viernes, 25 de julio de 2014

Un cuento de Lavanda

Me encanta este cuento de mi amiga Lavanda. La manera en la que comienza a contar la historia, como si la desenredase de una madeja hecha de muchas otras, es fantástica, te atrapa.

El cuento del pétalo de rosa

Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba, que sólo ….¡No!…ésto ya está escrito… empezaré de nuevo…

En  casa de un cerrajero, entró una serpiente un día, y la insensata…Hummm…espera, ésto también me suena, creo que ya lo he leído antes…

Antes sí, -dijo la ardilla- Pero ahora ya no brilla, y parece de hojalata… ¡No, no, noooo!.  Salid de mí, Ideas! Lo que yo busco es un cuento nuevo que hable de un organista, una escalera y una cabra.

Cuentan que un día, hace muchos años… tantos que ni siquiera los más viejos del lugar saben dar datos exactos de las fechas… apareció en el pueblo un viejo músico… (creo que éste es un camino más adecuado: no me suenan los árboles de la entrada ni los balcones que franquean las casas porticadas que aparecen ante mí. Definitivamente, no he estado aquí antes. Este lugar puede ser el escenario del cuento que ando buscando.)

El viejo músico atravesaba una etapa de cambios. Aun no hacía una semana que se planteó escapar de una existencia que ya no le proporcionaba esa chispa de lo inesperado que le mantenía en una eterna juventud.

Su vida se había asentado de tal manera que cada uno de los días era copia exacta del anterior y del siguiente, con lo que fue tomando conciencia de su gradual envejecimiento.  Esto no le gustó, de manera que una mañana hizo sus maletas, (tarea que, por otra parte, siempre le resultó algo desesperante y odioso) y se fue de casa sin echar la llave, en busca de un lugar nuevo en el que empezar una vida nueva.
 
Caminó los caminos, recorrió los recorridos, pero cuando halló al culpable…¡Ay!   ¡Nooooo! esto último bórralo.  Me viene a la cabeza acompañado de una preciosa melodía y una acariciadora voz que reconozco.

 Caminó los caminos, recorrió los recorridos y, después de interminables jornadas agotadoras, entró en la plaza porticada de aquel pueblo, que le pareció acogedor. Tanto que se quedó a pasar la noche, estimulado por un olorcillo a chocolate negro relleno de sabroso licor que se apreciaba en el aire procedente de la ventana de una casa cercana.

Hacia allí se dirigió, cargado con lo que quedaba de su equipaje, el resto lo había ido cambiando por viandas a los viajeros que, como él, andaban desorientados por los caminos.

Llamó a la puerta y, tras esperar unos minutos que le parecieron eternos, oyó que se acercaban unos pasos rítmicos, cadenciosos, que retumbaron en su cerebro marcando el compás de una historia a punto de empezar.

Alguien abrió la puerta, pero cuando el músico miró hacia la oscuridad no vio a nadie en el umbral. Sin embargo, sí notó una fuerte presencia que le invitaba a entrar. Con pasos inseguros, se adentró en la casa que emanaba un delicioso perfume a flores aromáticas, mezcladas con el tentador aroma del chocolate que le había hecho de lazarillo desde la calle.

Decidió prescindir del sentido de la vista, pues intuyó que en aquel lugar no iba a necesitarlo. Cerró los ojos  y abrió de par en par las ventanas de la nariz, dispuesto a no perderse ni uno solo de los aromas que campaban a sus anchas por todos los rincones de aquel espacio desconocido.

Caminando a ciegas, tropezó con algo que le pareció una silla. Tanteando con las manos localizó una mesa preparada ante él con una deliciosa cena y se dispuso a dar buena cuenta de ella. Con sorpresa comprobó que los sabores, en la oscuridad, eran mucho más intensos, más embriagadores, y disfrutó de ellos como nunca. Hasta que sintió que el sueño le rendía y así, sin siquiera levantarse de la mesa, se dejó deslizar lánguidamente hacia las profundidades de lo onírico.

Pasó toda la noche y parte de la mañana siguiente durmiendo como si hubiera entrado en coma. Ni los trinos rabiosos de los pájaros ni el ajetreo constante en la plaza al otro lado de la ventana consiguieron sacarle de su sopor.

A eso del mediodía, un insolente rayo de sol se coló en el cuarto y se posó sin ningún pudor sobre la frente del músico, que abrió los ojos sorprendido de encontrarse tendido sobre una preciosa cama rococó decorada con volutas, rocallas y hojas de acanto (afortunadamente observó que no acababan en puntas de navaja, detalle que habría resultado imperdonable a la vez que incongruente con el buen gusto de su desconocido anfitrión).

Se levantó y se dirigió al lugar que supuso la cocina en que había cenado la noche anterior. La mesa estaba preparada con un desayuno a base de zumos de fruta, crujientes tostadas caseras y dulces mermeladas de diferentes sabores, todo un lujo para aquel estómago acostumbrado a prescindir de la dulzura.

La estancia, iluminada por el sol, era mucho más espaciosa de lo que le pareciera la noche antes. Todo era blanco y la luz se enseñoreaba del espacio haciendo que casi dolieran los ojos.

A la mesa estaba sentada una mujer que, ante sus dudas, le hizo un gesto invitándole a acercarse. Tímidamente, se sentó en la silla que le esperaba frente a aquella mujer que nunca había visto antes. Al mirar su rostro, reconoció cada una de sus facciones, sus pequeñas arrugas, sus profundos ojos oscuros y la luz que los vivificaba le hizo sentir que, finalmente, había llegado a su destino.

Ella cogió una tostada del cestillo que había en la mesa, al lado del florero de cristal que albergaba una única rosa roja. Como si estuviera celebrando una ceremonia, untó con delicadeza el pan con la cremosa mantequilla que ella misma había elaborado esa mañana. Colocó en el centro de la tostada un pétalo de la rosa y acercó su mano al músico, ofreciéndole el pan mientras miraba en sus ojos el reflejo de su propia mirada.

Se sintió tan perdido, nadando en aquellos ojos que reflejaban toda la tristeza del mundo, que no fue capaz de tragar un solo bocado. Se limitó a dejarse acariciar por aquellos ojos  y sus compuertas se abrieron de pronto, dejando escapar todo el cansancio acumulado en siglos de existencia. Toda la desilusión, la frustración, se desbordaron de sus párpados en forma de torrente.

Y lloró y lloró toda la tarde, hasta que se hizo de noche, y las lágrimas lavaron al pasar todo el dolor de su alma, y se sintió un hombre nuevo, recién estrenado.

Juntos decidieron pasar de las cabras y las escaleras: ese momento era solo para ellos. Ya tendrían también, algún día,  la cabra y la escalera, su oportunidad de salir del mundo de las sombras.

1 comentario:

María José Rodrigo Hernández dijo...

Qué ilusión me hace ver aquí mis cuentos. Este es uno de los primeros y se nota, jajaja. Pero yo creo que los errores pasados están ahí para enseñarnos la medida de nuestro crecimiento, por lo tanto, no hay que tocarlos. Gracias por hacerme un huequecito en esta casa tan acogedora.
Un beso.