domingo, 12 de octubre de 2014

El discurso de Emma Watson

Un discurso sencillo que nos recuerda cómo deben ser las cosas.

Fui nombrada embajadora de buena voluntad de la ONU hace seis meses y he descubierto que mientras más hablo del feminismo, más caigo en cuenta de que luchar por los derechos de las mujeres es para muchos sinónimo de odiar a los hombres. Y si de algo estoy segura es de que esto tiene que terminar. Para el registro, feminismo, por definición, es creer que tanto hombres como mujeres deben tener iguales derechos y oportunidades. Es la teoría política, económica y social de la igualdad de sexos.

Me empecé a cuestionar sobre la igualdad entre los géneros hace mucho tiempo. A los ocho años, por ejemplo, me preguntaba por qué me llamaban mandona por querer dirigir una obra para nuestros padres cuando a los chicos no les decían lo mismo. A los 14, (cuando ya trabajaba en el cine), comencé a ser sexualizada por ciertos grupos de la prensa. A los 15, mis amigas rechazaban unirse a equipos deportivos para no parecer masculinas. A los 18, mis amigos varones eran incapaces de manifestar sus sentimientos. Entonces decidí que era feminista.

Esto no parecía complicado para mí, pero mis investigaciones recientes me han demostrado que feminismo se ha vuelto una palabra poco popular. Las mujeres han decidido no identificarse como feministas por que, aparentemente, ante los ojos de otros, esta expresión las hace ver agresivas, anti- hombres y hasta poco atractiva. ¿Por qué se ha convertido en una palabra incómoda? 

Yo nací en el Reino Unido y creo que es justo que me paguen lo mismo que a mis compañeros varones. Creo que es lo debido que yo pueda tomar decisiones sobre mi propio cuerpo y que las mujeres sean parte de las políticas y decisiones que afectarán a mi vida. Creo que, socialmente, merezco el mismo respeto que un hombre. Pero, lamentablemente, puedo decir que no existe un solo país en el mundo en el que todas las mujeres puedan ver estos derechos cristalizados. Ningún país en el mundo puede decir que ha alcanzado por completo la igualdad de género. Estos derechos, que yo considero derechos humanos, no son para todas... soy una de las pocas afortunadas.

Me considero privilegia porque mis padres no me quisieron menos por haber nacido mujer y porque en mi escuela no me limitaron por serlo. Mis mentores (en la actuación) no asumieron que yo llegaría menos lejos por la posibilidad de que en algún momento me convierta en madre. Y estas son las influencias que me han hecho la persona que soy hoy. Ellos pueden no saberlo pero ellos son los embajadores de igualdad que están cambiando el mundo. Necesitamos más como ellos. Y si todavía odias la palabra feminismo, te diré que no es la palabra lo importante. Es la idea y la ambición que hay detrás, porque no todas las mujeres tienen los mismos derechos que yo tengo hoy. En realidad, estadísticamente, muy pocas los tienen.

En 1997, Hillary Clinton dio un famoso discurso en Beijing sobre los derechos de las mujeres. Lamentablemente, aquellas cosas que ella deseaba cambiar en esa época son hoy todavía una realidad. Menos del 30% de los que le oían eran varones. ¿Cómo podemos esperar un cambio cuando la mitad de ellos está invitado a participar de la conversación?

Hombres, me gustaría tomar esta oportunidad para hacerles llegar una invitación formal. La igualdad de género también es tu problema. Hasta la fecha, veo como el rol de mi padre es valorado menos por la sociedad pese a que ha sido igual de importante en mi vida que mi madre. También he visto a hombres aguantando el dolor de una enfermedad mental por miedo a pedir ayuda porque eso los hará ver menos masculinos. De hecho, el suicidio en el Reino Unido es lo que más hombres mata. Los he visto asustados de lo que se les indica que es el éxito para un varón porque los hombres tampoco tienen los beneficios de la igualdad.

No hablamos sobre hombres encarcelados por los estereotipos de su género, pero allí están. Si al hombre no se le hace creer que tiene que ser agresivo, la mujer no será sumisa. Si al hombre no se le enseña que tiene que ser controlador, la mujer no será controlada. Ambos. Hombres y mujeres deben sentirse libres de ser fuertes. Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto en vez de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros. Ambos podemos ser más libres y de esto es de lo que se trata la campaña: de libertad. 

Quiero que los hombres se comprometan para que así sus hijas, hermanas y madres se liberen del prejuicio y también para que sus hijos se sientan con permiso de ser vulnerables, humanos y una versión más honesta y completa de ellos mismos.

Ustedes deben pensar: ¿Quién es esta chica de "Harry Potter" y qué hace aquí en la ONU? Pues es una muy buena pregunta, yo también me la he estado haciendo. Pero todo lo que sé ahora es que, realmente, me interesa este problema y quiero ayudar a que las cosas mejoren. Habiendo visto lo que he visto y teniendo la oportunidad de hacer algo para cambiarlo, es mi responsabilidad decir algo. 

Edmund Burke decía que todo lo que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos y las mujeres buenas no hagan nada.

En mi nerviosismo por este discurso... en mis momentos de duda me digo firmemente: "Si no soy yo, ¿quién? Si no es hoy, ¿cuándo? Si tienes dudas cuando se te presenta una oportunidad, espero que estas palabras te sean útiles. Porque la realidad es que si no hacemos nada hoy, van a tener que pasar 75 años o quizás 100 para que una mujer pueda esperar recibir el mismo salario que un hombre por el mismo trabajo. Más de 15 millones de niñas serán forzadas a casarse en los próximos 16 años y, al mismo ritmo, no será hasta el 2086 que las mujeres de las áreas rurales de África puedan ir a la escuela secundaria.

Si crees en la igualdad, debes ser uno de esos feministas de los que hable poco antes y por eso yo te aplaudo. Para hacer el cambio necesitamos estar unidos y las buenas noticias son que ahora tenemos una organización unida. Te invito a que te dejes ver y que te preguntes: Si no soy yo, ¿quién? Si no es hoy, ¿cuándo? Muchas gracias.

jueves, 9 de octubre de 2014

Narraciones bonitas

In times of storm and tempest, of indecision and desolation, a book already known and loved makes better reading than something new and untried ... nothing is so warming and companionable. Elizabeth Goudge

Hay una serie de libros que releo de vez en cuando porque me sientan bien, son terapéuticos. No han de ser necesariamente grandes obras, complicadas y profundas. De hecho, cuando lo que necesito es terapia, las condiciones básicas que han de cumplir mis lecturas es que sean amables, entretenidas y bonitas. ¡Oh, sí! La belleza de la narración es fundamental. Ya he comentado anteriormente que Jane Austen se incluye entre mis autores terapéuticos, pero no es la única. A ese mismo grupo pertenecen L.M. Montgomery, Jean Webster, D.E. Stevenson, Joyce Dennis, toda la serie de Barchester de Anthony Trollope y la mayoría de McCall-Smith. En realidad todos ellos poseen cierto renombre, aunque sus textos, salvo Austen, no se consideren obras maestras.

Siento debilidad por L.M. Montgomery, no sólo por mi soñadora Anne of Green Gables sino por todos sus maravillosos cuentos. Son relatos dulces, entrañables, llenos de ternura, que te hacen sentir bien. Son historias de palabras bonitas, tan bonitas que en algún momento hay quien puede considerar que pecan de preciosismo pero, personalmente, eso no me parece ningún pecado. Deleitarse ante un paisaje, una emoción y dejarse llevar es natural. Lo difícil es expresarlo sobre el papel y que el lector sienta ese mismo arrebato. Para lograr su fin se describe con las frases más hermosas, nada es excesivo, nada resulta cursi, salvo que se diseccione en lugar de disfrutarse. Son palabras pensadas para entornar los ojos e imaginar: contemplar los lagos canadienses bajo la neblina del crepúsculo, pasear por un mundo blanco de bosques tallados en cristal, encontrar un jardín abandonado, cuajado de flores y habitado por fantasmas, escuchar el silencio de la naturaleza roto por el canto de los pájaros, vivir en una cabaña solitaria que es, en realidad, un castillo azul de ensueño, y acurrucarse al lado del fuego mientras, fuera, sopla la tormenta. En ese mundo lleno de romance ¿quién se resiste a ser feliz y soñar?

miércoles, 8 de octubre de 2014

Barco pirata


Entre la bruma, el sol se viste de luna. El cielo y el mar se funden en una maraña gris. Se han diluido las sombras y los sonidos se alejan. El eco desaparece, borrado por el silencio. Se ha detenido el reloj.

Entre jirones de niebla surgen formas fantasmales. Las rocas oscuras se alzan, se agrupan unas con otras hasta sellar la barrera. La cala queda encerrada tras el muro de un fortín.

Aparece un haz de luz de un viejo faro olvidado. Se abre una grieta, una puerta. Está baja la marea y hay tablas sobre la arena. Flotan restos de una vela y de un trozo de la quilla, sale un trozo de sirena.

Lentamente, un barco emerge. Su silueta borrosa se confunde entre las sombras. La madera de su casco, destrozado en mil batallas, se ha recubierto de algas, y del mástil cuelgan lacias las telas hechas jirones de sus velas desgarradas.

El capitán, en el puente, sin marinos ni grumetes, dejo atrás en el océano hasta a la implacable Muerte. Vaga en su navío errante sin ver nunca el horizonte, sin sentir la luz del día ni el abrazo de la noche. Sin memoria del pasado, ni recuerdos del presente, sin patria, hogar ni bandera, sin límites, ni fronteras, afronta el solitario destierro de un futuro eterno. No va en busca del destino, de fortuna, ni romance. No alberga deseos de gloria. No añora el ardor del miedo ni el arrojo del coraje.

El barco abandona el puerto y estalla la tempestad. Entre las nubes retumban los truenos de los cañones. Prende el fuego como un rayo. Cae la lluvia y la fuerza de las olas arrastra hacia las profundidades el espíritu de un sueño.

martes, 7 de octubre de 2014

Del Colegio Mayor a la escuela

La ventana de la cocina del piso de Zaragoza daba al lado opuesto al jardín (al que se asomaba nuestro dormitorio) y, desde ella, casi podía verse nuestra escuela. Los fines de semana veíamos a los padres jugar con sus hijos en el descampado de enfrente. No se me ha olvidado el asombro de ver volar un helicóptero teledirigido. El aparato estaba suelto, sin ningún tipo de cables, y sus dueños lo controlaban desde el suelo. El mando parecía un walkie-talkie, aunque con una antena larguísima. Me pasé media hora larga delante de la ventana mientras contemplaba fascinada los giros, ascensos y descensos de aquel juguete.

Sin embargo no siempre se podía ver algo a través de la ventana. Había días en los que nos levantábamos y los cristales estaban empañados por la humedad condensada. Esos días, mientras desayunábamos, dibujábamos caras sobre ellos. Eran días en los que hacía un frío horroroso del que no había forma humana de resguardarse en el camino a la escuela. Con  frecuencia la temperatura no mejoraba y regresábamos igual de peladas que a la ida, sobre todo si soplaba el molesto cierzo.

En el colegio de Zaragoza cursé segundo de párvulos y primero de EGB. El edificio de párvulos estaba apartado del resto, incluso el patio era diferente. Recuerdo que entre la tierra había lombrices y a veces las sacábamos con un palo, sin tocarlas, para contemplarlas con curiosidad morbosa y algo de repelús fingido. La clase era divertida. Una de las cosas que más me gustaba era la de recortar figuras con la ayuda de un punzón (seguro que ahora están prohibidos por peligrosos). Era genial clavar aquel instrumento, con su mango azul celeste, en los contornos del dibujo.  Fijábamos el papel encima de una superficie de corcho, de ese hecho con un conglomerado de bolitas blancas, y lo apuñalábamos con ganas. Al terminar, el borde quedaba con pequeñas rugosidades y raspaba ligeramente al tocarlo. Era un cosquilleo agradable.

Me gustaban las clases de lectura. En éstas sí que me permitían leer (a diferencia de los párvulos de Madrid en donde me quedaba con las ganas). Nuestro libro narraba la historia de la oveja Me, y entre los capítulos se intercalaban otros relatos infantiles y algunos poemas. Había uno sobre los meses del año y otro sobre un molino, el favorito de hermanísima, con el cual nos deleitó en innumerables veladas familiares. No había ninguna actuación de la "Fundación" (que aún no tenía ese nombre) que se preciase, en el que no recitase la estrofa de "Sigue el agua su camino..." (y a pesar de las caras de todos al oírla, no se desanimaba, sino que seguía hasta el final)

En el Colegio Mayor nos subían la comida de la cocina. Cocinaban estupendamente, los canelones eran deliciosos, tan buenos que se convirtieron en nuestra comida favorita, y aún hoy se mantienen en un lugar de honor. Nos los traían en unas fuentes enormes y nunca sobraba ni medio. Por desgracia no siempre comíamos así. En la escuela nos quedábamos al comedor y allí la cocina nada tenía que ver con la del Colegio Mayor. Todo lo buena que era la comida en uno lo tenía de infame el otro. Temía especialmente los lunes, día en el que el menú consistía en huevos duros cubiertos por un emplasto de mayonesa pringosa, en ocasiones incluso algo viscosa. Los odiaba tanto que, aunque por aquel entonces contaba 5 y 6 años de edad, no se me han olvidado. No sé si no eran peores los macarrones supuestamente gratinados, con una costra de queso tieso y plastificado que pegaba la pasta en un ladrillo gomoso, seco y rígido. Ni siquiera el rancho hospitalario del MIR, con la sobredosis de pollo y la pasta casi deshecha, era comparable a aquel mazacote incomible.

Me acuerdo de cuando cambié del pabellón de párvulos al edificio de los mayores. Hermanísima se quedó en el primero. La nueva clase era mucho más grande y estaba en el primer piso, a la izquierda según se accedía desde las escaleras, en uno de los extremos del pasillo. En el otro extremo, al fondo, se encontraba el despacho de la directora. En una ocasión la profesora me envió allí con un recado. Con los nervios sólo recuerdo que había muchos papeles sobre la mesa y un armario de cajones que abrió y que estaba lleno de carpetas para archivar. No lo debí hacer mal porque otro día, el mensaje fue para la profesora de la clase de 2º. Al entrar, con más miedo que vergüenza, vi que en el encerado tenían pintados los planetas y sus órbitas. Estaban dando el sistema solar. Me pareció precioso aunque tuve la sensación de que aquello debía de ser complicadísimo (¡cuánta razón tenía a mis 6 años!).

Aunque sólo vivimos en Zaragoza un par de años, no me he olvidado de mi amiga del colegio. Era muy guapa, siempre sonriente, con el pelo castaño y muy brillante. Al igual que yo, también llevaba trenzas, aunque ella no se parecía a Laura Ingalls con ellas, como me sucedía a mí. Recuerdo un día que no vino a clase, pero sí que acudió a la salida del colegio, con su madre, para recoger a su hermano. Llevaba puesto un vaporoso vestido blanco, precioso, como de tul. Me dijo que era un "vestido de calle", aunque a mí me pareció de bailarina o de princesa de las hadas y deseé tener uno igual. Mi madre no entendió a qué me refería con lo de "vestido de calle" y no insistí. Poco tiempo después una amiga de mis padres nos regaló unos disfraces. El de hermanísima era de india, con un vestido áspero y un tocado con una pluma grande, de colores, y unas trenzas negras que contrastaban de manera llamativa con su rubísimo pelo (y sus rubísimas trenzas). El mío era de ninfa, de color rosa, con la falda asimétrica y las mangas anchas. Era muy ligero y recordaba, vagamente, al de mi amiga. Aquel disfraz me encantaba y lo usé durante años y años. No sé cómo me sirvió durante tanto tiempo porque crecer, crecí, debía de ser mágico y no simplemente crecedero como las faldas del uniforme

domingo, 5 de octubre de 2014

Nany

Uno de los mejores cumplidos que le podía dedicar mi abuela a alguien era la frase: "tiene brillico". Hermanísima recuerda de Nany los ojos y el porte, yo recuerdo siempre el brillo. Me parecía que brillaba tanto que eclipsaba al resto de los que estábamos en la habitación, no es que los apagase, simplemente ella destacaba sin necesidad de hacer nada.

Una persona así deja huella, es imposible no fijarse en ella. No era el alma de la fiesta sino que era dulce y muy tranquila, nunca perdía la compostura. Es cierto que tampoco tenía nunca prisa. Cuando la Señora quedaba a comer con sus amigas de toda la vida, cosa que hacen con regularidad, sabían que les tocaba esperarla. El cuánto era una gran incógnita. Un día se presento casi una hora tarde cuando el resto ya tenía el rostro desencajado por la espera y el hambre de ver pasar platos de comida para otros, con ganas de morder hasta el camarero. Al llegar estaba reluciente. Con su habitual sonrisa les explicó que había ido a la peluquería y que allí, la peluquera, incapaz de resistirse al encanto de su piel, blanca y transparente, le había propuesto un tratamiento facial, algo breve para no retrasarla. Nany se dejó hacer y la otra se emocionó tanto con su trabajo que los minutos se sumaron a las horas. Había sido una experiencia maravillosa, muy relajante. Lástima que sus amigas no hubiesen estado allí con ella para compartirla. 

En las vacaciones esperaba con ilusión el día en el que venían a la granja con sus dos hijos. Los chiquillos habían heredado la piel blanca de su madre y sus ojos grandes y clarísimos. Me parecían preciosos. Los dos niños se prestaban sin reparos a nuestros juegos y correrías. Es posible que Nany hubiese perdido su habitual serenidad si hubiese visto a sus hijos subidos a los tejados de uralita o entre las ruinas llenas de óxido, ratas y porquería de las naves. De lo único que se libraban era de vestirse con los disfraces polvorientos de los arcones. Claro que ella conocía la granja desde pequeña cuando sus padres le permitían ir donde fuera siempre que fuera con la Señora. Mi madre tenía fama de responsable y había conseguido ganarse la confianza de aquellos padres, un logro digno de mérito. Eso le permitió a Nany conocer las distintas fiestas de los alrededores, que eso de encerrarse en casa a hacer labores no es un rasgo propio de la Señora, sólo es fácil pillarla recién levantada, y suele madrugar. 

Ahora que se ha ido y descansa tranquila, el recuerdo de Nany también brilla.

jueves, 2 de octubre de 2014

Retorno triunfal, o casi

Mentiría si afirmase que todos mis pacientes me esperaban con los brazos abiertos. Cierto que algunos me echaban tanto de menos que se han presentado a verme aún sin cita. Es agradable ser víctima de tanto cariño y devoción, a pesar de lo complicado que es a veces sacar un momento para atenderles. Sin embargo otros me aguardaban con los puños apretados entre los que sostenían, a modo de cuchillos, una reclamación de locos. En la sesión me han dado los detalles: la enfermera que diagnostiqué en su día de globo histérico no quedó nada satisfecha con mi dictamen y, no contenta con acudir a atención al paciente, donde expuso su caso en un juicioso comunicado de dos folios y medio, decidió hacer una visita a la Dirección de Enfermería para informarles de mi tropelía y, ya de paso ¿por qué no? aprovechar para aconsejar al respecto al mismísimo Gerente. Según ella no tengo aptitudes para ejercer mi profesión y es una vergüenza que trabaje en el hospital. Lo más curioso es que mi maldad la ha curado: desde que canaliza su agresividad hacia mí no ha vuelto a atragantársele la comida, sólo yo.

La otra cara de la moneda es la hija de la paciente que dejé ingresada al irme y que, lamentablemente, falleció. Ver que nada funciona, por más que lo intentes, es frustrante. Es como toparse con una pared una y otra vez, tienes la sensación de no llegar, de haber hallado los límites de tu competencia y no ser capaz de superarlos. Me dio mucha pena cuando me enteré de la noticia durante las vacaciones. A mi regreso la he llamado para darles el pésame y saber cómo se encontraban. A pesar de lo mal que han ido al final las cosas, la mujer estaba muy agradecida por el trato recibido. ¡Ojalá hubiese servido para algo más!

¿Qué más he hecho en mi primer día? Lo habitual en la consulta: ver pacientes y pacientes. Después de descubrir una lesión que no me ha gustado nada, me he pegado una carrera a Radiología para que la Secretaria me citara al hombre para un scanner. No me sobraba el tiempo y con las prisas me he quedado sin respiración por el camino. No obstante he obtenido mi recompensa: una cita para el día siguiente gracias a una cancelación. Exponerle al enfermo mis sospechas ha sido mucho más duro que correr por las escaleras, tratar de hacerlo sin aliento tampoco me ha ayudado.

Entre mis revisiones agradecidas he visto a mi encantadora abuelita de la traqueotomía que, por desgracia, estaba sólo regular. La he enviado a Urgencias para que la estudien médicos duchos en todas las facetas de la Medicina, que eso de la especialización amplía conocimientos en determinados aspectos y hace que se olviden muchísimos otros. Espero que el cuadro no sea más que un cólico biliar y se recupere pronto. He quedado en que estaré pendiente, la mujer es entrañable.

He disfrutado de la docencia al mostrarle a un estudiante y una residente el scanner de un caso de lo más curioso y que diagnostiqué de casualidad, aunque el paciente, otra de mis revisiones, me atribuya mucho más mérito del que merezco. Espero que mantenga su buena opinión después del tratamiento. Mis pupilos también han sido testigos de cómo le reclamaba sensatez a un patriarca testarudo que no quería operarse de su infección crónica porque "ni le dolía, ni le molestaba". A pesar de explicarle, y repetirle, que la progresión de su enfermedad podría provocarle vértigo, parálisis facial y complicaciones neurológicas, no he tenido éxito (y eso que he usado palabras claras). Espero que algo de lo dicho haya arraigado dentro de su cabeza y se lo piense mejor. Tiene de plazo hasta la próxima revisión.

Para rematar la faena me he paseado por la Urgencia en un momento libre para hablar de mi enfermita y me he subido del brazo a otra abuelita que, al verme desocupada, se ha prestado voluntaria a que la atendiese, e incluso me ha permitido cauterizarle el vaso nasal motivo de su visita. Además he cumplido con casi todos los recados pendientes de la familia y hasta he puesto las guardias del mes próximo. De postre me he llevado a casa el busca. ¡Qué suerte regresar descansada!

miércoles, 1 de octubre de 2014

Médicos escritores

Es indudable que la medicina influye en la escritura, la asociación médico-escritor es frecuente, especialmente entre los rusos, Chejov, Bulgakov, aunque no son sólo ellos los afectados por el gusanillo de las letras, otro ejemplo de mis favoritos es Somerset-Maughan. Es llamativa la gran humanidad que reflejan sus personajes. ¿Por qué? ¿Cuál es la relación que une ambas profesiones?

En medicina se vive rodeado de historias, leídas y narradas. Son muchos los pacientes que nos cuentan su vida, más allá de lo referente a su salud. La relación progresa en cada revisión, aunque en ocasiones requiere una gran intimidad desde el principio. Con el trato aumenta el grado de implicación en sus problemas, es algo inevitable. No obstante siempre existen condiciones: se ha de mantener la perspectiva, separar lo que se quiere de lo que se puede y se debe para, de ese modo, ser capaz de tomar una decisión lo más acertada posible. El cariño hace que el facultativo se esmere en cuidar a sus pacientes pero jamás puede conducir a engaño, ni propio ni ajeno, las decisiones no han de basarse en errores, por poco que nos guste la realidad, y no está permitido engañar a los que confían en ti.

Supongo que la base de la relación entre medicina y escritura radica precisamente en esa condición de mantener la perspectiva. No basta con analizar la situación sino que hay que tener en cuenta cada detalle, no todos los casos son iguales, algunos, aunque compartan diagnóstico, ni siquiera se parecen. La personalidad del paciente obliga a adaptarse a su situación. La decisión final dependerá de sus miedos y de su capacidad de superarlos, sus creencias, su opinión, previa y la que se forje tras escuchar la del profesional y la de todos sus allegados, y también de lo poco o mucho que comprenda tras la explicación de sus dudas. Ganarse la confianza del enfermo requiere empatizar con él, aunque dar la mano no significa que nadie tenga derecho a hacerse con el brazo u otra parte del cuerpo del galeno. Es preciso marcar unos límites que el paciente ha de aceptar para que la cosa funcione. No son límites para marcar distancias sino de respeto al trabajo del médico y a las necesidades del resto de sus pacientes. En el caso de que se avasallen la relación se rompe y no siempre es posible arreglar las diferencias.

Escuchar, preguntar, recopilar datos, deducir, opinar, concluir, estructurar y resumirlo todo en una historia clínica, breve, clara y concisa, requiere un proceso digno de un literato. El paciente es una persona, no un tramite burocrático ni una serie de documentos que rellenar. No hay casillas con respuestas correctas e incorrectas. Acertar con lo más adecuado para cada individuo entraña involucrarse no sólo en sus distintos problemas de salud, sino también conocer las virtudes que pueden facilitar la curación y los defectos y hábitos susceptibles de complicarla.

Tras semejante estudio lo extraño es que no todos los médicos sean escritores.