Este post también se podría titular ¿le interesa a alguien una historia sobre un tapón de cera? Al parecer al Catedrático sí y es el culpable de que esto esté aquí. En fin, dicen que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta...
Hace unas semanas me llamó la Señora para preguntarme cuándo sería buena fecha para que viniesen los titos a la consulta. El problema era que a la tita le habían quitado un tapón de cera en su Centro de Salud y la operación había resultado algo traumática. Con el primer jeringazo de agua había sangrado así que, no contentos con el resultado, decidieron meterle un segundo jeringazo, esta vez con agua oxigenada, para solucionarlo. La tita vio las estrellas, todas, desde el Big Bang. El oído es muy sensible, la piel del conducto no tiene tejido subcutáneo y está pegada al cartílago y al hueso, por eso cuando se lesiona o se inflama duele mucho. No es de extrañar que a mi tía no le apeteciese regresar a una revisión. Lo de menos era el viaje a Madrid, si había que tocarle los oídos, mejor que lo hiciera su sobrina.
Salvo en vacaciones, suelo estar en el hospital todas las mañanas, así que le dije a mi madre que cualquier día era bueno, el día de quirófano siempre es más complicado, pero incluso ahí, entre paciente y paciente, se puede sacar un hueco. Optaron por venir un día de consulta, así todo era más fácil.
Llegaron a media mañana acompañados de una caja de dulces de Guarromán (alemanes de hojaldre y crema y sultanas de coco que en Guarromán hacen como nadie, una nube jugosa de merengue, azúcar y coco natural que es puro maná). Senté a mi tía en el sillón de exploración y le miré el oído con el microscopio. Salvo restos de costra, estaba todo en orden.
La Señora también quería que le mirase una cosa del cuello, así que fue la siguiente. Para no ser menos, mi tío me pidió que, ya puestos, por qué no le echaba un ojo también a él. Lo senté y descubrí, no sin sorpresa, unos hermosísimos tapones en sus oídos, duros y al fondo del conducto, unos tapones para poner a prueba la habilidad de cualquier otorrino. ¿No había notado que no oía bien? Pues no, la audición no le preocupaba, aunque en un reciente viaje en avión, los oídos le habían dado un poco de guerra. Lo raro es que no le hubiesen dado más, aquello se presentaba como una auténtica batalla. Esos tapones no iban a salir con un jeringazo y para evitar heridas tendría que sacarlos poco a poco, con tanto cuidado como paciencia (entre las prácticas de la Medicina está el entrenar la paciencia).
Lo primero es hacer hueco para introducir el instrumental, aunque sea una fisura, y para eso hay que despegar la cera de la piel, eso sí, sin rozarla. Una de las armas de las que me valgo para extraer el cerumen más pegado es el spray de anestesia que, no solo duerme el conducto, sino que tiene la virtud añadida de ablandar y fragmentar la cera. A veces la limpieza de oídos es casi una cirugía, es un procedimiento por etapas: spray, espera (para que haga efecto), aspiración (para sacar el líquido y un poco del tapón) y pinza o ganchito (para tirar de lo que se deje) y repetir, repetir y repetir hasta limpiarlo todo. El aspirador en el oído hace un ruido infernal y conviene avisarlo. La anestesia no hace efecto por detrás del tapón, así que hay que pulverizar y esperar cada vez. Cuánto más cerca del tímpano, más duele, pero menos conviene que se mueva el paciente. Por si esto fuera poco, tanto la anestesia como el cambio de presiones pueden provocar mareo, e incluso vértigo, y eso de que la habitación gire es toda una experiencia que nadie desea repetir.
Una vez limpio el primer oído, sin incidencias reseñables, miro el otro. ¡Está aún peor! El tapón no deja ni un resquicio por donde empezar la manipulación. Lo rocío bien con el spray. La mayoría de los conductos de adulto hacen un recodo que obliga a sacar por trozos el cerumen acumulado más allá, y que con frecuencia se atasca en ese cuello de botella. El del tito no es una excepción. Está bien metido y detrás de cada pedacito sigo sin ver la luz (el brillo del tímpano). Una parte ha hecho un bloque como una piedra de duro que se ha acomodado en el recoveco de la curva y se resiste a salir de allí. Cuando sucede eso, sacarlo es como un parto, sin posibilidad de cesárea. Aspirador, ganchito, pinzas, otoscopio... Parece que sale, ¡no!, se atasca, faltan manos, cambio de instrumento y el monolito aprovecha para soltarse y volver a su sitio, al fondo, junto al tímpano. Con algunos tapones se suda, con el del tito no llego a esos extremos aunque puede que se deba a que en la calle hace un frío que pela y la temperatura de la consulta pide un jersey. En uno de los giros, consigo enganchar el trozo, aplico la maniobra del sacacorchos, tirar y girar, sin movimientos bruscos, y ¡al fin! lo extraigo todo.
Si antes de empezar me hacía falta glucosa, al terminar me lanzo a la caja de dulces y cojo una sultana. La parto con mi auxiliar, que le hace la misma o más falta que a mí. La pobre ha estado a mi lado, a pie quieto, pendiente de mis movimientos para ponerme en la mano el instrumental. ¡Pobre!, al menos yo opero sentada.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
martes, 16 de enero de 2018
domingo, 14 de enero de 2018
Un contrincante de peluche
-No te puedes poner ese abrigo, me dice House, está asqueroso.House no se anda con eufemismos, pero reconozco que no le falta razón: mi pobre abrigo de peluche blanco parece gris (incluso negro por zonas). Sé que un abrigo blanco, alegaré que en realidad no es un blanco puro sino un blanco roto, no sé si llamarlo crema o marfil, no es lo más práctico del mundo, pero lo vi y me enamoró; era tan bonito y suave que no pude resistirme a comprarlo. Es de las pocas cosas que he amortizado de sobra porque, además de precioso, es cómodo y calentito. Se convirtió en mi abrigo de diario. Por supuesto, después del trote del pasado invierno y del inicio de este, de un uso y abuso sin demasiados cuidados ni miramientos, el pobre pedía ir al tinte a gritos.
Decidí hacer caso tanto de House como de los gritos lastimosos de mi abrigo y llevarlo a la tintorería sin más demora. Sin embargo, el principio de las lluvias y una ola de frío polar me mantuvieron alejada de la calle y el abrigo se quedó conmigo en casa.
El comienzo de mis vacaciones podría haber sido el momento perfecto para llevar a cabo mis planes... si no los hubiese cambiado. Después de consultar internet (ese pozo de ciencia que parece tener respuesta a todas las dudas) decidí que ¿por qué no probar a lavarlo en casa? No debía de ser difícil, era cuestión de ponerlo en el programa delicado de la lavadora.
Nuestra lavadora tiene casi 20 años, el folleto de instrucciones se perdió hace tiempo y hay símbolos que no sé lo que significan (y ni siquiera internet ha sido capaz de darme la clave). Habitualmente se ocupa de ella la asistenta, pero esta vez no andaba cerca. Aún así, el programa de lana, con su ovillo dibujado, no planteaba muchas dudas. Metí el abrigo, un anorak (para aprovechar bien el ciclo) y un par de pelotas de tenis, para que las prendas se conservaran mullidas, puse el jabón en el cajetín y pulsé el botón de encendido.
Un programa delicado engaña, parece breve en la rueda, pero la longitud reducida del arco no significa que sea corto; es delicado porque los movimientos son lentos, mucho más lentos... Un par de horas después, al fin, oí el click del final y me dispuse a sacar las prendas para colgarlas. ¡Ay! ¿Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que el tambor estaba lleno de espuma? Resulta que el programa delicado tarda más, pero necesita menos detergente. ¿Qué podía hacer? Por supuesto, consultar internet. La respuesta no fue otra que repetir el lavado (sin jabón) y añadir suavizante en el aclarado, (una cosa que he aprendido es que el suavizante ayuda a barrer la espuma).
Otro par de horas más tarde, saqué las prendas. Colgué el anorak en el baño mientras pensaba qué demonios hacer con el peluche que, después de dos lavados, más que un abrigo parecía el pellejo recién esquilado de una oveja a la intemperie. Aquello era una maraña de lana mojada. Agarré el secador y un cepillo de gatos (aclararé que no tenemos gato, el cepillo lo compré el año pasado, por recomendación de hermanísima, para su uso en el abrigo en cuestión) y me dispuse a peinarlo, eso sí, con aire frío en el secador porque con el calor las fibras sintéticas se derriten (esto ya lo había descubierto antes de leerlo en internet al poner en práctica otro truco: la manera rápida de esterilizar de gérmenes una bayeta (humedecerla y meterla dos minutos en el microondas); tonta de mí lo probé con una de mis bayetas desmaquillantes y no sé si tendría microbios después del proceso, lo que sí sé es que la microfibra, tan suave antes, casi como de terciopelo, no volvió a ser la misma).
Peiné el pelo en todos los sentidos mientras lo aireaba con el secador. Aquí el verbo secar resulta demasiado optimista incluso para mí, para aplicarlo el nivel de humedad de la prenda debe cambiar y eso no sucedió. Poco a poco el pelo recuperó un aspecto medio presentable, suficiente para devolverme mi optimismo y pensar que ese método podría funcionar. Comprobé que, a pesar de la mejoría, era preciso insistir. Cuando House llegó al mediodía del hospital me encontró descansando de aquella tarea y montando el jamonero (que acababan de traer de amazon) para darle una sorpresa. Supongo que habría logrado sorprenderle si hubiese contado con la llave adecuada para los tornillos, pero en nuestra caja de herramientas justo faltaba la del número necesario (es ley de Murphy) y tuve que ingeniármelas con una tenaza de manualidades (una de las herramientas más útiles que existen, sirve casi para todo, desde arreglar una ducha, hasta de porta para dar puntos). Toda orgullosa, mientras él terminaba con las labores de bricolaje, le enseñé mi abrigo. No me felicitó por mi trabajo, no, tan solo dijo: "Sigue sucio". "¡Oh, no!, protesté, es solo que aún está húmedo".
jueves, 11 de enero de 2018
Hablar y socializar
Hablo, hablo y hablo. Hablo hasta aturdir a los pacientes y cuando estoy nerviosa hablo hasta aturdirme a mí misma. Me pongo nerviosa cuando tengo que socializar. Al contrario que mis hermanos, nunca me he caracterizado por mis habilidades sociales. Hermanísima siempre gozaba de gran éxito en las reuniones y debí de concluir que el secreto estaba en que nunca callaba, ni debajo del agua (doy fe, si te estaba contando una historia daba igual que fuese en la bañera o en la piscina). No callaba ni dormida ni en el colegio, la profesora la sacaba al pasillo y era capaz de conversar con las paredes. Cuando me esfuerzo por resultar sociable la imito y hablo, y ya me han dicho que hablo mucho, supongo que demasiado, así que no parece que mi charla interese a nadie, aunque en general a la gente le interesa poco escuchar a los demás, salvo para oír halagos. En una defensa pueril de mi verborrea alegaré que mi familia habla aún más.
A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).
Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además, tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.
Seguramente no refiriese tantos datos científicos como fuera deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados. La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.
Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.
A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).
Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además, tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.
Seguramente no refiriese tantos datos científicos como fuera deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados. La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.
Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Un verdadero héroe
A pesar de no ser pediatra, muchos de mis pacientes son niños, ya se sabe que los catarros y los mocos están a la orden del día en la infancia y que, aunque con frecuencia no tienen más repercusión, a veces sí son un problema.
Si un médico posee de por sí el instinto de cuidar de sus pacientes, en el caso de los pequeños es algo que se agudiza. Ya he hablado en alguna entrada de algunos de mis niños. Hay infantes con los que se procura que el trago sea lo más breve posible, tanto para la criatura como para el médico, pero también hay verdaderos héroes que no solo no tienen miedo, sino que además están dispuestos a colaborar en todo lo posible. Son niños listos que saben que la intención del médico es curarles, no hacerles daño.
Tengo muchos pacientes valientes, los del Rendu, con sus hemorragias, son todo un ejemplo de entereza, pero quizá el más valiente de todos mis pacientes sea precisamente un niño de 5 años con nombre de campeón, Víctor. Cuando vino a verme la primera vez, era tan pequeño que tuve que derivarlo a otro centro para que lo trataran, así que ¿cuál no sería mi sorpresa cuando me lo encontré meses después en mi consulta sin que le hubiesen hecho nada? En ese intervalo, no había mejorado en absoluto y, aunque le operé enseguida, ya era tarde para prevenir secuelas: tenía los oídos perforados.
Este año, poco antes de irme de vacaciones, Víctor cogió una infección de oídos. Al principio parecía otra más, pero se vio que no, que en esta ocasión no mejoraba con los tratamientos habituales. Recaía y recaía mientras la maldita bacteria responsable se iba haciendo resistente a los distintos antibióticos, incluso a los no indicados para su edad. A mi vuelta de vacaciones solo nos quedaban alternativas por vena y el chiquillo aceptó estoicamente la decisión de ingresar, el caso era acabar con el maldito bicho.
No se quejó cuando las enfermeras le pincharon para cogerle la vía, su único comentario fue que era mejor no mirar. No se cansó de estar diez días en el hospital, le gustaba la escuela y el pequeño parque de juegos de pediatría. Según su abuela disfrutaba de estar todo el día en pijama, su prenda favorita. La infección parecía evolucionar bien y al terminar los 10 días de tratamiento le dimos el alta.
Sin embargo, el oído no tardó en supurar de nuevo. En el cultivo creció la misma bacteria. En Farmacia hospitalaria le prepararon unas gotas especiales, reforzadas, pero tampoco funcionaron. El oído echaba pus y más pus. ¿Qué hacer? Solo quedaba la opción del ingreso, de nuevo, y en esta ocasión durante algo más de tiempo para liquidar bien al villano. No obstante, para el pobre chiquillo, que se esforzó por hacer de tripas corazón, la noticia supuso todo un disgusto, otra temporada en el hospital, con las navidades encima, era un trauma. ¿Cómo arreglarlo?
Sin duda se merecía que intentáramos algo más. ¿Y si le poníamos el tratamiento en casa? Empecé a hacer planes, no diría que algo descabellados, y a correr por los pasillos para ponerlos en marcha, esto era algo que no podía solucionar yo sola (salvo que me mudase a casa del niño y ni siquiera a mí me parecía buena esa idea). Hablé con los diferentes servicios del hospital para saber si era posible y, con un poco de buena voluntad por parte de todos, vimos que era factible. Fuera del hospital contábamos con la colaboración de toda su familia (que aprendieron a manejar los sistemas de suero mejor que yo), de unos amigos médicos y de una vecina enfermera. Tenía que acudir un par de veces por semana a revisión, para mirar el oído, comprobar la vía y recoger el antibiótico. Víctor no se quejó en ningún momento, se dejaba explorar con el microscopio, limpiar el oído, coger los frotis y pinchar la vía sin protestar. Con el tratamiento los cultivos se negativizaron y el oído se secó en pocos días, aún así insistimos para asegurarnos de erradicar al monstruo. Ahora solo queda esperar y cruzar los dedos para que se mantenga y poder planificar cuanto antes el cierre de la dichosa perforación timpánica.
Si un médico posee de por sí el instinto de cuidar de sus pacientes, en el caso de los pequeños es algo que se agudiza. Ya he hablado en alguna entrada de algunos de mis niños. Hay infantes con los que se procura que el trago sea lo más breve posible, tanto para la criatura como para el médico, pero también hay verdaderos héroes que no solo no tienen miedo, sino que además están dispuestos a colaborar en todo lo posible. Son niños listos que saben que la intención del médico es curarles, no hacerles daño.
Tengo muchos pacientes valientes, los del Rendu, con sus hemorragias, son todo un ejemplo de entereza, pero quizá el más valiente de todos mis pacientes sea precisamente un niño de 5 años con nombre de campeón, Víctor. Cuando vino a verme la primera vez, era tan pequeño que tuve que derivarlo a otro centro para que lo trataran, así que ¿cuál no sería mi sorpresa cuando me lo encontré meses después en mi consulta sin que le hubiesen hecho nada? En ese intervalo, no había mejorado en absoluto y, aunque le operé enseguida, ya era tarde para prevenir secuelas: tenía los oídos perforados.
Este año, poco antes de irme de vacaciones, Víctor cogió una infección de oídos. Al principio parecía otra más, pero se vio que no, que en esta ocasión no mejoraba con los tratamientos habituales. Recaía y recaía mientras la maldita bacteria responsable se iba haciendo resistente a los distintos antibióticos, incluso a los no indicados para su edad. A mi vuelta de vacaciones solo nos quedaban alternativas por vena y el chiquillo aceptó estoicamente la decisión de ingresar, el caso era acabar con el maldito bicho.
No se quejó cuando las enfermeras le pincharon para cogerle la vía, su único comentario fue que era mejor no mirar. No se cansó de estar diez días en el hospital, le gustaba la escuela y el pequeño parque de juegos de pediatría. Según su abuela disfrutaba de estar todo el día en pijama, su prenda favorita. La infección parecía evolucionar bien y al terminar los 10 días de tratamiento le dimos el alta.
Sin embargo, el oído no tardó en supurar de nuevo. En el cultivo creció la misma bacteria. En Farmacia hospitalaria le prepararon unas gotas especiales, reforzadas, pero tampoco funcionaron. El oído echaba pus y más pus. ¿Qué hacer? Solo quedaba la opción del ingreso, de nuevo, y en esta ocasión durante algo más de tiempo para liquidar bien al villano. No obstante, para el pobre chiquillo, que se esforzó por hacer de tripas corazón, la noticia supuso todo un disgusto, otra temporada en el hospital, con las navidades encima, era un trauma. ¿Cómo arreglarlo?
Sin duda se merecía que intentáramos algo más. ¿Y si le poníamos el tratamiento en casa? Empecé a hacer planes, no diría que algo descabellados, y a correr por los pasillos para ponerlos en marcha, esto era algo que no podía solucionar yo sola (salvo que me mudase a casa del niño y ni siquiera a mí me parecía buena esa idea). Hablé con los diferentes servicios del hospital para saber si era posible y, con un poco de buena voluntad por parte de todos, vimos que era factible. Fuera del hospital contábamos con la colaboración de toda su familia (que aprendieron a manejar los sistemas de suero mejor que yo), de unos amigos médicos y de una vecina enfermera. Tenía que acudir un par de veces por semana a revisión, para mirar el oído, comprobar la vía y recoger el antibiótico. Víctor no se quejó en ningún momento, se dejaba explorar con el microscopio, limpiar el oído, coger los frotis y pinchar la vía sin protestar. Con el tratamiento los cultivos se negativizaron y el oído se secó en pocos días, aún así insistimos para asegurarnos de erradicar al monstruo. Ahora solo queda esperar y cruzar los dedos para que se mantenga y poder planificar cuanto antes el cierre de la dichosa perforación timpánica.
jueves, 27 de julio de 2017
Venecia
El tiempo retrocede en las calles; los pasos se detienen sobre el puente. El pretil retiene suspiros de nostalgia. La ciudad se refleja en los canales teñidos de oro por el sol del atardecer. Los palacios refulgen bajo el agua y, durante unos instantes, los salones sumergidos recuperan su esplendor. En las calles, las máscaras ocultan los rostros, buscan el incógnito. Es carnaval.
Una góndola se desliza sobre los recuerdos; la quilla negra rompe el reflejo. La Venecia barroca de antaño regresa al fondo de la laguna. Bajo el espejo del agua, las almas de la vieja Venecia acechan. Esa noche la ciudad les pertenece. Esperan que el sol se apague para volver a su hogar.
La orilla recoge las ondas doradas de la ciudad rota y devuelve los fragmentos al mar. Venecia se resiste a hundirse. La luna da pinceladas de plata y la imagen resurge en los canales en calma. La niebla se arrastra sobre la laguna, las sombras se ocultan bajo los pórticos, se cuelan por las ventanas abiertas, por las ranuras de las puertas. Una neblina opaca invade las plazas, rodea los brocados y las sedas y cubre las estrellas. Las góndolas negras se diluyen en las tinieblas.
Amparada por la bruma, surge la Venecia sumergida, la ciudad que nunca olvida. En los muros, los halos de los faroles se pierden tras la cortina de oscuridad, sin hendirla. Las olas suspiran y las voces enmudecen en la niebla. Las máscaras de luna esconden rostros de agua embozados en capas de oscuridad, mas no hay disfraz para el destino. Tras las esquinas se camuflan formas efímeras, fantasmales, visiones que huyen en el viento, entre murmullos misteriosos y risas apagadas, espectros que corren al encuentro del pasado para desaparecer en la penumbra.
Una góndola se desliza sobre los recuerdos; la quilla negra rompe el reflejo. La Venecia barroca de antaño regresa al fondo de la laguna. Bajo el espejo del agua, las almas de la vieja Venecia acechan. Esa noche la ciudad les pertenece. Esperan que el sol se apague para volver a su hogar.
La orilla recoge las ondas doradas de la ciudad rota y devuelve los fragmentos al mar. Venecia se resiste a hundirse. La luna da pinceladas de plata y la imagen resurge en los canales en calma. La niebla se arrastra sobre la laguna, las sombras se ocultan bajo los pórticos, se cuelan por las ventanas abiertas, por las ranuras de las puertas. Una neblina opaca invade las plazas, rodea los brocados y las sedas y cubre las estrellas. Las góndolas negras se diluyen en las tinieblas.
Amparada por la bruma, surge la Venecia sumergida, la ciudad que nunca olvida. En los muros, los halos de los faroles se pierden tras la cortina de oscuridad, sin hendirla. Las olas suspiran y las voces enmudecen en la niebla. Las máscaras de luna esconden rostros de agua embozados en capas de oscuridad, mas no hay disfraz para el destino. Tras las esquinas se camuflan formas efímeras, fantasmales, visiones que huyen en el viento, entre murmullos misteriosos y risas apagadas, espectros que corren al encuentro del pasado para desaparecer en la penumbra.
domingo, 16 de julio de 2017
Carmencita
CARMENCITA (Fado)
Letra: Frederico de Brito
Música: Pedro Rodrigues
Intérprete: Amália Rodrigues
Chamava-se Carmencita
A cigana mais bonita
Do que um sonho, uma visão
Diziam que era a cigana,
Mais linda da caravana,
Mas não tinha coração
Os afagos, os carinhos
Perdeu- os pelos caminhos
Sem nunca os ter conhecido
Anda buscando a aventura
Como quem anda a procura
De um grão de areia perdido
Numa noite , de luar,
Ouviram o galopar
De dois cavalos fugindo
Carmencita, linda graça
Renegando a sua raça,
Foi atrás de um sonho lindo
Com esta canção magoada
Se envolve no pó da estrada
Quando passa a caravana
Carmencita, carmencita
Se não fosses tão bonita,
Serias sempre cigana.
martes, 4 de julio de 2017
Visita del presidente
No sé cómo se presentará la mañana, hace unas semanas, el presidente de la Asociación de HHT me comentó que tenía intención de venir, también me avisaron algunos pacientes para este día y les dije que no había problema, así que me imagino que vendrán, aunque no he hablado con ellos recientemente.Entre las vacaciones y otras incidencias, estamos en cuadro. Además de las urgencias y los Rendu, me toca pasar planta. Voy a primera hora, tan temprano que algunos aún duermen, soy consciente de que el hospital mantiene unos horarios infernales para el descanso de los pacientes: medicaciones y mediciones casi en mitad de la noche y visitas médicas casi al amanecer (en invierno en plena noche), pero a veces no es posible hacerlo de otro modo, la otra opción es multiplicarse y aún no han dado con la fórmula. A pesar de la hora, a uno de mis enfermos ya se lo han bajado a diálisis, en el camino de vuelta me desviaré un poco para pasar a verle. Otro de mis operados se encuentra de maravilla, está sorprendido porque no le duele nada (el pobre lleva unas cuantas cirugías encima). No pensaba darle el alta, quería vigilarle un poco más, pero no parece haber mucho que vigilar y, a fin de cuentas se está mejor en casa; el hospital existe y ahí seguirá si alguien lo necesita.
Siempre hay gente de la casa para ver, a ellos o a algún familiar. Me encuentro con uno al volver a la consulta. Además aparecen pacientes de curas, pacientes de revisión sin cita, más recomendados... De momento, lo que no llegan son los Rendu, para muchos el viaje es largo. Decido aprovechar para acercarme de nuevo a la planta y llevarle las recetas al que se va de alta. No hago más que imprimirlas, cuando aparece el presidente con los primeros Rendu.
A partir de ahí, llegan todos los que esperaba y alguno más, se presentan uno tras otro. Aprovecho para que conozcan al presidente y hablen entre ellos en la sala, el compartir experiencias suele ser buena terapia y ameniza la espera. La tarea se acumula, hay urgencias, pacientes de planta y llamadas diversas. Invado la consulta de al lado, con la falta de personal está vacía, ya que no es posible estirar el tiempo, estiro el espacio y de ese me duplico en lo posible, al parecer la fórmula, que dista mucho de ser perfecta, es tener hueco y correr de un lado a otro, mejor con una sonrisa y sin quejarse de estrés (como me dice uno de mis pacientes mientras me ve volar). No obstante hay enfermos de los que no conviene separarse y hoy es el caso.
Son pocas las veces que no consigo infiltrar a un paciente, aún así lo intento y más de una vez el intento sale bien, aunque por desgracia no siempre y mi tentativa del día no tiene suerte. El paciente sangra tanto que no veo nada, imposible averiguar la zona de origen. Lo primero es cortar la sangre, o al menos disminuir el caño para distinguir algo, primero con algodones, con presión (motivo por el que no puedo irme lejos porque es mi mano la que aprieta su nariz y la periferia) y con tiempo. Nada funciona y al final no me queda más opción que taponar. Sin embargo no me rindo, quizá en un rato pueda volver a probar. Mientras hago tiempo, me dedico a otros pacientes, de vez en cuando relleno algún papel, aunque los informes son poco más que repeticiones de los anteriores, ¡bendito corta y pega! Si me siento ante el ordenador es porque la silla está en medio y me impide alcanzar la impresora con comodidad.
Un par de esclerosis más tarde, sin complicaciones, y alguna urgencia rápida, vuelvo a la carga con el enfermo de la hemorragia. A pesar de mi perseverancia, no obtengo más éxito, tengo que taponarle sin más dilación, no es cuestión de permitir que se desangre en la consulta. No sé si algo de lo que he conseguido infiltrar a ciegas de esclerosante le hará efecto tras unos días, pero es la opción que tengo, cruzar los dedos para que funcione y repetirlo entonces.
No he parado en toda la mañana y sin darme cuenta se acerca la hora del final de la jornada. De repente, me encuentro con que no me quedan más infiltraciones. ¿Qué hago? El trabajo en el hospital nunca se acaba. Tendría que pasarme por la urgencia para comprobar que no hay nada pendiente, pero antes decido acercarme a Farmacia para que las farmacólogas, que se han implicado tanto con estos enfermos que hasta han hecho un estudio sobre su calidad de vida y la eficacia del tratamiento, conozcan al presidente de la Asociación. El encuentro resulta muy prometedor, se perfilan los planes para publicar el estudio e intentar así generalizar la fabricación de la pomada de propanolol para la nariz en otros hospitales y algunas farmacias y también para hablar sobre la misma en la próxima reunión de la Asociación.
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