martes, 8 de julio de 2014

Scouts y buena acción

Lo mejor de los Scouts es su lema de hacer una buena acción al día. Es una magnífica idea, una buena costumbre que se inicia en la infancia y que aprovecha la competitividad natural para mejorar, aunque en este caso no se trata de una lucha dañina para demostrar que se es el más fuerte, no es necesario machacar a nadie para triunfar, aunque también es cierto que no todo el mundo es capaz de reprimir sus instintos lo que dificulta al resto el contener los suyos. Idealmente se valora el sacrificio y el esfuerzo y de ese modo se consigue instigar en el resto el deseo de imitar al héroe de turno para emular, e incluso superar, sus hazañas. Los actos se publicitan, se premian con el reconocimiento, lo que supone un gran incentivo. El ganador es el que realiza la mejor acción, ya sea en solitario o en equipo. Esa actuación conjunta no difiere mucho de otras actividades en grupo: uno lleva la mayor parte de la carga y los laureles se reparten, rara vez por igual o en proporción al trabajo desempeñado, sino que se adjudican generalmente en función de la popularidad y de lo bien que se sepa vender cada individuo. No es el método mas justo pero sí el que mejor te abre los ojos a cómo funciona el mundo. Tampoco fomenta la humildad de entrada pero sí que se aprende a reconocer las cosas bien hechas y a sentirse orgulloso de ellas, por sí mismas, y de ese modo se refuerza el anhelo de convertirse en mejor persona. Afianzar esta aspiración es fundamental. Se madura sobre una buena base y, a la larga, todo llegará, incluso la modestia, en algunos casos contados.

Pese a contar con semejante lema, los Scouts son niños y no ángeles. Sin supervisión adulta, rara vez los jefes absolutos tienen más de 20 años, se forman pandillas, surgen divisiones según afinidades, piques, rencillas y envidias menos sanas de lo que sería deseable. No obstante también hay disciplina, tareas que precisan de la colaboración de todos y que obligan a dejar atrás cuestiones personales. Poco a poco se aprende a convivir, a verse en los ojos de otros, a soportarse a pesar del cansancio y las incomodidades. Se viven éxitos y frustraciones y se adquiere independencia. Cuando uno se harta de sus compañeros opta por ir por libre, gana seguridad, aprende a ser uno mismo y a estar satisfecho con ello, a no guiarse por la opinión de otros sin antes sopesar la propia. No hay que olvidar que también se descubre que dormir en el suelo de una tienda de campaña, con una letrina por baño, excavada al otro lado del río, es algo a evitar per secula seculorum.

1 comentario:

María José Rodrigo Hernández dijo...

Es un poco como la vuelta a la horda, ¿no? Yo creo que al ser humano le viene bien recordar de vez en cuando de dónde viene y desprenderse de todos los lastres de los que le ha dotado la llamada "civilización". Conocer los propios límites es la única forma de imponerse a uno mismo la tarea de superarlos. Como todas tus entradas, invita a la reflexión.
Un beso.