viernes, 11 de julio de 2014

Competencia sexual

El cambio de roles sociales afecta a la sexualidad. Entre las mujeres el ostentar el poder afianza la posición, da dominio sobre el macho y proporciona estabilidad, rasgo para el que se supone está diseñada genéticamente y con el que garantiza la seguridad de sus hijos. En los casos en los que esta estabilidad depende del varón, o el poder es compartido, la hembra puede sentir que su posición se tambalea al tener que entrar en competición con rivales más atractivas. La juventud es, sin lugar a dudas, un reclamo esencial, se asocia a la fertilidad y al instinto natural de perpetuar la especie. Por lo tanto son muchas las que se sienten obligadas a aparentar ser más jóvenes a toda costa: no está permitido abandonarse, hay que someterse a intensivas jornadas de gimnasio, sufrir el hambre de las dietas más estrictas para mantener la figura, e invertir en peluquería, maquillaje y cosméticos milagrosos. Cuando todo eso no basta se recurre a la cirugía.

En los barrios de cierto postín se ven cada vez más clónicas cortadas y vestidas por el mismo patrón: mechas rubias, camisas blancas bajo chaquetas sastre en tonos beige y marrones combinadas con vaqueros de firma. Mujeres delgadas e inexpresivas, con la cara tan planchada como la camisa. Se transforman en máscaras. Los rasgos se convierten en plástico sobre el armazón de silicona que los sostiene, los gestos pasan a ser muecas. Las arrugas del labio superior se rellenan y desaparecen a costa de la fijación de éste, que con el peso cae sobre la boca en una cortina de carne que, de perfil, imita el pico del pato Donald y que, al hablar, reproduce el mismo tipo de movimiento que el de este personaje. La naturalidad se pierde, es el precio a pagar por conseguir parecer ¿atractivas? No sólo eso, sino que este ridículo aspecto se ha convertido en una marca de estatus: sin botox, sin cirugía no se pertenece al clan de estirados con pretensiones.

Se precisa mucha inteligencia, sentido común y una inmensa confianza en uno mismo para atreverse a ser diferente a la manada de alrededor, incluso aunque el éxito y la posición sean propios y no del cónyuge. Se aspira a detentar poder, estatus, belleza, con tal de incrementar la capacidad de seducción, vencer a los rivales ya sea como líder en algún aspecto de la competición o, simplemente, engañar al ojo y evitar ser depuesto por las nuevas generaciones.

1 comentario:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Sol, buenos días; veo que coincidimos en apreciaciones acerca de ciertas cirugías estéticas a las que, claramente, les sobra el adjetivo, vistos sus resultados (ya lo sabía, a tenor de tu comentario a mi texto, que, por cierto, aún no he respondido, y me temo que ya se me ha hecho un poco tarde...). Haces un retrato tan ácido como certero de esa realidad que recoges en tus palabras, y aunque así son las cosas, te puedo asegurar que algunos renegamos de ese arquetipo, y no solo desde el punto de vista de su rechazo moral (que también), sino también desde una perspectiva pura y duramente estética. Nunca fui de Barbies y me da a mí que a estas alturas ya estoy un poco viejuno para cambiar de querencias. En fin...

Abrazo fuerte y buen fin de semana.