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viernes, 14 de septiembre de 2012

CSI Billete (fe de erratas)

Al parecer, mi versión novelada de la inspirada investigación al estilo de CSI del Billete no es del todo correcta. He recibido las correcciones pertinentes por el protagonista y, aunque dejo la otra entrada, pongo la real, aunque resulte aún más increíble que la versión previa:

En el vecindario donde vive Billete, se sucedieron una serie de robos. Daba la casualidad que, los ladrones tenían cierta tendencia a los pisos altos, especialmente el octavo, por lo que mi tío dedujo que debían de aprovechar las azoteas para acceder a las viviendas y también para su huida. En vista de los lentos avances de los detectives, que parecían no haberse percatado de algo tan evidente, Billete decidió que tendría que encargarse, personalmente, del tema. Estaba claro, delegar en la benemérita no servía de nada, seguramente andaban retrasados entre tanta burocracia. Él solo, por su cuenta, avanzaría mucho más deprisa. Le dijo a su mujer que tenía una idea infalible para atrapar a los ladrones y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se subió a la terraza de la Comunidad para ponerla en práctica. Allí se entretuvo durante un buen rato mientras ultimaba su secreto y, según su definición, magnífico plan.

Hasta ahí la versión de los hechos no difiere de la anterior, pero el desenlace de la intriga es diferente:

Unas horas más tarde, mis tíos empezaron a oír mucho jaleo en la escalera. Era una combinación inusual de ruido de pasos, carreras y las voces de un grupo de gente hablando al mismo tiempo. Intrigados, miraron a través de la mirilla y descubrieron en el rellano a un corro de vecinos. Entre aquel rumor era difícil deducir de qué se trataba. Pegaron la oreja y lograron distinguir algunas palabras con las que concluyeron que, el motivo de aquel follón se debía que habían descubierto alguna pista sobre los robos.
Salieron al descansillo. Su vecina, que sabia algo más del tema, les comentó que, arriba en la azotea, se encontraban la policía nacional y la científica. La noticia había corrido como la pólvora y, la comunidad en pleno, entre conjeturas y cotilleos, aguardaba los resultados del informe.
Billete, sin resistir más la curiosidad, se adelantó al resto y, ante la mirada de su vecina y de su santa esposa subió a la terraza.
- ¿Qué pasa? -les preguntó al llegar.
Le cuentan, algo atónitos al verle traspasar tranquilamente el cerco policial, que han hallado polvo blanco en todas las salidas a la terraza y las huellas de unas manos en los polletes que unen los bloques entre sí . Suponen que los ladrones los saltaron para pasar al edificio de al lado y escapar.
Billete sintió como le invadía la indignación:
-¡ Joder!- protestó, - ¡me habéis fastidiado toda la investigación que tenia en secreto!!No sólo habéis pisoteado todo, sino que también me habéis roto todas las pruebas!
Los agentes le miraron con los ojos abiertos como platos, entre desconcertados e incrédulos. El presidente, que le conoce desde hace tiempo y que se sorprende menos ante las peregrinas ideas de mi tío, le comentó que habría sido un detalle por su parte si le hubiera comunicado qué tipo de medidas pensaba tomar.
- Entonces no hubiera sido una investigacion secreta- le replicó Billete, como si se tratase de algo lógico y evidente.
Fue en ese momento cuando los detectives se llevaron las manos en la cabeza. En vista de que allí no pintaban nada, optaron por marcharse. Antes de irse, le dirigieron unas palabras a mi tío que, por desgracia, no puedo transcribir porque, según cuenta, no las entendió bien. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Caballero defensor

Una historia de época de Billete según su protagonista:
Boys Riding On A Homemade Fire EngineHarry Anderson 
"Una preciosa mañana de primavera nos fuimos de paseo para disfrutar del día.  Me puse al volante de mi flamante Simca 1200 GLS Confort. El pasaje estaba formado por mi hermana y su novio, mi madre y la Cucucá. Íbamos tranquilos, entre risas, cuando, por el retrovisor, observo cómo, un coche pequeño, un SEAT 133 de la época , le hacía pirulas a todo el mundo. No me libré, al llegar a mi lado, también me la jugó. Ni que decir tiene que me enfadé enormemente, tanto que, pese a la presencia de la familia, proferí algunos insultillos.

Por desgracia, la cosa no quedó así. Poco más adelante, el desconsiderado individuo, echó de la calzada a otro coche en el que viajaba un matrimonio mayor. Ahí sí que me sentí realmente furioso. Al ponerse el semáforo en rojo, tiré con ímpetu del freno de mano y me encaminé con paso decidido hacia el infractor, mientras le ponía (sin cortarme) de vuelta y media. Sin grandes miramientos, se bajó de su coche y se acercó a mí, con cara de bestia con pocos amigos. Estaba tan ofuscado que no valoré bien lo crítico de la tesitura y despotriqué aún con más ganas contra su absoluta falta de educación. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando aquella mole me lanzó un puñetazo! Afortunadamente lo pude esquivar. Estudié la escena y abracé a aquel animal por las piernas (donde me pillaba bien de altura), afortunadamente, conseguí tirarlo al suelo.

Una vez inmovilizado, más por la sorpresa de mi ataque que por mi poderío físico, los conductores de los coches de alrededor, que hasta el momento se habían limitado a contemplar la escena, se bajaron de sus vehículos para poder apreciar la contienda de cerca. Tuve muchos seguidores, la mayoría de la gente me animaba para que le diera a aquel bruto su más que merecido castigo. Afortunadamente no estaba solo.  Mi hermana colaboró casi arrancándole la cabellera,  seguramente para obtener un trofeo de la lucha. Por supuesto, mi madre no iba a abandonar a sus dos hijos en esa comprometida situación y, sin muchos miramientos, se quitó el zueco y le arreó a aquel animal con él en la cabeza mientras yo la observaba desde mi precaria situación en el suelo. Ni que decir tiene que su intervención fue ámpliamente vitoreada por el público.

Las cosas se ponían duras. Aquella bestia no era fácil de controlar y la conmoción infligida por mi madre no había bastado más que para atontarlo (aún más) momentáneamente. Entre la multitud veo con ilusión como se acerca un policia de tráfico a la carrera. Aliviado me relajo un poco. Pienso que ya estoy a salvo. ¡Craso error! La fiera se revuelve y, en estas, se le cae la cartera. En aquellos años no se estilaba eso de llevar la foto de la madre, esposa y churumbeles. Tampoco salieron flotando miles de billetes con los que recompensar nuestra acérrima defensa de la justicia. A cambio, lo que se desparramó por el suelo fueron decenas de calendarios de chicas sin ropa. Al policía le pareció entonces mucho más cívico el recoger los objetos de la calzada, ¡no fuesen a herir la sensibilidad de los presentes! Seguro que con esa idea en mente, se entretuvo en recoger y observar con cuidado, uno a uno, los dichosos calendarios, antes que hacer caso de mi escabrosa situación."

miércoles, 12 de septiembre de 2012

"Un café con amigos" (por Billete)

Una nueva anécdota del (afortunadamente) irrepetible Billete:

"Mientras disfrutábamos de un agradable fin de semana en Pelayos en casa de P y Sam, recibo una llamada por el móvil:
-¡¡ Billete!!- exclamaron al otro lado de la línea- ¡Estamos en Pelayos, Sonia y yo junto con unos amigos! ¿Dónde estáis vosotros?
- Pues precisamente estamos también aquí- le contesté. - Acercaros a casa y nos tomamos un café.
Mis amigos aceptaron encantados la invitación. Mientras les esperábamos, revisamos los armarios en busca de galletas y algo de picar. Sacamos el bizcocho de la tita Carmen y preparamos el café y las hierbas.

Llegaron a la casa e hicimos las presentaciones pertinentes. Nos sentamos y, tal como estaba previsto, nos tomamos un café mientras conversábamos sobre diversos temas de actualidad. Los nuevos me parecieron una pareja algo dispar, impresión que se reforzó según progresaba la tarde. La chica era muy guapa, rubia con unos enormes ojos azules, y también muy simpática. Por el contrario, su marido parecía autista, tremendamente soso y callado, al menos de entrada. Menos mal que descubrimos que en los temas esotéricos y de misterio era un auténtico fenómeno, y por esa línea seguimos.

En un momento de la tarde, no sé muy bien por qué extraña asociación de ideas, el tema de conversación derivó a la, vigente por entonces, Expo de Lisboa. Sobre Expos comentamos, opinamos y criticamos. Todos teníamos mucho que decir al respecto y, con mi habitual palabrería y exceso de sinceridad, solté unas de las mías
“ Pues mirad chicos, no fui a la de Sevilla, ni voy a ir (y que no se moleste nadie) a la de Lisboa que por allí no hay nada más que gitanos””
Inmediatamente veo que las caras de todos se desencajan. Un incómodo silencio inunda la habitación. Todos me miran fijamente, con los ojos clavados en mí, sin pestañear ni decir una palabra. Por fin mi amigo rompe aquel silencio con una estridente carcajada “Billete, eres un fenómeno- me comenta- ¡Vaya un don de la oportunidad! ¿No has oído que llevamos toda la tarde diciendo que  mis amigos son portugueses y que teníamos casa en Lisboa para que fuéramos cuando quisiéramos?"

Dignamente, los susodichos amigos, cogieron el abrigo, y sin un cortés ¡Adiós!, se marcharon. Eso sí, antes de salir, se dieron la vuelta y me contestaron, furiosos, que "gitanos son todos los españoles".

No fuimos a Lisboa, y nunca más supe nada de ellos. No nos han invitado, así que creo que aún me guardan rencor."

martes, 11 de septiembre de 2012

Billete en el médico

De todos es sabido que cuando Billete va de médicos, según explica él mismo, algo se le atrofia en el cerebro. Se desconoce el extraño mecanismo que le conduce a esa situación. No sabe si es algo provocado por la ansiedad de enfrentarse al diagnóstico, o a algún extraño desajuste químico de su metabolismo cerebral. El caso es que, con cierta frecuencia, sus "desafortunados" comentarios en las consulta son motivo de hilaridad y de no pocas risas. 

He aquí su narración de los hechos:

"Algo de lo comentado en el párrafo anterior me ocurre con mi medico de familia, una persona curtida en el trato con los pacientes, profesional aunque con un gesto naturalmente adusto, al que suele ser difícil arrancarle una sonrisa. No obstante, después de tantos años cuando me ve aparecer, siempre se sonríe.

Un día acudí a su consulta aquejado de una dolencia preocupante y desconocida (al menos para mí). El doctor empezó a auscultarme, me miró por aquí, me miró por allá, me palpó, e incluso me hizo sacarle la lengua. Durante el proceso me preguntaba por mis molestias y demás síntomas, y yo le respondía, nervioso y algo confuso, mientras trataba de vocalizar algo inteligible con los palos metidos en la boca.

Al terminar con la exploración, empezó a escribir las recetas mientras me explicaba la pauta del tratamiento:
- Te tienes que tomar estas pastillas. Contienen cortisona. Vas a empezar con ellas cada 8 horas. Tras una semana, bajas la dosis y las tomas cada 12 horas. Es importante porque los corticoides no deben retirarse bruscamente, así que no los interrumpas así por las buenas. ¿De acuerdo?
Hice un gesto afirmativo con la cabeza, casi automático. La verdad es que estaba bastante aturullado, y aunque me esforzaba por memorizar todas y cada una de sus palabras, el sonido zumbaba a mi alrededor y me resultaba imposible retenerlas. El médico, ajeno a mi estado de bloqueo mental, prosiguió confiado
- Bien. Está claro entonces: una semana y bajar antes de suspender. Continúas así tres días y vuelves a disminuir la dosis: pasas a tomarlas sólo por la mañana otros tantos días. Para terminar, sigues con ellas a días alternos, también antes del desayuno. No se te olvide hacerlo así o puedes llevarte un buen susto, recuerda que contienen corticoides .

Yo estaba abrumado de lo largo y complicado que era aquel tratamiento. Parecía importante seguirlo al pie de la letra y, con los nervios, casi no me había enterado de nada. Angustiado, le comenté mientras me rellenaba las recetas.
- ¡Doctor! ¿No serán muchos CORTYCOLES?
El serio doctor dejó de escribir para soltar una tremenda carcajada, imposible de describir. Mientras él se sacudía, incapaz de hablar, víctima de una risa incontrolable, este menda, muerto de vergüenza, se intentaba justificar:
- Bueno doctor, como trabajo en el Corte Inglés, debe de ser deformación profesional.
Me dio igual, pese al excelente argumento esgrimido, siguió riéndose hasta que se le saltaron las lágrimas (y en ese lamentable estado le dejamos cuando nos despedimos)."

lunes, 10 de septiembre de 2012

Paseo nocturno por el parque

Una nueva narración de Billete para dar comienzo a la semana dedicada a sus anécdotas:
"Era un sábado por la noche. La Cucucá se había acostado pronto, pero yo no tenía sueño y me había quedado viendo una película. Serían las 2:30 de la madrugada. Kika también estaba despierta, y entre lección y lección, chateaba con sus amigas más trasnochadoras desde su habitación. Todo estaba tranquilo cuando, de repente, escuchamos unas violentas voces que provenían del parque de abajo. Intrigados, prestamos atención y, disimuladamente, Kika y yo nos asomamos a la ventana.

Descubrimos que eran dos los individuos que mantenían esa acalorada conversación. Debido a su estado de embriaguez, su vocalización dejaba mucho que desear y no se les entendía casi nada. Kika y yo aguzábamos la vista y el oído desde nuestro disimulado escondite, detrás de las plantas del salón. Sin parpadear siquiera, seguíamos atentamente, con un interés no exento de curiosidad, el discurrir de los acontecimientos.

Entre los retazos de conversación que captamos, pudimos descifrar como uno acusaba al otro de haberlo dejado todo por estar con él. Afirmaba que se había gastado hasta el último céntimo y que no le quedaba ni tan siquiera un euro para poder comer algo e irse a dormir. Vimos al otro individuo meterse las manos en los bolsillos y sacar de ellos un fajo de billetes antes de responder: "Si lo que quieres es dinero, tómalo". Le agarró la mano y plantó el taco en ella. El primero, muy ofendido, lo tiró al suelo con rabia.

Kika y yo nos miramos en ese momento. Nos comunicamos con un gesto, sin necesidad de mediar palabra. Ambos nos hacíamos la misma pregunta: ¿recogerán la pasta o se olvidarán de ella?  Desde nuestra privilegiada posición continuamos al acecho, tensos e impacientes. Casi saltamos de alegría, y nos falto poco para que nuestro entusiasmo nos delatase cuando, al fin, les vimos alejarse tambaleantes, sin haber resuelto aún su discusión y dejando en el suelo el suculento botín.

Como un resorte, los dos nos levantamos a la vez y, procurando no hacer ningún ruido, nos vestimos por encima del pijama. ¡No se podía dejar ahí toda esa pasta olvidada! ¡Seguro que no iba a durar ahí hasta el día siguiente! Bajamos al parque. Por el camino, entre susurros de emoción, perfilamos nuestro plan. Por supuesto, a esas horas, nada de separarse. Debíamos ir juntos. Las farolas estaban apagadas. Tardamos un poco en acostumbrarnos a la oscuridad y orientarnos en ella. Caminábamos sigilosamente, agarraditos del brazo que nos apretábamos con nerviosismo, muy despacio y con el corazón desbocado. Con un ojo mirábamos el suelo, para no perder de vista la recompensa, y con el otro vigilábamos al par aquel de individuos que todavía deambulaban por el parque. Nos encaminamos hacia el lugar del que parecía provenir la conversación . Según  nos acercamos, ¡eureka!, descubrimos el botín abandonado. Me agaché al suelo para cogerlo. Kika, con disimulo, se abrochó el calzado. Una vez el tesoro en nuestro poder, regresamos apresuradamente a nuestra casa.

Al abrir la puerta nos encontramos a la Cucucá. Alarmada, se había despertado al oírnos salir. Desde la ventana había vigilado nuestros movimientos y, extrañada, esperaba oír nuestra explicación sobre aquel paseo intempestivo.

Por supuesto, ante su tercer grado, no tuvimos más remedio que ceder y confesarlo todo. Saqué el dinero y nos dispusimos al reparto del suculento botín: ¡Tanta aventura para 4 míseros billetes de 5 euros. ¡Vaya una mierda!"

miércoles, 4 de abril de 2012

¡FELIZ CUMPLEAÑOS KIKA!


Desde pequeña, mi prima Kika tenía algunas cosas muy claras. Una de ellas era que ella no iba a ponerse un vestido, lo que le supuso una discusión con su abuela, de la que fui testigo, cuando contaba la tierna edad de dos años. Por supuesto ganó la niña. La otra era que quería jugar al futbol. Su padre decidió llevar a su hermano mayor a las pruebas del Real Madrid. Al enterarse la chiquilla, que por entonces contaba con 5 añitos, armó tal expolio que mi tío tuvo la brillante idea de presentarla a ella también bajo el nombre de Manolo. La cosa coló y los dos críos hicieron las pruebas. Quedaba esperar la decisión del club.

Unos días más tarde, sonó el teléfono. Eran los del Real Madrid. Les había gustado mucho el juego de Manolo. Informaron a mi tío que, el menor de sus hijos, había pasado la selección y le dieron una cita para acudir con el niño a hacerle una revisión médica. Lógicamente no iba a resultar tan fácil engañar al doctor, salvo que estuviera ciego, y aquel fue el final de las aspiraciones de mi prima en ese equipo.

No por ello se dejó amilanar. Si en el Real Madrid no había equipo femenino en el Athletico sí que existía, y esa fue la siguiente fase. Por descontado fue escogida para formar parte de es club y enseguida se sumó a los entrenamientos. Además de los oficiales, estaban los extraoficiales, que básicamente consistían en que la chiquilla no se separaba jamás del balón. Ni siquiera el día de su primera comunión, en el que a duras penas consintió en ponerse un vestido para la ceremonia. Se reconcilió con la indumentaria al permitírsele sustituir las enaguas por los pantalones del chandal. Lo que resultó completamente imposible fue lograr que se pusiese unos zapatos, y su calzado del día fueron unas zapatillas de deporte, blancas, eso sí. El balón la acompañó a la celebración en la que, tras reponer fuerzas con el habitual apetito de la familia, se montó un pequeño partido para conmemorar el evento. Durante un tiempo su carrera futbolística continuó imparable y mi prima cumplió su sueño de convertirse en futbolista profesional. Una reticente lesión de rodilla la obligó finalmente a abandonar.

Casi de buenas a primeras, se encontró con que tenía que buscar una nueva vocación. Para no perder la tradición familiar, empezó a estudiar cocina. Los afortunados que hemos probado alguna de sus creaciones, damos fe de que ha heredado el genio culinario de sus antepasadas. Los postres se le dan de maravilla, tanto es así que en su Escuela la han nombrado "Tejera Oficial". Este título paso a convertirse en "Tejera Real" cuando la jefa de pastelería le encargó elaborar una teja especial ni más ni menos que para regalársela a  la familia real. Estoy segura de que en la Zarzuela la disfrutaron como príncipes. Después de aquello fue seleccionada para el concurso internacional de chocolate de Bélgica y ¡ganó! Pese a los galardones y el reconocimiento, el título no se le ha subido a la cabeza. Da gusto, y nunca mejor dicho, contar con alguien con sus méritos dentro de la familia.

¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES KIKA!

jueves, 23 de febrero de 2012

Chiquilladas

Billete es un niño grande. La Cucucá siempre ha secundado y salido en defensa de su marido cuando este lo necesitaba. Dada su naturaleza algo quijotesca, esto ha sido preciso en más de una ocasión. Cuando se pone al volante su paciencia con los energúmenos que circulan a sus anchas, sin ningún respeto por el resto de los que tienen la desgracia de tener que compartir con ellos la calzada, es prácticamente nula.Una de las más sonadas ocurrió cuando un conductor realizó una sonada pirula que encendió a mi impulsivo tío. Éste no se cortó en mostrar verbalmente su enfado y, en cuestión de segundos, puso al otro de vuelta y media. Ambos tenían las ventanillas bajadas. Además de poco cívico, debía de ser también de temperamento irascible y, sin grandes miramientos, se bajó de su coche y se acercó al de mis tíos en toda su altura y envergadura de 2x2 metros. Billete es un tío grande de espíritu pero, para su desgracia en esos instantes, no externamente. Ofuscado, no valoró bien lo crítico de la situación y continuó haciendo gala de su vehemencia. En vista del cariz tan negro que tomaban los acontecimientos, mi tía se decidió a intervenir. Con una sonrisa, asomó su linda carita por la ventanilla y, tras desarmarle con su dulce sonrisa, le suplicó con cariño a aquel armario: "¡Déjalo! No le hagas nada. ¿No ves que es un chiquillo?" Gracias a ella, Billete consiguió salir indemne de la peliaguda situación. Claro que, no todas las consecuencias de sus ocurrencias, son evitables a base de palabras.

Una de las desventuras del hiperactivo chiquillo ocurrió en la sierra, donde se había subido con sus hijos a jugar con la nieve. Ni que decir tiene que Billete disfrutó como los indios lanzándose por las cuestas en trineo. En una de esas, vislumbró un montículo de nieve y no pudo resistirse a él. ¿No sería genial poder lanzarse como los dibujos animados sobre la nieve y sentirla ceder mientras se hundía bajo sus pies y frenaba su caída? Ni corto ni perezoso se subió a la elevada copa del árbol que había al lado de aquel tentador acumulo. Contempló el panorama a sus pies. El suave contorno de aquel montón blanco resultaba aún más atractivo desde su nueva posición. Se sintió como un ruso al salir del vapor de la parilka antes de revolcarse por la nieve. Por desgracia, su ubicación entre las ásperas ramas no le permitía quitarse la ropa para experimentarlo del mismo modo. Todo se andaría, pensó.
Con una sonrisa de anticipación tomó impulso y saltó. Por desgracia las cosas no resultaron como se había imaginado. Al igual que les ocurre con frecuencia a los desafortunados personajes de los Looney Toons,  la lisa silueta escondía la trampa de una roca en su interior. En una digna imitación del coyote, los pies de Billete se estrellaron contra la piedra en su aterrizaje. El crujido de sus talones indicó que no iba a poder realizar más saltos en una temporada al no estar hechos sus huesos de trazos de lápiz. Las estrellas que flotaron ante sus ojos se debían a que se había fracturado ambos calcáneos. Una escayola le mantuvo forzosamente tranquilo en casa durante una buena temporada mientras se recomponía de nuevo.

domingo, 29 de enero de 2012

¡Felicidades Cucucá!

Cucucá debe su nombre a mi torpe lengua de trapo a la tierna edad de los dos años. Es una clara muestra de mi predilección por el fonema "k", que también usé para mi primera palabra, "casca", con la que designaba a la luna (al parecer, ya desde entonces, era algo lunática). Mi insistencia y mis esfuerzos para pronunciar su nombre acabó por cambiárselo y rebautizó a la tita con su alias.

El adjetivo que mejor la describe desde su infancia es el de pizpireta. Con su gracia se llevaba de calle a todos los que la miraban. Mi madre cuenta que, viajar con ella en autobús, era todo un espectáculo. Se convertía en el centro de atención de todo el pasaje según hacía su aparición estelar, y eso sin haber cumplido aún su primer año.

Es la segunda hija y fiel muestra de los engaños de la naturaleza a los padres primerizos. La primera, protagonista desde su llegada sin tener que esforzarse en ello, debido tan sólo a su condición de primogénita, era tan buena que sus padres podían disfrutar incluso de las sesiones de cine sin que el bebé les incordiase. Se limitaba a dormir sin rechistar. Con Cucucá comprobaron que los bebés no son esos ángeles dormidos en la cuna que se adaptan a los horarios de los adultos. El primer ensayo de llevarla a una sala de cine fue también el último. En cuanto apagaron las luces, mostró su descontento a base de alaridos que provocaron las airadas protestas del resto del público. Sus progenitores la sacaron hasta que se calmó pero, al regresar a las tinieblas de la sala, la pequeña volvió a chillar como si le fuese la vida en ello. A los sufridos padres no les quedó más remedio que regresar a casa con la niña.


Es el ejemplo de cómo ser vital incluso inmovilizada. Se ha pasado largas temporadas con la espalda envuelta en escayolas en las largas recuperaciones tras las cirugías que intentaban arreglársela. Parte del éxito de las mismas corresponde a tolerar un nivel de dolor con el que cualquier otro estaría doblado pero que, en su caso, es menor que el de los postoperatorios y, por lo tanto, le permite continuar con su inagotable actividad habitual.

Dicen que los gestos se graban en los rostros con el paso del tiempo y estoy de acuerdo con esa idea. En el de Cucucá luce de manera permanente una sonrisa traviesa que, junto con el brillo chispeante de sus ojos negros, indica la efervescencia de la que ha hecho gala durante toda su vida. Es una lástima que no sea ella la encargada de escribir un blog porque, las divertidas anécdotas de su matrimonio, lo convertirían en una serie de éxito en poco tiempo. Cualquier idea disparatada en opinión del resto, era secundada, si no originada, por ella hasta que se llevaba a cabo. Está claro que nunca se pierde nada por intentarlo y, al contrario, si no se intenta, ¿quién sabe lo que podría haber sido? Mis tíos han hecho de esta máxima su filosofía de vida. Su talante conciliador unido a su gracia innata han sacado al Billete de algún apuro en más de una ocasión.

Además de por sus trastadas, que en la edad adulta se denomina, no sin cierto eufemismo, osadía, también recibía castigos por su desesperante falta de apetito, y eso pese a las habilidades culinarias demostradas de la familia. El plato podía durar horas en la mesa sin ser mirado más que por los preocupados ojos de su madre. Le tocó sufrir en sus carnes el mismo tipo de desazón cuando sus hijos siguieron su ejemplo durante su tierna infancia. Los pequeños también se erigieron en dignos herederos de la tendencia a las travesuras de ambos progenitores. Las dificultades de la Cucucá para conseguir que los chiquillos comiesen algo no pudo evitar satisfacer, en cierto modo, a su paciente madre.

Si los cónclaves familiares se celebran con frecuencia en la  cocina, donde los olores de la comida suavizan los conflictos y ayudan a estrechar lazos y alcanzar acuerdos, en el caso de mis primos, se trasladaron al baño. Allí eran convocados varias veces al día por sus progenitores para "hablar" y hacerles reflexionar sobre sus barrabasadas. Supongo que, en su caso, la estancia presentaba la ventaja añadida de poder simultanear la imprescindible limpieza de los restos de las fechorías, lo que contribuía más a la armonía familiar que los aromas de los guisos, que darían lugar a un nuevo cónclave tras la sobremesa.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS CUCUCÁ!

PS: Espero que, además de salud, disfrutéis con apetito de un delicioso pastel elaborado por la mismísima Miss Corn.

miércoles, 18 de enero de 2012

El donante

La depresión puede afectar incluso a la gente más divertida y animada que una se pueda imaginar. Es así de traicionera. Eso le ocurrió a Billete que, de repente, perdió su chispa habitual y se encontró triste y hundido. Al médico no le costó demasiado identificar los síntomas y le puso un tratamiento con el que empezó a sentirse rápidamente mejor.

Billete, algo más repuesto y recuperado su interés por el mundo, se dedicó a leer curiosidades con las que calmar su inquietud. Así dio con un artículo, muy interesante, sobre los donantes de órganos. Tanto altruismo le impresionó y concluyó que él también debía convertirse en donante. Así se lo expuso a mi tía que le secundó en su idea.

Cuando fueron a la revisión con el médico, éste le preguntó a su paciente cómo se encontraba. Billete, entusiasmado con su proyecto de donación le respondió que estaba mucho más relajado y contento, tanto que había decidido hacerse "donante de orgasmos". Al pobre doctor le cambió "la color" al oírle y, mi tía, disimuladamente, le dio unos golpecitos a su marido en la pierna mientras le susurraba "de órganos, donante de órganos". Billete, con una sonrisa de oreja a oreja, asintió y dijo: "Sí, sí, eso he dicho. Voy a hacerme donante de orgasmos".

El médico, sin pensárselo mucho, le duplicó la dosis de tranquilizantes al gran altruista.

martes, 17 de enero de 2012

Atrapa un ladrón

Una de las anécdotas de Billete se refiere a cuando decidió imitar a Sherlock Holmes. La cosa, al parecer, fue como sigue:
Tras sucederse una serie de robos en poco tiempo en el vecindario, a mi tío, no se le ocurrió nada mejor que tomar, personalmente, cartas en el asunto. Ni corto ni perezoso le dijo a su mujer que tenía una idea que no podía fallar para atrapar a los ladrones y, sin añadir más datos, se subió a la terraza de la Comunidad para ponerla en práctica. Allí se entretuvo un buen rato mientras ultimaba su infalible y, en su opinión, magnífico plan.

Un par de días más tarde, mi tía, al regresar de la compra se encontró con un cordón policial en el edificio y, tras identificarse para acceder a su domicilio, coincidió con otra vecina en el portal.
-¿Qué ocurre?- le preguntó preocupada.
- El del tercero ha descubierto una sustancia blanca en la terraza que parece cocaína. Ha avisado a la policía que cree que se les pudo caer a los ladrones cuando escaparon. Están investigando en busca de huellas mientras la analizan- le explicó la mujer.

Mi tía palideció al recordar el episodio protagonizado por su marido unos días antes. Subió y, al llegar, comprobó las alacenas de la cocina. Tal y como suponía, faltaba el paquete de harina que, al parecer, Billete, en su momento de inspiración, se había encargado de repartir a conciencia por toda la terraza. Las huellas en la escalera del incauto vecino, víctima del complot, atestiguaban el crimen. Los concienzudos policías, armados de plásticos y bolsas de muestra, en imitación a los miembros de CSI, se esforzaban en buscar trazas de sustancias, diferentes al almidón y al gluten, en aquel sospechoso polvillo blanco. Por supuesto, pese a un análisis minucioso para detectar cualquier tipo de estupefaciente, no obtuvieron ningún éxito en sus pesquisas.

Cuando se marcharon los investigadores, sin esclarecer aquel misterio, mi tía respiró de nuevo tranquila. Pasó cuidadosamente el aspirador por toda la casa para deshacerse de cualquier rastro de aquel "alijo", no fuesen a regresar y descubriesen el origen del pastel (o al menos de la harina). Por descontado, se guardó de hacerle ningún comentario al respecto al resto de los miembros de la comunidad.

sábado, 14 de enero de 2012

The Saturday Post: EL TITO LOCO

Si alguien es capaz de llevar a cabo cualquier idea disparatada que se le cruce por la cabeza, y además encontrarle la lógica a esta, ese es Billete, como le llama su hija. No sólo hizo pasar, transitoriamente, a su hija por su hijo para realizar sus deseos, ya os contaré la historia, sino que cualquier anécdota que empiece por ¿sabéis la última del Billete? es garantía de carcajadas.

La mayoría de los pacientes que pasan por el hospital se limitan a recibir un tratamiento médico. La experiencia de mi tío incluye mucho más. Tuvo que ser operado. Por supuesto, la familia en pleno se presentó allí para infundirle ánimos al convaleciente. Eso supone unas 20 personas en la habitación y otras tantas entre el pasillo y la sala de espera. Hasta los gitanos desaparecen superados por el número.

Después de pasar la tarde entretenido con unos y otros, y transcurrida la hora de visitas, una osada enfermera se armó de valor y se animó a echarles (no son violentos pero la cantidad impone). El pobre enfermo se quedó, al fin, solo. Decidió que ¿qué mejor que aprovechar esa inusitada paz para salir a fumarse un cigarrito? Encontró una puerta en la que se leía "Salida de Emergencia" con una nota en la que se rogaba no fuese empleada en otro tipo de usos. Por supuesto que a esa clase de solicitudes nadie les hace caso y él no iba a ser menos. ¡Si aún iba a estar más tranquilo! Si podía evitarlo ¿para qué iba él a recorrerse todo el pasillo con el suero y la sonda urinaria? Con una salida tan a mano ¿cómo no aprovecharla?

Sin pensárselo dos veces, abrió y salió. Escuchó cómo la puerta se cerraba detrás de él con un click de bloqueo. No se inmutó, ya encontraría la entrada. Cervantes dijo que "cuando una puerta se cierra, otra se abre" y ¡sería por puertas en el hospital! Pero los hados no le fueron favorables y, una vez entregado al vicio del tabaco, se puso a lloviznar. El agradable sirimiri se convirtió en una auténtica ducha en cuestión de segundos. Aquel contratiempo le alteró. Decidió llamar a los cristales de la salida bloqueada para pedirle a un alma caritativa, de esas que peregrinan perdidas por las galerías, que le abriese y poder así refugiarse del aguacero. Su gozo en un pozo: a esas horas los pasillos estaban desiertos. En vez de aplicar la solución de Cervantes, se fue al refranero, en concreto al dicho popular de: "cuando se cierra una puerta, se abre una ventana". Su mala fortuna quiso que las ventanas en cuestión perteneciesen a la hospitalización de Psiquiatría. Todos los locos respondieron a su saludo con grandes aspavientos y, además de aprovechar para pedirle con gestos un cigarro a través de los cristales cerrados, le señalaban entusiasmados al tiempo que exclamaban: "¡Mira ese! ¡Se ha escapado!". Ni que decir tiene que aquel comentario puso en alerta máxima a la planta: ¡UNA FUGA! Sonaron las alarmas y salieron a buscarle dos celadores armados con una camisa de fuerza y acompañados por dos guardias de seguridad. Encontraron a mi tío en pijama, mojado, sondado, con una vía y su correspondiente palo de suero, y un cigarro culpable en la mano. Ante el panorama se puso a agitar los brazos como un poseso y a gritar mientras se señalaba el lugar de la cirugía: ¡qué no estoy loco! ¡qué sólo me han operado de la próstata!

Creo que no dejó de fumar. Desde entonces no ha vuelto a pedirme favores médicos, ni tan siquiera me llama cuando va a la revisión (dice que para no molestarme, así que aclaro que no me supone ningún tipo de molestia, todo lo contrario. Una cara familiar en medio de la consulta se agradece, aunque no pueda entretenerme demasiado).Sé que pretendía que no me enterase de su desventura. Menos mal que en nuestra familia la palabra "secreto" es un término efímero.

¡MUCHÍSIMAS FELICIDADES!