lunes, 27 de octubre de 2014

Doña Luz

How many of you have had a teacher at any level of your education who made you more excited to be alive, prouder to be alive, than you had previously believed possible? Kurt Vonnegut

Recuerdo con cariño, y mucha nostalgia, los cuatro años de Valladolid: la casa, el parque, las amiguitas de enfrente, Manoli, el camino bajo los soportales de las calles y de la plaza Mayor y la escuela. Dejar aquello y mudarnos a Madrid nos supuso todo un trauma, que se agudizó tras la violenta acogida por parte de nuestros nuevos vecinos de la "urba". También nos afectó el cambio de colegio, cuya dinámica poco tenía que ver con la que estábamos acostumbradas. Al menos las compañeras sí que nos recibieron con los brazos abiertos.

Cuando tengo que pensar en una maestra llena de virtudes, pienso en Doña Luz. Me considero afortunada por haber disfrutado de las enseñanzas y del cariño de muchos de mis profesores. Sin embargo ser valorada por los maestros suele estar reñido con la popularidad estudiantil. A mi favor estaba el hecho de vivir en mi mundo y el de ser muy, muy despistada, lo que me evitaba enterarme de comentarios y me ahorraba disgustos. Lo cierto es que no me interesaba demasiado la opinión de todo el mundo, sólo la de la gente a la que apreciaba. Incluso rodeada de todo ese afecto docente, mi modelo de perfección era Doña Luz.

Me gustaba el colegio, quizá haya quien me considere por ello un bicho raro pero no era el único caso. Supongo que parte del motivo es que el colegio de Valladolid era un lugar especial. Recuerdo todos los años como buenos, desde mi entrada en 2º, curso en el que llegué nueva a una clase en la que todas se conocían desde párvulos y en la que me integré sin problemas, o eso creo, y los 4 años que transcurrieron allí hasta que nos mudamos a Madrid al terminar 5º. Hermanísima corrió peor suerte con sus profesoras. El primer curso gozó de la docencia de "la guapa", una profesora interina que al final de la primera semana había cambiado de sobrenombre y hasta había dejado de resultar atractiva para convertirse en "la bruja del lunar azul". No es que hermanísima fuese una víctima inocente del rigor pedagógico, la disciplina nunca ha sido su punto fuerte y era fácil encontrársela en el pasillo, castigada, de forma regular. Nadie comprendía que al entrar en clase la chiquilla aún no había soltado su extraordinaria tasa de palabras diarias y que la pobre criatura necesitaba desfogarse para no explotar. Las cosas no mejoraron para ella cuando en los siguientes cursos se encontró con una tutora que resultó ser una bruja casi de verdad, por años y por aspecto. A la mujer no se le ocurrió un plan mejor para controlar a sus infantes los viernes por la tarde que ponerles a rezar el Via Crucis. Tanto hermanísima como su amiga del alma terminaban las oraciones semanales camino del despacho de la directora.

Mi experiencia fue diferente. En mi clase éramos varias, y no todas con fama de empollonas, las que nos despedíamos con tristeza al llegar las vacaciones, conscientes de que echaríamos de menos la escuela. Me costaba separarme de mis amigas, pero también de mis profesoras, y esperaba impaciente que llegase Septiembre para empezar un nuevo curso. Durante las vacaciones mi impaciencia disminuía algo, aunque siempre me hacía ilusión volver.

Doña Luz, además de mi profesora durante 5º de EGB, el último curso que estudié en Valladolid, era la madre de mi mejor amiga. Madre e hija gozaban de popularidad en todo el colegio. Dª Luz era guapa, dulce, nunca se alteraba y se mostraba paciente y encantadora con todo el mundo. Su interés en nuestra educación iba más allá del programa escolar: pretendía convertirnos en buenas personas, que aprendiésemos a pensar y a relacionar temas de distintas materias de manera que consiguiésemos extraer conclusiones de la relación. Suena complicado pero con ella no lo era, al contrario, con ese método captaba nuestra atención y economizábamos esfuerzo y trabajo, a pesar de ir más allá en el temario. Me di cuenta de todo lo que había aprendido con ella cuando descubrí lo que era vivir de las rentas durante los cursos posteriores.

5 comentarios:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Sol, buenos días; no es frecuente, pero, a veces, los nombres de la personas son ilustrativos de su condición, y éste es uno de esos contados casos. Curioso...

Un abrazo y buena semana.

Carmen dijo...

Una de las razones por las que decidí dedicarme a la docencia fue el gran número de horribles profesores españoles que padecí en el cole. Las profes de inglés que tenía eran divertidas, modernas, llevaban ropa chula y nos trataban con cariño.
Todavía hoy me cuesta entender que se permitiera que todas esas solteronas frustradas, descendientes directas de los fariseos y con un armario ropero más aburrido que las ovejas que contaba por la noche, se dedicaran a darnos clase: sin música, sin color, sin alegría, sin empatía y con mucha corrección en rojo ¡Qué horror!
En el instituto cambió mi suerte y la mayoría de mis profes me encantaban. Tengo que citar a Mª José Zapatero, a Lita, a mi madre y a Rosa Córdoba entre mis favoritas. También tuve algún impresentable pero la mayoría de mis profes de esta época fueron otra cosa.
Al llegar a la Facultad de Magisterio (no sin antes llevar a mi padre al borde del infarto por semejante decisión), recuerdo que mi profesora de lingüística nos pregunto que por qué habíamos elegido esa carrera. Ni corta ni perezosa yo le dije: "Para cambiar el mundo". Lo dije con toda mi intención, tenía muy claro que el mundo de la educación debía dar un giro de 180 grados y es algo que intento que no se me olvide ningún día. Después de 20 cursos de docencia, creo que algo he cambiado y que al menos muchos de mis alumnos escribirán algún día algo recordándome con cariño. Para un maestro creo que no hay mejor recompensa.

el tito Paco dijo...

Son interesantes las reflexiones de hermanísima (y las de Grumpy, en la línea que me gusta). Cuando nos preguntamos por qué hemos elegido la profesión docente, siempre se nos ocurren varias respuestas falsas y nos ocultamos las verdaderas. Como don Quijote experimentó, cambiar el mundo es una empresa de lo más complicado. Quizás sea bueno por ello recordar un extraordinario poema de otro profesor, catedrático de instituto en este caso, Gerardo Diego:
A mis amigos de Santander que festejaron mi nombramiento profesional.

Debiera hora deciros: —«Amigos,
muchas gracias», y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío,
y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu,
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y porque este mi discípulo,
que inmortalice mi nombre y mi apellido,
... sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos.

Yo misma dijo...

Me encanta el post. Es una maravilla lo que l@s buenos profesor@s consiguen: te ayudan a descubrir talentos que tienes, te despiertan la curiosidad, te enseñan a persistir... increíble cómo mantienen la pasión en su/s asignatura/s, en clases llenas de personas tan diferentes. Yo recuerdo con mucho cariño a algun@s a l@s que sigo teniendo admiración, y sin que fueran precisamente de l@s poco exigentes.
Es bonito no olvidar. Así que gracias por este momento de memorias. Besos

Elvis dijo...

Recuerdo con muchísimo cariño a la mayoría de mis profesores del colegio, algunos por su trato personal más que por sus clases, que si venían de la rama científica no solían ser de mi interés, y otros exclusivamente en el aula. Recuerdo incluso a la señorita María de las Escuelas Bosque, aunque muy vagamente, pero con mucho cariño, y por todo lo contrario a las monjas de la guardería y las clases de natación.