"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que cada uno pueda encontrar la suya." El Principito.
sábado, 2 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
Patinaje artístico
Siempre he asociado el patinaje sobre hielo más con el arte que con el deporte. La música, el contraste de colores de los vestidos de telas ligeras y vaporosas convierten a los patinadores en bailarines y la pista en un escenario. Me encanta el modo en el que se deslizan a toda velocidad sobre el hielo y parecen flotar sobre las cuchillas. Aceleran, se elevan, vuelan y contengo la respiración mientras giran en el aire. Danzan y rotan sobre el patín en un remolino de eje tan perfecto como el de una peonza. Se doblan, se estiran, y crean figuras elegantes, tan llenas de equilibrio y gracia como las del ballet. Al verles me entran ganas de imitarles.
He patinado muy pocas veces sobre hielo. Da la falsa impresión de ser algo muy sencillo, que se reduce a una cuestión de resbalar y dejarse llevar por la inercia, tan ligera como el viento. Es una lástima que además exista la fuerza de la gravedad y que sea ésta la encargada de devolverte dolorosamente a la realidad. Para colmo de males, la única pista que había en Madrid estaba abarrotada de aficionados y era impensable intentar nada más artístico que mantenerse en equilibrio, esquivar a los caídos y evitar ser víctima de empujones y de risas malintencionadas. Tras la experiencia real, la ilusión de deslizarse sobre las cuchillas se deshacía al igual que el hielo. Repetir al año siguiente servía para afianzar la lección y recuperar algún moratón.
El patinaje artístico está íntimamente ligado a mis últimos recuerdos de la Baronesa. Era la hora de la siesta y emitían el campeonato del mundo por televisión. Sonó el teléfono. Reconozco que en ese momento lo cogí sin gran interés, con la atención puesta en el ejercicio de Miki Ando. Hay instantes que lo cambian todo, y ese fue uno de ellos. En lugar de la esperada puesta al día habitual, mi pobre madre me contó muy afectada que la abuela había perdido el conocimiento de repente, así sin más, durante la comida. Me olvidé por completo de la pista de hielo, no me enteré de nada de lo que sucedía en ella y, sin embargo, aquella escena se me quedó grabada. Tanto es así que, hasta la siguiente temporada no me apeteció volver a ver más patinaje y aún ahora, al recordarlo, se me hace un nudo en la garganta. También se ha convertido en algo que me hace viajar atrás en el tiempo y revivir otros muchos momentos compartidos con la Baronesa. Son momentos llenos de cariño, a los que me aferro.
jueves, 28 de febrero de 2013
Repaso a la pediatría
A los pocos días de estar en casa la niña comenzó a mostrar un color menos blanco y más amarillento que el deseable, por lo que cuñadísmo y yo decidimos llevarla al Centro de Salud (por entonces mis estudios sobre la coloración de los bebés no estaban muy avanzados). Dejamos a hermanísima en casa, incapaz de moverse por la episiotomía, llorando amargamente, presa de una pena inconsolable, al tener que despedirse por primera vez de su hija. Afortunadamente la separación fue muy breve. La pediatra no creyó que hubiese nada alarmante en su aspecto y su único compromiso fue el de verse forzada a compartir el comentario de su orgullosa tía sobre lo bonita que era la sobrina (algo absolutamente cierto por otro lado).
Una vez terminada la baja maternal llegó el momento de reincorporarse a la vida laboral y enviar a sobrinísima a la guardería. Aquello fue directamente el acabose. El lunes la niña iba sana a la guardería y, ese mismo día, o con un poco de suerte el martes, la devolvían con fiebre de más de 39º. Hermanísima no podía faltar a su trabajo y entre todos hacíamos turnos, en mi caso pre y postguardia, para cuidar a la chiquilla el resto de la semana. Nunca hubo regalo más amortizado que la máquina de aerosoles que le compré al nacimiento (deformación profesional) y que se utilizaba a diario (y aún se emplea con frecuencia). Averiguar el bicho de turno no era una empresa nada fácil aunque las enfermedades exantemáticas, de las cuales pasó todas, eran las que más pistas ofrecían. Uno de los mayores sustos fue el de un rash purpúrico, con la pequeña hecha un trapo con fiebre de 39, a los 9 meses de edad. Fue su primer ingreso aunque, afortunadamente, el diagnóstico se limitó a una reacción a la amoxicilina en relación con una vulgar mononucleosis.
En el verano la cosa mejoró, pero en su segundo invierno la mocosa retomó los mocos y las fiebres con más ganas de las deseables. En un intento de disminuir el número de procesos respiratorios la operamos de adenoides según cumplió los dos años (y en plena convalecencia de una neumonía, la segunda de ese invierno y descubierta en las pruebas del preoperatorio). Cualquier anestesista la habría suspendido en su estado pero, gracias a mis privilegios, conseguí convencer a uno de los que más confianza me inspiraban y la pobre niña entró en quirófano en medio de gritos de auxilio a su hermana recién nacida: "¡Hermana, hermana, sálvame! " (recurrió al bebé tras ver que los adultos no le hacíamos ningún caso). El ciclón fue incapaz de rescatarla de las garras de la legra que, sin ser la panacea, mejoró bastante la calidad de vida de sobrinísima y también la del resto de sus cuidadores.¡FELICES 14 AÑOS!
miércoles, 27 de febrero de 2013
Deterioro senil
Por desgracia su manejo es agotador. Aunque se pretenda cuidar en casa del paciente, llega un momento en que las circunstancias superan incluso al familiar más entregado: noches sin dormir, delirios, gritos, sufrimientos imaginarios con fases de agresividad y culpabilidad minan la moral de los que le asisten. La enfermedad se ensaña con las víctimas, les trastorna y les hace olvidar su propia vida. No recuerdan el rostro de sus seres queridos, el tiempo se enmaraña y les hace regresar a un lejano del pasado que les confunde aún más. Aprovechar los instantes de lucidez, cada vez más escasos, para devolverles a la memoria sus recuerdos más preciados, y hacerles revivir de nuevo sus momentos de felicidad es, en ocasiones, lo único en lo que se puede contribuir al bienestar del pobre enfermo.
No es fácil la convivencia, pero tampoco lo es la no convivencia cuando el hacerse cargo personalmente se convierte en una tarea imposible. La preocupación por la atención en los momentos malos, por estar presente durante los momentos buenos y disfrutarlos sin dejarlos pasar en medio de un sentimiento de abandono y soledad, genera un sinfín de dudas internas e incluso una sensación de culpabilidad. Se debate si se ha tomado la actitud más correcta, se le da infinitas vueltas, la duda se convierte en una obsesión que reconcome el espíritu hasta desembocar en frustración. Compaginar la rutina diaria con las visitas, y procurar al tiempo que estas se sucedan con toda la frecuencia posible, es conflictivo y cansado, cansancio que hay que disimular a toda costa, detrás del mejor gesto, para que el pobre enfermo no padezca aún más por culpa de éste. No hay alternativa. El tiempo se agota y la memoria se esfuma más rápido que la propia vida.
martes, 26 de febrero de 2013
Club de fans
Todos los médicos tenemos un grupo de pacientes que nos inflan el ego. Son enfermos que no sólo valoran tu trabajo sino que, además, están encantados contigo y aceptan cualquier decisión casi con los ojos cerrados. Muchas veces eso no significa que tu tratamiento les haya curado. Por mucho que lo intentes, te esfuerces, pruebes y te esmeres no consigues sacarle el rendimiento deseado a tu trabajo. Hay algunos casos en los que es su complejidad la que te sobrepasa. En otros es la idiosincrasia del enfermo ante los medicamentos lo que hace de la curación una misión imposible. Son ejemplos del dicho de que es peor el remedio que la enfermedad. Les has confesado tus limitaciones y, aún así, recurren a ti. Aunque su visita se limite a poco más que levantarles los ánimos con una palmadita en la espalda y, en ocasiones, un poco de sorna que les haga reír, el efecto placebo de que "estás ahí y les proteges" les ayuda a sentirse un poco mejor.
Es un club de fans incondicional y una vez que se han adscrito a él te hacen entrega de su confianza plena y ciega. Asumen casi todo lo que les dices, casi todo excepto tu declaración de ignorancia que toman como falsa modestia (cuando no es ni lo uno ni lo otro). Por supuesto no quieren abandonarte o cambiar de médico y cualquier opinión es consultada contigo, aunque sea de una especialidad diferente, de la que se te ha olvidado todo lo que estudiaste durante la carrera y el MIR. Si les tiene que ver otro facultativo va siempre condicionado a tu recomendación previa. Por supuesto luego pasarán a verte, contarte (desahogarse en ocasiones) y a que leas y le des el visto bueno a su informe.
El sentimiento es recíproco. Verles tan contentos no sólo es una satisfacción, es una alegría. Tienen la facultad de hacerte sentir útil, de levantarte el ánimo, de que desees contagiarles a otros ese mismo entusiasmo. Se relativizan los disgustos, se dejan correr y se olvidan. Se ve claro que los berrinches no merecen la pena, no hay que recrearse en ellos y sí en los momentos de felicidad para prolongarlos y tenerlos en cuenta al enfrentarse a los contratiempos. Gracias a ellos la rutina se transforma en un acontecimiento especial, que se atesora. Hacen que un día difícil sea de repente mucho más llevadero y que se disfrute del resto. Se prosigue la consulta con las fuerzas renovadas.
Es un club de fans incondicional y una vez que se han adscrito a él te hacen entrega de su confianza plena y ciega. Asumen casi todo lo que les dices, casi todo excepto tu declaración de ignorancia que toman como falsa modestia (cuando no es ni lo uno ni lo otro). Por supuesto no quieren abandonarte o cambiar de médico y cualquier opinión es consultada contigo, aunque sea de una especialidad diferente, de la que se te ha olvidado todo lo que estudiaste durante la carrera y el MIR. Si les tiene que ver otro facultativo va siempre condicionado a tu recomendación previa. Por supuesto luego pasarán a verte, contarte (desahogarse en ocasiones) y a que leas y le des el visto bueno a su informe.
El sentimiento es recíproco. Verles tan contentos no sólo es una satisfacción, es una alegría. Tienen la facultad de hacerte sentir útil, de levantarte el ánimo, de que desees contagiarles a otros ese mismo entusiasmo. Se relativizan los disgustos, se dejan correr y se olvidan. Se ve claro que los berrinches no merecen la pena, no hay que recrearse en ellos y sí en los momentos de felicidad para prolongarlos y tenerlos en cuenta al enfrentarse a los contratiempos. Gracias a ellos la rutina se transforma en un acontecimiento especial, que se atesora. Hacen que un día difícil sea de repente mucho más llevadero y que se disfrute del resto. Se prosigue la consulta con las fuerzas renovadas.
lunes, 25 de febrero de 2013
Talento
En ocasiones uno se siente omnipotente. Craso error, el talento no se reparte de manera uniforme en todas las facetas de la vida. Ni siquiera los que poseen un intelecto brillante destacan en todos los campos. El sobresalir en alguno puede crear la falsa impresión de superioridad. Requiere tiempo, humildad y autocrítica reconocer las limitaciones, algo que no está al alcance de todos. Si no se reflexiona sobre ello se corre el riesgo de pretender abarcar demasiado y fracasar. Esto desencadena un estado de enfado contra el mundo (los carentes de capacidad de autocrítica nunca son culpables de sus errores) y desemboca en frustración vital.
Hay gente que posee un talento artístico fuera de serie y son genios de la pintura, la música, la literatura, etc. Otros gozan de habilidades innata fuera de las disciplinas del arte. Algunos son brillantes en ciencias y matemáticas y disfrutan con los retos que esas materias les proporcionan. Quien más o quien menos la mayoría posee un pequeño campo de cosas que se le dan verdaderamente bien, otro muestrario, más amplio, de capacidades intermedias y, finalmente, una última sección, a esquivar, de materias en las que son un desastre épico.
Conviene esmerarse en las cosas en las que se destaca para obtener en ellas resultados óptimos. Si uno se limita a salir del paso, logrará sacarlas adelante sin esfuerzo, pero estaría desperdiciando su talento innato. También hay que tratar de desarrollar las capacidades individuales: están ahí y perfeccionarlas es cuestión de constancia y mucha, mucha práctica. No obstante, en lo referente a los desastres, hay que aprender a identificarlos y a pedir ayuda desde el principio. No hay que avergonzarse por recurrir a los demás. Es fácil encontrar buena disposición en los que le rodean, que se sentirán honrados por el reconocimiento. En contra de lo que muchos creen, por pedir ayuda no se le cataloga a nadie de inútil sino todo lo contrario, se admirará su sensatez y se le enseñará, no sin cierto orgullo de maestro, la mejor manera de llevar a cabo esa labor. Si se esconden pueden acabar en catástrofe. Todo tiene sus trucos y, muchas veces, el talento consiste en ver rápidamente en qué consisten estos y aplicarlos en la repetición de la acción.
Hay gente que posee un talento artístico fuera de serie y son genios de la pintura, la música, la literatura, etc. Otros gozan de habilidades innata fuera de las disciplinas del arte. Algunos son brillantes en ciencias y matemáticas y disfrutan con los retos que esas materias les proporcionan. Quien más o quien menos la mayoría posee un pequeño campo de cosas que se le dan verdaderamente bien, otro muestrario, más amplio, de capacidades intermedias y, finalmente, una última sección, a esquivar, de materias en las que son un desastre épico.
Conviene esmerarse en las cosas en las que se destaca para obtener en ellas resultados óptimos. Si uno se limita a salir del paso, logrará sacarlas adelante sin esfuerzo, pero estaría desperdiciando su talento innato. También hay que tratar de desarrollar las capacidades individuales: están ahí y perfeccionarlas es cuestión de constancia y mucha, mucha práctica. No obstante, en lo referente a los desastres, hay que aprender a identificarlos y a pedir ayuda desde el principio. No hay que avergonzarse por recurrir a los demás. Es fácil encontrar buena disposición en los que le rodean, que se sentirán honrados por el reconocimiento. En contra de lo que muchos creen, por pedir ayuda no se le cataloga a nadie de inútil sino todo lo contrario, se admirará su sensatez y se le enseñará, no sin cierto orgullo de maestro, la mejor manera de llevar a cabo esa labor. Si se esconden pueden acabar en catástrofe. Todo tiene sus trucos y, muchas veces, el talento consiste en ver rápidamente en qué consisten estos y aplicarlos en la repetición de la acción.
domingo, 24 de febrero de 2013
Zbigniew Preisner para Kieslowski
A veces el cine de autor es difícil de digerir y requiere una afición por el séptimo arte superior al mero deseo de entretenerse. En mi opinión "La doble vida de Verónica" entra claramente dentro de esa categoría. Sin embargo, las dos canciones que canta Verónica, ambas de Preisner, me impresionaron. Las escuché boquiabierta, sin pestañear siquiera, y me dejaron con ganas de más. Sólo por ellas me mereció la pena tragarme la película entera en cuestión. Las canta al principio por lo que podría haberme ahorrado el resto, pero eso no lo sabía entonces y la vi hasta el final con la esperanza de más. Tras oírlas me comprenderéis.
De la serie de Tres Colores la que más me gustó, sin ninguna duda, fue Blanco. ¿Por qué reincidí tras el aburrimiento mortal de Azul? La razón es evidente, y tan antigua como el mundo: el amor ciego e idiota es el que impulsa a secundar al otro en ese tipo de tonterías (mi ex solía salir con un grupo de culturetas, tan pretenciosos como hipócritas, que eran los que planeaban las tardes de cine). Azul se me ha olvidado y de Rojo me acuerdo del final, en el que las tres películas se interrelacionan y se convierten por ello en una trilogía (ese es el único nexo, además de que los tres colores son los que forman la bandera francesa).
Blanco no sólo me pareció interesante sino que me dejó un buen sabor de boca y me alegré de haberla visto. Me encantó la blanquísima escena sobre el helado Vístula en la que los personajes, y el espectador, se dejan llevar por la euforia de la libertad bajo los acordes de este maravilloso tango (que además suena varias veces durante la película). Un regalo.
Una anti-recomendación: dentro del ciclo de películas francesas al que asistimos, recuerdo el título de un terrible bodrio, El perfume de Yvonne (puede parecer sugerente pero es el mayor pestiño imaginable, absolutamente infumable e insustancial). Afortunadamente la mayoría de las películas no eran tan cargantes y, por lo general, disfrutaba de la proyección al tiempo que me culturizaba y entrenaba mi precario francés.
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