. - Te untaré un poco de aceite de linaza para calmar el picor.
Marla se levantó y se acercó a la alacena donde guardaba su colección de hierbas. Escogió una bonita ánfora de aire antiguo y derramó unas gotas de su contenido en un cuenco. Lo rebajó con aceite de oliva y le ordenó a Paloma que sumergiese en él las manos, sin sacarlas, hasta que se hubiesen normalizado. Al o es que el gato supusiese una ayuda, al contrario: el minino disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven a la que contemplaba sin que su pellejo corriese peligro. Al obedecer la joven se sintió tentada de retirarlas. Miró a Marla pero esta no se compadeció de su sufrimiento.
- Espera - insistió.
La reacción inicial del veneno con el ungüento hacía parecer peor el remedió que la enfermedad pero, tras el primer momento de pánico, noto cómo la inflamación bajaba. Poco a poco, la sensación se extendió hacia los brazos. Marla cortó una hoja de un cactus, la abrió y le indicó que se frotase con ella por el resto del cuerpo.
- Estábamos con tu hermana, ¿cómo es?- Indagó Orión.
- Al ser gemelas, Merle se asemeja físicamente a mí, somos prácticamente idénticas salvo que ella es algo más gruesa y bastante más fuerte. Siempre le ha gustado llevar la voz cantante - suspiró Marla. - La quiero mucho, de verdad, aunque reconozco que seguramente se deba más a algún tipo de instinto entre hermanas que porque ella haya hecho algo para merecerlo o haya demostrado su cariño hacia mí. Es más fácil sobrellevarla a distancia que cuando estamos juntas. De sólo pensar en aquellos tiempos de confraternidad me entran sudores.
- Cuéntanos - le pidieron Orión y Paloma, que seguía dándose fricciones con la gelatina del aloe como si pretendiera pulirse la piel con ella.
(Ya sabéis, continúa en el enlace, y también está disponible en papel)
sábado, 20 de junio de 2015
Viento cervantino
Hay un libro abierto sobre la mesa. Duermen las palabras dentro del
cuento y aguardan, entre sueños, el beso que las despertará de nuevo.
A través de una rendija, la brisa ahueca las cortinas. Las hincha hasta reventar la tela. ¿Qué se esconderá tras ellas? Superada la barrera, se cuela en la biblioteca. Huele a cuero viejo, a papel encerrado, a barniz de madera y a sosiego. El aire revisa con calma cada recodo, revolotea por los estantes, husmea los tomos y levanta el polvo.
A través de una rendija, la brisa ahueca las cortinas. Las hincha hasta reventar la tela. ¿Qué se esconderá tras ellas? Superada la barrera, se cuela en la biblioteca. Huele a cuero viejo, a papel encerrado, a barniz de madera y a sosiego. El aire revisa con calma cada recodo, revolotea por los estantes, husmea los tomos y levanta el polvo.
Al contacto de la brisa, vibra el relato olvidado. El viento se demora retenido en el vaivén. Oscila sobre los cantos, juguetea con las páginas y roza las volutas de la primera letra. La entona y se queda quieto. La repite y retiene el aliento. Prosigue, cautivado por la música del texto. Lee, canta. Se recrea en la melodía. Llega hasta el final de la hoja, sin hallar el final de la historia. Suspira... mas los suspiros no bastan y la página no avanza.
La frase se corta. El relato se interrumpe. La brisa se tensa. El silencio crece. Se torna denso. Igual que el poso del tiempo se acumula en el aposento. Se adhiere a las paredes, alfombra el suelo, se infiltra en los recovecos. Como un péndulo se desplaza hasta invadir la estancia. Abrumado, el viento se inquieta. Aúlla... sin que suceda nada. Enloquecido, libera su fuerza. Ruge. Brama. Se transforma en vendaval. Atrapado en la ventisca, el papel se agita. Tiemblan las letras. En una sacudida se desprenden y la tinta se vierte. Las hojas vacías se desatan y rotan enganchadas en las aspas de una espiral blanca.
En medio del torbellino surge una triste figura, cubierta de una armadura. El caballero se alza frente al molino de páginas. ¡Ay, malandrín! le grita al viento. Empuña la lanza y blande la espada. Amaga y, tras la amenaza, ataca. El chasquido corta el aire. Un eco gigantesco repliega el tiempo.
La sala queda en suspenso. Los libros se encogen, frágiles, en sus estantes. El hidalgo se hinca de rodillas. Jura, por su honor de caballero, defender la nobleza de los textos. Junto a sus armas, velará la tinta derramada. En la solemnidad de aquel juramento, las palabras se enredan en su sombra, para regresar a la historia.
La sala queda en suspenso. Los libros se encogen, frágiles, en sus estantes. El hidalgo se hinca de rodillas. Jura, por su honor de caballero, defender la nobleza de los textos. Junto a sus armas, velará la tinta derramada. En la solemnidad de aquel juramento, las palabras se enredan en su sombra, para regresar a la historia.
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