Hay que ver lo que da un libro de sí, y no me refiero a la historia sino a todo lo que hay detrás, desde sentarse a escribirlo hasta el momento de publicarlo. No sé si esto solo me interesa a mí y para el resto resulto un tanto cansina pero, ya que he empezado, mejor termino de contarlo.
Después de recibir la sentencia del Lazarillo me puse manos a la obra para rematar el libro de La domadora. Lo había terminado apresuradamente para presentarlo al concurso y, desde entonces, no lo había vuelto a mirar. ¿El motivo? Me daba pavor descubrir los errores con los que me había atrevido a presentar mi obra delante de un jurado. Cerrar los ojos para no ver los fallos, por pueril que suene, me ahorraría la vergüenza, con sus obsesiones y pesadillas, hasta el momento del dictamen y, a fin de cuentas, era algo que no podía arreglar hasta entonces.
Corregir da pereza, mucha pereza, pero terminar un libro también produce ilusión así que, una vez había tomado la decisión, me puse a ello. Por supuesto había erratas (y no dudo que, aún tras la corrección, no se me haya escapado alguna). Mejoré la redacción de algunos párrafos, o eso pretendí, y añadí algún detalle. Le eché horas, aunque es tal la concentración que el tiempo se pasa sin darse cuenta. El golpe con la realidad sobreviene al levantar la cabeza, cuando una descubre no solo la hora que es sino que, además, está agotada. A veces es un House hipoglucémico el que me saca de mi abstracción al acercarse a preguntarme si esa noche no se cena.
Debía buscar la ilustración de portada del libro. Tenía que ser una imagen lo suficientemente antigua como para estar libre de derechos de autor, lo que suponía un factor limitante, había algunas preciosas que, por desgracia, no cumplían esa propiedad. Encontrarla no fue fácil. Láminas de elefantes había a millones pero ninguna me enamoraba. Finalmente, y gracias a las portadas de viejas revistas, encontré lo que quería: una ilustración vintage del Nature Magazine de Junio de 1932 firmada por Chevez Lange que es la primera que ilustra esta entrada. ¿Verdad que es bonita?
Gracias al iPhoto, al Vista previa y al Painter edité la imagen para adaptarla a los requerimientos de mi portada para la autoedición. Parece complicado pero no es así, con cada programa es fácil realizar algún paso e imposible, al menos para mí, que no soy muy ducha en estas lides, llevar a cabo otros, pero el uno suple los defectos de los otros. Mi técnica se basa en combinar lo que sé hacer en cada uno por el método del ensayo y error, y de estos últimos hay muchos. No obstante, al ser este el séptimo libro que me autopublico, ya tengo algo de manejo (no demasiado pero me apaño).
Es preciso hacer un resumen del argumento del libro para que vaya en la contraportada. Después de escribir un montón de páginas, reducirlas a unas líneas se antojaría una tarea sencilla, pero no lo es. Esa va a ser la carta de presentación y en un simple párrafo hay que conseguir hacer atractivo el libro, contar de qué va pero sin desvelar lo más relevante, aunque sí lo suficiente como para despertar la intriga del lector y que le apetezca leer la historia y, además, debe ser breve y, por supuesto, estar bien redactado. ¿Cómo iba a lograr todo eso? En algún caso, como en El trol, un fragmento del libro puede cumplir esa función. Sin embargo con La domadora no contaba con un párrafo de esas características. Los capítulos me dieron la clave. Muchos llevaban el nombre de las asignaturas con las que experimentaba mi elefante y esa fue la base que empleé para elaborar mi resumen. Este es el resultado: "En ocasiones tener una amiga a la que nadie más ve puede resultar bastante incómodo. El asunto se complica cuando, tras una visita al circo, esa amiga decide convertirse en domadora de elefantes. No se puede llegar a ser un buen domador si no se dispone de un elefante al que educar. Conseguir el animal es sencillo, no demasiado sensato pero sencillo. Compartir con él habitación requiere de toda la buena voluntad de las partes implicadas, y de mantener en la ignorancia al resto de los miembros de la familia. Educar al paquidermo es una tarea que requiere aplicación, entrega y un buen baño al terminar. Para aprender, no hay nada como las clases prácticas aunque controlar al alumno en las demostraciones de las distintas asignaturas es, sin duda, la parte más difícil." ¿Qué os parece?
El texto también necesitaba procesarse para acomodarlo al tamaño del libro, pequeño y de bolsillo, algo fácil de llevar para leerlo en cualquier parte. Eso significaba una nueva revisión del manuscrito con el ineludible hallazgo de nuevos fallos. Por desgracia, los ajustes de última hora pueden alterar la disposición de todo lo demás. Cada capítulo ha de comenzar en una página impar para que así quede a la derecha a la hora de leerlo. Una palabra más, solo una, pero mal medida, sin tener en cuenta el resto, puede aumentar la cuenta en una página y, de ese modo tan tonto, dar al traste con lo ya organizado. Cuando eso se descubre después de cargar el archivo, diseñar la cubierta, escoger las características del libro y revisar las 190 páginas que lo componen, una a una, dan ganas de gritar de rabia.
El archivo para papel sirve también para Kindle aunque antes requiere algunas modificaciones (directamente no queda bien, lo sé porque lo he probado y me ha tocado recurrir a mi infalible método de ensayo y error). Una vez todo en orden, viene la parte económica: hay que poner el precio de venta (en el que te marcan un mínimo, que es al que procuro ajustarme). El escoger un precio para Kindle a partir de 2.99€ presenta una ventaja adicional pues ese libro puede ser considerado para entrar dentro de alguna de las promociones de Amazon y eso es un tipo de publicidad gratuita nada desdeñable. Por eso, en esta ocasión, me he decantado por esa cantidad (a ver si hay suerte y me eligen).
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
martes, 8 de diciembre de 2015
domingo, 6 de diciembre de 2015
La evolución de la domadora de elefantes
Fue a raíz de un sueño, que conté en el blog en su momento, cuando empecé a pergeñar la historia de La domadora de elefantes. Comencé a escribir los primeros capítulos pero, tras ese primer empujón, me detuve y dejé la obra en barbecho. Eso mismo sucedió con Paloma. En ocasiones la historia parece que fluye bien pero, de repente, sin motivo aparente, se detiene. Es posible que la culpa sea mía, por pura cuestión de cansancio, o de pereza, dejo de sentarme a escribir y, al no prestarle la atención que se merece, el relato decide tomarse un descanso. Llegado a ese punto, seguir supondría forzar las cosas y la narración perdería naturalidad y credibilidad, así que lo dejé que reposara durante una temporada.
Pasaron los meses y una tarde me senté a leer aquellos capítulos. No me considero una persona graciosa, soy un desastre a la hora de contar chistes, pero aquella historia era muy divertida, mucho. Había permitido a los personajes hacer de las suyas, sin cortapisas, con el resultado de que habían llevado a cabo todo tipo de ocurrencias de lo más disparatado. Me reía sola al leerla. ¿De verdad había escrito yo eso? ¡¿Cómo?! (en serio, en ocasiones no sé de dónde surgen mis ideas felices y, cuando lo pienso fríamente, me veo incapaz de repetir la hazaña). Decidí que empezaría a mandársela por entregas a mis padres, a ver qué opinaban.
La respuesta de mi padre fue toda una inyección de ánimos. Según me contó mi madre se le oía reírse en voz alta en su despacho. La única pega que le encontró es que le parecía dificilísimo que pudiese continuar el relato en ese tono, según sus palabras "si lo conseguía, sería el libro más divertido que jamás se hubiese escrito". Tenía razón, ni yo misma sabía cómo me las iba a apañar para seguir la historia a ese ritmo.
Tenía el gusanillo de la escritura metido en el cuerpo y no me quedaba más remedio que escribir. El final lo tenía bastante claro pero me faltaba el puente de enlace entre el inicio y la conclusión, ambas partes estaban en orillas distintas. Poco a poco, aunque en mi novela nada sucede despacio, el puente se tendió y la obra se preparó para su desenlace. A mi madre le encantó, le pareció un final redondo, y según ella no era un libro fácil de terminar. Yo estaba encantada, aunque mis padres puedan ser más benevolentes conmigo que con extraños, a la hora de ser críticos, sobre todo en cuestiones literarias, no pierden su objetividad y, si algo está mal, lo dicen.
Así como Paloma tiene mucho de la granja de Linares, la Baronesa inspiró el personaje de Marla, en la domadora es mi abuelo paterno el que hizo su aparición en la narración (supongo que eso influyó positivamente en mi padre). No fue algo premeditado sino que cobró vida propia dentro de la historia como si perteneciese a ella. Es algo curioso, porque el sueño inicial tenía lugar en la granja y lo esperable es que todo se hubiese desarrollado en ella. No fue así, la ciudad donde se desarrolla se da un aire a Valladolid y el parque al Campo Grande. House dice que en mis novelas hay mucho de mí. Quizá no le falte razón y mi subconsciente me traicione. Siempre he tenido cierta propensión a los accidentes y es posible que la frase "como un elefante en una cacharrería", que he oído hasta la saciedad aplicada a mi persona, haya servido de inspiración para este cuento.
Pasaron los meses y una tarde me senté a leer aquellos capítulos. No me considero una persona graciosa, soy un desastre a la hora de contar chistes, pero aquella historia era muy divertida, mucho. Había permitido a los personajes hacer de las suyas, sin cortapisas, con el resultado de que habían llevado a cabo todo tipo de ocurrencias de lo más disparatado. Me reía sola al leerla. ¿De verdad había escrito yo eso? ¡¿Cómo?! (en serio, en ocasiones no sé de dónde surgen mis ideas felices y, cuando lo pienso fríamente, me veo incapaz de repetir la hazaña). Decidí que empezaría a mandársela por entregas a mis padres, a ver qué opinaban.
La respuesta de mi padre fue toda una inyección de ánimos. Según me contó mi madre se le oía reírse en voz alta en su despacho. La única pega que le encontró es que le parecía dificilísimo que pudiese continuar el relato en ese tono, según sus palabras "si lo conseguía, sería el libro más divertido que jamás se hubiese escrito". Tenía razón, ni yo misma sabía cómo me las iba a apañar para seguir la historia a ese ritmo.
Tenía el gusanillo de la escritura metido en el cuerpo y no me quedaba más remedio que escribir. El final lo tenía bastante claro pero me faltaba el puente de enlace entre el inicio y la conclusión, ambas partes estaban en orillas distintas. Poco a poco, aunque en mi novela nada sucede despacio, el puente se tendió y la obra se preparó para su desenlace. A mi madre le encantó, le pareció un final redondo, y según ella no era un libro fácil de terminar. Yo estaba encantada, aunque mis padres puedan ser más benevolentes conmigo que con extraños, a la hora de ser críticos, sobre todo en cuestiones literarias, no pierden su objetividad y, si algo está mal, lo dicen.
Así como Paloma tiene mucho de la granja de Linares, la Baronesa inspiró el personaje de Marla, en la domadora es mi abuelo paterno el que hizo su aparición en la narración (supongo que eso influyó positivamente en mi padre). No fue algo premeditado sino que cobró vida propia dentro de la historia como si perteneciese a ella. Es algo curioso, porque el sueño inicial tenía lugar en la granja y lo esperable es que todo se hubiese desarrollado en ella. No fue así, la ciudad donde se desarrolla se da un aire a Valladolid y el parque al Campo Grande. House dice que en mis novelas hay mucho de mí. Quizá no le falte razón y mi subconsciente me traicione. Siempre he tenido cierta propensión a los accidentes y es posible que la frase "como un elefante en una cacharrería", que he oído hasta la saciedad aplicada a mi persona, haya servido de inspiración para este cuento.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Avatares con el Premio Lazarillo
He comprobado que la forma de enganchar a mi padre a la lectura de mis libros es enviárselos por capítulos, de ese modo la intriga le puede y no es capaz de resistirse a la siguiente entrega. Además, con esta táctica, se interesa de tal modo que empieza a tomar parte activa en el desarrollo de la historia. Eso no significa que siempre me muestre de acuerdo con él, aunque sí que considero sus sugerencias y trato de alcanzar un termino medio entre su punto de vista y el mío, los dos somos bastante cabezotas. En esta ocasión mi progenitor consideró que el libro era muy divertido, en lo que coincidimos, pero que debería extenderme más en las descripciones. Tiendo a la concreción y a dar preferencia a la acción y, por ese motivo, mis escenarios se limitan con frecuencia a un mero esbozo cuyo atrezzo dejo a la imaginación del lector. Mi padre utilizó como ejemplo de lo que debía hacer a Henry James y fue en ese punto en el que no concordamos. Henry James no se caracteriza precisamente por el ritmo vertiginoso de sus narraciones y su estilo no me encajaba a la hora de narrar las trepidantes aventuras, y desventuras, de mis protagonistas. De todos modos, añadí unas líneas para crear el ambiente de cada situación.
Esas líneas extras eran, además, necesarias. Para el Lazarillo juvenil me pedían un mínimo de 80 folios, lo que no está nada mal. Mi libro rondaba los 70 y me quedaba menos de 1 semana para obrar el milagro de alargarlo una docena de páginas. No soy pesimista por naturaleza pero aquello se me antojó imposible, ¡si el libro estaba terminado! Aún así, no iba a dejar de intentarlo y me pegué al ordenador para leer y releer la historia y descubrir por dónde estirar los párrafos y separar los capítulos hasta que, ¡oh, milagro!, me encontré con 82 folios en mi haber (lo que no significa que todos llegasen hasta el final de la página). La fecha: 14 de Julio. No tenía tiempo de revisar, solo de imprimir y encuadernar. ¡Ojalá no se me hubiesen escapado muchas erratas!
House ya me había sugerido en alguna ocasión que, dado el éxito de Paloma en el concurso, mandase Magia Gris al Lazarillo. Uno de sus amigos, después de leer la historia, apoyó esa moción. Personalmente considero que Magia Gris es mejor que Paloma, quizá no tan divertido, aunque tiene sus momentos, pero la historia es muy bonita y escribirla fue una experiencia mágica, no exagero: vivía en un mundo en el que los límites de lo real y lo imaginario se habían difuminado por completo y esa sensación de poder traspasar las fronteras entre uno y otro lado era como flotar en una nube. Magia Gris no precisaba alargarse así que lo retiré de amazon y lo presenté. Con "Magia Gris" y "La domadora" en el concurso ya solo quedaba la parte mas desesperante: esperar.
Hace unos días me metí en la página de la OEPLI y me enteré de que el Premio ya ha había sido concedido y que, por supuesto, no había sido yo la afortunada. Confieso que me hacía ilusión y que había disfrutado lo indecible construyendo castillos en el aire, unos castillos maravillosos. Mis castillos tienen cimientos sólidos en ese mundo imaginario que sé que está al otro lado y la decepción de no haber ganado el premio no consiguió derrumbarlos. Llamé a la secretaria de la OEPLI y así supe que mis dos obras habían sido candidatas al premio, algo es algo. De todas las obras presentadas el jurado selecciona 15 (es lo que los americanos denominan shortlisted) y, a partir de ahí, se inicia la criba. Es un consuelo saber que mis dos historias pasaron ese primer corte, aunque no avanzaran más allá. La ganadora, Ledicia Costas, había recibido en octubre el Premio nacional de literatura infantil, así que la competencia era dura.
A lo largo de esta semana he estado de lo más ocupada; he devuelto "Magia Gris" a amazon y he editado "La domadora de elefantes" para su publicación, también en amazon. Después de mis experiencias previas con las editoriales no he querido complicarme la vida para ser rechazada, o para no obtener respuesta tras una espera de meses. Me siento como si mendigara cuando en realidad escribo porque quiero, sobre lo que me apetece y además me esfuerzo por hacerlo bien, con un estilo que me guste, que procuro mejorar por una mera cuestión de pundonor. A veces leo historias soberbias que desearía ser capaz de emular, no obstante sé que no llegaré a ese nivel, y no lo digo por decir, es la realidad. Mis cuentos son divagaciones para soñar despierta y, con lo que me gustan los libros, lo raro sería que no quisiera plasmar en ellos mis sueños más bonitos.
martes, 1 de diciembre de 2015
Magia Gris (Primeros capítulos)
Magia Gris es la continuación de Paloma. Su existencia se debe a una sugerencia de mi madre y a la insistencia de los personajes por secundarla. Durante aquella época viví rodeada por ellos y por su magia, hasta el aire poseía un brillo distinto. Fue una experiencia extraña y maravillosa que echo terriblemente de menos. Es un libro especial al que tengo un gran cariño.
CAPÍTULO 1: EL BUZÓN
Existe una regla no escrita entre las brujas por la que éstas evitan utilizar el sistema de Correos. La razón fundamental emana de su natural suspicaz: confiar en que nadie más que el destinatario vaya a leer el mensaje es una muestra de la necedad del remitente. Su animadversión al sistema no les impide pulular por las rutas más transitadas de los carteros y aprovechar la coyuntura para argumentar su teoría. Los secretos e intrigas de otros constituyen un gran aliciente en sus, generalmente, monótonas vidas. A pesar de su interés por todo lo ajeno se muestran muy reservadas en lo propio y, con tal de preservar su intimidad, han rescatado lenguas muertas para comunicarse entre ellas. Por desgracia, en el proceso cada una desarrolló su propia versión lo que a la larga derivó en numerosos disgustos y no menos enfrentamientos al no ser infrecuente que se malinterpretasen sus palabras.
Aquella mañana, la bandera roja alzada del buzón del camino indicaba que una carta hacía compañía a las telarañas que lo atestaban. No siempre la casilla se había dedicado a residencia para arácnidos, en otro tiempo por su interior había circulado una nutrida correspondencia. No obstante, últimamente, su poste se empleaba de apoyo para que, Lope, el mercader, dejase en su base la leche y demás encargos de Marla. El descubrimiento del comerciante había supuesto un hito en sus vidas. Pese al huerto de la cabaña, los árboles frutales, las cacerías de Orión, las bayas, castañas y las setas del bosque, la bruja siempre se había valido de su poder para procurarse algunos productos. Con la pérdida de su magia esos artículos se habían convertido en un lujo. Ya no había manera de convencer a las cabras montesas para que acudiesen voluntarias a ser ordeñadas por la anciana y era impensable que las ocas le prestasen sus huevos. Ahora había que perseguir a los animales. Dadas las condiciones físicas y mágicas de Marla, Paloma se encargaba de esa tarea. A instancias de Marla, Orión solía escoltarla, aunque sin correr riesgos.
- No me vendría mal algo de ayuda – le sugirió la joven a su acompañante mientras saltaba por los escarpados riscos.
- Por eso estoy aquí, para darte apoyo moral. No pretenderás que me juegue el pellejo, ya no tengo edad para eso.
- Pensaba que los gatos teníais siete vidas – le rebatió Paloma.
- Te equivocas. Los de las brujas tenemos nueve –le aclaró el minino- y necesitamos todas y cada una de ellas. No hay que desperdiciar ninguna.
- No entiendo por qué Marla insiste en que vengas.
- Para vigilarte. No te preocupes, si te ocurriese algo, iría a avisarla.
Orión, además, disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven. No siempre las escaladas culminaban con éxito, sobre todo en lo referente a la leche y, en más de una ocasión, Paloma se libró de milagro de terminar despeñada entre las rocas.
La cuestión de la miel era otra faena peliaguda. Sin miel no había dulces y tanto Paloma como Orión eran golosos por naturaleza. A pesar de sus infinitas precauciones la bruja siempre pagaba un doloroso precio por aquel caramelo. El día en que Paloma aprendió a sacar la miel del panal sin que las abejas la acribillasen, Orión, atento a sus maniobras, se olvidó de resguardarse de los enfurecidos insectos lo que le costó ser él el damnificado. Sin embargo lo peor no fue el dolor de las picaduras, sino la risa de Paloma. Tras cada excursión Marla hacía gala de todos los conocimientos de medicina acumulados a lo largo de siglos: curaba heridas, picaduras, torceduras y enfados. Sus guisos restablecían la paz.
Las salvajes ocas tampoco se lo ponían nada fácil a la muchacha y la atacaban feroces cuando se acercaba con fingida expresión de inocencia. A pesar de sus brazos llenos de moratones Paloma disfrutaba al preparar tortillas: era la venganza por sus picotazos. ¡Una fiera menos!- pensaba al batir los huevos con saña. Cierto que al cocinarlos, el resultado se parecía más a un espumoso y delicioso soufflé.
Una tarde, a la vuelta de una de aquellas partidas, encontraron una botella abandonada a un lado del camino. ¡Aquel hallazgo se reveló providencial! La depositaron junto al buzón y, al día siguiente, como por arte de magia, hallaron en su lugar una garrafa nueva, llena de leche de vaca: recién ordeñada, dulce, fresca y espumosa y ¡sin necesidad de someterse a las coces de las cabras! Debajo había una lista de las mercancías del comerciante, junto con sus precios. ¿Por qué no probar?
Marla disponía de una cantidad ingente de monedas, algunas antiquísimas, de las que desconocía por completo su valor. Hizo un pedido y dejó un pago astronómico por él. Afortunadamente, Lope resultó ser muy honrado. Descontó el importe exacto del encargo y buscó coleccionistas para las antiguas piezas. Las tasó, se encargó de la transacción y, sin preocuparse por sus beneficios de intermediario, le entregó íntegramente a su legítima dueña todo lo obtenido. Era además muy detallista y con frecuencia les dejaba algún obsequio. Esa táctica para dar a conocer sus productos le resultó muy provechosa y la lista de pedidos se alargó con añadidos de chocolate, azúcar, cacao, café, sabrosos quesos, aterciopelados vinos de Doria, aceite de oliva virgen de Canema, especias y pastas, entre otros caprichos. Lo que no solía haber en el buzón era precisamente lo que el banderín indicaba aquella mañana: cartas.
CAPÍTULO 2: LA CARTA
- ¡Qué carta tan extraña!- murmuró Marla al recoger la insólita epístola. Pese a lo precario de su vista, los barrocos relieves de su sobre no le pasaron desapercibidos. También advirtió que estaba cerrado por un anticuado sello de lacre ¡doble!
La anciana palideció alarmada al reconocer el grabado negro sobre la pasta rojiza. ¡Un mensaje del Aquelarre! Su corazón latió desbocado. Dada la aversión de sus antiguas compañeras a este sistema de comunicación, sólo un motivo de extrema importancia podría haberlas impelido a recurrir a él. No había que ser adivino para vaticinar que no podía tratarse de nada bueno. Sus manos temblaron de ansiedad y, pese a la curiosidad, fue incapaz de reunir el valor suficiente para abrirla de inmediato y enfrentarse a su contenido. Con el alma en vilo, regresó a la cabaña. Tan distraída iba que tropezó con todas las raíces y cantos del camino y trastabilló un par de veces. El percance desvió su atención de la carta y la fijó en el suelo para evitar derramar la leche.
Una vez en la casa, colocó automáticamente las cosas en la despensa. De refilón le echaba miradas furtivas a la misiva. Casi esperaba que esta desapareciese igual que un espejismo. ¡Habría sido un alivio! Se puso a preparar la comida. La mecánica de cocinar la ayudaría a calmar los nervios: picó unas verduras, molió unas especias con unos buenos golpes de almirez que relajaron su tensión, añadió unas hierbas, caldo y algunos trozos de carne y, cuando el guiso empezó a bullir y el aroma reconfortó su inquietud, se sentó delante del aciago sobre.
Lo cogió con la punta de los dedos, no es que fuese a estallar pero eso no hacía el contenido menos explosivo. Inhaló aire hondo para armarse de valor antes de abrirlo. Esperaba que no estuviese protegido por ningún hechizo peligroso aunque, generalmente, este no afectaba al destinatario sino a los curiosos entrometidos que intentaran cotillear el mensaje. Rompió el sello con aprensión. Con un esfuerzo, consiguió que las letras se mantuviesen fijas sobre el papel. Con la ayuda de su lupa, leyó la familiar caligrafía:
“Querida Marla:
Debido a que últimamente mi salud ya no es tan resistente como solía, he pensado que sería una buena idea aprovechar para hacerte una visita y reponer las fuerzas perdidas gracias a tus habilidades culinarias y a tus creativas y deliciosas pócimas. Disfrutaremos de volver a estar juntas, recordaremos viejos tiempos y recuperaremos algo de estos últimos años de forzosa separación. No dudes que aprovecharé para ponerte al día de los últimos cotilleos del aquelarre.
Con cariño.
Tu hermana: Merle.”
Marla abandonó la lupa y la misiva con gesto de desaliento sobre la mesa. Se sorprendió de que una nota tan breve fuese capaz de anunciar un trastorno semejante en su apacible existencia. ¡Merle! ¡De visita! ¡Con la sana intención, además, de prolongarla el tiempo necesario para recuperar su salud, según decía! Conociendo a la interfecta, la anciana dudaba mucho que esa fuera la auténtica razón por la que hubiese decidido presentarse, de improviso, después de tantos años. De algo sí estaba segura: si estuviese enferma de veras no lo habría reflejado tan abiertamente en la carta. Aún así cabía la posibilidad de que le diese un infarto cuando descubriese en lo que se había convertido su vida. Eso casi sería una suerte, de esa forma se aseguraba de que la estancia iba a ser breve y poco problemática. La otra opción era que ella misma sufriese una embolia tras tenerla allí unos días. Había un mensaje entre líneas: los “cotilleos” a los que hacía referencia seguro que escondían el verdadero motivo de su visita.
Marla tembló ante la perspectiva de convivir de nuevo con su hermana. ¿Acaso no habían pasado suficientes años juntas durante su formación como para escarmentar con la experiencia? Sin embargo no había forma de escabullirse: si a Merle se le metía una idea en la cabeza, Marla sabía de sobra que no existían en el mundo argumentos suficientes para hacerla cambiar de opinión. Su ambiciosa hermana no comprendería que viviese feliz y tranquila en la compañía de un gato y una Bruja Blanca que no sabía hacer magia. Si llegara a enterarse, siquiera por descuido, de que la susodicha Bruja se debía a un error propio y que, en realidad, debería de haber sido su aprendiz, Merle era muy capaz de denunciarla ante el Aquelarre y acusarla de traición. Todo dependería de sus intereses y del estado de sus relaciones con el resto del grupo en esos momentos. No es que Marla tuviese mucho que perder, a fin de cuentas ya había renunciado a su Magia aunque nunca se sabía el tipo de castigo que se les ocurriría a las altas esferas. Si decidían que sirviese de ejemplo y escarmiento para otros, la cosa podría ponerse muy fea. Su rostro palideció ante el panorama desolador que se le presentaba y sus manos temblaron mientras arrugaba, inconscientemente, el papel de la fatídica nota.
Tan preocupada estaba, tan hundida en sus negros pensamientos, que se olvidó de que había dejado la comida al fuego. El cazo empezó a humear. El sabroso aroma fue sustituido por penetrante olor a quemado. Aquello espabiló a Orión, que se acercó a avisarla.
-¡Marla! ¡Se quema la comida!
Marla no pareció oírle. Continuó sentada inmóvil, en estado de estupor, pálida y sudorosa, inmersa en una espiral de negros presagios. No presentaba muy buen aspecto. ¿Y si le pasaba algo a la anciana?, se alarmó Orión. Era excepcional que se distrajera con la comida y la falta de reacción ante su aviso resultaba de lo más extraño. El felino salió a buscar a Paloma que, recostada bajo un árbol, estudiaba el libro de hechizos con toda la aplicación que le permitía la soleada mañana. Al sentir la sombra del gato sobre su rostro entreabrió los ojos.
- Marla se ha olvidado la comida en la lumbre y no parece oírme. ¡Hoy no comemos! – Le notificó el animal con un chillido y la mirada espantada.
La joven acudió a la cabaña con presteza. Retiró el cazo del fuego para evitar que la casa saliese ardiendo y se acercó a la anciana, que no hacía más que mirar y estrujar un papel que tenía en sus manos. Al arrebatárselo para leerlo sintió un pinchazo en los dedos que le hizo sacudir el brazo con brusquedad y soltar el mensaje. Su gesto hizo reaccionar a Marla que levantó los ojos y se percató de la mirada de preocupación de sus compañeros y del brillante sarpullido en la piel de la joven.
- Mi hermana Merle viene de visita - comentó.
- ¿Tu hermana? - se extrañó Paloma, olvidando por un momento el creciente picor en su cuerpo - No sabía que tenías una hermana, ni tampoco que las brujas pudiesen tenerlas. ¿No naciste de un huevo de cuervo?
- Es mi gemela. El huevo del que nacimos era excepcional: tenía dos yemas. Por lo tanto soy de las pocas brujas que tienen familia consanguínea.
- ¿Qué me pasa? Me escuece hasta el pelo – preguntó Paloma, picada no sólo por la curiosidad mientras se sacudía para rascarse. Cambió rápidamente de idea: el movimiento exacerbaba los pinchazos y hasta el roce del vestido le resultaba doloroso.
- Es por tocar el papel del Aquelarre. No te preocupes, es un tóxico bastante irritante pero nada más. Se te pasará pronto – le aseguró. - Te untaré un poco de aceite de linaza para calmar el picor.
Marla se levantó y se acercó a la alacena donde guardaba su colección de hierbas. Escogió una bonita ánfora de aire antiguo y derramó unas gotas de su contenido en un cuenco. Lo rebajó con aceite de oliva y le ordenó a Paloma que sumergiese en él las manos, sin sacarlas, hasta que se hubiesen normalizado. Al o es que el gato supusiese una ayuda, al contrario: el minino disfrutaba del espectáculo que le brindaban las acrobacias y los apuros de la joven a la que contemplaba sin que su pellejo corriese peligro. Al obedecer la joven se sintió tentada de retirarlas. Miró a Marla pero esta no se compadeció de su sufrimiento.
- Espera - insistió.
La reacción inicial del veneno con el ungüento hacía parecer peor el remedió que la enfermedad pero, tras el primer momento de pánico, noto cómo la inflamación bajaba. Poco a poco, la sensación se extendió hacia los brazos. Marla cortó una hoja de un cactus, la abrió y le indicó que se frotase con ella por el resto del cuerpo.
- Estábamos con tu hermana, ¿cómo es?- Indagó Orión.
- Al ser gemelas, Merle se asemeja físicamente a mí, somos prácticamente idénticas salvo que ella es algo más gruesa y bastante más fuerte. Siempre le ha gustado llevar la voz cantante - suspiró Marla. - La quiero mucho, de verdad, aunque reconozco que seguramente se deba más a algún tipo de instinto entre hermanas que porque ella haya hecho algo para merecerlo o haya demostrado su cariño hacia mí. Es más fácil sobrellevarla a distancia que cuando estamos juntas. De sólo pensar en aquellos tiempos de confraternidad me entran sudores.
- Cuéntanos - le pidieron Orión y Paloma, que seguía dándose fricciones con la gelatina del aloe como si pretendiera pulirse la piel con ella.
(Ya sabéis, continúa en el enlace, y también está disponible en papel)
sábado, 14 de noviembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Fiebre lectora
Llevo una temporada en que lo que me apetece es devorar libros, es una fiebre irresistible, un ansia que me obliga a recostarme en el sofá y a pasarme horas y horas sumida en las historias. A eso es a lo que últimamente dedico mi tiempo libre, a terminar un libro para empezar otro, y si uno no me convence, lo dejo sin remordimientos para entregarme a otro que sí lo haga.
El otro día House me preguntó cuál era el mejor libro que había leído este año. No es fácil escoger uno, así de repente, pero le respondí que probablemente fuese el de "Los Buddenbrok" de Thomas Mann, que ambos leímos durante las vacaciones. La historia, que el Sr. Mann escribió a la tierna edad de 25 años y le hizo merecedor del Nobel, es una joya. Aunque es un libro largo, no resulta en absoluto pesado, es fácil identificarse con los personajes y engancharse al devenir de sus vidas. Podía haber escogido alguno de los de Doctorow, sin duda "La gran marcha" es digno de un lugar de honor. El último que me he leído de este autor es, precisamente, el primero que escribió, una novela del oeste nada edulcorada y con una gran fuerza psicológica, "Welcome to Hard Times". Tremenda.
Otro gran libro de lectura reciente, préstamo en este caso de la Señora, es el de "La familia Karnowsky". Al igual que los Buddenbrok es una saga familiar, en este caso tres generaciones de una familia judía, ambientada primero en Alemania y luego en Nueva York durante la complicada primera mitad del siglo XX. El autor, Israel Yehoshua Singer, es hermano del premio novel Isaac Bashevis Singer, que no conocía. Decidí poner remedio a esa situación y me decanté por una colección fantástica de sus cuentos. La Señora me dejó su novela, El esclavo, que no me gustó tanto como sus relatos.
Otro autor que ha caído últimamente en mis manos ha sido Padura. Ya comenté en su momento que el primer libro suyo que leí, me enamoró. Se trataba de "La neblina del ayer", de la serie del detective Mario Conde, y eso a pesar de que la novela negra no se cuenta entre mis preferencias. Padura tiene una forma muy personal de enlazar historias y épocas, y sus saltos en el tiempo añaden encanto a la trama. Esa característica se muestra muy bien en "La novela de mi vida", centrada en la figura del poeta cubano José Mª Heredia."Pasado perfecto" la primera novela de la serie del Conde me pareció más floja y lo mismo me ocurrió con "Adiós, Hemingway", ambas se centran más en la investigación, con menos trasfondo histórico. "Herejes" por el que recibió el premio Princesa de Asturias, es un novelón que nos lleva al taller de Rembrandt. A esa misma categoría pertenece "El hombre que amaba a los perros", una recreación del asesinato de Trotski en donde se resume la situación política del mundo, y del comunismo, en esa época.
Murakami también se ha hecho un hueco en la estantería de casa. A House le gusta mucho y "Al sur de la frontera, al oeste del sol" nos acompañó a la playa. A la vuelta de vacaciones, para hacer el regreso menos traumático, le regalé la "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", con una trama algo onírica y bastante original, por otro lado típica de Murakami, que es el último libro que he terminado.
Para libro raro el de "American Gods" de Neil Gaiman. La historia del enfrentamiento de los dioses del viejo mundo frente a los tecnológicos de nueva aparición no me convenció, la trama se me hizo lenta y a ratos pesada, no tanto como para abandonar pero tentada estuve en más de una ocasión. Un cuento de Gaiman, mucho más corto y que también me gustó mucho más, fue el de "Fortunately, the milk". Nunca salir a por leche fue tan emocionante: piratas, volcanes, naves espaciales, globos...
Por un paseo por el Corte Inglés descubrí La evolución Calpurnia Tate, una niña de 11 años más interesada en la ciencia y en la teoría de la evolución de Darwin que en lo que los demás consideran las labores propias de su sexo. Su día a día, sus inquietudes y sus reflexiones las plasma en un cuaderno y en el texto escrito en primera persona. Es un libro amable y muy entretenido.. ¿Medalla Newbery? Con esa recomendación me bastaba. Otra de las medallas Newbery recientes fue la de Moon over Manifest (traducida como "Un destino por descubrir"). Abilene, la protagonista, descubre poco a poco, a través de unas viejas cartas, unos objetos y muchos recuerdos, el pasado del pueblo de Manifest y su relación con el presente. Es una buena historia y, tan bien narrada, que busqué más libros de su autora, Clare Vanderpool. Así di con "Navigating Early" que, con su singular interpretación del número Pi, tampoco me defraudó.
Hablando de premios, el US National book award se otorgó hace un par de años a una novela juvenil, "Las hermanas Penderwick", la historia de cuatro hermanas que, salvo por eso, no tiene nada que ver con Mujercitas. Las Penderwick aún son niñas y sus aventuras son infantiles, inocentes y muy divertidas. Lo mejor es que la historia no termina ahí y las continuaciones no pierden nada del encanto del primer libro.
Aún ha habido más, muchos más, algunos, a pesar de haberlos terminado, no merece la pena ni mentarlos. A veces un libro conduce a otro y no recuerdo cual fue el que me llevó a la deliciosa comedia de enredo de Erich Kastner "Tres hombres en la nieve". Tuve que comprarlo de segunda mano porque está descatalogado pero me alegro de haberlo encontrado, es de esos libros que dejan buen sabor de boca. ¿Más recomendaciones? Para los aficionados a Agatha Christie y a los Whodonit bien contados sí que conviene mencionar a James Anderson, que descubrí gracias a las ofertas de kindle, leerle es casi como jugar al Cluedo: asesinatos en una mansión señorial y una investigación policial digna del mejor Poirot. Un descubrimiento, gracias a las ofertas del Kindle Flas, fue el libro de Isaac Pachón, una colección de relatos titulada "Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café", muy interesante y muy bien escrito. Para los amantes de los clásicos, nada como alejarse del mundanal ruido e ir a la campiña inglesa de Thomas Hardy.
Quien desee retomar los cuentos de infancia recomendar las dulces historias de Eva Ibbotson y, sobre todo, las obras maestras de William Steig (estas para todas las edades). Imperdibles "La isla de Abel" y "Dominic". "Charlotte sometimes", casi un clásico, sobre dos niñas que amanecen en distintas épocas, me resultó muy entretenido. De viajes en el tiempo también van "The moondial" y el más histórico "A traveller in time" que nos conduce hasta la mismísima María Estuardo. En temas de magia, los aficionados a Harry Potter no se arrepentirán cuando conozcan a Angie Sage; su saga de Septimus y la actual de TodHunter son absolutamente geniales, me parecen mucho mejores que la del personaje de Rowling y no me canso de recomendarlas.
El otro día House me preguntó cuál era el mejor libro que había leído este año. No es fácil escoger uno, así de repente, pero le respondí que probablemente fuese el de "Los Buddenbrok" de Thomas Mann, que ambos leímos durante las vacaciones. La historia, que el Sr. Mann escribió a la tierna edad de 25 años y le hizo merecedor del Nobel, es una joya. Aunque es un libro largo, no resulta en absoluto pesado, es fácil identificarse con los personajes y engancharse al devenir de sus vidas. Podía haber escogido alguno de los de Doctorow, sin duda "La gran marcha" es digno de un lugar de honor. El último que me he leído de este autor es, precisamente, el primero que escribió, una novela del oeste nada edulcorada y con una gran fuerza psicológica, "Welcome to Hard Times". Tremenda.
Otro gran libro de lectura reciente, préstamo en este caso de la Señora, es el de "La familia Karnowsky". Al igual que los Buddenbrok es una saga familiar, en este caso tres generaciones de una familia judía, ambientada primero en Alemania y luego en Nueva York durante la complicada primera mitad del siglo XX. El autor, Israel Yehoshua Singer, es hermano del premio novel Isaac Bashevis Singer, que no conocía. Decidí poner remedio a esa situación y me decanté por una colección fantástica de sus cuentos. La Señora me dejó su novela, El esclavo, que no me gustó tanto como sus relatos.
Otro autor que ha caído últimamente en mis manos ha sido Padura. Ya comenté en su momento que el primer libro suyo que leí, me enamoró. Se trataba de "La neblina del ayer", de la serie del detective Mario Conde, y eso a pesar de que la novela negra no se cuenta entre mis preferencias. Padura tiene una forma muy personal de enlazar historias y épocas, y sus saltos en el tiempo añaden encanto a la trama. Esa característica se muestra muy bien en "La novela de mi vida", centrada en la figura del poeta cubano José Mª Heredia."Pasado perfecto" la primera novela de la serie del Conde me pareció más floja y lo mismo me ocurrió con "Adiós, Hemingway", ambas se centran más en la investigación, con menos trasfondo histórico. "Herejes" por el que recibió el premio Princesa de Asturias, es un novelón que nos lleva al taller de Rembrandt. A esa misma categoría pertenece "El hombre que amaba a los perros", una recreación del asesinato de Trotski en donde se resume la situación política del mundo, y del comunismo, en esa época.
Murakami también se ha hecho un hueco en la estantería de casa. A House le gusta mucho y "Al sur de la frontera, al oeste del sol" nos acompañó a la playa. A la vuelta de vacaciones, para hacer el regreso menos traumático, le regalé la "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", con una trama algo onírica y bastante original, por otro lado típica de Murakami, que es el último libro que he terminado.
Para libro raro el de "American Gods" de Neil Gaiman. La historia del enfrentamiento de los dioses del viejo mundo frente a los tecnológicos de nueva aparición no me convenció, la trama se me hizo lenta y a ratos pesada, no tanto como para abandonar pero tentada estuve en más de una ocasión. Un cuento de Gaiman, mucho más corto y que también me gustó mucho más, fue el de "Fortunately, the milk". Nunca salir a por leche fue tan emocionante: piratas, volcanes, naves espaciales, globos...
Por un paseo por el Corte Inglés descubrí La evolución Calpurnia Tate, una niña de 11 años más interesada en la ciencia y en la teoría de la evolución de Darwin que en lo que los demás consideran las labores propias de su sexo. Su día a día, sus inquietudes y sus reflexiones las plasma en un cuaderno y en el texto escrito en primera persona. Es un libro amable y muy entretenido.. ¿Medalla Newbery? Con esa recomendación me bastaba. Otra de las medallas Newbery recientes fue la de Moon over Manifest (traducida como "Un destino por descubrir"). Abilene, la protagonista, descubre poco a poco, a través de unas viejas cartas, unos objetos y muchos recuerdos, el pasado del pueblo de Manifest y su relación con el presente. Es una buena historia y, tan bien narrada, que busqué más libros de su autora, Clare Vanderpool. Así di con "Navigating Early" que, con su singular interpretación del número Pi, tampoco me defraudó.
Hablando de premios, el US National book award se otorgó hace un par de años a una novela juvenil, "Las hermanas Penderwick", la historia de cuatro hermanas que, salvo por eso, no tiene nada que ver con Mujercitas. Las Penderwick aún son niñas y sus aventuras son infantiles, inocentes y muy divertidas. Lo mejor es que la historia no termina ahí y las continuaciones no pierden nada del encanto del primer libro.
Aún ha habido más, muchos más, algunos, a pesar de haberlos terminado, no merece la pena ni mentarlos. A veces un libro conduce a otro y no recuerdo cual fue el que me llevó a la deliciosa comedia de enredo de Erich Kastner "Tres hombres en la nieve". Tuve que comprarlo de segunda mano porque está descatalogado pero me alegro de haberlo encontrado, es de esos libros que dejan buen sabor de boca. ¿Más recomendaciones? Para los aficionados a Agatha Christie y a los Whodonit bien contados sí que conviene mencionar a James Anderson, que descubrí gracias a las ofertas de kindle, leerle es casi como jugar al Cluedo: asesinatos en una mansión señorial y una investigación policial digna del mejor Poirot. Un descubrimiento, gracias a las ofertas del Kindle Flas, fue el libro de Isaac Pachón, una colección de relatos titulada "Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café", muy interesante y muy bien escrito. Para los amantes de los clásicos, nada como alejarse del mundanal ruido e ir a la campiña inglesa de Thomas Hardy.
Quien desee retomar los cuentos de infancia recomendar las dulces historias de Eva Ibbotson y, sobre todo, las obras maestras de William Steig (estas para todas las edades). Imperdibles "La isla de Abel" y "Dominic". "Charlotte sometimes", casi un clásico, sobre dos niñas que amanecen en distintas épocas, me resultó muy entretenido. De viajes en el tiempo también van "The moondial" y el más histórico "A traveller in time" que nos conduce hasta la mismísima María Estuardo. En temas de magia, los aficionados a Harry Potter no se arrepentirán cuando conozcan a Angie Sage; su saga de Septimus y la actual de TodHunter son absolutamente geniales, me parecen mucho mejores que la del personaje de Rowling y no me canso de recomendarlas.
domingo, 8 de noviembre de 2015
Niña de domingo
Monday's child is fair of face,
Tuesday's child is full of grace,
Wednesday's child is full of woe,
Thursday's child has far to go,
Friday's child is loving and giving,
Saturday's child works hard for a living,
But the child who is born on the Sabbath day
Is fair and wise and good in every way.
Yo fui una niña de domingo, no me enteré hasta mucho después que los niños de domingo son especiales, y eso fue a raíz de una película de Daniel Bergman basada en una historia escrita por su padre, Ingmar Bergman. Lógicamente me encantó la idea, aunque la premisa de que a cada día le corresponda un don no tenga ninguna lógica, no obstante... ¿a quién no le gusta sentirse especial? Mi nueva sobrina también se ha esperado a un domingo para aparecer por el mundo (además de a la oportuna llegada de su abuela). Bienvenida princesita. ¡Quién fuese un hada madrina para hacer cumplir la rima!
Por si no basta con la película y el verso, ¡también hay una canción sobre los niños de domingo!
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