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jueves, 9 de junio de 2016

Calabajío


I
El mar es río. Busca un cauce no muy hondo y se remansa en un recodo. Se desliza por el fondo, tan reposado y sereno que el eco guarda silencio. El agua se acuna en el lecho. La brisa en calma pone música a la nana. El mar sueña con ser río al acercarse a la cala.

La marea desciende y el fondo de piedra emerge. Al chocar con los escollos, el agua se precipita, salta en cascadas, se disgrega, se extravía y, en medio del laberinto, busca una salida. Escindida la corriente, sin más guía que su ímpetu, el océano se rompe, revienta en gotas contra las rocas. Vibra en rápidos, remolinos y torrentes. Avanza a saltos, entre burbujas y crestas de blanca espuma; escapa de las grietas y de los recovecos que intentan retenerla.

El agua suspira, aliviada, al alcanzar al fin la playa. Se tiende en la arena y cubre el lecho. Se estira sobre la orilla en una sábana fina a descansar un momento antes del regreso. Se aferra a la tierra, la abraza, la besa, mientras el mar, resacoso, la reclama.


II
La bruma guarda un secreto: un instante antes del alba, el sol escapa del cielo y retoza en el océano. Juega a bañarse en la playa, a cabalgar en las olas y teñir de luz la espuma. Juega a iluminar las sombras, a golpear en las rocas y a salpicar con las gotas a las ruidosas gaviotas. Nada, salta, se sumerge, y también juega a esconderse. 

Esta mañana, la aurora va rezagada. Un rayo travieso no quiere salir del agua para regresar a casa, no hasta después del ocaso. Persigue un sueño imposible: quiere vestirse de luna y recostarse en la arena a contemplar las estrellas. 

Hoy, en el aire hay calima, mas la cala resplandece. 

(Gracias a Eme por las fotos, las imágenes cuentan por sí solas la historia). 

sábado, 28 de mayo de 2016

En la arena

No regresarán mis huellas, prefieren quedarse en la arena. Desean sentir en los dedos las caricias de la orilla, quieren saber qué es ser libres, poder caminar descalzas, y dejar atrás el tiempo en que fueron prisioneras del suelo gris de la acera.

Mis huellas ya no son mías, abandonaron mi cuerpo para marcharse al océano. Desean hundirse en el barro, excavar una oquedad en la profundidad de la orilla desde donde desafiar la fuerza del oleaje. No estarán en la playa cuando vuelva a buscarlas, se habrán disuelto en el agua, fundidas junto a la tierra, al ascender la marea. 

Puedo saber dónde andan, aún noto su cosquilleo y oigo su llamada en sueños. Corren junto a la tormenta, persiguen a las gaviotas y cabalgan sobre olas. Se zambullen en la bruma para jugar con las sombras que se esconden en las rocas. Caminan en pos del sol y, al llegar al horizonte, danzan hasta consumirse en el fuego del ocaso. Duermen bajo las estrellas y se internan en la espuma del reflejo de la luna. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Eristal


ERISTAL

Hay lágrimas de mar en la orilla,
lágrimas que lloró el alba
y que enjugaron las aguas
con una esponja marina.
Lamentos de luz que manan
del canto de las sirenas
en un llanto de burbujas
y un eco de brisa y agua.
Cristales de sal, diamantes,
arrancados de la sima
de las profundidades.

En el fondo del abismo,
Oceánida grita.
No llora, nunca volverá a llorar;
la bruja secó sus lágrimas,
la engañó con sus palabras
mientras guardaba su magia
en esferas encantadas.

Llora el agua que era libre
al verse esclava en el seno
de un globo de mesoglea.
Son sollozos prisioneros
en los que aún late con fuerza
un sol que se despereza.
Una campana que guarda
la esencia vital de Gaia,
y late al acariciarla
con memorias olvidadas.

En el litoral hay cuerpos
que ruedan entre las rocas.
Son reflejos de azul cielo
y mil destellos de aurora
que se bañan o se secan
al capricho de mareas;
son reliquias encantadas,
fragmentos de agua cautiva
que al luchar con su destino
flotaron hasta la orilla.
Celdas de lágrimas muertas
que navegaron a tierra
como una flor marinera.
Erizos de sal y cristal
aún yacen en el océano
inermes sobre su lecho.

Un fruto de mar parecen,
tiernos y jugosos granos
de la dulce gelatina
de una granada marina.
Al recogerla en la arena,
solo quise protegerla.
Le busqué un hueco en mi mesa
donde poder estudiar
mi hermosa fruta de mar.
Al mirarte, he de estrujarte,
como una gominola, morderte,
o colgarte en mi ventana
junto a la luz de otra gota
tallada en cristal de roca.

Noto un nudo en la garganta
y en mis ojos brotan lágrimas
salpicadas de nostalgia.
Debes volver a la orilla
antes de que llegue el día
que dejes de ser... un agua viva.

Si queréis conocer la historia del porqué de esta poesía y ver qué la inspiró, tendréis que visitar su origen:  http://viajeyfotos.blogspot.com.es/2016/05/seres-transparentes.html

miércoles, 6 de abril de 2016

Las dunas del tiempo


La música es la luz de la luna en la lúgubre noche de la vida. Jean Paul Friedrich Richter.

Las dunas avanzan sobre las ruinas. La fina arena, el viento y el tiempo ocultan los restos de una civilización. La naturaleza no necesita luchar para recuperar lo que siempre ha sido suyo. Son sus testigos el mar y el cielo. Se han derrumbado las piedras para volver a la tierra. Tan solo se yerguen las columnas de los templos, se levantan orgullosas, ancladas en el recuerdo de la fuerza de los dioses. Mientras ellas permanezcan, los señores del Olimpo no caerán en el olvido.

Hay un instante en el ocaso en el que el día se transforma en silencio y el silencio suena a música. Tecla a tecla, escalón a escalón, retumban los pasos sobre la escalera que desciende al fondo del océano. Cada ola abre por un instante las compuertas de la ciudad perdida. La luz incide sobre un palacio cubierto de coral. Las sombras se deslizan entre rocas de mármol. En el viento se oye el eco del tiempo. Como un espejismo, la ciudad hundida emerge... y desaparece. Es el último recuerdo de la leyenda sumergida.

jueves, 16 de julio de 2015

El mar de Octavio Paz


El mar, el mar y tú, plural espejo, 
el mar de torso perezoso y lento 
nadando por el mar, del mar sediento: 
el mar que muere y nace en un reflejo.

El mar y tú, su mar, el mar espejo: 
roca que escala el mar con paso lento, 
pilar de sal que abate el mar sediento, 
sed y vaivén y apenas un reflejo.

De la suma de instantes en que creces, 
del círculo de imágenes del año, 
retengo un mes de espumas y de peces,
y bajo cielos líquidos de estaño 
tu cuerpo que en la luz abre bahías 
al oscuro oleaje de los días.

Octavio Paz

Para celebrar el día del Carmen, la patrona del mar y de la mitad de la familia. 

jueves, 18 de junio de 2015

Marina

En un lugar muy lejano, más allá de donde nacen las olas, existe una región submarina protegida por una una gran barrera de coral tras la cual se esconde un mundo mágico. En su rincón más recóndito, en el fondo de un remanso resguardado por grutas y rocas, se encuentra el reino de las sirenas. Al traspasar las fronteras de ese enclave encantado, suena una melodía tan dulce que los que la oyen enloquecen. Hechizados por el sonido embrujado, se pierden al pretender descubrir su origen. Es aquella una búsqueda vana, la caza de un espejismo. Los marineros que en su persecución alcanzan los confines del océano tan sólo hallan resplandores sobre el agua. Ignoran que esos destellos son los cuerpos de las presas que tanto ansían.

Las sirenas se camuflan entre la luz del sol y de la luna hasta fundirse con el mar. Nacen amatistas en la bruma del amanecer y la intensidad del sol de la mañana las convierte en nácar, turquesa y esmeralda. Se oscurecen como zafiros en la tarde y se encienden de oro y bronce al atardecer. En el ocaso dan paso a vestidos de lamé de plata y acero que se cubren de lentejuelas azabaches con las estrellas. Se transforman en el curso de un instante, con cada fugaz reflejo y con las volubles sombras.

Sin embargo hay una sirena que nunca cambia, Marina, la sirena blanca. Su cuerpo albino de nácar siempre brilla del mismo modo sobre el agua, como el centelleo del sol o de la luna sobre un resto de espuma. Al contemplar los colores de sus hermanas, Marina intenta imaginar destellos irisados en sus escamas. Se rodea de la bruma de las olas, se envuelve en una ilusión de gotas de rocío que flotan a su alrededor como un delicado velo salpicado de matices, mas su cuerpo níveo refulge en en el centro y ciega con su blancura los reflejos.

Marina estudia intrigada las variaciones del mar y el cielo a lo largo del día. Examina las gotas de agua que rompen la luz en frágiles arcoiris y busca en ellas el secreto oculto de los colores. Observa que las intensas tonalidades de las puestas de sol se apagan tras ocultarse la estrella en un crepúsculo gris de claro-oscuros y penumbra. Un día decide perseguir al astro para encontrar la fuente de color que, seguro, esconde. Y así, desde la salida del sol hasta el ocaso, Marina sigue sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Finalmente, el sol se hunde y la sirena se da por vencida. Está perdida. Vaga desorientada en el océano hasta que, una tarde, el fondo pierde profundidad. El agua se torna turquesa y las olas rompen contra una extensión de arena suave y cálida.

A pie de playa, un pintor proyecta un cuadro. Sin moverse, contempla el paisaje e imagina matices para su obra. Intenta captar el mar, fugaz pese a su inmensidad. Crea texturas en su paleta, mezcla polvo de gemas y pigmentos con agua y arena. Traza pinceladas febriles en el lienzo para imitar los reflejos. Una y otra vez confunde el compás del momento. La marea se retira y los secretos del océano se escapan.

Marina, invisible entre la espuma, le observa. Estudia fascinada sus movimientos, sin perder detalle. El pintor mira su obra: las pinceladas blancas que iluminan el agua, los trazos irregulares que le dan movimiento. Levanta la vista de la pintura y contempla el mar. Sus ojos se llenan de lágrimas. Desalentado, deja caer la tabla.

El pintor se aleja. La sirena se aproxima. Recoge el cuadro. Cautivada por los tonos dibuja los contornos con sus dedos y su piel se impregna de la pintura aún fresca. Su piel se tiñe y su corazón se encoge. Sube la marea. El agua disuelve lentamente los colores de la pintura mientras Marina admira los pigmentos de su mano.  Antes de que se borre por completo, saca el cuadro del agua. Escoge una de las escamas de su cola y la desprende. Tal y como ha visto hacer al pintor, la muele entre dos rocas y espolvorea la tela con una nube blanca de partículas invisibles. Separa un mechón de su cabello, tan claro y radiante como un rayo de sol. Lo envuelve en coral y lo transforma en un pincel que coloca junto a la obra.

El pintor regresa al amanecer. Mira el cuadro y su rostro se ilumina. Inspirado, pinta sobre la tabla impregnada del nácar de la sirena blanca. La luz baila en el agua, la misma luz que el pincel plasma sobre la tela y que atrapa la esencia del océano y revela sus secretos. En el lienzo, una sirena se adentra en el agua. Desde la orilla, un pintor la observa con un pincel de claridad en la mano.

domingo, 3 de mayo de 2015

La caracola silenciosa

 LA CARACOLA SILENCIOSA

El reflejo de la luna ilumina la espuma al romper contra la orilla helada. Bajo el lecho del océano, una caracola recoge la cadencia de la marea, el silencio de la luz, las pausas entre olas y la quietud del hielo que cubre la arena. Está rajada y, a través de su fisura, el rumor del mar se escapa. El sonido se pierde y su voz se desvanece.

Una sirena, vestida de noche, de cabellos blancos de luna y cuerpo de estrellas de ónix, lanza conchas que saltan sobre las olas y salpican gotas que burbujean antes de hundirse en el mar. La caracola, muda, contempla a la sirena. ¡Hasta sus cabellos cantan con ondas de brisa sobre el agua! Por un instante sueña con ser como ella y resonar con la voz del viento. ¿Cómo sería notar el cosquilleo de la música al filtrarse a través de ella? La caracola se estremece de esperanza con el sueño de esa nota, y de añoranza ante su ausencia.

El silencio se hace denso con la noche, pesa dentro y fuera de la caracola dormida. Llega la calma de la oscuridad previa a la aurora. El tiempo se enlentece, se detiene al alba y se reanuda con el día.

Los primeros rayos de luz se filtran tímidos entre nubes de gasa. La sirena despierta cubierta de amatista. Un velo de bruma cubre el agua y amortigua la marea que arrastra a la caracola. La sirena la recoge y percibe el silencio que la llena. La acaricia dulcemente y palpa las ondas de nácar rotas por una grieta invisible.

La sirena canta. Su voz se refleja en las espiras pero la melodía se cuela entre sus dedos y desaparece. El sonido enmudece. La caracola permanece silenciosa.

La sirena se disuelve, se balancea en la cresta de las olas y se sumerge hacia el fondo del océano. Sus cabellos se tiñen de agua de plata y de oro de sol. No es más que un reflejo de luz en el océano, una ola que arrastra a la caracola. Su cuerpo es una corriente, un remolino que dispersa bancos de peces.

La sirena avanza mar adentro. Cuando se cansa, busca una manta en el fondo de arena. Al caer la tarde se asoma de nuevo entre las olas para saltar con un grupo de delfines. A ratos no es más que otra ráfaga de viento que riza el mar.

El sol se pone y la sirena, de piel de bronce y cabellos de rubí y cobre, nada hacia el horizonte. Llega al lugar donde se recoge el último rayo del día y resbala por el haz hacia las profundidades. La luz se hunde hasta detenerse en el tridente de Neptuno que guarda el sol durante la noche para evitar que abrase a la delicada luna. La sirena engarza la caracola sobre un diente y hace vibrar el tridente. El mar explota en música. Las notas percuten sobre el agua, se deslizan sobre el fondo. La caracola resuena y recoge los sonidos. Su concha de nácar se enciende cubierta de ondas, se expande como el océano y guarda el ruido del mar en su interior.

La caracola tiembla, gira, ondula, se ilumina. El sonido la rodea, se diría que la sostiene. La música la llena, la colma y rebosa, hasta que, finalmente, la transforma. Como en una danza se desenroscan sus espiras y, al liberarse, se cimbrean y se estiran con las ondas de una cola. La espuma la envuelve en una cascada blanca y la rodea en una larga cabellera. Su cuerpo nacarado brilla y estalla en miles de estrellas, en millones de escamas de luz. En medio de una tormenta de burbujas, se lanza impulsada por su aleta de delfín. Asciende en medio de un torbellino vertiginoso y su figura se funde con las corrientes de agua y rompe los bancos de peces. Canta... Canta y la música templa su hermosa voz de sirena.

domingo, 26 de abril de 2015

Noche de luna

Las noches de luna llena en las que el mar duerme tranquilo, el agua lisa se convierte en un viejo espejo de azogue en el que la Dama de la Luna baja a contemplarse. Al agitar el agua con la punta de sus dedos, el contorno del astro se expande en suaves ondas. El movimiento impulsa la brisa y se diluyen las fronteras entre el océano y la orilla. Esas noches el agua y el aire se confunden entre sí. Mientras las sirenas nadan hacia la costa, la Dama de las Aguas asciende hasta encontrar la figura de su hermana sentada en el borde de la laguna remansada en la que brilla el reflejo de la luna. La forma luminosa y plateada de Selene se funde con la figura cristalina, de agua y de sal, de Marena. Ambas se dejan mecer por las aguas y se bañan en la luna. La brisa levanta gotas de luz blanca que viajan por los rayos hasta rellenar los mares y los cráteres del satélite. La luna se cubre de nácar para convertirse en la perla del cielo.

Amanece. La aurora matiza el brillo del sol que surge entre el silencio azul de la noche. Los rayos dorados, suaves como una caricia, se filtran lentamente entre la fina neblina del alba. Ascienden sobre la tierra y alfombran de oro el bosque dormido. Se deslizan sobre las copas de los árboles arreboladas bajo su roce. El astro emerge despacio. Roza el mar y el agua se llena de destellos, son las sirenas al regresar. Marena se despide y, al sumergirse, las olas rompen el silencio de la laguna nocturna e inician su viaje hacia la costa. Los sonidos se enardecen, las mareas se abren y chocan con las rocas al desperezarse.

Selene contempla la luz por un instante. El amanecer la debilita. Sabe que el sol ansia compartir el cielo con la luna, convertirla en su reina y señora. Siente como el poderoso astro estira sus rayos con cuidado, le ve asomarse muy lentamente, casi con sigilo, mientras intenta atisbar a su amada, al menos un instante, antes de que ésta se escabulla por completo. Nota como se eleva poco a poco, sin llegar perder por completo la esperanza. La perla de la luna palidece, se funde en un trasluz de alabastro mientras los colores brotan. La vida despierta. La tímida luna se desvanece y Selene con ella, entre el último de sus rayos.

jueves, 23 de abril de 2015

Mis libros

Día del Libro. Todos los meses debería haber al menos un día para festejar la lectura. Un libro y un trozo de pastel motivaría a los más peques a leer, y a los golosos algo menos peques es posible que también. Mis libros se han juntado para celebrarlo y, como ya son unos pocos, quieren pasarlo bien. Una reunión de brujas, trols, duendes, hadas, personajes navideños, sirenas y unos cuantos animalitos no parece un mal plan. ¿Quién se apunta? 

PALOMA

Es un hecho, no por muchos conocido, que las brujas nacen de los cuervos. Así empieza Paloma, un cuento de brujas que no dan miedo, una historia de colores cambiados con mucho hollín. Su protagonista es Marla, una anciana hechicera que ha alcanzado (y superado con creces) la edad de pasar el testigo. Debido a su vejez, Marla se equivoca de nido al buscar sustituta. La elegida no tarda en ser consciente del error de su madre adoptiva. No obstante prefiere no aclarar el asunto, no desea ser descubierta y perder así los privilegios de su nueva vida con la bruja. ¿Qué mejor que los guisos de la anciana para saciar su voraz apetito? Poco dispuesta a sufrir, se las ingenia para mantener el engaño. Sin embargo, cuando llega el momento ineludible de la verdad, la impostora acaba condenada "a la sombra". Allí descubre que no se encuentra sola. A pesar de la compañía su nueva situación no es en absoluto envidiable y pergeña un plan, a su gusto, para escapar.

Paloma fue finalista del Premio Lazarillo en 2012. No es que el galardón haya servido para que ningún editor se interesara en la historia, pero eso no quita que, para mí, sea motivo de orgullo. Gracias por todos los comentarios en la página de amazon y también a las excelentes críticas literarias que le escribieron los hijos de mis amigas. 


Esta historia es la continuación de Paloma. La tranquila vida en la cabaña de Marla, Orión y Paloma se ve interrumpida cuando la gemelísima de Marla, Merle, anuncia su visita. No se precisa una bola de cristal para saber que sus intenciones no son buenas, nunca lo son. ¿Qué pueden hacer una bruja blanca, que no sabe controlar su magia, y una bruja negra, sin la suya, contra el miembro más pérfido del aquelarre. ¿Huir? ¿Esconderse? ¿Practicar la magia, a pesar de los riesgos que eso implica, hasta aprender a manejarla? ¿Refugiarse en la ciencia? Según pasan los días y crece la tensión de la espera, la situación no mejora, aunque aparecen nuevos aliados a su causa. ¿Qué sucederá cuando Merle descubra lo anómalo de su situación? ¿Lograran evitar la hecatombe? El futuro se torna negro... 

El hijo de un amigo de House me envió un dibujo precioso, y graciosísimo, después de leer la historia con su padre. En él mostraba la cabaña y a todos los personajes (escobas incluidas). Me encantó. 


Entre la Mitología del Mar existe una antiquísima leyenda que afirma que, cuando un humano atrapa a una sirena, ésta queda ligada al mundo del mortal y debe abandonar el Océano.
Lo que casi nadie sabe es que , solo cuando la sirena así lo elige, puede ser retenida. El precio de su decisión será el de renunciar al Mar para siempre y, con él, a su memoria. Sus recuerdos se perderán en la inmensidad. Jamás habrá vuelta atrás. El Océano la repudiará: encriptará sus enigmas en un lenguaje desconocido, le arrancará los secretos contenidos en el brillo de sus escamas y le ocultará sus misterios. A cambio, su sombra se hará corpórea, la espuma y la sal se cubrirán de una piel fina e inalterable y sus nuevos cabellos atraparán la fuerza de las corrientes y la luz del día, o de la noche. Para la sirena la eternidad se transformará en un extraño sentimiento: el amor. Por él sacrificará su libertad y su inmortalidad, para unir, de forma irrevocable, su nueva vida a la de su amado.

Hermanísima trasnocha últimamente más de la cuenta porque está enganchada a la historia. Soñar despierta con la ayuda de un libro no es un mal sustituto de otro tipo de sueños. 


Según la tradición los trols viven de noche y, durante el día, duermen en grutas excavadas en las montañas porque no soportan la luz. Su leyenda también afirma que, si no se refugian, los trols se convierten en piedra al amanecer, con el primer rayo de sol. Como casi todas las leyendas ésta posee una base de verdad, aunque cubierta por un grueso barniz de fabulación. ¿Qué es cierto y qué no lo es? Es difícil de saber si no se es un trol pero, en este caso, aunque no se me pueda considerar un ejemplar típico, es lo que soy.

Me llamo Sig. Ya he dicho que soy un trol, aunque debo matizar que no soy un trol a la usanza. Nací de una roca, al igual que el resto de mis congéneres, pero mi nacimiento se complicó. En mi caso la tierra tembló pero la montaña no me condujo a través de una vía hacia sus entrañas, sino que la energía me expulsó hacia el exterior. Volé por los aires, sin sembrar la destrucción a mi paso. Tampoco me deshice al chocar contra la tierra porque caí en el interior de una poza. No me golpeé contra el suelo y nada aplastó mi cabeza, ni mucho menos mi cerebro...

Gracias a Sergio mi Trol ya tiene su primer comentario en amazon. Me alegro de que mi personaje le resultase tan entrañable como a mí. 


Shhh, no despertéis a Flora 
¿Flora? 
Flora es la voz del valle, el origen de este lugar. Muchos creen que es una leyenda pero todo aquello sucedió en realidad. 
¿Qué es lo que ocurrió? 
Quizás sea un poco largo: hay brujas, duendes y hadas, hechizos y ciudades encantadas, pociones mágicas e incluso trols, pero, si de verdad os interesa, os contaré su historia. 
"Hace mucho tiempo, perdido entre las montañas,  no lejos de aquí, existió un lugar llamado Valaín (...) Nuestra historia comenzó el fatídico día en el que apareció en el valle una malvada bruja..."

La redacción original de sobrinísima está en una adenda al final del libro. Difícil decir si el proyecto le hace más ilusión a ella o a mí. 



"Nicole se despertó emocionada. ¡Por fin había llegado el invierno, su estación preferida, la que esperaba con impaciencia desde la primavera! No le importaba que el sol no apareciese durante todo el día y que en su lugar los reflejos azulados de la nieve trasformasen el paisaje en un mundo de ensueño. Ese mundo misterioso se desvanecería junto al invierno, cuando la nieve se derritiese bajo los rayos del sol. Sin embargo, lo que más le gustaba a Nicole de ese primer día no era el escenario casi onírico, ni el frío tonificante que traspasaba la protección acolchada de su anorak y sus botas. Aquella mañana era especial porque, justo después de desayunar, llegaría el momento de acompañar al abuelo a sacar el Trineo de su escondite secreto." 

En el Polo Norte se ultima la Navidad. El Gran Trineo sale de su escondite cuando un deshielo intempestivo interrumpe su viaje e impide que alcance el taller de los duendes. Nicole, el Trineo y la Navidad están en peligro. ¿Se salvarán?

¡Por fin uno de mis cuentos consiguió intrigar al Catedrático! Fue mejor que ganar un premio. Por supuesto, la dedicatoria es para él. 

¡Feliz día de libro y espero que todos los días merezcan ese nombre!

martes, 14 de abril de 2015

Sombras

En el tiempo en el que no existía el Tiempo, entre la nada del futuro universo, dos poderosas diosas combatían sin tregua por conquistar a Altair, el poderoso dios del viento. Alya, reinaba sobre la luz, Deneb sobre la oscuridad y el caos.

Al principio Alya iluminó el vacío del cosmos con su resplandor. Contrariada, Deneb condensó la materia esparcida en el espacio infinito y la modeló en cuerpos opacos para romper con sus sombras la luz de su enemiga. Alya los encendió y se engendraron estrellas de esa misma materia. Deneb contraatacó y, en una vorágine de seísmos y negras tormentas, fisuró la corteza, antes lisa, de los astros y aprisionó su energía en el interior de simas de lava incandescente. La guerra entre ambas diosas creaba y destruía. Se transformaban masa y energía. Su lucha generó no sólo desorden y devastación sino que, fruto de su enfrentamiento, surgieron meteoros, galaxias y nebulosas. Constelaciones inmensas vagaban sin rumbo por el firmamento y, a pesar de la inmensidad del vacío que las rodeaba, algunas colisionaron entre sí. Tras el choque se concentraron en cuerpos celestes de densidad infinita. Incluso la luz era atraída por la fuerza gravitatoria de aquellos gigantescos agujeros negros. 

Alya quiso borrar la presencia de Deneb en el recién nacido universo, aniquilar las sombras y desdibujar los contornos opacos en halos de luz. Sin embargo, al difuminarlas, el espacio perdió nitidez. El brillo de las estrellas se desvaneció. Fue entonces cuando la diosa se dio cuenta de que borrar las sombras entrañaba destruir el cosmos existente. La sincronía de luz y oscuridad era lo que diseñaba aquel mundo de objetos, trazaba los perfiles de sus elementos y proyectaba sus formas sobre el firmamento. Las sombras eran tan solo meras impresiones de esos cuerpos, originadas por la combinación de claridad y penumbra. 

Alya abandonó la lucha. Suavizó su fulgor para proteger a los astros de sus radiaciones y tamizó sus rayos entre partículas de agua y gas para no dañar a los más delicados. Al filtrarse, su resplandor blanco se dispersó en una amplia gama de colores que realzaron la belleza del cosmos. 

A Altair le sedujo el trabajo de aquella diosa creadora. Quedó prendado por la aparición de destellos fugaces e inesperados en el espacio, por la variedad de tonalidades y por la fragilidad cambiante de las imágenes y sus reflejos. La diosa de la luz diseño astros con nuevas formas y matices y Altair trazó rutas de navegación para que cruzaran el firmamento.

Altair y Alya ¡unidos! Deneb se sintió despechada. Se vengaría de los amantes. Arrasaría su mundo. El espacio retumbó bajo la violencia de su ira. Desató su violencia en forma de tempestad. Refulgieron los rayos. Detonaron los truenos. Un océano oscuro inundó el universo de objetos, color y contornos de sombras. La diosa no se conformó con causar estragos en todo lo creado. Aprovechó la violencia cegadora del diluvio para capturar a Altair y sumirle en la profundidad de las tinieblas.

Al faltarle Altair, el corazón de Alya estalló de tristeza. La intensidad de su dolor inflamó el cuerpo de la diosa como una brasa incandescente. Su dolor encendió el agua que ahogaba al dios. La oscuridad se tornó fuego. Un último rayo iluminó a Altair y le señaló el camino hacia la libertad. Navegó hacia la diosa. Sin embargo, antes de alcanzarla, el fuego fundió el corazón de Alya y lo rompió en mil añicos. Sus fragmentos se esparcieron por el universo y lo salpicaron de polvo de estrellas. 

El lamento del dios al perder a su amada sopló desde la orilla de aquel mar inmenso. La superficie del agua se rizó en ondas mientras que el océano se recogía en su lecho. La tierra se secó y las ráfagas de viento tallaron el agua evaporada en nubes de formas fluidas y caprichosas. 

Altair ascendió en el cielo en busca de su diosa. Notó su contacto entre las estrellas. Recogió el finísimo polvo celeste, reunió las partículas en un satélite de plata y lo colgó de aquel cielo estrellado. Con los haces de su luz perlada recreó la imagen de la diosa en una figura etérea: Selene, el espíritu de la luna. 

Altair no se rindió, prosiguió su búsqueda hasta identificar la estrella que había emitido aquel último rayo de luz, el resplandor que le había liberado mientras se hacía añicos el corazón abrasado de la diosa. Sopló con suavidad y arrastró en sus corrientes aquel astro ardiente. Juntos se lanzaron al océano. El brillo de la estrella se multiplicó antes de hundirse en el mar. En ese instante, el resto de las estrellas se apagaron. La noche quedó oculta tras una cortina de luz. El agua opaca se tornó transparente y cristalina. La claridad envolvió el mundo. 

Deneb persiguió la nueva luz para sofocarla pero los vientos de Altair empujaron al astro hacia las profundidades, protegiéndolo tras una cascada de colores de fuego. Al esconderlo, las estrellas reaparecieron. El reflejo de la luna describió una senda misteriosa sobre las olas. La Diosa oscura se alejó derrotada, perdido el objeto de su búsqueda.

A la mañana siguiente, la estrella emergió del agua e iluminó el mundo. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

La leyenda del mar

Este cuento es el prefacio de "Las Perlas de la Sirena", esta tarde sentía que necesitaba sumergirme en alguna leyenda y he optado por compartir esta. Espero que os guste. 


LA LEYENDA DEL MAR


Entre la Mitología del Mar existe una antiquísima leyenda que afirma que, cuando un humano atrapa a una sirena, ésta queda ligada al mundo del mortal y debe abandonar el Océano.

Infinidad de hombres han abandonado sus vidas terrestres en persecución de este mito. Movidos por el impulso de desvelar los misterios del océano, se han hecho a la mar en busca de respuestas. Empero, la mayoría fracasan en su intento. En presencia de las sirenas sucumben bajo el conjuro vibrante de sus cuerpos. Prendados de su armonía, nadan, enajenados, hacia el fondo abisal. Una vez alcanzado su destino, pierden su guía. Ignorantes del secreto que diluye las fronteras entre la vida y la muerte y que, al ser revelado, permite traspasarlas a voluntad para llegar a formar parte de la eternidad de las aguas, miran pero no ven. Vagan sin rumbo, extraviados dentro de un mundo legendario, diferente y desorientador. Luchan por regresar al aire de la superficie y entregan su último aliento en la batalla.

Las sirenas son el mar, figuras que surgen del océano y de la fuerza del viento, de juegos de sombra y de luz y de brillos irisados sobre fondos de arena. Son su espuma, su rugido, su silencio y su misterio. Hablan su lenguaje de sonidos dulces, de ritmos cadenciosos y de vibrantes ecos. Del mar conocen todos sus secretos, saben dónde hallar los tesoros hundidos en sus profundidades y cómo despertar la vida que late entre las rocas.

Las sirenas comparten con el mar su memoria. Carecen de individualidad, no tienen recuerdos propios. Su vida inmortal transcurre en un presente efímero, fugaz, sin conocer otro pasado que el de las leyendas del océano. Las sirenas son aún más esquivas que los destellos de luz fugaz sobre el agua. Al igual que ésta se derrama entre los dedos desde el cuenco de las manos, así escapa la ilusión de su reflejo del abrazo de sus perseguidores. Sólo cuando una de ellas lo elige, puede ser retenida. El precio de su decisión será el de renunciar al Mar para siempre y, con él, a su memoria. Sus recuerdos se perderán en la inmensidad.

Jamás habrá vuelta atrás. El Océano la repudiará: encriptará sus enigmas en un lenguaje desconocido, le arrancará los secretos contenidos en el brillo de sus escamas y le ocultará sus misterios. A cambio, su sombra se hará corpórea, la espuma y la sal se cubrirán de una piel fina e inalterable y sus nuevos cabellos atraparán la fuerza de las corrientes y la luz del día, o de la noche. Para la sirena la eternidad se transformará en un extraño sentimiento: el amor. Por él sacrificará su libertad y su inmortalidad, para unir, de forma irrevocable, su nueva vida a la de su amado.

sábado, 14 de febrero de 2015

El camino de las sirenas

Hubo un tiempo en que la luna aún no existía. La noche cubría el mundo con una oscuridad tan densa que el brillo de las estrellas apenas podía romperla. Al ponerse el sol, el mar se transformaba en un abismo de negrura del que escapaban las sirenas guiadas por la luz tenue de las estrellas. A veces, un astro fugaz caía al océano y las sirenas lo perseguían para colgarlo de nuevo en el cielo antes de que se apagara en el agua. Sin embargo, nunca lo encontraban.

Noche tras noche las sirenas presenciaban impotentes la desaparición de las estrellas. El día en el que se hundiese la última de ellas, se verían atrapadas en las profundidades de un reino de tinieblas. Sin su guía estarían perdidas. Antes de que ese momento llegara, debían hallar la manera de preservarlas.

Una noche tejieron una red de nubes y la extendieron sobre la superficie del agua. La red detendría la caída de las estrellas que se quedarían retenidas en ellas. Sin embargo, eran tan pequeñas que se perdían entre la niebla.

Otra noche las sirenas recogieron uno a uno los reflejos de los luceros sobre el mar y los reunieron en el rincón más recóndito del océano. Crearon un lago de luz con los infinitos destellos. Junto a él, esperaron hasta el amanecer, a que el primer rayo de sol iluminase la neblina. Cuando la bruma se tiñó de blanco, llamaron al viento para que alzara las olas. Se izaron sobre las crestas de espuma y, con cuidado, tiraron del velo de niebla hasta condensarla en una esfera. En el interior guardaron el brillo de las estrellas. Para evitar que la bruma se disolviera, sellaron la esfera con nácar, simulando una perla.

Al caer la noche, cuando las sirenas remontaron la oscuridad del abismo, arrastraron con ellas la inmensa perla. En el lugar en el que el cielo y el mar se funden, surgió la luna. El cielo reconoció en su interior la luz de las estrellas y reclamó para sí la esfera. Sin embargo, la luna no quiso separarse por completo de su lugar de origen y derramó su reflejo sobre el océano. Esa senda hecha de luna, es el camino de las sirenas.

viernes, 30 de enero de 2015

El espejo del agua

Perhaps the truth depends on a walk around the lake. Wallace Stevens

Sólo el cristal de un espejo en el suelo me separa del cielo. La espuma de las olas me salpica y el agua, al retirarse, descubre el reflejo de las nubes al otro lado de la arena. Avanzo y mis pies se hunden en las entrañas húmedas de la tierra sin conseguir, ni por un momento, atravesar la lámina que divide la realidad y su reflejo.

Mi sombra se cuela en medio, sin pretenderlo. El agua la roza mas no la moja y, aunque el aire se esfuerce en ello, tampoco la agita el viento. Sólo se estira y se acorta con el transcurso del tiempo. Las nubes se la llevan, no sé adonde, y cuando el sol la devuelve a mi lado, nunca me cuenta dónde ha estado. En silencio, entre mis dos cuerpos, flota en el ángulo del espejo, junto a la imagen del cielo.

jueves, 22 de enero de 2015

Mar en sueños

El mar duerme. Se oye la respiración apagada de las olas y el aliento de brisa que las agita y rompe sus crestas contra la orilla. Mar adentro hay calma chicha. Es la quietud del reposo sin sueños, del sopor profundo y sereno de recuerdos hundidos en su fondo.

La paz no es más que una tregua. En el cielo hay indicios de que la bonanza no durará; en el horizonte se alzan las nubes de una tormenta de pesadilla.

La noche se cubre de silencio y el aire cargado vibra. Todo se detiene antes de la batalla. En apenas un suspiro se extingue el resplandor de las estrellas y desaparece la luna. El tamborileo de las gotas altera la placidez del agua. El viento arrecia hasta transformarse en galerna. La tempestad se desata. El océano se revuelve y de sus abismos emergen mitos y sueños. Refulge el tridente de los tritones al estallar los relámpagos. Rugen los truenos y crujen las rocas. Al borde de un remolino las sirenas asoman entre fragmentos de furia y espuma. El océano es sombra, montañas de cumbres desafiantes perdidas en medio del temporal e infiernos de abismos sumergidos.

Poco antes del amanecer surge la bruma. Bajo la niebla enmudece el viento. El océano se adentra en el duermevela de antes del despertar. Sueña, se recoge y remolonea con pereza, exhausto tras la tormenta. Se rebela, más no dispone de fuerzas para presentar batalla. Claudica. La noche se rinde al alba.

lunes, 13 de octubre de 2014

Dragón de Sol


El dragón surge del sol, de las nubes de volcán de contornos incandescentes del ocaso, de los últimos rayos del incendio que se detiene justo antes de rozar el mar y de las líneas encendidas que el viento empuja a la tierra y aleja de las estrellas. El dragón se recoge en el último recoveco del cielo, apenas un fragmento apoyado en el océano, un refugio en llamas entre las nubes de fuego y el agua metálica que fraguará sus escamas.


El dragón se desvanece en el crepúsculo. Al llegar la noche se recoge en las profundidades. Desde la superficie se cuela el murmullo de las olas que le llaman, la claridad de la luna le reclama. El dragón abandona su lecho. La marea esboza un sendero hacia la playa, una estela de espuma de nácar y escamas de plata.

El dragón yace sobre la arena, sus placas cubiertas de luz helada. Envuelto en oscuridad y frío, sueña con el resplandor del sol. Buscará el calor perdido en el interior de las rocas y los reflejos del oro en viejos tesoros. Sin el brillo de la luz, sin el ardor de las llamas, la criatura languidecerá en una eternidad de sombras de la que no despertará.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Barco pirata


Entre la bruma, el sol se viste de luna. El cielo y el mar se funden en una maraña gris. Se han diluido las sombras y los sonidos se alejan. El eco desaparece, borrado por el silencio. Se ha detenido el reloj.

Entre jirones de niebla surgen formas fantasmales. Las rocas oscuras se alzan, se agrupan unas con otras hasta sellar la barrera. La cala queda encerrada tras el muro de un fortín.

Aparece un haz de luz de un viejo faro olvidado. Se abre una grieta, una puerta. Está baja la marea y hay tablas sobre la arena. Flotan restos de una vela y de un trozo de la quilla, sale un trozo de sirena.

Lentamente, un barco emerge. Su silueta borrosa se confunde entre las sombras. La madera de su casco, destrozado en mil batallas, se ha recubierto de algas, y del mástil cuelgan lacias las telas hechas jirones de sus velas desgarradas.

El capitán, en el puente, sin marinos ni grumetes, dejo atrás en el océano hasta a la implacable Muerte. Vaga en su navío errante sin ver nunca el horizonte, sin sentir la luz del día ni el abrazo de la noche. Sin memoria del pasado, ni recuerdos del presente, sin patria, hogar ni bandera, sin límites, ni fronteras, afronta el solitario destierro de un futuro eterno. No va en busca del destino, de fortuna, ni romance. No alberga deseos de gloria. No añora el ardor del miedo ni el arrojo del coraje.

El barco abandona el puerto y estalla la tempestad. Entre las nubes retumban los truenos de los cañones. Prende el fuego como un rayo. Cae la lluvia y la fuerza de las olas arrastra hacia las profundidades el espíritu de un sueño.

miércoles, 20 de agosto de 2014

A la deriva

El amor es un delirio que navega a la deriva. Va en busca de una sirena que ha regresado al océano. Es víctima de un hechizo, de un conjuro entonado con el sonido de la brisa y susurrado por las olas hasta la orilla, de un sortilegio prendido por el encanto de la luz en el agua y guardado en el misterio de las profundidades.

El amor no se resiste, pretenderlo es imposible. Si existe es por ese embrujo. Vaga en su ilusión, ajeno al tiempo y al sol. Si el mar le cierra sus puertas con murallas de agua y roca, flota sobre olas del viento, en el puente de un navío hecho de bruma y ensueños.

Cae la noche. La luz se extingue y aparecen los contornos de figuras invisibles que se ocultan tras las sombras. Entre las tinieblas, reflejos de oscuridad abren ventanas de estrellas y tras el resplandor se asoman espejismos de sirenas.

El amor lanza sus redes, una trama que, al tejerla, enreda al urdidor en ella. No tiene miedo, sólo espera. La Muerte es su ahora su guía, es el precio, su destino, y su único final.

Sobre el vacío de las aguas, la media luna recoge la estela de espuma enganchada. El aire suspira. El océano duerme en calma.

martes, 12 de agosto de 2014

Gotas

Soy una gota de mar, agua con arena y sal, una burbuja de espuma y una brizna de brisa. Juego con el aire a salpicarle y escapar. El viento me derrota, me atrapa y me empuja lejos de mi hogar.

Soy un fragmento azul de cielo que flota en el viento. Al final del día, cansada del viajar, busco un hueco entre las nubes donde escabullirme. Encuentro un refugio en el que detenerme y reposar. Me recojo en mi escondite y duermo. Me tiño de sol y de luna, de estrellas y niebla, de amanecer y de ocaso. Sueño y espero mi despertar.

La nube cambia. Mi lecho desaparece al unirse a la bóveda de sombras que oculta al sol. Tiemblo con el retumbar de un trueno. El destello de un relámpago revela mi posición. La tormenta me agita, una ráfaga desgarra mi morada y me lanza a un abismo de oscuridad.

Me estrello contra la tierra, me infiltro en ella y mi luz se libera para regresar a la estrella. En su trayecto la estela dibuja un arco de color. La humedad barniza los contornos del paisaje; sobre las siluetas, el aire centellea.

Soy una chispa de luz, el reflejo de un rayo de sol que yace al borde de una nube y anhela regresar al mar.

martes, 22 de julio de 2014

Aullidos de luna

There are nights when the wolves are silent and only the moon howls. George Carlin.

La luna aúlla en silencio. Son aullidos de soledad en un cielo sin estrellas. Es una luna de alabastro, tan pálida que apenas se distingue en medio de las tinieblas. Debajo se recorta la negrura de las montañas de picos tan afilados que muerden el aire, se levantan sombras de bosques helados, se extiende el vacío nebuloso de la estepa. Es un mundo opaco, de contornos dibujados sobre la más tenebrosa de las penumbras.

La luna aúlla. Nada responde a su sonido, ni siquiera el eco le devuelve el grito. El viento está quieto, no susurra entre los árboles, ni silba al pasar entre las rocas. El océano no respira, sobre su lecho no descansa el espejo de la noche. No hay estelas en el agua, sin senderos que le guíen, el mar olvida el camino. No se mueven las olas, no las empuja la brisa para romperse en la orilla.

La luna aúlla. Tiembla, tiene miedo. Cuelga del abismo de una noche sin sueños.

miércoles, 16 de julio de 2014

Amanecer gaditano

Amanece. El mar duerme, las olas lo mecen. El océano sueña y, entre sueños, la luna lo abraza con su estela de plata. El alba avanza para acariciar el agua. El mar se encoge, se acurruca entre los pliegues de un edredón de niebla y espuma.

El sol asoma su rostro sobre el embozo del agua. El viento suspira, el mar se riza. Sol y luna, prendidos sobre mar y bruma, se funden por un momento en el esplendor de un beso. Nace el fuego de la unión de aquel abrazo. La tímida noche, que oculta secretos en sus tinieblas y guarda tras las estrellas promesas eternas, se sonroja. Encendido, bajo un manto reluciente, el mar aún duerme.

En silencio la luz se abre camino. La aurora se desliza de puntillas, se acerca despacio a la orilla. El sol se estira y un bostezo de marea baña la arena. Se levanta la neblina y el horizonte se aclara. Cuando los rayos la alcanzan, se hunde la luna en el agua. Las sombras se acortan y un mundo de formas se retrae bajo las rocas. El mar ruge, ya no queda oscuridad en la que refugiarse.