martes, 6 de diciembre de 2016

Cosas de urgencia

Mis guardias son de alerta, localizadas, lo que significa que me llevo el busca a casa y puedo hacer una vida medio normal, sin andar encerrada en el hospital como en las de presencia física. Esos días llevo el teléfono del hospital como una prolongación de mi cuerpo. Cuando suena, tiemblo. A veces la llamada es para consultar alguna duda, otras veces me toca salir pitando. Primero noto la vibración. Pienso en el paciente ingresado que amenaza sangrado. Miro el número. No es de planta sino de urgencias. Es posible que solo sea una pregunta.
-Tengo un paciente que ha llegado esta tarde por dolor de garganta y dificultad para tragar. Ahora está peor y le cuesta respirar.
-¿Le habéis puesto corticoides? (es la droga milagro, en nuestra especialidad se usa a dosis que hacen temblar a los internistas, pero ante un enfermo ahogado no hay que andarse con miramientos).
-Estamos en ello.
-¿Habla?
-No puede.
-Voy para allá.
Un paciente al que no le entra el aire, no tiene fuelle para hablar, un paciente nervioso que se ahoga de ansiedad suele declarar su angustia por los codos.

25 km no es una distancia desdeñable cuando se trata de un caso grave. Dentro de lo malo, el hospital es el mejor sitio en el que estar.
Cuando llego, todos me esperan con impaciencia. Además de los de urgencias, por allí aparecen los anestesistas y los intensivistas. El enfermo está sentado en la cama y muy apurado, no pinta bien. Los de seguridad me abren la consulta, en unos minutos me agencio un fibroscopio.
En la exploración, la laringe está roja y tan inflamada que no se ve hueco para el paso del aire. A veces pienso que hay pacientes que respiran por branquias, que las debieron de conservar durante su desarrollo embrionario, y este es uno de ellos.
-Hay que abrir la traquea- dictamino.
Le explico al hombre la situación. No me cuesta convencerle, cuando alguien se ahoga no suele poner pegas a nada que le haga respirar de nuevo. Los que se resisten no suelen estar tan comprometidos.

El paciente tiene el clásico fenotipo eslavo, alto, grueso y sin demasiado cuello. La cirugía no va a ser fácil. Para colmo de males no se le puede dormir, la intervención tiene que ser con anestesia local. Necesitaré ayuda, alguien que tire y que seque la sangre. Invito a las residentes de anestesia y de intensivos que aceptan encantadas.

Vamos al quirófano. Mientras pasan al hombre a la camilla preparamos todo. Para empezar ni siquiera es posible acostar del todo al paciente, no aguanta en esa postura. Hay que empezar sentado.
Infiltro la anestesia, primero en superficie y luego en profundidad. Le digo que cuando note molestias, avise. No creo que sea una frase que a nadie le guste oír, pero así son las cosas, no hay elección.

Corto la piel, hago una incisión baja con la esperanza de caer a la altura de la traquea, que no se toca desde fuera. La anestesia borra los planos y no ayuda. La grasa, en abundancia, tampoco.
Localizo la línea media. Separo la musculatura prelaríngea hasta llegar a los cartílagos. ¡Mala suerte! Estoy en la laringe, a la altura de la membrana cricotiroidea. En caso de emergencia me valdría, pero mi intención es hacer una traqueotomía en condiciones. Tengo que bajar más.
Infiltro más anestesia. Meto el dedo por debajo del esternón para disecar los planos al tacto, es más seguro que cortar. La traquea sigue sin tocarse bien, no solo está baja sino también profunda. Voy despacio, con cuidado, si el paciente aguanta, mejor tardar unos minutos que apresurarse y que se ponga a sangrar.

Tengo que tumbarle un poco más, en esa posición la tráquea queda demasiado baja. El anestesista le añade algunas drogas para sedarle mientras le ventila con la mascarilla. Lo recostamos. Agarro la glándula tiroides con una pinza y tiro de ella hacia arriba. Está pegada a la tráquea y con esa maniobra consigo subir los primeros anillos. Hago hueco entre la carne y el cartílago y clampo el istmo de la glándula para cortarlo y ligarlo. Ya tengo expuestos los anillos traqueales. Corto a nivel del segundo anillo. El paciente tose, entra aire, salen sangre y mucosidad. Entre respiraciones y toses suturo la tráquea a la piel para asegurarla y que no se escape. Introduzco la cánula por el orificio. Respiro, creo que a mí también se me había olvidado.

Desde el quirófano, el enfermo va a Reanimación. Por el camino, nos amenaza. Es culpa de la ketamina, la droga que le ha puesto el anestesista, que provoca alucinaciones y pesadillas. A pesar de saber eso, no resulta demasiado tranquilizador.

Al día siguiente me acerco a verle, no sin cierto resquemor, ¿y si no era culpa de la ketamina? ¿Me la tendrá jurada? Para mi inmenso alivio compruebo que el hombre ha vuelto a su estado normal, no solo es dócil sino que es un encanto y muy buen paciente, obediente y colaborador. No le importa el agujero, antes de decidirse a acudir al hospital lo había pasado realmente mal.

Todo evoluciona bien. El enfermo pasa a planta y en unos días retiro la cánula y le doy unos puntos para cerrar el agujero. Está muy agradecido. A pesar de eso, no consigo que deje de fumar.

jueves, 1 de diciembre de 2016

¡HHT! ¿Por qué?

Hace unos meses me preguntaron por qué me dedico a los Rendu-Osler. Para mí es cuestión de lógica: si el enfermo no puede escoger sus enfermedades, el médico tampoco debería poder elegir, al menos dentro de su campo (y siempre y cuando el paciente se deje). Sin embargo, a nadie en su sano juicio le gusta meterse en líos, y supongo que el motivo de la pregunta era confirmar mi cordura.

Bajo el riesgo de poner en tela de juicio mi salud mental, confieso que mi no-consulta de Rendu-Osler de los jueves es una de las cosas con las que más disfruto, y eso a pesar de la sobrecarga de trabajo que supone. No me importa, es una tarea de lo más agradecida y, a fin de cuentas, estoy en el hospital para trabajar.

¿Por qué me refiero a ello como a una "no-consulta"? La respuesta es que es algo que no existe oficialmente, pese a que casi todo el mundo sepa que lo hago. Mi función asignada de ese día es ocuparme de las urgencias, y lo cierto es que pocas cosas hay más urgentes que un paciente que sangra.

¿Cómo llegan los pacientes a una consulta que no existe? La vía oficial de derivación es la menos transitada, y la que peor funciona. La descentralización de la Sanidad es una de las ideas más deplorables que se me ocurren. No sé quién dijo, me suena Larra pero no he encontrado la cita, que cuanta más burocracia requiere un país, menor es su desarrollo. Sin embargo, y a pesar del gobierno, España tiene una Sanidad envidiable, cuyo mayor defecto es estar coartada por la división territorial. Dentro de la ética médica, el lugar de residencia no tendría que afectar a la atención (pero así es cómo han organizado las cosas en las instancias superiores). Si la vía oficial no funciona, los enfermos se buscan otras rutas. A veces es la Asociación la que se pone en contacto conmigo, en otras ocasiones la Dra. Luisa Botella hace de intermediaria, por supuesto hay casos que llegan a través de otros pacientes, ya sean familiares o conocidos e incluso algunos médicos de otras Comunidades me han escrito para preguntarme cuándo podría ver a alguno de sus enfermos, de esos con los que ya no saben qué hacer. No uso teléfono móvil, salvo el busca los días de guardia, sin embargo sí que utilizo el email con regularidad y esa es la vía preferida de la mayoría para contactarme. Algunos días mi bandeja de entradas parece una aplicación de citaciones. Los que me conocen ya saben que el jueves (que pasará al martes en 2017) es jornada de puertas abiertas en mi consulta, aunque agradezco estar sobreaviso y saber a quién espero al asomarme a la sala.

Con frecuencia la sala de espera se convierte en el escenario de una pequeña reunión improvisada de la Asociación. Aunque procuro darme toda la prisa posible, muchas veces toca esperar, y nada mejor para matar el rato que compartir experiencias. Nada de lo que yo pueda contar a los pacientes nuevos les resulta tan tranquilizador como los comentarios de los antiguos. A mí también me gusta oírlos, a veces no sabes qué cosas influyen en la calidad de vida de alguien, muchos son pequeños detalles, como volver a usar zapatos con cordones que antes no podían atarse porque agacharse suponía sangrar. La mayoría agradecen dormir de nuevo una noche entera, sin despertarse de madrugada con la cama encharcada. Me cuentan que ya se atreven a salir solos a la calle, un paseo para comprar el pan para muchos era un reto. Se van de vacaciones, viajan, visitan a amigos o se incorporan a su trabajo. Sienten que recuperan fuerzas, suben las escaleras sin agotarse, no es lo mismo tener 8 gramos de hemoglobina que 11, o 12, o 14... Para un médico, conseguir semejante grado de satisfacción en sus pacientes, es motivo de orgullo. El cariño que me demuestran es otro.

Siempre afirmo que el tratamiento de escleroterapia nasal no requiere habilidades especiales, solo es preciso saber inyectar y taponar. Muchos enfermos llegan con miedo, me avisan que en cuanto les tocan, sangran. Piensan que su caso es único, peor que otros, peor que cualquiera que haya visto hasta entonces; lo cierto es que ya he visto muchos y todos son distintos, y aunque los hay mejores y peores, nunca hay que fiarse, todas las manipulaciones deben hacerse con un cuidado extremo, como si se tratase de una bomba de relojería. Me he encontrado con pacientes remitidos directamente en una ambulancia desde la Urgencia de su hospital a los que he tenido que infiltrar taponados, como he podido en ese momento; a veces he tenido que taponar al poco de empezar porque la hemorragia no me permitía seguir. Con algunas hemorragias se suda, se pasa mal, pero siempre es mejor sangrar en un hospital que en la calle. Más de uno ha terminado en la urgencia para una analítica. Siempre les digo que en la siguiente visita, en una o dos semanas, todo será más fácil, lo poco que haya podido infiltrar hará algo de efecto, lo suficiente para que todo vaya bien. Soy positiva, sin optimismo cuesta más enfrentarse a las dificultades. No hay que dejar pasar mucho tiempo. No hay que esperar a sangrar a chorros de nuevo, con pocas lesiones es mucho más sencillo, y más rápido. ¿Dolerá? Ese es otro de los miedos. Por desgracia sí, es una técnica molesta, la nariz es muy sensible y la anestesia es tópica y no hace milagros, aunque creo que hay taponamientos mucho peores que un par de pinchazos.

¿Ha sido un éxito con todos los pacientes? Me he encontrado con tres casos en los que la escleroterapia no era posible, y aún así lo intenté. La razón del fracaso es que apenas quedaban estructuras dentro de la nariz, estaban destruidas. La solución que les propuse fue la cirugía de cierre nasal definitivo, puede parecer una decisión algo drástica, pero cuando un enfermo está taponado durante meses, con hospitalizaciones largas, con múltiples transfusiones, no hay muchas alternativas. Es más cómoda una nariz cosida que una taponada, ninguna de las dos sirve para respirar, pero al menos la primera no sangra.

martes, 15 de noviembre de 2016

Pegaso (Rubén Darío)


PEGASO

Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella».
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul y yo estaba desnudo.

Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.

¡Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante
coronada con el laurel del Rey del día;

domador del corcel de cascos de diamante,
voy en un gran volar, con la aurora por guía,
adelante en el vasto azur, siempre adelante!

Rubén Darío

viernes, 14 de octubre de 2016

Ninfa de piedra

Aún suena el agua en el interior de la ninfa de piedra, el murmullo de la corriente, el canto de los guijarros al chocar unos con otros, el eco de la cascada, el roce de las hojas de los árboles y la caricia de las ramas. Aún se oye el recuerdo del agua de su viejo hogar, de aquel arroyo lejano en el que el enorme sauce se apoyaba para refrescarse y descansar.

La ninfa es roca y es agua, es el alma del río, el rocío que baña las hojas con el el frescor húmedo de la aurora. Bajo su costra de piedra, la ninfa espera. En su soledad, llora bajo la llovizna que le empapa el rostro pero no llega a mojarla. No ha olvidado el calor del sol, ni la sombra plateada de la luna. No ha olvidado las estrellas. En su sueños se estremece bajo el viento que agita las gotas de su cuerpo.

En silencio, la ninfa espera el día en que la tormenta funda la piedra en la que se ha convertido. Ese día, un torrente regresará al lecho seco de un río que aguarda.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Tarde de belleza y lluvia

No sé si echábamos de menos la lluvia, pero no nos importó que en Galicia cayese sin apenas pausa durante casi cuatro días. Fueron días en los que salimos poco, un largo paseo con los perros la primera tarde bastó para hacernos desistir. Ni siquiera mis nuevos botines de agua consiguieron mantener secos mis calcetines, no es que la goma no fuese impermeable, sino que poco podía hacer contra el agua que chorreaba desde el resto de mi ropa. Cuando mi capucha se mostró inservible, me refugié debajo del paraguas de House, aunque eso solo sirvió para que ambos nos mojásemos a conciencia. A veces los hombres tienen razón y las mujeres abusamos de su caballerosidad (les toca compartir el postre, que no siempre es el que ellos hubieran elegido, o como en este caso, se mojan cuando llueve pese a ser los únicos previsores que han salido armados con paraguas).

Una de las tardes, las mujeres abandonamos a los varones a su suerte para dedicarnos a una sesión de belleza: limpieza, mascarilla, cremas, poner en práctica los trucos de maquillaje aprendidos en los tutoriales de youtube, etc. Como no pretendíamos excluir a nadie, les invitamos, pero ninguno quiso apuntarse; a House la mera idea de untarse una crema le da dentera. Los demás no son tan radicales, pero aún así no parecían inclinados a probar las bondades del maquillaje.

No me sorprendió descubrir que en mi equipaje, con solo lo básico, había más productos de cosmética que en toda la casa, pese a que la hermana de nuestro amigo vive allí todo el año. Imposible hacer una sesión con lo suyo salvo que intentásemos preparar recetas de belleza caseras en la cocina. Cogí mi maletín y nos pusimos manos a la obra.

El primer paso consistió en limpiar bien la piel con agua micelar. Conviene dejar los apósitos empapados sobre los ojos durante unos segundos para evitar frotar los párpados, simplemente se presiona ligeramente y se retiran con cuidado. Un repaso elimina hasta las últimas trazas de suciedad. Nos pusimos una buena capa de mascarilla Tomatox de TonyMoly y la dejamos actuar unos minutos. Aproveché el tiempo de espera para colocar todo mi arsenal sobre la mesa e investigar el neceser de mi pupila, pero aquel pobre neceser estaba muy necesitado. Hicimos una lista de imprescindibles: agua micelar, hidratante o crema de cuidado (prebase para el día, un concepto nuevo para ese estuche), maquillaje, corrector (lo ideal es uno más claro y otro más oscuro, que entre ellos se pueden combinar), lápices de ojos y labios, pintalabios, colorete y sombras básicas para ojos y contorno. Los serums, las brochas y los pinceles quedaron pendientes para la próxima sesión.

Tras preparar la piel, comenzamos los trabajos de restauración. El maquillaje es precisamente eso, restaurar, algo de lo que enseguida se dio cuenta mi acompañante que estudió Bellas Artes y que, además de a pintar, se dedica a restaurar obras de arte. Cierto que, a veces, cuando me dedico a extender los productos a brochazos, me siento igual que un pintor delante de su lienzo, y disfruto como un niño al que le dejan embadurnarse de colores, como cuando de pequeña hacía pintura de dedos en la guardería, pero no había llevado al plano consciente la relación entre arte y maquillaje básico, aunque el principio técnico de no salirse y el estético de escoger bien los tonos para no acabar hecha un cuadro es fundamental.

Gracias a su experiencia en la recuperación de obras ajadas, mi alumna no tardó en aprender los trucos que ayudan a marcar los pómulos, disimular defectos, afinar la nariz, perfilar el rostro y resaltar los ojos. Para corregir, nada como un bastoncillo (que nunca hay que meter en los oídos), una gota de agua micelar en el algodón borra al instante cualquier mancha y limpia las líneas.

Este fin de semana cuento con una nueva víctima: hermanísima me ha dejado a su hija pequeña para que la arregle en la próxima boda, que ella se encargará de sobrinísima y... (la incógnita es cuántas rellenarán esos puntos suspensivos, menos mal que tiene práctica). Maquillar a otro es toda una responsabilidad.

viernes, 7 de octubre de 2016

El Mato Grosso gallego

Después de una semana en Asturias nos fuimos a visitar al amigo-casi hermano de House. Viven en una casa, que en realidad es un pazo, perdida en medio del Mato Grosso gallego. Para evitar que nos extraviásemos, algo que suele sucederle a los invitados, nos envió instrucciones detalladas del trayecto desde el momento de abandonar la autovía. Por si acaso, House dejó la ruta en el navegador. En mi papel de copiloto, debía guiarle a nuestro destino sin errores; toda una responsabilidad aunque, con tanta información, pareciera fácil.

Seguimos la autopista hasta llegar a Vilalba donde, supuestamente, debíamos coger una autovía que, aunque aparecía en Google maps, no existía. A partir de ahí el programa se vio obligado a reajustar sus coordenadas pese a que durante unos kilómetros intentó, infructuosamente, que rectificásemos nuestro error. Al cabo del tiempo, se resignó a llevarnos por una carretera real.

Todo iba bien. Viajaba cómoda y feliz en mi puesto de pasajero sin más preocupación que decirle a House qué desvío coger según el navegador (en cuyo manejo ya era casi experta). A punto de llegar a nuestro destino, al piloto se le ocurrió avisarme de que el navegador no tenía todas las indicaciones para conducirnos hasta la misma casa sino que en Pontedeume debía haber recurrido al mensaje de nuestro amigo. En fin, más vale tarde... Una vez reubicados, nos metimos por una carretera que no estaba ni pintada en el centro. Según avanzábamos, la cosa empeoraba, nos rodeaban bosques y maleza; a través de las ventanas, y rozando los cristales, el mundo eran ramas y hojas de color verde. Según las instrucciones, íbamos por la ruta correcta y, aunque no nos fiábamos del todo, seguimos.

Algo más de dos eternos kilómetros encontramos un cartel rústico que señalaba el desvío. La única característica que permitía definir aquella vía como carretera es que, por debajo de las hojas y los erizos de castañas, estaba asfaltada. A los lados los límites los marcaban un par de laderas empinadas, una de subida y otra de bajada, el arcén era una zanja llena de plantas. Nuestro vehículo cabía justo aunque, en teoría, se pudiera circular en ambos sentidos. No sé si las vías estrechas tienen relación con la ascendencia celta, si es así, los escoceses no tienen nada que envidiar a los gallegos. Aún no conozco Irlanda, pero me la puedo imaginar.

Nuestro único error fue meternos por la entrada del vecino. House se dio cuenta enseguida al ver que estaba asfaltada. Unos metros más adelante, un giro cerrado cuesta arriba por un camino de tierra nos condujo a nuestro destino.

El clima gallego hizo honor a su fama y nos llovió 3 días sin tregua, y a ratos del cuarto. No nos importó. La casa era tan acogedora como grande y estábamos la mar de a gusto. Si nos aburríamos de descansar, de leer o de charlar en un salón, solo teníamos que cambiar de piso. Cuando nos apetecía algo de movimiento, no tardaban en aparecer los dos cachorros de Golden Retriever, de 3 meses de edad, que no deseaban otra cosa que juegos y mimos. A los perrillos les importaba poco el agua a la hora de pasear, de hecho meterse en los charcos era uno de sus pasatiempos favoritos. Cada mañana, según nos veían aparecer, e incluso solo con oírnos, nos recibían con todo tipo de muestras de cariño, impensable desayunar sin tirarse antes al suelo para corresponder a su entusiasmo. Pensábamos quedarnos 3 días, pero entre las lluvias, la compañía y la pereza (y el pavor a coger el coche por esos lares) abusamos de la hospitalidad durante una semana.

jueves, 6 de octubre de 2016

Vacaciones en el Norte

Como siga así, llegarán las navidades y este post seguirá a medias. Por la mañana, cuando voy al hospital, estoy llena de energía y mi mente bulle con ideas y anécdotas para contar en el blog. La euforia dura hasta que empiezo a trabajar. A partir de ese punto, el tiempo se dedica a los pacientes y, para cuando termino, se me han pasado las ganas de sentarme delante del ordenador de casa; la llamada del sofá es mucho, muchísimo, más tentadora. Es curioso como bastan cuatro días, o menos, para que las vacaciones se conviertan en un recuerdo.

Llegamos a Asturias en plena ola de calor sahariano, huimos de los 35 grados del seco verano madrileño para caer en los 32 grados húmedos y pegajosos de Asturias. La diferencia no nos supuso ningún alivio, allí las casas no están acondicionadas para esas temperaturas sino para mantener el calor en su interior, y vaya si lo mantienen.

Dado que el hotel estaba en terreno desconocido, House me recomendó que estudiara bien la ruta antes de salir. Le hice caso y, gracias a las instrucciones de Via Michelin, nos dirigimos a Oviedo por la nueva autovía de Salamanca, con un pequeño rodeo por Ávila que provocó todo tipo de comentarios sarcásticos sobre mis capacidades de guía. A partir de ahí, me tocó pelearme con el navegador de la tablet de House. No estaba familiarizada con el programa, pero no en vano dicen que a la fuerza ahorcan y no hay mejor aliciente para aprender que los comentarios de mi querido esposo. Sin duda habría sido un gran maestro, difícil dar con alumnos más motivados.

Después de no seguir las indicaciones del navegador, que me parecía que no eran correctas, llegamos a nuestro destino (más por azar que por méritos o por sentido de la orientación). Nos encontramos en un hotel rural perdido en medio de una aldea en ninguna parte, rodeado de vacas y, por supuesto, sin aire acondicionado. House se encontraba cansado, acalorado, sudoroso, pero le hizo feliz descubrir que sus vecinos más cercanos olían intensamente a excrementos de animal cuadrúpedo y que, para más inri, estaban infestados de moscas. Sobra aclarar que las moscas no ejercen distinciones entre las diferentes especies de mamíferos y que, incluso en una aldea aislada, son insectos de lo más sociables, aunque su sociedad no sea deseada. Se presentaron todas en nuestra habitación para recibirnos.

El cansancio de House se asocia con frecuencia a hipoglucemia, pero cuando los hados se ponen en contra lo hacen a conciencia y ese día tocaba descanso de personal en el hotel (un descanso más que ganado, como pudimos comprobar en los días posteriores). Dimos una vuelta por los alrededores, caminamos dos kilómetros hasta la siguiente aldea donde encontramos un bar cerrado (y que permaneció en ese estado durante toda nuestra estancia) y una carretera nacional. Regresamos al hotel y en recepción nos remitieron a Tapia de Casariego, a unos 4 km por la susodicha nacional. En esa ocasión optamos por recorrer la distancia en coche, sabemos por experiencia que no todo el mundo tiene clara la distinción entre millas y kilómetros a la hora de medir distancias a ojo y esos cuatro kilómetros no fueron una excepción. Tapia es un pueblo muy agradable, con un paseo marítimo muy bonito, con acantilados al Cantábrico, un faro y un puertecillo de lo más pinturesco. El lugar nos reconcilió con Asturias. Cenamos en una taberna-restaurante que nos recomendaron, "La Terraza", y nos pareció tan bueno que nos mantuvimos fieles a su carta durante toda nuestra estancia.