Soy una gota de mar, agua con arena y sal, una burbuja de espuma y una brizna de brisa. Juego con el aire a salpicarle y escapar. El viento me derrota, me atrapa y me empuja lejos de mi hogar.
Soy un fragmento azul de cielo que flota en el viento. Al final del día, cansada del viajar, busco un hueco entre las nubes donde escabullirme. Encuentro un refugio en el que detenerme y reposar. Me recojo en mi escondite y duermo. Me tiño de sol y de luna, de estrellas y niebla, de amanecer y de ocaso. Sueño y espero mi despertar.
La nube cambia. Mi lecho desaparece al unirse a la bóveda de sombras que oculta al sol. Tiemblo con el retumbar de un trueno. El destello de un relámpago revela mi posición. La tormenta me agita, una ráfaga desgarra mi morada y me lanza a un abismo de oscuridad.
Me estrello contra la tierra, me infiltro en ella y mi luz se libera para regresar a la estrella. En su trayecto la estela dibuja un arco de color. La humedad barniza los contornos del paisaje; sobre las siluetas, el aire centellea.
Soy una chispa de luz, el reflejo de un rayo de sol que yace al borde de una nube y anhela regresar al mar.
"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
martes, 12 de agosto de 2014
sábado, 9 de agosto de 2014
jueves, 7 de agosto de 2014
La nube de Lavanda
Una nube huérfana se dejó caer dentro de las ruinas de un castillo abandonado.
Recostada sobre la hierba que crecía dentro, sintió que allí podía ser feliz, escondida entre las piedras, a salvo del sol y el viento.
Pasó un tiempo y la nube se sentía bien.
Pasó más tiempo y la nube perdió su deseo y encontró uno nuevo.
Los muros proyectaban sobre ella una sombra que la transformaba en una nube gris, una nube de tormenta.
Un día la nube se elevó. Desde el aire descargó toda el agua que había acumulado en su interior y volvió a ser una nube blanca.
Los muros del castillo se derrumbaron y formaron una montaña.
Las piedras habían dejado de ser muro para volver a su antiguo ser.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Acertar
Reconozco que tengo cierta tendencia a ir por libre y a seguir mi criterio. Por un lado es lógico, me siento más cómoda si me baso en mis propias opiniones que si tengo que acatar los del resto. En ocasiones, mi independencia me supone una fuente de problemas. Sin embargo, hacerlo de otro modo tampoco me ahorra problemas, al contrario, de esa forma lo único que consigo es que nadie esté satisfecho: ni los peticionarios, ni los legisladores, ni yo.
Si sigo a rajatabla los dictámenes de otros y me ciño a la decisión tomada en grupo me topo con el caso que es la excepción a la regla. No hay argumentos para apoyar mi proceder, los únicos que había eran "oficiales" y resulta que no sirven en esa situación. Sólo puedo disculparme para tratar de enmendar mi error en lo posible y aprender la lección.
Enseguida compruebo que es una lección con trampas. Al encontrarme de nuevo ante una tesitura similar me dejo llevar y colaboro en lo que me piden. Aunque tampoco acierto en esta ocasión sí que hay una diferencia sustancial: los otros están contentos, yo también y los únicos que discrepan son los míos. Sin duda el panorama es mucho mejor, no tengo tantos frentes abiertos. Tampoco es necesario buscar argumentos para defenderme, sólo me atacan desde dentro y a eso estoy acostumbrada. La ventaja es que ese ataque no sale al exterior porque, de puertas afuera, no se sostendría.
He llegado a escuchar que hago cosas no porque crea que debo hacerlas sino porque me interesa. Lo curioso es que me ha debido interesar siempre, porque incluso cuando las condiciones eran distintas mi proceder era el mismo. Con el tiempo y la lucha se han obtenido privilegios que, en opinión de algunos, son los que en realidad persigo con mi comportamiento actual. El hecho de que sea igual que el anterior sólo es por una cuestión de previsión y clarividencia: ya me aprovecharía de la situación cuando fuese aprovechable. Ante semejante afirmación no pude evitar reírme. Ni siquiera yo tengo argumentos para refutarla.
Si sigo a rajatabla los dictámenes de otros y me ciño a la decisión tomada en grupo me topo con el caso que es la excepción a la regla. No hay argumentos para apoyar mi proceder, los únicos que había eran "oficiales" y resulta que no sirven en esa situación. Sólo puedo disculparme para tratar de enmendar mi error en lo posible y aprender la lección.
Enseguida compruebo que es una lección con trampas. Al encontrarme de nuevo ante una tesitura similar me dejo llevar y colaboro en lo que me piden. Aunque tampoco acierto en esta ocasión sí que hay una diferencia sustancial: los otros están contentos, yo también y los únicos que discrepan son los míos. Sin duda el panorama es mucho mejor, no tengo tantos frentes abiertos. Tampoco es necesario buscar argumentos para defenderme, sólo me atacan desde dentro y a eso estoy acostumbrada. La ventaja es que ese ataque no sale al exterior porque, de puertas afuera, no se sostendría.
He llegado a escuchar que hago cosas no porque crea que debo hacerlas sino porque me interesa. Lo curioso es que me ha debido interesar siempre, porque incluso cuando las condiciones eran distintas mi proceder era el mismo. Con el tiempo y la lucha se han obtenido privilegios que, en opinión de algunos, son los que en realidad persigo con mi comportamiento actual. El hecho de que sea igual que el anterior sólo es por una cuestión de previsión y clarividencia: ya me aprovecharía de la situación cuando fuese aprovechable. Ante semejante afirmación no pude evitar reírme. Ni siquiera yo tengo argumentos para refutarla.
martes, 5 de agosto de 2014
lunes, 4 de agosto de 2014
Factor sorpresa
- ¿Me va a hacer daño?
- ¡Síiiiiiii! - le contesto con voz ronca y mi tono más aterrador. La respuesta me sale del alma.
El paciente me mira desconcertado, el pobre hombre no se lo esperaba. Creo que la sorpresa le ha quitado el miedo. No rechista, no se mueve y, por supuesto, no siente dolor. Me sigue como un perrillo, quizá sienta curiosidad o quizá ha decretado que estoy loca y, ya se sabe, a los locos no conviene llevarles la contraria. En esa línea añadiría que tampoco es recomendable enfrentarse al curandero de la tribu, aunque esa es una máxima que aún no ha cuajado entre la sabiduría popular.
No es el primer enfermo asustado que atiendo. Me planteo que no sería mala idea premiarles con pegatinas de medallas al valor, igual que hacemos con los chiquillos. Más de uno se iría sin ella. La asociación médico-coco es habitual. En algunos casos es necesario bromear, con más o menos malicia. Les pregunto si no han oído los gritos desde la sala de espera (aunque si coincide que esa mañana hemos tenido algún espectáculo infantil, ni lo menciono). Les comento que todos los días se nos desmayan varios pacientes así que ya estamos habituados a manejar ese problema (por fortuna desconocen que no miento, ocurre, aunque sobre todo a manos de las pobres enfermeras. Es el motivo por el que tenemos abanicos en la consulta, un tratamiento clásico y sofisticado para las bajadas de tensión. Carecemos de sales, será cuestión de pedirlas a farmacia. Por regla general se trata de jóvenes del sexo fuerte citados para curas del postoperatorio). A otros les aclaro que no tengo intención de comerme a nadie, que suelo desayunar bien antes de ir al hospital. Por si acaso hay quien, en la revisión, me trae una cajita de pastas típicas de su pueblo, así se garantiza que mi glucemia se mantenga en niveles seguros, o que, en caso de peligro, disponga que algo más tentador a lo que atacar. Eso sí, mantener la línea en mi servicio es complicado, nuestra pausa del desayuno es la envidia del resto del hospital.
En ocasiones la relación médico-paciente es muy estrecha. Literalmente. Por motivos terapéuticos hay que abrazar a algunos pacientes mareados. La víctima no disfruta precisamente del momento, no sólo le aferro con todas mis fuerzas, sino que le provoco el vértigo. Le explico que lo hago para curarle, aunque comprendo que tenga sus dudas al respecto. Por si acaso no le doy mucho tiempo a reaccionar. Le aviso antes de empezar: "Voy a provocarle el mareo, si lo consigo, le curo" y cuando se da cuenta tiene la espalda contra la camilla, el corazón en la boca y la habitación le da tantas vueltas que no se atreve a resistirse, tampoco podría de intentarlo. Una vez mareado es todo mío, está en mis manos. La verdad es que "mi abrazo" se asemeja a una llave de lucha libre, con el enfermo bien inmovilizado. De hecho, a pesar de la intimidad del momento, ninguna pareja se ha sentido celosa de mis atenciones, comprenden que mi interés es puramente profesional. El agarre es necesario, la camilla es tan estrecha que sin mi bloqueo acabarían en el suelo. Sin mi optimismo es fácil que también, la mayoría de mis adversarios pesan bastante más que yo y para sujetarles casi he de echarme sobre ellos. La pared es otro factor que colabora lo suyo, es una barrera difícil de atravesar. Eso sí, la maniobra, además de eficaz, es inolvidable. Parece "cosa de meigas" pero es simplemente "una cosa médica".
Otro día, más.
PS: Os dejo el esquema de la maniobra de Epley. El médico está en la cabecera porque el sujeto es un dibujo muy colaborador, no puede caerse ni escapar.
- ¡Síiiiiiii! - le contesto con voz ronca y mi tono más aterrador. La respuesta me sale del alma.
El paciente me mira desconcertado, el pobre hombre no se lo esperaba. Creo que la sorpresa le ha quitado el miedo. No rechista, no se mueve y, por supuesto, no siente dolor. Me sigue como un perrillo, quizá sienta curiosidad o quizá ha decretado que estoy loca y, ya se sabe, a los locos no conviene llevarles la contraria. En esa línea añadiría que tampoco es recomendable enfrentarse al curandero de la tribu, aunque esa es una máxima que aún no ha cuajado entre la sabiduría popular.
No es el primer enfermo asustado que atiendo. Me planteo que no sería mala idea premiarles con pegatinas de medallas al valor, igual que hacemos con los chiquillos. Más de uno se iría sin ella. La asociación médico-coco es habitual. En algunos casos es necesario bromear, con más o menos malicia. Les pregunto si no han oído los gritos desde la sala de espera (aunque si coincide que esa mañana hemos tenido algún espectáculo infantil, ni lo menciono). Les comento que todos los días se nos desmayan varios pacientes así que ya estamos habituados a manejar ese problema (por fortuna desconocen que no miento, ocurre, aunque sobre todo a manos de las pobres enfermeras. Es el motivo por el que tenemos abanicos en la consulta, un tratamiento clásico y sofisticado para las bajadas de tensión. Carecemos de sales, será cuestión de pedirlas a farmacia. Por regla general se trata de jóvenes del sexo fuerte citados para curas del postoperatorio). A otros les aclaro que no tengo intención de comerme a nadie, que suelo desayunar bien antes de ir al hospital. Por si acaso hay quien, en la revisión, me trae una cajita de pastas típicas de su pueblo, así se garantiza que mi glucemia se mantenga en niveles seguros, o que, en caso de peligro, disponga que algo más tentador a lo que atacar. Eso sí, mantener la línea en mi servicio es complicado, nuestra pausa del desayuno es la envidia del resto del hospital.
En ocasiones la relación médico-paciente es muy estrecha. Literalmente. Por motivos terapéuticos hay que abrazar a algunos pacientes mareados. La víctima no disfruta precisamente del momento, no sólo le aferro con todas mis fuerzas, sino que le provoco el vértigo. Le explico que lo hago para curarle, aunque comprendo que tenga sus dudas al respecto. Por si acaso no le doy mucho tiempo a reaccionar. Le aviso antes de empezar: "Voy a provocarle el mareo, si lo consigo, le curo" y cuando se da cuenta tiene la espalda contra la camilla, el corazón en la boca y la habitación le da tantas vueltas que no se atreve a resistirse, tampoco podría de intentarlo. Una vez mareado es todo mío, está en mis manos. La verdad es que "mi abrazo" se asemeja a una llave de lucha libre, con el enfermo bien inmovilizado. De hecho, a pesar de la intimidad del momento, ninguna pareja se ha sentido celosa de mis atenciones, comprenden que mi interés es puramente profesional. El agarre es necesario, la camilla es tan estrecha que sin mi bloqueo acabarían en el suelo. Sin mi optimismo es fácil que también, la mayoría de mis adversarios pesan bastante más que yo y para sujetarles casi he de echarme sobre ellos. La pared es otro factor que colabora lo suyo, es una barrera difícil de atravesar. Eso sí, la maniobra, además de eficaz, es inolvidable. Parece "cosa de meigas" pero es simplemente "una cosa médica".
Otro día, más.
PS: Os dejo el esquema de la maniobra de Epley. El médico está en la cabecera porque el sujeto es un dibujo muy colaborador, no puede caerse ni escapar.
sábado, 2 de agosto de 2014
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