Recuerdos y un dilema de infancia de la Señora...
El hecho de que el día de san Andrés caiga en domingo me ha traído a la memoria imágenes muy lejanas que se remontan al primer san Andrés del que soy consciente.
Creo que tendría como unos cuatro o cinco años, porque estaba aprendiendo a leer y a escribir. La escuela a la que iba en Torrubia (una gran finca cercana a Linares) era una escuela unitaria, a la que asistíamos niños y niñas de entre cuatro y doce años aproximadamente, siendo un total de unos veinte. Los mayores se sentaban en pupitres mientras que los pequeños teníamos reservadas unas mesas bajitas cuadradas con unas sillitas, todo en un azul vivo muy agradable. Yo compartía una de esas mesitas con otra niña de mi edad y debíamos de ser las más pequeñas; como nos portábamos muy bien la profesora nos colocó en nuestra mesa una bola del mundo que daba vueltas y que pocas veces nos atrevíamos a tocar. La única aula que formaba la escuela era bastante grande y tenía una enorme cortina que dividía el recinto; ante esa cortina estaba situada la mesa de la profesora y una gran pizarra, que en muchas ocasiones se convertía en una especie de potro de tortura si era el alumno el que tenía que utilizarla.
Pero en el día al que me refiero no fue así. Fue doña Josefina, la profesora, que era teresiana, la que en un veintiocho o veintinueve de noviembre escribió en la parte superior de la pizarra con letras muy grandes y bonitas la palabra ADVIENTO y a continuación nos explicó lo que significaba el término, la preparación que suponía para la Navidad y cómo en esa preparación era conveniente algún sacrificio, aunque fuera pequeño. Era un tiempo que estaba a punto de empezar: el domingo 30.
Pienso que fue la preocupación que me invadió de pronto la que hizo que aquella situación quedara grabada en mi mente, porque reparé entonces en que ese primer domingo de Adviento coincidía con san Andrés, el santo de mi padre y el día en que mi casa se llenaba de bizcochos, rosquillos, tarta y todas las cosas ricas que hacía mi madre para invitar a la gente que iba y que tú tenías a tu alcance de modo abundante.Y el baile y la música. Aquello no casaba en absoluto con la idea del Adviento y el sacrificio.¡Menudo dilema! ¡Con las ganas que una esperaba este día!....
No sé cómo lo resolví. Hasta ahí no me llega la memoria. Sí recuerdo que días después hubo comentarios sobre lo extraordinaria y lo divertida que había sido la fiesta y lo rico que estaba todo.
Quizá me lo dieran resuelto........ porque creo que los pequeños nos tuvimos que acostar temprano.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
domingo, 30 de noviembre de 2014
sábado, 29 de noviembre de 2014
viernes, 28 de noviembre de 2014
Pastel cremoso de ciruelas y almendras
Los pasteles cremosos me recuerdan a la tarta de arroz de mi abuela, un bizcocho que al cocinarse creaba una base de crema mientras que la parte superior que se hinchaba y quedaba fina, ligera y aireada. Mi abuela no usaba nata ni mantequilla que sí llevan otros pasteles de arroz, muy ricos pero mucho más pesados, sino que ella empleaba tan sólo huevos, leche, azúcar y harina.
La receta de hoy es un poquito más elaborada, en realidad es una combinación entre el pastel de mi abuela y de la tarta de ciruelas del Café des Sources, de Ginebra, un bizcocho jugoso, y delicioso, elaborado con una mezcla de harina y almendras. Las ciruelas pueden sustituirse por pasas, higos, cerezas o albaricoques.
Pastel cremoso de ciruelas y almendras
Ingredientes:
150 gr. de harina
150 gr. de azúcar
30 gr. de almendra molida
4 huevos grandes
300 gr. de ciruelas (sin el hueso)
1 dl. de ron u otro licor (opcional).
un sobre de azúcar de vainilla
½ litro de leche entera
azúcar glass
Elaboración:
Precalentar el horno a 200º.
Untar bien con mantequilla una fuente de horno.
Mezclar la harina con la almendra en polvo
Batir los huevos, añadirles el azúcar y ponerlos en el centro de la harina.
Mezclar hasta obtener una masa homogénea. Incorporar la leche mezclando bien.
Añadir el azúcar de vainilla y el licor.
Colocar las ciruelas en el fondo de la fuente.
Cubrir con la crema.
Hornear durante 40 minutos.
Espolvorear con azúcar glass al servirlo.
La receta de hoy es un poquito más elaborada, en realidad es una combinación entre el pastel de mi abuela y de la tarta de ciruelas del Café des Sources, de Ginebra, un bizcocho jugoso, y delicioso, elaborado con una mezcla de harina y almendras. Las ciruelas pueden sustituirse por pasas, higos, cerezas o albaricoques.
Pastel cremoso de ciruelas y almendras
Ingredientes:
150 gr. de harina
150 gr. de azúcar
30 gr. de almendra molida
4 huevos grandes
300 gr. de ciruelas (sin el hueso)
1 dl. de ron u otro licor (opcional).
un sobre de azúcar de vainilla
½ litro de leche entera
azúcar glass
Elaboración:
Precalentar el horno a 200º.
Untar bien con mantequilla una fuente de horno.
Mezclar la harina con la almendra en polvo
Batir los huevos, añadirles el azúcar y ponerlos en el centro de la harina.
Mezclar hasta obtener una masa homogénea. Incorporar la leche mezclando bien.
Añadir el azúcar de vainilla y el licor.
Colocar las ciruelas en el fondo de la fuente.
Cubrir con la crema.
Hornear durante 40 minutos.
Espolvorear con azúcar glass al servirlo.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
De pesadilla
Quiero hacer tantas cosas antes de la sesión que me voy un poco antes al hospital. Estoy deseando que llegue la hora de quitarle el taponamiento a mi pobre niño. Después de dejar las cosas en la consulta e iniciar el ordenador, es la única manera de que esté listo en el momento de empezar la consulta, me encamino a la Rea. Antes tengo que detenerme un instante en laboratorio para sacarle las pegatinas de su analítica a sobrinísima, que vendrá a media mañana.
En la puerta de Rea me encuentro al padre de la criatura. El hombre está descompuesto.
- ¿Cómo está? - pregunto.
- Mal - me responde, casi no puede hablar. - Ahora te contarán.
Me quedo helada. Siento la piel de gallina, tengo un nudo en la garganta, otro en el estómago, me tiemblan las piernas y me escuecen los ojos. Entro a la Rea con pavor.
El residente está con el niño. Me cuenta lo sucedido.
- A la 1 de la madrugada se puso muy malito, no ventilaba. En la placa descubrimos que se le había colapsado el pulmón derecho. Tenía los bronquios llenos de moco y había hecho un tapón. Por suerte había una neumóloga de guardia y con el fibrobroncoscopio le limpió todo lo que pudo pero mejoró muy poco. Nos hemos pasado la noche encima de él.
Me marcho de la Rea como una sonámbula. Camino por los pasillos sin terminar de digerirlo. Me acerco a ver a mis otros operados de ayer. Ocuparme de algo suele ayudar. Una duerme, no la molesto. La otra está despierta y hablo un rato con ella, le pregunto cómo está, si oye mejor, si se encuentra mareada, si ha comido y ha ido al baño. Cuando salgo de la planta me dirijo de nuevo a la Rea.
El niño está con los padres. "Necesito una buena noticia" - me pide el padre. ¿Qué les puedo contar? No sirve decirles que yo también necesito una buena noticia. Toco el pecho del chiquillo. Me consuela comprobar que el pulmón derecho se eleva, aunque el moco crepite bajo mi mano. Hay un fonendo sobre la cama. Le ausculto. Oigo el aire que entra. Les digo que eso me parece una buena señal.
Subo al despacho. Al peque le van a repetir la placa por la mañana y no hago más que pensar en cómo estará, si habrá cambios, si ya habrá aire en ese pulmón. Antes de la consulta vuelvo a la Rea. Me acompañan dos de mis compañeras, ven que necesito apoyo moral. Los anestesistas están reunidos en sesión y hablan del crío. Me quedo para enterarme de las últimas noticias. Son buenas: la radiografía muestra que el pulmón se ha expandido y los gases en sangre han mejorado. Hablamos de retirar el taponamiento y de extubar al chiquitín en quirófano para más seguridad. Antes de irme les doy esperanzas a los padres, si yo estoy así me figuro cómo se sentirán ellos.
La consulta citada no me permite bajar al quirófano. No paro. Hermanísima me avisa de que ya han llegado y las llevo a la carrera a laboratorio. Allí las abandono para volver a la consulta. Por teléfono me mantienen informada. Todo se desarrolla despacio pero bien. No sangra. Respira. Se le puede extubar y despertar. ¡Qué alivio!
Al final de la mañana, en el primer hueco que tengo, me acerco a verle. Tiene cables pero ya no hay tubos. Se ha quedado dormido. El padre me cuenta que hace un momento le ha dicho que quería marcharse a casa. Están mucho más tranquilos, incluso agradecidos por la preocupación de todos. ¡Pobre criatura! Espero que sea el final de la pesadilla.
En la puerta de Rea me encuentro al padre de la criatura. El hombre está descompuesto.
- ¿Cómo está? - pregunto.
- Mal - me responde, casi no puede hablar. - Ahora te contarán.
Me quedo helada. Siento la piel de gallina, tengo un nudo en la garganta, otro en el estómago, me tiemblan las piernas y me escuecen los ojos. Entro a la Rea con pavor.
El residente está con el niño. Me cuenta lo sucedido.
- A la 1 de la madrugada se puso muy malito, no ventilaba. En la placa descubrimos que se le había colapsado el pulmón derecho. Tenía los bronquios llenos de moco y había hecho un tapón. Por suerte había una neumóloga de guardia y con el fibrobroncoscopio le limpió todo lo que pudo pero mejoró muy poco. Nos hemos pasado la noche encima de él.
Me marcho de la Rea como una sonámbula. Camino por los pasillos sin terminar de digerirlo. Me acerco a ver a mis otros operados de ayer. Ocuparme de algo suele ayudar. Una duerme, no la molesto. La otra está despierta y hablo un rato con ella, le pregunto cómo está, si oye mejor, si se encuentra mareada, si ha comido y ha ido al baño. Cuando salgo de la planta me dirijo de nuevo a la Rea.
El niño está con los padres. "Necesito una buena noticia" - me pide el padre. ¿Qué les puedo contar? No sirve decirles que yo también necesito una buena noticia. Toco el pecho del chiquillo. Me consuela comprobar que el pulmón derecho se eleva, aunque el moco crepite bajo mi mano. Hay un fonendo sobre la cama. Le ausculto. Oigo el aire que entra. Les digo que eso me parece una buena señal.
Subo al despacho. Al peque le van a repetir la placa por la mañana y no hago más que pensar en cómo estará, si habrá cambios, si ya habrá aire en ese pulmón. Antes de la consulta vuelvo a la Rea. Me acompañan dos de mis compañeras, ven que necesito apoyo moral. Los anestesistas están reunidos en sesión y hablan del crío. Me quedo para enterarme de las últimas noticias. Son buenas: la radiografía muestra que el pulmón se ha expandido y los gases en sangre han mejorado. Hablamos de retirar el taponamiento y de extubar al chiquitín en quirófano para más seguridad. Antes de irme les doy esperanzas a los padres, si yo estoy así me figuro cómo se sentirán ellos.
La consulta citada no me permite bajar al quirófano. No paro. Hermanísima me avisa de que ya han llegado y las llevo a la carrera a laboratorio. Allí las abandono para volver a la consulta. Por teléfono me mantienen informada. Todo se desarrolla despacio pero bien. No sangra. Respira. Se le puede extubar y despertar. ¡Qué alivio!
Al final de la mañana, en el primer hueco que tengo, me acerco a verle. Tiene cables pero ya no hay tubos. Se ha quedado dormido. El padre me cuenta que hace un momento le ha dicho que quería marcharse a casa. Están mucho más tranquilos, incluso agradecidos por la preocupación de todos. ¡Pobre criatura! Espero que sea el final de la pesadilla.
martes, 25 de noviembre de 2014
Tiempos de hemostasia
A primera hora acompaño al celador a recoger al primer niño del parte. Antes de llevarlo a quirófano me cercioro de que todo está bien: no tiene fiebre, ni tos, ni más mocos de los habituales. El pobre está asustado y muerto de sed, del hambre que tiene aún no se ha dado cuenta. Los padres están nerviosos aunque, por el bien del crío, intentan disimularlo.
En el antequirófano reviso la historia más a fondo. En la analítica me llaman la atención los tiempos de coagulación. Al anestesista le sucedió lo mismo y lo remitió al hematólogo que le repitió el estudio. Algunos factores están al límite pero, en opinión del hematólogo, eso no aumenta el riesgo de sangrado. Supongo que cuando uno está habituado a ver pacientes anticoagulados y discrasias sanguíneas, una alteración tan leve no le parece preocupante.
Aún así a los cirujanos nos gustan las analíticas lo más perfectas posibles. Hablo con la madre. Indago un poco más. En sus 4 años de historia no hay antecedentes de hemorragias ni hematomas. Se puede proceder.
El chiquillo entra en el quirófano distraído por la enfermera que le tatúa un reloj y un muñeco en las pegatinas de los brazos que cubren la pomada anestésica. Se duerme sin problemas, y sin protestar. Todo está listo para operar.
Le legro las adenoides que salen en bloque. Lo repaso para no dejar restos. La sangre es más líquida de lo habitual, no es buena señal. Pongo el taponamiento y se empapa al momento. Con el primero suele suceder. Lo cambio por otro antes de irme a mirar los oídos. Los tiene tan llenos de moco que uno de ellos es de color azul oscuro, como una vena. Da un poco de respeto pincharlo, ¿y si no es moco sino una yugular procidente? Incido el tímpano con mucho cuidado, se diría que poco más que lo araño. Aspiro, compruebo que es moco y el tímpano recupera su color normal después de limpiarlo.
Regreso a la boca. Está llena de sangre. Retiro el taponamiento y pongo uno con adrenalina diluida. Le pido a la anestesista que le inyecte un poco de traxenámico con la intención de mejorarle la coagulación. Espero y espero. Suele ser cuestión de tiempo.
Mancha más de la cuenta. Pongo un nuevo tapón y le doy más tiempo. Sigo las manecillas del reloj colgado en la pared del quirófano. Al cabo de un rato parece que va mejor. Quizás con un poco más de paciencia...
Otro tapón y unos cuantos minutos más. La medicación ya le ha pasado y los últimos 10 minutos también. Cruzo los dedos antes de quitar la gasa. La faringe está limpia, no gotea. Se puede despertar.
El anestesista lo despierta despacio. En el aspirador aparece algo de sangre. Antes de retirar el tubo miro el interior de la boca. Ha hecho un pocillo de sangre al fondo. No es buena idea sacarle así, va a sangrar, mejor dicho, ya está sangrando. No queda más remedio que taponarle y dejarle taponado e intubado. Avisamos a Reanimación, se tendrá que quedar allí dormido hasta el día siguiente. También llamo al hematólogo para contarle lo sucedido. Conviene solucionar el problema de la coagulación antes de retirar el taponamiento.
Salgo a hablar con los padres. Es duro. El primer choque es terrible, no oyen que el niño está bien, que es lo primero que les digo, sólo entienden que ha sangrado. Resulta difícil explicárselo sin que se asusten. No les sirve de consuelo el que se trate de una situación excepcional, le ha tocado a su hijo y eso es lo que les importa. Les acompaño a Reanimación para que lo vean, es lo que necesitan para tranquilizarse. Aunque esté dormido, está bien y les permiten quedarse a su lado. Tengo que seguir con el parte, concentrarme en los casos que aún me quedan por operar, después de lo sucedido, cuesta. Entre una cirugía y otra, me acerco a visitarles para seguir su evolución. ¡Pobres!, las horas se les van a hacer eternas.
En el antequirófano reviso la historia más a fondo. En la analítica me llaman la atención los tiempos de coagulación. Al anestesista le sucedió lo mismo y lo remitió al hematólogo que le repitió el estudio. Algunos factores están al límite pero, en opinión del hematólogo, eso no aumenta el riesgo de sangrado. Supongo que cuando uno está habituado a ver pacientes anticoagulados y discrasias sanguíneas, una alteración tan leve no le parece preocupante.
Aún así a los cirujanos nos gustan las analíticas lo más perfectas posibles. Hablo con la madre. Indago un poco más. En sus 4 años de historia no hay antecedentes de hemorragias ni hematomas. Se puede proceder.
El chiquillo entra en el quirófano distraído por la enfermera que le tatúa un reloj y un muñeco en las pegatinas de los brazos que cubren la pomada anestésica. Se duerme sin problemas, y sin protestar. Todo está listo para operar.
Le legro las adenoides que salen en bloque. Lo repaso para no dejar restos. La sangre es más líquida de lo habitual, no es buena señal. Pongo el taponamiento y se empapa al momento. Con el primero suele suceder. Lo cambio por otro antes de irme a mirar los oídos. Los tiene tan llenos de moco que uno de ellos es de color azul oscuro, como una vena. Da un poco de respeto pincharlo, ¿y si no es moco sino una yugular procidente? Incido el tímpano con mucho cuidado, se diría que poco más que lo araño. Aspiro, compruebo que es moco y el tímpano recupera su color normal después de limpiarlo.
Regreso a la boca. Está llena de sangre. Retiro el taponamiento y pongo uno con adrenalina diluida. Le pido a la anestesista que le inyecte un poco de traxenámico con la intención de mejorarle la coagulación. Espero y espero. Suele ser cuestión de tiempo.
Mancha más de la cuenta. Pongo un nuevo tapón y le doy más tiempo. Sigo las manecillas del reloj colgado en la pared del quirófano. Al cabo de un rato parece que va mejor. Quizás con un poco más de paciencia...
Otro tapón y unos cuantos minutos más. La medicación ya le ha pasado y los últimos 10 minutos también. Cruzo los dedos antes de quitar la gasa. La faringe está limpia, no gotea. Se puede despertar.
El anestesista lo despierta despacio. En el aspirador aparece algo de sangre. Antes de retirar el tubo miro el interior de la boca. Ha hecho un pocillo de sangre al fondo. No es buena idea sacarle así, va a sangrar, mejor dicho, ya está sangrando. No queda más remedio que taponarle y dejarle taponado e intubado. Avisamos a Reanimación, se tendrá que quedar allí dormido hasta el día siguiente. También llamo al hematólogo para contarle lo sucedido. Conviene solucionar el problema de la coagulación antes de retirar el taponamiento.
Salgo a hablar con los padres. Es duro. El primer choque es terrible, no oyen que el niño está bien, que es lo primero que les digo, sólo entienden que ha sangrado. Resulta difícil explicárselo sin que se asusten. No les sirve de consuelo el que se trate de una situación excepcional, le ha tocado a su hijo y eso es lo que les importa. Les acompaño a Reanimación para que lo vean, es lo que necesitan para tranquilizarse. Aunque esté dormido, está bien y les permiten quedarse a su lado. Tengo que seguir con el parte, concentrarme en los casos que aún me quedan por operar, después de lo sucedido, cuesta. Entre una cirugía y otra, me acerco a visitarles para seguir su evolución. ¡Pobres!, las horas se les van a hacer eternas.
lunes, 24 de noviembre de 2014
El angioma
¡Bip, bip, bip!
Busco un interfono para contestar el busca.
- Es una llamada del 061 (por aquel entonces todavía era el 061) - me avisan de Centralita. - ¿Dónde se la pasamos?
- Al control de Urgencias - respondo.
Suena el teléfono y contesto.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes. Soy de la coordinadora. Llamamos para avisarle de que le enviamos un paciente sangrante en una UVI móvil. ¿Lo aceptan?
No me saben dar muchos más datos. Mientras llega lo único que puedo hacer es enterarme de si hay cama de intensivos y avisar al anestesista, por si acaso.
Al cabo de un rato me llaman de puerta. El paciente está en el hospital. Trae la vía conectada a una bolsa de sangre. No es la primera, ni será la última. Afortunadamente el sangrado ha cedido durante el viaje.
Reviso sus antecedentes. No son muy alentadores: para agravar la situación el enfermo padece una hepatopatía alcohólica, motivo por el que sus tiempos de hemostasia están duplicados: no sintetiza suficientes factores de coagulación.
Le exploro. Tiene la boca y la faringe cubiertas de coágulos y restos hemáticos, pero eso no es lo peor, ni mucho menos. Lo peor es que también tiene el angioma más grande que he visto hasta entonces. Un angioma que se extiende por paladar, faringe y base de lengua. Es un angioma congénito que ha ido creciendo desde su nacimiento durante casi medio siglo. Por desgracia ha dejado de ser asintomático y es la causa de su hemorragia.
He de evitar hacer algo invasivo. Si hay un problema de coagulación, lo primero es arreglarlo. No es que el estado del hígado tenga solución pero se le puede poner plasma con los factores que le hacen falta.
Al principio todo parece ir bien, tanto que le llevo a rayos para hacerle un TAC y así valorar la extensión en profundidad. Saberlo sólo me sirve para asustarme más, no hay una zona del cuello que no esté afectada. Recurro a mi optimismo y espero que siga sin sangrar. No hay suerte. La tranquilidad dura unas horas, era la calma previa a la tempestad. Con las transfusiones, se reexpande la volemia y la hemorragia se reactiva. Las medidas conservadoras no funcionan. Tengo que hacer algo para cortarla. El problema es ¿qué?
Sé que abrir el cuello para ligar los vasos, con semejante amasijo de arterias y venas por todas partes, es una locura y no va a servir de mucho. La opción de poner un taponamiento faríngeo no me hace ninguna ilusión, se sobreinfectan y dan muchas complicaciones. Aún así, por malo que me parezca, es la mejor alternativa.
Meter una compresa, o varias, en la faringe, supone bloquear la vía aérea. Es preciso dormir al paciente para que lo tolere e intubarle para que respire. Lo subimos a la UCI.
Al sedarle, la tos que le ahogaba se calma. Por desgracia no es un indicio de que le haya sucedido lo mismo a la hemorragia y la sangre se le acumula en la faringe. El aspirador no da abasto. El enfermo no ventila y no se ve nada. No se puede meter el tubo. Hay que abrir la tráquea sin tardanza. Un corte y el tubo entra. Sale sangre desde los pulmones. Relleno la boca con las gasas a presión. Compruebo que no hay huecos. Entre unas cosas y otras son las 2 de la madrugada. Me retiro a intentar descansar un rato.
No me he metido en la cama cuando suena el busca. Es de la UCI. El paciente sangra. ¿Cómo es posible? No tiene por dónde. La sangre no sale por la boca, no puede ir por esa vía con el bloqueo que le he puesto. El enfermo lo que tiene ahora es una rectorragia incoercible.
Decidimos hablar con Rayos para embolizarle. Al pasarle a la camilla vemos que la cama entera es un charco de sangre. Da miedo. Las bolsas de sangre se transfunden de dos en dos hasta perder la cuenta ¿diez? ¿doce? El radiólogo canaliza la arteria femoral y asciende con el catéter hasta las carótidas. Busca las arterias nutricias del angioma en medio de la maraña. Lanza partículas hacia la lingual, la faríngea posterior y hacia las ramas. Me pide que retire el taponamiento para comprobar si no sangra. Quito las gasas. La boca está limpia.
Sin embargo el caso no se ha resuelto. La rectorragia continúa y es masiva. La sangre cae por los bordes de la camilla. El radiólogo cambia de campo y se dirige a las arterias mesentéricas. Para nuestro desmayo descubrimos que el abdomen alberga una masa de vasos aún más terrible que la de la faringe, no hay un rincón del peritoneo sano. Es de ahí de donde está sangrando. Avisamos a los cirujanos. Al igual que en el cuello, no es posible hacer nada.
Nos cuesta creernos que ese sea el desenlace. El hombre llegó a las 7 de la tarde y fallece a las 7 de la mañana, en la sala de Rayos, ante nuestra impotencia.
Busco un interfono para contestar el busca.
- Es una llamada del 061 (por aquel entonces todavía era el 061) - me avisan de Centralita. - ¿Dónde se la pasamos?
- Al control de Urgencias - respondo.
Suena el teléfono y contesto.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes. Soy de la coordinadora. Llamamos para avisarle de que le enviamos un paciente sangrante en una UVI móvil. ¿Lo aceptan?
No me saben dar muchos más datos. Mientras llega lo único que puedo hacer es enterarme de si hay cama de intensivos y avisar al anestesista, por si acaso.
Al cabo de un rato me llaman de puerta. El paciente está en el hospital. Trae la vía conectada a una bolsa de sangre. No es la primera, ni será la última. Afortunadamente el sangrado ha cedido durante el viaje.
Reviso sus antecedentes. No son muy alentadores: para agravar la situación el enfermo padece una hepatopatía alcohólica, motivo por el que sus tiempos de hemostasia están duplicados: no sintetiza suficientes factores de coagulación.
Le exploro. Tiene la boca y la faringe cubiertas de coágulos y restos hemáticos, pero eso no es lo peor, ni mucho menos. Lo peor es que también tiene el angioma más grande que he visto hasta entonces. Un angioma que se extiende por paladar, faringe y base de lengua. Es un angioma congénito que ha ido creciendo desde su nacimiento durante casi medio siglo. Por desgracia ha dejado de ser asintomático y es la causa de su hemorragia.
He de evitar hacer algo invasivo. Si hay un problema de coagulación, lo primero es arreglarlo. No es que el estado del hígado tenga solución pero se le puede poner plasma con los factores que le hacen falta.
Al principio todo parece ir bien, tanto que le llevo a rayos para hacerle un TAC y así valorar la extensión en profundidad. Saberlo sólo me sirve para asustarme más, no hay una zona del cuello que no esté afectada. Recurro a mi optimismo y espero que siga sin sangrar. No hay suerte. La tranquilidad dura unas horas, era la calma previa a la tempestad. Con las transfusiones, se reexpande la volemia y la hemorragia se reactiva. Las medidas conservadoras no funcionan. Tengo que hacer algo para cortarla. El problema es ¿qué?
Sé que abrir el cuello para ligar los vasos, con semejante amasijo de arterias y venas por todas partes, es una locura y no va a servir de mucho. La opción de poner un taponamiento faríngeo no me hace ninguna ilusión, se sobreinfectan y dan muchas complicaciones. Aún así, por malo que me parezca, es la mejor alternativa.
Meter una compresa, o varias, en la faringe, supone bloquear la vía aérea. Es preciso dormir al paciente para que lo tolere e intubarle para que respire. Lo subimos a la UCI.
Al sedarle, la tos que le ahogaba se calma. Por desgracia no es un indicio de que le haya sucedido lo mismo a la hemorragia y la sangre se le acumula en la faringe. El aspirador no da abasto. El enfermo no ventila y no se ve nada. No se puede meter el tubo. Hay que abrir la tráquea sin tardanza. Un corte y el tubo entra. Sale sangre desde los pulmones. Relleno la boca con las gasas a presión. Compruebo que no hay huecos. Entre unas cosas y otras son las 2 de la madrugada. Me retiro a intentar descansar un rato.
No me he metido en la cama cuando suena el busca. Es de la UCI. El paciente sangra. ¿Cómo es posible? No tiene por dónde. La sangre no sale por la boca, no puede ir por esa vía con el bloqueo que le he puesto. El enfermo lo que tiene ahora es una rectorragia incoercible.
Decidimos hablar con Rayos para embolizarle. Al pasarle a la camilla vemos que la cama entera es un charco de sangre. Da miedo. Las bolsas de sangre se transfunden de dos en dos hasta perder la cuenta ¿diez? ¿doce? El radiólogo canaliza la arteria femoral y asciende con el catéter hasta las carótidas. Busca las arterias nutricias del angioma en medio de la maraña. Lanza partículas hacia la lingual, la faríngea posterior y hacia las ramas. Me pide que retire el taponamiento para comprobar si no sangra. Quito las gasas. La boca está limpia.
Sin embargo el caso no se ha resuelto. La rectorragia continúa y es masiva. La sangre cae por los bordes de la camilla. El radiólogo cambia de campo y se dirige a las arterias mesentéricas. Para nuestro desmayo descubrimos que el abdomen alberga una masa de vasos aún más terrible que la de la faringe, no hay un rincón del peritoneo sano. Es de ahí de donde está sangrando. Avisamos a los cirujanos. Al igual que en el cuello, no es posible hacer nada.
Nos cuesta creernos que ese sea el desenlace. El hombre llegó a las 7 de la tarde y fallece a las 7 de la mañana, en la sala de Rayos, ante nuestra impotencia.
jueves, 20 de noviembre de 2014
Sangre, sudor y... prótesis
- A un conocido le han puesto una prótesis fonatoria y ahora habla estupendamente. - Me comenta con los labios uno de mis pacientes laringuectomizados que, a pesar de la rehabilitación, no ha conseguido sacar apenas voz.
Me echo a temblar. Mi experiencia con las dichosas prótesis fonatorias se remonta a las guardias de residente. No había semana que no se presentase alguno en la urgencia con la prótesis en la mano porque se le había salido. Enseguida comprobé que intentar ponérsela de nuevo era un intento vano, se precisaba un dispositivo especial con el que no contábamos en el hospital. El fracaso era frustrante y el paciente no solía mostrarse comprensivo, no estaba dispuesto a resignarse a dejar de hablar.
El mayor deseo de mi paciente actual es hablar, siempre le ha encantado hacerlo. Le gustaba declamar en las reuniones y disponía de todo un repertorio de historias de las que echar mano. El silencio no se ha hecho para él.
Me informo. Desde mi época de residente los modelos de prótesis han evolucionado. Me aseguran que dan muchos menos problemas. Confío en que sea así y decido lanzarme a la piscina y ponerle una. Lo comento en sesión. El resto del servicio recuerda sus anécdotas al respecto: son todas descorazonadoras.
Desoigo la voz de la razón y meto al paciente en quirófano para la punción traqueoesofágica. Es una técnica sencilla, breve y muy reglada. Todo va bien. El aire de la tráquea pasa al esófago a través de la prótesis encajada en la fístula y se modula en la boca. A los pocos días el paciente habla más que un sacamuelas en pleno ataque de euforia. Está encantado.
Pasan los primeros meses. Sé que con el tiempo la prótesis se deteriora y precisa un recambio. Antes de los previsto surgen las primeras pegas: el cierre de la fístula no es estanco y algo de líquido se escapa por los alrededores. Es mínimo pero, al caer hacia la tráquea, le da tos. La situación se agrava durante mis vacaciones, ley de Murphy, el paciente se impacienta, acude a urgencias y mis compañeros no se muestran felices. Afortunadamente regreso pronto.
Me toca ocuparme de gestionar el recambio, hay que rellenar formularios, hablar con compras y con la casa comercial. Es el tipo de burocracia que odio, y en el que estoy pez. Por mucho que desee que los trámites sean inmediatos, la cruda realidad es otra y nos toca esperar un par de semanas. Pasado ese plazo, en la consulta, realizo el cambio. Todo va sobre ruedas, con la ayuda del mecanismo de inserción es casi como poner una inyección.
Por desgracia ese no es el fin de los problemas. El rezume va a más, la fístula se ha dilatado. Tocan medidas desesperadas. No tengo más remedio que quitar la prótesis para que el trayecto cicatrice y se reduzca su diámetro. He de reinsertarla en un par de días, antes de que se cierre por completo. ¡Qué ingenua! ¿Es que no aprendí nada durante mis guardias de residente?
Efectivamente la fístula disminuye, lástima que lo haga algo más de lo que deseo. Al recolocarla me encuentro con que la cánula de inserción no cabe y el trayecto tampoco se expande. Me peleo con ella pero se ríe de mí y, una vez tras otra, según aprieto, me escupe la maldita prótesis. Mientras tanto tengo el resto de la consulta parada, con los pacientes acumulándose en la sala de espera. Prefiero no pensar en ello para no agobiarme más.
No me rindo. Ante situaciones desesperadas tocan medidas desesperadas: si no se coloca ella sola por las buenas, habrá que colocarla por las malas. A veces no queda más remedio, la medicina no siempre es limpia y elegante. Presiono el émbolo sin piedad, se resiste pero al final la prótesis sale aunque se cuela hasta el esófago (era justo lo que pretendía, la única alternativa que me quedaba). Ahora tengo que engancharla con unas pinzas de mosquito para colocarla. El material del hospital es de saldillo y las pinzas no agarran. El paciente está despierto y no disfruta de mi manipulación en su tráquea. Otro mosquito. La prótesis se resiste. Aprieto los dientes e insisto. Es un parto complicado. Entre toses, mocos y sangre asoma un trozo de pestaña del borde. Tiro, giro, agarro por otro lado y vuelvo a tirar y a girar. Repito. Un poco más. Y más. Avanza y retrocede. Trata de colarse de nuevo pero no se lo permito. Aún así se niega a salir. Sigo. Sudo, el paciente también. Es agotador. Es inimaginable que se requiera tanta fuerza para vencer algo tan pequeño pero si se cree que tiene alguna posibilidad es que no sabe con quién se las está viendo. Tras lo que parece una eternidad, gano la batalla: la prótesis está en su sitio.
Me echo a temblar. Mi experiencia con las dichosas prótesis fonatorias se remonta a las guardias de residente. No había semana que no se presentase alguno en la urgencia con la prótesis en la mano porque se le había salido. Enseguida comprobé que intentar ponérsela de nuevo era un intento vano, se precisaba un dispositivo especial con el que no contábamos en el hospital. El fracaso era frustrante y el paciente no solía mostrarse comprensivo, no estaba dispuesto a resignarse a dejar de hablar.
El mayor deseo de mi paciente actual es hablar, siempre le ha encantado hacerlo. Le gustaba declamar en las reuniones y disponía de todo un repertorio de historias de las que echar mano. El silencio no se ha hecho para él.
Me informo. Desde mi época de residente los modelos de prótesis han evolucionado. Me aseguran que dan muchos menos problemas. Confío en que sea así y decido lanzarme a la piscina y ponerle una. Lo comento en sesión. El resto del servicio recuerda sus anécdotas al respecto: son todas descorazonadoras.
Desoigo la voz de la razón y meto al paciente en quirófano para la punción traqueoesofágica. Es una técnica sencilla, breve y muy reglada. Todo va bien. El aire de la tráquea pasa al esófago a través de la prótesis encajada en la fístula y se modula en la boca. A los pocos días el paciente habla más que un sacamuelas en pleno ataque de euforia. Está encantado.
Pasan los primeros meses. Sé que con el tiempo la prótesis se deteriora y precisa un recambio. Antes de los previsto surgen las primeras pegas: el cierre de la fístula no es estanco y algo de líquido se escapa por los alrededores. Es mínimo pero, al caer hacia la tráquea, le da tos. La situación se agrava durante mis vacaciones, ley de Murphy, el paciente se impacienta, acude a urgencias y mis compañeros no se muestran felices. Afortunadamente regreso pronto.
Me toca ocuparme de gestionar el recambio, hay que rellenar formularios, hablar con compras y con la casa comercial. Es el tipo de burocracia que odio, y en el que estoy pez. Por mucho que desee que los trámites sean inmediatos, la cruda realidad es otra y nos toca esperar un par de semanas. Pasado ese plazo, en la consulta, realizo el cambio. Todo va sobre ruedas, con la ayuda del mecanismo de inserción es casi como poner una inyección.
Por desgracia ese no es el fin de los problemas. El rezume va a más, la fístula se ha dilatado. Tocan medidas desesperadas. No tengo más remedio que quitar la prótesis para que el trayecto cicatrice y se reduzca su diámetro. He de reinsertarla en un par de días, antes de que se cierre por completo. ¡Qué ingenua! ¿Es que no aprendí nada durante mis guardias de residente?
Efectivamente la fístula disminuye, lástima que lo haga algo más de lo que deseo. Al recolocarla me encuentro con que la cánula de inserción no cabe y el trayecto tampoco se expande. Me peleo con ella pero se ríe de mí y, una vez tras otra, según aprieto, me escupe la maldita prótesis. Mientras tanto tengo el resto de la consulta parada, con los pacientes acumulándose en la sala de espera. Prefiero no pensar en ello para no agobiarme más.
No me rindo. Ante situaciones desesperadas tocan medidas desesperadas: si no se coloca ella sola por las buenas, habrá que colocarla por las malas. A veces no queda más remedio, la medicina no siempre es limpia y elegante. Presiono el émbolo sin piedad, se resiste pero al final la prótesis sale aunque se cuela hasta el esófago (era justo lo que pretendía, la única alternativa que me quedaba). Ahora tengo que engancharla con unas pinzas de mosquito para colocarla. El material del hospital es de saldillo y las pinzas no agarran. El paciente está despierto y no disfruta de mi manipulación en su tráquea. Otro mosquito. La prótesis se resiste. Aprieto los dientes e insisto. Es un parto complicado. Entre toses, mocos y sangre asoma un trozo de pestaña del borde. Tiro, giro, agarro por otro lado y vuelvo a tirar y a girar. Repito. Un poco más. Y más. Avanza y retrocede. Trata de colarse de nuevo pero no se lo permito. Aún así se niega a salir. Sigo. Sudo, el paciente también. Es agotador. Es inimaginable que se requiera tanta fuerza para vencer algo tan pequeño pero si se cree que tiene alguna posibilidad es que no sabe con quién se las está viendo. Tras lo que parece una eternidad, gano la batalla: la prótesis está en su sitio.
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