miércoles, 11 de diciembre de 2013

La fuerza del carácter

Mi abuela tiene 95 años y, en opinión de muchos, un carácter endiablado. No comparto esa opinión aunque reconozco que requiere tiempo y paciencia conocerla de verdad y comprendo que no todo el mundo está dispuesto a dedicarle ni una cosa ni otra tras tratar con ella en uno de sus días malos. Entenderla es difícil pero sin hacerlo es imposible cambiar de parecer.

En mi caso parto con la ventaja de ser su nieta favorita y conozco sus días malos más por referencias que porque me afecten directamente. No significa que conmigo sea una malva, su carácter es fuerte en cualquier circunstancia. Siempre se ha negado a aceptar aquello que no le gusta, que son muchas cosas, y en lo referido a resignarse es aplicable el refrán "a la fuerza ahorcan", y en ese alarde de resistencia no deja títere con cabeza.

Rechaza la compasión, no desea sentirse inferior, y prefiere mostrarse arisca antes que revelar sus debilidades. Las tiene pero no voy a traicionarla y ser yo quien las exponga. No las declara directamente pero entre sus historias hay tantas pistas que sólo hay que prestar atención para descubrirlas. No ser demostrativa no significa que no sea cariñosa, lo es pero a su manera, una manera muy distinta a la usual y que implica una cierta distancia. Es estricta, es lo que le han inculcado desde su infancia, a pesar de ser también una favorita, y no considera que la firmeza influya en el cariño, sino más bien al contrario, es una manera de demostrar interés y preocupación por el otro. Corregirle es algo que se hace por su bien. Dado que ella misma no es perfecta es un rasgo difícil de sobrellevar, sin embargo no asumirlo merma la estima en la que mi abuela tiene a la persona. El problema es que, al carecer de sutileza, nada indica si corrige, recrimina o desaprueba, depende del talante del momento del receptor. Por desgracia, salvo conmigo y algún que otro elegido, no se prodiga en halagos, lo que contribuiría, sin duda, a contrarrestar el golpe.

Con frecuencia, al referirse a sus compañeros de residencia, todos más jóvenes en lo que a edad respecta, declara vivir rodeada de viejos. Ella no se incluye dentro de esa categoría. Cierto que tiene muchos años, que le duelen los huesos y que sus fuerzas y su salud la traicionan, pero esos detalles no la convierten en una vieja. Su cabeza, su forma de pensar, es la misma de siempre. Si era joven antes ¿por qué va a ser vieja ahora? ¿porque su aspecto se ha deteriorado? ese motivo es fácil de rebatir: la imagen es engañosa y superficial. ¿Por culpa del calendario? ¿Dónde está la frontera entre las distintas épocas de la vida? ¿Quién las dicta? A ella nadie le ha consultado al respecto y, por lo tanto, no es vieja. Le pasa como a nuestro coche, es mayor de edad y vintage.

1 comentario:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Sol, buenos días; querer a un abuelo o abuela (como a un padre o una madre) puede parecerle obvio a cualquiera, pero no siempre habría que darlo por sentado. A tí, en todo caso, se te nota que quieres a tu abuela (y mucho), y que, además, te enorgullece proclamarlo públicamente. Ya puede estar orgullosa tu abuela...

Un abrazo y seguimos trasteando.