martes, 7 de agosto de 2018

Tolerancia

"El argumento moral que desearía decirles es muy sencillo. Diría: el amor es sabio, el odio es estúpido. En este mundo, que cada vez está más interconectado, hay que aprender a tolerar a los demás, a sobrellevar el hecho de que hay gente que dice cosas que no nos gustan. Es el único modo de vivir todos juntos. Y si hay que vivir juntos, y no morir juntos, debemos aprender ese tipo de tolerancia que es totalmente vital para la continuación de la vida humana en el planeta. The moral thing I should wish to say to them is very simple. I should say love is wise, hatred is foolish. In this world, which is getting more and more interconnected, we have to learn to tolerate each other, we have to learn to put up with the fact that some people say things that we don’t like. We can only live together in that way. And if we are to live together and not die together, we should learn the kind of tolerance which is absolutely vital to the continuation of human life on this planet. Bertrand Russell."

Mi madre es una joya, y no, no me ciega la pasión de hija, es íntegra, buena, generosa e inteligente, además de extremadamente independiente.

Una de las cosas que más admiro de la Señora es su capacidad para llevarse bien con todo el mundo, algo que consigue sin sacrificar ni un ápice de la fuerza de su personalidad. Defiende sus opiniones sin más problemas, el otro puede estar más o menos de acuerdo, pero no por ello se desencadena un altercado. Desde luego no he heredado de ella mi tendencia a meterme en líos sin buscarlos, ¿para qué? ya me encuentran por sí solos (a veces no sé muy bien cómo). Lo curioso es que la Señora no da la impresión de ser alguien con grandes dotes diplomáticas, entre otras cosas no suele haber negociación posible, supongo que simplemente se limita a exponer su punto de vista y es tan consistente que consigue que la gente lo vea así, como un punto de vista.

Otra de sus grandes cualidades, y algo que me parece muy difícil, es la de hacer lo correcto, incluso diría que más allá de lo correcto, eso que a otros les parecería casi un sacrificio. La Señora es alguien con quien siempre se puede contar, nunca escurre el bulto, aunque no esté en absoluto obligada a ello. Si lo siente como una responsabilidad, o piensa que es mejor así, buscará el momento de llevarlo a cabo, adaptará su agenda para compaginarlo con el resto de sus planes, sin procrastinarlo, sin pereza, sin pretextos. No es algo que se imponga, ni tampoco para quedar bien, lo hace por el gusto que de ese modo puede proporcionar a otros, en concreto al beneficiado por su acción, es puro altruismo, aunque ella intenta que no lo parezca. Tampoco le importa que sea alguien difícil de tratar, el mérito está en que no se olvida de esa gente que a uno le gustaría esquivar, y de hecho esquiva en lo posible, aunque evitarlo le genere un pequeño remordimiento.

La Señora transmite firmeza, pero también equilibrio, es alguien que inspira seguridad y confianza, proporciona estabilidad y que nunca ha perdido el interés por aprender que sintió desde bien pequeña, cuando con diez años se fue ella solita a hacerse la matrícula del bachillerato. Ya entonces tenía las ideas muy claras.

viernes, 27 de julio de 2018

Felicidad

Make your interests gradually wider and more impersonal, until bit by bit the walls of the ego recede, and your life becomes increasingly merged in the universal life. An individual human existence should be like a river — small at first, narrowly contained within its banks, and rushing passionately past rocks and over waterfalls. Gradually the river grows wider, the banks recede, the waters flow more quietly, and in the end, without any visible break, they become merged in the sea, and painlessly lose their individual being.
The man who, in old age, can see his life in this way, will not suffer from the fear of death, since the things he cares for will continue. And if, with the decay of vitality, weariness increases, the thought of rest will not be unwelcome. I should wish to die while still at work, knowing that others will carry on what I can no longer do and content in the thought that what was possible has been done. Bertrand Russell.

¿Quién no aspira a ser feliz? No creo que haya nadie, en su sano juicio, ni tampoco ningún loco, que no lo desee. ¿En qué consiste ese sentimiento? Diría que se asemeja al amor, no en vano los enamorados son felices cuando están con el amado, es posible que ahí resida el secreto de la felicidad, en enamorarse del mundo y de la vida, con sus bondades y sus defectos. Al igual que en el cariño, no se trata de que lo que te rodea sea perfecto, sino en apreciar sus virtudes y aprender para convertirse en la mejor versión de uno mismo. Quizá eso sea más fácil cuando se está enamorado, en los momentos en que el amor rebosa e impregna todo, entonces el mundo es maravilloso.

La felicidad es compartir, tiene algo de expansivo que bulle por irradiarse y salir. Depende de uno, sí, pero también de los demás, aunque no de la manera que muchos piensan, no es por lo que te den, sino por lo que se puede aportar. No se logra a través del egoísmo, por esa vía la satisfacción es breve y efímera y a la larga deriva en frustración, quien la busca por ese camino se convierte en un infeliz, un eterno insatisfecho. Suena un poco a sermón, pero la felicidad depende de esmerarse en ser amable, hacer las cosas bien, sin buscar reconocimiento, tan solo por el pundonor de superarse y sentirse útil. En la felicidad no hay remordimientos.

La felicidad es alegría, ir por la vida con una sonrisa, mantener la ilusión, aunque a veces sea una ilusión algo ingenua, casi infantil. Al madurar, la felicidad va más allá y se convierte en una cuestión de valores, una guía de principios fundamentales, no es fácil ser feliz si se actúa de forma contraria a como uno cree que debe hacerlo, pero sin olvidar la tolerancia, respetar y no imponerse a los demás. Con frecuencia, hacer feliz al otro es la mayor fuente de felicidad.

lunes, 14 de mayo de 2018

Primum non nocere

Las ampollas de anestesia local son, seguramente, el producto que más uso. Me agobia que al paciente le duela lo que tengo que hacerle y trato de minimizar la molestia en lo posible, aunque sé que a veces es inevitable, para lograrlo tendría que contar con un anestesista al lado que me durmiera por completo al enfermo, pero en la consulta eso no es práctico, y tampoco es posible programar a todo el mundo para una anestesia general, bloquearía la lista de espera.

Nunca me han gustado las agujas. La primera inyección se la puse al catedrático cuando aún era estudiante principiante de medicina, y fue algo que hice aterrada y obligada. No tuve opción, mi señor padre no admite un no por respuesta, si consideraba que, como parte de mi formación, debía encargarme de ponerle aquella vacuna, no había escapatoria. El mejor ejemplo de su pedagogía fueron sus clases de natación, mis primos huían despavoridos cuando le veían acercarse. Como estrategia para disfrutar de la piscina sin niños alrededor era infalible.

Con esos antecedentes, resulta paradójico que vengan pacientes ex profeso a mi consulta para que les pinche. No sé si todas las profesiones influyen tanto en la persona como la Medicina, pero si en mi adolescencia me hubiesen contado que la sangre y las agujas iban a formar parte de mi entorno habitual, me habría reído del profeta; sin embargo, así son las cosas.

El pánico a las agujas es casi universal (la excepción es el catedrático). Hace poco atendí a dos hermanas; como la enfermedad no se manifiesta de forma homogénea en todos los pacientes, una tenía más afectación que la otra. Sin embargo, fue la que menos lesiones tenía de ambas la que, en medio del proceso, comentó que se encontraba mal. Me explicó que últimamente tenía subidas de tensión y que notaba que eso era lo que le estaba ocurriendo. Por fortuna, las enfermeras estaban en la sala de al lado y en un momento acudieron en mi auxilio y le colocaron el esfingomanómetro. Para tranquilidad de todos, la tensión estaba en perfecto orden, todo era cuestión de aprensión. Terminé el tratamiento, poco a poco y con mucha anestesia y, al acabar, le dice la mareada a su hermana (que se había llevado, con diferencia, la peor parte en las infiltraciones), "pues esta vez casi ni me he enterado". Uno de estos días las enfermeras tendrán que tomarme a mí la tensión.

Otra anécdota es la de una paciente que me llamó casi sobre la marcha, cerca del final de la mañana, para ver si podía verla ese mismo día, supongo que para que no se le pasase el ataque de valor, o con la esperanza de que le dijera que ya era un poco tarde y librarse de ese modo. Le respondí que no se preocupase, que la esperaba. Por desgracia, al vivir a cierta distancia, en el trayecto perdió todo el arrojo. Con esta ya era la cuarta (o la quinta) visita en la que me rogaba que no la infiltrara, y en todas las anteriores había atendido sus deseos, nunca obligo a un paciente a someterse al tratamiento si no lo desea, no es una sentencia, soy médico, no juez. No obstante, me daba un poco de rabia ver las lesiones ahí, listas a dar guerra, y no hacer nada. Hablé con ella y al final, gracias a la confianza, la convencí para que me dejase hacer un intento, claro que antes le prometí que solo la pincharía donde no fuese a dolerle (la nariz tiene zonas mucho más dolorosas que otras, y aunque un toque en una de las malas no le habría venido mal, en esta ocasión era mejor limitarse a las buenas, ya se verá qué hago cuando la otra parte presente batalla). Le puse los algodones de anestesia y los tuve un buen rato para darles tiempo a que hiciesen efecto. Di un primer picotazo rápido (es el peor) y le puse más anestesia. Con tranquilidad y paciencia, muchos pinchacitos cortos y aún más y más anestesia, conseguí infiltrar el tabique (la parte buena) sin que le doliera. Al acabar, la paciente estaba feliz por haber superado sus miedos.

jueves, 10 de mayo de 2018

Esperar

La Señora me escribe una entrada por mi cumpleaños desde que tengo el blog, y aunque el blog se renueva de forma errática últimamente, ella no ha faltado a la cita.

"Esperar es una actividad difícil en estos tiempos que corren pero que puede llegar a ser bastante placentera si se realiza en ciertas condiciones. Cuando combinaba el trabajo del Instituto con las tareas de casa y la educación de los hijos, la palabra esperar estaba solo ligada al futuro, a la evolución de los problemas, a los resultados que estaban por conseguir. Si se trataba de dedicar un tiempo a la consecución de algo que una creía inmediato, aquello era un contratiempo total. Con la de cosas que se podrían estar haciendo en lugar de estar allí sentada mientras corría el turno para entrar en en la consulta del pediatra o venía el tren o...


Con el paso de los años el tiempo se presenta de otra manera y aunque suelo tenerlo bastante lleno y muchos días las horas no me dan para todo lo que quiero hacer, sí que me toca muchas veces dedicar un rato a esperar y me pongo a ello con la tranquilidad requerida. Aprovecho para no desesperarme -lo primero- y me dispongo con buen ánimo a sacarle toda la rentabilidad posible a ese paréntesis obligado........ Seguro que mientras estoy en ello hay algo interesante en lo que fijarse o puedo organizar el plan del próximo viaje o si he traído un sudoku me pongo a hacerlo para que la mente no se oxide. Pero casi nunca tengo que recurrir a esto último ya que el entorno me ofrece más de lo que puedo observar y analizar de manera productiva, pues curiosamente ahora reparas en cantidad de cosas que antes ni siquiera veías y es que con los años miras con otra disposición. Claro está que esas esperas no son las de la caja del supermercado ni el laberinto de la compra de entradas, sino en sitios en los que, como diría un castizo, tienes que esperar sentado. Puede ocurrir, por ejemplo, en aeropuertos o estaciones, que dan para muchísimo. Pero hay una variedad tal de personajes desfilando delante de ti mientras  ponen la vía de tu tren que casi no puedes centrarte más que en elementos superficiales de lo que hay en tu entorno. No suele ser esta una espera muy enriquecedora.

Lo es mucho más la espera en la cafetería. Este año de invierno plenamente invernal y primavera invernal también, he tenido que recurrir a citarme con las amigas para tomar algo a media mañana y así tener una excusa para salir. Los bares y las cafeterías han sido los lugares de encuentro. Ahí la  gente de las oficinas, con aspecto activo, en su café mañanero, ofrece a través de sus conversaciones un panorama bastante completo de la complicación de las relaciones en el trabajo; son charlas que suelen ir trufadas en muchos casos de comentarios poco caritativos hacia los compañeros, mezclados con bromas de fútbol y chistes. Son personas ruidosas, dispares y se les nota cierta tensión, que no han podido dejar ni siquiera para este rato de descanso.  A su lado, la otra cara de la moneda: sentados en mesas (veladores, que se decía antiguamente) los jubilados. Los hombres, con aire un tanto decrépito y apagado; las mujeres, de peluquería, pintadas y recompuestas. Todos coincidimos en la tisana o el descafeinado, porque hay que cuidar la tensión, y la charla suele girar en torno a tiempos pasados, la salud, la pensión, Cataluña y, en el mejor de los casos, los hijos y los nietos  Somos conscientes de nuestra ubicación en la pirámide social, pero las ventajas que se nos brindan desde los distintos estamentos tratamos de aprovecharlas, medio llenando los autobuses de la EMT  y recorriendo Madrid, cuando se puede, de una exposición a lo que se tercie. Mientras planificamos esas actividades nos entregamos a una espera bastante distraída y provechosa.

Más incierta pero de ambiente más tranquilo suele ser la espera en el hospital. Si hace algún tiempo eran las estaciones el lugar de espera más frecuentado, en estos últimos años es el hospital donde pasa una más tiempo, con la ventaja de que el hospital de Alcorcón tiene las salas concebidas para ayudar a mantener el ánimo. Bueno, eso no ocurre en todas, como por ejemplo en las de radiología o análisis donde el sitio es estrecho y angosto y no ayuda mucho, pero las de colores y las que están ante las consultas, esas no inciden en la sensación de enfermedad. La de color rosa, con las paredes  y puertas de ese color es la antesala para ir a alguna cirugía rápida. Allí sale una enfermera que te llama y dentro hay varios quirófanos, por lo que hay bastante movimiento de personal sanitario y de gente. Una va allí con su pellizquillo en el estómago, pero como va a ser cosa rápida el ambiente no es de mucha tensión y puedes entretenerte en observar la variedad de aspecto de los pacientes. Si tienes además la suerte de que una de las enfermas de ese día venga acompañada de un grupo de más de veinte personas: marido, padres, hermanas, cuñados, tíos, sobrinos y amigos, repartidos entre la sala y el amplio pasillo que la antecede, el tiempo de espera se te  hace cortísimo  solo pensando en como se las van a arreglar todos para ubicarse y dejar espacio  por donde la gente pueda circular. Tratar de resolver el problema mientras llega tu turno es casi tan entretenido como un sudoku.

Claro que a pesar de que el color rosa me gusta mucho, de todos los espacios hospitalarios la espera mejor, desde mi punto de vista, es la de ORL. Es un lugar amplio, con sus ventanales grandes y asientos en varias filas, casi como en un cine. La pantalla, aburrida en este caso, es donde aparecen los números de las citas. Aquí casi nunca he estado por problemas médicos míos, sino por ver a mi hija, una de las otorrinos y la mayor parte de las veces el tiempo de espera ha sido una sorpresa: en unas ocasiones por lo largo (porque no para y no hay quien la encuentre) y otras por la variedad de personas que allí he conocido.  La última vez fue la señora de la butaca de al lado.  Me preguntó nada más sentarme, pero con mucha delicadeza, que a quién venía a ver y cuando le dije que a mi hija coincidió con que era su otorrino, la que la está curando de su Rendu Osler y a la que estaba también esperando. La emoción, el cariño, el agradecimiento, la admiración que Nieves, el nombre de la paciente, mostraba por mi hija en aquella conversación son imposibles de reproducir, son de esos sentimientos sinceros que una sabe nacen muy hondos. Me quedé con todos ellos en la memoria junto con sus inquietudes: que no le ocurriera nada a la doctora Sol por exceso de celo en su trabajo, pues es mucho el desgaste, y su esperanza de que pudiera encontrar a alguien que le ayudara en tan tremenda tarea.
Como no podía ser de otro modo, me sumé a sus deseos y con frecuencia evoco aquella charla tan entrañable en otros ratos de espera."

domingo, 6 de mayo de 2018

Una mujer independiente

El llamado hombre realista está en el mundo sin apercibirse de ello, somo un muro de cemento y hormigón, y el llamado romántico es, en cambio, como un jardín abierto donde la verdad entra y sale a voluntad. Joseph Roth (La cripta de los capuchinos). 

Mi abuelo educó a mi madre para que fuese una mujer independiente; además de un hombre inteligente, mi abuelo debía de poseer algo de clarividencia, porque es posible que, impelida por las circunstancias, mi madre sea la mujer más independiente que conozco. Independiente no es sinónimo de huraña o solitaria porque, aunque le gusta disfrutar de su espacio y organizar su tiempo, la Señora es un ser de lo más sociable y el centro de las reuniones.

Mi tío, amigo de infancia y compañero suyo de clase, cuenta que, en el colegio, ni siquiera los profesores se atrevían a replicarle, era la delegada y su palabra era ley, tenía tanto carisma, tal poder de convicción, tan buenos argumentos y tanta decisión que antes que discutir era mejor ceder. Era, además, la encargada de la biblioteca escolar y llevaba el desempeño de sus funciones más allá de lo que los lectores esperaban: si alguien pedía un libro que ella no consideraba pertinente, le entregaba otro que, en su opinión, era mucho más adecuado, una vez leyese el primero, ya se vería si le otorgaba el deseado. Dado su bagaje literario, no dudo que acertase en su "recomendaciones". Supongo que la calidad de la educación literaria de sus compañeros empeoró cuando la dama, con 16 añitos, se fue a estudiar a Madrid. Con su personalidad, no tardaron en echarla de menos.

El matrimonio con el Catedrático con su espíritu nómada azuzó aún más el sentido de independencia de la Señora. Dos años de invierno infernal en Canadá, lejos de la familia, fueron el preludio de un recorrido que siguió por varias ciudades españolas, con nuevas amistades, despedidas y mudanzas y un número creciente de hijos. Sin embargo, a la hora de hacer las maletas para Alemania, la Señora se plantó y decidió que la familia necesitaba una residencia fija: ella se quedó con nosotros en Madrid mientras el Catedrático errante continuaba la búsqueda de su lugar en el mundo, geográfico y académico (aunque a día de hoy el mundo se resiste a mostrarle al profesor trotamundos su paraíso soñado).

Ese tipo de educación independiente tuvo su traducción en mí y algo menos en hermanísima (que se pegaba a mí como una lapa, y si estamos unidas es gracias a su insistencia, porque de nada me servía mi misantropía). A la hora de ir a los sitios, la táctica de mi madre consistía en mostrarnos una vez el camino y, tras ese primer recorrido, estábamos listas para repetirlo por nuestra cuenta. Recuerdo que con 11 años me tocaba coger el autobús urbano a la salida del colegio para ir al dentista a hacerme una endodoncia. Al terminar, con la boca dormida, regresaba a casa en otra línea. No era difícil, estábamos entrenados a manejarnos por las calles y los autobuses: volvíamos del cole por nuestra cuenta, íbamos a inglés, a música, a comprar, sacábamos a hermanita al parque, la recogíamos de la guardería (y hermanísima le cambiaba los pañales, tarea que yo evitaba como la peste)... En fin, no entendía por qué otros niños necesitaban tanta supervisión. Quizá lo más complicado fuese lo de la óptica: estaba lejos y yo no veía ni tres en un burro, tenía 4 dioptrías. Sin embargo, la ceguera poco importó, la técnica de aprendizaje fue la misma, a fin de cuentas todo era cuestión de esperar a bajarse en la última parada del 44 (del trayecto reconocía la Plaza de España y entonces sabía que estábamos cerca), desde Callao había que caminar hasta la Puerta del Sol (que también reconocía), girar a la izquierda y contar calles a partir de ahí. No sólo llegábamos a nuestro destino, sino que le servía de guía a hermanísima, que tenía mejor vista que yo, pero peor sentido de la orientación. Si los de la ONCE hubiesen conocido nuestra situación, no dudo que nos hubiesen dado preferencia para un perro lazarillo.

Mis compañeros suelen acompañar a sus familiares cuando van al hospital. No es el caso de la Señora, y no solo no voy con ella a las pruebas, sino que a veces me entero de sus citas cuando pasa a despedirse por la consulta (no es que no me avise antes, pero llegado el día, se me olvida). Hay veces que nuestro saludo es un beso en la sala de espera entre un paciente y otro (aunque es muy optimista decir que hay un intervalo entre pacientes, el solapamiento es más habitual).

Cuando hace escala en casa, el Catedrático protesta porque la Señora es muy independiente ("le dijo la sartén al cazo"), ¡no es consciente de todo lo que se modera cuando él está!




lunes, 30 de abril de 2018

Duelo

Sueña.
Deja que el sueño te convierta
en un ser efímero y eterno,
en un recuerdo,
en la huella de un momento
de otra vida, en otro tiempo.
Duerme.
Abro los ojos y sé que no te tengo,
pero sigues aquí, conmigo,
cada noche formas parte de mis sueños,
cierro los ojos y te veo.
Sueño.
Me extiendes la mano,
siento el roce de tus dedos
y tu presencia, a mi lado,
tan cerca, y a la vez tan lejos.
No te olvido,
me faltas, noto tu vacío,
te llevo dentro
en un mundo roto y hueco
invadido por recuerdos.
De nostalgia
mi interior esta lleno;
parte es llanto que me ahoga,
lágrimas que pretenden borrarte,
diluir tu memoria en su tristeza,
por eso no lloro, no las dejo.
Te has ido, pero vives en mis sueños.
No te he perdido; te quiero.

sábado, 21 de abril de 2018

Maquillaje personalizado

"Si todavía es tan guapa, pese a sus cabellos blancos y a tantos años vividos, es porque a través de sus ojos, de su rostro, de su cuerpo, se transparentan todos esos instantes de luz y de belleza..." Andrei Makine

Me gusta el maquillaje, los stands de las tiendas, con sus coloridos despliegues, me recuerdan a una tienda de golosinas, aunque algunos tienen más precio de joyería y piedras preciosas.

Me entretiene probar productos, ensayar tal o cual técnica, maquillarse tiene algo de juego y también de momento para mimarse. Dada la infinidad de vídeos en internet sobre el tema, no debo de ser la única que opina así. El problema es que, en general, son vídeos muy similares,  con los mismos tonos, los mismos productos y las mismas técnicas. La excepción serían los de maquillaje artístico, para disfraces (Halloween) y efectos especiales. Me choca tanta uniformidad, considero que las mismas pautas no favorecen a todo el mundo, pasa como con la moda, por muy bonito que le quede a la modelo, el efecto en cada uno es otra historia. Quizás la mejor manera de hacer esta entrada, y cualquiera de las del apartado Grumpy but gorgeous, sería filmando un tutorial, pero no es mi estilo, esto es un blog, no un vlog.

Realzar los rasgos propios conlleva aprendizaje y experimentación hasta acertar y, a partir de ahí, es bastante sencillo, para salir de casa con un aspecto presentable no se necesitan dos horas de explicaciones. No hay que ser Caravaggio para aplicar sombras, de hecho en los ojos europeos no veo necesario dibujar pliegues, ya existen y ellos solitos se ocupan de marcarse. Toda la ciencia al pintarlo consiste en poner el color preferido (en mi caso azules y verdes) en el párpado móvil (sin salirse para evitar el efecto loro) y luego, para matizarlo y dar luz, aplicar un tono claro (me gustan los blancos y los perlados) del ángulo interno del ojo hasta la mitad del párpado, encima del primer color para, de paso, degradarlo. En el ángulo externo se puede resaltar con un tono más oscuro, o con un toque de lápiz (el truco para elevar un ojo caído es no llevar la linea del lápiz hasta el final del ojo, sino parar uno o dos milímetros antes y levantar un poco el rabillo en ese punto, con la edad esto es fundamental).

Personalmente, más me vale no seguir las tendencias generales. Me encantan los labios rojos y no entiendo el porqué de la moda de los labios nude, que traducido significa el tono natural al desnudo (o más claro). Mis labios son muy pálidos de por sí y si no los animo con algo de color tengo aspecto de enferma (lo he probado, los he llevado cubiertos de bálsamo, sin más, y los comentarios en el hospital han sido "¿estás bien?". Está claro, si hasta los profesionales sanitarios tienen dudas sobre tu estado de salud es porque no apareces en todo tu esplendor).  Por si fuera poco, también se lleva el nude en los ojos, tonos neutros, amarronados y tristes, que básicamente me apagan. Con ellos no resalto mis ojos, sino mis ojeras,  cuando lo que necesito algo es desviar la atención de ellas, no reproducirlas en el párpado superior. Con un ahumado de ojos con sombras oscuras doy miedo. La oscuridad endurece y envejece, resalta las ojeras y el contraste con mi piel convierte mi palidez natural en cadavérica, algo ideal si buscase una estética gótica, pero no es la idea, pienso que es preferible que el médico aparente algo de salud, aunque sea de bote. Los otros tonos "naturales"son los de la gama de los rosados, que van desde el cuarzo rosa hasta los más osados vinos y granates y cuyo mayor mérito, en mi persona, es reproducir la irritación de mi piel sensible. Una de las grandes contradicciones de ese amago de maquillaje natural es que lo rematan con unas hermosísimas pestañas postizas; no sé, me figuro que ahí reside el secreto para que favorezca.

El contouring, contornear el rostro, es otra de esas técnicas de las que mejor me olvido. Si marco mi estructura ósea lo que consigo es adelgazar aún más mi cara, ya de por sí fina. Para lo único que me interesa aplicarlo es para reducir un poco la personalidad de mi nariz (ojalá lo hubiese conocido en mi adolescencia, aunque creo que por aquel entonces el acné camuflaba el problema).

En resumen, ¿cuales serían mis imprescindibles? Por supuesto, el protector solar (prefiero los minerales, no tengo problemas de efecto máscara, es una ventaja de la palidez). Lo que me falta es color, estoy desdibujada. Mi estilo se podría definir como pin-up (aunque sin otros atributos), necesito pintalabios en tonos rojizos (ni rosas, ni violáceos) y mejor aún si repaso la forma con el perfilador.  El mismo pintalabios me sirve de colorete (lo presiono sobre el labio con la yema del dedo para que dure más y luego froto con el dedo manchado las mejillas). No puede faltarme un buen corrector antiojeras (rosa-asalmonado claro para contrarrestar mejor las sombras) lo uso, además de en las ojeras, en rojeces e imperfecciones (el borde del ala nasal si está algo rojo y, a veces, la barbilla). Un lápiz de cejas discreto no solo ayuda a enmarcar los ojos, sino que también me sirve para perfilar la nariz. Termino con máscara de pestañas (la negra agranda más los ojos, aunque aplico poca o nada en pestañas inferiores para que resulte más suave, da una mirada más dulce).

Por la noche, para desmaquillarme, mi imprescindible es un paño de microfibra, lo empapo con agua templada y lo apoyo en el rostro y hago un poco de presión, es pura magia; luego uso un aceite cosmético (el de granada de Levenrose es mi favorito, probé de otra marca y olía fatal), con o sin masaje, según la pereza, y retiro el exceso con unos toques de la microfibra. Es, con diferencia, lo que mejor le funciona a mi piel sensible. Guardo otro paño de microfibra en el congelador que, cada mañana, paso por el grifo hasta que pierde la rigidez del hielo, luego lo apoyo en la cara, a toques, incluyendo el cuello, para descongestionar los rasgos del sueño, no hay nada más eficaz.

¡Tanto rollo para esto! La pregunta es: ¿por qué en mi baño hay más surtido de pinturas que en un taller de arte? ¡Uff! Prefiero no pensar en ello, necesitaría un diván.