Aún suena el agua en el interior de la ninfa de piedra, el murmullo de la corriente, el canto de los guijarros al chocar unos con otros, el eco de la cascada, el roce de las hojas de los árboles y la caricia de las ramas. Aún se oye el recuerdo del agua de su viejo hogar, de aquel arroyo lejano en el que el enorme sauce se apoyaba para refrescarse y descansar.
La ninfa es roca y es agua, es el alma del río, el rocío que baña las hojas con el el frescor húmedo de la aurora. Bajo su costra de piedra, la ninfa espera. En su soledad, llora bajo la llovizna que le empapa el rostro pero no llega a mojarla. No ha olvidado el calor del sol, ni la sombra plateada de la luna. No ha olvidado las estrellas. En su sueños se estremece bajo el viento que agita las gotas de su cuerpo.
En silencio, la ninfa espera el día en que la tormenta funda la piedra en la que se ha convertido. Ese día, un torrente regresará al lecho seco de un río que aguarda.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
viernes, 14 de octubre de 2016
miércoles, 12 de octubre de 2016
Tarde de belleza y lluvia
No sé si echábamos de menos la lluvia, pero no nos importó que en Galicia cayese sin apenas pausa durante casi cuatro días. Fueron días en los que salimos poco, un largo paseo con los perros la primera tarde bastó para hacernos desistir. Ni siquiera mis nuevos botines de agua consiguieron mantener secos mis calcetines, no es que la goma no fuese impermeable, sino que poco podía hacer contra el agua que chorreaba desde el resto de mi ropa. Cuando mi capucha se mostró inservible, me refugié debajo del paraguas de House, aunque eso solo sirvió para que ambos nos mojásemos a conciencia. A veces los hombres tienen razón y las mujeres abusamos de su caballerosidad (les toca compartir el postre, que no siempre es el que ellos hubieran elegido, o como en este caso, se mojan cuando llueve pese a ser los únicos previsores que han salido armados con paraguas).
Una de las tardes, las mujeres abandonamos a los varones a su suerte para dedicarnos a una sesión de belleza: limpieza, mascarilla, cremas, poner en práctica los trucos de maquillaje aprendidos en los tutoriales de youtube, etc. Como no pretendíamos excluir a nadie, les invitamos, pero ninguno quiso apuntarse; a House la mera idea de untarse una crema le da dentera. Los demás no son tan radicales, pero aún así no parecían inclinados a probar las bondades del maquillaje.
No me sorprendió descubrir que en mi equipaje, con solo lo básico, había más productos de cosmética que en toda la casa, pese a que la hermana de nuestro amigo vive allí todo el año. Imposible hacer una sesión con lo suyo salvo que intentásemos preparar recetas de belleza caseras en la cocina. Cogí mi maletín y nos pusimos manos a la obra.
El primer paso consistió en limpiar bien la piel con agua micelar. Conviene dejar los apósitos empapados sobre los ojos durante unos segundos para evitar frotar los párpados, simplemente se presiona ligeramente y se retiran con cuidado. Un repaso elimina hasta las últimas trazas de suciedad. Nos pusimos una buena capa de mascarilla Tomatox de TonyMoly y la dejamos actuar unos minutos. Aproveché el tiempo de espera para colocar todo mi arsenal sobre la mesa e investigar el neceser de mi pupila, pero aquel pobre neceser estaba muy necesitado. Hicimos una lista de imprescindibles: agua micelar, hidratante o crema de cuidado (prebase para el día, un concepto nuevo para ese estuche), maquillaje, corrector (lo ideal es uno más claro y otro más oscuro, que entre ellos se pueden combinar), lápices de ojos y labios, pintalabios, colorete y sombras básicas para ojos y contorno. Los serums, las brochas y los pinceles quedaron pendientes para la próxima sesión.
Tras preparar la piel, comenzamos los trabajos de restauración. El maquillaje es precisamente eso, restaurar, algo de lo que enseguida se dio cuenta mi acompañante que estudió Bellas Artes y que, además de a pintar, se dedica a restaurar obras de arte. Cierto que, a veces, cuando me dedico a extender los productos a brochazos, me siento igual que un pintor delante de su lienzo, y disfruto como un niño al que le dejan embadurnarse de colores, como cuando de pequeña hacía pintura de dedos en la guardería, pero no había llevado al plano consciente la relación entre arte y maquillaje básico, aunque el principio técnico de no salirse y el estético de escoger bien los tonos para no acabar hecha un cuadro es fundamental.
Gracias a su experiencia en la recuperación de obras ajadas, mi alumna no tardó en aprender los trucos que ayudan a marcar los pómulos, disimular defectos, afinar la nariz, perfilar el rostro y resaltar los ojos. Para corregir, nada como un bastoncillo (que nunca hay que meter en los oídos), una gota de agua micelar en el algodón borra al instante cualquier mancha y limpia las líneas.
Este fin de semana cuento con una nueva víctima: hermanísima me ha dejado a su hija pequeña para que la arregle en la próxima boda, que ella se encargará de sobrinísima y... (la incógnita es cuántas rellenarán esos puntos suspensivos, menos mal que tiene práctica). Maquillar a otro es toda una responsabilidad.
Una de las tardes, las mujeres abandonamos a los varones a su suerte para dedicarnos a una sesión de belleza: limpieza, mascarilla, cremas, poner en práctica los trucos de maquillaje aprendidos en los tutoriales de youtube, etc. Como no pretendíamos excluir a nadie, les invitamos, pero ninguno quiso apuntarse; a House la mera idea de untarse una crema le da dentera. Los demás no son tan radicales, pero aún así no parecían inclinados a probar las bondades del maquillaje.
No me sorprendió descubrir que en mi equipaje, con solo lo básico, había más productos de cosmética que en toda la casa, pese a que la hermana de nuestro amigo vive allí todo el año. Imposible hacer una sesión con lo suyo salvo que intentásemos preparar recetas de belleza caseras en la cocina. Cogí mi maletín y nos pusimos manos a la obra.
El primer paso consistió en limpiar bien la piel con agua micelar. Conviene dejar los apósitos empapados sobre los ojos durante unos segundos para evitar frotar los párpados, simplemente se presiona ligeramente y se retiran con cuidado. Un repaso elimina hasta las últimas trazas de suciedad. Nos pusimos una buena capa de mascarilla Tomatox de TonyMoly y la dejamos actuar unos minutos. Aproveché el tiempo de espera para colocar todo mi arsenal sobre la mesa e investigar el neceser de mi pupila, pero aquel pobre neceser estaba muy necesitado. Hicimos una lista de imprescindibles: agua micelar, hidratante o crema de cuidado (prebase para el día, un concepto nuevo para ese estuche), maquillaje, corrector (lo ideal es uno más claro y otro más oscuro, que entre ellos se pueden combinar), lápices de ojos y labios, pintalabios, colorete y sombras básicas para ojos y contorno. Los serums, las brochas y los pinceles quedaron pendientes para la próxima sesión.
Tras preparar la piel, comenzamos los trabajos de restauración. El maquillaje es precisamente eso, restaurar, algo de lo que enseguida se dio cuenta mi acompañante que estudió Bellas Artes y que, además de a pintar, se dedica a restaurar obras de arte. Cierto que, a veces, cuando me dedico a extender los productos a brochazos, me siento igual que un pintor delante de su lienzo, y disfruto como un niño al que le dejan embadurnarse de colores, como cuando de pequeña hacía pintura de dedos en la guardería, pero no había llevado al plano consciente la relación entre arte y maquillaje básico, aunque el principio técnico de no salirse y el estético de escoger bien los tonos para no acabar hecha un cuadro es fundamental.
Gracias a su experiencia en la recuperación de obras ajadas, mi alumna no tardó en aprender los trucos que ayudan a marcar los pómulos, disimular defectos, afinar la nariz, perfilar el rostro y resaltar los ojos. Para corregir, nada como un bastoncillo (que nunca hay que meter en los oídos), una gota de agua micelar en el algodón borra al instante cualquier mancha y limpia las líneas.
Este fin de semana cuento con una nueva víctima: hermanísima me ha dejado a su hija pequeña para que la arregle en la próxima boda, que ella se encargará de sobrinísima y... (la incógnita es cuántas rellenarán esos puntos suspensivos, menos mal que tiene práctica). Maquillar a otro es toda una responsabilidad.
viernes, 7 de octubre de 2016
El Mato Grosso gallego
Seguimos la autopista hasta llegar a Vilalba donde, supuestamente, debíamos coger una autovía que, aunque aparecía en Google maps, no existía. A partir de ahí el programa se vio obligado a reajustar sus coordenadas pese a que durante unos kilómetros intentó, infructuosamente, que rectificásemos nuestro error. Al cabo del tiempo, se resignó a llevarnos por una carretera real.
Todo iba bien. Viajaba cómoda y feliz en mi puesto de pasajero sin más preocupación que decirle a House qué desvío coger según el navegador (en cuyo manejo ya era casi experta). A punto de llegar a nuestro destino, al piloto se le ocurrió avisarme de que el navegador no tenía todas las indicaciones para conducirnos hasta la misma casa sino que en Pontedeume debía haber recurrido al mensaje de nuestro amigo. En fin, más vale tarde... Una vez reubicados, nos metimos por una carretera que no estaba ni pintada en el centro. Según avanzábamos, la cosa empeoraba, nos rodeaban bosques y maleza; a través de las ventanas, y rozando los cristales, el mundo eran ramas y hojas de color verde. Según las instrucciones, íbamos por la ruta correcta y, aunque no nos fiábamos del todo, seguimos.
Algo más de dos eternos kilómetros encontramos un cartel rústico que señalaba el desvío. La única característica que permitía definir aquella vía como carretera es que, por debajo de las hojas y los erizos de castañas, estaba asfaltada. A los lados los límites los marcaban un par de laderas empinadas, una de subida y otra de bajada, el arcén era una zanja llena de plantas. Nuestro vehículo cabía justo aunque, en teoría, se pudiera circular en ambos sentidos. No sé si las vías estrechas tienen relación con la ascendencia celta, si es así, los escoceses no tienen nada que envidiar a los gallegos. Aún no conozco Irlanda, pero me la puedo imaginar.
Nuestro único error fue meternos por la entrada del vecino. House se dio cuenta enseguida al ver que estaba asfaltada. Unos metros más adelante, un giro cerrado cuesta arriba por un camino de tierra nos condujo a nuestro destino.
El clima gallego hizo honor a su fama y nos llovió 3 días sin tregua, y a ratos del cuarto. No nos importó. La casa era tan acogedora como grande y estábamos la mar de a gusto. Si nos aburríamos de descansar, de leer o de charlar en un salón, solo teníamos que cambiar de piso. Cuando nos apetecía algo de movimiento, no tardaban en aparecer los dos cachorros de Golden Retriever, de 3 meses de edad, que no deseaban otra cosa que juegos y mimos. A los perrillos les importaba poco el agua a la hora de pasear, de hecho meterse en los charcos era uno de sus pasatiempos favoritos. Cada mañana, según nos veían aparecer, e incluso solo con oírnos, nos recibían con todo tipo de muestras de cariño, impensable desayunar sin tirarse antes al suelo para corresponder a su entusiasmo. Pensábamos quedarnos 3 días, pero entre las lluvias, la compañía y la pereza (y el pavor a coger el coche por esos lares) abusamos de la hospitalidad durante una semana.
jueves, 6 de octubre de 2016
Vacaciones en el Norte
Como siga así, llegarán las navidades y este post seguirá a medias. Por la mañana, cuando voy al hospital, estoy llena de energía y mi mente bulle con ideas y anécdotas para contar en el blog. La euforia dura hasta que empiezo a trabajar. A partir de ese punto, el tiempo se dedica a los pacientes y, para cuando termino, se me han pasado las ganas de sentarme delante del ordenador de casa; la llamada del sofá es mucho, muchísimo, más tentadora. Es curioso como bastan cuatro días, o menos, para que las vacaciones se conviertan en un recuerdo.Llegamos a Asturias en plena ola de calor sahariano, huimos de los 35 grados del seco verano madrileño para caer en los 32 grados húmedos y pegajosos de Asturias. La diferencia no nos supuso ningún alivio, allí las casas no están acondicionadas para esas temperaturas sino para mantener el calor en su interior, y vaya si lo mantienen.
Dado que el hotel estaba en terreno desconocido, House me recomendó que estudiara bien la ruta antes de salir. Le hice caso y, gracias a las instrucciones de Via Michelin, nos dirigimos a Oviedo por la nueva autovía de Salamanca, con un pequeño rodeo por Ávila que provocó todo tipo de comentarios sarcásticos sobre mis capacidades de guía. A partir de ahí, me tocó pelearme con el navegador de la tablet de House. No estaba familiarizada con el programa, pero no en vano dicen que a la fuerza ahorcan y no hay mejor aliciente para aprender que los comentarios de mi querido esposo. Sin duda habría sido un gran maestro, difícil dar con alumnos más motivados.
Después de no seguir las indicaciones del navegador, que me parecía que no eran correctas, llegamos a nuestro destino (más por azar que por méritos o por sentido de la orientación). Nos encontramos en un hotel rural perdido en medio de una aldea en ninguna parte, rodeado de vacas y, por supuesto, sin aire acondicionado. House se encontraba cansado, acalorado, sudoroso, pero le hizo feliz descubrir que sus vecinos más cercanos olían intensamente a excrementos de animal cuadrúpedo y que, para más inri, estaban infestados de moscas. Sobra aclarar que las moscas no ejercen distinciones entre las diferentes especies de mamíferos y que, incluso en una aldea aislada, son insectos de lo más sociables, aunque su sociedad no sea deseada. Se presentaron todas en nuestra habitación para recibirnos.
El cansancio de House se asocia con frecuencia a hipoglucemia, pero cuando los hados se ponen en contra lo hacen a conciencia y ese día tocaba descanso de personal en el hotel (un descanso más que ganado, como pudimos comprobar en los días posteriores). Dimos una vuelta por los alrededores, caminamos dos kilómetros hasta la siguiente aldea donde encontramos un bar cerrado (y que permaneció en ese estado durante toda nuestra estancia) y una carretera nacional. Regresamos al hotel y en recepción nos remitieron a Tapia de Casariego, a unos 4 km por la susodicha nacional. En esa ocasión optamos por recorrer la distancia en coche, sabemos por experiencia que no todo el mundo tiene clara la distinción entre millas y kilómetros a la hora de medir distancias a ojo y esos cuatro kilómetros no fueron una excepción. Tapia es un pueblo muy agradable, con un paseo marítimo muy bonito, con acantilados al Cantábrico, un faro y un puertecillo de lo más pinturesco. El lugar nos reconcilió con Asturias. Cenamos en una taberna-restaurante que nos recomendaron, "La Terraza", y nos pareció tan bueno que nos mantuvimos fieles a su carta durante toda nuestra estancia.
miércoles, 31 de agosto de 2016
Maquillaje
Partiendo de la premisa de que la autoestima de una fémina depende en gran parte de su autoimagen, y sus inseguridades también, no es de extrañar el éxito de la industria cosmética. Las capas de mejunjes y colores también actúan sobre nuestra representación mental, no importa lo que muestre el espejo sino lo que la cabeza graba de ese reflejo. Es posible que eso explique porque a las mujeres nos gustan más las bodas y demás celebraciones que a los hombres. Una boda, junto con la Nochevieja, es uno de los eventos en los que una fémina tiene una buena justificación para arreglarse al máximo, durante horas si es necesario. No solo le está permitido disfrazarse de reina de cuento de hadas sino que además debe (y sí, es obligatorio) maquillarse para ir a tono. La edad ofrece una ventaja en lo que a aspecto se refiere, aunque sea la única: una aprende a conocerse a sí misma, a realzar sus mejores rasgos y disimular las imperfecciones (de joven cualquier cosa cuela, aunque el recuerdo provoque escalofríos). Aún así, probar nuevos sistemas para mejorar la técnica nunca está de más, aunque el conocimiento sí ocupa lugar, al menos en forma de potingues en el baño.
Antes no se necesitaba una carrera de estilismo para pintarse la cara, recuerdo que yo lo hacía con seis o siete años en el baño de la granja con los pintalabios rojos de mi abuela y mi tía y mi "rouge" de mejillas era envidiable. No deseaba que me pillaran, aquellos pintalabios no eran para jugar, así que ponía especial cuidado en no pasarme para que mi rubor pareciera natural y evitar el castigo. Me daba tanto arte que más de una vez alabaron mi buen color, lo cual dada mi palidez natural, con absoluta ausencia de rosa en mis mejillas, resultaba algo sospechoso. Hoy en día, el pintalabios sigue siendo mi colorete favorito, quizá es porque aún me hace sentirme como una niña.
Las técnicas de maquillaje han cambiado mucho, muchísimo, en los últimos años, y los productos también: ingredientes, texturas, indicaciones, contraindicaciones, forma y orden de aplicación, combinaciones, precauciones... Ahora es una ciencia. Nunca me leo las instrucciones de los electrodomésticos, así me va a veces, pero sí que me estudio el prospecto de los cosméticos, no me queda otro remedio si pretendo usarlos y sacarles partido. Youtube está lleno de gurús de imagen, la mayoría insoportables de puro histriónicos (de verdad, ¡menuda fauna!). Por suerte, en este mundo hay de todo y también hay excepciones, aunque sean casos aislados. Mi favorita, con diferencia, es Lisa Eldridge: sabe hablar y entiende de lo que habla, el tema le apasiona y se nota, se preocupa por estar al día, pero no divaga en vídeos interminables mientras se hace la interesante, va al grano (en todos los sentidos) y, además, ofrece una gran variedad de estilos fáciles de adaptar al gusto y bolsillo de cada uno. Lo hace tan bien que sus tutoriales con casi hipnóticos, además de adictivos.
La base de un buen maquillaje, como con cualquier pintura, empieza por preparar el lienzo. Una piel impecable es fundamental, y para ello la piel tiene que conservar su textura de piel, no se trata de convertirla en una máscara. El método Eldridge es sencillo y brillante, se basa en la máxima que nunca falla en cuestiones de moda: menos es más. En síntesis: embellecer la piel de la forma más natural, sin taparla, con el mínimo de maquillaje, bien difuminado y con un extra en las zonas problemáticas, mejor añadir que retirar, corrector puntual, por zonas, del mismo tono que el maquillaje, y que la piel, para no llamar la atención sobre las imperfecciones, no deben quedar cercos, líneas ni roales, el polvo en poca cantidad (para no apagar la tez) y en las zonas de brillos o que se precise más fijación o corrección.
Las prebases son una novedad de hace unos años, y evolucionan cada temporada, en función del último ingrediente de moda (oro, perlas, vitaminas, liposomas, péptidos milagrosos, siliconas...) Antes bastaba con la hidratante, pero una buena prebase debe no solo hidratar sino realzar la piel y dotarla de luminosidad, homogeneidad y firmeza. A hermanísima le encanta la de miel de NYX, que además de eficaz es barata y cuida la piel. Conviene que no abusen de las siliconas para que no hagan bolas. No hay que insistir hasta que penetren, no lo van a hacer, se trata de extenderlas en una capa, con pocos movimientos, y nada más.La función del maquillaje es unificar y corregir imperfecciones leves (para las más severas está el corrector, siempre más ligero en los ojos donde la piel es más fina y más denso en otras zonas, aunque siempre difuminado con el entorno). Todo debe fundirse con la piel, sin cortes y sin capas que se noten. El tono dependerá de cada uno, aunque ha de asemejarse al propio. Hay bases cálidas (más beige) y frías (más rosada), para saber a qué grupo pertenecemos hay que fijarse en el color de las venas (en las manos), y si son azuladas somos fríos y si verdosas cálidos, y escoger el matiz adecuado en función de nuestra temperatura (para contrastes ya recurriremos a sombras y labiales). Una zona buena para probarlo (en pieles blancas, porque al parecer eso es algo que varía según la raza) es en la zona latero-superior del cuello, como un centímetro por debajo del ángulo de la mandíbula, de ese modo se consigue un tono uniforme sin necesidad de cubrir el cuello, con el riesgo de manchar la ropa.
El grado de cobertura dependerá de la ocasión y el estado de la piel. Las marcas suelen ofrecer alternativas de todo tipo y no siempre lo más caro es mejor. Uno bueno y ligero sería el Healthy Mix de Bourjois, casi indetectable si se aplica bien, las BB y CC cream también pertenecen a esta categoría. Makeup Forever Ultra-HD, con muy buena prensa, se incluiría dentro de la textura ligera con cobertura media. En el grado más extremo estaría el Dermablend de Vichy (cuyos polvos resisten el sudor). Un maquillaje muy cubriente no es para todo el rostro y puede depositarse en las arrugas y marcarlas más, así que es recomendable limitarlo a las zonas problemáticas y en el resto del rostro usar uno más ligero. Poner el producto en el centro del rostro y difuminarlo hacia la periferia (con los dedos, pinceles, esponja o lo que prefiramos) ayuda a conservar la textura de la piel y da más sensación de naturalidad. Lo ideal es comenzar con poca cantidad y añadir lo necesario, poco a poco, en las zonas que requieran más cobertura (que no son todas). Siempre es más fácil poner que quitar. Cada añadido hay que difuminarlo bien con el resto, debe quedar bien pulido.
En caso de un evento con fotos, se supone que conviene evitar los factores de protección solar que añadirán una palidez fantasmal a nuestra imagen (en mi caso he llegado a la conclusión de que eso es algo que importa poco). Claro que, si la boda es de día, es casi más fácil escapar del fotógrafo que del sol.
(Continuará, por hoy ya es muy largo)
martes, 30 de agosto de 2016
Mascarillas coreanas
Oigo a House que viene por el pasillo. Según se acerca me siento como la de la canción de Mecano, "¡No me mires!" digo, no es que no me haya puesto el maquillaje, no, a esa visión ya le tengo habituado, es mucho peor que eso: me he puesto una mascarilla. No sabía cómo era hasta que me la he empezado a untar, aunque el nombre debería haberme dado suficientes pistas: Silver peel-off purifying de StrickVectin. Me regalaron la muestra en Sephora el otro día y hasta que no la he abierto no me he dado cuenta de que la plata del nombre correspondía también al color. Después de extenderla mi cara ofrecía el mismo aspecto que la de los robots de Asimov. El tiempo de exposición eran 20 minutos. Por supuesto, ese ha sido el momento escogido por House para salir de su despacho. ¡Que oportuno! ¡Cómo si no le gustasen ya bastante poco las mascarillas!
Por desgracia las mascarillas son más agradables en verano si se guardan en la nevera y he tenido la poca vista de hacerles un hueco en el estante de abajo, junto con las cervezas. ¡Mea culpa! Sí, antes de empezar el juicio me declaré culpable, otro posible error por mi parte. Después del primer interrogatorio para descubrir qué tipo de porquería era el que interfería con el espacio sagrado de las cervezas, lo siguiente fue rebatir la efectividad de los cosméticos, en su opinión comparables a los de la homeopatía. Ni en el juicio de Spencer Tracy y Katherine Hepburn en Adán y Eva se discutieron tantos cargos. El contenido de la bolsa de la nevera eran pruebas fehacientes de mi crimen, aquello era un atentado contra la ciencia. ¿Acaso se necesitaba más evidencia?
No dudo que en la cosmética hay mucha publicidad engañosa, y lo cierto es que las mascarillas conllevan todo un ritual que contribuye a la sensación de cuidado. Supongo que esa parte es efecto placebo, pero placebo viene de placer que es algo que los tratamientos de belleza buscan, a fin de cuentas sentirse bella es sentirse mejor. Sin embargo no había probado este tipo de terapia hasta este verano, y eso gracias a la invasión del mercado de la cosmética coreana en la que las mascarillas son protagonistas. No sé si la cosmética coreana es más eficaz que la tradicional, pero sin duda es más agradable.
El mejor adjetivo que describe mi piel es problemática. No solo pasé un acné infernal desde la pubertad hasta los 40 sino que mi piel es intolerante, sensible y con tendencia a la alergia. ¡Una prenda! Probé todo para los granos pero la solución definitiva llegó gracias a la Isotretinoina. A hermanísima mis problemas cutáneos le vienen de perlas porque hereda todas las cremas y cosméticos que, pese a las pruebas alérgicas y dermatológicas del envase, han decidido darme reacción. ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando al probar la mascarilla de Gold Snail de TonyMoly, descubrí que las irritaciones de mi piel se calmaban? ¿Cómo resistirme a un milagro semejante? Otro de mis defectos es que no tengo medida y, si algo me gusta, me entusiasmo, de ahí el arsenal de mascarillas en la nevera que hace tan feliz a House.
TonyMoly tiene una gama de mascarillas interminable que se pueden adquirir por amazon, Sephora y Primor (donde también ha llegado la fiebre coreana). Algunas cuestan poco más de un euro así que son un capricho de lo más asequible, sobre todo comparado con un tratamiento de cabina. Aún no he probado ni la mitad, pero todo se andará. A hermanísima le puse una de "Panda" muy graciosa, con los rasgos del animal dibujados en el papel y que le gustó hasta el momento en que llegó a casa y debutó con una gastroenteritis (que ya estaba incubando antes de la sesión de belleza). De momento, las que mejor me van, y las más agradables, son la del Gold Snail (caracol) que ya he mencionado, y que viene en sobre monodosis, en una base de gel y es algo más cara que otras de la firma (no sé si cerca de 6 euros) aunque merece la pena probarla, y la Tomatox, que venden en un tarro con aspecto de tomate, por lo que da para muchos usos, y que también calma mi piel de un modo llamativo. Aunque se supone que la Tomatox es para dejarla un rato, la tengo hasta el día siguiente. Es bastante blanca pero procuro no ponerme una capa gruesa y, dado mi tono de piel, ni siquiera House se ha dado cuenta de cuando la llevo.
Terminaré la entrada con un par de trucos útiles:
1. Una gran idea para convertir una crema o un serum (con más concentración de activos) en mascarilla es untar una buena capa sobre el rostro y cubrirla con papel film de cocina durante unos 20 minutos (sin que te vean los niños para no darles ideas, y con agujeros para ojos, narinas y boca, que no es cuestión de convertirse en un precioso cadáver).
2. Mi último truco del día es para la irritación de los párpados (si mi piel es sensible la de los párpados ni os cuento). Para mejorarlo, y disminuir la quemazón y la rojez, basta con pasar un bastoncillo (cuyo uso se limita a cuestiones estéticas, nada de hurgar en orificios) impregnado en un par de gotas de Vispring. En unos segundos se nota el efecto.
Últimamente he hecho toda una investigación sobre maquillajes, productos y trucos, así que ya seguiré con el tema (lo siento por los varones, las mascarillas puede que atraigan a alguno, aunque no a House).
Por desgracia las mascarillas son más agradables en verano si se guardan en la nevera y he tenido la poca vista de hacerles un hueco en el estante de abajo, junto con las cervezas. ¡Mea culpa! Sí, antes de empezar el juicio me declaré culpable, otro posible error por mi parte. Después del primer interrogatorio para descubrir qué tipo de porquería era el que interfería con el espacio sagrado de las cervezas, lo siguiente fue rebatir la efectividad de los cosméticos, en su opinión comparables a los de la homeopatía. Ni en el juicio de Spencer Tracy y Katherine Hepburn en Adán y Eva se discutieron tantos cargos. El contenido de la bolsa de la nevera eran pruebas fehacientes de mi crimen, aquello era un atentado contra la ciencia. ¿Acaso se necesitaba más evidencia?
No dudo que en la cosmética hay mucha publicidad engañosa, y lo cierto es que las mascarillas conllevan todo un ritual que contribuye a la sensación de cuidado. Supongo que esa parte es efecto placebo, pero placebo viene de placer que es algo que los tratamientos de belleza buscan, a fin de cuentas sentirse bella es sentirse mejor. Sin embargo no había probado este tipo de terapia hasta este verano, y eso gracias a la invasión del mercado de la cosmética coreana en la que las mascarillas son protagonistas. No sé si la cosmética coreana es más eficaz que la tradicional, pero sin duda es más agradable.
El mejor adjetivo que describe mi piel es problemática. No solo pasé un acné infernal desde la pubertad hasta los 40 sino que mi piel es intolerante, sensible y con tendencia a la alergia. ¡Una prenda! Probé todo para los granos pero la solución definitiva llegó gracias a la Isotretinoina. A hermanísima mis problemas cutáneos le vienen de perlas porque hereda todas las cremas y cosméticos que, pese a las pruebas alérgicas y dermatológicas del envase, han decidido darme reacción. ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando al probar la mascarilla de Gold Snail de TonyMoly, descubrí que las irritaciones de mi piel se calmaban? ¿Cómo resistirme a un milagro semejante? Otro de mis defectos es que no tengo medida y, si algo me gusta, me entusiasmo, de ahí el arsenal de mascarillas en la nevera que hace tan feliz a House.
TonyMoly tiene una gama de mascarillas interminable que se pueden adquirir por amazon, Sephora y Primor (donde también ha llegado la fiebre coreana). Algunas cuestan poco más de un euro así que son un capricho de lo más asequible, sobre todo comparado con un tratamiento de cabina. Aún no he probado ni la mitad, pero todo se andará. A hermanísima le puse una de "Panda" muy graciosa, con los rasgos del animal dibujados en el papel y que le gustó hasta el momento en que llegó a casa y debutó con una gastroenteritis (que ya estaba incubando antes de la sesión de belleza). De momento, las que mejor me van, y las más agradables, son la del Gold Snail (caracol) que ya he mencionado, y que viene en sobre monodosis, en una base de gel y es algo más cara que otras de la firma (no sé si cerca de 6 euros) aunque merece la pena probarla, y la Tomatox, que venden en un tarro con aspecto de tomate, por lo que da para muchos usos, y que también calma mi piel de un modo llamativo. Aunque se supone que la Tomatox es para dejarla un rato, la tengo hasta el día siguiente. Es bastante blanca pero procuro no ponerme una capa gruesa y, dado mi tono de piel, ni siquiera House se ha dado cuenta de cuando la llevo.
1. Una gran idea para convertir una crema o un serum (con más concentración de activos) en mascarilla es untar una buena capa sobre el rostro y cubrirla con papel film de cocina durante unos 20 minutos (sin que te vean los niños para no darles ideas, y con agujeros para ojos, narinas y boca, que no es cuestión de convertirse en un precioso cadáver).
2. Mi último truco del día es para la irritación de los párpados (si mi piel es sensible la de los párpados ni os cuento). Para mejorarlo, y disminuir la quemazón y la rojez, basta con pasar un bastoncillo (cuyo uso se limita a cuestiones estéticas, nada de hurgar en orificios) impregnado en un par de gotas de Vispring. En unos segundos se nota el efecto.
Últimamente he hecho toda una investigación sobre maquillajes, productos y trucos, así que ya seguiré con el tema (lo siento por los varones, las mascarillas puede que atraigan a alguno, aunque no a House).
viernes, 26 de agosto de 2016
Sobre gustos... libros
Mis gustos literarios no siempre coinciden con la opinión mayoritaria, lo que sí me choca es que muchas veces se califica como obra maestra a verdaderos bodrios. De esos ha habido un par de ellos en estos meses, de los de no pasar del primer capítulo de puro malo, tanto que en un caso pensé que la culpa era de la traducción y luego descubrí que el español era su idioma original. Cierto que algo de traducción había, porque la historia era una copia poco lograda de las novelas inglesas del XIX. No me quiero imaginar la cara de Jane Austen o Elizabeth Gaskell al dar con uno de sus imitadores actuales. La otra que abandoné, de Jane Aiken, una autora con relativo éxito y adaptaciones hollywoodienses, y que empecé en inglés con lo que no podía culpar al traductor, me pareció aún más penosa, con una trama manida y previsible y una narración infame (al parecer su padre fue premio Pulitzer y aunque la hija no heredó el talento del progenitor se ve que supo hacer uso de sus contactos).
En fin, hablemos de libros sobre los que se puede decir algo.
The Coroner's Lunch (el primero de los misterios del Dr. Siri) de Colin Cotterill, es una novela de investigación bastante original, con un trasfondo político, médico y social del Laos comunista de los años 70. Muy a su pesar, Siri es el único forense de Laos. Obligado a sus 72 años a aceptar el cargo, nombramiento que se le otorga gracias a su título de médico, nunca antes había ejercido como forense y tiene que empezar casi de nuevo en esa especialidad. Por fortuna no suele contar con muchos clientes, hasta que de repente todo se complica y se encuentra frente a frente con un complot internacional y con la muerte de la esposa de un dignatario. Además de su enfermera y su ayudante, con Sd de Down, los propios muertos contribuyen a la investigación de su defunción. La historia es entretenida, ligera, no carga las tintas en la situación social y política del país, sino que se apoya en el humor y la ironía de Siri a la hora de de criticarlo y la parte correspondiente a magia y tradiciones es un aliciente más.
On the move fue el último libro de Oliver Sacks. Antes de morir de un cáncer terminal, Sacks divaga y se confiesa mientras habla de su vida personal y profesional en una autobiografía interesante a la que le falta concisión y, en ocasiones, unidad. Él mismo cuenta que, al escribir sus obras, siempre sentía que le faltaba añadir algo más, aunque me imagino que después de los alardes de logorrea de este libro, se quedaría tranquilo en ese aspecto (y, por si acaso, añadió la infinidad de notas del final). El ritmo cambia y eso hace que al lector le cueste engancharse y también que se desenganche con facilidad. La parte científica es interesante, aunque salvo en el caso de la L-Dopa (en el que se basa la película Awakenings-Despertares), e incluso en el desarrollo de este, hay mucha historia clínica, mucho estudio e investigación, bastantes hipótesis, pero poca resolución terapéutica. Es un libro curioso, muy sincero aunque con bastante autocomplacencia.
Babbit, del primer premio Nobel americano, Sinclair Lewis (del cual no había leído nada), me resultó soporífero. Del que se trata de una sátira se refleja en todas las incongruencias entre la manera de pensar y de actuar del personaje y, aunque está bien escrito, carece por completo de sentido del humor. El ritmo me resultó tan lento que como somnífero me hacía un efecto infalible. Sin duda por el estilo se merecía un esfuerzo, por soso que me parezca se trata de un Premio Nobel, e intenté darle una oportunidad, pero fui incapaz de terminarlo. Decidí que no me interesaba saber nada más sobre la vida de Babbit y del americano medio que representa.
El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza es una investigación de lo más disparatada y surrealista. Como bien explica el autor en el prólogo, este libro lo escribió para divertirse y se dejó llevar. El resultado es un disparate irreverente y bastante chocante, con un protagonista marginal, loco y lúcido a su manera, que no es la convencional, y que junto con su "ayudante" parece ser el único que cuenta con media neurona funcionante, y no siempre. Es una comedia del más puro género "basura blanca americana", que no es un estilo de humor que me haga demasiada gracia, pero que tiene sus adictos (de ahí el éxito de la saga Torrente). Se lee rápido, a veces en diagonal o de otro modo sus monólogos y descripciones resultan un tanto cargantes. No seguiré con la serie.
En fin, hablemos de libros sobre los que se puede decir algo.
The Coroner's Lunch (el primero de los misterios del Dr. Siri) de Colin Cotterill, es una novela de investigación bastante original, con un trasfondo político, médico y social del Laos comunista de los años 70. Muy a su pesar, Siri es el único forense de Laos. Obligado a sus 72 años a aceptar el cargo, nombramiento que se le otorga gracias a su título de médico, nunca antes había ejercido como forense y tiene que empezar casi de nuevo en esa especialidad. Por fortuna no suele contar con muchos clientes, hasta que de repente todo se complica y se encuentra frente a frente con un complot internacional y con la muerte de la esposa de un dignatario. Además de su enfermera y su ayudante, con Sd de Down, los propios muertos contribuyen a la investigación de su defunción. La historia es entretenida, ligera, no carga las tintas en la situación social y política del país, sino que se apoya en el humor y la ironía de Siri a la hora de de criticarlo y la parte correspondiente a magia y tradiciones es un aliciente más.
On the move fue el último libro de Oliver Sacks. Antes de morir de un cáncer terminal, Sacks divaga y se confiesa mientras habla de su vida personal y profesional en una autobiografía interesante a la que le falta concisión y, en ocasiones, unidad. Él mismo cuenta que, al escribir sus obras, siempre sentía que le faltaba añadir algo más, aunque me imagino que después de los alardes de logorrea de este libro, se quedaría tranquilo en ese aspecto (y, por si acaso, añadió la infinidad de notas del final). El ritmo cambia y eso hace que al lector le cueste engancharse y también que se desenganche con facilidad. La parte científica es interesante, aunque salvo en el caso de la L-Dopa (en el que se basa la película Awakenings-Despertares), e incluso en el desarrollo de este, hay mucha historia clínica, mucho estudio e investigación, bastantes hipótesis, pero poca resolución terapéutica. Es un libro curioso, muy sincero aunque con bastante autocomplacencia.
Babbit, del primer premio Nobel americano, Sinclair Lewis (del cual no había leído nada), me resultó soporífero. Del que se trata de una sátira se refleja en todas las incongruencias entre la manera de pensar y de actuar del personaje y, aunque está bien escrito, carece por completo de sentido del humor. El ritmo me resultó tan lento que como somnífero me hacía un efecto infalible. Sin duda por el estilo se merecía un esfuerzo, por soso que me parezca se trata de un Premio Nobel, e intenté darle una oportunidad, pero fui incapaz de terminarlo. Decidí que no me interesaba saber nada más sobre la vida de Babbit y del americano medio que representa.
El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza es una investigación de lo más disparatada y surrealista. Como bien explica el autor en el prólogo, este libro lo escribió para divertirse y se dejó llevar. El resultado es un disparate irreverente y bastante chocante, con un protagonista marginal, loco y lúcido a su manera, que no es la convencional, y que junto con su "ayudante" parece ser el único que cuenta con media neurona funcionante, y no siempre. Es una comedia del más puro género "basura blanca americana", que no es un estilo de humor que me haga demasiada gracia, pero que tiene sus adictos (de ahí el éxito de la saga Torrente). Se lee rápido, a veces en diagonal o de otro modo sus monólogos y descripciones resultan un tanto cargantes. No seguiré con la serie.
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