sábado, 15 de octubre de 2011

Entregarse al placer de la lectura

En el verano de mis cuatro años, mi padre decidió que era el momento de enseñarme a leer. ¡No podía tolerarse que la niña llegase a párvulos sin saber la cartilla! Sin armarse previamente de paciencia, ¿qué era eso? ¿una cualidad? ¡tonterías de los psicólogos modernos!, se entregó a ello. Así que, con sus propias teorías sobre pedagogía infantil, consiguió que no se me olvidasen ni sus enseñanzas, ni sus métodos.¡Cuántos maestros aspiran a obtener resultados de esa índole! A la hora de la siesta linarense, con 50º al sol y 45º a la sombra, subíamos al cuarto del fondo del piso de arriba de la granja para impartirme la lección. Aún no me explico la razón de que fuese mi hermana y no yo la que le cogiese miedo a esa planta. Sin aire acondicionado ni ventilador, sudábamos tinta sobre la cartilla. La mayoría de los días aquello acababa como el rosario de la aurora. Entre el sudor y las lágrimas debí de terminar muchas tardes al borde de la deshidratación. Al terminar de verano leía de corrido, no ya las cinco cartillas sino cualquier libro de lectura que me pusieran delante, ya fuese con o sin dibujos. Me había convertido en una adicta. Podía haberlo aborrecido, porque eso de que la virtud está en el término medio nunca ha cuajado bien con mi carácter. Claro que, después de todo el esfuerzo, una vez cogido el tranquillo a las letras, consideré que aficionarme a ellas era una postura más inteligente que tirar el trabajo por la borda. Aunque el proceso fue duro, mereció la pena y es una de las cosas que más le agradezco a mi padre.
Cuando llegué al colegio descubrí que el resto de mis compañeros estaban lejos de mi nivel. La mayoría ni siquiera sabía aún las consonantes. Por desgracia, no fui capaz de lucir mis conocimientos porque la profesora, tras verificar que lo que afirmaba mi padre era cierto, para mi gran desesperación, no me preguntó jamás en clase. Menos mal que me dio el libro de lectura de los de 1º de EGB para que me entretuviese mientras tanto.

Cuando llegó el turno de mi hermanísima de aprender a leer las cosas cambiaron. Con el éxito que había obtenido con su método piloto conmigo no entiendo por qué decidió experimentar con un nuevo sistema. Aunque creo que la opinión de mi madre tuvo algo que ver en ello, también lo achaco a la diferencia de fechas de cumpleaños: el mío es en Mayo y, por lo tanto, dispuso de todo el verano para enseñarme. El de ella es en Octubre así que le pillaría con el curso empezado. Tampoco lo hizo a los cuatro años sino que se esperó a cuando indicaba el programa escolar. En lugar de ejercer de instructor principal, se convirtió en profesor de apoyo, a domicilio, y la cartilla fue sustituida por un juego de cartas, sin mucha gracia. Pese a ello, no se puede decir que mi hermana disfrutase de aquellos esfuerzos docentes.

Poco después, mi progenitor decidió que era un momento ideal para sumergirme en lecturas más serias así que, con ocho añitos, me entregó una versión comentada del Quijote en unos doce tomos que, lógicamente, me resultó aburridísima. Los comentarios no estaban pensados para niños sino para lingüistas y, por cada palabra del texto de Cervantes, había un párrafo dedicado a su análisis. Por supuesto, yo me leía todo seguido, con lo que era imposible seguir el hilo de la historia y, menos aún, el de las notas a pie de página. Tras terminar el primer tomo de aquel Quijote (unos 6 ú 8 ejemplares) desistí y conseguí evitar los correspondientes al segundo. A partir de entonces, también procuré eludir cualquier nueva recomendación de mi padre y, muchas de aquellas amenazas con título de libros, entre las que destacaba como gran favorita "Los papeles póstumos del club Pickwick", me los leí a posteriori y me encantaron. El que aún no se haya leído esa obra de Dickens le recomiendo que lo haga. Mi padre tenía razón: es inteligente y divertidísima.

Alexander Deineka
Pese a aquello, me aficioné a la lectura de tal modo que todos en mi familia me conocían por el mote de "tragalibros". Me llevaba el libro a la mesa, leía por la calle de camino al colegio, en el recreo si me dejaban y, en los cumpleaños de mis amigas, miraba las estanterías y pedía permiso para leerme alguna de aquellas novedades. Encargaba libros como regalo en Navidades, los que yo quería y no los que decía mi padre y, en vacaciones, devoraba lo que pillaba en casa de mis abuelos tanto de un lado como del otro. En la granja había muchos libros sobre la cría de gallinas que eran incluso peores que aquel Quijote pero, afortundamente, en casa de mis tíos disponía de una variedad de obras suficiente como para surtirme durante aquellas temporadas. Me sentaba debajo de la palmera y, allí me encontraban las visitas familiares al llegar, enfrascada en la historia de turno mientras mis primos gritaban a mi alrededor como una tribu de indios en pie de guerra.

En la casa de mis abuelos paternos había una colección de obras clásicas que fui escogiendo una por una. Empecé por La Dama de las Camelias y, luego, el resto me resultó algo decepcionante. No estaban mal pero ninguna me gustó tanto como la de Dumas.

El descubrimiento del Kindle, al que tontamente me resistí una temporada al pensar que perdería el encanto del papel cuando, en realidad, la principal atracción está en el texto, ha sido providencial. Gracias a él, y a Internet, tengo acceso a un montón de obras clásicas e incluso descatalogadas de forma gratuita y en su idioma original (otro aliciente siempre que se trate de español, inglés o francés): Austen, Wilde, Trollope, Dickens, L.M. Montgomery, Shakespeare, Cervantes, Verne entre otros muchos del millón de obras de la página de Gutenberg.org sin contar con la posibilidad de investigar autores que desconocía (ahora estoy con Ada Leverson). Siguen sin caberme los libros en casa y sigo comprando en papel (porque muchos no están en ebook o son más caros que la versión en bolsillo). Pienso en llevarlos a una biblioteca pero me resisto a separarme de muchos de ellos pese a tenerlos también en formato electrónico. Hago el propósito y me falla la voluntad para llevarlo a cabo. ¡Seguiré intentándolo!
Hughes-Arthur, The Compleat Angler

3 comentarios:

Elvira dijo...

Me encanta,no sé cómo te leíste los papeles póstumos...., a mi me produce reacción solo por las amenazas de papá!

Por cierto, también te leías todos mis libros del barco de vapor. Qué bueno el viaje de los hijos de la sombra!

Niágara dijo...

No sólo es que me leyese los papeles póstumos sino que lo recomiendo. Es una lástima que papá lo usase como amenaza. Los libros de Barco de Vapor estaban muy bien, a ver si escogen el mío para su colección.

Sole dijo...

Yo siempre me acuerdo de ti bajo la sombra de la palmera, con un libro en la mano...Tengo que reconocer que también soy una lectora entusiasta, aunque no llego a tu nivel. Yo sigo recomendando a todo el mundo que lea, sobre todo a mis sobrinos, y mi sobrina Ro parece que será de las nuestras...besos