martes, 25 de marzo de 2014

Tardanza

No soporto ir tarde, me pone nerviosa. Al parecer en muchos países del mundo, y no hay que irse muy lejos, soy un caso raro. Allí la costumbre de llegar tarde a todas partes, incluso a la consulta, es casi una regla. No entienden que es una falta de respeto hacia el resto de los citados, a los que no les importa hacer esperar por su culpa, y que un médico no puede ir en hora si sus pacientes no se presentan a su hora.

Igual que no aguanto ir tarde, no me gusta que la gente espere por mí y me esfuerzo por llevar la consulta con puntualidad, aunque eso me suponga abandonar la sesión cuando se prolonga (siempre) y dejar a mis compañeros con la palabra en la boca. Creo que necesitaríamos un moderador para controlar las intervenciones de todos, con frecuencia opinamos varios al mismo tiempo, y su duración. Cuando llega el turno de los enfermos considero que son ellos los que, como médico, tienen prioridad y me voy a la consulta. Mientras haya pacientes no paro ni a respirar, ni siquiera salgo al baño. Es raro que los que ya me conocen se atrevan a retrasarse, saben que se ganarán una reprimenda al respecto. Sin embargo ninguno se queja, la mayoría están encantados con mi política de no hacerles esperar. De hecho suelen acudir antes de su hora, a veces bastante antes, y al coincidir con los citados lo que sucede es que, durante un rato, las bisagras de mi puerta no conocen ni un segundo de descanso. Por lo general son los nuevos los que se retrasan, aunque la mayoría sólo pecan la primera vez. Si son pocos minutos, o muestran educación y se disculpan, todo se queda en un aviso, es mejor dejar las cosas claras desde el principio. Eso sí, deberán esperar a que, antes que a ellos, atienda a los puntuales que sí han demostrado valorar el tiempo de todos como es debido.

Sé cuando mis citados están en el hospital, el ordenador delata su llegada al meter la tarjeta sanitaria en la máquina de boletos. Si alguno no aparece por la consulta, considero que se ha perdido, evento que ocurre a diario, y salgo a buscarlo a las salas de espera de alrededor. A veces no le encuentro ni por esas y, entonces, para su sorpresa, le llamo al móvil. Le explico que soy su doctora, que sé que está en el hospital pero que no responde al llamarle. Los hay que se han equivocado de planta porque se han bajado del ascensor sin fijarse y creen estar en el lugar correcto hasta que les saco de su error. Otros vagan por los pasillos sin rumbo y sin ver los carteles, porque el que no sabe es como el que no ve. Si es su hora y su llegada no está registrada en el ordenador, también salgo a llamarles, por si acaso no se han enterado de cómo funciona el sistema de las dichosas maquinitas. Al no haber nadie que se lo explique, ese es un error habitual. Sin embargo, algunos vienen cuando les parece, hasta más de una hora después, y no se excusan sino que pretenden engañarme e incluso culparme. Afirman algo que sé que es mentira: que estaban en el hospital y llevan una hora esperando, curiosamente la hora que sé que se han retrasado. Los hay que montan una bronca, se agarran al argumento de que otras veces son ellos los que esperan. No les atiendo, tienen razón: serán ellos lo que esperarán, en esta ocasión nada menos que a una nueva cita. Si uno se permite el lujo de llegar cuando le conviene lo que demuestra es falta de interés y, si tan poca relevancia tiene para él, asumo que no le importará aguardar un poco más por algo tan banal.

5 comentarios:

Señora dijo...

Me recuerda la entrada de hoy algunas situaciones vividas recientemente en los días de estancia con los americanos. La señorita Inés, apodada por su madre como la Justiciera, ha mostrado en varias ocasiones un carácter muy preciso para imponer "castigos" a quien no cumpla con la tarea o cometido que le correspoda. El problema es que suele ser su hermana pequeña la protagonista de los incumplimientos, y así como una es el rigor a la hora de llevar adelante sus obligaciones (si tiene asumido que eso es lo que hay que hacer) la otra es la sabandija del escaqueo. Cuando se trata de trabajos caseros compartidos, es una risa ver las trifulcas que se montan y sobre todo los castisgos que exige la Justiciera para que su hermana escarmiente. ¿A quién se le parecerá la chiquilla?

elvis dijo...

Como soy de esas personas que suelen llegar tarde (5 minutillos) entiendo a aquellos que se disculpan y asumen que no es correcto, pero no han podido evitarlo. Si tengo tiempo llego tarde seguro, porque me entretengo cambiándome de ropa, probando una crema nueva, alisando bien el pelo....cuando me doy cuenta tengo que correr. Si voy con el tiempo justo entonces debe ser que lo calculo mal, porque justo siempre es insuficiente, y al final se me pasan esos minutillos.

Lo que siempre me ha parecido mal de la gente puntual es que te regañen tanto por los minutos que llegas tarde como por los que ellos se han anticipado. Cuando se queda a una hora y uno llega diez minutos antes es su problema, ¿no?

Besos

Anónimo dijo...

que dura ¡¡¡¡¡ Marie.

María José Rodrigo Hernández dijo...

Yo también odio llegar tarde, y por eso tengo todos los relojes de casa cinco minutos adelantados, pero… ni por esas. Lo malo de saberse los trucos es que ya no funcionan. Pero hago propósito de enmienda, de verdad…

Carol dijo...

Yo tampoco soporto llegar tarde. Y como tu creo que hacerlo sistematicamente es una falta de respeto... Comparto tu opinioo