Los árboles vestían hasta ayer el esplendor dorado de su madurez. Sus ramas rojas con rastros de verde, amarillo y bronce resplandecían entre el tamiz del sol. Mostraban su belleza con orgullo, sin querer desprenderse de ella. El frío les ha atacado por sorpresa. A traición, y en apenas un momento, la nieve, la escarcha y el hielo han congelado las hojas. Secas, mustias y frágiles, sin fuerzas para soltarse, el viento las ha arrancado de golpe para después revolverlas y esparcirlas a sus pies. Un esqueleto gris de finas ramas se aferra desolado a las pocas que aún le quedan. No son más que reliquias que penden sin vida. Cuelgan lacias, ajadas y acartonadas, quebradizas como un resto de papel. Su propia debilidad las mantiene suspendidas en su precario equilibrio.
El frío arrecia. El árbol helado se rinde al sueño bajo su gruesa corteza. Las últimas hojas se desprenden y se entierran en el suelo. Los días se acortan y el invierno se acerca.
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