sábado, 8 de octubre de 2011

¡Felicidades! Happy birthday! Joyeux anniversaire!

"Beach sisters" Marie Witte
Hoy es el cumpleaños de mi hermanísima, así que la entrada al blog va dedicada a ella. Todo el mundo opina que es genial tener hermanas, claro que a esa conclusión se llega de adulto. Cuando eres una niña independiente con amplia necesidad de espacio vital, el tener que compartirlo con tu hermana pequeña, que ha decidido que no necesita una burbuja de aire a su alrededor si puede colarse en la tuya, no piensas que lo de los hermanos sea algo tan genial. Su primer día en la guardería, una vez se soltó de la falda de Bibi (la niñera) para subirse al autobús (ritual que se repitió a diario durante ese periodo), decidió que la siguiente falda a la que había que agarrarse era la de su independiente hermana mayor. Una vez en la guarde, nada de irse a la clase de los pequeños cuando podía estar conmigo en la de los mayores, donde se pasó su primera semana. Ahora se queja de que sus hijas son unas lapas. ¡Es la única de la familia que no sabe a quién han salido!
Las vacaciones en la granja de los abuelos suponían que había que acompañarla cada vez que tenía que ir al piso de arriba, porque le daba miedo. Por supuesto, su intrépida hermana mayor haría frente a todos los peligros para defenderla, lo que la obligaba a dejar el libro de turno (con la rabia que da eso) para subir con ella. Por desgracia, el baño estaba en esa planta, lo que hacía que esos viajes fuesen frecuentes y, con frecuencia, urgentes. El miedo era también la razón por la que tampoco podíamos dormir allí en dos camas separadas, pero hacerlo en una cama de matrimonio suponía pasarse la mitad de la noche discutiendo sobre quien estaba en el lado de quien (evidentemente ella en el mío).
"Playing at the beach" Elizabeth Blaylock
La pobre tenía la desgracia de ser la mediana. Eso suponía, entre otras desdichas, que ella tenía que jugar con mi hermano, terminaban discutiendo y acudía a mí a que la defendiese. ¿Quien era yo? ¿El Cid? Por eso, la relación con mi hermano era diferente para ambas: ella jugaba y yo me peleaba, sin haber hecho nada para llegar a ello salvo tener una hermana. Otra ventaja más que valoras en su justa medida cuando eres niña.
Claro que, el tener una hermana mayor también presentaba inconvenientes. Las profesoras la tenían en el colegio al año siguiente de haberme tenido a mí, la tragalibros con fama de empollona (la verdad es que leía más que estudiaba), y se hacían ilusiones de que iba a ser como yo. En seguida salían de su error. Ella era mucho más sociable, lo que solía traducirse en una necesidad perentoria de hablar con todo el mundo, en especial con su amiga del alma, por supuesto igualmente sociable. Una, otra o las dos terminaban indefectiblemente en el pasillo castigadas por no callarse. Yo era una tremenda sosa a la que nunca mandaban al pasillo. Mi éxito escolar no era comparable, ni por asomo, a su éxito social. Por supuesto, era capaz de recordar las múltiples visitas que venían a casa, cosa que siempre he sido incapaz de hacer. Lo único que me interesaba de ellas era cumplir, a regañadientes, para regresar a mi libro lo antes posible. No creo que ninguno de los amigos de mis padres pensase de mí lo típico de que niña tan simpática, afortunadamente allí estaba mi hermanísima para suplir mis deficiencias, y eso les permitía afirmar, sin mentir demasiado, sólo el 50%, que tenían unas hijas encantadoras.
Pierre-Auguste Renoir. Niñas leyendo
Otra ventaja era que nos poníamos enfermas juntas. Cuando no ocurría esto, te dabas cuenta de lo aburrido que era estar enferma sin compañía. Con fiebre el libro cansa y el sopor no es lo mejor para concentrarse en la narración, así que una cotorra como ella hacía las anginas mucho más llevaderas.
Fue ella la que abrió camino para que nos prolongasen la hora. Por supuesto que se quejó de tener que encargarse de esa tarea que correspondía, según su criterio, a la hermana mayor. Yo pensaba que las noches estaban hechas para dormir y no le encontraba la gracia a andar por ahí de madrugada muerta de sueño. ¡Efectivamente, soy un gran muermo! Mi plan ideal de nochevieja ha sido siempre el casero: cenar, función familiar y a dormir. Era la única de los primos que era persona, dentro de mis limitaciones, el día de Año Nuevo. Al resto del mundo le daba igual, seguían durmiendo mientras yo me levantaba a leer. Al menos era un muermo poco ruidoso.
Pese a todo ello, mi hermana me quiere. Eso demuestra lo gran persona que es y su corazón tan enorme. He tardado en adquirir mi inteligencia emocional y nunca llegaré a su nivel, pero al menos he aprendido a valorar familia y relaciones y, eso, se lo debo a ella. Es maestra y ayer, todos sus alumnos del año anterior, que están ya en el Instituto, fueron a felicitarla al colegio. Se lo habían prometido el año pasado y no se habían olvidado. ¿Cómo iban a hacerlo? Todos los años, se pasa una semana preparando cosas para llevar tanto a clase como a sus compañeros (pese a que, con frecuencia, abusen de su buena disposición y su mala memoria para las afrentas). 26 niños de 12 años colándose en la clase supusieron un cierto revuelo y, conociéndola, seguro que echó su lagrimita, que además es muy sentida. Tras haber pasado por su tutela durante 4 años, los chiquillos opinan que los nuevos profes son unos muermos. Supongo que a ellos, nunca le harán la pregunta que le hicieron a ella hace unos años: " Seño, ¿y no le da vergüenza hacer todas estas cosas?" Está claro que es muy demostrativa y se asegura de que sus enseñanzas resulten  inolvidables: si es preciso cantar y bailar para conseguirlo, está dispuesta a ello.
 La gente que dice que no hay nada como las hermanas tiene razón, no hay ni un cariño ni un vínculo comparable a ese. Otro día le tocará a mi hermana pequeña, en la que los 10 años de diferencia de edad supusieron que las molestias ocasionadas fuesen de otra índole, aunque luego alcance el mismo estatus. Sólo me queda desearle: ¡FELICES 40!

2 comentarios:

Carmen dijo...

¡Qué puedo decir! ¡Me ha encantado! Aunque tenga que reconocer que todo es verdad y que el buen corazón de mi hermana ha olvidado lo chivata y chantajista que era y que a veces lo de la sociabilidad era más para compensar que era la mas torpecilla de las dos que por ser sociable de verdad. ¡Yo también te quiero!

Francisco A. Marcos-Marín dijo...

Lo mejor que tiene pasar de los 40 es que uno empieza a aprender a olvidarse de todo lo que no le conviene. Besos, papá.