miércoles, 30 de noviembre de 2011

Puntualidad

Procuro ser siempre puntual. Tanto, que calculo todo tipo de contingencias que puedan surgir en el trayecto y que influyan en mi posible demora. Ser consciente de que se me hace tarde no es tan sólo que me estrese, sino que incluso me produce ansiedad. La impuntualidad causa una primera impresión pésima, me parece una falta de respeto por el que espera, así como un signo de egocentrismo. Uno es el ombligo del mundo y el tiempo gira en función de su conveniencia. Tardón, engreído y maleducado son conceptos muy relacionados entre sí.

Sé que no todos en mi familia comparten mi radical punto de vista. Los impuntuales nunca piensan que están haciéndole perder el tiempo al que espera y que, por desgracia, el reloj no da marcha atrás. Aunque suelo llevarme un libro para esas eventualidades, la intranquilidad y el tener que estar pendiente hacen que me resulte difícil concentrarme en la lectura.

Lo de los pacientes que llegan tarde porque sí, es inconcebible. Muchos no aceptan las críticas. Dada su excelsa perfección no consideran que hayan cometido ningún fallo. El colmo es cuando te atacan con el argumento de que "otras veces soy yo el que espera". Esa actitud refuerza mi opinión de que estoy delante de uno de los "ejes del universo" y me demuestra que, tanta vuelta sobre su persona, ha mermado su intelecto, si es de los afortunados que nació con uno. La relación comienza con mal pie, ya que, en palabras del Dr. House, no es de sabios enemistarse de entrada con el curandero de la tribu. Además, su argumentación es fácilmente rebatible con pura lógica: ¿cómo es posible que el médico lleve su consulta en hora si tiene que esperar a los pacientes que piensan igual que él (el lunes fue una ella)? Claro que, aunque intentes hacérselo ver, por lo general son sordos al sonido de una voz distinta a la suya. Son de los que saben más que nadie y cualquier explicación que se salga de su cuadriculado y rígido esquema mental, incluso las relacionadas con los síntomas que vienen a consultar, es errónea. Los años de Medicina no sirven de nada enfrentados a su irrefutable opinión. Por supuesto los veo después de los que se presentan puntualmente a su hora. Deduzco que el concepto de temporalidad es más importante para la gente que valora el tiempo propio, y el ajeno, que para los que le dan prioridad a su ombligo. Así tienen tiempo para pensar a gusto en ellos mismos en la sala de espera.

Es cierto que existen circunstancias atenuantes, sobre todo en relación con los hijos, aunque también hay otros motivos (no soy tan inflexible como para no verlo), como equivocarse de hora o perderse por el camino. Claro que cuando uno tiene que ir al cine o coger un medio de transporte, se aplica y llega cuando debe. ¿Por qué no hacen igual en el médico o con los amigos? Con estos últimos hay citas más o menos flexibles en las que la hora es aproximada, aunque suele ir implícito en la conversación previa con frases del estilo "intentaré llegar a ..." "no sé si me dará tiempo" o se avisa "puede que se me complique...". En ese caso, lo único que se puede hacer es ver cómo se desarrolla el día y poner al tanto al resto de los participantes en la cita. Es eso o no poder quedar nunca, y esa opción no es apetecible. Pero son circunstancias excepcionales y con una relación cultivada de por medio.

Henry Gilbert Darling
Cuando se sabe que alguien toma lo de llegar tarde como un hábito lo mejor es intentar minimizar la diferencia de los relojes internos. Para ello, una táctica útil es notificar al impuntual de la hora del evento como algo anterior a la real. Claro que cuando se trata de algo multitudinario es fácil que a alguien se le escape la "verdad". No sólo eso. Ante la remota posibilidad de que ese día la persona en cuestión esté cuando se le ha dicho, suelo aparecer en el lugar de la cita con la "falsa" antelación prevista, para que, el pobre, no se encuentre solo al llegar. Es pecar de optimismo. Como siempre el impuntual deseará hacerse notar y será el último. La búsqueda de atención a través de este tipo de estrategia es poco recomendable, más de uno fulminaría al figura con la mirada. Tanto afán de protagonismo suele derivar en que, encima, cuando al fin llegan, pretenden acaparar la conversación. No les importa de qué se está hablando. Lo que ocupa sus mentes es sin duda más interesante. Muchos de ellos ni tan siquiera se disculpan por la tardanza e incluso opinan que es un rasgo "gracioso" de su carácter. Se sienten reafirmados en su singularidad. Claro que al igual que no saben mirar la hora tampoco deben de tener muy claro el lugar en el que tienen la "gracia".

martes, 29 de noviembre de 2011

TACONES

La pasión por los zapatos, con especial debilidad por los de tacón, hace que cuando salgo con el propósito de comprarme unos zapatos cómodos, mis planes se suelan frustrar y en su lugar regrese a casa con unos maravillosos y altísimos tacones de los que me he tenido la desgracia de enamorarme a primera vista. Es una pena que este tipo de calzado no sirva para caminar, y eso pese al esfuerzo que una hace para engañarse a sí misma y autoconvencerse de que, además de bonitos, son cómodos. Esa alegación se refuerza cuando el trayecto se limita a ir de la casa al coche y viceversa. Tampoco da problemas en el trabajo, siempre y cuando nos limitemos a las jornadas quirúrgicas, en las que esas preciosidades se quedan en la taquilla para ser sustituidas por los antiestéticos zuecos. De hecho, cuando mi uniforme diario durante la residencia consistía básicamente en el pijama y los susodichos zuecos, sustituí el espantoso modelo de estos últimos que suministraba el hospital por otro mucho más mono. Para esa ocasión lo escogí sin tacón, pero aún así mis zuecos llamaban la atención y más de una me preguntó por ellos. Ahora no tengo que convivir tantas horas con ellos como por aquel entonces, así que soporto su diseño sin problemas. Como además tocan cuando hay cirugía, mi cabeza tiene otros temas en los que ocuparse y con los que disfrutar y no me hacen falta tacones hacia los que desviar la atención. Cuando se tiene un bisturí en la mano las distracciones tampoco son demasiado recomendables. El día de consulta, aunque por lo general hay que caminar poco, y tan sólo trechos cortos, son muchas horas y los pies se resienten ligeramente hacia el final de la misma. De hecho en alguna ocasión me he descalzado en el descansillo, porque ya no veía el momento de apoyar algo más que los metatarsianos. Lo peor son esas mañanas en las que no se para de recorrer pasillos, ni de subir y bajar las escaleras del hospital. Al cabo de unas horas una comienza a plantearse la sensatez de su elección.

He descubierto que semejante "tara" es de origen genético. Dada su elevada incidencia en las féminas creo que debe tratarse de un gen dominante ligado al cromosoma X. En mi caso concreto, proviene de mi abuela paterna. Ya comenté que le gustan mis historias por lo que le imprimí algunas de las entradas del blog para que las leyese. Dado que este cada vez se perfila más en una línea familiar, cuando fui a visitarla el pasado domingo le pregunté por sus mejores recuerdos, con la intención de dedicarle un post por su cumpleaños. Me contó un montón de historias con las que voy a tener material de escritura para varios días. Como consecuencia de ello no va a tener un único post, o tendría que subdividirlo en capítulos. Con este comienza la saga.

La primera memoria que le vino a la cabeza fue un recuerdo de su infancia. Mi abuela era la pequeña de sus hermanas, con una diferencia de más de 10 años con las mayores. Cuando éstas salían, según oía el sonido de la puerta al cerrarse, aprovechaba su ausencia y corría como una flecha escaleras arriba. Entraba en su habitación y sacaba del armario los zapatos con el tacón más alto que pudiese encontrar. Pese a ser varios números mayores que sus pequeños pies, se los ponía y caminaba con ellos con soltura hasta que oía pasos en los alrededores del pasillo. En ese caso se apresuraba a guardar las pruebas de su fechoría antes de ser pillada in fraganti. Supongo que el ruido del chancleteo la delataba y que dependía del humor de los adultos el tiempo de permiso de extranjis que se le concedía. En alguna ocasión o bien la tolerancia disminuyó o bien su disfrute le hizo bajar la guardia y fue descubierta en su travesura, con la consabida regañina. Pese a ello, el haberlos llevado ese rato la compensaba con creces por el castigo y, además, le hacía sentirse feliz.

Mucho tiempo después, mi hermanísima copiábamos a nuestra abuela con los únicos zapatos de tacón que tenía mi madre. Eran unos zapatos de salón con un bonito lazo de cuero negro. Al parecer costaron en su momento algo así como la mitad de su sueldo de un mes. Sin lugar a dudas eran nuestros favoritos por lo que supongo que mi ojo para escoger lo más caro debe de ser un don innato. Si se me suelta en una tienda desconocida, lo más fácil es que me vaya directa a algo en apariencia discreto, pero como bien dicen: las apariencias engañan, y en realidad su composición, diseño, corte, o simplemente su mera exclusividad, hacen que forme parte de la mercancía más valiosa de la tienda en cuestión. El caso es que cuando mi madre salía, hermanísima y yo, con muchísimo cuidado, paseábamos por el pasillo con sus bonitos escarpines. Después del desfile, al igual que mi abuela, los guardábamos con sumo cuidado, los colocábamos perfectamente en su caja y la dejábamos en su sitio exacto para evitar que se notase nuestro paso.  Claro que, en ocasiones, nuestra huella era indeleble.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Diseño gráfico

Este año el Dr. House y yo nos llevamos la cámara de fotos a Ginebra y, como habéis podido comprobar en el blog, incluso ¡la usamos! Últimamente ni siquiera nos molestábamos en meterla en la maleta ya que, lo habitual, era que se quedará allí. En nuestros primeros viajes, cargábamos con el aparato que, por aquel entonces no era la miniatura actual sino una cámara reflex en condiciones, marca Nikon, que pesaba la suyo. El armatoste se pasaba las vacaciones en mi bolso, sin cumplir ningún función más que la de fastidiarme el hombro. Después compramos una Ixxus, con la intención de darle algo más de uso, y que salió aún menos del bolso que la Nikon. Al pesar menos ni tan siquiera nos acordábamos de que la teníamos. Progresivamente, del bolso se instaló en la maleta, metida en alguno de los bolsillos laterales para que no molestase demasiado, hasta que terminamos por dejarla en casa. Después aparecieron las cámaras digitales. Según llegaban al escritorio de mi marido, tomaban posesión de uno de los cajones, y allí permanecían.

 ¿Cámaras en los móviles? ¿Qué es un móvil? ¡Ah! Se trata de ese chisme que llevo apagado en el bolso para las emergencias. Es cierto que tiene cámara, le hice una foto una vez a mis sobrinas. Fue al poco de comprarlo y, de eso hace tanto tiempo que, incluso a ellas mismas, les cuesta reconocerse. Después se me cayó al lavabo lleno de agua y la pantalla no ha vuelto a mostrar imágenes hasta hace poco. Supongo que la cámara también debe de funcionar, aunque no lo he comprobado. ¿El móvil del Dr. House? Sí, también tiene cámara. La probamos conmigo de modelo y, después de ver el resultado, no hemos vuelto a hacer ningún otro ensayo. En su caso el teléfono está encendido, pero nunca jamás lo lleva encima, sino que hace compañía a las cámaras en su escritorio.

Por fin este año, la máquina no sólo se vino con nosotros de vacaciones sino que, sus fotos han terminado expuestas en el blog. A base de ilustrar las entradas ahora tardo más en buscar las láminas adecuadas que en escribir mis tonterías. Ha llegado hasta tal punto que mi carpeta personal de imágenes del ordenador, que estaba sin estrenar, tiene ahora cinco subcarpetas en las que he clasificado las ilustraciones por temas para darles uso. Portadas del Saturday Evening Post de Norman Rockwell y Leyendecker, pin-ups de Gil Elvgren, dibujos de Willcox-Smith, cuadros de galerías y museos, entre muchos otros, forman parte de mi archivo que se ha convertido en una muestra más de mi carente sentido de la medida. Está claro que, en mis asuntos todo es, "o calvo o con tres pelucas".

domingo, 27 de noviembre de 2011

RECETAS de Miss Corn



El viernes Miss Corn nos demostró con su aportación a los postres en la comida familiar en Fuenllana que ha heredado la mano mágica en la cocina de su abuela y su tía, y eso que, cómo quien dice, acaba de empezar su carrera entre los fogones. Tras degustar el resultado, esta no puede ser más prometedora. Me ha enviado las recetas de su contribución de aquel día que, por supuesto, os copio casi textualmente, a la espera de más.







RECETA TRUFAS  (Muy facilita)

Ingredientes:
600g de chocolate en trozos.
500g de nata líquida.
1cucharada café.


Cómo se hace:
Poner cazo con nata liquida y cuando hierva, retirar del fuego. Una vez fuera, echar una cucharada de café y cuando se disuelva, con el mismo calor y removiendo sin parar, añadimos el chocolate poco a poco, removiendo mucho. Vamos jugando con el fuego para que se funda.

Una vez que se disuelva todo, retiramos y lo ponemos en un bol para enfriar. Cubrirlo con papel film para que no le entre aire.

La crema estará lista cuando su centro este firme, aunque no demasiado duro. Después se puede darle forma con cucharas o moldes.



Receta de las TULIPAS


Ingredientes:
100g de azúcar.
100g de harina floja
100g de claras (1 ó 2 huevos)
100g mantequilla, sin quemar, sólo derretir.

Elaboración:
Se mezcla todo hasta que se haga homogéneo. Primero mezclas las claras con el azúcar, varillando todo el rato, despues la mantequilla derretida y, por último, la harina muy poco a poco porque si no se hace pegote. Hay que varillarlo mucho y, al final, sale la crema. También se puede hacer de cacao, si a esa misma masa se le echan unas dos cucharadas de cacao en polvo, se tinta y está de muerte.

Se saca la bandeja de horno, se pone por encima una lámina de  "SILPAT", es una tela revestida de silicona, de venta en tiendas de material de hostelería. En lo referente a cantidad de masa hay que poner poquita, porque en el horno se hincha. Además  las gordas no quedan igual, tienen que ser finitas. Se precalienta el horno a 180 grados. Hay que vigilarlo, sin abrir, sólo asomándose, hasta que se dore. Se saca y se coge rápidamente la lámina de silicona, ¡a los 5 segundos se enfría y se queda dura y no se podrá modelar!

Para darle forma, no viene mal un poco de imaginación. El otro día para hacerlas en casa utilicé un vaso chupito y con el culo hice las tulipas a modo tarrina. Se usa un paño y una espatula para despegarlo de la bandeja y, rápido rápido rápido, le damos la forma que queramos con el molde que tengamos a mano o que nos inventemos.


Miss Corn las hace de una en una, porque está sola y si no ¡no le da tiempo! De otro modo, si pretende moldearlas, el tema se le complica. Claro que no creo que le resulte difícil encontrar a alguien dispuesto a sacrificarse y comerse las "imperfectas".




Eventos semanales: Michal Negrín


Michal Negrín es una firma de bisutería vintage de aire romántico de un diseñador israelí que antes tenía una tienda preciosa en Madrid en la Calle Núñez de Balboa. Era tan bonita que sólo visitarla merecía la pena. A comienzos de la crisis cerró, pero su distribuidora celebra ventas ocasionales, por lo general en una sala del hotel Catalonia, que acondiciona a imitación de la tienda.
Además de bisutería buena, tienen también ropa y complementos. En visperas de Navidad, el próximo evento de venta especial  Michal Negrin, tendrá lugar en el hotel Catalonia Goya (Goya 49 Madrid semiesq. Núñez de Balboa, Metro Velazquez) durante los siguientes días:

Jueves 1 de Diciembre de 16:00 a 21:00 horas
Viernes 2 de Diciembre de 10:00 a 21: horas
Sabado 3 de Diciembre de 10:00 a 15 horas


sábado, 26 de noviembre de 2011

Saturday Evening Post: Comida en la Escuela de Cocina

Para empezar bien el fin de semana, decidimos organizar una pequeña reunión para irnos ayer a comer a la Escuela de Cocina de Fuenllana, donde estudia nuestra Miss Corn.  El homenaje era más que merecido después de la semanita de duro trabajo que llevaba arrastrando desde el largo y complicado quirófano del martes. Un poco de relax gourmet siempre viene bien para recuperarse. Al terminar la consulta esperé a mi señor padre que tenía que dar un curso y le pillaba bien acercarse para que así fuésemos juntos en mi coche al lugar de la comida. En el corto viaje de la universidad al hospital, según sus propias palabras, "flipó" con el transporte público de Madrid. Puede parecer increíble que semejante comentario venga de alguien que decidió que la vida en España era intolerable y que era mucho mejor hacerse americano. Claro que hay que tener en cuenta que en los USA lo del transporte público se limita a cuatro ciudades y que, además, no es recomendable hacer uso de él en determinados barrios. Menos mal que el de aquí es bueno, porque lo que es el tráfico diario deja mucho que desear.

Por supuesto llegamos los primeros, aunque en esta ocasión no se debió a que el resto de la familia se demorase. Contra todo pronóstico consiguieron encontrar el sitio a tiempo y sin problemas, pese a que me había equivocado al indicarles el número de salida de la carretera. Creo que voy a tener que cambiar mi opinión sobre el sentido de la orientación de mi madre. Hasta el momento la lectura de los mapas no había sido nunca su fuerte pero ayer me demostró sus enormes progresos en ese aspecto. Al único al que se le complicó el asunto fue al Dr. House, que se encontró el jueves con un cambio de planes en la programación del viernes lo que finalmente desembocó en que, por desgracia, fuese incapaz de asistir. Toda una pena porque le habría encantado.

El menú fue estupendo, así como el servicio, la atención y el sitio.  La sala no era para nada ruidosa, vicio que no se cuida habitualmente como es debido y del que pecan con frecuencia muchos lugares. También la separación entre las mesas era más que adecuada y, tanto la luz como la decoración, resultaban cálidas y agradables. Las alumnas-camareras sonreían continuamente, sin agobiar, aunque siempre pendientes de los detalles. Estaban de exámenes y espero que las calificasen con un merecido sobresaliente. En el centro de las amplias mesas había una bandeja con unas tostaditas muy finas y una mini-aceitera rodeada por unos pequeños cuencos de flor de sal de diferentes variedades.

De aperitivo nos ofrecieron unos cocktails a escoger entre: daiquiri de fresa, gin-tonic de naranja y margarita con lima. No soy muy aficionada a estas bebidas pero ya que estábamos en una escuela y para colmo en exámenes, supuse que debía "sacrificarme" para que las chiquillas pudiesen poner en práctica sus habilidades con la clientela. Me prepararon un daiquiri con poco alcohol (que había que conducir) con mucho sabor a fresa y que resultaba fresco, dulce y delicioso. Mis padres se decantaron ambos por las margaritas y mi hermano disfrutó del estupendo gintonic.
De aperitivo junto con los cocktails, nos trajeron unos largos tirabuzones de hojaldre dorado con parmesano y olivas negras, ligeros y sabrosos. El pan de nueces, mi favorito, de corteza muy crujiente, también era estupendo.
El primer plato del menú consistió en una crema de espárragos blancos con tropezones de tallos,  pequeños tacos de jamón y tradicionales picatostes recién hechos. Estaba buenísima y muy suave.
Como plato principal nos ofrecieron unos callos con lubina a la plancha. Mi hermanita y yo preguntamos si nos podían traer la lubina sin callos. Nuestra petición se vio recompensada por su sustitución por unos chipirones rellenos en su tinta que se deshacían en la boca. Los que tomaron los callos comentaron que estos estaban mantecosos y muy bien hechos.
Nuestros sufridos estómagos se encontraban ya bastante llenos y aún nos quedaban los postres. Este fue un plato de  degustación, con muestras de buen tamaño, formado por: un flan, con el dulzor y la textura ideales coronado por una peineta de caramelo, un cono (delicioso, me recordaba a las tejas buenas, para más inri luego descubrimos que había sido elaborado por Miss Corn) relleno de helado de yogur, no podían haber acertado mejor con mis preferencias, y un ramequin de crema catalana sedosa, tan buena que me recordó a las natillas de los Sentidos (y de la que le he pedido a Miss Corn la receta).

Con las infusiones digestivas (de frutas rojas, demasiado dulce para mi gusto) nos trajeron unos bocaditos rellenos de nata, crema pastelera y chocolate, negrísimo y buenísimo.  Nos guardaron en un recipiente los que nos sobraron. También nos llevamos una bandeja hecha de la misma galleta que los conos del helado con la que la mismísima Miss Corn nos salió a saludar. Para agradecernos la visita había inscrito las palabras en la masa.
La sorpresa final fue la cuenta, sin duda más que apta para todos los bolsillos. Semejante despliegue costó tan sólo 10 euros por persona. Creo que vamos a tener que convertir las visitas a Miss Corn en un rutina semanal.

viernes, 25 de noviembre de 2011

"MOROCOCO"

En realidad el nombre de este plato es "morrococo" pero nadie en nuestra familia lo ha llamado nunca así. Es una versión canenera del hummus y está tan bueno como este. Es fácil y se puede versionar al gusto y en función de los ingredientes que se disponga. Mi tía Mercedes de Madrid le pone cominos y mi tía Carmen un poco de pollo. Mi abuela no le ponía nada más que los garbanzos, la cebolla y el huevo. Mi madre tampoco le añade nada más. En el restaurante Envero en Linares lo tomamos como relleno de unos calamares y, en ese caso, la especia favorecida era el pimentón (que a mí no me va mucho, por no decir nada). Sé que lo que voy a decir es anatema: el cocido no me gusta, sin embargo este plato me chifla.

MOROCOCO DE MI ABUELA
INGREDIENTES
Garbanzos (generalmente del cocido)
Caldo o agua (medio vaso aproximadamente)
Cebolla picada en abundancia
Perejil
Aceite de oliva
Sal
Huevos.
INGREDIENTES OPCIONALES: Comino o azafrán (uno u otro), almendra molida, pollo (del cocido)
ELABORACIÓN
Pochar la cebolla hasta que esté transparente. Añadir el perejil (cominos o azafrán y almendra si se quiere)
Machacar los garbanzos (si se quiere con pollo se trituran junto con este) y echarlos en la sartén con la cebolla. Añadir un poco de agua o caldo.
Batir un par de huevos y cuajarlos con el resto para que quede ligado y cremoso.
Servir recién hecho.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Comida en Miyama

El pasado jueves quedé para comer con una de mis amigas, de esas con las que se habla a menudo por teléfono y apetece quedar a menudo aunque sólo se logre de vez en cuando. En esta ocasión incluso se apuntó el Dr. House. El lugar elegido fue el Restaurante Miyama. Nos encantó tanto por la comida como por la atención del servicio.
La carta es de esas en las que no sabes por qué decidirte. Te pilla con hambre y todo suena bien, muy exótico, diferente e intrigante. Finalmente compartimos varios platos. Es una de las ventajas de los asiáticos, que todo está proyectado para ser repartido. Por ello debe tratarse de los únicos restaurantes en los que la pareja no te mira con demasiados malos ojos cuando quieres meter tu tenedor en su plato para probar. El menú escogido consistió en:
Huevas de salmón y vieira con mizorezu (pepino y vinagre) para empezar. Este plato consiste en jugosos trozos de sashimi de vieira y deliciosas huevas de salmón bañados por un caldo templado. La combinación de sabores era perfecta.

Continuamos con sashimi de cangrejo: patas de cangrejo real, buenísimas, con acompañamiento de algas además de la consabida salsa de soja, el wasabi y el jengibre, este último excelente.
Tras el aperitivo nos metimos con platos con más enjundia. Primero nos trajeron el tartar de atún picante, fresquísimo, con un aliño de mayonesa con un toque de aceite de sesamo que realzaba el sabor del atún.
Después vino un maki especial de atún picante (como el del tartar) y crujiente de tempura. En este maki, el rollito de arroz y alga nori venía rebozado en arroz inflado y crujiente y cubierto (a modo de nigiri) del atún picante con unas huevas finas y crujientes de pez volador. Me encanta la combinación de texturas de los sushis japoneses cuando tienen un toque cremoso, que se deshace, y crujiente, que estalla en la boca. Es en verdad especial.

El plato estrella fue el "Nabe" (guiso tradicional japonés) de buey Wagyu shabu shabu:  se prepara en la mesa, al momento. Te traen dos salsas muy distintas entre sí, una cítrica y ligera con mandarina y otra cremosa con sésamo. Ponen sobre la mesa un hornillo con un cazo de agua hirviendo en el que añaden diversas setas, algo de puerro, col china y tofu. Cuando empieza hervir hay que sumergir las láminas de buey unos instantes en el caldo para, a continuación, mojarlas en uno de los boles de salsa. Estaba buenísima con ambas. Las verduras también estaban deliciosas.

 De postre: Mousse de chocolate negro (que estaba bueno aunque no era tan negro como esperaba) con sorbete de mandarina (que como no me va mucho y que me cambiaron sin problemas por helado de té verde, cremoso y en su punto). El Dr. House tomó Harukami de chocolate (rollitos de primavera rellenos de chocolate negro fundido), cremosos por dentro y de masa fina y crujiente por fuera, deliciosos, que venían acompañados de helado de vainilla. Nuestra amiga se decantó por el helado de té verde, sin más acompañamiento.


Tanto la calidad de la materia prima como la forma de elaboración de cada plato, su originalidad, variedad y la esmerada presentación, así como el intervalo entre uno y otro se pueden calificar de óptimo. Repetiremos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Estropear una buena idea


Desde hace poco en el quirófano se ha comenzado con la implantación del check-list. Este método consiste en comprobar una lista con serie de puntos sobre el paciente que se va a operar, para así evitar errores. En sí la idea es buena pero, en la práctica, la manera de aplicarla es un sinsentido detrás de otro. ¿Quién habrá sido la mente pensante a la que se le ha ocurrido que lo mejor es empezar a rellenarlo con el paciente una vez dentro del quirófano? Con él (o ella) indefenso y desnudo en la camilla, nos ponemos todos a su alrededor y le acribillamos a preguntas, pensadas todas ellas para garantizar su seguridad. La primera a la que nos tiene que contestar es a la de ¿Cómo se llama Ud? El paciente debe pensar que si para entonces no lo sabemos la cosa va mal. La siguiente mejora esta impresión ¿de qué le vamos a operar? Las respuestas pueden ser de lo más peregrinas; lo que entienden los pacientes de la sarta de explicaciones que se les ha dado en la consulta con respecto a su intervención suele olvidárseles según salen de ella y es habitual que busquen información en las truculentas historias de sus vecinos al respecto. Aún no ha terminado la cosa, también nos tiene que indicar el lado. Si hay un bulto es fácil pero, si no es así y el paciente tiene que señalar dónde está el hígado y dónde el bazo, es probable que se equivoque. Para más inri, uno de los puntos a comprobar es si es alérgico al latex. Debe de ser que el que diseñó el formulario consideró que más valía tarde que nunca y que, a fin de cuentas, a pie de cama se dispone del material necesario para hacer una reanimación cardiopulmonar, en el caso de que la víctima entrase en shock anafiláctico y parada. Lo que no sé es cual debe ser la opinión del pobre tipo cuando, a continuación, oiga el interrogatorio de la enfermera ¿tenemos todo el instrumental necesario? (en opinión del cirujano sería deseable reponer útiles esenciales y afilar las tijeras) ¿dispondríamos de sangre si la necesitásemos? Todo muy tranquilizador.  Para más inri, por último le llega el turno a las del anestesista con preguntas del estilo ¿funciona bien la máquina? ¿es previsible algún problema con la vía aérea? Vamos, que si el pobre hombre no sale corriendo en ese instante es porque está en pelotas y apenas tapado con una sabanita, pero tiempo al tiempo.

El coordinador de esta tarea es, por imposición de las altas esferas, el cirujano. Además, deben firmar con su número de colegiado tanto el anestesista como la enfermera. Esta responsabilidad añadida supone aceptar que funcionan temas ajenos a la indicación quirúrgica sino propios de la enfermería y de la anestesia. Nos trataron de vender las bondades del proceso en una sesión general. En aquella asamblea, nos mostraron un vídeo de la OMS que refutaba el sistema escogido para su instauración en nuestro centro. Pudimos comprobar que, esta organización sin importancia, marcaba unas directrices bastante distintas para su realización. Según sus indicaciones, los primeros apartados se rellenarían sin la necesidad de que el cirujano estuviese presente. Sin embargo, en nuestro caso su figura es del todo imprescindible ya que, de otro modo, sería absolutamente imposible llevarlo a cabo (tendría otro que asumir el cometido asignado por narices a este). Como consecuencia de esta disparidad, el resto del equipo se despreocupa del tema. Por ello, si el cirujano no está pendiente y persigue a los demás con cierta insistencia, no hay que contar con que nadie se acuerde de que hay que completar el maldito formulario . Según progresa la mañana y se acumulan preocupaciones y tareas de las cirugías, tiempos quirúrgicos, cambios, hacer informes, hablar con familiares, saludar al siguiente paciente y comprobar sus datos, su historia y sus consentimientos en el antequirófano (que es donde me parece que debe hacerse), escuchar y resolver sus dudas de última hora, es fácil que, una vez dentro del quirófano, uno termine por relegar el cometido de completar el papel en el momento (y después no vale).

También hay un check-list post en el que el cirujano debe confirmar que la enfermera ha contado bien las gasas, si no ha sido así ya se encargan ellas mismas de no dejarte cerrar hasta que encuentren la que falte (que suele estar en el suelo o en la papelera), ha etiquetado bien las muestras y saber si el anestesista prevé algún problema al despertar. Cuestiones todas que poco tienen que ver con la parte quirúrgica y que, después de la concentración durante la operación, una no tiene la atención puesta en rellenarlos. Tras quemar las reservas de catecolaminas y corticoides endógenos la mente se relaja y el tiempo se dedica a escribir en la historia lo que se le ha hecho al paciente. 

El caso es que, a pesar de las protestas que hubo en la sesión de presentación, por todos los estamentos y, la falta de acuerdo final, la dirección siguió con su plan, sin alterarlo en lo más mínimo. No funciona. Por mucho que nos hayamos quejado, parece ser que tanto la sensatez como el diálogo van a seguir brillando por su ausencia y, que en este tema, como en todos los que se le cruzan a los consejeros, gerentes y directores entre ceja y ceja, no tenemos ni voz ni voto. Nos intentan convencer de que, en realidad, aunque hay que cumplimentarlo, no es algo importante, porque no es más que un papel interno que, en resumidas cuentas, carece de valor. A pesar de ello, supone un porcentaje de los objetivos. La contradicción de su trampa es tan absurda que una se queda a cuadros ¿De veras creen que nos vamos a tragar el señuelo? Es por ello por lo que, pese a todo, al entrar al quirófano el cirujano no le queda más remedio que ejercer de coordinador y empezar a pasar lista al igual que un maestro. A sus preguntas la enfermera y el anestesista responderán "presente" o "falta, seño". Todo ello tendrá lugar con el paciente bien despierto dentro de quirófano. Seguro que le resulta una experiencia memorable.

Rectificación de última hora: ¡Se admiten sugerencias para hacerlo funcionar! Claro que ha sido necesario un cambio de gerencia para entrar en razón. Tendré que ponerme a ello.

martes, 22 de noviembre de 2011

Intrépida a los 90

Una anécdota que no tiene desperdicio es la narración de la visita de mi padre a sus tíos paternos a Gijón. Tuvo lugar el año pasado donde su tío estaba ingresado restableciéndose de una embolia cerebral. La resistencia del anciano es asombrosa, todos los años le da un jamacuco del que se recupera milagrosamente. Es lo que hace el hábito, aunque no se trate de ninguna sana costumbre.

Mi tía-abuela es una mujer sabihonda que siempre tiene razón en todo y, en caso contrario, vuelve a aplicarse el axioma anterior. Inútil discutir, ni oye ni escucha. Supongo que la práctica le ha hecho restarle importancia a las hospitalizaciones encadenadas de su marido así que, como gran "erudita" en el tema (al igual que en cualquier otro), decidió que no merecía la pena volver a Madrid y perder las vacaciones por una simple trombosis. Por ello, una vez de alta del hospital, se instalaron en una residencia para terminar la convalecencia y realizar la rehabilitación. Allí es donde mi padre, que quiere mucho a su tío y soporta asombrosamente bien a su tía, acudió unos días a echar una mano (innecesaria por otro lado si hiciese caso a la dama. Supongo que es el secreto de su buena relación: cada uno hace caso omiso al otro). Una vez allí, mi tío-abuelo le comentó que le parecía que la rehabilitación que le daban era muy lenta. Mi padre le respondió que dudaba mucho que intentasen alargar su ingreso, porque ¿quién en su sano juicio iba a querer prolongar la estancia de su mujer más tiempo del imprescindible? El indiscutible argumento le hizo gracia y disipó sus recelos.

Las conversaciones entre la pareja deben de ser muy particulares. Ella no le oye a él (tuvo una sordera súbita) ni él a ella (de algo útil le ha servido tanta embolia aunque, en este caso creo que mi tío nació con una sordera selectiva a la chirriante frecuencia de voz de mi tía y, supongo que además, enseguida aprendió a contestar "sí querida" ante el diminutivo de su apellido, que es como esta le llama cariñosamente. Este acto reflejo, tan conveniente, debió de ocurrir previo a su boda o, si no, no se explica que llegasen a casarse). Pese a la sordera de ambos, parece ser que mi padre sí se hacía oír, al menos de vez en cuando.

Como el tío evolucionaba favorablemente, su mujer decidió organizar una "sorpresa" para mi padre. No me quiero ni imaginar la cara de susto que debió de poner el pobre ante la idea. Pese a la impresión, no se infartó y se vio obligado a someterse al plan. La sorpresa consistía en sacar a mi tío a dar un paseo, pero no de cualquier tipo, sino que, al encontrarse la residencia en un extremo de Gijón, era necesario, realizarlo en coche y, la dama, a sus más de 90 años, sería la encargada de llevar el volante. No le habría cambiado el trayecto a ningún gijonés ese día, aunque el mío me suponga más km. Afortunadamente, mi tío dejó de conducir hace unos años, así que ahora es ella la que ejerce de chofer. ¡Qué no le digan a la señora que entorpece el tráfico, aunque le pusieran una multa por esa causa! Ella va a 140. Nadie le ha explicado que lo que hay delante de ese 40 no es un 1 sino un / correspondiente a la división del velocímetro. Está convencida, como en todo en su vida, que es más rápida que el mismo Alonso a volante.

¿Cómo iba la señora a subir la rampa con el coche sin su marido instalado en su interior? Indudablemente era mejor idea montarle dentro del garaje. Lástima que el ascensor no llegase hasta allí. Es por ello por lo que mi feliz padre se encargó de bajarle en la silla de ruedas por la peligrosa rampa. Una vez todo en orden se pusieron en marcha.


Quedó claro que mi tía maneja muy bien el coche y tiene perfectamente tomadas sus medidas, tal y como pudieron constatar el resto de los conductores que pasaban a su lado a una distancia de escasos milímetros. De reflejos no andaba tan bien, que se saltaron 3 semáforos en "coloraó" (rojo es una palabra que no usan por ser políticamente incorrecta), y eso pese a los gritos de mi padre. También quedó claro que conducir empeora la sordera de mi tía y deja de ser capaz de oírle. Por supuesto, los peatones son una entidad que tampoco entra en consideración y, menos mal, que los 3 que estuvieron en riesgo se arrepintieron de aventurarse a cruzar según pasaba la señora, uno de ellos por los pelos. También logró evitar llevarse por delante la puerta de un incauto que, sin mirar, pretendía salir de su coche aparcado. Afortunadamente utilizó los retrovisores en el último momento y corrigió a tiempo.

Una vez que llegaron a la playa, mi padre bajó del coche y, según sus palabras, se sostuvo como pudo sobre sus rodillas tambaleantes. ¡Incluso estuvo tentado de besar el suelo! Se relajó durante un cuarto de hora caminando por la orilla. Cuando remontó la arena, se encontró con que había 2 policías y un festival de sirenas detrás de su sorda tía. Esta había decidido seguir el paseo de mi padre desde el coche. El problema estribaba en que impedía el paso del de los policías ya que tenía que ajustar su velocidad con la de mi padre.

Tras solucionar el incidente, decidieron emprender el retorno. Pese a las indicaciones, Miss Daisy se equivocó (sin lugar a dudas estaba mal señalizado). Salió a la autopista (no sin antes pararse a intentar dar marcha atrás para subsanar su error, ante el espanto de mi progenitor). En vez de escoger el camino de vuelta a la residencia vía autopista, marcado con carteles poco fiables según se había demostrado, a la dama le pareció mejor idea regresar al punto inicial y repetir la maniobra. Tan exacta reproducción suponía meterse en la autopista de nuevo, lo que evitó en el último momento, un grito despavorido de mi padre.


Una concluye que aquel coche venía con ángel de la guarda de serie y además con la opción de coger uno por cada rueda (cosa que mi padre se apresuró a añadir). Si no, no se explica que sobrevivieran a la aventura tanto ellos como los gijoneses. También tuvo un curioso efecto terapéutico: mi padre, después de esa experiencia vital, regresó a Madrid mucho más suave y tranquilo, con ideas de disfrutar la vida y de sentirse satisfecho con lo que tiene. ¡Quién sabe si esas inyecciones de optimismo y de disfrutar el momento son la causa de las milagrosas recuperaciones de su tío!

lunes, 21 de noviembre de 2011

"Le Rouge"


"Theatre" Norman Rockwell
Si tengo que escoger un cosmético favorito, ese es sin lugar a dudas y desde mi infancia el pintalabios. No es que fuese aficionada a pintarme cuando era pequeña, tardé mucho tiempo en hacer buenas migas con el espejo y con el maquillaje. Además, para esas cosas con mi hermanísima había más que suficiente, ella sola compensaba más que con creces mis carencias en esos asuntos.  Mi madre tampoco hacía uso del lápiz de labios, se limitaba a una barra de cacao y con eso le bastaba. Sin embargo, tanto la abuela como la tita Mercedes de Linares tenían unas vistosas barras de un tono rojo intenso que, inevitablemente, llamaban la atención, no sólo la mía sino la de cualquiera. Cuando llegaba la feria nos disfrazábamos con los viejos y polvorientos trajes de gitana olvidados en los baúles del antiguo granero (también conocido como cuarto de los juguetes entre los niños y de las ratas entre los adultos). Sólo los usábamos para estar en la granja porque su estado no era sólo lamentable, sino impresentable. Habían sido de nuestras madres en su adolescencia por lo que nos estaban grandes, aunque subsanábamos ese detalle con el truco de recoger los volantes con una cinta que atábamos a la cintura. Así se acortaba por delante para evitar tropiezos, e inevitablemente arrastraba por la parte trasera lo que le otorgaba el efecto de una singular "cola". Era entonces cuando nos aplicábamos un poco de aquel pintalabios rojo. Ya entonces descubrí que iba bien con mi piel descolorida y que, un toque en las mejillas, corregía mi palidez y mejoraba notablemente mi aspecto.

Tengo toda una colección de barras, aunque la mayoría de ellas son de tonos muy semejantes. No salgo sin pendientes ni sin pintarme los labios, incluso en las guardias llevaba una en el bolsillo del pijama (y también un pincelito) y me retocaba con ella cuando era necesario. Si me avisaban por la noche, además del gruñido de rigor me ponía el pintalabios. Es una terapia para los días de bajón, un poco de rojo en los labios mejora la cara y el humor. Tras esta declaración no me extrañaría que en navidades mis conocidos me inundasen con barras bien intensas, así que haré un análisis de mis favoritas, para que no se equivoquen. Como a cualquiera, me gusta lo bueno. Esto no siempre implica que lo más caro sea mejor, aunque sí que es cierto que tampoco suele serlo lo más barato.

Uno de los factores a valorar es la duración. Para ello es fundamental usar un perfilador y la aplicación con pincel es mucho más eficaz que el mero deslizamiento del producto sobre el labio. En casos en los que se requiera que aguante bien es recomendable utilizar primero una base fijadora, usar el perfilador del mismo tono que la barra para rellenar el labio (siempre con líneas verticales para hacerle ganar volumen), aplicar la barra con pincel, quitar el exceso con un tissue, empolvarlos ligeramente (y retirar también lo que sobre de los polvos) y proceder a colorearlos de nuevo. Los perfiladores resistentes al agua duran aún más.

En cuanto a los colores: el rojo anima a todo el mundo aunque no se puede usar con el pelo desaliñado. Un toque de máscara de pestañas es aconsejable ya que causa la impresión de ir "arreglada".
Los tonos oscuros no se deben utilizar en los labios finos o estos, en lugar de ser realzados por ella, parecerán aún más delgados.
Los labios oscuros van a oscurecer el color de la barra. En este caso los colores naturales y beiges suelen destacar y quedan muy bien. Sin embargo, para los labios pálidos suponen una idea pésima. En este último caso, aunque la barra parezca muy oscura, no lo será tanto una vez puesta y, seguramente, hagan que la tonalidad vire un punto hacia la gama de los rosados.
Los tonos violáceos en la gente pálida pueden empeorar la sensación de lividez. Sin embargo, en pieles con color quedan muy bonitos.
Los rosas y las pálidas pelirrojas no se suelen llevar bien. Mejor rojos, anaranjados y marrones. Con las rubias congenian sin problemas.

Con respecto a mi opinión, (que nadie se crea que son verdades absolutas, que cada persona es un mundo), sobre las diversas firmas:
Las barras de YSL se cuentan entre mis favoritas. Tienen unos tonos preciosos y son duraderas sin resecar, aunque en algunos casos me he encontrado con el problema de que se ponen rancias. Esta última temporada ha sacado una gamá de Rouge Perlé muy cubrientes e hidratantes. De esta casa no me convencen sus perfiladores.
Las de Chanel me encantan. El Rouge Coco es muy hidratante aunque tiene el problema de que no es excesivamente duradero. Los Velvet son mates pero sin resecar. Sus perfiladores son excelentes, tienen además un pincel en uno de sus extremos que resulta muy útil. Se puede aplicar el perfilador y encima algo de cacao para hidratar y difuminarlo con el pincel. El único problema es el precio.
De Estée Lauder fue la primera barra de lujo que tuve. Sus colores son muy bonitos y siempre me han funcionado muy bien.
Clinique no me convence, aunque me gustan los colores, cambian bastante una vez puestos. Los hidratantes no duran mucho y los otros resecan.
Bourjois tiene una línea que se llama Sweet Kiss que hidrata y dura mucho. El resto no va igual de bien.
Guerlain es caro sin ser nada del otro mundo. El color dura pero resecan.
Dior dura poco y se sale con facilidad.
Kanebo es muy caro, aunque también es realmente muy bueno.
Shisheido tiene colores intensos que duran, además de no resecar.
Lancôme dispone de una gran variedad, con colores muy bonitos. Suelo comprarlos con cierta regularidad y me han dado siempre buen resultado. Una de mis barras favoritas es una descatalogada de esta marca que, pese a tener ya muchos años, la reservo un poco y no se ha puesto rancia (ninguna de las de esta marca lo ha hecho nunca).
Elizabeth Arden tiene un fijador muy bueno pero, en lo referente al colorido y la textura, al igual que Elena Rubinstein, no me aporta nada especial.
MAC también me gusta, así como Bobby Brown.
L'Oreal tiene un amplio surtido, más o menos cubrientes y más o menos hidratantes, pero la relación calidad-precio es de las mejores. De Maybelline me gusta su máscara (no así la de L'Oreal)
No me gusta Max Factor, las que he comprado no son lo que esperaba. Margaret Astor no está mal, aunque tampoco me mata. Revlon tampoco me convence.
Por cierto, no he probado las de Sephora, así que no puedo opinar.



sábado, 19 de noviembre de 2011

Saturday Evening Letter: Carta de hermanísima a su ahijado

Hermanísima quería encargarse de escribirle una entrada a su ahijado para felicitarle por su cumpleaños. Se hacía tarde y me he "adelantado" con la mía. Siempre he dicho que hay sitio para todos, así que aquí va la suya antes de que termine el día. 


Carta a mi ahijado:

Todavía me acuerdo de lo contenta que me puse cuando la tita  me dijo que iba a tener otro niño. Yo había disfrutado como una enana con los tres primeros y la había ayudado mucho con ellos: los distraía, les contaba cuentos, jugaba con ellos horas y horas y dormía con el que más miedo tuviera. La verdad es que sabía que este cuarto niño iba a ser especial porque estaba segura de que mi tía iba a compensarme por tantas horas de cariño incondicional hacia sus hijos y me iba a nombrar madrina del cuarto. A mis 16 años, creo que fue lo más interesante que me había pasado en la vida (después de mi primer beso; claro).

Yo me las prometía muy felices pensando que iba a ser una niña a la que llenaríamos de lacitos y besos. A los pocos meses supimos que la esperada niña sería otro niño y que tendríamos que cambiar los zapatitos rositas por los de baloncesto. Mi tía intentó compensarme un poco y me preguntó que qué nombre me gustaría para el futuro baloncestista, a mi siempre me había gustado el nombre de Javier (el chico de mi primer beso, el mejor amigo de mi hermano, el hermano de mi mejor amiga...) la verdad es que no las tenía todas conmigo pero sí, así se llamó y aunque ahora todos le llamemos Posti, su verdadero nombre es JAVIER.

Creo que los primeros años fuí mejor madrina que cuando el niño creció.

Recuerdo un montón de cosas, recuerdo que el primer regalo que le hice fue un peluche enorme que soltaba pelo y que no le gustó mucho. También recuerdo que era un bebe gordito, comilón y bastante tranquilo, muy cariñoso y alegre, con una cabeza muy redondita y ojillos achinados. Para mí no había ninguno más guapo que él en todo el mundo.

Su padrino y yo nos juntábamos para darle al peque caprichos y mimos. El día del bautizo no nos llegaba la camisa al cuello. Los años fueron pasando y con ellos innumerables celebraciones en la granja con tarta de la tita Chani incluida y gominolas a tuti plen. Hasta que mis hijas nacieron intenté ir todos los años, ahora la cosa va siendo cada vez más complicada porque cuando no tenemos teatro, tenemos examen o catequesis o quedada con las amigas o cualquier otra cosa. La verdad es que es una pena haber perdido la tradición pero así son las cosas (al menos de momento). Lo que nunca cambiará son mis sentimientos, mi cariño, toda la ilusión que sus padrinos sentimos, y que seguimos sintiendo, y la alegría de ver como vas cumpliendo años y nosotros lo vemos ¡Feliz cumpleaños Javi!

¡Feliz cumpleaños Posti!


Ser de los pequeños de los primos tiene varias desventajas. La fundamental en nuestra familia es el hecho de perderse un montón de aventuras que luego son recordadas en las reuniones familiares, y ahora también en este blog, y que hace que a uno se le pongan los dientes largos y desee haber nacido antes para haber participado en ellas. El segundo inconveniente deriva de ser un bebé cien por cien achuchable y con pocas posibilidades de rebelarse. Eso le ocurrió a Posti, que hoy cumple 23 añitos. Cuando llegó ya había una caterva de primos mayores que le abrazaban y le besuqueaban sin parar. Era tan tierno que hasta yo, que nunca he pecado de efusividad, le hacía arrumacos al bebé. Si hay una dosis tope de mimos que uno puede recibir a lo largo de su vida con Posti se superó en su primer año. Ni que decir tiene que ahora hay que cazarle a lazo para darle un abrazo, y si no que se lo cuenten a su hermano que ha aprovechado el que hoy sea su cumpleaños para darle ni más ni menos que ¡tres! (está claro que los demás no van a conseguir acercarse a menos de un metro del homenajeado y, con este exceso, la dosis está cubierta hasta Año Nuevo, que es otro de los eventos en los que está permitido besarle). Para colmo mi hermanísima es su madrina y entre sus cualidades brilla con luz propia la de su cariñoso y dedicado instinto maternal. Está claro que con ese acúmulo de circunstancias, el pobre chiquillo estaba perdido desde el instante en el que asomó su cabecita al mundo.

También se caracterizó por su lengua de trapo. Hablaba un idioma original que sólo comprendían él y su madre. Mi tía se sacó un máster al respecto y ahora es capaz de entender a cualquier infante, y traducírselo a sus padres. El bolsillo era el Postilo y la mochila la Postila, y esa era la parte que todos llegábamos a interpretar y por lo que se ganó el apodo de Posti. Eso sí, aunque no supiese hablar con cuatro años no había quien le venciese al Tetris, salvo su hermano de 7 y no siempre. A partir de ahí se dedicó a los ordenadores y la informática se convirtió en su refugio frente a los ataques de cariño familiar. Era imbatible en los juegos de consola en los que había que huir de monstruos y perseguidores, ¿cómo iba a ser de otro modo? si los tenía en su propia casa.
Ya sabes que me cobraré un abrazo por este post. ¡Muchísimas Felicidades Posti!

Christian McBride Trio

Ayer nos fuimos a un nuevo concierto del Festival de Jazz de Madrid. Actuaba el Christian McBride Trio, compuesto por McBride en el bajo, Ullyses Owens Jr en la batería (buenísimo) y Christian Sands, un jovencísimo pianista de 22 años absolutamente sorprendente. Sus manos se mueven a velocidad de vértigo sobre el teclado y parecen vibrar con él. Impresionante.

El concierto fue estupendo. Transmiten ritmo desde el primer instante en el que aparecen en el escenario. No sé por qué, se me vino a la mente la película de los Aristogatos. McBride me recordó al gato arrabalero y expansivo que toca el contrabajo en la banda de jazz y Sands a Berlioz, el pequeño y salado gato pianista. La complicidad entre los músicos era total y su interpretaciones tanto al tocar en conjunto, como en sus solos y en sus improvisaciones, impecables y llenas de vida. El Dr. House salió entusiasmado.

Os dejo un vídeo para que disfrutéis el finde con un poco de buena música.


viernes, 18 de noviembre de 2011

ALBÓNDIGAS DE CANENA

El día que mi abuela y mi tía Mercedes de Linares se liaban a hacer albóndigas significaba que iban a echar toda la mañana en la cocina. Las albóndigas de Canena son de pequeño tamaño, para tomar de un sólo bocado. Son además muy blandas, casi se deshacen en la boca, y tremendamente jugosas. Nos encantan a toda la familia, lo que significa que, con los que somos y con el saque que nos caracteriza, hay que prepararlas por cientos.
Cuando mi madre era estudiante y vivía lejos de la granja y de sus exquisiteces culinarias, y en su lugar sufría el rancho infame de un Colegio Mayor, mi abuela le mando unas poquitas albondiguillas a su pobre y desnutrida hija. Esta, que debía de andar desfallecida, se comió nada menos que las 40 del paquete de una sola sentada.
Están tan buenas que la abuela del Dr. House cuando las probó, contaba por entonces con más de 90 años, afirmó que eran las más ricas que había tomado nunca (y a su edad había probado muchas). Durante esa época imité a mis tías y, cuando íbamos a visitarla, no faltaba un tupper lleno de pequeñas albóndigas para ella. Ni que decir tiene que el Dr. House era feliz con la frecuencia a la que se sometía a aquel menú que repartíamos con su abuela.
Ahora son mi tía Carmen y la tita Mercedes de Madrid las que se encargan de su elaboración en las celebraciones familiares. El número suele oscilar entre las 400 y las 500 albondiguillas (toman de muestra a mi madre en su época estudiantil). Por supuesto no pueden faltar las alcachofas en salsa, el pollo o el bacalao con tomate, un arrocillo de conejo o marisco, ni tampoco algún que otro aperitivo, en la misma línea, para ir haciendo boca. Es por ello por lo que, pese a nuestra devoción a tan exquisito manjar, siempre sobran unas poquillas de la exageración que preparan (la cazuela, que debe ser transportada entre dos varones fornidos, es digna de verse, debieron ir a pedirla a algún cuartel). Las sobras se reparten entre los asistentes (siempre hay que ir prevenido y llevarse un tupper para transportarlas). Aquí pongo la receta original en versión moderada.

ALBÓNDIGAS

INGREDIENTES
Miga de pan del día anterior mojada en agua y bien escurrida (el mismo volumen de pan escurrido que de carne). La receta para los filetes rusos es la misma pero con menor cantidad de pan.
300 gr de carne picada de ternera (puede ir mezclada con algo de pollo). Aunque se pueden hacer con cerdo, con ternera están mucho más ricas.
2 ó 3 huevos (en función del tamaño de estos)
1 cucharada de almendra molida (si está entera se machaca en el mortero junto con las especias)
Sal y pimienta

Machacar con el mortero y recoger con el pan para que no queden restos en este:
Un manojito de azafrán
1 ajo picado
Varias ramitas de perejil


ELABORACIÓN
Remover la mezcla con las manos hasta que se integre todo bien.
Dejar reposar como mínimo media hora para que se impregne de los sabores.
Hacer bolitas pequeñas (de tamaño de una cucharadita aproximadamente). Para que se pegue menos la masa a las manos el truco es poner una gotita de vinagre en ellas de vez en cuando.
Freir (sin enharinar) en abundante aceite caliente hasta que estén doradas.

SALSA
Rehogar unos trozos de pollo cortados pequeños.
Sofreír cebolla abundante y bien picada hasta que esté transparente. Añadir 2 tomates pelados y picaditos. Machacar de 8 a 10 almendras y rehogarlas con la mezcla anterior. Echar entonces un diente de ajo picado, perejil y azafrán y un vaso de vino blanco y un par de hojas de laurel.
Incorporar las albóndigas y el pollo, poner el caldo o en su defecto agua con 1 Avecrem y el laurel hasta que queden medio cubiertas y hervir a fuego lento hasta que estén blanditas (unos 15 a 20 minutos suelen bastar)

ACOMPAÑAMIENTO
Se acompañan de patatas fritas cortadas en cubos que se empapan con la salsita y están para chuparse los dedos.

OPCIONES: Se puede utilizar salsa que haya sobrado de algún guiso de carne y también están deliciosas en esa versión.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Wise men say...

Un sabio conocido familiarmente como Dr. House, me dio la pista fundamental para mejorar mi vida sentimental. Resumió su sabiduría en un principio inolvidable: "Las relaciones tienen que ser fáciles". Aunque parezca algo de perogrullo, no lo es, ni por asomo. El amor te ciega y te vuelve idiota. Te hace razonar de manera ilógica aunque, en la cabeza del enamorado, todo encaja y adquiere sentido. Sufrir por amor forma parte del "encanto" del mismo. Eres capaz de soportar lo que te echen con tal de seguir con tu desastroso romance hacia delante. Si no que se lo digan al genial Wilde que terminó en la cárcel por ser incapaz de rendirse a la evidencia de su destructiva amistad con Lord Alfred Douglas, tal y como reflejan sus dolorosas reflexiones en De Profundis. En resumen, hasta aquel momento, la mayoría de mis relaciones me habían llevado por la calle de la amargura. Aquella frase, tan obvia si se refiriese a otro tipo de asunto menos pasional, me abrió los ojos.

Cupido tiene un peculiar sentido del humor. Su ironía me ha recalcado que, en cuestiones de amoríos, nunca digas: "de esta agua no beberé". Basta con que la idea se asome por la cabeza para que se afiance y tome fuerza hasta que no te la puedas quitar de encima. De esta manera me fijé en mi primer gran amor según empecé el instituto. No fue un amor a primera vista, sino todo lo contrario. Inicialmente no me causó ninguna gran impresión. Ese fue, a grosso modo, el fugaz pensamiento que se me cruzó por la mente en aquel instante. Por pura ley de contrarios, lo que provocó es que me fijará más en él, para revelar lo equivocada que estaba e, inevitablemente, terminar colada por su persona de mala manera. Por supuesto, pasó de mí. Lejos de olvidarle, me dediqué a buscar indicios de que le gustaba. Y si buscas, algo encuentras, sobre todo cuando cualquier atisbo de camaradería bastaba para autoconvencerme de que así era. Finalmente en COU tiré la toalla y, a partir de ahí (no podía ser de otra manera), se percató de mi existencia. Claro que, para entonces, yo ya no creía que eso pudiese ocurrir y atribuí su galante comportamiento a mi cambio de actitud y a la amabilidad que le caracterizaba. En estos temas, si lo que deseas es "ver", la fantasía te parece real y, si no quieres o no te interesa, te vuelves ciega a la evidencia. Incluso salía con otro, del cual también, en su momento, había pensado que no era mi tipo. Al terminar ambos el instituto, empezó nuestra historia. Durante los cuatro años largos que estuvimos juntos hubo momentos buenos y malos. De estos últimos te consideras responsable, segura de que, sin querer, has sido la causa de su disgusto y te torturas ad eternum con tus sentimientos de culpabilidad. Mucho más adelante, te das cuenta de cuales eran los verdaderos motivos que los provocaron y te sientes treméndamente aliviada de que la relación terminase. Paradójicamente, yo tenía razón desde el principio, ninguno de los dos era mi tipo.

A partir de ahí, mi vida amorosa fue más surtida y muchísimo más desastrosa. Si me enamoraba, me tomaban el pelo y, si no lo hacía, me faltaba algo esencial. En el segundo caso recuperaba la autoestima perdida con los anteriores y me ahorraba un sinfín de penas pero, tal y como era previsible, tampoco funcionaba.

Con mi marido mi frase profética fue la de: "nunca saldré con un fumador", afirmación categórica que, por supuesto, me ha sido recordada, con recochineo, hasta la saciedad. También puedo decir que se ha realizado. Me sorprendió con ello por mi 40 cumpleaños y aquel gesto fue, sin lugar a dudas, el mejor de mis regalos. Aparte de ese detalle, que debió de ser el que azuzó a Cupido, la relación evolucionó a su guisa, sin forzarla, y eso que las condiciones no parecían muy propicias: ¡Grumpy con el Dr. House! Sin embargo la química fue instantánea, un auténtico flechazo. Y después de aquel brillante consejo, ¡cómo para dejarle escapar!

Mi recomendación final es: haced caso al Dr. House, leed a Wilde y escuchad a Elvis que, en su canción, expresó lo dicho infinitamente mejor. Eso sí, lo hace de forma tan romántica, que induce a enamorarse:




miércoles, 16 de noviembre de 2011

Visita sorpresa

Ayer tuve una mañana de quirófano desahogada. No es que lo fuese inicialmente, más bien todo lo contrario, pero dada la epidemia de virus catarral que circula por todas partes, hubo que suspender a dos de los pacientes programados. No parecía buena idea operarles con fiebre y convertir el catarro en neumonía. Aún así no nos sobró media mañana, una de las cirugías era delicada y requería su tiempo, y de él dispusimos gracias a los pobres enfermos. Salí del hospital a las 2 con lo que decidí ir a visitar a la tita Mercedes para felicitarla en persona por su cumpleaños. Mi madre tuvo la misma idea y se presentó allí apenas cinco minutos después que yo.

Conociendo a las titas, es mejor hacer así las cosas. De otra manera no saben cómo darte gusto por lo que se encierran en la cocina desde el momento de recibir el aviso de visita, para dejar preparadas un montón de delicatessen que luego te guardan en enormes tuppers con los que, fácilmente, te resuelven la comida hasta fin de mes. A las pobres esta vez las pille tan desprevenidas que no tenían "nada" preparado. Su nada en cuestión consistía en tener el frigorífico hasta reventar, que lo que no sé es cómo se las apañan para guardar las cosas el día que están prevenidas, porque su nevera es bastante más pequeña que la mía aunque, definitivamente, está mucho mejor aprovechada. El caso es que, además de un montón de fiambres, quesos e, incluso, embutidos de Canena, también habían preparado unos boquerones en vinagre, ensaladilla de pescada, alcachofas en salsa (que las hacen de muerte), y pollo con tomate (este último suficiente como alimentar a una cuadrilla, porque las pobres, que viven las dos solas, no saben cómo cocinar para menos de una docena de personas).

Por supuesto, al final de la opípara comida, todas las sobras quedaron repartidas entre mi madre y yo. El argumento esgrimido para que nos llevásemos absolutamente todo fue que ¿cómo se iba a quedar el Dr. House, al que adoran y que no había podido acompañarme porque estaba trabajando, sin probar nada de aquello? Lógicamente el Dr. House les está más que agradecido por el detalle aunque le suponga tomar pollo con tomate de aquí al domingo. Las alcachofas durarán bastante menos porque estaban exquisitas y me puse tibia en la comida. Lo siento por sus hijas que luego se iban a pasar por la tarde a felicitar a su madre y a las que sí que no les iba a quedar nada en la nevera más que el susodicho fiambre y los boquerones, y estos últimos porque no saben que al Dr. House le encantan. Además me traje un par de recetas y de anécdotas para el blog. Eso sí, el arroz con carabineros del que me dieron la receta con cantidades como para 6 personas puede dar de sí como para una docena.

martes, 15 de noviembre de 2011

La tita Mercedes de Madrid

Durante las vacaciones en la granja, había un evento en concreto que nos mantenía a todos los chiquillos expectantes. Eso hacía que nos pasásemos el día entrando a la casa para enterarnos de cuánto faltaba aún. La continua irrupción de veinte primos revolucionados, ya fuese en grupos o individualmente, para realizar la susodicha pregunta sin obtener jamás, y a pesar de nuestra insistencia, una respuesta clara (por aquel entonces no existían los móviles por lo que nadie disponía de información actualizada al respecto), quemaba en poco tiempo la limitada paciencia de nuestros mayores. El acontecimiento esperado no era la llegada de Papá Noel ni la de los Reyes Magos. Ni siquiera la hora de la merienda cuando mis tías bajaban a por tortas de manteca a La Rosario, ni tampoco la de la comida, que solía tener lugar cerca de las 4 de la tarde y nos pillaba a todos desfallecidos de hambre. Lo que aguardábamos impacientes era la llegada de la tita Mercedes de Madrid junto con mis primas, en especial las gemelas, ya que sus otras dos hijas quedaban más cerca del rango de edad de mis tíos que del nuestro. Las gemelas eran unas grandes favoritas ya que, entre otras cosas, siempre venían con nuevas ideas de juegos y jugosos cotilleos. Eran cuatro años mayores que yo, treméndamente guapas y su edad les concedía experiencia y estatus, sin contar con el don de la iniciativa del que hacían gala desde su más tierna infancia.

Mi tía tenía una papelería y se presentaba en la granja con regalos para todos, aunque nuestras ganas de verla no se debían a intereses mercenarios. Y eso que, en mi caso concreto, su visita venía acompañada de algún libro, generalmente de la colección de Puck a la que estaba enganchada. Pese a mi adicción, no devoraba la obra aquella misma tarde porque me interesaban, aún más, las historias de mis primas. Pero mi tía era deseada no ya sin regalos, incluso también sin sus hijas. Siempre estaba alegre, nunca perdía ni su buen humor ni su sonrisa. Tanto es así que, un día que vino a verme como paciente y, pese a tener muy mala cara, su vago comentario en relación a su estado se limitó, textualmente, a: "hoy tengo un poco de fatiga". El pobre digestivo al que le había pedido el favor de que la valorase, y al que no he vuelto a pedirle nada nunca más, palideció casi tanto como ella según le echó un primer vistazo para saludarla. Ni que decir tiene que ni siquiera llegó a hacerle la historia. Como una bala me bajé a la Urgencia donde robé una silla de ruedas en la que la instalé y, seguida a duras penas por una de las gemelas, la empujé con ella encima hasta dejarla instalada en el cuarto de críticos. Por culpa de sus leves síntomas y, como conclusión de aquellas carreras, terminó ingresada en la Unidad Coronaria (la gemela casi la sigue tras el esfuerzo de correr detrás de ambas).

Otra de las características de mi tía es su devoción, sin por ello imponerte sus creencias. Junto con mi abuela, la tita Mercedes de Linares y algún agregado ocasional, si en algún momento se  aburrían, pese a los veinte primos, por no tener nada qué hacer, rezaban el rosario para entretenerse. Ninguno de los niños entendíamos el placer de ese pasatiempo, pero ellas repetían las Aves Marías como otros cantan las canciones de su grupo favorito. Tanto fervor me vino bien cuando me llegó el temido momento del examen MIR. Si bien es cierto que estudié mucho los tres meses del verano, también lo es que, el resto del curso había tocado más los libros de lectura que los de texto (salvo en los periodos de agobio previos a las evaluaciones). Tanto es así que aún tengo pesadillas en las que me presento a un examen sin estudiar y que, estoy segura, se deben a mis remordimientos. El caso es que si aprobé con nota suficiente cómo para escoger la especialidad que quería, estoy convencida que se debió en cierto modo a la intercesión de los santos (y no soy creyente). Pretendían así evitar que mi tía incendiase sus iglesias a base de ofrendas de velas. El resto de la familia, agradeció el gesto, y el resultado, así que ahora me llaman para recordarme, de vez en cuando, que gracias a sus desvelos soy la única médico de la que disponen. Desde que han cambiado las velas de cera por bombillitas no creo que sea posible cambiar mi estatus. ¡Menos mal que tengo al Dr. House para compartirlo, aunque por lo general me piden que no le moleste!

El caso es que es su cumpleaños y le deseo mucha, muchísima salud y ¡Muchísimas Felicidades!

Por descontado, tanto el Dr. House como yo seguiremos estando disponibles para todas las consultas médicas que precise.

Autor invitado: La carta del tito Pepe

Mi tío Pepe me ha enviado una carta preciosa en respuesta a mi post por su cumpleaños. Es andaluz con lo que hay una serie de halagos exagerados aunque no por ello menos agradables de recibir.  Menos mal que recalca mi personalidad "particular" (rasgo en el que coinciden los que me conocen) y que sabe que mi pluma a veces muestra un filo digno de un bisturí (deformación profesional). A él le corresponde buena parte del mérito de aquella época dorada de la granja además del reconocimiento por sus duros entrenamientos en los que intentaba ponernos a todos los primos en forma. Con la lengua fuera íbamos a su zaga mientras tratábamos de emularle. Pese a nuestro relativo "vigor juvenil" nunca hemos podido ni toserle en ese sentido. 


Linares, 15 de noviembre de 2011

Querida sobrina:
La verdad es que en contadas ocasiones alguien me ha dedicado comentarios escritos y me ha encantado que sea mi sobrina la que, en un día tan señalado para mí (hoy paso a ser sexagenario), recordase acontecimientos que hace treinta años sucedieron en la granja de sus abuelos.

La granja era para los más mayores, un paraíso dentro de la jungla urbana, un castillo imaginario para los más pequeños y para tus padres y tus tíos, un refugio maravilloso donde os hemos visto disfrutar y crecer, para mi gusto, demasiado rápido.

En la granja había animales, especialmente gallinas, ahí es donde tu abuelo era un auténtico erudito, sabía más de gallinas que los mismos gallos. También había otras clases de animales, algunos de dos patas, a esos la abuela los tenía catalogados como "so seres" o "tuerce botas". Tú y yo sabemos a quienes se refería. También un afortunado día, para mí, llegaron dos potrillos.

La granja podía convertirse en una acogedora hostería con capacidad ilimitada y donde el overbooking no era posible, sobre todo porque a tu abuelo no le gustaban las palabrotas en inglés. A propósito de palabrotas ¿que me dices del catering? Comer en la granja era un verdadero placer y un consuelo para los desfallecidos estómago, sobre todo, de los tuerce botas, los papollas, papiquis y algún que otro "giliventanas".

Con los menús festivos es cuando la abuela se salía. Como las faenas de los buenos toreros, sus platos iban de menos a más, aperitivos como la caldereta de morcilla, el chorizo en chicharrilla, la sangre frita con cebolla, la tortilla de patatas que rallaba en lo sublime. Primeros platos como el arroz con conejo, el guisado de albóndigas al estilo de las bodas de Camacho, las celebres migas en feroz competición con las de tu abuelo, sumiller indiscutible con el que tuve el placer, que digo placer, el honor de compartir incontables copas de buen vino. Alguna vez que otra, no he podido evitar derramar alguna lágrima, sobre todo cuando tocaba el vino de pellejo.

¿Y los postres? Para "hacer pecar a un santo".Las crujientes flores de aceite, los etéreos pericones de Canena, las empanadillas de cabello de ángel y en ocasiones, sólo en ocasiones, las gachas de harina con picatostes y matalahúga, y el inolvidable pastelón. Y para terminar y provocar la envidia de los dioses, la aromática copita de risol, menos mal que la receta ha pasado a buenas manos. En la mesa donde se han degustado todos estos manjares yo sigo comiendo todos los días.

Yo no se a tí, pero a mí se me ha hecho la boca agua. A lo que íbamos. Efectivamente como bien dices en tu carta, en la granja había dos potrillos que se convirtieron en caballos y que se quedaron allí seguramente como premio a su bondad y nobleza. Has hecho muy bien en reprocharme que no fuese lo suficientemente espabilado para darme cuenta de que tenías una ilusión. Que fácil hubiese sido complacerte, deberías haberme insistido.

Efectivamente tienes toda la razón cuando me calificas de bastante presumido, y te has quedado corta, soy muy presumido, sobre todo cuando se trata de presumir de mis sobrinas. Presumo de la elegancia que acaricia la vista. Del toque de distinción que nunca permitiría la extravagancia. De tu personalidad tan particular. De la pulcritud a la hora de cuidar los detalles. De la discreción, justa y proporcionada al momento y a la ocasión. Presumo de la armonía de su figura y presumo del encanto que proporciona el saber vivir con gusto.

Pero si de algo presumo especialmente, es de tener en la familia una doctora de tu categoría. Tu afición tan desmesurada por la lectura cuando eras pequeña y tu capacidad para asimilar conocimiento, te hubiesen llevado a triunfar en cualquier profesión que hubieses escogido, pero tu calidad humana y el afán de estar siempre preocupada por los demás te hicieron decantarte por una de las profesiones más difíciles y seguramente la más gratificante. En mi caso me has devuelto la alegría las dos veces que te he necesitado. En realidad y aunque me digas que no, tú lo que haces es procurar la felicidad de tus pacientes. Bien es verdad que tienes que servirte de la ciencia, los medicamentos y en última instancia de la cirugía con la única finalidad de acabar con el dolor. Alguien dijo que "la felicidad es la ausencia del dolor".

Lo que más me ha agradado de tu carta es que después de treinta años recuerdes el olor a cuadra mezclada con el de la paja y la hierba recién cortada y de las horas que pasaste limpiando y acarreando estiércol.
Haciendo esas tareas es cuando uno aprende a amar a los caballos. Hacer estas tareas es una forma de compensarlos por haberles privado de su libertad. Hacer estas tareas es agradecerles todo lo que han hecho por el desarrollo de la humanidad. Realizar estas tareas te brinda una oportunidad única de acercarte, acariciarlo y ofrecerle tu amistad y es cuando este noble animal se impregnará de tu olor e irremediablemente se enamorará de ti, convirtiéndose en el gregario más fiel y en el más leal e infatigable compañero que no te olvidara jamás.

Es verdad que tengo un nuevo caballo. Se llama Áureo por que nació un día quince de mayo. Un quince de mayo también nació mi hermana Aurita.

Estoy seguro que Áureo me va a permitir devolverle la ilusión a una niña treinta años después.

Un beso muy fuerte de tu tío Pepe.

Caballos

Cuando tenía unos 11 años, mi tío Pepe compró un par de potros que instaló en la granja. Para ello, reconvirtió una de las naves de los antiguos gallineros, medio en ruinas, en establos. Aquellas naves soportaron estoicamente nuestros recorridos por sus tejados de uralita mientras jugábamos al escondite, a los Cinco y a los ángeles de Charlie y, sólo fallaron en una ocasión, en la que mi prima Sole terminó en el suelo de uno de ellos, vía a través del tejado y con el resultado de una pierna rota. Los ingleses lo llaman "accident prone" y, desde luego, de todos los primos era siempre a Sole a la que le tocaba la china de los percances. Ni que decir tiene que teníamos terminantemente prohibido subirnos a aquellos tejados. Pero la granja era muy grande y, precisamente, jugábamos a escondernos.

El caso es que cuando esa nave fue transformada en establo dejó de ser apta como territorio de juegos. Claro que, en sí, los propios caballos suponían bastante entretenimiento. Al principio no podían montarse, había que conformarse con mirarlos y verlos crecer. Luego hubo que domarlos y, mi tío, de albañil aficionado ascendió a domador amateur. Por supuesto, su siguiente y más que envidiado papel fue el de jinete. El problema es que, con veinte primos para hacernos la competencia a la hora de subirnos a los dos caballos, era necesario hacer méritos.

Por aquel entonces, gracias a mi natural "don de gentes", yo distaba mucho de ser la favorita de mi tío. En realidad distaba de ser la favorita de nadie. Ironías de la vida, gracias a mis habilidades médicas me he ganado ese puesto, aunque eso ocurrió tras curarle un absceso faríngeo el día anterior a la boda de su hija y, un vértigo posicional, tras el bautizo de su primer nieto. Está claro que los eventos familiares no son buenos para su salud. En Junio se casa su hijo, así que me llevaré el botiquín a la ceremonia. En mi primera intervención médica le hice tomarse un tratamiento bomba que, pese a no creer en la medicina moderna y sí en todas las tonterías sin base científica que, o bien le cuenta su madre o bien encuentra por Internet, cumplió sin rechistar. No tenía opción, estaba realmente mal. En el segundo caso no precisé recurrir a ninguna droga y supongo que eso me hizo ganar aún más puntos. Una sencilla maniobra de Epley obró el milagro. Pero eso sucedió muchos años después. En esos momentos, recién entrada la adolescencia, no había adquirido aún ese estatus privilegiado, ni tan siquiera parecía previsible que llegase a alcanzarlo. Aún así, me empeñé en aprender a montar y mi tío vio un filón en mi dedicación. Todas las mañanas de aquellas vacaciones me empleó en limpiar las cuadras de los caballos. No ordeno jamás mi habitación pero, con aquellas cuadras, me esmeraba a diario y me dedicaba a cargar carretillas de porquería, fregar el suelo y poner paja limpia sobre él. Además cortaba hierba fresca de la que les gustaba comer a los caballos y acarreaba cubos de agua tanto para la limpieza como para darles de beber.

 Si alguien supone que con aquellas tareas me gané una plaza aventajada a la hora de subirme a la silla, está muy equivocado. El resto de mis primas, sin necesidad de tocar una escoba, pasaban por delante de mí con tan sólo hacer su aparición. Todas eran mucho más lucidas que yo, independientemente de mis granos, por lo que mi tío, al que le gusta bastante presumir, prefería sacarlas a ellas de paseo. Al menos yo me quedaba en la compañía fiel de mi libro. Eso sí, al día siguiente, esta cabezota regresaba a los establos para limpiarlos de arriba a abajo en busca de una nueva oportunidad de hacer prácticas de equitación.

Una vez empecé la residencia me apunté a un centro de hípica. Tras unas cuantas guardias me replanteé el asunto: las caras y la cabezas rotas, además de otros pocos huesos, que veía en la urgencia debidas a caídas del caballo consiguieron lo que no había logrado el tener que quitar porquería de los establos. Hace años que no monto pero eso no quiere decir que no esté dispuesta a hacerlo, aunque con menos afán que el que tenía en mis comienzos de amazona.

Mi tío tiene un nuevo caballo al que espero me deje subirme en alguna ocasión ¡FELIZ CUMPLEAÑOS TITO!