Siempre ha existido gente tóxica, individuos inaguantables a los que les corroe la envidia y que consideran que su misión en la vida es señalar a los demás sus defectos y hacerle la vida imposible al que se le acerque, ya sea porque no le quede más remedio (familiares con infinita paciencia o profesionales que tratan de hacer bien su trabajo) o porque el que solo busca ser amable descubra tarde su error y no le dé tiempo a escapar.
Normalmente estos individuos terminaban aislados, las críticas y la hipocresía no son valores que la gente admire, aunque lo sorprendente es que muchos famosos de medio pelo viven de eso, de su falta de escrúpulos y de su mala educación, algo que no comprendo. La televisión empezó dándoles alas a muchos y las redes sociales se han encargado del resto, de esos ciudadanos de a pie a los que nadie les importaba que existieran y que han visto en la posibilidad de comentar publicaciones (desde el periódico a youtube) la puerta abierta a la fama y al reconocimiento a sus opiniones. Más de un psiquiatra podría hacer su tesis doctoral con los comentarios del País, ni siquiera entre los pacientes hospitalizados en su servicio van a encontrar una muestra tan amplia de enfermos mentales.
Es una pena que a la mayoría se les siga el juego. Es lo que buscan, hacer un comentario dañino y encontrar respuesta, no les importa si positiva o negativa, de hecho si es negativa y azuza la polémica, mejor que mejor. No hay que erigirse en paladín de la justicia con gente así, es perder el tiempo. Soy de la opinión que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. En la consulta he aprendido que no estoy ahí para discutir, aunque en ocasiones es inevitable porque deshacerse de algunos individuos no es fácil. Una de las mejores enseñanzas de mi abuelo materno es que para decir algo desagradable, es mejor callarse, sobre todo si tu opinión no va a mejorar las cosas (esa segunda parte es un añadido mío, supongo que para justificar la impulsividad que a veces me hace actuar como abogado de pleitos pobres y sin futuro, aunque la experiencia me ha enseñado a escoger mejor las batallas).
Con el tiempo uno gana seguridad en sí mismo y actúa según cree que debe hacerlo, la influencia externa es cada vez menor, así como el compararse con el resto, lo que haga cada uno es cuestión suya (con el matiz de que no haga daño a nada ni a nadie). La realidad es que la tercera ley de Newton de acción y reacción es universal, todo acto repercute en los demás, lo mejor es que esa repercusión sea positiva y no permitir que lo negativo te amargue, siempre hay algo bueno en lo que fijarse.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
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sábado, 20 de mayo de 2017
martes, 25 de agosto de 2015
Bizcocho de yogur
Tengo debilidad por los bizcochos, no sé si de nacimiento o como secuela de las visitas a Canena de mi infancia, donde las chachas sacaban bandejas de lo que ellas llamaban magdalena, una plancha de bizcocho de aceite, para agasajar a las visitas. Estaba tan rico que, cinco casas después, con sus correspondientes trozos de bizcocho, seguía sin poner ningún reparo a cumplir con las normas de educación y me tomaba mi trozo de magdalena correspondiente. Si de regreso a la Granja la abuela había preparado la cena, y especialmente cuando se trataba de filetes rusos, también le hacía los honores. Por aquel entonces era una preadolescente y en esa época era capaz de comerme una vaca y rebañar los cuernos.
¿Bizcocho? ¿Magdalena? En realidad no encuentro grandes diferencias entre ambos, salvo la cesta de papel y la presentación individual. Recuerdo que mi tía Lucky compraba unas magdalenas en la tienda de abajo. Venían en una bolsa transparente con letras azules y eran artesanas y locales, de unas monjas, y sabían tan deliciosas como el bizcocho canenero. Con esfuerzo limitaba mi dosis a cuatro unidades en el desayuno, eran magdalenas, no mojicones, aunque con gusto me habría tomado la bolsa entera. Mi sacrificio no servía de nada bajo el juicio implacable de la tita (sin)Virtudes que, con su bata negra y su gesto de amargura, me recordaba a un ave carroñera, siempre pendiente de lo que hacía y dejaba de hacer para fiscalizarlo, chivarse, quejarse y regañarme por ambas cosas. No es que tuviese su opinión demasiado en cuenta ya que la tita sin Virtudes criticaba hasta a mi perfecta tía Lucky y semejante falta de criterio la desacreditaba por completo ante mis ojos. Sin embargo tener a alguien que vigilaba cada uno de mis pasos, incluso en el baño, me resultaba enervante. Sé que no está bien criticar a los mayores, ni de niños ni después, pero cuando pienso en la Inquisición a la que sometía a todo el mundo aquella vieja imposible aún me enciendo. ¡Con qué gusto le habría preparado un chocolatillo! Por mucho que me esmere, no creo que nunca alcance el nivel de tolerancia de mis tíos.
En Canena el bizcocho no se hacía con yogur, esa variedad la descubrí después, cuando nos fuimos a vivir a Madrid. Lo preparaba una vecina y solía subirnos alguno a casa. Usaba yogures de sabores, prefería limón pero si lo que tenía era fresa también le valía (y a mí también). Es la misma receta que encontré en el blog de pasteles de colores. En el mismo blog descubrí una versión sin aceite, más ligera, que no conocía y que también transcribo.
BIZCOCHO DE YOGUR TRADICIONAL
INGREDIENTES
¿Bizcocho? ¿Magdalena? En realidad no encuentro grandes diferencias entre ambos, salvo la cesta de papel y la presentación individual. Recuerdo que mi tía Lucky compraba unas magdalenas en la tienda de abajo. Venían en una bolsa transparente con letras azules y eran artesanas y locales, de unas monjas, y sabían tan deliciosas como el bizcocho canenero. Con esfuerzo limitaba mi dosis a cuatro unidades en el desayuno, eran magdalenas, no mojicones, aunque con gusto me habría tomado la bolsa entera. Mi sacrificio no servía de nada bajo el juicio implacable de la tita (sin)Virtudes que, con su bata negra y su gesto de amargura, me recordaba a un ave carroñera, siempre pendiente de lo que hacía y dejaba de hacer para fiscalizarlo, chivarse, quejarse y regañarme por ambas cosas. No es que tuviese su opinión demasiado en cuenta ya que la tita sin Virtudes criticaba hasta a mi perfecta tía Lucky y semejante falta de criterio la desacreditaba por completo ante mis ojos. Sin embargo tener a alguien que vigilaba cada uno de mis pasos, incluso en el baño, me resultaba enervante. Sé que no está bien criticar a los mayores, ni de niños ni después, pero cuando pienso en la Inquisición a la que sometía a todo el mundo aquella vieja imposible aún me enciendo. ¡Con qué gusto le habría preparado un chocolatillo! Por mucho que me esmere, no creo que nunca alcance el nivel de tolerancia de mis tíos.
En Canena el bizcocho no se hacía con yogur, esa variedad la descubrí después, cuando nos fuimos a vivir a Madrid. Lo preparaba una vecina y solía subirnos alguno a casa. Usaba yogures de sabores, prefería limón pero si lo que tenía era fresa también le valía (y a mí también). Es la misma receta que encontré en el blog de pasteles de colores. En el mismo blog descubrí una versión sin aceite, más ligera, que no conocía y que también transcribo.
BIZCOCHO DE YOGUR TRADICIONAL
INGREDIENTES
1 yogur natural, griego o de sabores.
2 vasos de yogur de azúcar.
3 vasos de yogur de harina de repostería.
3 vasos de yogur de harina de repostería.
4 huevos.
½ vaso de yogur de aceite de oliva virgen extra.
Un sobre de levadura Royal.
Opcional: ralladura de naranja o limón, canela u otro aroma.
Opcional: ralladura de naranja o limón, canela u otro aroma.
PREPARACIÓN
Mezclar todos los ingredientes con una batidora de varillas.
Verter la mezcla en un molde untado de aceite o mantequilla y enharinado.
Meter en el horno precalentado a 180º, durante unos 25 minutos.
Comprobar si está hecho (pinchar el centro y comprobar que sale limpio) y enfriar sobre una rejilla.
BIZCOCHO DE YOGUR LIGERO, SIN ACEITE
INGREDIENTES
1 yogur
70 gr harina fina de repostería y 1 sobre de levadura Royal
4 huevos, separar yemas y claras
40 gr de azúcar
ELABORACIÓN
Mezclar el yogur con las yemas
Añadir la harina con la levadura. Tamizar para quitar grumos. Mezclar, no batir.
Montar las claras a punto de nieve con 3 gotas de vinagre.
Añadir el azúcar en forma de lluvia para que no se baje el merengue.
Mezclar el merengue, en 3 veces, con la mezcla de yemas, yogur y harina.
Poner la mezcla en el interior de un molde forrado con papel de horno, sin engrasar ni enharinar.
Cocer a horno precalentado a 160º, unos 70 minutos
Sacar del horno. Enfriar boca abajo sobre una rejilla para que el bizcocho se mantenga alto.
Desmoldar frío (pasar un cuchillo por los bordes para separarlo del molde)
BIZCOCHO DE YOGUR LIGERO, SIN ACEITE
INGREDIENTES
1 yogur
70 gr harina fina de repostería y 1 sobre de levadura Royal
4 huevos, separar yemas y claras
40 gr de azúcar
ELABORACIÓN
Mezclar el yogur con las yemas
Añadir la harina con la levadura. Tamizar para quitar grumos. Mezclar, no batir.
Montar las claras a punto de nieve con 3 gotas de vinagre.
Añadir el azúcar en forma de lluvia para que no se baje el merengue.
Mezclar el merengue, en 3 veces, con la mezcla de yemas, yogur y harina.
Poner la mezcla en el interior de un molde forrado con papel de horno, sin engrasar ni enharinar.
Cocer a horno precalentado a 160º, unos 70 minutos
Sacar del horno. Enfriar boca abajo sobre una rejilla para que el bizcocho se mantenga alto.
Desmoldar frío (pasar un cuchillo por los bordes para separarlo del molde)
sábado, 11 de julio de 2015
Éxitos y fracaso
The world is so strange that maybe it’s perfectly logical. Beth Lisick
En Medicina se pasa de la euforia a la frustración en el breve tiempo que dura la visita de un par de enfermos, el primero un éxito y el segundo un amargo fracaso, y ello a pesar de todo el esfuerzo y las buenas intenciones. A veces no se entiende el porqué y cuando eso sucede una se siente inútil e ignorante. Es inexplicable que un tratamiento, que le ha va bien a un grupo de enfermos con una determinada patología, no funcione en otros con síntomas similares y con los que comparten diagnóstico. En cirugía también hay casos igual de peliagudos. Es una cuestión de pundonor el esmerarse en hacer las cosas bien. Sin embargo, por mucho que se conozca la técnica y por mucha práctica que se tenga, a veces el asunto se complica y se sufre lo indecible. De todos modos no conviene olvidar una gran máxima quirúrgica: lo mejor es enemigo de lo bueno. Es cierto, un retoque final para perfeccionar un detalle suele derivar en la aparición de una complicación, generalmente en forma de sangrado. No se trata de dejar una chapuza pero cuando se llega al punto en el que todo está bien, como debe ser, hay que darlo por terminado, sin tocar más. A pesar de que salvar un escollo es una satisfacción siempre queda en el fondo un pequeño resquemor, el de que la operación no ha sido todo lo limpia y elegante que sería deseable, por eso, a pesar de la superación del reto, todo deja mejor sabor cuando sale bien de entrada y además permanece así.
Los pacientes descontentos resultan agotadores y son mucho más difíciles de tratar. Algunos pierden fe en tus capacidades y recuperar su confianza no siempre es posible. Hay quienes se vuelven exigentes y demandan una solución, ¡cómo si fuese tan sencillo! Otros te someten a un verdadero examen en la consulta, incluso sin conocerte, desde la primera vez, y no lo hacen en un tono interesado, en busca de información, sino de una manera agresiva con la que parece que deseasen pillarte en un renuncio. Muchas veces no es el enfermo sino el familiar el que enrarece el ambiente. ¿No se da cuenta de que la tensión que generan no beneficia en nada a su acompañante? Supongo que no, que son individuos agresivos con un complejo de superioridad bien arraigado y habituados a comportarse así. El problema es que establecer una relación con el paciente se vuelve harto difícil. Hay situaciones en las que hay que aguantarse la crispación y las ganas de replicar, es más práctico callarse, aunque a nadie se le pase por alto que estás apretando los dientes para no saltarle a nadie a la yugular. Si les pides pruebas y revisión es por necesidad, porque en realidad lo que deseas es no volverles a ver jamás. Son vampiros de energía, que te dejan hecha un trapo, y ese es un estado deplorable para lidiar con el siguiente enfermo. Sin embargo en la consulta hay que seguir, no se permiten respiros, solo suspiros (sin testigos) y, si acaso, un par de respiraciones.
Cuando las cosas no funcionan hay que aprender a sobrellevar el fracaso sin rendirse, algo que por desgracia solo se consigue a base de experiencia. Nunca hay que tirar la toalla sino pensar que hay una solución mejor y romperse la cabeza con la esperanza de, en algún momento, hallar el remedio. A veces el único alivio que se puede ofrecer es escuchar al paciente, sin más, que sienta que cuenta con tu apoyo aunque eso no vaya a curarle. Sin embargo esta táctica sólo es factible con los enfermos que aún confían en ti y cuyo ambiente no se ha visto enrarecido por el escepticismo y la influencia de algún ser tan inaguantable como infalible.
Ilustraciones de Don Shank.
En Medicina se pasa de la euforia a la frustración en el breve tiempo que dura la visita de un par de enfermos, el primero un éxito y el segundo un amargo fracaso, y ello a pesar de todo el esfuerzo y las buenas intenciones. A veces no se entiende el porqué y cuando eso sucede una se siente inútil e ignorante. Es inexplicable que un tratamiento, que le ha va bien a un grupo de enfermos con una determinada patología, no funcione en otros con síntomas similares y con los que comparten diagnóstico. En cirugía también hay casos igual de peliagudos. Es una cuestión de pundonor el esmerarse en hacer las cosas bien. Sin embargo, por mucho que se conozca la técnica y por mucha práctica que se tenga, a veces el asunto se complica y se sufre lo indecible. De todos modos no conviene olvidar una gran máxima quirúrgica: lo mejor es enemigo de lo bueno. Es cierto, un retoque final para perfeccionar un detalle suele derivar en la aparición de una complicación, generalmente en forma de sangrado. No se trata de dejar una chapuza pero cuando se llega al punto en el que todo está bien, como debe ser, hay que darlo por terminado, sin tocar más. A pesar de que salvar un escollo es una satisfacción siempre queda en el fondo un pequeño resquemor, el de que la operación no ha sido todo lo limpia y elegante que sería deseable, por eso, a pesar de la superación del reto, todo deja mejor sabor cuando sale bien de entrada y además permanece así.
Los pacientes descontentos resultan agotadores y son mucho más difíciles de tratar. Algunos pierden fe en tus capacidades y recuperar su confianza no siempre es posible. Hay quienes se vuelven exigentes y demandan una solución, ¡cómo si fuese tan sencillo! Otros te someten a un verdadero examen en la consulta, incluso sin conocerte, desde la primera vez, y no lo hacen en un tono interesado, en busca de información, sino de una manera agresiva con la que parece que deseasen pillarte en un renuncio. Muchas veces no es el enfermo sino el familiar el que enrarece el ambiente. ¿No se da cuenta de que la tensión que generan no beneficia en nada a su acompañante? Supongo que no, que son individuos agresivos con un complejo de superioridad bien arraigado y habituados a comportarse así. El problema es que establecer una relación con el paciente se vuelve harto difícil. Hay situaciones en las que hay que aguantarse la crispación y las ganas de replicar, es más práctico callarse, aunque a nadie se le pase por alto que estás apretando los dientes para no saltarle a nadie a la yugular. Si les pides pruebas y revisión es por necesidad, porque en realidad lo que deseas es no volverles a ver jamás. Son vampiros de energía, que te dejan hecha un trapo, y ese es un estado deplorable para lidiar con el siguiente enfermo. Sin embargo en la consulta hay que seguir, no se permiten respiros, solo suspiros (sin testigos) y, si acaso, un par de respiraciones.
Ilustraciones de Don Shank.
martes, 9 de junio de 2015
Mis libros en papel
No one can construct for you the bridge upon which precisely you must cross the stream of life, no one but you yourself alone. Friedrich Nietzsche
Me hacía ilusión tener mis libros en papel, aunque tras el chasco del rechazo de Paloma por las editoriales, a pesar del respaldo del acta del Lazarillo en la que constataba que era una de las dos obras finalistas, me desinflé un poco. Esperar y no recibir respuesta, o saber que ni siquiera se han molestado en leerse tu libro es a la vez desesperante y frustrante. Sin embargo hay que poner las cosas en perspectiva y no hacer un drama de lo que no lo es, el que algo haga ilusión no obliga al resto del mundo a satisfacer ese deseo y esperar que todo funcione al gusto de uno es infantil e inmaduro. Mis historias son cuentos, sí, pero sus protagonistas son positivos, tenaces y poseen empuje. Forman parte de mí y quiero que se sientan orgullosos de su autora, así que debía intentarlo de otro modo.
Leí hace poco en una reseña de un libro, en concreto El marciano de Andy Weir, que contaba que las editoriales apostaron por él a pesar de que el autor se había autopublicado. Según decían eso es algo que no les gusta. Me resultó irónico. La pregunta es ¿qué les gusta a las editoriales? Porque si no tienes un nombre o un avalista que lo tenga por ti, y no necesariamente de carácter literario, está claro que, de entrada, no te van ni a considerar. Si se fijaron en El marciano no fue por lo estupenda que es su historia, que lo es, sino porque previamente había logrado un éxito considerable de ventas y cuando lo que te preocupa es ganar dinero y alguien te enseña la gallina de los huevos de oro te lanzas a por ella, aunque provenga de una despreciable autopublicación. Una vez conseguida, su origen se convierte una fuente de publicidad, se vende el altruismo de la editorial que "a pesar de su dudosa procedencia" se ha interesado por la obra.
Al final, y en vista de que ningún cazatalentos me tenía en su punto de mira, me autopubliqué. Escogí Create Space de amazon tras un email que me enviaron después de poner Paloma en Kindle. Es fácil, aunque al principio no me lo pareció tanto, y los ejemplares salen a un precio muy razonable (mucho más baratos que con otras plataformas). Cometí muchos errores, se supone que ese es un método de aprendizaje, y he perdido la cuenta de las veces que he revisado el texto, la maquetación, la portada y el millón de detalles y pijadas que no sabes que existen hasta que te pones a ello. Les he dado más vueltas a mis historias que si las hubiese montado en un tiovivo y el resultado final es el que es no porque estén perfectas sino porque en algún momento hay que parar y ya no sé cómo mejorarlas, que seguro que es posible. Los comentarios de la gente que ha visto los libros encuadernados es que "han quedado muy bonitos", e incluso el catedrático ha pensado en publicar de este modo sus próximas obras. Los hay que, hasta que no los han visto físicamente, no se habían enterado de que los libros estaban disponibles en papel (de ahí el poner la foto y crear esta entrada) y al enterarse los han comprado. Se pueden conseguir por cualquier amazon y también directamente en la página de Create Space (aunque los gastos de envío para España son mayores porque los mandan desde los USA).
jueves, 4 de junio de 2015
Lista de espera
- ¿Y cuando me llamarán para operarme?
Esta es una de las preguntas más habituales de los pacientes tras indicarles una cirugía. Lo que no se esperan es la respuesta.
- En cuanto tenga el preoperatorio completo, apenas tenemos lista de espera.
Así es. En contra de lo que afirma la Consejería, que llama a todo el que ingresa en la lista de espera quirúrgica para proponerle la derivación a un centro concertado, y le amenaza si se niega, en mi servicio no tenemos lista de espera para las cirugías (la cuestión de la consulta es otro cantar).
- ¿Y me operará Ud?
Eso es algo que la Consejería aún no ha comprendido, que la relación médico-paciente es casi más importante que la que existe entre la enfermedad y su tratamiento. El enfermo llega al hospital asustado, teme oír una mala noticia, y que su doctor le inspire confianza le tranquiliza. Me indigna que un desaprensivo con poder, sin un buen motivo más que el interés económico, interfiera en esa relación y que, para colmo, lo haga con engaños y azuzando el miedo del pobre paciente.
Por regla general cada uno opera lo que ha indicado. La medicina no son matemáticas y no hay reglas exactas por lo que, en ocasiones, surgen discrepancias. Los casos problemáticos se discuten en sesión, en la que también se revisa la programación quirúrgica para evitar que algo se escape. Aún así, hay menos problemas si los pacientes no cambian de médico, uno no discute sus propias decisiones.
Soy consciente de que mis criterios son más quirúrgicos que los de mis compañeros. A consecuencia de ello, y aunque en conjunto no haya lista de espera en mi servicio, casi la mitad de la misma es mía. Al contrario de lo que cabría esperar muchos pacientes se sienten aliviados cuando les indico que hay que operar y, aunque resulte aún más sorprendente, las madres desesperadas de niños que no levantan cabeza son las más dispuestas. ¡Hasta se diría que les hace ilusión!
- ¿De verdad? - preguntan esperanzadas, supongo que para cerciorarse de que han oído bien.
- Creo que es lo mejor, el niño no está bien, está malo cada dos por tres y si, por lo que me cuenta, además no respira por la noche, no hay alternativa.
- Es que me habían dicho que aún era muy pequeño.
Ningún infante, desde el momento de su nacimiento, es demasiado pequeño como para permitirse el lujo de pasarse ratos sin aire.
- También hay que quitar las anginas -continúo.
- Pero... ¿no son defensas?
Ahí me toca explicarles que ese es un concepto erróneo y me sorprende que aún haya médicos que lo defiendan y lleven a gala su ignorancia. Desde el momento en que las amígdalas se convierten en un foco de infección, o provocan una obstrucción, su presencia deja de aportarle beneficios a su portador. La faringe es una capa de tejido linfoide, recubierto de mucosa, en cantidad suficiente como para suplir la función defensiva de unas amígdalas problemáticas.
Algunas madres no ven el momento de que su vástago pase por mis manos y se presentan regularmente en la puerta de la consulta para que no me olvide de ellas. Alguna hasta ha intentado sobornarme pero le hago ver que eso es algo que, dentro de la casta médica de este país, es una costumbre que no se estila, aunque visto el ejemplo de los políticos su acción no es de extrañar. Las más agobiadas me informan con puntualidad de las fechas en las que el chiquillo tiene todas las consultas del preoperatorio. No pueden ni imaginarse que su niño vaya a respirar, al fin, de manera continuada. Las pobres han olvidado lo que es una noche entera de sueño, algunas se pasan la noche de guardia junto a la cama de su bebé. Los padres, más pragmáticos, me muestran una grabación del angelito dormido para ratificar su declaración. La pobre criatura ruge como un demonio.La relación médico-paciente no termina tras la cirugía y la revisión de turno, sino que se extiende. Tras el primero llegan los demás hijos, los hermanos suelen compartir rasgos entre sí que los hacen susceptibles a las mismas patologías. Mayores, pequeños... da igual, una vez vistos los resultados, los padres citan al resto de su progenie. A veces ya no les corresponde el hospital, por razones administrativas, sin embargo nadie les ha consultado antes de tomar esa decisión y no desean cambiar. A pesar de la libre elección de especialista se dan casos en los que les ponen todo tipo de pegas para evitar que abandonen su nuevo hospital de referencia. Es curioso que esto solo suceda cuando dicho hospital está sometido a un tipo especial de financiación (o privatización encubierta). A pesar de los obstáculos, al final llegan a mi consulta.
-Es igual que su hermano -me explican.
Exploro al interfecto y compruebo que sus padres tienen razón. No intento convencerles de lo contrario, le pido el preoperatorio y lo incluyo en la lista de espera. No sé si es mi criterio quirúrgico, mi poder de convicción o este tipo de cirugía de familia lo que en última instancia me hace responsable de casi la mitad de la lista de espera de mi servicio.
jueves, 9 de abril de 2015
A brazo partido
It's only those who do nothing that make no mistakes, I suppose. Joseph Conrad
Hay días en los que trabajar no es fácil. No es cuestión de cansancio, no tiene relación con el síndrome del lunes, ni tampoco es culpa de que los pacientes, o el médico, tengan el día cruzado. Una puede llegar al hospital con el mejor de los ánimos y encontrarse con que todo se tuerce porque sí, sin más. Conseguir que las cosas salgan, pese a las circunstancias, es a costa de luchar a brazo partido contra los elementos.
Al llegar a la consulta, aún antes de dejar el abrigo, lo primero es encender el ordenador. Esto tiene su razón de ser: mientras el dichoso aparato, a punto de cumplir una década según indica su etiqueta, se decide, da tiempo de sobra a guardar las cosas, buscar dónde tiré la bata, deprimirse tras echarle un vistazo a los listados e, incluso, tomar un café si es necesario para terminar de abrir los ojos. Con eso, generalmente, suele bastar para que la maquina arranque, aunque siempre conviene estar pendiente y no confiarse, nunca se sabe las sorpresas que reserva al sentirse abandonada. La última, y eso sin separarme de ella, fue media hora de barrido de disco duro tras el cual me tocó llamar a informática porque la sesión la había agotado. ¡Si es que ya no tiene edad para esos trotes!
A pesar de las instalaciones antediluvianas, lo peor con diferencia es el programa de consultas, un galimatías de pestañas e iconos diseñado por todo un equipo de genios que lo bautizaron con el sugerente nombre de Selene (con tanta pestaña tenía que ser femenino). Selene ya decidió tomarse vacaciones en Navidad y las disfrutó tanto que ha repetido tras Semana Santa. Al principio de la mañana funciona más o menos bien pero, a partir del mediodía, comienza la juerga. El ordenador se bloquea. La explicación es que, al parecer, Selene es demasiado sensible para la miserable red del hospital por lo que, en plena hora punta, no da más de sí y se cuelga (y los médicos también). No es posible escribir una nota, ni pedir un preoperatorio, ni solicitar una cita. Imposible trabajar en esas condiciones. La pantalla se queda en blanco, literalmente, y no permite hacer nada, absolutamente nada, salvo desesperarse.
El problema de la desesperación es que su progresión hacia un estado de furia es cuestión de carácter, y de, más o menos, tiempo. Una hora de intentos frustrados al intentar escribir en las historias suele bastar para obrar la transformación en la mayoría de los casos. En el proceso se prueban toda suerte de trucos: reiniciar el ordenador, cambiar de sala y llamar a informática, donde comunican sin parar. Por mucho que uno se esmere en continuar con su tarea, la consulta se enlentece, no así el ritmo cardiaco. Por desgracia no todos los pacientes hacen gala de la cualidad que su nombre indica y algunos, sin conocer al médico ni tampoco importarles, invaden las consultas para preguntar cualquier estupidez, generalmente relacionada con su cita con otro facultativo. Indicarles que no deben pasar, que ya saldrá alguna auxiliar a resolver sus dudas, no sirve de nada, no están dispuestos a marcharse sin una respuesta. ¿Por qué a nadie se le ocurre entrar en la cabina de un piloto de avión y sí se creen con el derecho de avasallar al médico en su cubil? Un galeno en plena guerra contra la informática no está de humor para tonterías y llega un punto en el que mordería. El maleducado de turno no sabe la suerte que tiene de librarse con solo unos gruñidos.
En fin, todo son ventajas en un hospital informatizado. Si el médico ha aprobado una carrera, el examen MIR, sobrevivido a la residencia y a las guardias y está habituado a apañárselas en situaciones peliagudas ¿con qué reto desafiarle?, ¿por qué no añadir una nueva serie de botoncitos al programa? No se admiten fallos y, sin embargo, todo son quejas cuando, al revisar, falta una nota o no se ha verificado la visita de un paciente. ¡Horror! ¿Qué dirá el inspector si lo descubre? Se organiza toda persecución, a base de llamadas y correos, hasta que se subsana tamaño error. ¡Qué despistados son los profesionales, siempre hay que andar detrás de ellos!
Hay días en los que trabajar no es fácil. No es cuestión de cansancio, no tiene relación con el síndrome del lunes, ni tampoco es culpa de que los pacientes, o el médico, tengan el día cruzado. Una puede llegar al hospital con el mejor de los ánimos y encontrarse con que todo se tuerce porque sí, sin más. Conseguir que las cosas salgan, pese a las circunstancias, es a costa de luchar a brazo partido contra los elementos.
Al llegar a la consulta, aún antes de dejar el abrigo, lo primero es encender el ordenador. Esto tiene su razón de ser: mientras el dichoso aparato, a punto de cumplir una década según indica su etiqueta, se decide, da tiempo de sobra a guardar las cosas, buscar dónde tiré la bata, deprimirse tras echarle un vistazo a los listados e, incluso, tomar un café si es necesario para terminar de abrir los ojos. Con eso, generalmente, suele bastar para que la maquina arranque, aunque siempre conviene estar pendiente y no confiarse, nunca se sabe las sorpresas que reserva al sentirse abandonada. La última, y eso sin separarme de ella, fue media hora de barrido de disco duro tras el cual me tocó llamar a informática porque la sesión la había agotado. ¡Si es que ya no tiene edad para esos trotes!
A pesar de las instalaciones antediluvianas, lo peor con diferencia es el programa de consultas, un galimatías de pestañas e iconos diseñado por todo un equipo de genios que lo bautizaron con el sugerente nombre de Selene (con tanta pestaña tenía que ser femenino). Selene ya decidió tomarse vacaciones en Navidad y las disfrutó tanto que ha repetido tras Semana Santa. Al principio de la mañana funciona más o menos bien pero, a partir del mediodía, comienza la juerga. El ordenador se bloquea. La explicación es que, al parecer, Selene es demasiado sensible para la miserable red del hospital por lo que, en plena hora punta, no da más de sí y se cuelga (y los médicos también). No es posible escribir una nota, ni pedir un preoperatorio, ni solicitar una cita. Imposible trabajar en esas condiciones. La pantalla se queda en blanco, literalmente, y no permite hacer nada, absolutamente nada, salvo desesperarse.
El problema de la desesperación es que su progresión hacia un estado de furia es cuestión de carácter, y de, más o menos, tiempo. Una hora de intentos frustrados al intentar escribir en las historias suele bastar para obrar la transformación en la mayoría de los casos. En el proceso se prueban toda suerte de trucos: reiniciar el ordenador, cambiar de sala y llamar a informática, donde comunican sin parar. Por mucho que uno se esmere en continuar con su tarea, la consulta se enlentece, no así el ritmo cardiaco. Por desgracia no todos los pacientes hacen gala de la cualidad que su nombre indica y algunos, sin conocer al médico ni tampoco importarles, invaden las consultas para preguntar cualquier estupidez, generalmente relacionada con su cita con otro facultativo. Indicarles que no deben pasar, que ya saldrá alguna auxiliar a resolver sus dudas, no sirve de nada, no están dispuestos a marcharse sin una respuesta. ¿Por qué a nadie se le ocurre entrar en la cabina de un piloto de avión y sí se creen con el derecho de avasallar al médico en su cubil? Un galeno en plena guerra contra la informática no está de humor para tonterías y llega un punto en el que mordería. El maleducado de turno no sabe la suerte que tiene de librarse con solo unos gruñidos.
En fin, todo son ventajas en un hospital informatizado. Si el médico ha aprobado una carrera, el examen MIR, sobrevivido a la residencia y a las guardias y está habituado a apañárselas en situaciones peliagudas ¿con qué reto desafiarle?, ¿por qué no añadir una nueva serie de botoncitos al programa? No se admiten fallos y, sin embargo, todo son quejas cuando, al revisar, falta una nota o no se ha verificado la visita de un paciente. ¡Horror! ¿Qué dirá el inspector si lo descubre? Se organiza toda persecución, a base de llamadas y correos, hasta que se subsana tamaño error. ¡Qué despistados son los profesionales, siempre hay que andar detrás de ellos!
domingo, 22 de marzo de 2015
Corregir
Where words leave off, music begins. Heinrich Heine
Donde lo dejan las palabras, empieza la música. Heinrich Heine.
Me he pasado el fin de semana escribiendo. Nada para el blog, ni tampoco una nueva idea. La semana pasada me llegaron los ejemplares de prueba de Las perlas de la sirena y fue abrirlos y saltarme a los ojos lo que debía corregir sin tardanza. Ante la evidencia no tuve más remedio que rendirme y ponerme a ello.
Corregir es una tarea desagradecida. Cambias un verbo y, sin darte cuenta, sumas una nueva errata, a veces porque no tienes en cuenta que necesitas modificar o eliminar la preposición de turno y otras, simplemente, porque alteras el tiempo verbal y todo lo que va detrás no concuerda. Reajustarlo es trabajo de titanes, implica revisar y reajustar cada forma verbal hasta que al final no sabes si ahí corresponde un condicional, un pluscuamperfecto o incluso un futuro de subjuntivo, conjugación que, nunca antes, se te había ocurrido utilizar. Eso con un simple verbo. Cuando se añade un párrafo, lo que le sigue se convierte en una gran hecatombe. Doy gracias por el copiar, cortar y pegar de Word. A veces pienso en cómo se las apañaban los escritores antiguos y los veo armados, no con pluma y tintero, sino con tijeras y cola, para reconfigurar los pedazos de su novela.
Corregir es, además, una tarea absorbente, es preciso concentrarse porque despistarse un instante supone, por mera ley de Murphy, saltarse un error, más o menos garrafal, que por supuesto aparecerá cuando parezca que, por fin, todo ha concluido y se decide dar el ansiado visto bueno. Ese punto final se resiste más que una fiera y a ratos se diría que nunca llega.
Lo más sangrante del caso es que presenté el libro al concurso de Bubok y ver los fallos, sabiendo que el texto está delante de un jurado, me abochorna. Me gusta usar palabras bonitas, sé que peco de preciosista, pero de ahí a resultar cursi hay un paso, si llega. En ocasiones, descubro frases en las que me he excedido en mi búsqueda de la belleza y en las que la imagen va a explotar entre rosas, rayos de luna y reflejos de fuego. También pienso que quizá sea demasiado optimista si creo que de verdad van a leer mi libro. C'est la vie... y no es perfecta. Mi libro tampoco lo es, pero es bonito. Me falta mentalizarme y asumirlo.
martes, 9 de diciembre de 2014
La esclavitud como prueba
Aunque en España hay más bares por habitante que en ningún otro país del mundo, encontrar un trabajo en restauración no es sencillo. Un título de cocina en una buena escuela no sirve de mucho. Las empresas se resisten a hacer contratos indefinidos por lo que, tras un periodo de prácticas de entre seis a doce meses, da comienzo un nuevo periplo de entrevistas y entrega de curriculum.
El abuso en algunas de estas supuestas entrevistas es indignante. En la cafetería del mismísimo Bernabeu no les basta con la experiencia ni las recomendaciones sino que al candidato le hacen una prueba profesional en el momento, por supuesto no remunerada. Con esa técnica no es preciso contratar personal, ¿para qué? si disponen de un esclavo a diario.
La susodicha prueba se desarrolla, sin previo aviso, en plena hora punta, de las 12 de la mañana a las 5 de la tarde. Al entrevistado le hacen entrega de un delantal y de unos guantes y ponen a su disposición todo tipo de instrumentos de limpieza, primero, y de cocina después. La primera parte del examen es una cuestión de higiene y consiste en hacer lo que nadie quiere: limpiar campanas, extractores, planchas y baños. Tras ese rato llega la hora de la comida y el esclavo asciende de rango, lo que no significa que tenga derecho a almuerzo. Se necesitan manos en la barra para montar bocadillos y servir bebidas, preparar cafés, recoger platos y vasos, fregarlos sobre la marcha y tenerlos de nuevo listos para albergar más comida y bebida y evitar que decaiga el ritmo.
El turno no termina sin dejarlo todo impecable. Hay que demostrar que se sabe recoger, colocar y ordenar y que uno no se cansa nunca de limpiar y que, además, es resistente a la hipoglucemia y no le importa no haber probado bocado desde el desayuno, antes de salir de casa.
Los examinadores no desean que nadie piense que la empresa ha abusado del aspirante. Al despedirle valoran la labor realizada y, en agradecimiento por las cinco horas de su tiempo, le hacen entrega de 20 euros, supongo que de propina. Le prometen que ya le dirán algo y que, aunque les ha gustado mucho, aún no pueden tomar una decisión porque hay que comprender que no sería justo, todavía les queda gente por entrevistar.
El abuso en algunas de estas supuestas entrevistas es indignante. En la cafetería del mismísimo Bernabeu no les basta con la experiencia ni las recomendaciones sino que al candidato le hacen una prueba profesional en el momento, por supuesto no remunerada. Con esa técnica no es preciso contratar personal, ¿para qué? si disponen de un esclavo a diario.
La susodicha prueba se desarrolla, sin previo aviso, en plena hora punta, de las 12 de la mañana a las 5 de la tarde. Al entrevistado le hacen entrega de un delantal y de unos guantes y ponen a su disposición todo tipo de instrumentos de limpieza, primero, y de cocina después. La primera parte del examen es una cuestión de higiene y consiste en hacer lo que nadie quiere: limpiar campanas, extractores, planchas y baños. Tras ese rato llega la hora de la comida y el esclavo asciende de rango, lo que no significa que tenga derecho a almuerzo. Se necesitan manos en la barra para montar bocadillos y servir bebidas, preparar cafés, recoger platos y vasos, fregarlos sobre la marcha y tenerlos de nuevo listos para albergar más comida y bebida y evitar que decaiga el ritmo.
El turno no termina sin dejarlo todo impecable. Hay que demostrar que se sabe recoger, colocar y ordenar y que uno no se cansa nunca de limpiar y que, además, es resistente a la hipoglucemia y no le importa no haber probado bocado desde el desayuno, antes de salir de casa.
Los examinadores no desean que nadie piense que la empresa ha abusado del aspirante. Al despedirle valoran la labor realizada y, en agradecimiento por las cinco horas de su tiempo, le hacen entrega de 20 euros, supongo que de propina. Le prometen que ya le dirán algo y que, aunque les ha gustado mucho, aún no pueden tomar una decisión porque hay que comprender que no sería justo, todavía les queda gente por entrevistar.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Acertar
Reconozco que tengo cierta tendencia a ir por libre y a seguir mi criterio. Por un lado es lógico, me siento más cómoda si me baso en mis propias opiniones que si tengo que acatar los del resto. En ocasiones, mi independencia me supone una fuente de problemas. Sin embargo, hacerlo de otro modo tampoco me ahorra problemas, al contrario, de esa forma lo único que consigo es que nadie esté satisfecho: ni los peticionarios, ni los legisladores, ni yo.
Si sigo a rajatabla los dictámenes de otros y me ciño a la decisión tomada en grupo me topo con el caso que es la excepción a la regla. No hay argumentos para apoyar mi proceder, los únicos que había eran "oficiales" y resulta que no sirven en esa situación. Sólo puedo disculparme para tratar de enmendar mi error en lo posible y aprender la lección.
Enseguida compruebo que es una lección con trampas. Al encontrarme de nuevo ante una tesitura similar me dejo llevar y colaboro en lo que me piden. Aunque tampoco acierto en esta ocasión sí que hay una diferencia sustancial: los otros están contentos, yo también y los únicos que discrepan son los míos. Sin duda el panorama es mucho mejor, no tengo tantos frentes abiertos. Tampoco es necesario buscar argumentos para defenderme, sólo me atacan desde dentro y a eso estoy acostumbrada. La ventaja es que ese ataque no sale al exterior porque, de puertas afuera, no se sostendría.
He llegado a escuchar que hago cosas no porque crea que debo hacerlas sino porque me interesa. Lo curioso es que me ha debido interesar siempre, porque incluso cuando las condiciones eran distintas mi proceder era el mismo. Con el tiempo y la lucha se han obtenido privilegios que, en opinión de algunos, son los que en realidad persigo con mi comportamiento actual. El hecho de que sea igual que el anterior sólo es por una cuestión de previsión y clarividencia: ya me aprovecharía de la situación cuando fuese aprovechable. Ante semejante afirmación no pude evitar reírme. Ni siquiera yo tengo argumentos para refutarla.
Si sigo a rajatabla los dictámenes de otros y me ciño a la decisión tomada en grupo me topo con el caso que es la excepción a la regla. No hay argumentos para apoyar mi proceder, los únicos que había eran "oficiales" y resulta que no sirven en esa situación. Sólo puedo disculparme para tratar de enmendar mi error en lo posible y aprender la lección.
Enseguida compruebo que es una lección con trampas. Al encontrarme de nuevo ante una tesitura similar me dejo llevar y colaboro en lo que me piden. Aunque tampoco acierto en esta ocasión sí que hay una diferencia sustancial: los otros están contentos, yo también y los únicos que discrepan son los míos. Sin duda el panorama es mucho mejor, no tengo tantos frentes abiertos. Tampoco es necesario buscar argumentos para defenderme, sólo me atacan desde dentro y a eso estoy acostumbrada. La ventaja es que ese ataque no sale al exterior porque, de puertas afuera, no se sostendría.
He llegado a escuchar que hago cosas no porque crea que debo hacerlas sino porque me interesa. Lo curioso es que me ha debido interesar siempre, porque incluso cuando las condiciones eran distintas mi proceder era el mismo. Con el tiempo y la lucha se han obtenido privilegios que, en opinión de algunos, son los que en realidad persigo con mi comportamiento actual. El hecho de que sea igual que el anterior sólo es por una cuestión de previsión y clarividencia: ya me aprovecharía de la situación cuando fuese aprovechable. Ante semejante afirmación no pude evitar reírme. Ni siquiera yo tengo argumentos para refutarla.
lunes, 30 de junio de 2014
Las vicisitudes de Paloma
La primera aventura de Paloma sucedió mientras la escribía. Es cierto que, en su origen, los personajes poseían rasgos en común con algunos miembros de mi familia, y que en mi familia nadie se caracteriza por su docilidad. Si el pájaro toma sus propias decisiones en el cuento, ¿por qué no iba a hacer lo mismo en mi cabeza? Tanto ella como Marla tomaron las riendas de la historia y tuve que conformarme con seguirlas. Orión apareció tan de improviso en el papel como en mi mente. Ser el último en llegar no le restó personalidad, él tampoco estaba dispuesto a dejarse manipular. A veces creo que la única frase que me dejaron poner en la historia fue la primera, en un guiño a Jane Austen y su "It is a fact universally acknowledge..."
La Señora fue la primera en leer Paloma. En cuestiones lingüísticas en la familia no hay enchufes y el papel de madre no le impidió ser profesional y señalarme todos los fallos. Corregí gerundios, acentos, construcciones y comas por primera vez, y por segunda, e incluso una tercera. Desde entonces he perdido la cuenta de las veces que he leído el libro pero en cada una de ellas han surgido cambios y siempre, en algún momento, me he llevado las manos a la cabeza al leer alguna frase. ¿Cómo se me había escapado ESO?
Perseguí a mis hermanos, primos y compañeros con las páginas del libro. Incluso mi abuela lo leyó, en la residencia no tenía escapatoria, y le gustó tanto que nunca entendió que no lo publicasen. Todos me dijeron que les había encantado, hasta alguno de los hijos de mis amigas se engancharon y lo devoraron en una tarde. Uno incluso me escribió su crítica y la única pega que le encontró es que le faltaban ilustraciones. Con semejante respaldo, y todo mi optimismo, me presenté al Premio Barco de Vapor... Meses después el barquito navegó, pero sin Paloma a bordo.
No me rendí. Mi libro estaba bien. Escribí a editoriales y lo envíe a las que me contestaron. Si a los tres meses no había obtenido respuesta, ya sabía cual era, aunque algunas avisaban que podían tardar hasta seis. Fue entonces cuando me presenté al Premio Lazarillo 2012.
Me llamaron de una de las editoriales. Estaban interesados. Me adjuntaron las condiciones. La verdad es que no apostaban demasiado por la obra. Editaban 100 ejemplares que debían venderse el día de la presentación. Los que no se vendiesen tendría que comprarlos yo. Por aquel entonces cien no me parecieron tantos (inocente). Ahora me alegro de que Paloma estuviese pendiente del Lazarillo, lo que me impedía aceptar hasta saber el fallo. Vender libros no es nada fácil. A pesar del blog, de mi familia y las redes sociales mis ventas ascienden a 35 ejemplares. ¿Cómo llegar hasta cien?
No gané el Lazarillo, me quedé a las puertas. Fuimos tres los seleccionados pero sólo podía ganar uno. Aún así pensé que el acta del concurso me abriría alguna ventana. ¡Ilusa! Eso sí, me llamaron de nuevo desde la primera editorial, con las mismas condiciones. Tenía esperanzas de que alguien las mejorase, no parecía tan difícil, y les rechacé definitivamente.
Revisé de nuevo el manuscrito. Después del tiempo transcurrido fui consciente de muchos fallos. Lo leyeron más amigos. El libro siempre encontraba buena acogida entre ellos, lástima que ninguno fuese editor. Le tenía tanto cariño a la historia y sobre todo a sus protagonistas que quería que descubriesen el mundo. Es una sensación difícil de explicar, se trata de algo expansivo que incluso es posible lo motive el orgullo de ser su autora.
House me avisó del concurso de amazon Kindle. Al menos el libro vería la luz, mucha o poca no podía adivinarlo. Le puse la preciosa portada que le había diseñado mi primo Juan y lo anuncié a los cuatro vientos. Sólo me ha faltado dar la noticia en el telediario.
La Señora fue la primera en leer Paloma. En cuestiones lingüísticas en la familia no hay enchufes y el papel de madre no le impidió ser profesional y señalarme todos los fallos. Corregí gerundios, acentos, construcciones y comas por primera vez, y por segunda, e incluso una tercera. Desde entonces he perdido la cuenta de las veces que he leído el libro pero en cada una de ellas han surgido cambios y siempre, en algún momento, me he llevado las manos a la cabeza al leer alguna frase. ¿Cómo se me había escapado ESO?
Perseguí a mis hermanos, primos y compañeros con las páginas del libro. Incluso mi abuela lo leyó, en la residencia no tenía escapatoria, y le gustó tanto que nunca entendió que no lo publicasen. Todos me dijeron que les había encantado, hasta alguno de los hijos de mis amigas se engancharon y lo devoraron en una tarde. Uno incluso me escribió su crítica y la única pega que le encontró es que le faltaban ilustraciones. Con semejante respaldo, y todo mi optimismo, me presenté al Premio Barco de Vapor... Meses después el barquito navegó, pero sin Paloma a bordo.
No me rendí. Mi libro estaba bien. Escribí a editoriales y lo envíe a las que me contestaron. Si a los tres meses no había obtenido respuesta, ya sabía cual era, aunque algunas avisaban que podían tardar hasta seis. Fue entonces cuando me presenté al Premio Lazarillo 2012.
Me llamaron de una de las editoriales. Estaban interesados. Me adjuntaron las condiciones. La verdad es que no apostaban demasiado por la obra. Editaban 100 ejemplares que debían venderse el día de la presentación. Los que no se vendiesen tendría que comprarlos yo. Por aquel entonces cien no me parecieron tantos (inocente). Ahora me alegro de que Paloma estuviese pendiente del Lazarillo, lo que me impedía aceptar hasta saber el fallo. Vender libros no es nada fácil. A pesar del blog, de mi familia y las redes sociales mis ventas ascienden a 35 ejemplares. ¿Cómo llegar hasta cien?
No gané el Lazarillo, me quedé a las puertas. Fuimos tres los seleccionados pero sólo podía ganar uno. Aún así pensé que el acta del concurso me abriría alguna ventana. ¡Ilusa! Eso sí, me llamaron de nuevo desde la primera editorial, con las mismas condiciones. Tenía esperanzas de que alguien las mejorase, no parecía tan difícil, y les rechacé definitivamente.
Revisé de nuevo el manuscrito. Después del tiempo transcurrido fui consciente de muchos fallos. Lo leyeron más amigos. El libro siempre encontraba buena acogida entre ellos, lástima que ninguno fuese editor. Le tenía tanto cariño a la historia y sobre todo a sus protagonistas que quería que descubriesen el mundo. Es una sensación difícil de explicar, se trata de algo expansivo que incluso es posible lo motive el orgullo de ser su autora.
House me avisó del concurso de amazon Kindle. Al menos el libro vería la luz, mucha o poca no podía adivinarlo. Le puse la preciosa portada que le había diseñado mi primo Juan y lo anuncié a los cuatro vientos. Sólo me ha faltado dar la noticia en el telediario.
martes, 29 de abril de 2014
Educar al paciente
Hay individuos, y por desgracia no son casos sueltos y excepcionales, que no guardan en el médico las mínimas normas de educación que se exigen en otros lugares. Algunas son una falta de respeto que, más que afectar al facultativo, perjudican a los pacientes citados ese día. La más flagrante es la de abrir la puerta y entrar sin haber sido llamado. ¿Y si el enfermo no lleva ropa? ¿Y si se está en medio de una pequeña cirugía, o de taponar un sangrado, y la interrupción provoca un despiste del cirujano o un mareo del intruso? No es que esto último no le estuviese bien empleado pero obligaría a los sanitarios a abandonar al paciente para perder un tiempo precioso en atender al inoportuno.
Una de las faltas de educación más habituales, además de la casi incorregible tardanza, es la de hablar por el móvil. Si se pretende que el galeno te dedique toda su atención, lo normal sería corresponderle y apagar ese infernal aparato dentro de la consulta. Si se desea mantener una conversación con alguien más importante que el médico lo ideal es hacerlo fuera y permitir que el facultativo emplee esos minutos en atender a otros enfermos. El doctor valora la privacidad, no tiene por qué enterarse de la vida personal de nadie si no afecta a su salud, por lo que cualquier otro tema no debe tratarse en su presencia, aunque luego se discuta a viva voz en el autobús.
Otra cuestión es la de la higiene. Conviene ser flexible, hay enfermos a los que, por sus circunstancias, no se les puede exigir que vengan relucientes, sin embargo también los hay que superan los límites de la tolerancia humana. No es posible acercarse a ellos, antes se precisa abrir las ventanas para no morir asfixiados. También se les explora sin respirar. Ante semejante situación no queda más remedio que llamarles la atención al respecto. Se les pide que, por favor, al médico acudan duchados. Si afirman saber usar la ducha es el momento de añadir que, tras secarse, usen desodorante y se muden de ropa. Al terminar deben esperar en la sala de espera mientras se escribe el informe y se piden las pruebas. Prolongar su presencia un minuto más en la consulta la inhabilitaría para el resto de la mañana, no exagero.
A veces la infracción no afecta directamente al galeno. Algún día he tenido que recomendarle a algún adolescente que le cediese el asiento a su madre (que era la paciente). Afortunadamente conté con el apoyo del padre, también sentado, que le explicó al muchacho que era una cuestión de respeto. Eran musulmanes pero eso no les eximía de mostrar un mínimo de cortesía. La estudiante que rotaba conmigo me miró con los ojos como platos. ¿Qué quería que hiciese? ¿Callarme? Considero que el civismo es un reflejo de la salud social y por tanto no tenía alternativa: si a uno no le educa cuando es joven, le resultará mucho más difícil aprender después.
Una de las faltas de educación más habituales, además de la casi incorregible tardanza, es la de hablar por el móvil. Si se pretende que el galeno te dedique toda su atención, lo normal sería corresponderle y apagar ese infernal aparato dentro de la consulta. Si se desea mantener una conversación con alguien más importante que el médico lo ideal es hacerlo fuera y permitir que el facultativo emplee esos minutos en atender a otros enfermos. El doctor valora la privacidad, no tiene por qué enterarse de la vida personal de nadie si no afecta a su salud, por lo que cualquier otro tema no debe tratarse en su presencia, aunque luego se discuta a viva voz en el autobús.
Otra cuestión es la de la higiene. Conviene ser flexible, hay enfermos a los que, por sus circunstancias, no se les puede exigir que vengan relucientes, sin embargo también los hay que superan los límites de la tolerancia humana. No es posible acercarse a ellos, antes se precisa abrir las ventanas para no morir asfixiados. También se les explora sin respirar. Ante semejante situación no queda más remedio que llamarles la atención al respecto. Se les pide que, por favor, al médico acudan duchados. Si afirman saber usar la ducha es el momento de añadir que, tras secarse, usen desodorante y se muden de ropa. Al terminar deben esperar en la sala de espera mientras se escribe el informe y se piden las pruebas. Prolongar su presencia un minuto más en la consulta la inhabilitaría para el resto de la mañana, no exagero.
A veces la infracción no afecta directamente al galeno. Algún día he tenido que recomendarle a algún adolescente que le cediese el asiento a su madre (que era la paciente). Afortunadamente conté con el apoyo del padre, también sentado, que le explicó al muchacho que era una cuestión de respeto. Eran musulmanes pero eso no les eximía de mostrar un mínimo de cortesía. La estudiante que rotaba conmigo me miró con los ojos como platos. ¿Qué quería que hiciese? ¿Callarme? Considero que el civismo es un reflejo de la salud social y por tanto no tenía alternativa: si a uno no le educa cuando es joven, le resultará mucho más difícil aprender después.
martes, 1 de abril de 2014
Lelos
Durante las vacaciones del año pasado coincidimos con el rodaje de un programa de televisión denominado "The big loser" (del que, hasta entonces, no teníamos noticias). Realmente los autores del nombre tuvieron delito, además de mucha mala idea. Como ese día había amanecido nublado decidimos aprovechar para dar un buen paseo por la playa y llegar a unas ruinas varios kilómetros más allá. Cuando salimos aún estaban montando lo que parecía una especie de gimnasio y un chiringuito. Esperábamos que, para nuestro regreso, ya hubiesen retirado toda aquella parafernalia. ¡Optimistas!
Nuestro paseo fue una delicia. El cielo se mantuvo nublado y House pudo disfrutar del mar a esas horas sin preocuparse de su alergia al sol, aunque, aún así, iba cubierto de ropa como un beduino. El problema surgió a medio camino de vuelta cuando el sol decidió hacer su aparición. Para colmo de males la mañana ya estaba avanzada y los rayos picaban. No podíamos entretenernos, debíamos regresar a toda velocidad.
Si hay alguna prueba deportiva de marcha descalzos por la playa estoy segura de que batimos todos los récords. Sin embargo, antes de llegar a nuestro destino, nos vimos obligados a detenernos. El motivo: el rodaje del dichoso programa. Si hasta ese momento no sabíamos que existía, después de ese momento habríamos preferido continuar en la ignorancia. Se trataba de uno de esos concursos ridículos que provocan vergüenza ajena y que nunca comprenderé cómo hay gente, y mucha, que los ve. Los concursantes eran un grupo de obesos mórbidos y la prueba consistía en llenar y acarrear cubos de agua del mar a un bidón situado en la otra punta de la arena. Lógicamente no deseaban que nadie interfiriese en esa tarea tan importante: todo el mundo sabe que vaciar el mar será necesario dentro de poco cuando crezca su nivel y qué mejor que empezar a entrenar a los más fuertes con antelación. El caso es que habían cortado el paso.
En el cielo no quedaba ni una nube y los muy cretinos pretendían que rodeásemos todo el circuito para no interrumpir la grabación. Esta claro que pertenezco a otra galaxia y caí en esta por error porque es imposible que comparta materia con tanto lelo. Menos mal que me encontró House. Ni cortos ni perezosos seguimos nuestra ruta por la orilla que, si les molestábamos, siempre podían editar la cinta. Claro que ahí no acabó la cosa, el más gallito de todos los cámaras decidió que nuestro comportamiento era inaceptable (no uso ese lenguaje, no creo que su vocabulario incluya palabras trisílabas) y se enfrentó a House (yo seguí mi estrategia habitual de, cuando algo no me interesa, no hacer ningún caso). Era un ser irracional y, como tal, le dejamos con la última palabra en la boca. Seguimos nuestro camino con la única preocupación de resguardarnos del sol.
martes, 25 de marzo de 2014
Tardanza
No soporto ir tarde, me pone nerviosa. Al parecer en muchos países del mundo, y no hay que irse muy lejos, soy un caso raro. Allí la costumbre de llegar tarde a todas partes, incluso a la consulta, es casi una regla. No entienden que es una falta de respeto hacia el resto de los citados, a los que no les importa hacer esperar por su culpa, y que un médico no puede ir en hora si sus pacientes no se presentan a su hora.
Igual que no aguanto ir tarde, no me gusta que la gente espere por mí y me esfuerzo por llevar la consulta con puntualidad, aunque eso me suponga abandonar la sesión cuando se prolonga (siempre) y dejar a mis compañeros con la palabra en la boca. Creo que necesitaríamos un moderador para controlar las intervenciones de todos, con frecuencia opinamos varios al mismo tiempo, y su duración. Cuando llega el turno de los enfermos considero que son ellos los que, como médico, tienen prioridad y me voy a la consulta. Mientras haya pacientes no paro ni a respirar, ni siquiera salgo al baño. Es raro que los que ya me conocen se atrevan a retrasarse, saben que se ganarán una reprimenda al respecto. Sin embargo ninguno se queja, la mayoría están encantados con mi política de no hacerles esperar. De hecho suelen acudir antes de su hora, a veces bastante antes, y al coincidir con los citados lo que sucede es que, durante un rato, las bisagras de mi puerta no conocen ni un segundo de descanso. Por lo general son los nuevos los que se retrasan, aunque la mayoría sólo pecan la primera vez. Si son pocos minutos, o muestran educación y se disculpan, todo se queda en un aviso, es mejor dejar las cosas claras desde el principio. Eso sí, deberán esperar a que, antes que a ellos, atienda a los puntuales que sí han demostrado valorar el tiempo de todos como es debido.
Sé cuando mis citados están en el hospital, el ordenador delata su llegada al meter la tarjeta sanitaria en la máquina de boletos. Si alguno no aparece por la consulta, considero que se ha perdido, evento que ocurre a diario, y salgo a buscarlo a las salas de espera de alrededor. A veces no le encuentro ni por esas y, entonces, para su sorpresa, le llamo al móvil. Le explico que soy su doctora, que sé que está en el hospital pero que no responde al llamarle. Los hay que se han equivocado de planta porque se han bajado del ascensor sin fijarse y creen estar en el lugar correcto hasta que les saco de su error. Otros vagan por los pasillos sin rumbo y sin ver los carteles, porque el que no sabe es como el que no ve. Si es su hora y su llegada no está registrada en el ordenador, también salgo a llamarles, por si acaso no se han enterado de cómo funciona el sistema de las dichosas maquinitas. Al no haber nadie que se lo explique, ese es un error habitual. Sin embargo, algunos vienen cuando les parece, hasta más de una hora después, y no se excusan sino que pretenden engañarme e incluso culparme. Afirman algo que sé que es mentira: que estaban en el hospital y llevan una hora esperando, curiosamente la hora que sé que se han retrasado. Los hay que montan una bronca, se agarran al argumento de que otras veces son ellos los que esperan. No les atiendo, tienen razón: serán ellos lo que esperarán, en esta ocasión nada menos que a una nueva cita. Si uno se permite el lujo de llegar cuando le conviene lo que demuestra es falta de interés y, si tan poca relevancia tiene para él, asumo que no le importará aguardar un poco más por algo tan banal.
Igual que no aguanto ir tarde, no me gusta que la gente espere por mí y me esfuerzo por llevar la consulta con puntualidad, aunque eso me suponga abandonar la sesión cuando se prolonga (siempre) y dejar a mis compañeros con la palabra en la boca. Creo que necesitaríamos un moderador para controlar las intervenciones de todos, con frecuencia opinamos varios al mismo tiempo, y su duración. Cuando llega el turno de los enfermos considero que son ellos los que, como médico, tienen prioridad y me voy a la consulta. Mientras haya pacientes no paro ni a respirar, ni siquiera salgo al baño. Es raro que los que ya me conocen se atrevan a retrasarse, saben que se ganarán una reprimenda al respecto. Sin embargo ninguno se queja, la mayoría están encantados con mi política de no hacerles esperar. De hecho suelen acudir antes de su hora, a veces bastante antes, y al coincidir con los citados lo que sucede es que, durante un rato, las bisagras de mi puerta no conocen ni un segundo de descanso. Por lo general son los nuevos los que se retrasan, aunque la mayoría sólo pecan la primera vez. Si son pocos minutos, o muestran educación y se disculpan, todo se queda en un aviso, es mejor dejar las cosas claras desde el principio. Eso sí, deberán esperar a que, antes que a ellos, atienda a los puntuales que sí han demostrado valorar el tiempo de todos como es debido.
Sé cuando mis citados están en el hospital, el ordenador delata su llegada al meter la tarjeta sanitaria en la máquina de boletos. Si alguno no aparece por la consulta, considero que se ha perdido, evento que ocurre a diario, y salgo a buscarlo a las salas de espera de alrededor. A veces no le encuentro ni por esas y, entonces, para su sorpresa, le llamo al móvil. Le explico que soy su doctora, que sé que está en el hospital pero que no responde al llamarle. Los hay que se han equivocado de planta porque se han bajado del ascensor sin fijarse y creen estar en el lugar correcto hasta que les saco de su error. Otros vagan por los pasillos sin rumbo y sin ver los carteles, porque el que no sabe es como el que no ve. Si es su hora y su llegada no está registrada en el ordenador, también salgo a llamarles, por si acaso no se han enterado de cómo funciona el sistema de las dichosas maquinitas. Al no haber nadie que se lo explique, ese es un error habitual. Sin embargo, algunos vienen cuando les parece, hasta más de una hora después, y no se excusan sino que pretenden engañarme e incluso culparme. Afirman algo que sé que es mentira: que estaban en el hospital y llevan una hora esperando, curiosamente la hora que sé que se han retrasado. Los hay que montan una bronca, se agarran al argumento de que otras veces son ellos los que esperan. No les atiendo, tienen razón: serán ellos lo que esperarán, en esta ocasión nada menos que a una nueva cita. Si uno se permite el lujo de llegar cuando le conviene lo que demuestra es falta de interés y, si tan poca relevancia tiene para él, asumo que no le importará aguardar un poco más por algo tan banal.
jueves, 20 de febrero de 2014
Mandones y mandamases
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| Arthur Sarnoff |
A hermanísima, de pequeña, le encantaba esa labor parental y trató de asumirla. No sé si este rasgo contribuyó a desarrollar su vocación profesional. En el aula dispone de una caterva de críos a los que asignarles tareas y con el deber de obedecerla. A la menor oportunidad, organizaba y distribuía encargos al resto de la familia. Los demás enseguida aplicamos el dicho de "contra el vicio de pedir..." Se curó en buena parte ya que, el 99% de las veces, terminaba frustrada. Me convertí en una experta en esquivar sus demandas aunque debo reconocer que el virtuoso en escaquearse era el hermano.
Es cierto que hermanísima no era la única niña de la familia con esa tendencia, aunque el resto compartían con ella la misma tasa de fracaso. La personalidad y las firmes opiniones, rayando la cabezonería, que nos caracteriza presenta al menos la ventaja de hacernos bastante resistentes a seguir un comportamiento borreguil detrás de un autoproclamado "líder" que no nos ha probado sus méritos (y ni por esas).
Sin embargo, son muchos los que no aprenden ni, por supuesto, poseen el sentido común necesario para canalizar sus tendencias a tareas laborales que precisen de dotes de mando. No sé si porque siempre han sido mimados y adorados por sus progenitores, que han hecho todo lo que deseaba su precioso churumbel, o porque, simplemente, nunca se han parado a mirar el mundo desde la perspectiva de los demás. Posiblemente influyan ambos factores.
En mi ámbito profesional presencio con frecuencia este patrón de conducta en matrimonios con algún miembro de este tipo. Suele ser el marido el que está aplastado bajo el yugo de las leyes conyugales (no implico con esta afirmación que los varones sean unos benditos, sino que el comportamiento dominador masculino se acompaña, generalmente, de otro tipo de agresividad). Estas parejas son muy reconocibles en la consulta: él es el paciente y ella la que habla: contesta a las preguntas, narra todos los síntomas y te regala su parecer. En ocasiones, incluso aunque te interese oír la voz del enfermo por motivos profesionales, no lo consigues a no ser que le indiques a la pareja que también te gustaría escuchar el punto de vista del otro. Una frase del estilo de "si no le importa preferiría que respondiese él que, a fin de cuentas es el paciente y conviene que le escuche" despierta una mirada de asombro ante mi valor, con el eterno agradecimiento del oprimido, y otra mirada de la dictadora, aunque "cruzada" en este caso. En las revisiones posteriores o bien viene el hombre solo, supongo que sin decirle nada a la otra, o bien, directamente, ni vuelve (y se evita problemas domésticos).

El caso es que, como dice House, "más vale una vez coloraó que ciento amarillo" y ante alguien que trata de imponerse, lo mejor es pararle los pies desde el principio, siempre con calma, educación y respeto. Se espera que sean lo suficientemente inteligentes como para reflexionar sobre su comportamiento (al igual que nos "mandaban" hacer nuestros progenitores cuando no les obedecíamos). Por aquel entonces no nos daban ni la oportunidad de rechistar siquiera, sino que debíamos marcharnos a pensar a nuestra habitación.
jueves, 23 de enero de 2014
¿Buena, mala o mejor?
Siempre me ha gustado la famosa frase de Mae West de: "Cuando soy buena, soy muy buena pero cuando soy mala, soy mejor". Es algo que, en momentos puntuales, comparto. Procuro ser buena, lo intento la mayor parte del tiempo, de veras, trato de hacerme con el secreto de ese espíritu angelical natural en algunos y, cuando creo que me acerco, me esmero por conservarlo. A veces hasta me da la impresión de lograrlo, aunque sea esporádicamente. Soy una optimista nata y esos instantes son efímeros. Se volatilizan tan rápidamente que no dejan rastro. Estoy convencida de ser la única que los percibe, supongo que porque soy consciente del esfuerzo. Sucede por accidente lo que no me permite repetir el experimento a voluntad. Eso sí, el hacer algo bueno por alguien suscita una enorme satisfacción interna. Se eleva la autoestima, el amor propio y el ajeno.
En lo relacionado con la bondad y la maldad una cosa es evidente: cuando eres buena nadie te lo reconoce, sin embargo las maldades, por pequeñas que sean, no pasan nunca desapercibidas.
No siempre consigo ser buena y, al carecer de término medio, lo que me toca es ser mala. Me olvido de donde guardé la tolerancia, saturo mis mecanismos de autocontrol y exploto. Me dejo llevar por mis instintos. A diferencia de Mae West, cuando soy mala no es que sea mejor, es que soy maquiavélica. El infierno se desata en mi imaginación. Afortunadamente no llevo a cabo las maquinaciones que se me ocurren, me suelo limitar a pensarlas y a mantenerme a una cierta distancia prudencial de aquellos que no se encuentran en esos momentos en situación de favor. En general no me gusta el contacto con la gente, salvo con los seres que he elegido por algún motivo, racional o irracional, en cuyo caso me encanta.
Mis estallidos son tan fulminantes como meteóricos. Si me callo todo vuelve a su cauce, aunque es fácil que la situación se repita en un futuro. Total no ha sucedido nada grave, todo queda en un acelerón ante un contratiempo. El problema llega cuando, tras varios silencios, decido expresarme. La mera declaración ya acarrea desagradables consecuencias así que no me quiero ni imaginar qué ocurriría si pusiese en acción alguna de mis resolutivas ideas. Claro que al no dejar títere con cabeza no creo que tuviese que preocuparme por ver las caras de mis adversarios.
En lo relacionado con la bondad y la maldad una cosa es evidente: cuando eres buena nadie te lo reconoce, sin embargo las maldades, por pequeñas que sean, no pasan nunca desapercibidas.
No siempre consigo ser buena y, al carecer de término medio, lo que me toca es ser mala. Me olvido de donde guardé la tolerancia, saturo mis mecanismos de autocontrol y exploto. Me dejo llevar por mis instintos. A diferencia de Mae West, cuando soy mala no es que sea mejor, es que soy maquiavélica. El infierno se desata en mi imaginación. Afortunadamente no llevo a cabo las maquinaciones que se me ocurren, me suelo limitar a pensarlas y a mantenerme a una cierta distancia prudencial de aquellos que no se encuentran en esos momentos en situación de favor. En general no me gusta el contacto con la gente, salvo con los seres que he elegido por algún motivo, racional o irracional, en cuyo caso me encanta.
Mis estallidos son tan fulminantes como meteóricos. Si me callo todo vuelve a su cauce, aunque es fácil que la situación se repita en un futuro. Total no ha sucedido nada grave, todo queda en un acelerón ante un contratiempo. El problema llega cuando, tras varios silencios, decido expresarme. La mera declaración ya acarrea desagradables consecuencias así que no me quiero ni imaginar qué ocurriría si pusiese en acción alguna de mis resolutivas ideas. Claro que al no dejar títere con cabeza no creo que tuviese que preocuparme por ver las caras de mis adversarios.
viernes, 10 de enero de 2014
Paellita
Mi época de acné comenzó a los nueve años y no terminó hasta cerca de los 40. Incluyó mi pubertad, adolescencia, juventud y parte de mi vida adulta. 30 años son, sin duda, demasiado tiempo. Eso de que mejora con la edad es falso y no, no es un signo de que aún se es muy joven. Los intermedios libres no los disfruté hasta que empecé en la universidad y se los debí al ginecólogo, gracias a los anticonceptivos que me recetó para mis desarreglos y que eran el principal motivo del problema. Cuando me hacía ilusiones de curación, era suspenderlos y recaer. Por supuesto no me resigné y probé todo tipo de remedios. Cuando en el examen de dermatología de la facultad cayó el tema del acné me explayé a mis anchas y rellené nada menos que 5 folios. El problema es que sólo disponía de 15 minutos y no se puede decir que mi letra quedase de caligrafía. No, no me pusieron un 10, sólo un 8, y aún no sé por qué. No sé si entendieron todo lo que escribí porque no creo que se me olvidase nada.
Empecé el tratamiento con lo más básico, cremas con queratolíticos que, de entrada, secan algo los forúnculos pero que sobre todo descaman la piel y enrojecen la cara. En un par de semanas no sirven de nada. Los tónicos con alcohol funcionan al principio hasta que provocan un efecto rebote indeseado. Ese mismo efecto también lo producía la exposición al sol, además de las quemaduras, pero en el moreno posterior destacaban menos los dichosos granos que sobre mi palidez habitual, lo que era un consuelo. Pasé unos veranos entregada al sol, por aquel entonces no tenía demasiada conciencia de los peligros que esa práctica entrañaba. Entre medias comprobé que las mascarillas de arcilla, blanca, verde o del color que fuese, sólo servían para hacer máscaras. Cierto que mientras el barro cubría los granos era imposible verlos y una se sentía tentada a salir así a la calle porque ya estaba tan harta que prefería un cutis de escayola a la maldición del propio. Menos drástico era el uso de polvos sueltos a los que recurría ocasionalmente, aunque para eso tuve que esperar a cumplir unos años. Nadie nace sabiendo y la cosmética no es una excepción, por eso, en ocasiones, la capa de arcilla habría sido más discreta que el maquillaje de "carnaval".
Leía, oía y experimentaba. Así descubrí que la pasta de dientes quema la piel sana sin apenas hacerle daño a la espinilla en cuestión. Otro método descartado. El agua de Carabaña, por vía externa porque eso no hay quien se lo beba, ayuda un poco pero sólo en las fases más leves. Un dermatólogo me mandó una fórmula magistral que no era más que un mejunje que olía fatal. Los antibióticos tópicos son inútiles y los orales van bien aunque la flora intestinal acaba hecha cisco y las diarreas obligan a suspenderlo. Para las lesiones inflamadas y dolorosas lo más eficaz es pegar encima un trozo de aspirina con la ayuda de unas gotas de agua.
Finalmente un compañero dermatólogo se compadeció de mí y me recetó la Isotretinoina. Fue mano de santo y no sufrí ninguno de esos efectos secundarios que les afectan a otros: sequedad, descamación, eritema, etc. Seguramente es porque ya había padecido lo suficiente. La opinión del derma era más científica y se debía a que me mantenía bien hidratada porque me hinchaba a beber agua.
jueves, 2 de enero de 2014
La ciencia del aparcamiento
Cada vez me afianzo más en la idea de que Barrio Sésamo debería imponerse como método educativo obligatorio. Las clases de Coco, el Conde Draco, Triqui, Epi y Blas eran entretenidas y muy didácticas. Su utilidad no se limita al público infantil sino que su inagotable sabiduría es válida a cualquier edad. De hecho habría que instaurarlas en las autoescuelas y que sus enseñanzas formasen parte del examen teórico de la DGT. Se trataría de reforzar nociones básicas: recordar los números, uno y dos para así aprender a ocupar una plaza por coche y no acaparar dos con un mismo vehículo, distinguir entre una raya blanca en el suelo y un árbol decorativo al que arrimarse en busca de sombra en verano, saber diferenciar el significado de las preposiciones en, sobre, entre, y para el nivel avanzado aclarar los conceptos de en línea y en paralelo.
Un coche grande no da derecho a invadir el hueco de al lado. Si nunca se es capaz de ajustarse al espacio disponible convendría plantearse un cambio de modelo de automóvil y decantarse por uno más manejable. Las plazas tiene límites, al igual que la inteligencia, pero no es recomendable llamar la atención sobre los de la segunda. Algunos opinan que no son tontos, tan sólo se consideran especiales. Su existencia honra al resto y, en agradecimiento, se merecen disfrutar de privilegios. También hay quien opina que el caso es destacar a toda costa pero, sinceramente, prefiero mantener ocultas mis carencias. Cierto que muchos diseñadores de garajes se rigen por la norma de que "donde caben dos, caben tres", el problema se presenta cuando ninguno de los tres es capaz de abrir la puerta. Supongo que estos cerebros tampoco vieron Barrio Sésamo y nadie les explicó en su momento que el juego de los cubos consiste en encajar cada pieza en la ranura con su forma y no en conseguir que el cuadrado pase, como sea, a través del círculo.
La falta de civismo no es un sustituto de la estupidez, sino un factor a añadir. Refleja que no se es consciente de que se vive en una sociedad. La convivencia es difícil, por eso es bueno estar al tanto de las vicisitudes de la relación de Epi y Blas que revelan, en su día a día, los trucos para tolerar las peculiaridades de los demás. No hay que armarse de paciencia, que no está al alcance de todos, sino de indiferencia y no picarse por memeces. Si se desea huir de la gente, la alternativa es convertirse en ermitaño. Dar rienda suelta al egoísmo e ir por libre, contra viento y marea, tan sólo complica más la vida. Cuando, a pesar de las inclinaciones, hay que resignarse y soportar a la humanidad uno se da cuenta de que el sacrificio es más llevadero sin enfrentamientos.
Moraleja: repasar Barrio Sésamo.
Un coche grande no da derecho a invadir el hueco de al lado. Si nunca se es capaz de ajustarse al espacio disponible convendría plantearse un cambio de modelo de automóvil y decantarse por uno más manejable. Las plazas tiene límites, al igual que la inteligencia, pero no es recomendable llamar la atención sobre los de la segunda. Algunos opinan que no son tontos, tan sólo se consideran especiales. Su existencia honra al resto y, en agradecimiento, se merecen disfrutar de privilegios. También hay quien opina que el caso es destacar a toda costa pero, sinceramente, prefiero mantener ocultas mis carencias. Cierto que muchos diseñadores de garajes se rigen por la norma de que "donde caben dos, caben tres", el problema se presenta cuando ninguno de los tres es capaz de abrir la puerta. Supongo que estos cerebros tampoco vieron Barrio Sésamo y nadie les explicó en su momento que el juego de los cubos consiste en encajar cada pieza en la ranura con su forma y no en conseguir que el cuadrado pase, como sea, a través del círculo.
La falta de civismo no es un sustituto de la estupidez, sino un factor a añadir. Refleja que no se es consciente de que se vive en una sociedad. La convivencia es difícil, por eso es bueno estar al tanto de las vicisitudes de la relación de Epi y Blas que revelan, en su día a día, los trucos para tolerar las peculiaridades de los demás. No hay que armarse de paciencia, que no está al alcance de todos, sino de indiferencia y no picarse por memeces. Si se desea huir de la gente, la alternativa es convertirse en ermitaño. Dar rienda suelta al egoísmo e ir por libre, contra viento y marea, tan sólo complica más la vida. Cuando, a pesar de las inclinaciones, hay que resignarse y soportar a la humanidad uno se da cuenta de que el sacrificio es más llevadero sin enfrentamientos.
Moraleja: repasar Barrio Sésamo.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Claridad
La ironía y el sarcasmo permiten afrontar con humor algunas situaciones e incluso transformar en ridículo lo desagradable. Es fundamental saber reírse de uno mismo ya que se suele ser el protagonista de la mayoría de las anécdotas y, de este modo, el bochorno asociado a estas es más llevadero. No hay que pecar de estúpido orgullo y de amor propio mal entendido, lo que desemboca en un bucle de rencor que mina la vida del que lo sufre. Tomarse las cosas a la tremenda no las mejora. Contemplarlas desde otra perspectiva sí que suele hacerlo. Lógicamente no todas las circunstancias difíciles son susceptibles de ser transformadas en episodios cómicos. Por desgracia, en algunas, el motivo subyacente o bien no tiene remedio, o bien su gravedad no permite aplicar este tratamiento.
Una máxima fundamental es que siempre hay que tener en cuenta las formas. Un estilo imperativo es sólo aconsejable con los animales que sólo comprenden ordenes cortas, simples y firmes. Sin embargo, su uso en los seres racionales (por pocas muestras que den de esa cualidad) generará una actitud de rechazo inmediata y debe ser evitado so pena de obtener el efecto contrario al deseado. Hay que ser sincero sí, pero con cortesía. Si es imposible mantener una conversación civilizada con la otra parte, y se corre el riesgo de perder los papeles, es una muestra de inteligencia no profundizar más en el tema conflictivo (la mayoría no son más que ridículas nimiedades). Las opciones pasan a ser las de: o bien actuar en el asunto según las propias convicciones, lo que con o sin discusión es lo que suele suceder en la mayoría de los casos, o bien abandonarlo si no es posible llevarlo a cabo sin el consentimiento del contrario.
Hay que aprender a escoger las batallas y minimizar su número y duración. En el caso de que el asunto en cuestión requiera medidas desesperadas con urgencia, no queda más remedio que ser tajante y proceder de forma consecuente con la decisión tomada. En una situación así es absurdo el prolongar discusiones estúpidas. Nada como un buen argumento, que no admita réplica (afortunadamente en medicina esos argumentos existen y resultan muy útiles a la hora de zanjar mezquinos debates basados en protocolos cuadriculados, a veces tan rígidos que ni siquiera el sentido común es capaz de flexibilizarlos). Si algo debe hacerse, lo único importante es hacerlo cuanto antes. Eso sí, en una muestra de civismo, la opinión personal sobre los debatientes es mejor guardársela para uno, aunque eso suponga un gran esfuerzo.La sutileza implica diplomacia, rasgo del que por desgracia carezco. Sin embargo la ironía y el sarcasmo se benefician de la ausencia de esta cualidad, así como de un punto de exageración. Decir las cosas a medias implica callar algunos elementos de las mismas y puede ser motivo de malentendidos por omisión. Es la verdad, pero no toda la verdad, ni nada más que la verdad. Los adornos que matizan la realidad pueden llevar a engaño e incluso provocar que se tergiversen las conclusiones. Expresarse simultáneamente con claridad y tacto es facultad de unos pocos privilegiados.
El lenguaje es preciso en vocabulario, forma y estilo, y su dominio permite manifestar hechos e ideas con fidelidad, al tiempo que se obvian palabras tabú. No obstante, se corre el riesgo de que el interlocutor no comprenda el significado de todos los términos empleados y no capte la intención del discurso. Ante la duda, mejor no dar lugar a ella.
martes, 10 de diciembre de 2013
Cuando me enfado...
Supongo que a nadie le gusta enfadarse. Aunque soy irritable, y eso me enoja conmigo misma más que con nadie, me cuesta enfadarme de verdad. No resulta agradable encenderse progresivamente, sentir que se pierde el control mientras se intenta por todos los medios morderse la lengua para evitar males mayores. No obstante hay ocasiones en las que no queda más remedio que revolverse, plantar cara y luchar por defender causas casi perdidas, que no por ello menos justas.
¿Qué cosas me ponen furiosa? Me resulta indignante que no se cumpla la palabra dada, que se tergiverse lo dicho para interpretarlo de la manera más conveniente, que uno pueda desdecirse impunemente para salirse con la suya según convenga a sus intereses. Esto es aún más insultante cuando la postura deja de ser congruente y, tras realizar y acabar la jugada, el oponente pasa a contradecirse y lo que no podía ser en su momento, porque entonces no le venía bien, se convierte en una obligación ineludible (de cuyo cumplimiento se hace responsable al otro). De nada sirven los razonamientos, ni previos, ni a posteriori, con estos príncipes de la manipulación. De nada sirve tratar de hacerles ver que la situación de partida es un sinsentido, un arreglo mal planteado, por el que finalmente pagan tanto justos como pecadores. Es la razón de la cerrazón. No oyen porque no escuchan, no ven y tampoco miran, ni más allá, ni desde otros puntos de vista.
¡He dicho!
¡He dicho!
jueves, 21 de noviembre de 2013
El sueño americano
Hermanísima conecta con facilidad con casi cualquiera, no sólo habla sino que también escucha, si el otro es capaz de meter baza. En poco tiempo se gana la confianza y la amistad de los que la conocen, tanto es así que en el hospital me preguntan con frecuencia por ella y por cómo le va en San Antonio. No sólo muestran interés mi compañeros de servicio sino también los pediatras, a los que conoce gracias a la salud de hojalata de sobrinísima y ciclón, los oftalmólogos, por ahí hemos pasado todos, y los anestesistas de la Unidad del dolor, con los que ha intimado durante sus infiltraciones de botox para las migrañas.
Egoístamente no tenía ni chispa de ganas de que hermanísima se marchase. Siempre hemos estado muy unidas, a pesar de nuestros caracteres casi opuestos, y sé que le debo mucho por haber hecho de mí una persona tolerable. Ella estaba muy ilusionada con el proyecto americano, pensaba que era una oportunidad para toda su familia y valoraba las ventajas que aquella estancia le reportaría a sus hijas. Se marcharon en Julio para buscar una casa y encontraron una que les encantaba. Todo parecía ir bien.
Por desgracia el sueño no tardó en convertirse en una pesadilla. Una película se quedaría corta a la hora de reflejar el horror de la realidad. ¿Quién resistiría 9 horas de agobiante metraje seguidas de otras 9 horas diarias de lunes a viernes, y los miércoles 10, semana tras semana? El argumento: la lucha por sobrevivir a la esclavitud, supuestamente abolida sobre el papel pero no en la vida laboral, la resistencia frente las bandas de adolescentes descerebrados en su camino a la cárcel, la manipulación de la mafia disfrazada de burócratas y sus amenazas larvadas a la familia para forzar a sus víctimas a seguir bajo su dominio. No falta tampoco un tribunal inquisidor encargado de averiguar, a través de la intimidación y del tercer grado, cómo una extranjera ha logrado los mejores resultados con sus alumnos (la respuesta es dejándose la piel). La protagonista se resiente, el soportar lo insoportable le pasa factura: migrañas, agotamiento. Ni siquiera la recomendación escrita de un médico surte efecto, le niegan una reducción, no hay sustituto y debe trabajar hasta morir en el empeño. Para aumentar el realismo nada mejor que intercalar un cursillo de cómo actuar en caso de tiroteo. Si ya los chiquillos se ponen nerviosos en España ante un simulacro de incendio me figuro lo que debe de ser controlar a una manada delante de un arma. No, la verdad es que no me lo figuro y tiemblo al pensar que mi querida hermanísima corra el riesgo de pasar por una situación como esa.
Todo lo que le prometieron era mentira, las condiciones que le han impuesto no son las que le habían dicho, de palabra. Es el colegio que exige más horas de clase, lo habitual en el resto son 7. No sé si así pretenden educar o machacar a los delincuentes en potencia que son muchos de sus alumnos, imposibles de manejar a última hora. Una vez engañada no se puede hacer nada salvo esperar a que termine el curso para regresar y besar el suelo de su colegio habitual. Los granujas responsables se lanzan la pelota y se lavan las manos. Es la gran pesadilla americana.
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