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jueves, 9 de agosto de 2012

Hay otra vida

La cena de gala del congreso de Edimburgo tuvo lugar en Gosford House, una de las mansiones del Earl of Wemys, digo una porque tiene unas cuantas repartidas por Inglaterra y decidió situar ésta en tierras escocesas simplemente movido por su adicción al golf. Wemys se pronuncia Wims (los apellidos aristocráticos británicos, por muy largos que parezcan escritos, siempre quedan reducidos a la mitad a la hora de pronunciarlos, 1 ó 2 sílabas es lo máximo que se puede recordar en un evento social, se consideraría una grosería hacia el resto de los invitados el presentarse con un apellido extravagante porque ¿cómo se acordarían si no del título que va a continuación si les cuesta digerir el complicado nombre? Eso sí, a la hora de agregarle letras extras al deletrearlo para los burócratas, cuantas más quepan, mejor. Wims suena muy similar a "whim" (que se traduce como capricho), así que supongo que el que le otorgó el título hizo gala de ingenio cuando lo escogió. Si la casita fue el antojo del séptimo conde para organizar sus partidas de golf,  tras visitarla, el término caprichoso adquiere una nueva dimensión. Supongo que esa razón justifica una nueva grafía para el término. Los que no llegaron a pillar el juego de palabras, o preferían utilizar un término afrancesado, tan en boga en esa época (la mansión se construyó a finales del S. XVIII, cuando el país sufría una invasión de aristócratas galos escapados de la Revolución) se referían a la mansión con el eufemismo de "la follie du Comte".

La casa data del 1800 y es de estilo Neoclásico. El arquitecto escogido para su diseño fue Adam, el principal artífice de la Ciudad Nueva de la cercana Edimburgo. Dispone de un cuerpo central y dos alas laterales que el 9º Earl quitó y que el 10º reconstruyó. Su propietario actual es el 13º Earl. Nuestra visita se limitó exclusivamente al ala Sur.

"Autorretrato en el tocador” Zinaida Serebryakova
Por supuesto tanta clase requería cierta etiqueta y así venía especificado en las recomendaciones del Congreso. Tanto House como yo metimos en la maleta una vestimenta adecuada para cumplir con el protocolo exigido aunque en mi caso me encontré con un pequeño dilema con el que no había contado. Si alguna vez alguien necesitó gritar la famosa frase de ¡Rupert, te necesitó! fue sin duda esta menda tras pasear bajo la niebla y la lluvia de la capital escocesa. Hasta House, que no opina sobre estos temas, entre otras cosas porque sus visitas a la peluquería se limitan a dos acontecimientos anuales (esperados, deseados y directamente sugeridos por la Señora y por hermanísima cuatro meses antes de que tengan lugar), me hizo el comentario habitual de la Señora Baronesa cuando nos veía despeinadas a alguna de las primas. No es que no hubiese intentado arreglármelo, incluso me pertreché en el Boots de un serum antiencrespamiento que dejó de funcionar en cuanto asomé la nariz a la calle. No podía ir a cenar así a un sitio medianamente elegante y menos aún a una mansión señorial. No me quedaba más remedio que recogerme hasta el último cabello, y al mismo tiempo procurar que resultase medianamente favorecedor. No estaba dispuesta a ir hecha un adefesio. Afortunadamente, el esquivar a mi madre con el peine cuando hermanísima y yo eramos pequeñas dio sus frutos y, además de librarnos de sus dolorosísimos tirones (no exagero, estoy convencida de que sus esfuerzos por desenredar nuestro pelo son una forma de tortura no contemplada en los manuales de guerra) ambas aprendimos a realizar casi cualquier tipo de peinado. Empecé con un par de trenzas de raíz que inicié desde ambos lados del flequillo, con cuidado de que no quedasen demasiado tirantes, que una cosa es hacerse un recogido y otra muy distinta parecerse a la Rottenmeier. En la nuca las junté las dos en una que enrollé hacia dentro sobre sí misma en un moño bajo. Conseguí un efecto de corona, muy adecuada para ir a cenar con la aristocracia y con la enorme ventaja de que mantenía cada pelo en su sitio (también, al igual que Jo en el baile de los Moffat, conté con la inestimable ayuda de las mismas 19 horquillas, aunque sin clavarlas en el cuero cabelludo como le sucedía a ella). Para el maquillaje me limité a unos arreglos básicos llevados al extremo y al bajar hasta me dijeron lo guapa que estaba (eso sí, por la noche, cuando sonó la alarma de incendios, yo aún conservaba los restos del peinado en la cabeza que había optado por no quitarme, así que no me quiero imaginar qué pensarían de mí el resto de los huéspedes al verme coronada con mi intrincada trenza a las cinco de la madrugada. Para más inri, y terminar de arruinar mi reputación de coqueta, mientras esperábamos a los bomberos, saqué mi inseparable pintalabios del bolso y me dí un toque de color, que además de animar los rasgos, también hace lo propio con el sentido del humor). House con su buena planta, su chaqueta, su corbata y sus pantalones de pinzas iba hecho un pincel, que no un figurín, así que ambos así ataviados nos encontramos con el resto de los congresistas en el hall antes de emprender camino en el autocar encargado de conducirnos hasta los terrenos del pobre conde.

Al llegar fuimos recibidos por la música de un gaitero solitario sobre la terraza. Al igual que el violinista en el tejado, la imagen resultaba efectista y muy pintoresca. En la puerta nos hizo los honores el encargado de la finca que nos hizo pasar al South Hall, conocido también como la Sala de Mármol. Su nombre lo dice todo: una inmensa habitación de mármol, casi vacía, tan sólo con unos sofás y una alfombra delante de la chimenea encendida del fondo. A ambos lados ascendían sendos ramales de una escalera grandiosa que, tras un descansillo, se juntaban en uno central para terminar en una galería con una preciosa barandilla, por supuesto de mármol, alrededor. De las paredes de la galería colgaban varias decenas de cuadros entre las que se encontraban obras de Tiziano, Sargent y Raeburn (necesitados todos de una experta limpieza). Otra de las joyas de la familia era un águila imperial romana del S. I BC, en casi perfecto estado de conservación, pese a sus 22 siglos de antigüedad. Tanto en las habitaciones de alrededor, como en los pasillos, los cuadros apenas permitían apreciar la pared. Era una lástima que todos los lienzos estuviesen tan oscurecidos por el hollín.

Mientras nos servían un aperitivo, recorrimos las estancias. Un nuevo toque de gaita junto con el tradicional gong de las novelas nos avisó de que la cena iba a dar comienzo y nos guiaron hasta el comedor. Nos dispusimos por grupos en las distintas mesas redondas repartidas con holgura por la habitación. Un enorme ventanal, que daba acceso a una terraza de película, permitía ver la explanada de césped del jardín y los árboles del fondo. La finca posee 3000 hectáreas con 4 campos de golf. Supongo que el conde no quería correr riesgos y, si uno se inundaba, siempre disponía de otro en el que jugar.


La cena de gala, amenizada por un concierto de arpa, fue excelente. El vino francés, de Bordeaux, estaba delicioso y la comida aún mejor: pastel mousse de bacalao ahumado, un pequeño trozo de solomillo de vacuno Angus (la raza autóctona) con salsa de vino, y mousse, perfecta en sabor y textura, de chocolate negro al brandy. He llegado a la conclusión de que la cocina inglesa no es que sea mala, lo que sucede es que los cocineros buenos se los apropia la aristocracia y los cocineros medios son mediocres. Al acabar, nos hicieron pasar a otra sala en la que nos sirvieron café, té y una variedad de whiskies, con bandejas de bombones, toffee y chocolate. Regresamos a la galería para ver el espectáculo final. En la Sala de Mármol entró un grupo de gaiteros que nos ofreció una selección musical a ritmo marcial. Como dice House, con esa fuerza a cualquiera le entran ganas de entrar en batalla y, al oírlo, a una distancia de kilómetros, y sentir el estómago vibrar con los acordes y el corazón latir al ritmo de los timbales, el enemigo debía de echarse temblar con tan sólo imaginar el ímpetu y la energía de los guerreros que se les venían encima.

Al marcharnos de nuevo en el autocar, según veíamos pasar kilómetros y kilómetros de campos propiedad del conde, me resultaba difícil hacerme una idea de la escala en la que se mueve su vida. Lo que sí está claro es lo lejísimos que queda de la que conozco.

jueves, 2 de agosto de 2012

Historia de Edimburgo

Vidriera de St. Margaret
El origen del terreno en el que se asienta la ciudad de Edimburgo data de hace 350 millones de años, época en la que la zona la ocupaba una cadena volcánica. Tras extinguirse el volcán, dos millones de años de glaciación arrastraron en su deshielo el sedimento depositado sobre la roca y dejaron el basalto expuesto. Dada su privilegiada geografía, con un precipicio a un lado y un lago pantanoso al otro (Nor Loch, drenado en el S. XIX), Castle Rock se erigió en fortificación durante la época celta, y se han encontrado datos de asentamientos que datan del S. IX b.C. Su transformación en ciudad comenzó en el S. XII, con el Rey David I, en el que el Castillo se erigió en residencia Real. Su disposición en círculos concéntricos revela su función defensiva. En su interior se encuentra la pequeña capilla de Sta. Margarita de Escocia, princesa de Inglaterra, de la casa de Wessex, de donde se vio obligada a huir ante la ocupación de los normandos. Fueron acogidos en Escocia por Malcolm III que la convirtió en su segunda esposa en el año 1070. La reina murió en 1093, tres días después de recibir la triste noticia de la muerte de su marido y de su primogénito en el campo de batalla. Su bondad y justicia influyeron en la política de Malcolm III y, muy especialmente, en la de su hijo, el rey David I.

Al otro extremo de la Milla Real se alza el Palacio de Holyrood (con la antigua abadía de Holy Rood, fundada por David I, en ruinas desde el S. XVIII). Durante el S. XV la residencia asociada a la abadía se transformó en residencia Real en detrimento del Castillo, y tras la Reforma escocesa y la ruptura con el Papa en el S. XVI, adquirió el estatus de Palacio. Desde el Palacio de Holyrood hacia el Castillo huyó una embarazada María Estuardo en busca de refugio y protección ante sus enemigos y fue en este último donde dio a luz al que sería el futuro rey de Escocia e Inglaterra a partir de 1603 (Jacobo VI para los escoceses y I para los ingleses), tras la muerte de Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen.

El camino de unión entre el Castillo y el Palacio se asienta sobre la columna vertebral de la roca y es conocido como la Milla Real, al ser esta la distancia aproximada que separa ambas edificaciones. Muy cercana al Castillo se encuentra la Catedral de St. Gilles, actualmente perteneciente a la fe de la Iglesia de Escocia, cuya construcción data del S. XIV. A lo largo del S. XVI, para promover el asentamiento de la población en la zona se regalaron terrenos a los comerciantes con la condición de que, en el plazo de un año, se construyesen en él una vivienda. Esta medida gozó de gran éxito y surgieron pequeñas callejuelas transversales que se cortaban con la Milla Real, dispuestas en una distribución similar a la de las espinas en una raspa de pescado. Inicialmente los edificios se construyeron con la fachada hacia al calle, donde también se colocaba el mercado general, por lo que se convirtió enseguida en un lugar sucio y muy ruidoso. Los comerciantes más ricos huyeron de la mugre y del jaleo y escogieron para sus casas los patios interiores, a los que se accedía a través de pequeños callejones (conocidos como Close). Posteriormente se reservó el Lawnmarket de la Milla exclusivamente para los limpios y elegantes tenderetes de tejidos, mientras que los sangrientos puestos que exhibían los despieces de los carniceros fueron desplazados al más recóndito Grassmarket. El rápido crecimiento de la población y la escasez de terreno sobre la roca se resolvió aumentando la altura de las edificaciones que, gracias a eso, llegaron a alcanzar hasta 13 y 14 pisos, por supuesto sin ascensor. Eran las casas más altas de la época por lo que, en cierto modo, se consideran precursoras de los rascacielos. Actualmente quedan pocas en pie, dado que en 1824 un gran incendio destruyó la mayoría de ellas.

En la segunda mitad del S. XVIII, ante la acuciante falta de suelo, se emprendió la construcción de la Ciudad Nueva. Los nuevos edificios son de estilo Georgiano (George III era el rey en esa época) y las calles se trazaron con un criterio considerado racional, según le correspondía al Siglo de las Luces en el que el auge de la cultura, el pensamiento y la razón pretendían disipar las tinieblas de la ignorancia en la humanidad. Las avenidas más anchas, paralelas entre sí, tomaron su nombre de los monarcas: George St, Princes St (por sus dos hijos) y Queen St. George St comienza en Charlotte Square, plaza en la que tiene su residencia el primer ministro de Escocia y termina en otra plaza, la de St. Andrew. Siguiendo el dibujo de una cuadrícula cartesiana, las amplias calles principales son atravesadas perpendicularmente por calles más cortas y algo más estrechas. La tierra sobrante de la construcción de la Ciudad Nueva se acumuló a la entrada de la Vieja y formó The Mound (el Montículo), donde se asienta la National Gallery. La gran cantidad de construcciones Neoclásicas, junto con el gran empuje de la Ilustración en la ciudad en la que residían importantes figuras culturales y notables personajes, impulsores de la Revolución industrial, entre los que destacarían: James Watt, inventor de la máquina de vapor, David Hume, filósofo, Robert Adam, arquitecto, Adam Smith, economista, Sir Walter Scott, escritor y creador del romance histórico, Robert Burns, considerado el mayor poeta escocés, le valió a Edimburgo el apodo de la Atenas del Norte.

Sheena Phillips: ‘Edinburgh Castle’

Sheena Phillips: ‘Edinburgh Castle’

"Edinburg Castle" Sheena Philips
La Ciudad Nueva, además de por su trazado cuadriculado, sus plazas y sus edificios, se caracteriza por el gran número de zonas verdes que posee. Al pasear por ella se observa que a un lado de la calle hay casas, mientras que el otro lo ocupa un hermoso parque. Curiosamente estos preciosos jardines son propiedad privada y su uso, mantenimiento y disfrute corre a cargo de los vecinos de la zona. Por supuesto el precio de la vivienda georgiana es prohibitivo para una economía media, y en vista del cuidado aspecto de los espacios ajardinados los gastos de comunidad no deben de ser desdeñables, claro que no tienen piscina comunitaria, al menos exterior. El único de todos los parques que está abierto al público es el de Princes St, y eso gracias a un acuerdo entre los vecinos y el municipio. Este inmenso jardín ocupa la zona del antiguo Nor Loch y en su zona de mayor depresión, parcialmente inundada durante nuestra visita, circulan las vías del tren (por Princes St, apenas unos metros más arriba, irá el polémico tranvía que tiene a la ciudad levantada desde hace un par de años, en los que las obras han avanzado apenas un par de metros, sí es que en todas las partes cuecen habas y las excavaciones urbanas deben de tener algún tipo de intención oculta además de la de aumentar el número de visitas a los talleres y traumatólogos locales). En la ladera de la roca, algunos caminos de cabras dan acceso a la Milla Real. Por desgracia, tras trepar por ellos en una aventurada expedición mañanera que me retrotrajo a las excursiones de mi infancia entre las altas hierbas de la granja en primavera, descubrí que era demasiado temprano y que la puerta de separación entre las dos ciudades estaba cerrada y encadenada. Algo más entrado el día, al ir a comer, pasamos por delante de ella de nuevo, en este caso desde  la Milla Real, y la encontramos abierta de par en par. La ventaja de su cierre es que no me quedó más remedio que desandar lo andado y prolongar mi solitario, agradable y campestre, aunque húmedo, paseo por esa zona.

martes, 17 de julio de 2012

Restaurantes de Edimburgo

Uno más de los múltiples inconvenientes de los viajes organizados es que, a la hora de comer, el sitio y el menú están acordados con antelación y, salvo intolerancias alimenticias, no dan cabida a variantes sobre lo preestablecido. Alimentar a una tropa no es algo para lo que todos estén preparados, por lo que la experiencia puede resultar decepcionante incluso en los lugares más prestigiosos. Una lástima que tras los esfuerzos de la organización por planear algo especial, luego llegue el pinche de turno y se encargue de convertirlo en algo para no olvidar, que no es lo mismo que inolvidable. Eso sí, después de andar todo el día de un lado a otro, sin parar, lo que siempre hay en estos casos es hambre.

En Escocia no tienen cultura de vino y ni siquiera en los sitios de postín se atienen a ninguna ceremonia a la hora de servirlo. Igual que el té posee su propio ritual, ya sea en Gran Bretaña como en Japón, más complejo en este caso lo que lo ha convertido en una asignatura en algunas universidades, el venerable vino también conlleva su protocolo, al menos en los países mediterráneos. Si a alguien se le ocurre servir un té a un tiquismiquis inglés sin toda la parafernalia correspondiente se encontrará con algún comentario digno de ese humor sarcástico que llevan tan a gala y que es gracioso cuando refleja el ingenio del orador (y no todos los británicos son ingeniosos). Sin embargo, dentro de la profesionalidad del servicio insular no se incluye este tipo de formación, tan básica en nuestras escuelas de restauración. Nada de mostrar la botella, descorcharla en la mesa, mostrar el corcho ni, por descontado, ofrecerlo para olerlo ni consultar sobre cuál de los comensales va a encargarse de la correspondiente cata. Los camareros lo traen abierto, lo vierten con el antebrazo en pronación, sin saber que es incorrecto porque esa era la manera de servírselo a los condenados en su última cena, llenan la copa pequeña casi hasta el mismo borde (ya que es la única incluida en el precio del menú) y se quedan tan contentos. Afortunadamente la cerveza escocesa es estupenda. La más habitual es la lagger tostada, no demasiado densa pero sí con más cuerpo que la rubia normal. La autóctona "Innis Gunn" nos encantó.

La primera noche el sitio escogido para la cena tras el entretenido vuelo fue el Ghillie Dhu, en el nº 2 de Rutland Place (muy próximo al hotel, el Caledonian Hilton, para ir de uno a otro tan sólo era preciso cruzar, con mucha precaución, la calle levantada por las obras del tranvía). El edificio fue en sus orígenes una iglesia, de aspecto gótico, de las múltiples que surgen en cada rincón de la ciudad. Al reconvertirse en pub tradicional, se bautizó con un nombre pagano y gaélico que hace referencia a un pequeño espíritu protector del bosque. Supongo que así se amplia la elección de encomendarse en la mesa no sólo a una de las tres religiones de Escocia, sino también a las deidades de la mitología celta (no sé si es que tienen poca confianza en su cocina o unas miras muy amplias en lo que a libertad de culto se refiere). En este caso la comida no requirió ningún tipo de sacrificio. El menú consistió en platos típicos, desconocidos para la mayoría. Al llegar, nos subieron al auditorio, donde nos recibieron con unos deliciosos, y más o menos reconocibles, canapés. Pasamos a la mesa, y a ejercer en ella las funciones de traductores para que los que nos rodeaban supiesen qué es lo que iban a comer (aunque venía todo anotado en una tarjeta, que nadie entendía). El primer plato fue un pastel del tradicional haggies (embutido escoces de carne e hígado con especias que se prepara cocido) acompañado de neeps, palabra escocesa para turnips (nabos), y tatties (patatas). De segundo nos sirvieron un estupendo trozo de salmón a la plancha con crema de puerros. Para terminar habían escogido un ramenquín de Cranachan, un postre escocés típico hecho con nata montada mezclada con frambuesas y harina de avena tostada y remojada en whisky, acompañado de shortbread. Un sitio bonito y muy recomendable, aunque el Cranachan no me gustó.


El segundo día aprovechamos la hora de la comida para visitar el Castillo. En él nos prepararon el Salón Queen Anne para nosotros (también lo hacen para bodas y otros banquetes). Es una sala amplia y muy bonita, aunque terriblemente insonorizada, lo que casi no permitía escuchar al compañero de mesa de al lado (por no hablar, cosa que no era posible, del de dos puestos más allá). La comida, ruidosa aunque sin verdadera conversación, estuvo muy bien: empezamos con tres langostinos con un hilo de salsa y 4 ó 5 hojas de berros (suena y efectivamente resultó algo escaso), seguimos con un par de trozos de gallina de Guinea salteados y con acompañamiento de pastel de patatas con nata y gratinadas, y terminamos pannacotta, deliciosa, en su punto justo, bañada con una reducción de licor de whisky.

Para la cena nos llevaron al Restaurante Oloroso. Sólo por el pretencioso nombre, que me imagino en un caballo de carreras mientras el locutor narra la evolución de la misma y del que, sin duda, el orgulloso propietario del local desconoce los matices de su significado, tendríamos que habernos imaginado lo qué nos esperaba. No me gusta ser agorera, y menos aún si se trata de comer, así que llegué con unas expectativas muy altas que casi me dolieron más al desplomarse (por desgracia encima de mi estómago). Después de probar sus espárragos trigueros, al dente, casi lloro (afortunadamente nadie se partió ningún diente al masticarlos). Aún así no fueron nada en comparación con el crimen que venía después: mejunje de arroz (lo llamaban risotto) inundado de cilantro (finas hierbas), que para colmo de males es una especia aborrecida por el pobre House en estado de hipoglucemia, ya que no había calmado su hambre con los espárragos, y que supuestamente era el acompañamiento de un minúsculo trozo de pescado irreconocible (o quizás la intención era al revés, aunque eso no aumentaba el tamaño del bicho). Posteriormente averiguamos que se trataba de platija, uno de los favoritos de la cocina hospitalaria, puesto para el que nuestro chef de la noche hizo todos los méritos. Ya lo comenté en el post de regreso como uno de los puntos a evitar, aunque es posible que en otro tipo de atención no multitudinaria el chef sepa demostrar cómo ha conseguido el título (y la reputación).

"Nighthawks" Edward Hopper
El tercer día podíamos optar entre ir a jugar al golf, lo que fue secundado mayoritariamente por el grupo, o quedarnos en Edimburgo, cosa que hicimos House y yo. Además de permitirnos huir y disfrutar de la libertad, pudimos visitar la National Gallery y escoger un sitio para comer ¡solos!. Preguntamos en el hotel y seguimos su acertada recomendación. Fuimos a Cacio&Pepe en 87, Hanover St (en la New Town, además muy próximo a la National Gallery). Para celebrarlo tomamos mejillones con una salsa de vino, tomate y guindilla, pescaditos rebozados (whitebait), de plato fuerte lubina al cartoccio para mí y filete en su punto para House. Para rematar con un buen postre nos decantamos por creme brulée, uno de mis favoritos, y tiramisú casero, al que los abuelitos de Florencia aficionaron a House que aún anda buscando alguno que lo iguale (el más parecido el de hermanita y el de la Trattoría del Carmine, también en Florencia). Por supuesto, en un italiano tenían café en condiciones, no el brebaje filtrado con el que nos deleitaron en el resto de las comidas, y un par de tazas de expresso macchiato culminaron la experiencia gastronómica. Sin las pretensiones del Oloroso, la comida le dio cien mil vueltas al infame ágape de este último.

Queda la impresionante cena de gala, pero esa es digna de su propio post.

jueves, 12 de julio de 2012

Fuera de programa

En un viaje de tres días no da tiempo a que sucedan demasiadas cosas ¿o sí? Muchas veces , en esas 72 horas, se programa un auténtico maratón con el fin de atisbar todos y cada uno de los puntos representativos, no sólo de la ciudad sino también del país o al menos de la región circundante. A todo eso se le pueden añadir un surtido variado de imprevistos que transformarán el viaje en una concatenación de anécdotas.

1. El aeropuerto:

Estaría bien que, por una vez, sucediese lo extraordinario y el avión saliese a la hora prevista, sin más incidentes. Semejante circunstancia en un vuelo low-cost desde Barajas obligaría al viajero a ir a continuación a comprar lotería para aprovechar la racha de buena fortuna. El que coincida que la demora se deba a que la bomba de combustible se incruste de nuevo en el ala, al igual que ocurrió en nuestro último viaje a Ginebra, es una casualidad sospechosa sobre el estado de los surtidores de la terminal y por tanto digna de mención, pese a que suponga dos horas de retraso sobre el horario. En esta ocasión el daño debió de ser menor porque no se precisó la intervención de los bomberos (que se reservaron para más adelante). Afortunadamente las maletas se libraron de los percances, lo que nos permitió llegar sin problemas al hotel, donde se ocuparon de ellas, aunque no hubo tiempo ni para cambiarse antes de salir a cenar.


2. El hotel:

Una no se espera llegar a un hotel de lujo y encontrárselo medio levantado por las obras. Los trabajos no afectaban a las habitaciones, que eran muy amplias. Disponíamos de una cama enorme y comodísima, una zona de estar y de un hermoso baño (la cuarta parte de su espacio la ocupaba una gigantesca bañera). Para compensarnos por las molestias nos obsequiaron con unas bufandas de tartán, que nos vinieron muy bien aunque supusieran que los bañadores, previstos para la piscina y el spa, se quedasen en la maleta ya que, desgraciadamente, las instalaciones acuáticas, salvo las bañeras, estaban cerradas por las reformas. Si hubiese hecho menos frío podríamos haberlo empleado para pasear por el humeral de Edimburgo, que en cuestión de chorrear agua la prenda no habría notado la diferencia.

3. La alarma de incendios:

Silencio, el hotel duerme. La luz del norte empieza a asomarse entre las nubes y se cuela por las rendijas de las ventanas aunque nadie sería consciente del temprano amanecer salvo porque, de repente, suena una alarma por el pasillo. Me despierto y miro el reloj: las 5 de la madrugada. En unos segundos el sonido invade y atrona la habitación. Al cabo de un par de minutos del ensordecedor pitido House abre un ojo "¿Es eso el despertador?" (con la clara intención de que lo apague de una vez y le deje dormir unos minutos más en nuestra inmensa cama). "No, es la alarma de incendios y tenemos que desalojar el hotel." (Me veo obligada a censurar el siguiente comentario y lo dejo a la imaginación del lector). Cogemos los abrigos y, por supuesto, los imprescindibles paraguas antes de salir al pasillo. Se entreabren algunas puertas por las que se asoman rostros curiosos y somnolientos. "Es la alarma de incendios", explicamos, "hay que bajar". Iniciamos el descenso por las escaleras. Somos la avanzadilla a la que se unen en tropel los huéspedes del resto de los pisos. Nadie a quien preguntar. No hay personal en el hall, sin duda ha huido ante lo que se le avecinaba. Llueve mientras esperamos la llegada de los bomberos. Los pocos que han llegado antes de nosotros, y que no han tenido la previsión de coger el paraguas, se quedan en la puerta, bajo techo, bloqueándola (que los demás se quemen si es necesario, que ellos no están dispuestos a mojarse salvo que sea imprescindible) Estamos atrapados en la Recepción, sin escapatoria. Se ven las luces del camión. Los filántropos hidrofóbicos retroceden hacia el interior para permitir la entrada de los bomberos. La ensordecedora alarma taladra los oídos con su estridente silbido, inagotable y agotadora. Se calla tan súbitamente como comenzó. ¿Subimos? La marea humana concentrada se mueve en oleada hacia las escaleras antes de que el sonido retorne en toda su intensidad. Las potenciales víctimas se retiran de nuevo al hall. La alarma cesa de nuevo. Alguien se divierte con la maniobra y la repite un par de veces antes de darse por satisfecho. Finalmente, antes de iniciar el ascenso para regresar a las habitaciones, se aguarda a confirmar la imperturbabilidad del silencio. Aparece un bombero. Todo apunta a una falsa alarma. Subimos. En el acceso a una de las alas el flujo de gente se detiene. La sirena aún suena en una de esas habitaciones. Los huéspedes de ese pasillo esperan. Los demás continuamos sin que nos retengan.

Son más de las 6 de la mañana. Es la última noche y al día siguiente toca madrugar para terminar el equipaje y continuar con la última atracción del viaje: la visita a una destilería de whisky. Pocos concilian de nuevo el sueño. La cata de whisky añade estupor al estado crepuscular de los viajeros. El día transcurre en una nebulosa de somnolencia y alcohol. Mejor, no va mal un poco de anestesia dentro del rebaño. La lluvia ha inundado el restaurante previsto para la comida y la organización improvisa para hallar un sustituto. Los guías ejercen de improvisados camareros, toman nota y sirven las bebidas de los comensales. Al whisky de nuestros cuerpos se le añade la deliciosa cerveza escocesa, ambos de la misma malta.

Algunas rutas de acceso al aeropuerto están inundadas, la policía no permite el paso. Se buscan carreteras alternativas para llegar. Allí nos espera el último imprevisto del viaje: nuestro avión no ha despegado de Barajas. No sé si es que la bomba de combustible lo ha roto definitivamente esta vez pero el caso es que han pedido un reemplazo. Este llega desde Varsovia, vía Milán y Bilbaó. Recoge al pasaje de Madrid antes de dirigirse hacia tierras escocesas. Con 6 horas de retraso sobre el horario previsto, resignados y demasiado amodorrados para protestar demasiado, iniciamos el regreso.

Al llegar a casa son más de las 4 de la mañana. El aprovechado último día ha durado 23 horas.

martes, 10 de julio de 2012

La National Gallery de Edimburgo

Venus de Tiziano
Edimburgo merece la pena verse en su ambiente de niebla, lluvia, frío y más lluvia. Una vez que las manos están ateridas y se piensa con nostalgia en los guantes que se quedaron en Madrid, ya que ¿quién iba a imaginar que vendrían bien en pleno mes de Julio?, que los zapatos están empapados y son dos tonos más oscuros, que las medias han calado y que el paraguas chorrea por los laterales, el adoquinado y los charcos de los parques pierden encanto y se busca una alternativa bajo techo. En ese momento, el plan ideal para refugiarse es visitar la National Gallery.

El edificio data del S. XIX y fue diseñado por Playfair. Es de estilo Neoclásico con columnas de estilo jónico, en contraste con las dóricas de la National Academy, su predecesora en albergar la colección de pintura y cuya visita deberemos posponer hasta el próximo viaje. Ambas pinacotecas se encuentran situadas en The Mound. La colección es pequeña pero muy interesante. Es un museo muy asequible, que se puede visitar en una mañana sin saturarse. Tiene una pequeña sección de Renacimiento, en la primera planta, con tres obras de Rafael, todas ellas de Madonnas con el niño, una con el fondo en negro que me encantó. Se agradece que el pintor sustituyese el falso paisaje originalmente planeado y optase por el contraste entre la oscuridad del fondo con la claridad de la piel, el brillante tono rojo rosado del vestido y el azul de la la túnica. Entre las obras con pan de oro y las escenas sacras típicas de ese periodo, hay también un Boticelli precoz y un Lippi (su maestro).

Fábula de El Greco
En la planta baja, nada más entrar a mano izda, hay varios cuadros de Tiziano y Tintoretto, entre otros maestros italianos. Me encantó la Venus emergiendo del mar del primero y eso de encontrártela nada más empezar el recorrido, estimula a investigar el resto. Poco más allá, llama la atención un intrigante Greco que recuerda a Picasso: en un claro oscuro se ve un muchacho pálido entre sombras apenas iluminado por una vela (que simboliza la llama de la pasión) acompañado de un mono (el vicio) y un hombre con una túnica amarilla (la locura).

Vieja friendo huevos de Velazquez
Al lado aparece La vieja friendo huevos de Velázquez, una obra maestra que detiene la luz y el tiempo en los rostros de sus protagonistas. Al otro lado de la sala, un retrato de Bernini capta toda la expresión del genio a los 70 años de edad. Para acompañarlo hay dos pequeñas figuras de bronce del escultor. Una de ellas es una réplica del rapto de Proserpina que se puede contemplar en mármol en la Villa Borghese romana. La miniatura de bronce es una verdadera joya. En esa planta también hay maestros holandeses: Rembrandt, van Hals, Rubens, e ingleses (bien diferenciados de los escoceses): Turner, Gainsborough entre otros muchos grandes artistas. Entre las esculturas destacar las Tres Gracias de Antonio Canova.

Reverend Walker skating de Raeburn
En el piso inferior se encuentra la colección escocesa. Algunos no nos terminaron de convencer, pero otros son maravillosos: los paisajes marinos de McTaggart, los retratos de Raeburn, las escenas interiores de Wilkie; pintores que no conocía y que, después de leer sobre ellos en las novelas de McCall Smith, tenía ganas de ver.

Los impresionistas, en la otra ala del piso superior, incluyen un van Gogh de la primera época, algunos preciosos Monet, Gaughin, Seurat, Cezanne, Sisley, Morisot, algún otro Raeburn más, como su famoso vicario patinando, y un impresionante retrato de Lady Agnew of Lochnaw, en una pose sensual y relajada, firmado por John Singer Sargent que le otorgó, tanto a la modelo como al artista, un merecido renombre en su tiempo.

Por cierto, Edimburgo también merece la pena con sol, aunque yo ya lo vi así hace años por lo que dudo que me toque coincidir de nuevo con esa extraordinaria coyuntura. Me figuro que en esos exóticos días el museo será abandonado por los visitantes aunque, dado el clima habitual de la zona, son muchos los interesados por el arte. Supongo que ese factor ha contribuido a la fama de la ciudad escocesa como capital cultural.

domingo, 8 de julio de 2012

Dentro del rebaño

Hay una máxima fundamental que no debo olvidar NUNCA: mi carácter no me permite participar en viajes organizados, sobre todo si dentro de la programación del mismo se incluye el tener que realizar actividades dentro del rebaño. Mi opinión sobre el resto de la especie humana se ve seriamente afectada si sucede esto, y no debe de ser bueno desengañarse tan bruscamente (se corre el riesgo de acabar en shock).

Tras la reciente experiencia he elaborado una lista de individuos a evitar una vez atrapada dentro de estas circunstancias:

1- Maleducados que ya en el mismo aeropuerto te avasallan en la espera de maletas para hacerse con la suya, que arrastrarán por encima de tu cadáver tendido exánime sobre la cinta transportadora tras haberlo arrojado a ella sin más contemplaciones. Lo bueno de que muestren sus cartas desde el inicio es que, al verles acercarse, se está preparada para huir con suficiente antelación.

2- Guías de preescolares con explicaciones históricas al nivel de Barrio Sésamo, aunque en vista del percal de su público universitario se comprende que se vean obligados a trabajar desde las bases. Si se acompaña de terror al silencio con una megafonía ensordecedora, por si alguno pretendía desconectar para echarse una cabezada en el trayecto, el deleite es completo.

3- Epis preguntones que no han entendido la lección y que no disponen de un Blas al lado para que se la repita.

4- Sabihondos listillos que corrigen el esforzado español de los locales, sin previamente haber autoescuchado su propio inglés (claro que con su filosofía lingüística ¿para qué van a molestarse en aprender otros idiomas?) ¿Por qué no canalizan sus impulsos en el caritativo papel de Blas y sirven de cicerones al Epi de turno? Más de uno lo agradecería (al menos una que yo conozca).

5-  Figurines que viajan con 3 maletas para tres días, todas llenas con sufrida ropa de marca y zapatos aptos para afrontar el variado clima escocés, con sus nieblas, lluvia, inundaciones y frío. Si va a ser verdad lo que aseguran algunos, que sólo hay que mirar el calzado del individuo para saber de qué pie cojea. Seguro que los taconazos de ante con plataforma resultan muy útiles a la hora de caminar por el empedrado de la ciudad medieval de Edimburgo, y estoy convencida de que los escoceses alabaron el gran diseño de unas apropiadas zapatillas, no sé si escogidas para la ocasión, decoradas con la Union Jack. Quedaron tan impresionados que se están replanteando si celebrar el referendum sobre su independencia programado para dentro de dos años. ¡Pensar que no van a poder lucir unas similares más que como turistas, en vez de como miembros del Reino Unido, les aflige sobremanera!


6- Cocineros con ínfulas y renombre que pretenden demostrar cómo se puede elaborar una cena de rancho, que sea a la vez barata y deliciosa. ¿Qué mejor que la cerveza china en lugar de la bazofia de malta autóctona? 1000 millones de chinos no pueden estar equivocados. Si no se gasta gas ni electricidad a la hora de preparar unos espárragos es porque se pretende que queden crujientes. Otros méritos culinarios: pasar un arroz hasta convertirlo en un puré grumoso con mantequilla y nata es un risotto, inundarlo de cilantro es para darle el apellido de "a las finas hierbas" y, para el que no lo sepa, la platija (o acedía) es un pescado poco reconocido, ni reconocible, típico del Mar del Norte. El fracaso está servido, lástima que sea en el plato del pobre comensal.

7- Aspergers subclínicos rebrotados (muchos como la menda que suscribe y dudo que nadie se animase a organizar viajes en manada, claro que también dudo que encontrasen clientes que se apuntasen a ellos). Por mucho que me descarriase en mi huida en busca de aire, no me quedaba más remedio que regresar con el resto cuando llamaba el pastor de la guardería, reintegrarme al rebaño y balar obedientemente como un borreguito más.