jueves, 27 de marzo de 2014

El unicornio

He capturado un unicornio de mar. Fue por azar, sucedió en un momento. No quería, al principio ni siquiera lo sabía. Con mi dedo seguía la huella de las líneas de la orilla para reescribirlas. ¿Sería capaz de leerlas y descifrar lo que decían? Estaba tan abstraída en desvelar el misterio que una ola me agarró a traición y, de un revolcón, me lanzó al océano. Era una advertencia: no hay que empeñarse en desenterrar los secretos escondidos.

Las burbujas danzaban a mi alrededor. Una de ellas era extraña, un jirón de espuma blanca envuelto en agua. La cogí con el cuenco de mis manos y me sorprendí al notar el roce de su cuerno contra mi palma. Me fijé y allí estaba, con sus ojos profundos, radiantes de luz dorada. Levanté mis manos para estudiarlo, las acerqué a mi rostro y, en ese gesto, las saqué del océano. El viento enmudeció y el sol se apagó. El mar desapareció, su lecho se secó. Ante mí yacía un desierto infinito de arena gris. No había olas, sino rocas y sombras. Todo era silencio y desolación. Sólo entonces entendí el significado de lo que sostenía.

Me asusté y mi burbuja se derramó. Al chocar contra la arena las gotas se quebraron en añicos. Los jirones de su espuma se irguieron encabritados sobre una ola gigantesca y, tras encender de nuevo el sol con el roce de sus cuernos, galoparon desde la playa hacia el interior del agua.

He suspirado y, al hacerlo, he oído el viento. El mar ha guardado sus secretos. La marea ha borrado sus huellas y los trazos de mis dedos.

3 comentarios:

canela988 dijo...

¡Qué bonito Sol! Los secretos muchas veces es mejor dejarlos donde están. Otras los intentas descubrir pensando en que será mejor y suelen hacer daño la mayoría de las veces. Tan solo los secretos de la historia (mediando muchos años de por medio) suelen traer luz en la oscuridad del tiempo. Gracias por compartir estas historias que nos hacen reflexionar en nuestro proceder.
Un cordial saludo.

María José Rodrigo Hernández dijo...

Hay ciertas clases de magia que no se pueden encerrar. Ni siquiera en un precioso paquete envuelto en papel de regalo. Hermoso cuento-fábula, con su moraleja de cristal.

Yo misma dijo...

Bellísimo!