domingo, 2 de marzo de 2014

Ingeniero en Perú

Andrés regresó satisfecho de Alemania. Se había peleado con la nieve y había hecho estallar la tierra helada hasta ablandarla lo suficiente como para trabajar en ella. Había soportado temperaturas de veinte grados bajo cero. Con ese frío la nariz se le congelaba cuando asomaba por entre las vueltas de la bufanda. Había luchado contra tornillos que no se apretaban bajo el tacto inexistente de los guantes. Habían sido 18 meses de duro trabajo que ahora ocupaban una línea más en un curriculum lleno de esperanzas que nadie requería.

Desde su vuelta permanecía atento a todas las ofertas que salían, asunto que, por desgracia, no le llevaba mucho tiempo. Aprovechó para estudiar y sacarse en el ínterin el título de ingeniero superior. Aprobó las asignaturas, terminó el proyecto de fin de carrera, pero nada cambió. Probó suerte en todas las provincias sin que en ninguna le surgiese la oportunidad de aplicar sus nuevos conocimientos. Las perspectivas no es que fuesen malas, es que eran nulas. Las empresas cerraban o despedían a sus trabajadores. Si pretendía trabajar tendría que marcharse, no había alternativa.

No se precipitó. Antes de moverse a ningún lado, diseñó un plan. Debía escoger adónde ir y para ello era preciso saber cómo funcionaban las cosas en cada lado. Necesitaría un sitio en el que vivir y desde el que desplazarse. Se puso en contacto con grupos de gente de distintos lugares. Gracias a su seriedad y su simpatía, enseguida trabó buenas amistades. Habló con unos y con otros, investigó y llegó a la conclusión que, donde tenía las mejores posibilidades, era en Perú o en Chile, los países de Sudamérica con mayor actividad minera. Junto con uno de esos nuevos amigos, con familia en el país, organizó el viaje a Perú. Si ese plan no funcionaba, lo intentaría en Chile.

Al llegar se encontró con las primeras dificultades. Trabajo había pero su visado era sólo de turista y le convertía en la víctima ideal para contratos de trapicheo poco fiables. No estaba dispuesto a que le tomaran el pelo, debía poner en orden sus papeles.

Su carácter emprendedor, franco y abierto le benefició. Conoció a una familia que había vivido en España y que guardaban un excelente recuerdo de su experiencia. Estaban muy agradecidos por toda la ayuda que les habían prestado entonces y se ofrecieron a intervenir en su caso. Deseaban, de algún modo, devolver el favor. Movieron sus contactos para acelerar el papeleo y, además, le invitaron a pasar con ellos las Fiestas navideñas. Tenían una casa en una pequeña ciudad, patrimonio de la humanidad, cercana a la selva, donde pensaban recibir el Año Nuevo. Andrés aceptó sin dudar. Echaría de menos las celebraciones familiares pero estaría nada menos que en la selva amazónica. ¿Quién no firmaría una oferta igual? Para rematar la experiencia Los Reyes Magos le trajeron su permiso de trabajo y, un día después, un contrato legal.

¡Feliz cumpleaños valiente!


1 comentario:

Andres Salazar Reche dijo...

Hola superprima!! Muchas gracias por tu entrada, me ha encantado, me encanta como redactas, como siempre digo cuando te leo "me entra solo por los ojos". Asi ha sido mis últimos meses o años, intentando aprovechar el tiempo lo máximo posible, esto es una lucha constante y no me pienso rendir, en ese sentido seré el tio mas pesado del mundo y hasta que no encuentre mi sitio no voy a parar, espero verte muy pronto, un besazo