- A un conocido le han puesto una prótesis fonatoria y ahora habla estupendamente. - Me comenta con los labios uno de mis pacientes laringuectomizados que, a pesar de la rehabilitación, no ha conseguido sacar apenas voz.
Me echo a temblar. Mi experiencia con las dichosas prótesis fonatorias se remonta a las guardias de residente. No había semana que no se presentase alguno en la urgencia con la prótesis en la mano porque se le había salido. Enseguida comprobé que intentar ponérsela de nuevo era un intento vano, se precisaba un dispositivo especial con el que no contábamos en el hospital. El fracaso era frustrante y el paciente no solía mostrarse comprensivo, no estaba dispuesto a resignarse a dejar de hablar.
El mayor deseo de mi paciente actual es hablar, siempre le ha encantado hacerlo. Le gustaba declamar en las reuniones y disponía de todo un repertorio de historias de las que echar mano. El silencio no se ha hecho para él.
Me informo. Desde mi época de residente los modelos de prótesis han evolucionado. Me aseguran que dan muchos menos problemas. Confío en que sea así y decido lanzarme a la piscina y ponerle una. Lo comento en sesión. El resto del servicio recuerda sus anécdotas al respecto: son todas descorazonadoras.
Desoigo la voz de la razón y meto al paciente en quirófano para la punción traqueoesofágica. Es una técnica sencilla, breve y muy reglada. Todo va bien. El aire de la tráquea pasa al esófago a través de la prótesis encajada en la fístula y se modula en la boca. A los pocos días el paciente habla más que un sacamuelas en pleno ataque de euforia. Está encantado.
Pasan los primeros meses. Sé que con el tiempo la prótesis se deteriora y precisa un recambio. Antes de los previsto surgen las primeras pegas: el cierre de la fístula no es estanco y algo de líquido se escapa por los alrededores. Es mínimo pero, al caer hacia la tráquea, le da tos. La situación se agrava durante mis vacaciones, ley de Murphy, el paciente se impacienta, acude a urgencias y mis compañeros no se muestran felices. Afortunadamente regreso pronto.
Me toca ocuparme de gestionar el recambio, hay que rellenar formularios, hablar con compras y con la casa comercial. Es el tipo de burocracia que odio, y en el que estoy pez. Por mucho que desee que los trámites sean inmediatos, la cruda realidad es otra y nos toca esperar un par de semanas. Pasado ese plazo, en la consulta, realizo el cambio. Todo va sobre ruedas, con la ayuda del mecanismo de inserción es casi como poner una inyección.
Por desgracia ese no es el fin de los problemas. El rezume va a más, la fístula se ha dilatado. Tocan medidas desesperadas. No tengo más remedio que quitar la prótesis para que el trayecto cicatrice y se reduzca su diámetro. He de reinsertarla en un par de días, antes de que se cierre por completo. ¡Qué ingenua! ¿Es que no aprendí nada durante mis guardias de residente?
Efectivamente la fístula disminuye, lástima que lo haga algo más de lo que deseo. Al recolocarla me encuentro con que la cánula de inserción no cabe y el trayecto tampoco se expande. Me peleo con ella pero se ríe de mí y, una vez tras otra, según aprieto, me escupe la maldita prótesis. Mientras tanto tengo el resto de la consulta parada, con los pacientes acumulándose en la sala de espera. Prefiero no pensar en ello para no agobiarme más.
No me rindo. Ante situaciones desesperadas tocan medidas desesperadas: si no se coloca ella sola por las buenas, habrá que colocarla por las malas. A veces no queda más remedio, la medicina no siempre es limpia y elegante. Presiono el émbolo sin piedad, se resiste pero al final la prótesis sale aunque se cuela hasta el esófago (era justo lo que pretendía, la única alternativa que me quedaba). Ahora tengo que engancharla con unas pinzas de mosquito para colocarla. El material del hospital es de saldillo y las pinzas no agarran. El paciente está despierto y no disfruta de mi manipulación en su tráquea. Otro mosquito. La prótesis se resiste. Aprieto los dientes e insisto. Es un parto complicado. Entre toses, mocos y sangre asoma un trozo de pestaña del borde. Tiro, giro, agarro por otro lado y vuelvo a tirar y a girar. Repito. Un poco más. Y más. Avanza y retrocede. Trata de colarse de nuevo pero no se lo permito. Aún así se niega a salir. Sigo. Sudo, el paciente también. Es agotador. Es inimaginable que se requiera tanta fuerza para vencer algo tan pequeño pero si se cree que tiene alguna posibilidad es que no sabe con quién se las está viendo. Tras lo que parece una eternidad, gano la batalla: la prótesis está en su sitio.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
jueves, 20 de noviembre de 2014
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Lluvia
Las gotas se deslizan en el viento. Antes de desprenderse se enganchan por última vez al cielo. Al soltarse, le arrancan una pieza que esconden en el interior de su esfera. Caen. A ratos vuelan, a ratos flotan. Se acercan deprisa al suelo. Rebotan sobre las hojas, se deslizan por las ramas y se cuelan por las grietas. Al chocar contra la tierra, se rompen en mil pedazos y el cielo que contenían se libera. Los añicos salpican el aire, algunos buscan dónde posarse para descansar y el paisaje reluce dormido bajo el barniz de humedad. Los charcos de espejo reflejan el azul del cielo.
Las nubes se abren y se alejan. Vacías, se tornan blancas, pequeñas, transparentes y ligeras. El viento las empuja y se las lleva. El sol se asoma y el aire resplandece con las chispas derramadas que la estrella reclama.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Sobresaltos
El símbolo del programa me avisa de que el paciente está en el hospital. Le llamo pero nadie entra. Tiene 88 años, es posible que, con los achaques de la edad, aún no le haya dado tiempo a llegar hasta la sala de espera. Al cabo de unos minutos insisto. Miro la puerta pero no sucede nada. A lo mejor no ha visto la pantalla. Salgo a la sala de espera a nombrarle, en ocasiones es preciso hacerlo así, a la antigua usanza, por mucho que eso interfiera con la ley de privacidad de datos. Nadie responde. Me acerco a la sala de espera de al lado y obtengo el mismo éxito. ¿Y si el pobre anciano anda perdido por los pasillos del hospital? No sería el primero. Compruebo si en la ficha figura un número de móvil, es el mejor método para encontrar abuelitos extraviados.
- Buenos días, soy su doctora- me presento. - Tiene cita ahora conmigo.
Es el hijo el que responde al teléfono.
- Estamos esperando que le hagan una analítica.
Me extraña. Han llegado justos a mi cita. ¿Será una urgencia?
- ¿Está todo bien?
- Sí, sí. En cuanto le saquen sangre subimos.
- Ya van tarde - les aviso.
Al hijo no le importa demasiado mi advertencia y se presentan en la consulta con más de media hora de retraso. No es un buen principio.
He aprovechado el tiempo para, entre paciente y paciente, revisar sus antecedentes. De sus 88 años lleva casi 80 fumando, y sin intención de dejarlo. El alcohol forma parte de su dieta. Le hemos visto varias veces y siempre se ha librado. Recientemente le han diagnosticado algo de demencia.
Le exploro. En esta ocasión no hay suerte, no se libra. No me gusta lo que me encuentro en mi exploración y le programo, preferente, para una biopsia en quirófano.
Unos días más tarde me llama la anestesista. Tiene a mi enfermo en su consulta y las pruebas son de asustar.
- ¿Es imprescindible operarle?- me pregunta.
- Sospecho que tiene un cáncer - le explico. - He de coger una biopsia para confirmar el diagnóstico y poder mandarlo a radioterapia.
- Querría que antes le viese el cardiólogo. ¿No puede esperar?
- ¿Cuánto tardaría?
- No lo sé.
- No conviene retrasarlo demasiado. Si acaso hablo con el cardiólogo.
- No, no te preocupes. Ya le llamo yo.
El informe del cardiólogo no es tranquilizador. La eco muestra que la función cardiaca está por debajo del 30%. Choca que hasta entonces el paciente no notase nada. Se le cataloga de alto riesgo. Tras las explicaciones del anestesista la familia se presenta en mi puerta para hablar conmigo. Están asustados. Quieren saber qué hacer, o qué no hacer.
Les aclaro la situación. La palabra cáncer, que hasta entonces no había usado con ellos, les ayuda a comprender el problema. La hija está de mi lado. El hijo se niega a que le hagamos nada. ¿Y si se muere en la mesa del quirófano? Sinceramente no es una perspectiva halagüeña. Aún así las únicas opciones de tratamiento pasan por confirmar el diagnóstico, ¡ojalá hubiese otra alternativa! No hacer nada es condenarle a morirse, posiblemente ahogado y sin poder tragar ni hablar. Tampoco ese plan es prometedor.
Los hermanos quedan en reunirse y, finalmente, acceden, no sé si por unanimidad. Ingresa a primera hora del mismo día de la cirugía. Antes de empezar la jornada me acerco a verle. Está algo despistado y la cosa empeora cuando le bajan al antequirófano y se queda solo. Primero afirma haber desayunado y luego dice que no se acuerda. Hay que comprobarlo, con el estómago lleno no es buena idea realizar una anestesia general. La familia no aparece por ningún lado. Voy a la planta. Según la enfermería sí que está en ayunas. Lo pasamos. Conectamos los cables. El electrocardiograma inicial deja mucho que desear, no es una novedad. Curiosamente el trazado mejora según el paciente se duerme y la cirugía se desarrolla sin complicaciones. Por desgracia el tumor ha crecido en esos días. Tomo las biopsias. El enfermo se despierta sin sobresaltos. Hablo con la familia y les tranquilizo antes de llevarle en mano las muestras a la patóloga. En unos días tendré el resultado.
- Buenos días, soy su doctora- me presento. - Tiene cita ahora conmigo.
Es el hijo el que responde al teléfono.
- Estamos esperando que le hagan una analítica.
Me extraña. Han llegado justos a mi cita. ¿Será una urgencia?
- ¿Está todo bien?
- Sí, sí. En cuanto le saquen sangre subimos.
- Ya van tarde - les aviso.
Al hijo no le importa demasiado mi advertencia y se presentan en la consulta con más de media hora de retraso. No es un buen principio.
He aprovechado el tiempo para, entre paciente y paciente, revisar sus antecedentes. De sus 88 años lleva casi 80 fumando, y sin intención de dejarlo. El alcohol forma parte de su dieta. Le hemos visto varias veces y siempre se ha librado. Recientemente le han diagnosticado algo de demencia.
Le exploro. En esta ocasión no hay suerte, no se libra. No me gusta lo que me encuentro en mi exploración y le programo, preferente, para una biopsia en quirófano.
Unos días más tarde me llama la anestesista. Tiene a mi enfermo en su consulta y las pruebas son de asustar.
- ¿Es imprescindible operarle?- me pregunta.
- Sospecho que tiene un cáncer - le explico. - He de coger una biopsia para confirmar el diagnóstico y poder mandarlo a radioterapia.
- Querría que antes le viese el cardiólogo. ¿No puede esperar?
- ¿Cuánto tardaría?
- No lo sé.
- No conviene retrasarlo demasiado. Si acaso hablo con el cardiólogo.
- No, no te preocupes. Ya le llamo yo.
El informe del cardiólogo no es tranquilizador. La eco muestra que la función cardiaca está por debajo del 30%. Choca que hasta entonces el paciente no notase nada. Se le cataloga de alto riesgo. Tras las explicaciones del anestesista la familia se presenta en mi puerta para hablar conmigo. Están asustados. Quieren saber qué hacer, o qué no hacer.
Les aclaro la situación. La palabra cáncer, que hasta entonces no había usado con ellos, les ayuda a comprender el problema. La hija está de mi lado. El hijo se niega a que le hagamos nada. ¿Y si se muere en la mesa del quirófano? Sinceramente no es una perspectiva halagüeña. Aún así las únicas opciones de tratamiento pasan por confirmar el diagnóstico, ¡ojalá hubiese otra alternativa! No hacer nada es condenarle a morirse, posiblemente ahogado y sin poder tragar ni hablar. Tampoco ese plan es prometedor.
Los hermanos quedan en reunirse y, finalmente, acceden, no sé si por unanimidad. Ingresa a primera hora del mismo día de la cirugía. Antes de empezar la jornada me acerco a verle. Está algo despistado y la cosa empeora cuando le bajan al antequirófano y se queda solo. Primero afirma haber desayunado y luego dice que no se acuerda. Hay que comprobarlo, con el estómago lleno no es buena idea realizar una anestesia general. La familia no aparece por ningún lado. Voy a la planta. Según la enfermería sí que está en ayunas. Lo pasamos. Conectamos los cables. El electrocardiograma inicial deja mucho que desear, no es una novedad. Curiosamente el trazado mejora según el paciente se duerme y la cirugía se desarrolla sin complicaciones. Por desgracia el tumor ha crecido en esos días. Tomo las biopsias. El enfermo se despierta sin sobresaltos. Hablo con la familia y les tranquilizo antes de llevarle en mano las muestras a la patóloga. En unos días tendré el resultado.
sábado, 15 de noviembre de 2014
Premio nanorrelato Blogscriptum
![]() |
| Pilar Pequeño. 01 Idaho Falls, 1991. |
![]() |
| Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto |
miércoles, 12 de noviembre de 2014
No fue un ensayo...
El paciente de mi primera cricotirotomía no vivió más que unos meses más, no muchos pero sí los suficientes como para asistir a la primera comunión de su nieto, que era algo que esperaba con ilusión. Me enteré de aquello casi por casualidad pero me pareció muy bonito. Con mi hazaña no me convertí en una heroína de la noche a la mañana, ni mucho menos, tampoco me lo esperaba. Los médicos no somos héroes, aunque en ocasiones tengamos que echarle valor a nuestro trabajo, no podemos olvidar que los pacientes nos acompañan en todas nuestras aventuras y son ellos los que corren el mayor riesgo. Con mi actuación me llovieron tanto críticas como alabanzas, está claro que nunca se da gusto a todos y en una emergencia no se sopesan factores secundarios que luego adquirirán importancia, no se ve más allá de lo prioritario en ese instante. Para variar no presté demasiada atención a las opiniones de otros, y aún menos a las negativas, he comprobado que con el tiempo todas las aguas vuelven a su cauce y lo único verdaderamente importante es que el paciente estuviese contento. Eso sí, la aprobasen o no, aquella experiencia no tardó en demostrarse muy útil.
Apenas tres meses sonó el teléfono de la consulta. Contestó nuestro enfermero que, casi inmediatamente y sin colgar, dio la voz de alarma:
- Que suba alguien corriendo al quirófano de la tercera que no pueden intubar a una paciente.
No hizo falta más. Corrí, vaya si corrí: cinco pisos de escaleras del sótano a la tercera a toda mecha y volar por el pasillo que las separaba del quirófano. Entré tan a la carrera que aún no recuerdo si llegué a ponerme el gorro y la mascarilla, es posible que los cogiese automáticamente al pasar, o es posible que no. No estaba cansada tras la ascensión. Tenía la adrenalina disparada.
-¡Deprisa!- oí que me decía la voz de Ángel. A pesar de la situación, me alegré de que estuviese allí.
Ángel era nuestro anestesista habitual. Años de cánceres de garganta le habían especializado en casos de intubaciones no ya difíciles, sino imposibles. Estaba en el quirófano del piso de arriba y había sido al primero al que habían recurrido. Si él no podía, no podía nadie. El caso era dramático: una mujer de 40 años a la que iban a intervenir de un cáncer de mama. Si Ángel me metía prisa significaba que la cosa estaba mal, muy mal. La paciente no ventilaba pese a los esfuerzos de los anestesistas. La alarma pitaba mientras que el pulsioxímetro latía con un sonido cada vez más grave. No había tiempo que perder. Lo último que vi en la pantalla, mientras me calzaba los guantes, fue la cifra de 60 de saturación, y bajando...
Repetí los pasos de tres meses atrás: tocar, agarrar y cortar. El escenario era distinto, con mucha más gente, más ruido, menos irreal. Aunque tenía que tomar las riendas, me encontraba más arropada. Sabía que podía hacerlo, ya lo había hecho antes y había salido bien. Mi dedo acompañó al bisturí en su camino para no perder la vía, reconocí el tacto de los tejidos y del metal plano de la cuchilla. Atravesé la membrana entre los dos cartílagos laríngeos y aparecieron las primeras burbujas de aire. Retiré el bisturí pero dejé el dedo abocado en el orificio de la tráquea mientras lo cambiaba por el tubo. No estaba fiado y, al entrar en la vía aérea, se desvió hacia la boca. Así no servía, los pulmones no ventilaban.
- Tengo que sacarlo.
Todos me miraron espantados. La maniobra era un riesgo, la vía aérea se podía perder en el proceso, pero no quedaba más remedio, tal como estaba la enferma seguía sin ventilar.
- Fiadme un tubo.
Metí una pinza en el agujero, agarré y tiré. Afortunadamente la alineación de los cortes aguantó. Esta vez, gracias al fiador, el tubo entró en la tráquea en el sentido correcto. Conectaron el oxígeno. Para gran alivio de todos los presentes la paciente comenzó a ventilar, la saturación subió. Me retiré a un lado agotada, sin reserva alguna de adrenalina en mi cuerpo, sólo recuerdo que los anestesistas se hicieron cargo del resto.
martes, 11 de noviembre de 2014
Primera cricotirotomía
Eran casi las 2 de la mañana cuando la urgencia se tranquilizó. Ya era hora de intentar descansar un poco. Por si acaso, antes de subir a la habitación, decidí asomarse a la sala de médicos para preguntar si tenían alguna duda que resolver. Mejor ahora que cuando ya esté en la cama, razoné.
La sala de médicos estaba casi vacía, en los cajetines no quedaba nada pendiente. No durarían demasiado en ese estado así que mejor aprovechar el momento. Al pasar por delante de las camas de Observación, entré para avisarles de que me retiraba.
- Buenas noches. ¿Necesitáis algo de mí antes de que me suba? - pregunté.
- En la cama 8 hay un paciente que te conoce. Es un enfermo terminal, no te has dado cuenta pero al verte te ha hecho una señal – me comentó una de las enfermeras del control.
- ¡Pobrecillo! Voy a saludarle - contesté.
Aunque no se pudiese hacer nada, el simple hecho de ver una cara conocida resulta tranquilizador. No obstante, en esta ocasión, al acercarme y oír su respiración, se me dispararon todas las alarmas. El aire apenas entraba y, lo peor de todo, el enfermo estaba casi agotado. A pesar de su estado, sonrió al verme. Trató de hablar pero tenía tan poco fuelle que no lo consiguió.
No podía quedarme quieta y permitir que muriese de una muerte agobiante. Debía hacer algo, y rápido, muy rápido. Llamé a la enfermera para que me diese la información que me faltaba mientras movía lo necesario.
- ¿Por qué ha ingresado?
- Ha venido esta tarde por disnea. No sé más.
- ¡Se está ahogando! Necesita que le abramos la vía aérea. Avisa a un celador. Voy a llevarle al quirófano.
Mientras el celador llegaba, empecé a empujar la cama, ya me pillarían por el camino. Me dirigí hacia el ascensor con una parada en el control de Urgencias mientras lo esperaba para poner sobreaviso al anestesista.
- Tengo una traqueotomía de emergencia. Subo directamente al quirófano.
La respuesta del anestesista no arregló las cosas.
- No es buen momento. Estoy liada con un aneurisma roto y no disponemos de más camas en Reanimación.
No era momento de discutir.
- Habrá que apañárselas, esto tampoco puede esperar.
Cuando se abrió la puerta del ascensor, la anestesista me esperaba en la puerta del quirófano. Claramente su intención era detenerme. Una mirada al paciente le hizo cambiar de opinión al instante.
- Pasa, pasa.
Justo a tiempo. El enfermo estaba a punto de pararse y no respondía a los esfuerzos para ventilarle. Ni siquiera era posible pasarlo a la camilla. Habría que intervenirle en la cama.
Necesitaba guantes y bisturí. A falta de otro más a mano cogí el que siempre llevaba para emergencias en el bolsillo del pijama. Con una mano agarré la laringe del enfermo y con la otra clavé la cuchilla hasta el fondo, sin dudar. En un sólo corte tenía que atravesar la piel y abrir la vía aérea. El bendito aire entró en la traquea junto con la sangre de la herida. El enfermo tomó una bocanada e, inmediatamente, tosió. El corte estaba en su sitio. Sin embargo aún no era el momento de cantar victoria, existía el peligro de, con el movimiento, se escapará la traquea y se perdiera la alineación de las incisiones, lo que obligaría a repetir el corte. No solté la presa sobre la laringe, no deseaba que se malograra la operación. Introduje el dedo índice en el orificio para asegurarlo y pedí la cánula. En cuanto la tuve en la mano, con un rápido movimiento, saqué mi dedo e inserté la cánula en el agujero. El procedimiento provocó más tos, una tos de aire mezclado con moco y sangre. Inflé el balón para evitar que la sangre pasara a los pulmones y cortar así la tos. El hombre abrió los ojos y sonrió. Su primera palabra, apenas audible, fue “¡Gracias!”
La sala de médicos estaba casi vacía, en los cajetines no quedaba nada pendiente. No durarían demasiado en ese estado así que mejor aprovechar el momento. Al pasar por delante de las camas de Observación, entré para avisarles de que me retiraba.
- Buenas noches. ¿Necesitáis algo de mí antes de que me suba? - pregunté.
- En la cama 8 hay un paciente que te conoce. Es un enfermo terminal, no te has dado cuenta pero al verte te ha hecho una señal – me comentó una de las enfermeras del control.
- ¡Pobrecillo! Voy a saludarle - contesté.
Aunque no se pudiese hacer nada, el simple hecho de ver una cara conocida resulta tranquilizador. No obstante, en esta ocasión, al acercarme y oír su respiración, se me dispararon todas las alarmas. El aire apenas entraba y, lo peor de todo, el enfermo estaba casi agotado. A pesar de su estado, sonrió al verme. Trató de hablar pero tenía tan poco fuelle que no lo consiguió.
No podía quedarme quieta y permitir que muriese de una muerte agobiante. Debía hacer algo, y rápido, muy rápido. Llamé a la enfermera para que me diese la información que me faltaba mientras movía lo necesario.
- ¿Por qué ha ingresado?
- Ha venido esta tarde por disnea. No sé más.
- ¡Se está ahogando! Necesita que le abramos la vía aérea. Avisa a un celador. Voy a llevarle al quirófano.
Mientras el celador llegaba, empecé a empujar la cama, ya me pillarían por el camino. Me dirigí hacia el ascensor con una parada en el control de Urgencias mientras lo esperaba para poner sobreaviso al anestesista.
- Tengo una traqueotomía de emergencia. Subo directamente al quirófano.
La respuesta del anestesista no arregló las cosas.
- No es buen momento. Estoy liada con un aneurisma roto y no disponemos de más camas en Reanimación.
No era momento de discutir.
- Habrá que apañárselas, esto tampoco puede esperar.
Cuando se abrió la puerta del ascensor, la anestesista me esperaba en la puerta del quirófano. Claramente su intención era detenerme. Una mirada al paciente le hizo cambiar de opinión al instante.
- Pasa, pasa.
Justo a tiempo. El enfermo estaba a punto de pararse y no respondía a los esfuerzos para ventilarle. Ni siquiera era posible pasarlo a la camilla. Habría que intervenirle en la cama.
Necesitaba guantes y bisturí. A falta de otro más a mano cogí el que siempre llevaba para emergencias en el bolsillo del pijama. Con una mano agarré la laringe del enfermo y con la otra clavé la cuchilla hasta el fondo, sin dudar. En un sólo corte tenía que atravesar la piel y abrir la vía aérea. El bendito aire entró en la traquea junto con la sangre de la herida. El enfermo tomó una bocanada e, inmediatamente, tosió. El corte estaba en su sitio. Sin embargo aún no era el momento de cantar victoria, existía el peligro de, con el movimiento, se escapará la traquea y se perdiera la alineación de las incisiones, lo que obligaría a repetir el corte. No solté la presa sobre la laringe, no deseaba que se malograra la operación. Introduje el dedo índice en el orificio para asegurarlo y pedí la cánula. En cuanto la tuve en la mano, con un rápido movimiento, saqué mi dedo e inserté la cánula en el agujero. El procedimiento provocó más tos, una tos de aire mezclado con moco y sangre. Inflé el balón para evitar que la sangre pasara a los pulmones y cortar así la tos. El hombre abrió los ojos y sonrió. Su primera palabra, apenas audible, fue “¡Gracias!”
viernes, 7 de noviembre de 2014
Forraje de fantasía
La opinión de los demás influye en lo que reconocemos que leemos, no en lo que leemos en realidad aunque a veces tengamos la sensación de hacerlo casi a escondidas. Nos avergonzamos de confesar algunos de nuestros gustos, de inclinarnos por lecturas fantasiosas, juveniles, románticas, de misterio o de terror. No hablamos cuando otros lo hacen del último fenómeno literario, por el que no sentimos ni curiosidad, o al contrario, no nos atrevemos a decir que hemos disfrutado con la historia en cuestión.
No soy una lectora seria, simplemente soy una lectora. Mis lecturas son variadas y dependen del momento, del ánimo, del cansancio y de las recomendaciones. Comprendo que hay quien para estremecerse y soñar busca emociones fuertes, romances, pasión, terror. Yo soy más infantil y necesito cuentos, magia, sueños. Si a alguien más le sucede lo mismo le recomiendo que pruebe a Patricia McKillip, es como sumergirse en un hechizo: mundos paralelos que se funden con la realidad, puntadas que enmarañan los caminos, alfabetos de espinas, tañidos de barcos perdidos en el atardecer del puerto, música que conjura al viento, dragones de fuego y hielo, animales míticos y bosques prohibidos.
El malogrado Pierre Bottero, especialmente en su trilogía de Ellana, inserta en sus novelas de aventuras diálogos con preciosas reflexiones, enseñanzas llenas de sabiduría que convierten el viaje por la historia en algo más transcendental, sin que por ello se transforme en un texto filosófico o pierda un ápice de interés. En realidad sucede todo lo contrario, los héroes se convierten en seres más cercanos, más entrañables. Me enganché a Harry Potter en un viaje en avión, se me pasó el tiempo volando. Esperaba impaciente que saliese el siguiente tomo. Del primero al cuarto la emoción crecía, en el quinto consideré que sobraban la primera mitad de las páginas, al igual que en el último, pero el final es perfecto. Aunque menos conocido me gustó mucho más Septimus Heap, el aprendiz de mago de Angie Sage, donde la "Magya" crece con la serie y en la que aparecen una caterva de personajes curiosos que no permiten que la trama se vuelva repetitiva ni aburrida: magos y su familia, princesas y la suya, reinas, fantasmas, escribanos, alquimistas, guardianes, marineros, comerciantes, mensajeros, sirenas, dragones y brujas.
Otro de los cuentos que me ha sorprendido recientemente es Elantris, la maldición de una ciudad condenada, antes mágica, que descubrí gracias a la oferta Kindle Flash. Posee los ingredientes de un cuento aunque no todo es blanco o negro; hay grises y es la princesa la que ha de salvar al héroe. The Glass Sentence, el primero de una trilogía de creadores de mapas en un mundo fragmentado en el tiempo, ha sido otro descubrimiento fascinante. He viajado a Elsewhere a través de los cuadros colgados en una casa encantada. El hallazgo se lo debo a su ilustrador, Poly Bernatene, al que pertenece el dibujo que decora el final de este post. En mi caso no necesito unas gafas mágicas, sólo palabras: en ellas reside el embrujo.
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