miércoles, 15 de febrero de 2017

Malditas estadísticas

La Medicina son estadísticas, tanto para la bueno como para lo malo, las complicaciones existen, incluso aunque uno se haya esmerado en hacerlo todo bien. Ese esmero es inevitable y es una combinación de tesón, lucha, pundonor y responsabilidad. No se puede abandonar cuando las cosas se complican porque una cosa es perder una batalla y otra dar por perdida toda la guerra, y hay batallas cruciales.

Hace unas semanas tuve uno de esos quirófanos en los que se entierra la autoestima. Todo empezó bien, salió el primer paciente, el segundo, y nada hacía presagiar lo que se avecinaba. Entró la tercera, una niña preciosa, como una muñeca. Ya en el preoperatorio la había visto el hematólogo porque sus valores de coagulación no eran normales. No obstante, después de estudiarla, no parecía tener ningún problema, aunque en esos estudios tiene más confianza el hematólogo que el cirujano.

La cirugía de amígdalas y adenoides en los niños no presenta dificultades técnicas, las vegetaciones se legran y se pone un taponamiento que se deja durante la resección de las anginas. Las amígdalas se disecan al tiempo que se queman los vasos sanguíneos con la pinza de coagulación. Al terminar, se retira el tapón y se despierta al infante. Si todo va bien, no hay más. Sin embargo, 1 de cada 50 niños sangra, y esa preciosidad, después de una hora de taponamientos, seguía sangrando. Revisé, quemé el lecho, le puse vasoconstrictores y activadores de la coagulación. Al final no me quedó más remedio que rendirme y sacarla dormida y taponada. Avisé al hematólogo para contarle lo ocurrido por si consideraba necesario ampliar el estudio.

¿Cómo le explicas a la familia lo que ha pasado? De nada les sirven las estadísticas, eso no les consuela, aunque sí ayudan a explicar que ha sucedido otras veces y que luego todo ha ido bien, que es cuestión de tiempo, de esperar unas horas para que la presión del tapón termine de coagular los vasos. ¿Cómo les tranquilizas cuando tú misma estás intranquila y con el ánimo por los suelos? No hay que permitir que el abatimiento te venza y que se hundan los padres contigo, la confianza es fundamental, hay que dar medida al grado de preocupación y esa medida dependerá mucho de cómo te vean.

Después de aquel trago, aún me quedaba otro caso, otra cirugía sencilla, de esas que la anestesia es más larga que la intervención. Sin embargo, los hados no estaban dispuestos a cambiar las tornas y sí a ponerme a prueba. Tenía que quitar un pólipo de las cuerdas vocales y para eso hay que meter un tubo de metal hasta la laringe a modo de tragasables y luego tensar. Aquella laringe era diminuta, no se podía enganchar, se escapaba, y a la hora de tensar no había ángulo para hacer palanca. Apreté los dientes, aquello no iba a poder conmigo, ese pólipo iba a salir de ahí sí o sí. Perdí la cuenta de los intentos, reconozco que no fue la cirugía más elegante que he realizado en mi vida, pero quité el maldito pólipo. Eso sí, si le sale otra lesión, lo tendrá que intentar otro. Así se lo dije a los familiares.

Aquella tarde me quedé en el hospital. Los anestesistas me habían pedido no dejar el taponamiento de la niña hasta el día siguiente, como es habitual, sino quitarlo al cabo de unas horas. Me pareció bien, de ese modo acortábamos la incertidumbre y reducíamos el riesgo de complicaciones por una anestesia prolongada. Como pocas veces en el hospital y después de ese día mi intención es seguir con esa tónica, el menú no mejora con los años. Esa mañana había metido un libro nuevo de Marcel Schwob en el bolso (Vidas imaginarias y la Cruzada de los niños) y aproveché para leerlo durante la espera. Me gustó tanto que se lo he pasado a la Señora porque sé que es de esos que va a disfrutar.

A las seis de la tarde nos pusimos en marcha. Avisamos a la familia y llevamos a la criatura al quirófano. Todo se desarrolló según lo deseado, quitamos el tapón, todos suspiramos de alivio cuando comprobamos que no sangraba. Luego despertamos a la pequeña sin problema para devolvérsela a su madre.

Estos casos siempre dejan un poso de alarma y unos días después tenía que operar al hijo de otra médico, un chiquillo encantador que hasta me invitó a merendar a su casa según le metíamos en quirófano. ¿Y si se repetía la situación? Afortunadamente no fue el caso, más bien al contrario, ese día todo salió rodado. Sí, por suerte también hay días que ayudan a recuperar la autoestima.

martes, 14 de febrero de 2017

Medicina en un torbellino

Este año, el día de urgencias y de atención a los Rendu-Osler ha cambiado al martes. No parece que haya fallado el sistema de aviso, ni tampoco mi facilidad para complicarme la vida sin ayuda, así que el martes es un día que apenas me da tiempo a respirar. A veces creo que debería de ver a algún psiquiatra porque me encanta lo que hago, y no me importa no parar. Supongo que los pacientes son los culpables de mi "enfermedad", lo cierto es que con los Rendu-Osler tengo la sensación de contribuir a algo útil, de servir de ayuda y siento que confían en mí. La Asociación HHT es como una familia y soy un miembro más, a veces lo comparo a adoptar pacientes, y sé que suena cursi y anticuado pero me siento honrada de que me permitan adoptarles. Es muy satisfactorio, no solo a nivel profesional sino también personal.

Después de la sesión me paso por la consulta para empezar la mañana con las primeras urgencias. Si aún no ha subido ninguna, me bajo a urgencias a buscarla, y a nadie le extrañará el que siempre encuentre alguna. A lo mejor los médicos de puerta no me habrían llamado, pero ya que me ofrezco no van a rechazarme. Los enfermos tampoco me ponen pegas, pienso que porque no se atreven.

El box de urgencia suele ocuparse con pacientes sangrantes, muchos de ellos anticoagulados, hay mañanas de epidemia. Como total el camino a recorrer por el paciente y por mí es el mismo, agarro la silla de ruedas y me la subo a la consulta. Cosa rara, en la sala de espera nadie se levanta a preguntarme nada, pocas cosas hay más disuasorias que llevar a alguien cubierto de sangre. Ya encontrarán a otra bata blanca menos ocupada, incluso es posible que sea yo misma cuando termine con ese paciente y salga a llamar al siguiente: ¿dónde está oftalmología? (al fondo del todo), ¿es esto ginecología? (no, es por el otro pasillo), ¿y traumatología? (una planta más abajo), por preguntar a veces te dan hasta el nombre de su familiar ingresado por si te sonase y supieses dónde está.

En la consulta simulo una confianza que no siempre tengo, opino que para ser médico uno debe ser optimista, no tiene sentido tirar la toalla de antemano, y menos aún ante un enfermo para el que se supone eres su tabla de salvación. Si estás ahí, es para intentar solucionar el problema. La tenacidad, comúnmente conocida como cabezonería, se considera una virtud en la práctica médica, es algo que te lleva a luchar por el paciente sin rendirte y a transmitirle ese espíritu de lucha que tanto necesita. Tampoco es mala idea aprovechar el éxito de un caso para tranquilizar al siguiente, un ejemplo siempre es la mejor prueba. Entrar con un enfermo cubierto de sangre y sacarlo al rato seco, limpio y aseado causa buena impresión.

No solo hay que pelearse con la hemorragia, el más difícil todavía es contestar a la vez al teléfono y al busca, ambos coinciden más de lo achacable al azar, no obstante la prioridad es el enfermo y si requiere nuestras dos manos, los que llaman tendrán que volverlo a intentar (por desgracia no dispongo de una secretaria personal para atenderles). Aún así conviene confirmar que el número no es el de la UCI. Muchas llamadas de urgencias se resuelven con decir que suban al paciente, es una respuesta más breve y satisfactoria para el que la oye, y el tiempo que se gasta en discutir y dar explicaciones suele ser casi tan largo como el que se tarda en ver a muchos enfermos.

A lo largo de la mañana se acumulan los Rendu, las revisiones sin cita y las urgencias. Si alguno se complica, a otros les tocará esperar. Aún así nadie se queja, creo que todos son conscientes de que hago lo que puedo, y si alguna consulta se queda libre la aprovecho para multiplicarme durante un minuto. Anestesiar la nariz es fundamental antes de cualquier manipulación, y esos minutos son preciosos para escribir un informe, poner un tratamiento, echar un vistazo a otro paciente, asomarse a la sala de espera, responder al teléfono o cursar cualquier papeleo. Se trata de rentabilizar el tiempo, y a veces incluso es posible ir al baño.

La mañana se pasa sin sentir, y casi sin sentarse. Sin embargo, salgo del hospital con una sonrisa, ¿la de la euforia de la aventura o la del deber cumplido?

sábado, 28 de enero de 2017

De guardia con hermanísima

Los catarros de hermanísima no suelen resolverse espontáneamente, lo más frecuente es que se le compliquen y tengamos que recurrir a algún antibiótico para zanjar el tema. Los tratamientos suelen ser telefónicos, el horario escolar y el hospitalario se compaginan mal. Esta última vez la cosa se prolonga y quedamos en que se vendrá conmigo en una guardia de fin de semana para mirarla. El finde ha llegado y el viernes hablo con hermanísima.
-De momento no parece que mañana tenga que ir por el hospi, no me han llamado y no tengo pacientes ingresados -le explico.
- ¿Y cómo vamos a hacer para darte la tarta de manzana que cuñadísimo te ha traído de Valladolid?
Me relamo. ¡Una tarta de Maro Vallés! Hace años que no la pruebo, pero eso no significa que la haya olvidado.
- Si de ahora a mañana no me llaman, me paso por tu casa a recogerla y te echo un vistazo.
La noche es igual de tranquila que la tarde del viernes, tras el cambio de turno llamo a la urgencia y no hay nada pendiente para mí. House llega de guardia, su cara me basta para saber que prefiere estar solo y tranquilo. No tardo en desaparecer.

Aparezco en casa de hermanísima, con las prisas no la he llamado. La exploro. Sobrinísima y ciclón también se apuntan, que una revisión médica nunca sobra, sobre todo en plena epidemia de gripe (de la que solo se ha librado el ciclón). Estamos en plena consulta cuando suena el busca.
- ¿Estás en el hospi?
- No, pero cuéntame.
- Tengo un paciente con una epistaxis que ya vino ayer. Le he retaponado pero sigue sangrando.
- No te preocupes que voy.
Le digo a hermanísima que, si quiere que la vea en el hospital, se componga en un minuto. Salimos juntas. En el coche termina de arreglarse, ya está acostumbrada, un trayecto Madrid-Linares previo a una boda da para toda una sesión de belleza, con mascarillas, maquillaje y peluquería (y hasta algo de siesta).

Al llegar me esperan no uno sino dos pacientes. La segunda es una mujer mayor, anticoagulada, con las dos fosas taponadas. Me llevo a ambos a la consulta. Hermanísima se ofrece a ejercer de auxiliar. Me vendrá muy bien.
El hospital esta vacío y aprovecho para trabajar a dos consultas. Siento a cada paciente en una y corro de una sala a otra. Hermanísima les tranquiliza.
-No se preocupen, es la mejor.
-Es que es mi hermana- les explico.
Remojo los taponamientos con anestesia antes de quitarlos. Mientras les hace efecto, aprovecho para hacerle una fibroscopia a mi incondicional ayudante.

Empiezo. Retiro los tapones y pongo unas mechas de algodón con más anestesia. La nariz duele mucho y los pacientes agradecen todo lo que se les haga para aliviar el trance. Con el primero no tardo en descubrir al vaso responsable, el caño de sangre que sale de él no da lugar a dudas.
- Se le ha roto un vasito (el diminutivo es un eufemismo), voy a quemárselo.
Agarro dos barras de Argenpal (con una le haría cosquillas a semejante manguera) y las aprieto contra el tabique, sobre el chorro de sangre. Espero unos segundos antes de retirarlas. Parece que he acertado, la cosa ha mejorado. Hago un poco de presión con una bolita de algodón y repaso la zona. Por si las moscas, pongo un pequeño tapón reabsorbible que tendrá que remojar para que se deshaga. No hace falta más, puede irse a casa.

Hermanísima le ha dado conversación a mi otra paciente y a su acompañante. Se han desahogado y contado su vida, obra y milagros: que si su hijo está fuera, se había ido el día anterior, que la otra es su vecina y no tiene hijos, y se ha venido con ella para que no estuviese sola. Me comentan que le salía sangre hasta por los ojos. No tiene claro por qué lado empezó, parece que fueron ambos (a veces pasa en los anticoagulados). En una fosa no tardo en encontrar un vaso y quemarlo. En la otra no veo nada sospechoso, por si acaso dejo un poco de material hemostásico y reabsorbible, así se protege la mucosa y evitamos sustos. No puede marcharse, tiene que quedarse un rato para que le controlen la anticoagulación.

Después de un poco de vida social en la urgencia, volvemos a casa. Hermanísima piensa presentar una moción en el hospital para que la contraten de relaciones públicas. La verdad es que tener un ayudante en la guardia, que anime a los enfermos, no va nada mal.

viernes, 27 de enero de 2017

YE

Por fin escribo. No es que no tenga temas sobre los que hablar, es una de las ventajas de tener un blog variado, que todo lo que se me ocurra cabe. En este caso voy a aprovechar una salida del hospital para contar una tarde de ocio, comidas y tiendas.

Quedar con amigos no siempre es fácil, y mucho menos si son médicos: hay que cuadrar guardias, cirugías que se pueden alargar, sesiones, congresos y vida personal. A pesar de las listas de espera, un médico te ve antes como paciente que como amigo, por eso conviene aprovechar el día en que las constelaciones se muestran favorables. Esta vez lo conseguimos sin demasiado esfuerzo y sin imprevistos de última hora, que como dice una de mis amigas, nunca hay que cantar victoria hasta que estamos todas sentadas a la mesa.

Después de una mañana de consulta lo primero es reponer fuerzas. La comida japonesa es siempre apetecible, no solo es bonita sino también variada, y nos gustaba a las tres implicadas en el plan del día. Para empezar nuestra reunión escogimos el restaurante de Ayala, 67 (Ayala-Japón). Tras echarle un vistazo rápido a la carta, que a las tres y media de la tarde las tripas no admiten mucha demora, nos decantamos por el menú degustación: una ensalada, unos rollitos fritos de verdura, un poco de sashimi, otro poco de sushi en versiones nigiri (sobre monte de arroz) y maki (rollito), un tartar de salmón, otro de atún con soja y trufa, una muestra de teriyaki de toro y unos dimsums al vapor saciaron con creces nuestro apetito. Tras un té, con su sobremesa, y un retoque de pintalabios en el baño, estábamos listas para pasear por el barrio.

Una de mis amigas había descubierto una tienda de tocados artesanos, YE, en General Diaz Porlier 32, que le apetecía visitar. Después de contemplar el escaparate, no lo dudamos, aquellas preciosidades había que verlas de cerca. Llamamos al timbre para que nos abrieran, la dueña, de nombre Yulia Eremina, suele estar en el taller de abajo, trabajando en sus diseños entre cliente y cliente.

Dentro todavía había más preciosidades, tantas que no sabíamos por dónde empezar, quizá nos emocionamos más de la cuenta y entre las tres no sé si quedó algún sombrero sin probar. Su creadora nos explicó algunos detalles y nos ayudó a colocarnos los tocados de la manera más adecuada y favorecedora. Se notaba que disfruta con su trabajo, a cualquier otro le habríamos vuelto loco, pero ella compartía nuestro entusiasmo.

Si lo hubiese sabido, quizá esa mañana me habría peinado con más esmero. Había salido de casa con la cabeza aún algo húmeda, que terminó de secarse en el coche, y todo mi estilismo consistía en un semirrecogido, por supuesto sin peine, con unas pinzas para quitar el pelo de la cara y que no me molestase a la hora de explorar a los pacientes. Sin embargo, los tocados eran tan bonitos que lucían incluso así. El estilo que mejor se adaptaba a una de mis amigas era el más puro bohemio-francés, las boinas estaban hechas para ella, otra de mis amigas, más clásica, se llevó un gorro rojo que habría sido la envidia de Caperucita, no solo era bonito y favorecedor, sino muy versátil, se podía girar en todas las posiciones y cada ángulo era diferente. En cuanto a mí, confirmé algo que siempre he sospechado: mi cara es vintage, mis rasgos se corresponden más con la época de los años 40 y 50 que con la actual, y con los tocados inspirados en esos años, con redecilla incluida, parecía una extra de una película de los años dorados de Hollywood (lo podéis comprobar en la foto, ¿verdad que es un sombrero maravilloso?).

lunes, 2 de enero de 2017

Básicos de belleza

Decía Marilyn que "una sonrisa es el mejor maquillaje que puede llevar una chica", y estoy de acuerdo con ella, de nada sirve emperejilarse si se acompaña de un gesto triste o desagradable. La sonrisa posee encanto, ilumina la piel desde dentro, da brillo a la mirada, tiene algo que se irradia y se contagia. No hay nada más atractivo.

Me gusta sonreír, a los pacientes les inspira confianza, les hace perder parte del miedo con el que acuden a la consulta. Sin embargo no son solo los demás los que se sienten mejor al verte, parece algo tonto, pero el mero acto de sonreír disipa muchos nubarrones, no es posible mantener un enfado más de unos segundos con una sonrisa, salvo que sea cínica.

Una sonrisa sería, por tanto, mi primer imprescindible de belleza, aunque reconozco que la mía me gusta mucho más con un buen pintalabios (que aplico como labial y colorete). Esta confesión suena superficial, pero así son las cosas, los adornos y las pinturas han atraído a los humanos desde la antigüedad, y no he escapado a su influjo.

Me gustan los cosméticos pero, por desgracia, tengo la piel muy sensible y eso es algo que resulta incómodo y caro, ya que implica probar y desechar una infinidad de cremas y potingues antes de dar con la adecuada. Las que me irritan se las paso a hermanísima, que no tiene ningún problema de alergia y que, además, está encantada de heredar. Por suerte he descubierto unos cuantos trucos que ayudan a evitar y mejorar la quemazón.

Alguno de estos días House descubrirá en el congelador un pañuelo de algodón, de esos de caballero de toda la vida, humedecido y doblado en cuatro (me extraña que aún no me haya preguntado al respecto, cuando guardé unas cucharillas no tardó en pedirme explicaciones). Ese pañuelo helado es el remedio más rápido para calmar y bajar la hinchazón. Solo tengo que mojarlo hasta devolverle la flexibilidad y ponerlo bien frío sobre los párpados, la frente, las mejillas y la nariz. En un minuto descongestiona la cara de recién levantada; luego lo escurro y lo vuelvo a congelar. Las cucharillas servían para el mismo fin pero el pañuelo me funciona mejor. Para cualquier momento, los sprays de agua termal son cómodos y eficaces, devuelven frescura al maquillaje y nada alivia más rápido la tirantez de la piel en ambientes resecos. A veces lo uso en la raíz del pelo, como un champú en seco que no precisa retirar, solo frotar un poco y dejar secar.

Uno de esos trucos de belleza que harían que House se cuestionase mi salud mental es el de restregarme por la piel la cara interna de la cáscara de plátano. El caso es que esa cáscara es muy rica en ácido salicílico y tiene propiedades antiinflamatorias y queratolíticas. No es tan fuerte como la aspirina (que es infalible cuando se trata de madurar y disminuir la tensión de los granos profundos y dolorosos), no irrita los ojos sino que los calma y se puede usar sobre los párpados para mejorar las bolsas y ojeras (aunque en mi caso no puedo prescindir de corrector). También va bien para secar las espinillas, tratar los puntos negros de la nariz y controlar la producción de grasa en el acné.

Hay remedios naturales para todos los gustos. Recuerdo que hace poco vi a una paciente con un cutis impresionante. La mujer pasaba de los 80 años y a duras penas se le echaban 60, no tenía arrugas, ni flaccidez, ni piel apagada ni ningún otro signo de edad. Nos confesó que su truco de belleza era ponerse una mascarilla de aguacate machacado (con o sin aceite de oliva, no era imprescindible). Aún no me he animado a probarlo, aunque después de las mascarillas metálicas no creo que House se asuste por verme cubierta de verde.

Otro gran descubrimiento han sido las bayetas de microfibra que permiten desmaquillarse sin necesidad de ningún producto, solo es preciso humedecerlas con agua templada. No hay que frotar, basta con apoyarla en el rostro unos segundos y la mayor parte del maquillaje se queda en el trapo, los manchurrones de máscara prueban su eficacia. Hay que repetir un par de veces, hasta que no queden huellas, aunque también se puede hacer un masaje con movimientos circulares por la cara y el cuello y de ese modo realizar una exfoliación suave. Es muy agradable y no irrita nada. La original, la Makeup Eraser, la descubrí en Sephora, luego, a través de amazon, compré una versión china mucho más económica que he regalado a mi círculo más cercano (que ha quedado tan encantado como yo). Las bayetas de microfibra de Alcampo también servirían, es cuestión de escoger una de tacto suave, y en Primor, en la zona de las brochas, las venden con forma de manopla, la de Revolution parece terciopelo y, además de extrasuave, su color negro evita que se vean las manchas.  Para limpiarla basta con frotar con un poco de jabón o lavarla en la lavadora SIN suavizante (que estropea la microfibra, y eso afecta a la ropa interior, camisetas, medias, bañadores y demás prendas que lleven lycra).

Para terminar, un vídeo de una técnica breve y sencilla de masaje facial, algo que siempre viene bien.




domingo, 1 de enero de 2017

¡Feliz Año Nuevo!

¡Feliz 2017!

Que sea un año en el que disfrutemos de cada hora

y en el que nadie se olvide de soñar,

un año en que se cumplan los buenos deseos


y el amor esté presente en nuestro día a día,

para que siempre nos sentamos arropados por los que nos quieren

y estemos para cuidar de los que nos necesitan

que sepamos apreciar la belleza que nos rodea,

y podamos compartirla para hacer felices a otros. 

jueves, 29 de diciembre de 2016

Guardia

Duermo. Una alarma me saca bruscamente de mis sueños. No sé dónde estoy, ni qué hora es, pero el sonido me recuerda que estoy de guardia. Alargo la mano y cojo el busca. ¡Horror! La pantalla muestra UCI. Los intensivistas no suelen llamar para consultar dudas, aún así la esperanza es lo último que se pierde. Quizá sea un error. Contesto.
-Te llamo porque acaba de llegar una paciente a la que se le ha inflamado la lengua y del cuello.
Conozco el tema, la lengua se hincha hasta que no cabe en la boca, últimamente parece que hubiese una epidemia.
-¿Toma IECAS? (esos hipertensivos funcionan muy bien para la tensión pero tienen el problema de que, de repente, un día, después de años sin problemas, deciden dar un buen susto al enfermo y a los servicios de Urgencia. Creo que ha pasado a la memoria de todos los médicos uno de estos casos, una de esas pacientes con mala suerte, a la que todo se le complica y que, en su tónica habitual, su edema demostró ser refractario a los tratamientos convencionales. Durante un par de días se hinchó como un globo. Salió adelante, pero a nadie le apetece que la historia se repita).
-Sí. Ya he llamado a los anestesistas.
-Voy para allá.

Cuelgo y miró la hora: las 2:30 am. Sé que esa noche no voy a volver a casa, un caso así, si no está apurado y responde al tratamiento, requiere tiempo y vigilancia. Si no respira o no responde, la solución es una traqueotomía, y ante semejante panorama no conviene alejarse demasiado.

La M30 está vacía. Puedo contar con los dedos de una mano los vehículos que me encuentro en el camino, y me sobran dedos. A esas horas la gente quiere dormir, lo entiendo, y de hecho me dan algo de envidia.

Cuando llego la enferma está en el box de críticos. Tiene la lengua hinchada y la inflamación se extiende por el suelo de la boca. El cuello está grueso y duro, pero quiero imaginar que cede a la presión. La faringe me tranquiliza algo, parece bastante normal. Le explico que voy a hacerle una fibroscopia para mirar más abajo. Debe de encontrarse bastante mal porque me dice que le haga todo lo que le tenga que hacer. Le cuesta hablar y la voz no suena bien.

La óptica me muestra una epiglotis con el aspecto de una uva grande y jugosa (lo normal es una lámina de cartílago más o menos curvo). Por fortuna aún queda algo de hueco por el que accedo a las cuerdas vocales. A ese nivel las cosas están en orden. La mujer respira sin problemas y se puede ser conservador, aunque sin perderla de vista.

Las tres de la madrugada y no es la única enferma que tengo a esas horas. Me cuentan que hay otra paciente que ha venido con sensación de cuerpo extraño tras un vómito. No puede tragar ni su propia saliva. Me traslado al otro box para explorarla. No está agobiada, lo primero que me dice es que si lo llega a saber, no viene. Sin embargo la voz no es buena y tiene la laringe inflamada, sobre todo en la zona de entrada al esófago. Le explico que tiene que quedarse. Su hija debe de estar acostumbrada a lidiar con ella y no tarda en convencerla.

A las cuatro me voy al despacho y me tumbo en el sofá. Después del trajín, cuesta coger el sueño de nuevo, pero a base de dar vueltas noto que  empiezo a soñar. Soy consciente de que sueño y gracias a eso sé que estoy dormida, es una sensación extraña pero reconfortante, algo descansaré y lo poco que sea me vendrá bien, a la mañana siguiente aún tengo que trabajar.

Desayuno en la consulta. Preparo café y me tomo algunas de las pastas que nos regalan los enfermos agradecidos. Reviso a mis pacientes de la noche; van mejor, pero no lo suficiente, se tienen que quedar un poco más. Según llegan nuevas urgencias, curso más ingresos, por suerte ninguno está grave, aunque a ese ritmo no tardaré en llenar la planta. Hacia el final de la mañana, me doy un último paseo por si hubiese algo pendiente. Descubro a una abuela nonagenaria anticoagulada e hipertensa que ha venido por sangrado nasal. La tensión está por las nubes y la coagulación por los suelos; no puede haber peor combinación, ¿o sí? Una leve demencia senil no ayuda al cuadro, aunque la señora no parece tener mal la cabeza en ese momento, al contrario, con mucha dignidad le dice a la enfermera que no hace falta que le chille, que no es sorda. Es muy graciosa.

La medicina está llena de sustos y de sorpresas. Ante el asombro de su cuidadora, la paciente colabora sin una queja ni un mal gesto: le pongo un algodón de anestésico y, al retirarlo y explorar, encuentro el vaso, lo cauterizo y controlo el sangrado. La devuelvo a urgencias donde se encargarán del resto.

Salgo a las tres, para entonces llevo doce horas seguidas en el hospital, aunque he dormitado un par de ellas. Esa tarde, para rematar el día, me toca llevar el coche a la ITV. Estoy aterrada. Parece paradójico que sea capaz de enfrentarme a cirugías, hemorragias, traqueotomías de urgencia y, sin embargo, me tiemblen las piernas al enfrentarme a la revisión del vehículo. Cuñadísimo se ofrece a aliviarme del mal trago y se encarga de llevar el coche mientras le espero impaciente junto a hermanísima. ¡Aprobado! ¡Ufff! Nunca podré agradecérselo bastante.