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sábado, 17 de noviembre de 2018

Derretir el hielo

Te conviertes en hielo. Sientes un frío inmenso, todo es desolación, pero estás atrapada en ello. No razonas, no notas tu cuerpo. El aire es diferente, está ahí, como siempre, pero todo ha cambiado. No es diáfano, sino denso, y te ahoga. ¿Respiras? Apenas. Estás bloqueada, no eres tú, no eres nada. Hay una herida que atraviesa el mundo, aunque aún no sientes el dolor, solo el frío. Estás vacía.

Algo en tu cabeza te dice que reacciones. Necesitas sujetarte a algo sólido para empezar a hacer algo. Sola no puedes. Un abrazo, aunque el hielo sigue así. Al teléfono no puedes más que repetir las palabras que invaden tu mente, debes contarlo y no sabes cómo. Al hablar vas a herir a otros, pero tienen que saberlo. No te lo crees, no, no es posible. ¿Cómo vas entonces a decirlo? No hay palabras suaves, ni de consuelo. ¡Ojalá se pudiera dar marcha atrás en el tiempo! Sí, solo una fracción de segundo, un simple instante.

Se pierde, no existe, sin embargo los recuerdos se agolpan, salen entre lágrimas. Dicen que no hay que reprimir el llanto, pero ¿qué hacer cuando la congoja te abruma y te sientes expuesta, débil y aún más impotente? Las lágrimas arden, a veces calman, y otras veces se desbordan sin control, vencen tus defensas y no deseas que te vean, ya hay suficiente tristeza. Te alejas y te resguardas en unos brazos, alguien te hace de escudo y reconstruyes tu armadura. El hielo sigue ahí, ha hecho un nudo profundo que te atenaza, deseas hundirlo al fondo, rodearlo con roca. Buscas la fuerza a tu alrededor y te apoyas, te agarras a ella para salir a flote, necesitas recuperar tus cimientos, ocuparte de algo, no pensar en ti, solo ayudar, servir de apoyo. No sabes cómo, pero tampoco sabes qué más hacer, e intentarlo te protege. Tratar de ser útil te empuja a recuperarte, notas que ese calor que das funde parte del témpano que llevas dentro; no obstante nada como los abrazos, sentir el amor que te rodea y el cariño que acaba con ese hielo que te atrapa en su soledad y su tristeza. Regresan los momentos en que no te lo crees, son insistentes, pero te obligas a ver la realidad. Es una pesadilla, y sin embargo no es un sueño, los sueños son un refugio, el olvido, una vida paralela.

Dicen que hay que dejar pasar el tiempo, y aunque todo en el tiempo fluctúa, la ausencia está siempre ahí. A veces levantas la mirada esperando encontrártelo y no está, se te hace nudo en la garganta y vuelves a darte cuenta del hueco que queda en su lugar. Quisieras tener otra oportunidad para expresar aquello que nunca se dijo porque se daba por sobreentendido. Supongo el futuro permitirá ver que todos esos recuerdos son huellas felices de una existencia llena de vitalidad, de ilusión, de proyectos y de sonrisas, y aunque se acaben en un punto, no se borrará su impronta. Llegará el día en que la nostalgia se convierta en presencia, en una emoción profunda y agridulce que dolerá menos.

martes, 1 de diciembre de 2015

Magia Gris (Primeros capítulos)

Magia Gris es la continuación de Paloma. Su existencia se debe a una sugerencia de mi madre y a la insistencia de los personajes por secundarla. Durante aquella época viví rodeada por ellos y por su magia, hasta el aire poseía un brillo distinto. Fue una experiencia extraña y maravillosa que echo terriblemente de menos. Es un libro especial al que tengo un gran cariño. 


CAPÍTULO 1: EL BUZÓN

Existe una regla no escrita entre las brujas por la que éstas evitan utilizar el sistema de Correos. La razón fundamental emana de su natural suspicaz: confiar en que nadie más que el destinatario vaya a leer el mensaje es una muestra de la necedad del remitente. Su animadversión al sistema no les impide pulular por las rutas más transitadas de los carteros y aprovechar la coyuntura para argumentar su teoría. Los secretos e intrigas de otros constituyen un gran aliciente en sus, generalmente, monótonas vidas. A pesar de su interés por todo lo ajeno se muestran muy reservadas en lo propio y, con tal de preservar su intimidad, han rescatado lenguas muertas para comunicarse entre ellas. Por desgracia, en el proceso cada una desarrolló su propia versión lo que a la larga derivó en numerosos disgustos y no menos enfrentamientos al no ser infrecuente que se malinterpretasen sus palabras.

Aquella mañana, la bandera roja alzada del buzón del camino indicaba que una carta hacía compañía a las telarañas que lo atestaban. No siempre la casilla se había dedicado a residencia para arácnidos, en otro tiempo por su interior había circulado una nutrida correspondencia. No obstante, últimamente, su poste se empleaba de apoyo para que, Lope, el mercader, dejase en su base la leche y demás encargos de Marla. El descubrimiento del comerciante había supuesto un hito en sus vidas. Pese al huerto de la cabaña, los árboles frutales, las cacerías de Orión, las bayas, castañas y las setas del bosque, la bruja siempre se había valido de su poder para procurarse algunos productos. Con la pérdida de su magia esos artículos se habían convertido en un lujo. Ya no había manera de convencer a las cabras montesas para que acudiesen voluntarias a ser ordeñadas por la anciana y era impensable que las ocas le prestasen sus huevos. Ahora había que perseguir a los animales. Dadas las condiciones físicas y mágicas de Marla, Paloma se encargaba de esa tarea. A instancias de Marla, Orión solía escoltarla, aunque sin correr riesgos. 
- No me vendría mal algo de ayuda – le sugirió la joven a su acompañante mientras saltaba por los escarpados riscos.
- Por eso estoy aquí, para darte apoyo moral. No pretenderás que me juegue el pellejo, ya no tengo edad para eso. 
- Pensaba que los gatos teníais siete vidas – le rebatió Paloma. 
- Te equivocas. Los de las brujas tenemos nueve –le aclaró el minino- y necesitamos todas y cada una de ellas. No hay que desperdiciar ninguna. 
- No entiendo por qué Marla insiste en que vengas. 
- Para vigilarte. No te preocupes, si te ocurriese algo, iría a avisarla.
Orión, además,  disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven. No siempre las escaladas culminaban con éxito, sobre todo en lo referente a la leche y, en más de una ocasión, Paloma se libró de milagro de terminar despeñada entre las rocas. 

La cuestión de la miel era otra faena peliaguda. Sin miel no había dulces y tanto Paloma como Orión eran golosos por naturaleza. A pesar de sus infinitas precauciones la bruja siempre pagaba un doloroso precio por aquel caramelo. El día en que Paloma aprendió a sacar la miel del panal sin que las abejas la acribillasen, Orión, atento a sus maniobras, se olvidó de resguardarse de los enfurecidos insectos lo que le costó ser él el damnificado. Sin embargo lo peor no fue el dolor de las picaduras, sino la risa de Paloma. Tras cada excursión Marla hacía gala de todos los conocimientos de medicina acumulados a lo largo de siglos: curaba heridas, picaduras, torceduras y enfados. Sus guisos restablecían la paz.

Las salvajes ocas tampoco se lo ponían nada fácil a la muchacha y la atacaban feroces cuando se acercaba con fingida expresión de inocencia. A pesar de sus brazos llenos de moratones Paloma disfrutaba al preparar tortillas: era la venganza por sus picotazos. ¡Una fiera menos!- pensaba al batir los huevos con saña. Cierto que al cocinarlos, el resultado se parecía más a un espumoso y delicioso soufflé.

Una tarde, a la vuelta de una de aquellas partidas, encontraron una botella abandonada a un lado del camino. ¡Aquel hallazgo se reveló providencial! La depositaron junto al buzón y, al día siguiente, como por arte de magia, hallaron en su lugar una garrafa nueva, llena de leche de vaca: recién ordeñada, dulce, fresca y espumosa y ¡sin necesidad de someterse a las coces de las cabras! Debajo había una lista de las mercancías del comerciante, junto con sus precios. ¿Por qué no probar?

Marla disponía de una cantidad ingente de monedas, algunas antiquísimas, de las que desconocía por completo su valor. Hizo un pedido y dejó un pago astronómico por él. Afortunadamente, Lope resultó ser muy honrado. Descontó el importe exacto del encargo y buscó coleccionistas para las antiguas piezas. Las tasó, se encargó de la transacción y, sin preocuparse por sus beneficios de intermediario, le entregó íntegramente a su legítima dueña todo lo obtenido. Era además muy detallista y con frecuencia les dejaba algún obsequio. Esa táctica para dar a conocer sus productos le resultó muy provechosa y la lista de pedidos se alargó con añadidos de chocolate, azúcar, cacao, café, sabrosos quesos, aterciopelados vinos de Doria, aceite de oliva virgen de Canema, especias y pastas, entre otros caprichos.  Lo que no solía haber en el buzón era precisamente lo que el banderín indicaba aquella mañana: cartas.

CAPÍTULO 2: LA CARTA

- ¡Qué carta tan extraña!- murmuró Marla al recoger la insólita epístola. Pese a lo precario de su vista, los barrocos relieves de su sobre no le pasaron desapercibidos. También advirtió que estaba cerrado por un anticuado sello de lacre ¡doble!

La anciana palideció alarmada al reconocer el grabado negro sobre la pasta rojiza. ¡Un mensaje del Aquelarre! Su corazón latió desbocado. Dada la aversión de sus antiguas compañeras a este sistema de comunicación, sólo un motivo de extrema importancia podría haberlas impelido a recurrir a él. No había que ser adivino para vaticinar que no podía tratarse de nada bueno. Sus manos temblaron de ansiedad y, pese a la curiosidad, fue incapaz de reunir el valor suficiente para abrirla de inmediato y enfrentarse a su contenido. Con el alma en vilo, regresó a la cabaña. Tan distraída iba que tropezó con todas las raíces y cantos del camino y trastabilló un par de veces. El percance desvió su atención de la carta y la fijó en el suelo para evitar derramar la leche.

Una vez en la casa, colocó automáticamente las cosas en la despensa.  De refilón le echaba miradas furtivas a la misiva. Casi esperaba que esta desapareciese igual que un espejismo. ¡Habría sido un alivio! Se puso a preparar la comida. La mecánica de cocinar la ayudaría a calmar los nervios: picó unas verduras, molió unas especias con unos buenos golpes de almirez que relajaron su tensión, añadió unas hierbas, caldo y algunos trozos de carne y, cuando el guiso empezó a bullir y el aroma reconfortó su inquietud, se sentó delante del aciago sobre.

Lo cogió con la punta de los dedos, no es que fuese a estallar pero eso no hacía el contenido menos explosivo. Inhaló aire hondo para armarse de valor antes de abrirlo. Esperaba que no estuviese protegido por ningún hechizo peligroso aunque, generalmente, este no afectaba al destinatario sino a los curiosos entrometidos que intentaran cotillear el mensaje.  Rompió el sello con aprensión. Con un esfuerzo, consiguió que las letras se mantuviesen fijas sobre el papel. Con la ayuda de su lupa, leyó la familiar caligrafía:
Querida Marla:
Debido a que últimamente mi salud ya no es tan resistente como solía, he pensado que sería una buena idea aprovechar para hacerte una visita y reponer las fuerzas perdidas gracias a tus habilidades culinarias y a tus creativas y deliciosas pócimas. Disfrutaremos de volver a estar juntas, recordaremos viejos tiempos y recuperaremos algo de estos últimos años de forzosa separación. No dudes que aprovecharé para ponerte al día de los últimos cotilleos del aquelarre. 
Con cariño. 
Tu hermana: Merle.

Marla abandonó la lupa y la misiva con gesto de desaliento sobre la mesa. Se sorprendió de que una nota tan breve fuese capaz de anunciar un trastorno semejante en su apacible existencia. ¡Merle! ¡De visita! ¡Con la sana intención, además, de prolongarla el tiempo necesario para recuperar su salud, según decía! Conociendo a la interfecta, la anciana dudaba mucho que esa fuera la auténtica razón por la que hubiese decidido presentarse, de improviso, después de tantos años. De algo sí estaba segura: si estuviese enferma de veras no lo habría reflejado tan abiertamente en la carta. Aún así cabía la posibilidad de que le diese un infarto cuando descubriese en lo que se había convertido su vida. Eso casi sería una suerte, de esa forma se aseguraba de que la estancia iba a ser breve y poco problemática. La otra opción era que ella misma sufriese una embolia tras tenerla allí unos días. Había un mensaje entre líneas: los “cotilleos” a los que hacía referencia seguro que escondían el verdadero motivo de su visita.

Marla tembló ante la perspectiva de convivir de nuevo con su hermana. ¿Acaso no habían pasado suficientes años juntas durante su formación como para escarmentar con la experiencia? Sin embargo no había forma de escabullirse: si a Merle se le metía una idea en la cabeza, Marla sabía de sobra que no existían en el mundo argumentos suficientes para hacerla cambiar de opinión. Su ambiciosa hermana no comprendería que viviese feliz y tranquila en la compañía de un gato y una Bruja Blanca que no sabía hacer magia. Si llegara a enterarse, siquiera por descuido, de que la susodicha Bruja se debía a un error propio y que, en realidad, debería de haber sido su aprendiz, Merle era muy capaz de denunciarla ante el Aquelarre y acusarla de traición. Todo dependería de sus intereses y del estado de sus relaciones con el resto del grupo en esos momentos. No es que Marla tuviese mucho que perder, a fin de cuentas ya había renunciado a su Magia aunque nunca se sabía el tipo de castigo que se les ocurriría a las altas esferas. Si decidían que sirviese de ejemplo y escarmiento para otros, la cosa podría ponerse muy fea. Su rostro palideció ante el panorama desolador que se le presentaba y sus manos temblaron mientras arrugaba, inconscientemente, el papel de la fatídica nota.

Tan preocupada estaba, tan hundida en sus negros pensamientos, que se olvidó de que había dejado la comida al fuego. El cazo empezó a humear. El sabroso aroma fue sustituido por penetrante olor a quemado. Aquello espabiló a Orión, que se acercó a avisarla. 
-¡Marla! ¡Se quema la comida!
Marla no pareció oírle. Continuó sentada inmóvil, en estado de estupor, pálida y sudorosa, inmersa en una espiral de negros presagios. No presentaba muy buen aspecto. ¿Y si le pasaba algo a la anciana?, se alarmó Orión. Era excepcional que se distrajera con la comida y la falta de reacción ante su aviso resultaba de lo más extraño. El felino salió a buscar a Paloma que, recostada bajo un árbol, estudiaba el libro de hechizos con toda la aplicación que le permitía la soleada mañana. Al sentir la sombra del gato sobre su rostro entreabrió los ojos. 
- Marla se ha olvidado la comida en la lumbre y no parece oírme. ¡Hoy no comemos! – Le notificó el animal con un chillido y la mirada espantada.

La joven acudió a  la cabaña con presteza. Retiró el cazo del fuego para evitar que la casa saliese ardiendo y se acercó a la anciana, que no hacía más que mirar y estrujar un papel que tenía en sus manos. Al arrebatárselo para leerlo sintió un pinchazo en los dedos que le hizo sacudir el brazo con brusquedad y soltar el mensaje. Su gesto hizo reaccionar a Marla que levantó los ojos y se percató de la mirada de preocupación de sus compañeros y del brillante sarpullido en la piel de la joven. 
- Mi hermana Merle viene de visita - comentó.
- ¿Tu hermana? - se extrañó Paloma, olvidando por un momento el creciente picor en su cuerpo - No sabía que tenías una hermana, ni tampoco que las brujas pudiesen tenerlas. ¿No naciste de un huevo de cuervo?
- Es mi gemela. El huevo del que nacimos era excepcional: tenía dos yemas. Por lo tanto soy de las pocas brujas que tienen familia consanguínea. 
- ¿Qué me pasa? Me escuece hasta el pelo – preguntó Paloma, picada no sólo por la curiosidad mientras se sacudía para rascarse. Cambió rápidamente de idea: el movimiento exacerbaba los pinchazos y hasta el roce del vestido le resultaba doloroso.
- Es por tocar el papel del Aquelarre. No te preocupes, es un tóxico bastante irritante pero nada más. Se te pasará pronto – le aseguró. - Te untaré un poco de aceite de linaza para calmar el picor.

Marla se levantó y se acercó a la alacena donde guardaba su colección de hierbas. Escogió una bonita ánfora de aire antiguo y derramó unas gotas de su contenido en un cuenco. Lo rebajó con aceite de oliva y le ordenó a Paloma que sumergiese en él las manos, sin sacarlas, hasta que se hubiesen normalizado. Al o es que el gato supusiese una ayuda, al contrario: el minino disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven a la que contemplaba sin que su pellejo corriese peligro. Al obedecer la joven se sintió tentada de retirarlas. Miró a Marla pero esta no se compadeció de su sufrimiento. 
- Espera - insistió. 
La reacción inicial del veneno con el ungüento hacía parecer peor el remedió que la enfermedad pero, tras el primer momento de pánico, noto cómo la inflamación bajaba. Poco a poco, la sensación se extendió hacia los brazos. Marla cortó una hoja de un cactus, la abrió y le indicó que se frotase con ella por el resto del cuerpo.

- Estábamos con tu hermana, ¿cómo es?- Indagó Orión.
- Al ser gemelas, Merle se asemeja físicamente a mí, somos prácticamente idénticas salvo que ella es algo más gruesa y bastante más fuerte. Siempre le ha gustado llevar la voz cantante - suspiró Marla. - La quiero mucho, de verdad, aunque reconozco que seguramente se deba más a algún tipo de instinto entre hermanas que porque ella haya hecho algo para merecerlo o haya demostrado su cariño hacia mí. Es más fácil sobrellevarla a distancia que cuando estamos juntas. De sólo pensar en aquellos tiempos de confraternidad me entran sudores.
- Cuéntanos - le pidieron Orión y Paloma, que seguía dándose fricciones con la gelatina del aloe como si pretendiera pulirse la piel con ella.

(Ya sabéis, continúa en el enlace, y también está disponible en papel)



martes, 6 de enero de 2015

Reyes con los abuelos

Un poco antes de Reyes nos despedíamos de Linares para recibir a Sus Majestades de Oriente en casa de los abuelos de Madrid. Esa noche hermanísima y yo nos acostábamos en el despacho del abuelo, en el suelo, sobre unos colchones hinchables. Eran unos colchones muy estrechos, formados por la unión de unos tubos cilíndricos que ondulaban su superficie. La almohada también era hinchable y dura como ella sola. Era incluso peor que la almohada del convento de Roma donde nos alojamos hermanita y yo cuando fuimos de visita a la ciudad eterna. Aquella almohada romana al menos era golpeable, con unos cuantos puñetazos conseguíamos cavar una hendidura en la que apoyar la cabeza. Sin embargo no era factible ensañarse con un colchón hinchable, aunque ganas no nos faltaban. Entre la incomodidad y la emoción de la noche, no había manera de pegar ojo, de hecho era difícil hasta mantenerse quieta. Nos esforzábamos por buscar la postura más cómoda pero, sinceramente, creo que no existía.

Aún así nos esmerábamos en conciliar el sueño. Sabíamos que los Reyes Magos no visitaban a los niños que no se dormían y ni hermanísima ni yo teníamos ganas de que Sus Majestades nos ignorasen por culpa de aquellos colchones. Nos empeñábamos en dormir como fuese. Cerrábamos los ojos con fuerza, quizá así lo consiguiésemos o quizá no se diesen cuenta de que estábamos despiertas. Oíamos ruidos por el pasillo, pasos amortiguados, susurros... No podíamos resistirlo y entornábamos los párpados para mirar por una rendija entre las pestañas. La puerta era acristalada y, a través del cristal esmerilado, se recortaban formas en sombra en medio de la oscuridad. Era difícil identificar los rasgos de aquellas figuras, sin duda desdibujadas porque se cubrían con grandes mantos. Por desgracia nunca llegamos a descubrir a ninguno de los camellos pero, si nos fijábamos bien, sí que nos parecía distinguir la silueta de las coronas sobre las cabezas. No nos atrevíamos ni a respirar. Al cabo de un rato toda la casa se quedaba en silencio y entonces, a pesar del colchón, nos dormíamos y soñábamos con los muñecos y los regalos que nos esperaban sobre los zapatos. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Caligrafía

Se dice que la caligrafía refleja la personalidad del individuo y, de hecho, hay toda una ciencia alrededor de esa afirmación. Como en todo lo referente a la psicología, es una verdad a medias. Opino que un examen grafológico no constituye por sí solo un criterio diagnóstico de nada. La letra manuscrita depende de muchos factores y el rellenar cuadernos de caligrafía en la época escolar no influye demasiado en el resultado final del adulto.

Aprendí a escribir sin palotes. Mis primeros cuadernos, y los que les siguieron hasta el final de la carrera, eran tamaño cuartilla y cuadriculados. Creo que era la única estudiante universitaria con ese tipo de cuadernos. El motivo: mi desorganización. Gracias a aquel método lograba conservar los apuntes medianamente ordenados. Probé con los folios pero duraron poco, muy poco. Un día las gomas de la carpeta estallaron con, tan mala suerte, que escogieron el momento en que me bajaba del coche de mi padre, en pleno atasco de la salida de la carretera de Colmenar. Las hojas volaron y, en medio del caos que se montó, no recuperé todos los apuntes, aunque lo intenté. Después de aquel incidente, el Catedrático nunca más me acercó a la Facultad. Con los cuadernos no corría peligro de sufrir semejantes percances. Tenían que ser pequeños porque con los grandes no conseguía mantener el orden. En serio.

En párvulos, trazar los signos no era muy distinto a a dibujar y a colorear sin salirse de los bordes, simplemente variaba la interpretación de lo representado. Las letras largas ocupaban dos cuadrados  y el resto iba metido dentro de uno. Además rellené algún cuaderno de caligrafía, me gustaban, me parecía que las letras tenían una forma muy bonita, tan regular y redondeada. Esa misma letra era la de Dª Luz, incentivo más que suficiente para esmerarme en copiarla. Mi escritura ha variado a lo largo del tiempo según se asemejaba a la del modelo de cada momento, ya fuese por estética o por admiración hacia su autor. Después de la carrera de Medicina, y los apuntes a velocidad de taquigrafía, los rasgos degeneraron sin remedio. La letra de médico es una secuela de la carrera.

Durante una época hermanísima padeció los deberes de caligrafía impuestos. Recuerdo que estaba en 5º, por lo que no era ninguna principiante en el arte de escribir. Sin embargo, acabábamos de mudarnos de Valladolid a Madrid y a la nueva profesora no le complacía la grafía de mi hermana. El problema es que tampoco le convencía el resultado de los ejercicios y se los mandaba repetir una y otra vez. La muestra era la propia letra de la maestra que, por supuesto y por desgracia, no era Dª Luz. En vista de que el asunto no tenía remedio, y que ya por entonces me parecía una soberana pérdida de tiempo, opté por hacerle yo aquellos deberes. Mi letra sí que le gustaba a aquella profesora y, afortunadamente, yo no había pasado por sus manos y no la reconocía. De ese modo hermanísima evitaba repetir los ejercicios y podía dedicar el tiempo a otros menesteres, lo que no significa que siempre fuesen de índole académica.

Con el tema de la escritura a mano de los finlandeses se ha desatado la polémica sobre la caligrafía. En ese país nórdico aprenderán a leer y a representar las letras pero no potenciaran la escritura manual sino que se volcarán más en la mecanografía. Dado que no existe un área del cerebro para la escritura, no me parece un tema tan grave. Se desarrollarán las conexiones entre las distintas áreas independientemente de si la escritura es con letra capital o cursiva.

¿Significa eso que la gente va a dejar de escribir a mano? En realidad muchos han dejado ya de hacerlo. También muchos han dejado de mirar el paisaje que les rodea para centrarse en la pantalla de su móvil. Sin embargo, el que quiere escribir a mano, aún lo hace, y el que quiere leer un libro en papel también. Si hiciéramos un paralelismo con la lectura habría que tener en cuenta que no todo el mundo lee, algunos no tienen ningún interés en hacerlo, y a otros les basta con los titulares de los periódicos deportivos. Esos mismos tampoco suelen tener ningún interés en escribir (más allá de los whatsapp) y, dada su ortografía, es mejor que se abstengan. No es que defienda la ignorancia, simplemente es un ejemplo de cómo en un país en el que se enseña caligrafía, no todo el mundo hace uso de ella.

martes, 2 de diciembre de 2014

En el ascensor

Reviso las interconsultas. Hay una pendiente de neurocirugía. Nos piden valorar la retirada de una traqueostomía. Hace unos días le cambiamos al paciente su cánula y le pusimos una fenestrada con tapón para que respirase por la nariz y la boca. Desde entonces ha aguantado el tapón sin problemas. Podría decanularse.

Por si acaso me subo al paciente para hacerle una fibroscopia. La anatomía laríngea es normal, el resto del enfermo no tanto. Me lo traen en cama, no se le puede sentar en una silla. Está ingresado a consecuencia de un botellazo en la cabeza tras una pelea. Hizo un edema cerebral de tal calibre que le tuvieron que retirar el hueso de la calota para descomprimirlo. Ahora tiene media cabeza hundida y las secuelas neurológicas son severas. Apenas se mueve y no puede hablar.

Retiro la cánula. No es un traqueostoma quirúrgico sino uno percutáneo. No comulgo con esa técnica de meter tubos a ciegas para dilatar el trayecto. La regla de oro de toda cirugía es ver. Sólo si se ve se pueden reconocer las estructuras, disecar los planos, ligar los vasos. La traquea no está a flor de piel, entre ambas está la musculatura prelaríngea y la glándula más vascularizada del cuerpo, la tiroidea. Esas estructuras son el motivo por el que, cuando hay que correr, no se entre en la tráquea sino en la membrana cricotiroidea, que sí está casi a flor de piel. Sin embargo esa vía sirve sólo para unas prisas porque el orificio no se puede quedar ahí más que unas horas porque, en esa zona los tejidos son muy delicados y granulan rápidamente, la vía aérea se estenosa y no es posible decanular luego al enfermo.

A pesar de mi disconformidad con la técnica, quito la cánula y pongo un vendaje cruzado para aproximar los bordes del orificio y que se cierre. Aviso al ascensor y bajo con el enfermo para explicarles a las enfermeras los cuidados y cómo realizar las curas.

Sólo hemos de recorrer dos pisos pero ese trayecto basta para que el enfermo empiece a mostrar síntomas de asfixia. Se ahoga. No hay medios pero tampoco tiempo. De un tirón despego la cura. Los tejidos dilatados se han retraído y el orificio se ha cerrado. Por completo. No sólo eso sino que además parece que la tráquea se hubiese colapsado. Lo evidente es que el aire no entra. Tengo que reabrirlo.

No llevo una cánula en el bolsillo pero mi llavero me servirá. Cuando empecé la residencia, mi R mayor me recomendó hacerme con un fiador de una cánula de plata para llevarla en el llavero del hospital. Le hice caso. En esos momentos, no pude agradecerle más el consejo. La herida aún estaba tierna. Clavé en la piel la punta del fiador y lo empujé con todas mis ganas hasta que los tejidos cedieron y mi singular llavero se introdujo en la tráquea. El paciente tosió, a su tráquea no le gusto mi maniobra. Mantuve sujeto el tubo para evitar que lo expulsase mientras llegábamos la planta. No me entretuve en explicaciones. Desde el pasillo, lo primero que pedí fue una cánula ¡muy urgente!

miércoles, 12 de noviembre de 2014

No fue un ensayo...

El paciente de mi primera cricotirotomía no vivió más que unos meses más, no muchos pero sí los suficientes como para asistir a la primera comunión de su nieto, que era algo que esperaba con ilusión. Me enteré de aquello casi por casualidad pero me pareció muy bonito. Con mi hazaña no me convertí en una heroína de la noche a la mañana, ni mucho menos, tampoco me lo esperaba. Los médicos no somos héroes, aunque en ocasiones tengamos que echarle valor a nuestro trabajo, no podemos olvidar que los pacientes nos acompañan en todas nuestras aventuras y son ellos los que corren el mayor riesgo. Con mi actuación me llovieron tanto críticas como alabanzas, está claro que nunca se da gusto a todos y en una emergencia no se sopesan factores secundarios que luego adquirirán importancia, no se ve más allá de lo prioritario en ese instante. Para variar no presté demasiada atención a las opiniones de otros, y aún menos a las negativas, he comprobado que con el tiempo todas las aguas vuelven a su cauce y lo único verdaderamente importante es que el paciente estuviese contento. Eso sí, la aprobasen o no, aquella experiencia no tardó en demostrarse muy útil.

Apenas tres meses sonó el teléfono de la consulta. Contestó nuestro enfermero que, casi inmediatamente y sin colgar, dio la voz de alarma: 
- Que suba alguien corriendo al quirófano de la tercera que no pueden intubar a una paciente. 
No hizo falta más. Corrí, vaya si corrí: cinco pisos de escaleras del sótano a la tercera a toda mecha y volar por el pasillo que las separaba del quirófano. Entré tan a la carrera que aún no recuerdo si llegué a ponerme el gorro y la mascarilla, es posible que los cogiese automáticamente al pasar, o es posible que no. No estaba cansada tras la ascensión. Tenía la adrenalina disparada. 
-¡Deprisa!- oí que me decía la voz de Ángel. A pesar de la situación, me alegré de que estuviese allí.

Ángel era nuestro anestesista habitual. Años de cánceres de garganta le habían especializado en casos de intubaciones no ya difíciles, sino imposibles. Estaba en el quirófano del piso de arriba y había sido al primero al que habían recurrido. Si él no podía, no podía nadie. El caso era dramático: una mujer de 40 años a la que iban a intervenir de un cáncer de mama. Si Ángel me metía prisa significaba que la cosa estaba mal, muy mal. La paciente no ventilaba pese a los esfuerzos de los anestesistas. La alarma pitaba mientras que el pulsioxímetro latía con un sonido cada vez más grave. No había tiempo que perder. Lo último que vi en la pantalla, mientras me calzaba los guantes, fue la cifra de 60 de saturación, y bajando...
Repetí los pasos de tres meses atrás: tocar, agarrar y cortar. El escenario era distinto, con mucha más gente, más ruido, menos irreal. Aunque tenía que tomar las riendas, me encontraba más arropada. Sabía que podía hacerlo, ya lo había hecho antes y había salido bien. Mi dedo acompañó al bisturí en su camino para no perder la vía, reconocí el tacto de los tejidos y del metal plano de la cuchilla. Atravesé la membrana entre los dos cartílagos laríngeos y aparecieron las primeras burbujas de aire. Retiré el bisturí pero dejé el dedo abocado en el orificio de la tráquea mientras lo cambiaba por el tubo. No estaba fiado y, al entrar en la vía aérea, se desvió hacia la boca. Así no servía, los pulmones no ventilaban. 
- Tengo que sacarlo. 
Todos me miraron espantados. La maniobra era un riesgo, la vía aérea se podía perder en el proceso, pero no quedaba más remedio, tal como estaba la enferma seguía sin ventilar. 
- Fiadme un tubo.
Metí una pinza en el agujero, agarré y tiré. Afortunadamente la alineación de los cortes aguantó. Esta vez, gracias al fiador, el tubo entró en la tráquea en el sentido correcto. Conectaron el oxígeno. Para gran alivio de todos los presentes la paciente comenzó a ventilar, la saturación subió. Me retiré a un lado agotada, sin reserva alguna de adrenalina en mi cuerpo, sólo recuerdo que los anestesistas se hicieron cargo del resto. 

martes, 11 de noviembre de 2014

Primera cricotirotomía

Eran casi las 2 de la mañana cuando la urgencia se tranquilizó. Ya era hora de intentar descansar un poco. Por si acaso, antes de subir a la habitación, decidí asomarse a la sala de médicos para preguntar si tenían alguna duda que resolver. Mejor ahora que cuando ya esté en la cama, razoné.

La sala de médicos estaba casi vacía, en los cajetines no quedaba nada pendiente. No durarían demasiado en ese estado así que mejor aprovechar el momento. Al  pasar por delante de las camas de Observación, entré para avisarles de que me retiraba.
- Buenas noches. ¿Necesitáis algo de mí antes de que me suba? - pregunté.
- En la cama 8 hay un paciente que te conoce. Es un enfermo terminal, no te has dado cuenta pero al verte te ha hecho una señal – me comentó una de las enfermeras del control.
- ¡Pobrecillo! Voy a saludarle - contesté.

Aunque no se pudiese hacer nada, el simple hecho de ver una cara conocida resulta tranquilizador. No obstante, en esta ocasión, al acercarme y oír su respiración, se me dispararon todas las alarmas. El aire apenas entraba y, lo peor de todo, el enfermo estaba casi agotado. A pesar de su estado, sonrió al verme. Trató de hablar pero tenía tan poco fuelle que no lo consiguió.
No podía quedarme quieta y permitir que muriese de una muerte agobiante. Debía hacer algo, y rápido, muy rápido. Llamé a la enfermera para que me diese la información que me faltaba mientras movía lo necesario.
- ¿Por qué ha ingresado?
- Ha venido esta tarde por disnea. No sé más.
- ¡Se está ahogando! Necesita que le abramos la vía aérea. Avisa a un celador. Voy a llevarle al quirófano.
Mientras el celador llegaba, empecé a empujar la cama, ya me pillarían por el camino. Me dirigí hacia el ascensor con una parada en el control de Urgencias mientras lo esperaba para poner sobreaviso al anestesista.
- Tengo una traqueotomía de emergencia. Subo directamente al quirófano.
La respuesta del anestesista no arregló las cosas.
- No es buen momento. Estoy liada con un aneurisma roto y no disponemos de más camas en Reanimación.
No era momento de discutir.
- Habrá que apañárselas, esto tampoco puede esperar.

Cuando se abrió la puerta del ascensor, la anestesista me esperaba en la puerta del quirófano. Claramente su intención era detenerme. Una mirada al paciente le hizo cambiar de opinión al instante.
- Pasa, pasa.
Justo a tiempo. El enfermo estaba a punto de pararse y no respondía a los esfuerzos para ventilarle. Ni siquiera era posible pasarlo a la camilla. Habría que intervenirle en la cama.

Necesitaba guantes y bisturí. A falta de otro más a mano cogí el que siempre llevaba para emergencias en el bolsillo del pijama. Con una mano agarré la laringe del enfermo y con la otra clavé la cuchilla hasta el fondo, sin dudar. En un sólo corte tenía que atravesar la piel y abrir la vía aérea. El bendito aire entró en la traquea junto con la sangre de la herida. El enfermo tomó una bocanada e, inmediatamente, tosió. El corte estaba en su sitio. Sin embargo aún no era el momento de cantar victoria, existía el peligro de, con el movimiento, se escapará la traquea y se perdiera la alineación de las incisiones, lo que obligaría a repetir el corte. No solté la presa sobre la laringe, no deseaba que se malograra la operación. Introduje el dedo índice en el orificio para asegurarlo y pedí la cánula. En cuanto la tuve en la mano, con un rápido movimiento, saqué mi dedo e inserté la cánula en el agujero. El procedimiento provocó más tos, una tos de aire mezclado con moco y sangre. Inflé el balón para evitar que la sangre pasara a los pulmones y cortar así la tos. El hombre abrió los ojos y sonrió. Su primera palabra, apenas audible, fue “¡Gracias!”

jueves, 6 de noviembre de 2014

El piropo

Manoli acababa de salir del colegio cuando llegó a nuestra casa. No obstante, para hermanísima y para mí, que la contemplábamos desde la perspectiva de nuestros 6 y 7 años respectivamente, sus 17 años la convertían en toda una adulta. No tardó en conquistarnos: era divertida, guapa, inteligente, trabajadora y siempre la recuerdo con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos y que la hacía brillar.

No estábamos deslumbradas por el cariño, su encanto era tan evidente que aprendí lo que era un piropo gracias a ella. Sucedió una mañana de esas de invierno vallisoletano en las que Manoli nos arrastraba a la escuela mientras nosotras oponíamos todo tipo de resistencia porque, con semejante frío, lo único que deseábamos era acurrucarnos en una esquina para guardar el escaso calor que aún conservábamos en el cuerpo. Ese día no había canciones, ni juegos, ni saltos, ni carreras, ni nada con lo que convencernos para avanzar. Hacía demasiado frío para moverse. La pobre tiraba de nosotras a dos manos y, cuando andábamos a la altura de Correos, a una manzana de casa, un hombre le comentó al pasar: "¡Quién fuera niño para ir contigo!" En ese momento no comprendí la intención de aquella frase. ¿De verdad deseaba aquel señor volver a la infancia para ser remolcado hasta el colegio por calles a bajo cero? Manoli nos lo explicó: Es un piropo, y muy bonito por cierto. Seguí sin entender, no conocía esa palabra, ¿piropo? ¿qué es eso? Pues un halago, una frase que un hombre le dice a una mujer para indicar que le gusta. ¡Ah!

Aquello nos distrajo y, con la curiosidad y el romanticismo de la situación, nos olvidamos del frío, no en vano se habla del calor de la pasión. Hermanísima, a la que nunca le ha faltado conversación, ni desparpajo, encontró un nuevo tema sobre el que preguntar y ahondar el resto del camino. A eso se dedico hasta llegar a la escuela: pretendía saber todos los piropos que Manoli había recibido a lo largo de su vida. Se mostró tan implacable que, en el proceso, le sacó todos los colores a la requebrada, no fuese a quedarse algún detalle en el tintero. ¿Y si se estaba fraguando un idilio delante de sus narices y se lo perdía? ¡Uff!, la mera idea era terrible.

Desde entonces, siempre que oigo un piropo, me viene a la memoria esta anécdota y coincido con Manoli en que el de aquel día es uno de los mejores cumplidos que he escuchado nunca.

lunes, 27 de octubre de 2014

Doña Luz

How many of you have had a teacher at any level of your education who made you more excited to be alive, prouder to be alive, than you had previously believed possible? Kurt Vonnegut

Recuerdo con cariño, y mucha nostalgia, los cuatro años de Valladolid: la casa, el parque, las amiguitas de enfrente, Manoli, el camino bajo los soportales de las calles y de la plaza Mayor y la escuela. Dejar aquello y mudarnos a Madrid nos supuso todo un trauma, que se agudizó tras la violenta acogida por parte de nuestros nuevos vecinos de la "urba". También nos afectó el cambio de colegio, cuya dinámica poco tenía que ver con la que estábamos acostumbradas. Al menos las compañeras sí que nos recibieron con los brazos abiertos.

Cuando tengo que pensar en una maestra llena de virtudes, pienso en Doña Luz. Me considero afortunada por haber disfrutado de las enseñanzas y del cariño de muchos de mis profesores. Sin embargo ser valorada por los maestros suele estar reñido con la popularidad estudiantil. A mi favor estaba el hecho de vivir en mi mundo y el de ser muy, muy despistada, lo que me evitaba enterarme de comentarios y me ahorraba disgustos. Lo cierto es que no me interesaba demasiado la opinión de todo el mundo, sólo la de la gente a la que apreciaba. Incluso rodeada de todo ese afecto docente, mi modelo de perfección era Doña Luz.

Me gustaba el colegio, quizá haya quien me considere por ello un bicho raro pero no era el único caso. Supongo que parte del motivo es que el colegio de Valladolid era un lugar especial. Recuerdo todos los años como buenos, desde mi entrada en 2º, curso en el que llegué nueva a una clase en la que todas se conocían desde párvulos y en la que me integré sin problemas, o eso creo, y los 4 años que transcurrieron allí hasta que nos mudamos a Madrid al terminar 5º. Hermanísima corrió peor suerte con sus profesoras. El primer curso gozó de la docencia de "la guapa", una profesora interina que al final de la primera semana había cambiado de sobrenombre y hasta había dejado de resultar atractiva para convertirse en "la bruja del lunar azul". No es que hermanísima fuese una víctima inocente del rigor pedagógico, la disciplina nunca ha sido su punto fuerte y era fácil encontrársela en el pasillo, castigada, de forma regular. Nadie comprendía que al entrar en clase la chiquilla aún no había soltado su extraordinaria tasa de palabras diarias y que la pobre criatura necesitaba desfogarse para no explotar. Las cosas no mejoraron para ella cuando en los siguientes cursos se encontró con una tutora que resultó ser una bruja casi de verdad, por años y por aspecto. A la mujer no se le ocurrió un plan mejor para controlar a sus infantes los viernes por la tarde que ponerles a rezar el Via Crucis. Tanto hermanísima como su amiga del alma terminaban las oraciones semanales camino del despacho de la directora.

Mi experiencia fue diferente. En mi clase éramos varias, y no todas con fama de empollonas, las que nos despedíamos con tristeza al llegar las vacaciones, conscientes de que echaríamos de menos la escuela. Me costaba separarme de mis amigas, pero también de mis profesoras, y esperaba impaciente que llegase Septiembre para empezar un nuevo curso. Durante las vacaciones mi impaciencia disminuía algo, aunque siempre me hacía ilusión volver.

Doña Luz, además de mi profesora durante 5º de EGB, el último curso que estudié en Valladolid, era la madre de mi mejor amiga. Madre e hija gozaban de popularidad en todo el colegio. Dª Luz era guapa, dulce, nunca se alteraba y se mostraba paciente y encantadora con todo el mundo. Su interés en nuestra educación iba más allá del programa escolar: pretendía convertirnos en buenas personas, que aprendiésemos a pensar y a relacionar temas de distintas materias de manera que consiguiésemos extraer conclusiones de la relación. Suena complicado pero con ella no lo era, al contrario, con ese método captaba nuestra atención y economizábamos esfuerzo y trabajo, a pesar de ir más allá en el temario. Me di cuenta de todo lo que había aprendido con ella cuando descubrí lo que era vivir de las rentas durante los cursos posteriores.

martes, 7 de octubre de 2014

Del Colegio Mayor a la escuela

La ventana de la cocina del piso de Zaragoza daba al lado opuesto al jardín (al que se asomaba nuestro dormitorio) y, desde ella, casi podía verse nuestra escuela. Los fines de semana veíamos a los padres jugar con sus hijos en el descampado de enfrente. No se me ha olvidado el asombro de ver volar un helicóptero teledirigido. El aparato estaba suelto, sin ningún tipo de cables, y sus dueños lo controlaban desde el suelo. El mando parecía un walkie-talkie, aunque con una antena larguísima. Me pasé media hora larga delante de la ventana mientras contemplaba fascinada los giros, ascensos y descensos de aquel juguete.

Sin embargo no siempre se podía ver algo a través de la ventana. Había días en los que nos levantábamos y los cristales estaban empañados por la humedad condensada. Esos días, mientras desayunábamos, dibujábamos caras sobre ellos. Eran días en los que hacía un frío horroroso del que no había forma humana de resguardarse en el camino a la escuela. Con  frecuencia la temperatura no mejoraba y regresábamos igual de peladas que a la ida, sobre todo si soplaba el molesto cierzo.

En el colegio de Zaragoza cursé segundo de párvulos y primero de EGB. El edificio de párvulos estaba apartado del resto, incluso el patio era diferente. Recuerdo que entre la tierra había lombrices y a veces las sacábamos con un palo, sin tocarlas, para contemplarlas con curiosidad morbosa y algo de repelús fingido. La clase era divertida. Una de las cosas que más me gustaba era la de recortar figuras con la ayuda de un punzón (seguro que ahora están prohibidos por peligrosos). Era genial clavar aquel instrumento, con su mango azul celeste, en los contornos del dibujo.  Fijábamos el papel encima de una superficie de corcho, de ese hecho con un conglomerado de bolitas blancas, y lo apuñalábamos con ganas. Al terminar, el borde quedaba con pequeñas rugosidades y raspaba ligeramente al tocarlo. Era un cosquilleo agradable.

Me gustaban las clases de lectura. En éstas sí que me permitían leer (a diferencia de los párvulos de Madrid en donde me quedaba con las ganas). Nuestro libro narraba la historia de la oveja Me, y entre los capítulos se intercalaban otros relatos infantiles y algunos poemas. Había uno sobre los meses del año y otro sobre un molino, el favorito de hermanísima, con el cual nos deleitó en innumerables veladas familiares. No había ninguna actuación de la "Fundación" (que aún no tenía ese nombre) que se preciase, en el que no recitase la estrofa de "Sigue el agua su camino..." (y a pesar de las caras de todos al oírla, no se desanimaba, sino que seguía hasta el final)

En el Colegio Mayor nos subían la comida de la cocina. Cocinaban estupendamente, los canelones eran deliciosos, tan buenos que se convirtieron en nuestra comida favorita, y aún hoy se mantienen en un lugar de honor. Nos los traían en unas fuentes enormes y nunca sobraba ni medio. Por desgracia no siempre comíamos así. En la escuela nos quedábamos al comedor y allí la cocina nada tenía que ver con la del Colegio Mayor. Todo lo buena que era la comida en uno lo tenía de infame el otro. Temía especialmente los lunes, día en el que el menú consistía en huevos duros cubiertos por un emplasto de mayonesa pringosa, en ocasiones incluso algo viscosa. Los odiaba tanto que, aunque por aquel entonces contaba 5 y 6 años de edad, no se me han olvidado. No sé si no eran peores los macarrones supuestamente gratinados, con una costra de queso tieso y plastificado que pegaba la pasta en un ladrillo gomoso, seco y rígido. Ni siquiera el rancho hospitalario del MIR, con la sobredosis de pollo y la pasta casi deshecha, era comparable a aquel mazacote incomible.

Me acuerdo de cuando cambié del pabellón de párvulos al edificio de los mayores. Hermanísima se quedó en el primero. La nueva clase era mucho más grande y estaba en el primer piso, a la izquierda según se accedía desde las escaleras, en uno de los extremos del pasillo. En el otro extremo, al fondo, se encontraba el despacho de la directora. En una ocasión la profesora me envió allí con un recado. Con los nervios sólo recuerdo que había muchos papeles sobre la mesa y un armario de cajones que abrió y que estaba lleno de carpetas para archivar. No lo debí hacer mal porque otro día, el mensaje fue para la profesora de la clase de 2º. Al entrar, con más miedo que vergüenza, vi que en el encerado tenían pintados los planetas y sus órbitas. Estaban dando el sistema solar. Me pareció precioso aunque tuve la sensación de que aquello debía de ser complicadísimo (¡cuánta razón tenía a mis 6 años!).

Aunque sólo vivimos en Zaragoza un par de años, no me he olvidado de mi amiga del colegio. Era muy guapa, siempre sonriente, con el pelo castaño y muy brillante. Al igual que yo, también llevaba trenzas, aunque ella no se parecía a Laura Ingalls con ellas, como me sucedía a mí. Recuerdo un día que no vino a clase, pero sí que acudió a la salida del colegio, con su madre, para recoger a su hermano. Llevaba puesto un vaporoso vestido blanco, precioso, como de tul. Me dijo que era un "vestido de calle", aunque a mí me pareció de bailarina o de princesa de las hadas y deseé tener uno igual. Mi madre no entendió a qué me refería con lo de "vestido de calle" y no insistí. Poco tiempo después una amiga de mis padres nos regaló unos disfraces. El de hermanísima era de india, con un vestido áspero y un tocado con una pluma grande, de colores, y unas trenzas negras que contrastaban de manera llamativa con su rubísimo pelo (y sus rubísimas trenzas). El mío era de ninfa, de color rosa, con la falda asimétrica y las mangas anchas. Era muy ligero y recordaba, vagamente, al de mi amiga. Aquel disfraz me encantaba y lo usé durante años y años. No sé cómo me sirvió durante tanto tiempo porque crecer, crecí, debía de ser mágico y no simplemente crecedero como las faldas del uniforme

domingo, 5 de octubre de 2014

Nany

Uno de los mejores cumplidos que le podía dedicar mi abuela a alguien era la frase: "tiene brillico". Hermanísima recuerda de Nany los ojos y el porte, yo recuerdo siempre el brillo. Me parecía que brillaba tanto que eclipsaba al resto de los que estábamos en la habitación, no es que los apagase, simplemente ella destacaba sin necesidad de hacer nada.

Una persona así deja huella, es imposible no fijarse en ella. No era el alma de la fiesta sino que era dulce y muy tranquila, nunca perdía la compostura. Es cierto que tampoco tenía nunca prisa. Cuando la Señora quedaba a comer con sus amigas de toda la vida, cosa que hacen con regularidad, sabían que les tocaba esperarla. El cuánto era una gran incógnita. Un día se presento casi una hora tarde cuando el resto ya tenía el rostro desencajado por la espera y el hambre de ver pasar platos de comida para otros, con ganas de morder hasta el camarero. Al llegar estaba reluciente. Con su habitual sonrisa les explicó que había ido a la peluquería y que allí, la peluquera, incapaz de resistirse al encanto de su piel, blanca y transparente, le había propuesto un tratamiento facial, algo breve para no retrasarla. Nany se dejó hacer y la otra se emocionó tanto con su trabajo que los minutos se sumaron a las horas. Había sido una experiencia maravillosa, muy relajante. Lástima que sus amigas no hubiesen estado allí con ella para compartirla. 

En las vacaciones esperaba con ilusión el día en el que venían a la granja con sus dos hijos. Los chiquillos habían heredado la piel blanca de su madre y sus ojos grandes y clarísimos. Me parecían preciosos. Los dos niños se prestaban sin reparos a nuestros juegos y correrías. Es posible que Nany hubiese perdido su habitual serenidad si hubiese visto a sus hijos subidos a los tejados de uralita o entre las ruinas llenas de óxido, ratas y porquería de las naves. De lo único que se libraban era de vestirse con los disfraces polvorientos de los arcones. Claro que ella conocía la granja desde pequeña cuando sus padres le permitían ir donde fuera siempre que fuera con la Señora. Mi madre tenía fama de responsable y había conseguido ganarse la confianza de aquellos padres, un logro digno de mérito. Eso le permitió a Nany conocer las distintas fiestas de los alrededores, que eso de encerrarse en casa a hacer labores no es un rasgo propio de la Señora, sólo es fácil pillarla recién levantada, y suele madrugar. 

Ahora que se ha ido y descansa tranquila, el recuerdo de Nany también brilla.

martes, 19 de agosto de 2014

Olores

Huele a jazmín. El olor sube por la escalera a través de la ventana abierta del descansillo. El arbusto está justo debajo. Las flores se abren en busca los primeros rayos del sol. La luz avanza por la pared encalada sin llegar a cruzar el umbral de la casa.

La dulce fragancia se cuela por el pasillo entre las manos de la tita. Se reparte por el salón en penumbra. La luz entra la puerta de cristal esmerilado y por una rendija de la cocina en la que se oye trajín de platos. Huele a pan, aceite crudo y leche hervida.

Más tarde la casa sabrá a guiso: a salsa de almendras picadas y azafrán, a vino al evaporarse, a cebollas dulces pochadas, tomates, pimientos y carne, a pastel y al merengue de las claras al cuajarse en forma de nubes en la leche caliente de las natillas antes de rociarlas con canela.

En el patio las sábanas limpias desprenden el perfume del jabón mientras se secan al lado de las parras. Los racimos de uvas crecen envueltos en mosquiteras. Rezuman azúcar y un enjambre de avispas revolotea desesperado a su alrededor. Son presa fácil, insaciables y borrachas caen una tras otra en las redes del hermano y sus secuaces.

El polvo en suspensión, los fragmentos de ladrillo y los gránulos de tierra invaden las naves abandonadas. Están llenas de restos: vigas en ruinas, marcos de hierro, puntas de clavos y sacos de yeso. Los hierbajos se abren paso entre las grietas. Fuera esperan las margaritas, se esconden las campanillas y me arañan las piernas unas matas salpicadas de florecillas amarillas.

La tierra mojada huele a pradera recién regada. Al lado de las moreras la manguera suelta agua. Arranco una pera de su rama y muerdo su carrillo rosado tras lavarla. La boca se me inunda de almíbar mientras las gotas de su esencia se deslizan por mi piel.

Olor a campo, a olivos, a piscina. Ruido de ruedas que se acercan a la hora de la merienda con sabor a azúcar sobre tortas bizcochadas de aceite. Olor a noche, a eucaliptos, a era, a estrellas fugaces y deseos con la voz ronca del abuelo. Sueños impregnados del olor de los recuerdos.

martes, 8 de julio de 2014

Scouts y buena acción

Lo mejor de los Scouts es su lema de hacer una buena acción al día. Es una magnífica idea, una buena costumbre que se inicia en la infancia y que aprovecha la competitividad natural para mejorar, aunque en este caso no se trata de una lucha dañina para demostrar que se es el más fuerte, no es necesario machacar a nadie para triunfar, aunque también es cierto que no todo el mundo es capaz de reprimir sus instintos lo que dificulta al resto el contener los suyos. Idealmente se valora el sacrificio y el esfuerzo y de ese modo se consigue instigar en el resto el deseo de imitar al héroe de turno para emular, e incluso superar, sus hazañas. Los actos se publicitan, se premian con el reconocimiento, lo que supone un gran incentivo. El ganador es el que realiza la mejor acción, ya sea en solitario o en equipo. Esa actuación conjunta no difiere mucho de otras actividades en grupo: uno lleva la mayor parte de la carga y los laureles se reparten, rara vez por igual o en proporción al trabajo desempeñado, sino que se adjudican generalmente en función de la popularidad y de lo bien que se sepa vender cada individuo. No es el método mas justo pero sí el que mejor te abre los ojos a cómo funciona el mundo. Tampoco fomenta la humildad de entrada pero sí que se aprende a reconocer las cosas bien hechas y a sentirse orgulloso de ellas, por sí mismas, y de ese modo se refuerza el anhelo de convertirse en mejor persona. Afianzar esta aspiración es fundamental. Se madura sobre una buena base y, a la larga, todo llegará, incluso la modestia, en algunos casos contados.

Pese a contar con semejante lema, los Scouts son niños y no ángeles. Sin supervisión adulta, rara vez los jefes absolutos tienen más de 20 años, se forman pandillas, surgen divisiones según afinidades, piques, rencillas y envidias menos sanas de lo que sería deseable. No obstante también hay disciplina, tareas que precisan de la colaboración de todos y que obligan a dejar atrás cuestiones personales. Poco a poco se aprende a convivir, a verse en los ojos de otros, a soportarse a pesar del cansancio y las incomodidades. Se viven éxitos y frustraciones y se adquiere independencia. Cuando uno se harta de sus compañeros opta por ir por libre, gana seguridad, aprende a ser uno mismo y a estar satisfecho con ello, a no guiarse por la opinión de otros sin antes sopesar la propia. No hay que olvidar que también se descubre que dormir en el suelo de una tienda de campaña, con una letrina por baño, excavada al otro lado del río, es algo a evitar per secula seculorum.

jueves, 19 de junio de 2014

Misiones

Las misiones del campamento scout se realizaban por equipos. Consistían en recorrer kilómetros de caminos a pie, de un pueblo a otro, con la ayuda de un mapa. La mejor descripción que se me ocurre es agotadoras, cada etapa transcurría del amanecer al ocaso y contaba con muchos kilómetros, o al menos eso nos parecían, el día que más hicimos fueron 33 y no he olvidado ninguno de ellos. Por muy cansado o enfermo que se estuviese, por mucho calor que hiciese bajo el sol, a pesar del escozor de las ampollas de los pies y del dolor de espalda por cargar a cuestas la mochila, con lo estrictamente imprescindible, no se podía flaquear ni, por supuesto, hacer autoestop. Si te descubrían cometiendo algún tipo de infracción suponía todo un deshonor, y el honor de los scouts no es ninguna tontería.

No llevábamos tiendas, nadie estaba dispuesto a cargar con su peso, dormíamos al raso. Una noche nos dejaron alojarnos en una suerte de pajar en cuyo interior había más bichos que en pleno campo. Al parecer los animalillos también valoraban el hecho de contar con un techo sobre sus cabezas. Después de treinta kilómetros cualquier sitio es bueno para dormir así que no nos importó. Además de los sacos y los aislantes llevábamos algo de agua, latas de comida (nuestra dieta se restringió a lentejas Litoral frías, el hornillo también fue descartado en la selección de pertrechos) y un par de mudas. Aún así el equipaje se hacía pesado, mi mochila era "vintage", había pertenecido a mi padre en su adolescencia y la ergonomía y la ligereza de su armazón no se contaban entre sus virtudes.

En cada destino había que demostrar que habíamos alcanzado nuestro objetivo. Para ello era necesario cumplir una serie de misiones que lo probasen. Las había de dos tipos: ridículas, causantes de vergüenza propia y ajena, y discretas. Gracias a mi "habilidad" para dibujar, no me quiero ni imaginar las dotes de las demás, logré escaquearme de las primeras. Me encargué de las pruebas gráficas: en cada pueblo debía recoger en un cuaderno una serie de sus monumentos más representativos. Afortunadamente dibujar casas antiguas no es muy difícil y supongo que por eso me resultó tan sencillo engañar al resto y agenciarme esa tarea que, como requería su tiempo, me evitaba tener que protagonizar una función, cantada o bailada, en medio de la plaza del pueblo. Se precisaban testigos y, al final de la representación, el público tenía que firmar para refrendar la hazaña. No exagero: bailar una jota después de toda una jornada de caminata puede considerarse toda una hazaña. Los pies dentro de las chirucas no se mostraban precisamente encantados de verse obligados a dar saltos.

Sinceramente no creo que la imagen de los scouts saliese beneficiada tras aquellas visitas. Nuestro aspecto era deplorable: un grupo de adolescentes sucias, polvorientas, sin bañar ni perfumar, y sin aparente miedo al ridículo. Estoy convencida de que no causamos una impresión favorable en ningún lado.

viernes, 30 de mayo de 2014

Campamento scout

Después del campamento scout de verano concluí que las tiendas de campaña no están hechas para mí. Una cama y un baño no tienen precio.

Fueron dos semanas al lado del río Arlanza, en la provincia de Burgos. Sólo contábamos con la tienda de campaña, a compartir entre ocho, los sacos de dormir, varias cuerdas y el río. El resto era cuestión de recursos naturales, ingenio y muchos nudos. El primer día había que montar el campamento, lo que incluía construir el mobiliario: una mesa, unos bancos a los lados, una suerte de despensa colgada de un árbol y hasta un hornillo de piedra y barro. La mesa se componía de ramas rectas de buen tamaño, limpias y anudadas por medio de amarres cuadrados. Los bancos iban a los lados. La estantería se sujetaba por un amarre redondo y para el horno construimos una estructura en forma de colmena con paredes hechas de piedras enormes, y pesadísimas. Fue agotador.

Si alguien ha compartido una tienda entre ocho, y especialmente si le ha tocado dormir encogido en el ábside, comprenderá que la idea de repetir la experiencia a lo largo de dos semanas no resulte nada seductora. Tumbarse al raso, bajo los árboles y las estrellas, en medio del silencio, demostró ser una alternativa mucho más placentera, a pesar de que nos encontrábamos en la fresca provincia de Burgos al lado de un río. Se descansaba tan bien que la noche que me tocó guardia, después de hacer la ronda me senté en mi saco y me olvidé de avisar al siguiente turno. Nadie lo lamentó, a partir de ese día se suspendieron las guardias. Lástima que en el hospi no suceda lo mismo.

No había baños. Al otro lado del río, lo que requería vadearlo, y retirado del campamento, se excavó un hoyo con ese fin. Al rededor se clavaron unos maderos al borde para que la víctima se agarrase a ellos y con la sujeción evitar accidentes (mejor ni imaginarse semejante coyuntura). La privacidad era mérito de la lona que rodeaba el excusado. En fin, no voy a narrar nada más de aquello porque prefiero no recordarlo.

Cuando Baden Powell creó los scouts lo hizo con la idea de iniciar a los chiquillos en un entrenamiento militar, y doy fe de que su espíritu sigue vivo. Empezamos las marchas con una pequeña salida a Covarrubias, visitamos su preciosa plaza y su magnífica Colegiata. La excursión, de 10 km (y otros tantos de vuelta), mereció la pena. Claro que ese era sólo el plan para abrir boca.

En la segunda excursión, más larga y haciendo noche, escarmenté. Aprendí unas cuantas lecciones. La fundamental: llevar lo mínimo en la mochila, nada de "por si acasos". Fue ahí donde cogí el hábito de hacer maletas para las vacaciones con lo imprescindible, una habilidad de lo más útil que estrené en las misiones: caminatas de varios días de duración, a lo largo y ancho de la región, durante las cuales había que llevar a cabo algún tipo de empresa. Dada la longitud de este post tendré que hablar de ellas en otra ocasión.

lunes, 19 de mayo de 2014

Acampada scout

Aunque había ido de campamento, lo había hecho con la parroquia de Valladolid y la acampada consistía en instalarnos durante 2 semanas en un colegio de maristas. Las habitaciones eran enormes, con camas, literas y triliteras. Disponíamos de piscina, campo de fútbol, balonmano, comedor, cocina, baños y otros lujos asiáticos que hacían la estancia más fácil. Las marchas consistían en recorrer una distancia limitada, sin hazañas ni destrozarse los pies, bastaba con llevar agua.

Mi primera experiencia de acampada en tiendas de campaña fue gracias a los scouts de Madrid, aunque no sé si es algo que habría agradecido no experimentar jamás. Sin duda resultó inolvidable: nos fuimos a la sierra en pleno invierno. Además de la mochila, equipada para todo el fin de semana, con su aislante y su saco de dormir, teníamos que cargar con la comida y la tienda. La tienda era un amasijo de lonas, cuerdas y hierros que pesaba un quintal y que luego había que montar, una tarea nada agradecida que nos obligaba a tirar, tensar y meternos dentro para colocar los ejes. Cada entrada y salida implicaba limpiar el sueño con paños de papel higiénico. En teoría las tiendas tenían cabida para 8 personas, eso sí, como piojos en costura. Dada la temperatura exterior nocturna, que alcanzó los 10 bajo cero, se agradeció el apiñamiento, aunque supusiera no moverse so pena de clavarse los codos y las rodillas de las de al lado, además de todas las piedras y demás irregularidades del suelo, de las que el aislante no protegía.

Al día siguiente amanecimos medio congelados, igual que el aceite con el que pretendíamos cocinar el desayuno. Casi lo agradecí. La noche anterior habíamos cenado deliciosas empanadillas rellenas de azúcar, al parecer uno de los grandes manjares de esas acampadas. A pesar del éxito del que gozaban, no se las recomiendo a nadie. Por si eso no bastara, había llovido. Lo de encender un fuego con la leña empapada, a pesar de conocer todas las técnicas para hacerlo sin cerillas, era impensable. La mayoría de los excursionistas nos levantamos con tos y algunos hasta con fiebre. Nuestro botiquín consistía en vendas, tiritas y alcohol, no disponíamos de otros tratamientos, y dadas las condiciones incluso eso sobraba. No se necesitaba frío local para bajar la inflamación de las articulaciones, bastaba con exponer el miembro al aire ambiente. Las friegas de alcohol para la fiebre empezaban a surtir efecto desde el momento de descubrir la espalda.

La mañana consistió en limpiar y recoger. No sé la cantidad de rollos de papel higiénico que pudimos restregar sobre el suelo de cada tienda hasta retirar todo el barro, lo que sí sé es que es una técnica de limpieza agotadora. Una vez todo empaquetado, iniciamos el regreso. Si la ida nos había parecido mala, la vuelta fue un infierno: cuesta abajo, con llovizna, por caminos mojados, agotados, enfermos e igualmente cargados.

Después de pasar por aquel trance lo lógico habría sido no desear repetir. Hermanísima, poco dispuesta a sufrir, se escabulló del campamento de verano. Sin embargo yo me pasé allí dos semanas gloriosas que ya contaré en otro post.

martes, 13 de mayo de 2014

El Poniente

Desde la ventana de nuestro dormitorio vallisoletano veíamos la iglesia gótica de San Benito el Real y el Mercado del Val. Era una vista preciosa que, en aquella época, no valorábamos como se merecía. La iglesia la teníamos catalogada de aburrida, sus misas eran interminables, preferíamos mil veces la de San Miguel, donde íbamos a catequesis precomunión. El Mercado era un edificio de arcos de hierro cuyo interior olía a pescado y cuyo suelo estaba siempre mojado. No era un lugar atrayente. Ni siquiera aunque llevase puestas las botas de agua se me ocurría meterme en sus charcos, sino que los esquivaba y caminaba de puntillas entre ellos para evitar cualquier salpicadura. El  mejor puesto era el que había en el exterior, al lado de la puerta, en el cual nos gastábamos la paga del domingo. Vendían encurtidos y nuestros favoritos eran sus cebollas en vinagre, del tamaño de uno de nuestros puños.

Al salir del portal hacia la izquierda, tras doblar la esquina y cruzar la calle, llegábamos al parque del Poniente. Allí nos bajábamos los fines de semana, y también algunas tardes, a jugar con las amiguitas, nuestras vecinas de enfrente. Si hacía mal tiempo las puertas de ambas casas se abrían y saltábamos de una a otra sin remilgos. Con ellas las horas transcurrían en un santiamén. Por aquel entonces eramos tan pequeñas que todo nos parecía enorme, más tarde he descubierto que aquella percepción no se ajustaba a la realidad y que nuestro lugar de juegos apenas era más grande que una plaza o un jardín pero, aún así, en mis recuerdos conserva el tamaño de mi ilusión de infancia.

El jardín contaba con dos zonas de columpios separadas por una explanada de hormigón en la que se celebraban partidos de minifutbol. En medio de aquel campo improvisado estaba la fuente en la que saciábamos nuestra sed, aunque convenía beber con escudo para evitar ser víctima de un balonazo (ningún equipo paraba el juego porque una chica quisiera beber, la caballerosidad no caracterizaba a aquellos equipos). La parte más cercana a la entrada la reservábamos para críos con sus madres, para nuestro gusto, estaba demasiado concurrida. Solíamos estar por allí de paso, cuando la atravesábamos a plena carrera durante nuestros juegos: el escondite, policías y ladrones, la guerra de pandillas (contra los chicos del fútbol) o, si acaso nos daba por serenarnos, nos instalábamos en un rincón para saltar a la goma.

Para dedicarnos a nuestra diversión más habitual, escalar y hacer el cafre, nos íbamos al recinto más alejado. Recuerdo una plataforma que giraba a toda velocidad alrededor de un eje central tras impulsarla a la carrera. Subirse a ella tenía su ciencia, además de poner a prueba el sistema vestibular de cualquiera (sin duda el nuestro funcionaba de maravilla). Nos encantaba el tobogán, era tan alto que se quebraba a la mitad (detalle que seguro que nuestros padres agradecían pero que nosotros no, nos fastidiaba infinito frenar a medio camino). Por supuesto no se subía por la escalera sino a gatas por la rampa. Lanzarse sentado no tenía alicientes salvo que se hiciese sin manos. Deslizarse tumbado, cabeza arriba o cabeza abajo (versión Superman) daba más miedo, entrañaba más riesgo y, lógicamente, despertaba mucho más interés. Afortunadamente el tobogán terminaba a ras del suelo, en un hoyo lleno de arena que amortiguó más de un golpe. Aún hoy opino que aquel era el tobogán perfecto: no apto para cobardes. Su altura imponía y tirarse por él requería cierto grado de valor. No obstante, estaba tan bien diseñado que nunca nos hicimos daño.

viernes, 2 de mayo de 2014

En el chalet

Los veranos en el chalet eran desayunos casi al alba con el sabor dulce de la leche condensada. Levantarse los domingos y meterse en la cama con la abuela para montar tiendas de campaña bajo las sábanas. Bañarse en la espuma de un gel color rosa. Hacer la cama y estirar tanto la colcha que rodase una pelota. Sufrir lecciones por la mañana, con cuadernos de verano, lecturas obligatorias, dictados, ortografía y planas. Era cultivar la huerta, el orgullo de mi abuelo, y contemplarle entre las matas con su gorro de paja, su bañador azul de rayas y sus alpargatas. Tender la ropa fuera, sobre una cuerda extendida bajo las nubes más altas. Montar en bicicleta y experimentar el vértigo desbocado de volar, cuesta abajo, por pendientes empinadas de montaña. Tirarse a la piscina, entre acrobacias, subir a la piragua y ver al abuelo disfrutar, largo tras largo, dentro del agua mientras la abuela, enfundada en su bañador verde, nadaba ladeada. La llegada de mis tíos en moto, saltando por las rampas como locos, y querer ir tras ellos de mochila, agarrados a su espalda, y dar botes sobre el sillín. Era mi abuela escandalizada si nos pillaba.

Eran horarios de comidas una hora antes que en la granja y con digestiones una hora más largas. Preparar gazpacho en cuencos de barro. Pasar siestas en penumbra, despiertos en el salón, delante del televisor sobre sillas que se pegaban a la piel incluso a través de la ropa. Salir al calor del sol y reírnos al oír los ronquidos del abuelo a través de la ventana. Entrar en el piso de abajo fresco y casi desierto con una diana sin dardos y una bombilla roja de aviso en la habitación oscura del padrino. Descubrir los líquidos de revelado y la magia de las imágenes que surgían sobre el papel fotográfico. Pasear entre encinas viejas y abedules jóvenes y sentarse bajo el madroño. Acercarse a la valla rodeada de chumberas. Oler el aroma de los arbustos de rosas y el frescor de las hojas del eucalipto oculto en un lateral. Correr y resbalar por caminos de tierra y esperar y desesperar a que llegase la hora de bañarse, otra vez, en la piscina. Leer libros clásicos de una colección encuadernada en color vino o escuchar las historias conocidas, y mil veces repetidas, de una juventud, que nos sonaba lejana, hecha de pretendientes, amigas, hermanos, travesuras, colegio, trabajo y guerra. Cortar muñecas de papel y vestidos con pestañas. Aprender a coser, a tejer, a hacer alfombras y crochet. Jugar a las cartas y también al dominó. Era una eternidad de tres horas hasta bañarse, ¡por fin!, justo antes del atardecer.

Eran sombras largas y horizontes de sol al ponerse tras las montañas. Soñar con perseguir la estrella para encontrar su refugio en la sierra. Regar con el sonido de la manguera sobre los lirios violetas de la escalera y el olor a tierra mojada en las baldosas de grava, el fucsia de los dondiegos al abrise de noche y anocheceres en la medialuz del porche con cenas bajo el farol. Cenar tortilla francesa y ensalada de tomates recién cogidos de la rama. Terminar con leche merengada helada, yogures de yogurtera y postres de Alsa. Oír niños a acostarse, al cine de las sábanas blancas, mientras los mayores cenan. Eran literas, trepar a la de arriba y dormir bajo el runrún cansino de las chicharras que entraba por la ventana.

miércoles, 30 de abril de 2014

Lejos de la abuela (por hermanísima)

Mis hermanas están lejos y eso es duro, especialmente ahora. La entrada de hoy es la despedida a mi abuela de hermanísima. 

No puedo dormir. La lejanía es la peor de las enfermedades. Quisiera estar allí con todos, quisiera verla por última vez, quisiera que no se hubiera ido, que me hubiera esperado un poquito más para poderle dar un beso de despedida. Es mi abuela y la quiero. Es muy duro, natural pero duro.

Voy a dejar paso sólo a los recuerdos, mi naturaleza hace que unicamente guarde buenos recuerdos de las personas a las que quiero, los malos los voy olvidando, no se estancan ni se enquistan, simplemente se van. A veces creo que ese es el secreto para ser feliz. Recuerdo la casa de Galileo con su interminable pasillo, recuerdo las muñecas de papel que nos recortaba, la ropa que le hacía a mi muñeco, los flanes, la leche frita, su porte, su risa, su agudeza. Me encantaba ver los álbumes de fotos en los que se la veía siempre tan guapa, con esa sonrisa, con esa piel tan bonita y esa ropa tan distinta a la de la moda actual, con mi abuelo, con sus amigas; en Madrid, en el chalet, con sus hijos, con sus nietos ¡Cuántos recuerdos congelados!

Mi abuela era muy peculiar, tenía un sentido de la vida personal, con muy pocos grises. Las cosas o estaban bien o mal, me resulta dificilísimo ver el mundo así pero reconozco que es muy útil y ella en su cabeza tenía una claridad que no creo que nuestra generación pueda conseguir jamás. Hay un escritor que dice algo así como que las personas no terminan de desarrollarse como personas si no han vivido alguna guerra, ella la vivió y eso la marcó pero también la hizo fuerte, con una resistencia inaudita que ha demostrado a lo largo de estos últimos meses.

Mi abuelo la adoraba, besaba por donde ella pisaba. Él no habría podido vivir sin ella pero ella tampoco era la misma sin él. Mi tío Luis ha sido su gran acompañante, mi hermana Sol, la nietísima. Ha pasado este último mes con sus hijos a los que siempre ha adorado, con la mayoría de mis primos, y con muchas personas que la querían de verdad, otros la hemos tenido presente en nuestros recuerdos, en nuestros pensamientos y en nuestras oraciones Ha habido muchas personas que han estado con ella en estos últimos meses, personas que la quieren y que la recordarán.

Hasta luego abuela. Hasta siempre.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Deportes infantiles de riesgo

Mi madre dice que era una niña muy tranquila que se entretenía con cualquier cosa. Me concentraba en mis juguetes, o mis lápices, tan abstraída que no se me ocurría montar bulla. Mientras tanto la Señora aprovechaba el tiempo para leer y trabajar. Hermanísima se portó bien los primeros meses, hasta que empezó a moverse. A partir de ahí, se acabó la paz del hogar. Mis padres creen que fue su vida la que se vio más afectada por la inquietud de su hija pero la realidad es que fue a mí a quien más le afectó su intromisión. La soportaba en casa, en la guardería y no sólo compartíamos padres y niñera sino también habitación. La lectura se convirtió en mi refugio e intento recordar qué otras cosas hacía antes de aprender a leer.

Sé que me encantaba la pintura de dedo de la guardería, sin embargo estoy segura de que en casa no practicaba esa técnica. Por mucho que me gustara, mis padres no tenían ningunas ganas de fomentar un tipo de arte que implicara aplicar los colores con las manos embadurnadas en ellos. No creo que confiasen en que limitase mi lienzo al papel sino que se temían, y no sin motivo, que mi entusiasmo me llevase a decorar también parte de la casa (y quien sabe si a hermanísima). Sin embargo la idea de realizar frescos en las paredes no se me ocurrió hasta que aprendí a leer. Zipi y Zape fueron los responsables de mi fechoría artística a los 6 años. Razoné que, si ellos lo hacían en sus viñetas y se divertían, esa actividad debía de tener algo que se escapaba a mi imaginación (no veía qué diferencia podía existir entre el papel y la pared). Decidí hacer el experimento pero claramente algo no estaba bien explicado en el tebeo porque mi resultado no fue divertido (además mi padre siempre me alcanzaba cuando me perseguía armado con la zapatilla, no como D. Pantuflo que, evidentemente, no estaba tan en forma).

No tuve apoyo en mi vocación artística así que probé otras actividades. Fuera de casa la supervisión se relajaba, lo que me permitió intentar cosas con cierto peligro para la integridad física. Trepar por las barras de columpios con forma de arco era algo que podía hacerse con éxito con tres años, no así lo de probar a colgarse, de esa parte sólo recuerdo que, tras hacer acopio de valor para lanzarme al vacío, resbalé y me golpeé, primero con el armazón de hierro y luego con el suelo. Me dolió pero no me desanimé. Las siguientes veces me fijé mejor en la técnica, me agarré bien y lo repetí con la precaución que da el miedo.

Las alturas siempre han estado llenas de alicientes: cuanto más empinado el tobogán o más se elevase el columpio, el límite lo marcaba el temblor de las cadenas, más se disfrutaba de la sensación de vértigo. Otro reto era saltar el máximo número de escalones: cuatro era siempre asequible y cinco sólo a veces. No se trataba de hacer el kamikaze, había que aterrizar bien, desde el anterior, antes de pasar al siguiente. Una de sus grandes ventajas es que era un juego muy socorrido porque escaleras había casi en cualquier sitio.

Sinceramente no comprendo como los niños de ahora no se aburren mortalmente en los parques actuales en los que se han sustituido los columpios por dispositivos de seguridad ¿Dónde ha quedado la emoción del riesgo, las orgullosas cicatrices de guerra que probaban la consecución de la hazaña? Ya no está bien visto comparar el tamaño de los moratones, el número de puntos de las brechas, ni lucir rasponazos en rodillas y codos. Antiguamente una escayola, sobre la que firmar, era lo más.