jueves, 6 de noviembre de 2014

El piropo

Manoli acababa de salir del colegio cuando llegó a nuestra casa. No obstante, para hermanísima y para mí, que la contemplábamos desde la perspectiva de nuestros 6 y 7 años respectivamente, sus 17 años la convertían en toda una adulta. No tardó en conquistarnos: era divertida, guapa, inteligente, trabajadora y siempre la recuerdo con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos y que la hacía brillar.

No estábamos deslumbradas por el cariño, su encanto era tan evidente que aprendí lo que era un piropo gracias a ella. Sucedió una mañana de esas de invierno vallisoletano en las que Manoli nos arrastraba a la escuela mientras nosotras oponíamos todo tipo de resistencia porque, con semejante frío, lo único que deseábamos era acurrucarnos en una esquina para guardar el escaso calor que aún conservábamos en el cuerpo. Ese día no había canciones, ni juegos, ni saltos, ni carreras, ni nada con lo que convencernos para avanzar. Hacía demasiado frío para moverse. La pobre tiraba de nosotras a dos manos y, cuando andábamos a la altura de Correos, a una manzana de casa, un hombre le comentó al pasar: "¡Quién fuera niño para ir contigo!" En ese momento no comprendí la intención de aquella frase. ¿De verdad deseaba aquel señor volver a la infancia para ser remolcado hasta el colegio por calles a bajo cero? Manoli nos lo explicó: Es un piropo, y muy bonito por cierto. Seguí sin entender, no conocía esa palabra, ¿piropo? ¿qué es eso? Pues un halago, una frase que un hombre le dice a una mujer para indicar que le gusta. ¡Ah!

Aquello nos distrajo y, con la curiosidad y el romanticismo de la situación, nos olvidamos del frío, no en vano se habla del calor de la pasión. Hermanísima, a la que nunca le ha faltado conversación, ni desparpajo, encontró un nuevo tema sobre el que preguntar y ahondar el resto del camino. A eso se dedico hasta llegar a la escuela: pretendía saber todos los piropos que Manoli había recibido a lo largo de su vida. Se mostró tan implacable que, en el proceso, le sacó todos los colores a la requebrada, no fuese a quedarse algún detalle en el tintero. ¿Y si se estaba fraguando un idilio delante de sus narices y se lo perdía? ¡Uff!, la mera idea era terrible.

Desde entonces, siempre que oigo un piropo, me viene a la memoria esta anécdota y coincido con Manoli en que el de aquel día es uno de los mejores cumplidos que he escuchado nunca.

martes, 4 de noviembre de 2014

Examen MIR

Me presenté al examen MIR al terminar la carrera. El que tuviese lugar en octubre me supuso olvidarme de las vacaciones de mi último año de estudiante y pasarme aquel primer verano de licenciada encerrada en la biblioteca del hospital. Quedarse en casa a estudiar resultaba demasiado duro: por la ventana entraban los gritos desde la piscina y resistirme a su llamada suponía demasiada resistencia, soy débil. Podía haber acudido a cualquier otra biblioteca pero conozco mis flaquezas y rodearme de todo tipo de libros era demasiada tentación. Habría leído, mucho sin duda, pero no lo que debía, los libros vencen mi buena voluntad. En la biblioteca del hospital no tenía más remedio que concentrarme en la medicina.

La mayoría de mis compañeros habían trabajado duro a lo largo del último curso y no sólo se habían dedicado a las asignaturas de rigor sino que también habían comenzado a estudiar el examen MIR. No es que yo fuese a contracorriente, me apunté a la academia con el resto, pero hasta ahí llegaban las semejanzas. Los demás iban a aquellas clases con todo repasado, revisado y las preguntas del test hechas. Cuando indico que las similitudes se acababan en mi asistencia me refiero exactamente a eso, sin más, en mi caso no había repasos ni tests. Eso sí, evitaba alardear de mi ignorancia y escuchaba las opiniones y las respuestas de los demás sin aspiraciones de protagonismo. Tenía la esperanza de que algo se alojase en mi mente vacía y receptiva.

¡Ah! ¡Es que te dedicaste al curso para terminar bien la carrera! ¡Ejem! Digamos que aún sufro de pesadillas en las que he de presentarme a un examen sin haber estudiado (y hasta sin conocer al profesor). En la Facultad los exámenes se acumulaban en una única semana de stress. Sí que es correcto asumir que en esa semana, y en la anterior, no me despegaba de los apuntes para nada.

En realidad consideraría que me estaba preparando para lo que me esperaba, aunque de una manera algo distinta a la de mis compañeros. Sabía el verano que tenía por delante y mi descanso durante el año escolar era para "tomar fuerzas". Luego, mi falta de costumbre de estudiar todos los días hizo necesario que descansase  también un día a la semana, según recomendaban en la Academia. A todo el mundo le pareció bien mi proceder y más de uno me envidiaba por ser capaz de hacerlo sin remordimientos (¡ay! si conociesen mis sueños).

Tanto estudio era agotador. A veces me quedaba dormida sobre el libro. Eran siestas cortas, de apoyar la cabeza y poco más, la incomodidad de la postura no invitaba a prolongarlas. Algunas tardes de sábados, harta de la monotonía, las empleé en hacer test de exámenes previos. Me encerraba y me examinaba. No suena atractivo pero, paradójicamente, resultó motivador. En mi primera tarde apenas aprobé, un aprobado raspón, traído por los pelos, pero aprobado. Me animé, no estaba tan verde como me imaginaba. En el segundo examen subí la friolera de 20 puntos (sobre 250) y en el tercero, y último, mi marca aumentó en otros 20. Con eso ya conseguía un buen puesto. Lo mejor de todo fue que en la prueba definitiva continúe con ese mismo ascenso.

Me presenté al examen convencida de que iba a aprobar, supongo que mi optimismo y mis ensayos me habían proporcionado seguridad. Nos encaminamos a las aulas asignadas y nos repartieron las diferentes versiones del test. Había preguntas imposibles, puestas para desanimar a cualquiera, otras eran sencillas, pero con truco, y te obligaban a comerte la cabeza antes de decantarte por una u otra opción. Por supuesto, cuanto más las pensabas, más posibilidades tenías de equivocarte.

Terminé muy pronto. El examen duraba cinco horas y me sobró más de una y media. Revisé mis respuestas, comprobé la plantilla por si había cometido algún error. ¿Estaban todas? Parecía que sí. Me seguía sobrando una hora. Miré a mi alrededor. Nadie se había levantado aún y, lo que era peor, nadie parecía tener intención de hacerlo. No tenía ganas de pasar allí el rato y sí de escapar cuanto antes. ¡Qué remedio!, me tocó ser la primera valiente.

La suerte estaba echada, sólo quedaba esperar. Los primeros días me sentía rara sin estudiar, le faltaba algo a mi rutina. Me marché de viaje, para desconectar y estar con amigos. Regresé a tiempo de ir a cotejar las respuestas al Ministerio. Me sorprendió descubrir que lo había hecho mucho mejor de lo que me esperaba. Ya sólo me quedaba elegir plaza.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Elegy - Animation by Nadine Takvorian



- ¡Ven, abrázame! ¿Recuerdas?
- No sé cómo. Tan sólo somos títeres.
- Sí, pero un títere no es un muñeco cualquiera: vivimos, contamos historias.
- Para hacerlo dependemos de unos hilos.
- Todas las vidas son hilos, caminos que se entrecruzan, que se enrollan y vuelven al mismo punto, que se rompen y se anudan, hilos sujetos a otros.
- No podemos liberarnos.
- Eso no nos diferencia. De los que pueden, son pocos los que lo intentan, otros ni siquiera lo desean. Casi nadie lo logra, siempre hay algo que te ata.
- ¿Por qué?
- Formamos parte de un todo.
- ¿Y cuándo alguien se va?
- Nunca se va por completo, deja ovillos de recuerdos que no se olvidan.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Proyección

Se define proyección como el "mecanismo de defensa a través del cual el individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo atribuyendo incorrectamente a los demás, sentimientos, impulsos o pensamientos propios, que le resultan inaceptables o que le generan negación." En resumen: consiste en asignar a los demás los defectos propios.

El mal pensado es así porque no puede evitar ser desconfiado por naturaleza, él mismo es un intrigante y espera lo mismo del resto. Sin embargo, aunque a veces uno se convierta en víctima de alguna de sus injustas acusaciones es mejor no contraatacar. Comparto lo que dice una de mis mejores amigas: no tenemos que iluminar al que le gusta ir por la vida con gafas oscuras. No hay mayor placer, al final del día, que haber sido fiel a uno mismo.

Cuando se toma una decisión es importante tener en cuenta que nunca se satisfará a todo el mundo. Hagas lo que hagas y cómo lo hagas siempre habrá alguien descontento. Te criticaran, te reprenderán, encontrarás quien te querrá guiar en la dirección correcta o el que pretenderá corregirte y hacer que cambies tu forma de actuar. Algunos te malinterpretarán e incluso te abrirán los ojos y desvelarán la intención oculta tras tus actos, y que tú hasta ese momento, pobre ingenua, desconocías. Tal revelación conlleva un disgusto aunque el motivo no es porque no se te haya ocurrido a ti aprovecharte de la situación, cuando era tan sencillo hacerlo, ni tampoco porque te hayan pillado en falta, sino porque descubres la opinión de otros sobre ti y la idea de que te crean culpable de semejante maquinación supone una sorpresa muy desagradable y una gran decepción.

De la desilusión se aprende. Solemos tomar como modelos a aquellos que admiramos y, tras superar el desengaño, lo que se refuerza es la propia independencia. Se ve claro lo que se puede esperar, se sabe que no se puede contar con ese apoyo. No obstante, no por una acusación injusta se cambia de proceder si se está convencido de lo que se hace. Así sólo actúan los borregos, los que por entrar dentro del rebaño son capaces de relegar sus ideales.

Por supuesto sé que así no llegaré lejos, aunque eso es relativo, depende del concepto de cada uno de llegar lejos. La vida es corta y hay que procurar ser feliz y disfrutarla y, por supuesto, compartir esa felicidad. Al que le moleste le recomiendo que siga el consejo de mi amiga y mire para otro lado. ¡Hay mucha más gente para criticar!

martes, 28 de octubre de 2014

Poema sobre los maestros de Gerardo Diego

Este poema de Gerardo Diego lo incluyó el Catedrático en su comentario de ayer y creo que les gustará a todos los maestros.  

Debiera hora deciros: —«Amigos,
muchas gracias», y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío,
y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu,
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y porque este mi discípulo,
que inmortalice mi nombre y mi apellido,
... sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos. 

Gerardo Diego