lunes, 13 de junio de 2016

La torre de ajedrez

Torre del Diablo, costa de Almuñecar. Foto de Joseme.
La torre se alza junto al mar. Se yergue sobre los acantilados blancos, siempre atenta a las olas. El agua en calma es bruma, luces, oscuridad y fuego, un espejo del cielo. Desde su posición, la atalaya guarda el horizonte. A lo lejos, un navío majestuoso surca el reino del océano.

Más allá, en la costa, casi ocultos por la sombra, se levantan los restos de otro torreón, el que llaman del Diablo. En su interior, una escalera se adentra en la tierra, hacia las tinieblas. Cuentan que sus escalones descienden hasta el infierno.

Sopla el viento. El mar se revuelve, se convierte en un tablero de oscuridad y blancura, cuadros de luces y sombras, de abismos tenebrosos de remolinos y macizos montañosos de nívea espuma. Al fondo se concentra una línea negra de nubes de tormenta. El barco recoge sus velas. La batalla se prepara. Es una guerra eterna, de fichas negras y blancas.

Las olas plúmbeas atacan. Se levantan sobre el agua. Embisten contra los muros de roca. Se rompen con la fuerza del choque. Los fragmentos se repliegan para formarse de nuevo. La pared resiste, si bien pierde algunas piezas que se precipitan al vacío.

El combate arrecia, el frente avanza. Las nubes descargan trombas de agua sobre la torre que resiste, con firmeza, el asalto. En la retaguardia, redoblan los truenos, responden los relámpagos. La contienda se prolonga. La lluvia hiende el aire, lo rasga con el filo de infinidad de cuchillas. La tempestad aúlla, la tierra cruje, el mar ruge.

El fuego prende en el torreón del diablo. Su fulgor emerge del falso faro, marca una senda sobre el agua, un camino en llamas hacia la negrura de las profundidades. La nave cae en la trampa, tuerce el rumbo, se encamina a su condena. Su destino está en jaque.

Cambia el viento. Se abre un claro entre las nubes y la luna se cuela en el hueco. La torre protege su reflejo. A través de una tronera, guía la luz al océano. La dama blanca cruza el tablero, quiebra la oscuridad. Las olas se disgregan en espuma. El barco vira, iza las velas. Entra al puerto entre vítores de gloria.

El mar duerme bajo el albor de la madrugada. La luna reposa sobre la torre. La fortaleza vela el tablero en sueños.

sábado, 11 de junio de 2016

Restaurante El Flaco

¿Quedamos para comer?
¡Genial!
¿Dónde?
Esa es la gran pregunta: ¿dónde? ¿Por qué, en esos momentos, en los que las ideas son tan necesarias, la mente se queda en blanco? Supongo que porque es toda una responsabilidad escoger un sitio, una no come sola y es importante que el local elegido le guste a los acompañantes.

No sé si el razonamiento anterior es el que ha hecho que, en las múltiples celebraciones de mi cumpleaños, haya repetido hasta en tres ocasiones el restaurante al que dedico esta entrada, El Flaco. No podía ser menos, las tres veces nos han tratado divinamente y nos han dado de comer de maravilla.

Empecemos por el principio. El cuándo ya lo he comentado, mes de mayo, también el porqué, mi cumpleaños.

¿Cómo lo encontré? El hallazgo no fue una casualidad, y eso nos lleva al dónde de su ubicación: está en una calle poco conocida (C/ Javier Ferrero), que ocupa apenas una manzana, que no tiene tiendas y que tampoco me pilla cerca, ni de paso a ningún lado.  Si di con él es porque lo mencionaban en Club Kviar (una de esas páginas de descuentos gracias a las cuales es posible salir a comer en Madrid) y me metí a indagar: cocina tailandesa con algo de fusión (sonaba bien) y buenos comentarios. De entre los platos uno terminó de decantar la balanza: crème brulée de chocolate, ese postre estaba hecho pensando en mí, tenía que probarlo.

La siguiente pregunta es ¿quién? Un poco más de investigación me reveló que el cocinero era el mismo de Amasia, un restaurante que nos había gustado a House y a mí pero que cerró antes de que pudiéramos repetir. Por supuesto hay más quienes, un restaurante necesita cocinero y comensales, pero mejor voy por partes.

El primer día fui con mi amiga del cole. Nos pusieron en un rincón bastante tranquilo, lo suficiente como para enterarnos de lo que pedía la pareja de la mesa de al lado. No pudimos evitar reírnos con disimulo, hay casos en los que la estupidez es evidente hasta a la hora de comer: no querían pan, que no hay porque en Asia no se estila, no querían nada con gluten salvo los chipirones rebozados en panko (de trigo). Entre las explicaciones del maître, le oímos comentar que los platos estaban pensados para compartir y eso hicimos, sin imponer limitaciones dietéticas: rollitos de verduras, tartar asiático (tiene un nombre raro que no recuerdo pero por lo demás el plato es inolvidable, lleva pera para darle frescura y contraste y doy fe de que lo consigue) y curry verde de pescado y marisco absolutamente delicioso, uno de los mejores curris verdes que he probado, con el pescado en su punto y la salsa algo picante pero sin tapar el resto de sabores. Me falló mi crème brulée, no la tenían ese día. ¡Lástima! Eso me obligaba a volver.

Volví con otra de mis amigas unos días después. En esta ocasión nos decantamos por los rollitos de pato, semejantes a los de primavera pero con un relleno de pato pekinés, brochetas de pollo satay, con una salsa de cacahuetes como para rebañar el plato a lametones, repetimos el tartar y nos pringamos las manos con el mud crab que estaba, literalmente, para chuparse los dedos. Seguían sin mi postre, probamos un Bao frito con frutos rojos y ruibarbo que no me convenció.

Pensé que "a la tercera va la vencida" y allí nos plantamos para comprobar la veracidad del dicho House, hermanísima, cuñadísimo y yo. Al llegar nos saludaron como si fuéramos de la familia, lo que dada la asiduidad demostrada en el último mes tampoco extrañó a nadie. Esta vez el menú fueron los chipirones rebozados en panko con salsa agripicante de chile, bien crujientes y sabrosos, rollitos fritos de cerdo y gambas (habían cambiado los de pato), bao al vapor relleno de panceta para los caballeros (que a hermanísima y a mí la panceta nos cae como una piedra en el estómago) con una salsa buenísima, según nos dijeron, las deliciosas brochetas de pollo satay, que a hermanísima le chiflaron tanto como a mí, curry verde de pescado y un curry rojo de magret de pato que me pareció una idea excelente para intentar en casa. De nuevo me encontré sin chocolate, por lo que parece tendré que esperar a que haga más frío para probarlo, y pedimos un Flaco Mess grande (combinación de helados y frutas) que, aunque muy rico, solo me consoló a medias.

viernes, 10 de junio de 2016

Lágrimas de sirena

En la orilla hay lágrimas de mar, lágrimas que lloró el alba y que enjugaron las aguas con una esponja marina. Lamentos de luz que manan del canto de las sirenas, en un llanto de burbujas y un eco de brisa y agua. Cristales de sal, diamantes, arrancados de la sima de las profundidades.

En el fondo del abismo, Oceánida grita. No llora, nunca volverá a llorar; la bruja secó sus lágrimas, la engañó con sus palabras mientras guardaba su magia en la esfera de cristal.

Llora el agua que era libre al verse esclava en el seno globuloso de la esfera. Son sollozos prisioneros en los que aún late con fuerza un sol que se despereza. Una campana que guarda la esencia vital de Gaia y late al acariciarla con memorias olvidadas.

En el litoral hay cuerpos que ruedan entre las rocas. Son reflejos de azul cielo y mil destellos de aurora que se bañan o se secan al capricho de mareas; son reliquias encantadas, fragmentos de agua cautiva que, al luchar con su destino, flotaron hasta la orilla. Celdas de lágrimas muertas que navegaron a tierra como una flor marinera.

jueves, 9 de junio de 2016

Calabajío


I
El mar es río. Busca un cauce no muy hondo y se remansa en un recodo. Se desliza por el fondo, tan reposado y sereno que el eco guarda silencio. El agua se acuna en el lecho. La brisa en calma pone música a la nana. El mar sueña con ser río al acercarse a la cala.

La marea desciende y el fondo de piedra emerge. Al chocar con los escollos, el agua se precipita, salta en cascadas, se disgrega, se extravía y, en medio del laberinto, busca una salida. Escindida la corriente, sin más guía que su ímpetu, el océano se rompe, revienta en gotas contra las rocas. Vibra en rápidos, remolinos y torrentes. Avanza a saltos, entre burbujas y crestas de blanca espuma; escapa de las grietas y de los recovecos que intentan retenerla.

El agua suspira, aliviada, al alcanzar al fin la playa. Se tiende en la arena y cubre el lecho. Se estira sobre la orilla en una sábana fina a descansar un momento antes del regreso. Se aferra a la tierra, la abraza, la besa, mientras el mar, resacoso, la reclama.


II
La bruma guarda un secreto: un instante antes del alba, el sol escapa del cielo y retoza en el océano. Juega a bañarse en la playa, a cabalgar en las olas y teñir de luz la espuma. Juega a iluminar las sombras, a golpear en las rocas y a salpicar con las gotas a las ruidosas gaviotas. Nada, salta, se sumerge, y también juega a esconderse. 

Esta mañana, la aurora va rezagada. Un rayo travieso no quiere salir del agua para regresar a casa, no hasta después del ocaso. Persigue un sueño imposible: quiere vestirse de luna y recostarse en la arena a contemplar las estrellas. 

Hoy, en el aire hay calima, mas la cala resplandece. 

(Gracias a Eme por las fotos, las imágenes cuentan por sí solas la historia). 

domingo, 5 de junio de 2016

Sombras de tinta

Sombras de tinta tejidas a la luz de una vela, líneas que tiemblan bajo la luz, trazos que vibran, avanzan, se alejan y se detienen. Curvas que bailan, giran, se estiran, se unen y se separan. Siluetas negras y sinuosas que se deslizan en un silencio que habla. Formas sugerentes, elegantes, rasgos que cobran vida sobre la página.

Hay sombras que envuelven los signos, figuras que respiran bajo el fuego. La cabeza inclinada se perfila en la pared con su halo de cabellos despeinados. La columna de antebrazo se levanta desde la mesa para sostener la frente. La otra mano se apoya, cerrada, sobre el papel. Es esa mano la que empuña la pluma como una lanza clavada en el corazón de una oscura roca; una lanza que sangra palabras que desgarran la superficie blanca. La tinta palpita al emerger de la punta. Se acelera bajo el calor de la llama. Fluye. Se derrama. Los borrones no interrumpen la escritura, la dotan de carácter... y hasta de alma.

Sopla el viento, la vela tiembla, las letras y las sombras quedan atrapadas en la red de oscuridad que anega el papel. Un muro invisible y opaco, como una nube de humo, invade toda la estancia. Todo se convierte en nada en el vacío de las tinieblas. Solo la luz restablecerá la vida cuando el fuego de la vela haga latir las palabras.

viernes, 3 de junio de 2016

El reloj del puerto

Al atardecer, apoyado en la barandilla del muelle, miro las manecillas del reloj del puerto, con su esfera blanca iluminada. Las agujas señalan que el día se acaba, aunque el cielo aún sea azul. Pienso en el paso del tiempo, noto la arena que se desliza entre los dedos, grano a grano, uno a uno con cada latido del minutero, alejándose en el pasado como el haz intermitente del faro en la superficie del océano.

Mientras pienso, la luz se transforma en crepúsculo y, sin darme cuenta, el día se va. Las sombras se alargan en el ocaso hasta fundirse con la noche. Quedan restos de claridad. Noches blancas, las llaman, aunque apenas duran nada y el mundo es azul y plata. La oscuridad es pálida y brilla, las tinieblas se refugian en el marco de las puertas, se esconden tras las ventanas. El aire son susurros que no rompen el silencio. Los instantes son más lentos.

Escucho el mar y, en su respiración, oigo el rumor de los sueños, de los míos, de los ajenos, de los ecos de los que fueron. Cierro los ojos y veo regresar las formas de esos ecos: figuras enlazadas en un vals sin final, miradas perdidas en un resquicio de esperanza. Siento el soplo de la eternidad en la brisa, intangible y liviano, pero siempre presente. ¿Será así la eternidad? ¿Un día que no se acaba, una noche que no es noche, un momento en un reloj del norte?

miércoles, 1 de junio de 2016

Fin de Mayo

Hablé de libros en la primera quincena de mayo y aún me quedaba finalizar el mes. He conseguido leer algo a pesar de andar pañuelo en ristre con la dichosa alergia, toda una alegría. Aunque la lluvia del pasado sábado fastidió algunos planes, no pude por menos que bendecirla porque arrastró todos los pólenes con ella (tampoco causó grandes daños, los planes se adaptaron y todo salió bien).

Tenía pendiente, desde ni sé cuándo, la lectura de Brave New World de Aldous Huxley, una historia sobre el individuo y la sociedad en la que se basan muchas de las distopías de las novelas de ciencia ficción. El título Brave New World, sacado de la Tempestad de Shakespeare, ya indica la importancia que la obra del bardo tiene en la historia. Shakespeare simboliza la belleza, la libertad, la individualidad, la pasión... todo lo que, en ese nuevo mundo, se ha perdido en pro de la perfección, la homogeneidad y la estabilidad de la comunidad. Me costó meterme en el libro, el proceso de creación de los humanos del principio me resultó algo pesado, sin embargo es una novela que mejora según avanza, que hace pensar, cuya trama es siempre congruente y que tiene un gran trasfondo, filosófico, religioso y sociológico, y aunque el desarrollo no podía ser otro, eso no la hace menos dura.

Storm Front (The Dresden Files, Book 1), de Jim Butcher, fue una recomendación de un amigo de House. Hay toda una serie de libros sobre las aventuras de este mago detective y decidí empezar por el primero, cuestión de lógica. Harry Dresden, el protagonista, vive en un Chicago aparentemente normal, aunque debajo de las convenciones se esconden poderes en los que pocos creen. Hay demonios, vampiros, hadas y verdaderos magos, como Harry. Unos asesinatos inexplicables llevan a Harry a involucrarse en una trama mucho más peligrosa de lo que parecía en un principio. Es un libro que se lee bien, con mucha acción y magia, bastante visual (no en vano la serie también está en cómic). No es mi estilo habitual de lecturas pero es mucho mejor y más original que otros libros de temas sobrenaturales. Va bien para desconectar.

Summer Morning, Summer Night es una una colección de historias cortas ambientadas en el Greentown de Ray Bradbury (el mismo Greentown de Dandelion wine y de Farewell summer). Son cuentos que evocan recuerdos del pasado o muestran las ilusiones o la incertidumbre de un futuro que comienza y que queda ahí, en el aire, para soñar sobre ello. Hay también relatos muy breves, reflexiones poéticas, pensamientos, enseñanzas, consejos... No tiene desperdicio, las palabras de Bradbury tienen magia.

Paris-Austerlitz, el último libre de Rafael Chirbes, y el primero que leo, es un libro sobre amor, homosexualidad, enfermedad, marginación y muerte que, sin embargo, me resultó demasiado frío. Está muy bien escrito pero te mantiene a distancia, quizá esa fuese la intención del autor, de hecho al protagonista (y narrador) se le acusa de indiferencia y no sé si ese es el motivo por el que el lector, al menos en mi caso, no llega a entrar en la novela.

Dreams of Distant Shores son varias historias de Patricia McKillip. Una de ellas Something rich and strange, es un libro que ya había tenía y que me supuso una decepción encontrar como si se tratase de algo nuevo. Del resto, me gustó muchísimo el cuento sobre Medusa, The Gorgon in the cupboard, un relato sobre un pintor y su musa, sobre el arte y la inspiración que, además de precioso, me parece una de las mejores historias de la autora.

Atlas de Jorge Luis Borges es una colección de textos inspirados por lugares, objetos, animales. Algunos son pura poesía, otras meras reflexiones, pero todos son magníficos, con esas frases para guardar. Seguí con su Autobiografía en la que el escritor da unas pinceladas sobre su infancia para centrarse más en su evolución como escritor hasta consolidar su estilo. No son unas memorias sino una mera reseña autobiográfica, algo más extensa de lo habitual, que el autor dictó en inglés para una revista americana.

Nostalgia de Cartarescu fue una de esas recomendaciones-ofertas de amazon que entré a curiosear y que, picada, compré. Cartarescu, al que no conocía, es el eterno candidato al Nobel de las letras rumanas y, después de leer esta novela, no hay duda de que se merece la nominación. No solo la atmósfera de las historias posee algo onírico, con sus cambios de escenario, de narrador y de tiempo, sino que está tan bien escrito y te engancha de tal modo que resulta hipnótico, te mete dentro del relato, del ambiente, de la psicología enfermiza de los personajes. Todo resulta tan real, imprevisible y creíble como un sueño.

Para rematar el mes seguí con Cartarescu, y en esta ocasión me decanté por un libro que describían como humorístico y más ligero: Las bellas extranjeras, sentía curiosidad por descubrir el sentido del humor de este escritor y, la verdad, no me entusiasmó, supongo que algunas cosas solo hacen gracia en su ambiente o cuando se comparte cierta intimidad. Las historias que componen el libro son anécdotas algo exageradas en las que Cartarescu se ríe de sí mismo y de los demás con una combinación de humor, sarcasmo, cinismo e ironía que, con frecuencia, resulta forzada o excesiva. Me gustó la primera, Antrax, con su aprensión y su sencillez; no me convenció Las bellas extranjeras, la más larga de todas, que se me hizo pesado a ratos, sobre todo en los que se nota el esfuerzo del autor por sacar punta a una situación, sin llegar a resultar divertido, aunque también tiene momentos impagables como el capítulo de la lectura en la cárcel de alta seguridad; me provocó algo de agobio El viaje del hambre, aunque me pareció que retrataba muy bien el ridículo afán de hacerse el interesante de los que se creen diferentes y mejores al resto del mundo.

Tengo que escoger mi primer libro de junio...