domingo, 6 de mayo de 2018

Una mujer independiente

El llamado hombre realista está en el mundo sin apercibirse de ello, somo un muro de cemento y hormigón, y el llamado romántico es, en cambio, como un jardín abierto donde la verdad entra y sale a voluntad. Joseph Roth (La cripta de los capuchinos). 

Mi abuelo educó a mi madre para que fuese una mujer independiente; además de un hombre inteligente, mi abuelo debía de poseer algo de clarividencia, porque es posible que, impelida por las circunstancias, mi madre sea la mujer más independiente que conozco. Independiente no es sinónimo de huraña o solitaria porque, aunque le gusta disfrutar de su espacio y organizar su tiempo, la Señora es un ser de lo más sociable y el centro de las reuniones.

Mi tío, amigo de infancia y compañero suyo de clase, cuenta que, en el colegio, ni siquiera los profesores se atrevían a replicarle, era la delegada y su palabra era ley, tenía tanto carisma, tal poder de convicción, tan buenos argumentos y tanta decisión que antes que discutir era mejor ceder. Era, además, la encargada de la biblioteca escolar y llevaba el desempeño de sus funciones más allá de lo que los lectores esperaban: si alguien pedía un libro que ella no consideraba pertinente, le entregaba otro que, en su opinión, era mucho más adecuado, una vez leyese el primero, ya se vería si le otorgaba el deseado. Dado su bagaje literario, no dudo que acertase en su "recomendaciones". Supongo que la calidad de la educación literaria de sus compañeros empeoró cuando la dama, con 16 añitos, se fue a estudiar a Madrid. Con su personalidad, no tardaron en echarla de menos.

El matrimonio con el Catedrático con su espíritu nómada azuzó aún más el sentido de independencia de la Señora. Dos años de invierno infernal en Canadá, lejos de la familia, fueron el preludio de un recorrido que siguió por varias ciudades españolas, con nuevas amistades, despedidas y mudanzas y un número creciente de hijos. Sin embargo, a la hora de hacer las maletas para Alemania, la Señora se plantó y decidió que la familia necesitaba una residencia fija: ella se quedó con nosotros en Madrid mientras el Catedrático errante continuaba la búsqueda de su lugar en el mundo, geográfico y académico (aunque a día de hoy el mundo se resiste a mostrarle al profesor trotamundos su paraíso soñado).

Ese tipo de educación independiente tuvo su traducción en mí y algo menos en hermanísima (que se pegaba a mí como una lapa, y si estamos unidas es gracias a su insistencia, porque de nada me servía mi misantropía). A la hora de ir a los sitios, la táctica de mi madre consistía en mostrarnos una vez el camino y, tras ese primer recorrido, estábamos listas para repetirlo por nuestra cuenta. Recuerdo que con 11 años me tocaba coger el autobús urbano a la salida del colegio para ir al dentista a hacerme una endodoncia. Al terminar, con la boca dormida, regresaba a casa en otra línea. No era difícil, estábamos entrenados a manejarnos por las calles y los autobuses: volvíamos del cole por nuestra cuenta, íbamos a inglés, a música, a comprar, sacábamos a hermanita al parque, la recogíamos de la guardería (y hermanísima le cambiaba los pañales, tarea que yo evitaba como la peste)... En fin, no entendía por qué otros niños necesitaban tanta supervisión. Quizá lo más complicado fuese lo de la óptica: estaba lejos y yo no veía ni tres en un burro, tenía 4 dioptrías. Sin embargo, la ceguera poco importó, la técnica de aprendizaje fue la misma, a fin de cuentas todo era cuestión de esperar a bajarse en la última parada del 44 (del trayecto reconocía la Plaza de España y entonces sabía que estábamos cerca), desde Callao había que caminar hasta la Puerta del Sol (que también reconocía), girar a la izquierda y contar calles a partir de ahí. No sólo llegábamos a nuestro destino, sino que le servía de guía a hermanísima, que tenía mejor vista que yo, pero peor sentido de la orientación. Si los de la ONCE hubiesen conocido nuestra situación, no dudo que nos hubiesen dado preferencia para un perro lazarillo.

Mis compañeros suelen acompañar a sus familiares cuando van al hospital. No es el caso de la Señora, y no solo no voy con ella a las pruebas, sino que a veces me entero de sus citas cuando pasa a despedirse por la consulta (no es que no me avise antes, pero llegado el día, se me olvida). Hay veces que nuestro saludo es un beso en la sala de espera entre un paciente y otro (aunque es muy optimista decir que hay un intervalo entre pacientes, el solapamiento es más habitual).

Cuando hace escala en casa, el Catedrático protesta porque la Señora es muy independiente ("le dijo la sartén al cazo"), ¡no es consciente de todo lo que se modera cuando él está!




4 comentarios:

Katia Silva dijo...

Como siempre tus palabras son muy bonitas y nos acercan un poquito de lo bonito de vuestras experiencias en familia. Un beso para todas ♡♡

Sol Elarien dijo...

Gracias Katia, espero que estéis muy bien. Besos.

Carmen dijo...

Totalmente ciertas. Doy fé. A mi me gusta tener mi espacio pero sólo eso, creo que soy la más dependiente de los cuatro, me cuesta separarme de los míos por periodos superiores a cuatro o cinco días. Coincido con mi hermana en que mi madre es la mujer (de su generación y de la mía) más independiente y menos casera que conozco.

soraya diaz dijo...

Un relato precioso,....¡FELICIDADES SEÑORA!