sábado, 8 de marzo de 2014

Piano

Hoy el sol quiere jugar. La luz baila sin dejarme dormir más, se apoya sobre mí espalda en un arrumaco cálido. Brotan flores de mi piel y al salir me hacen cosquillas. Son pequeñas margaritas. No es preciso deshojarlas, sus pétalos son tan suaves que cuando me acarician sé que me quiere. Sólo sus besos comparten el mismo tacto.

Oigo el preludio de una melodía. El viento arrastra las flores y transforma los pétalos blancos en un piano. Las teclas se extienden a lo largo de mi cuerpo. Suenan todas a la vez. Un arpegio de marfil asciende desde mis pies. La música recorre mis piernas, su onda se hunde en la cintura para elevarse de nuevo en mis brazos. Baja por los hombros y se detiene en el cuello. Me disuelvo entre las notas. El sonido llena la habitación. Cuando ya no cabe más, el aire estalla en estrellas. Llueven destellos sobre mi piel. El final de su eco resuena en mi cuerpo.

Se me cierran los ojos, las teclas negras se condensan en mis pestañas mientras bajo despacio los párpados y cae en silencio la tapa del piano. El sol entona la nana que acompasará mis sueños.

viernes, 7 de marzo de 2014

La invitación

"Esta no es una noche cualquiera, es una noche de estrellas. No es para dormir sino para soñar despierta."

Esas eran las palabras impresas en la tarjeta de la invitación que había encontrado al regresar de su paseo en la bandeja del correo. La Marquesa le dio la vuelta intrigada: El Museo abrirá a medianoche, leyó. ¿A medianoche?, repitió desconcertada, ¡qué hora más extraña! Estudió el sobre. La única pista era el membrete del Nuevo Museo grabado en él. ¿Pretendían picar su curiosidad? Pues lo habían conseguido.

Esperó la hora de salir con impaciencia. Se sentó junto a la chimenea con un libro en la mano aunque las palabras le bailaban, sin fijarse en la página. Por mucho que se esforzase, no se concentraba en la lectura. Su mirada se perdía a través de las ventanas del balcón a cada segundo. Al fin llegó la esperada puesta de sol. La escena se rompió en franjas. Ámbar sobre el horizonte con formas geométricas recortadas a contraluz y borradas por los halos de las farolas. Por encima, una zona de transición dejaba entrever el azul del cielo y, cubriéndolo todo, el negro. Un lucero se apoyaba en el arco de la luna. Poco antes de la medianoche la luz se extinguió.

La Marquesa recorrió las calles en silencio. La ciudad no era más que un bloque de sombra encerrado en un vacío lleno de estrellas. Entre el hueco de las casas brillaba el camino blanco de la Vía láctea, el faro de los peregrinos. Seguían la misma ruta. La reja del museo estaba abierta y a través de los postigos de las ventanas se colaban rendijas de luz dorada.

Entró. ¿Para qué si no había sido invitada? El suelo estaba cubierto por la arena fina de playa. Las olas latían contra las paredes calizas. El mar se mostraba inquieto, presto a escapar por los arcos y bóvedas de la catedral de acantilados y rocas pero sin acertar a liberar el agua del lienzo que la contenía. El sol, la niebla, las estrellas sí se habían infiltrado en el interior de aquel cuarto y proyectaban un cielo diferente a cada momento. Amanecía junto al mediodía y el sol se ponía en medio de la neblina de la aurora en una noche de luna. La primera ola rebasó la orilla, la marea subía.

Avanzó por delante del agua hasta la sala de al lado. El viento seco del verano agitaba el trigo. Los árboles se alineaban en las lindes del cultivo y sus ramas se alzaban hasta la cúpula del techo tapizada de hojas. El bosque se perdía al fondo sin dejar ver su final. Una senda de tierra discurría entre los troncos y las hojas caídas crujían bajo los zapatos de la Marquesa. Más allá de los campos de girasoles se distinguían los tejados de las granjas con sus huertos, las praderas salpicadas de amapolas y los jardines de lirios. Al fondo, en las laderas de las colinas, los almendros reventaban de flores blancas. El calor abrasaba.

El sendero moría en un cercado. Unos escalones de madera y una puerta abierta daban acceso a una cocina. El horno olía a pan, en su punto y recién hecho. La Marquesa lo sacó, no se fuese a quemar, e, incapaz de resistir el impulso, cortó un pedazo. La corteza crujía y la miga, blanca y esponjosa, humeaba. Lo mordisqueó con cuidado. Estaba delicioso. Cogió un plato y se sirvió una taza de té para acompañarlo. Se sentó en el salón, en el sillón de al lado de la chimenea. Las llamas bailaban y dibujaban formas que, al igual que los sueños, se desvanecían antes de fijarse en la memoria. La Marquesa cerró los ojos somnolienta. El fuego iluminó su retrato, con la cabeza reclinada y una invitación en la mano.

jueves, 6 de marzo de 2014

La inspiración según Nabokov

La inspiración es inolvidable. Por mucho que se desee no puede retenerse, ni llamarse a voluntad, pero queda el consuelo de rememorarla una y otra vez. Se describe, más para uno mismo que para otros, en un esfuerzo de revivir cada detalle. Os dejo la descripción de Nabokov que sabe describirlo mejor que yo.

Se distinguen varios tipos de inspiración, que se entremezclan, al igual que todas las cosas en la fluidez de nuestro interesante mundo, mientras dan la apariencia de una clasificación. Un resplandor preliminar, no muy distinto del aura previa a un ataque epiléptico, es algo que el artista aprende a percibir temprano en su vida. Esta sensación de cosquilleo y bienestar se ramifica a través de él como los vasos rojos y azules de un dibujo sobre la circulación humana. Al extenderse disipa toda conciencia de incomodidad física, desde un dolor dental hasta las neuralgias de la edad. Su belleza radica en que, a pesar de ser completamente inteligible (como si estuviera conectado con alguna glándula o condujese a un climax esperado), no tiene fuente ni meta. Se expande, brilla y se apaga sin revelar su secreto. Mientras tanto se ha abierto una ventana, ha estallado una aurora y un hormigueo ha recorrido los nervios. En breve todo se desvanece: las preocupaciones regresan y el ceño dibuja su dolor; pero el artista sabe que está preparado. 

Pasan unos días. La siguiente etapa de la inspiración es algo que se anticipa con pasión - y que se define. La forma de este nuevo impacto es tan evidente que me fuerza a desistir de metáforas y recurrir a términos específicos. El narrador presiente lo que va a contar. Ese presentimiento puede definirse como una visión instantánea que se transforma en un discurso rápido. Si existiese algún instrumento que reprodujese este fenómeno excepcional y fascinante, la imagen surgiría como un destello de detalles precisos, y la parte verbal como una cascada de palabras entremezcladas. El escritor experimentado las anota inmediatamente y, en el proceso, transforma lo que es poco más que una corriente borrosa en algo con sentido, construye gradualmente frases tan claras y editadas como lo estarán finalmente sobre la página impresa. 

Se ve la inspiración que acompaña al autor en el trabajo de su libro. La musa le acompaña por medio de sucesivos flashes a los cuales el autor puede acostumbrarse de tal modo que una chispa en la luz ambiente le parece una traición.

No debe sorprender que, cuando un autor al que no le asusta reconocer que ha conocido la inspiración y aprende a distinguirla de la trivialidad de un ajuste, así como de la monotonía de la "palabra correcta", busque la misma huella brillante de ese entusiasmo en otros autores. El rayo de inspiración golpea constantemente: se observa en esta o aquella obra maestra, sea un despliegue de poesía, o un pasaje de Joyce o Tolstoy, o una frase de un relato, o un estallido de genio en un artículo de un naturalista, un investigador o incluso un crítico literario. Me refiero, naturalmente, no a los inútiles gacetilleros que todos conocemos, sino a los que son artistas creativos por derecho propio. Nabokov. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Inspiración

La inspiración surge sin avisar. A veces nace de la nada y en otras es la impresión de una frase, una imagen o una sensación lo que la despierta. Es una emoción embriagadora, irresistible, que impregna el aire y te hace cosquillas en el interior. La inspiración te enamora y, al igual que el amor, te cautiva. Perturba los sentidos, transforma la percepción. La luz cambia, se vuelve cristalina, ligera y brillante, se diría que salpicada de minúsculos destellos. Invade la mente y pone un nudo de felicidad en la garganta, una sonrisa en los labios e ilumina los ojos. Sientes ganas de reír, de flotar, de volar, de dejarte llevar. No importa cuando aparezca porque siempre es bienvenida y nunca inoportuna. Sí que lo es cualquier cosa que estés haciendo y que te impida entregarte a ella en ese momento. Aún así intentas retenerla, no la sueltas ¿quién en su sano juicio querría dejarla escapar?

Si se alarga la espera para sacar el cuaderno y apuntar las ideas la tensión deviene en insoportable. En el primer momento posible te detienes en mitad de la calle y escribes mientras caminas sin importarte un comino la impresión que provocas en los testigos de tu arrebato. Tomas notas en el metro, igual que una posesa, y te olvidas de estar atenta hasta de la estación. Es posible que tardes varias paradas en darte cuenta de que vas en otra línea o incluso de que viajas en sentido contrario. En el coche sabes que no puedes despistarte. Agarras el volante y te fijas en los que te rodean mientras guardas en un rincón de la mente la idea. En cuanto llegas al destino, aparcas y, antes de abrir la puerta, dejas salir, a través del bolígrafo, todo lo que has almacenado durante el camino. Sólo entonces respiras y te sientes con fuerzas para regresar a tierra firme.

martes, 4 de marzo de 2014

El busca del fin de semana

Tengo guardias localizadas, también llamadas de alerta, que significa que a las 15h me voy a casa con el busca hasta el día siguiente. Antes de marcharme me paso por la urgencia para comprobar que no se queda nada pendiente no sea que me toque darme la vuelta. Mejor terminar todo el trabajo antes de salir y, si después aparece algo urgente por lo que tenga que volver, pues mala suerte.

Los fines de semana la localización dura los tres días que van del viernes al lunes. El busca se convierte en un apéndice que obliga a vestir prendas con bolsillos para llevarlo siempre encima. Nunca es oportuno: interrumpe la lectura sin miramientos, suena en el coche, en el baño, en la ducha (es mejor tenerlo cerca que correr mojada y desnuda por toda la casa para contestar a tiempo). Antes de acostarse se deja en la mesilla de noche y se ejecutan toda suerte de rituales para que se mantenga en silencio. Incluso aunque haga gala de buen comportamiento, el domingo por la tarde el cacharro corre el riesgo de acabar fulminado bajo el efecto de una mirada cruzada.

Un fin de semana localizado no es sinónimo de quedarse en casita sin aparecer por el hospital. Hay que visitar a los pacientes ingresados, momento que se aprovecha para, de paso, ver las urgencias acumuladas del tipo que admite demora (el resto implican salir escopetado hacia el hospital, a cualquier hora).

¿Qué ocurre cuando una se levanta un viernes, feliz porque tiene guardia, y descubre que está incubando algo? El hospital, en contra de lo que piensa la mayoría, no es el mejor lugar para curarse, aunque sí para contagiarse. La solución está en las drogas (legales): ibuprofeno, paracetamol, nolotil... cualquiera vale con tal de que no suba la fiebre y la venza a una.

El viernes empeoré un poco a lo largo de la mañana pero, gracias a la farmacología, sobreviví a la consulta y a la tarde de busca. El sábado pasé visita, di el alta a un absceso drenado y drené a otro de los ingresados. En urgencias saqué un cuerpo extraño y valoré algunas lesiones. Por la tarde me atacó de nuevo eso que estaba incubando y fue una suerte que sólo me llamaran para consultar porque apenas me podía levantar. El domingo primero me acerqué a ver a mi abuela. La dama estaba algo mosca porque, con mi padrino y la Señora fuera, nadie había ido a visitarla entre semana. No se encontraba bien y el verse sola no la tranquilizaba. Mi hermano iba a ir también, afortunadamente, porque mi mañana la tenía que dedicar al hospital.

El absceso drenado el día anterior se encontraba mucho mejor, aunque no tanto como para darle el alta. Otro absceso me esperaba en la observación de Urgencias, a punto de caramelo para clavarle el cuchillo. Coincidió la llegada de dos sangrantes y de un citado para valoración. Con toda la tropa a cuestas, avisé a Seguridad para que me abriesen las consultas y los conduje a todos para allá. Para mejorar el ambiente, el ascensor nos dejó encerrados durante unos segundos, se quedó totalmente paralizado, ni se movía ni se abrían las puertas. No sé si su intención era que nos conociésemos mejor porque, al parecer, tocar la sangre y las entrañas no lo consideraba intimidad suficiente. Gracias a su estratagema me enteré de que la familiar de uno de los pacientes padecía claustrofobia. Más vale tarde... (no estoy de acuerdo, hay casos que es mejor nunca). Mis bolsillos van atiborrados de cosas: papeles, bolis, linterna, guantes, un bisturí, una cánula, pero me falta un ansiolítico. Afortunadamente, tras tocar todos los botones con calma, confieso que simulada, el ascensor nos dejó salir. Nos montamos en el de al lado, como valientes. En realidad no era cuestión de valor, simplemente no nos quedaba más remedio. Entre mis enfermos se encontraba un abuelo anémico al que no me imaginaba subiendo por las escaleras salvo que algún voluntario lo llevase en brazos. El que parecía mejor candidato tenía antecedentes de infarto y quedaba descartado. Por el camino se me sumó un residente que deseaba aprender y que, en caso de necesidad, siempre podía ayudarme a cargar con el abuelo.

Una vez sanos, unos más que otros, y salvos en nuestro destino metí a cada paciente en una consulta diferente y empecé a ponerles anestesias, tras confirmar que no tenían alergias. Drené el absceso, exprimí una glándula submaxilar, taponé una nariz y cautericé el vaso causante de otra hemorragia. El residente me perseguía de una consulta a otra y se asomaba por detrás de mi hombro para no perderse ninguna intervención. Todo fue bien. Antes de irme comprobé que no quedaba nada más pendiente. Por desgracia para la auxiliar, aunque recogí la mayoría de la cacharrería, o eso pensaba, no revisé que no me dejase nada por medio y, al día siguiente, gracias a mis huellas, pudo seguir todos mis pasos. Supongo que dedujo que había estado bastante entretenida (aunque no fue un mal finde).

lunes, 3 de marzo de 2014

La maquina de sueños

He soñado con unas vacaciones de primavera en la granja. Una de mis primas tenía un aparato similar a un karaoke que no emitía canciones sino sueños tangibles. Al apretar los botones surgía un sueño, podía ser nuevo o la continuación de uno anterior. El sueño tomaba forma, se hacía tridimensional. Crecía, se desarrollaba en la habitación y la llenaba. El cuarto se transformaba, sus límites eran los del dormitorio pero en su espacio cabía desde un río hasta una jungla. Sabía que dormía pero eso no lo hacía menos real, tan sólo era otra parte paralela de mi vida, la parte que despierta en los sueños. En este caso eran los mismos elementos del sueño los que se ocupaban de despertarla.

Dormía en el cuarto del fondo, en mi cama de siempre, la que estaba pegada a la pared opuesta a la ventana. Había un elefante en el hueco que quedaba entre la puerta, el armario y el baúl sin fondo de los tesoros. Se acercaba, se metía por el pasillo entre las dos camas y se sentaba sobre la mía. Me mecía con la trompa para llamarme. Al notar el vaivén, abría a medias un ojo pero no me daba por aludida sino que me giraba y me cubría la cabeza con la colcha. No me servía de nada remolonear, mi elefante no me lo permitía (y no hay quien les gane a cabezonería). Para convencerme enlazaba mi cintura y me incorporaba hasta sentarme al borde del colchón. Sentía que aún seguía pegajosa de sueño. Se me cerraban los ojos y me pesaba la cabeza. La apoyé sobre él. No me extrañaba que hubiese un elefante en mi habitación, le conocía, no era la primera vez que algo así sucedía. El animal, igual que un perrillo impaciente, tiraba de mí para que me levantase y saliese con él fuera de la casa. Algo pasaba y quería mostrármelo sin más demora. Estaba inquieto.

Le hice caso y me dejé guiar. En camisón y descalza caminé tras él hasta los eucaliptos de la era. En el lugar de la antigua alberca había una ballena varada, aunque no había ninguna playa cerca, sólo la tierra reseca. No parecía posible que hubiese llegado hasta allí, sin embargo ahí estaba. Mi elefante se plantó a su lado y me miró, en sus ojos me suplicaba que la ayudara. ¿Qué podía hacer yo para salvarla? No se me ocurría nada.

Aparecieron más y más elefantes, una manada completa. Los había de todos los tamaños: grandes, medianos y chicos. Se acercaban desde cada rincón de la granja: por el camino de grava de la entrada, por la cuesta de los columpios, desde la piscina, la casa, las viejas naves, el huerto, los caballos... Todos querían ayudar a la ballena, hacer que no tuviera miedo, que no se sintiera sola. Se mantenían unidos a su alrededor para darle fuerzas. Sin embargo, en sus pasos lentos, en su procesión, en su silencio y en la tristeza de sus miradas se respiraba, sin desearlo, el aire denso de las despedidas.

domingo, 2 de marzo de 2014

Ingeniero en Perú

Andrés regresó satisfecho de Alemania. Se había peleado con la nieve y había hecho estallar la tierra helada hasta ablandarla lo suficiente como para trabajar en ella. Había soportado temperaturas de veinte grados bajo cero. Con ese frío la nariz se le congelaba cuando asomaba por entre las vueltas de la bufanda. Había luchado contra tornillos que no se apretaban bajo el tacto inexistente de los guantes. Habían sido 18 meses de duro trabajo que ahora ocupaban una línea más en un curriculum lleno de esperanzas que nadie requería.

Desde su vuelta permanecía atento a todas las ofertas que salían, asunto que, por desgracia, no le llevaba mucho tiempo. Aprovechó para estudiar y sacarse en el ínterin el título de ingeniero superior. Aprobó las asignaturas, terminó el proyecto de fin de carrera, pero nada cambió. Probó suerte en todas las provincias sin que en ninguna le surgiese la oportunidad de aplicar sus nuevos conocimientos. Las perspectivas no es que fuesen malas, es que eran nulas. Las empresas cerraban o despedían a sus trabajadores. Si pretendía trabajar tendría que marcharse, no había alternativa.

No se precipitó. Antes de moverse a ningún lado, diseñó un plan. Debía escoger adónde ir y para ello era preciso saber cómo funcionaban las cosas en cada lado. Necesitaría un sitio en el que vivir y desde el que desplazarse. Se puso en contacto con grupos de gente de distintos lugares. Gracias a su seriedad y su simpatía, enseguida trabó buenas amistades. Habló con unos y con otros, investigó y llegó a la conclusión que, donde tenía las mejores posibilidades, era en Perú o en Chile, los países de Sudamérica con mayor actividad minera. Junto con uno de esos nuevos amigos, con familia en el país, organizó el viaje a Perú. Si ese plan no funcionaba, lo intentaría en Chile.

Al llegar se encontró con las primeras dificultades. Trabajo había pero su visado era sólo de turista y le convertía en la víctima ideal para contratos de trapicheo poco fiables. No estaba dispuesto a que le tomaran el pelo, debía poner en orden sus papeles.

Su carácter emprendedor, franco y abierto le benefició. Conoció a una familia que había vivido en España y que guardaban un excelente recuerdo de su experiencia. Estaban muy agradecidos por toda la ayuda que les habían prestado entonces y se ofrecieron a intervenir en su caso. Deseaban, de algún modo, devolver el favor. Movieron sus contactos para acelerar el papeleo y, además, le invitaron a pasar con ellos las Fiestas navideñas. Tenían una casa en una pequeña ciudad, patrimonio de la humanidad, cercana a la selva, donde pensaban recibir el Año Nuevo. Andrés aceptó sin dudar. Echaría de menos las celebraciones familiares pero estaría nada menos que en la selva amazónica. ¿Quién no firmaría una oferta igual? Para rematar la experiencia Los Reyes Magos le trajeron su permiso de trabajo y, un día después, un contrato legal.

¡Feliz cumpleaños valiente!