lunes, 18 de agosto de 2014

Darse un salto

Esa mañana la luna era más espesa y le faltaba un trozo de arco en la zona inferior, ya no era una luna traidora y llena, o al menos ese fue mi pensamiento al verla.

Lo primero que compruebo al llegar al hospital es la evolución del hijo de mi paciente tras el susto de ayer. Ha ingresado a cargo de cardio, al parecer el mareo escondía algo más. Hago propósito de acercarme a verle en mi primer rato libre. 

Me esperan un par de pacientes de urgencias y una enfermera me trae a su marido para que le vea. Les atiendo, no tardo demasiado, son cosas breves.  Asomo la cabeza por la puerta para darme un salto a la unidad coronaria. Antes de tomar impulso me encuentro con uno de mis pacientes. 
- Hola doctora. Me dijo que pasara hoy a verla. 
- Sí, sí, claro. Por supuesto. - Eso de no apuntar en la agenda a los que gozan de salvoconducto hace que su visita me pille habitualmente por sorpresa. Entramos a la consulta. Antes de terminar se me acerca una auxiliar. 
- Ya ha llegado el paciente de la intratimpánica. 
- Enseguida le atiendo. 

Sale uno y entra otro. En este caso no es un enfermo mío pero su doctora habitual está de vacaciones y hago de sustituta. 
- Por favor, póngame anestesia. - Me pide. 
- Descuide. 
La medicación me la ha dejado preparada la enfermera, únicamente falta la anestesia. En un momento me hago con lo necesario. 
- Me estoy mareando. - Me informa durante el proceso.
Queda poco. Termino y en un instante le aplico el tratamiento básico: unas compresas frías y húmedas en la frente y el cuello. Es mano de santo. 

Mientras el hombre reposa inmóvil en el sillón para que le haga efecto la medicación, me llaman de urgencias. Les indico que me suban a la mujer a la sala de exploración. Una vez allí su colaboración convierte la prueba en una pelea, de poco sirve pedirle que se comporte, al parecer no se lo solicito con la suficiente amabilidad: "Disculpe, se lo ruego, ¿le importaría no romper el fibroscopio para que podamos molestar con él al resto de los pacientes que lo necesiten?" "¡Cuánto le agradecería que se estuviese quieta y dejase de tirar!" "¿Qué no desea tragarse la gelatina?" "No se preocupe, a lo mejor prefiere que le haga el avioncito." Mi conclusión, además de que me falta paciencia, es que el diagnóstico no parece tener relación con mi especialidad y sí con su histeria. Me da la impresión de que mi juicio clínico no le convence. 

Cuando la inválida sale desconsolada en su silla de ruedas veo a otra de mis pacientes sentada en la sala de espera. Mi sillón aún está ocupado. Aprovecho que, con las vacaciones, hay consultas libres y la paso al lado. 
- He estado mucho mejor, - me explica. 
Semejante noticia es un alivio y una alegría para ambas. Ahora el problema se limita al otro lado. Opto por repetir el tratamiento de la vez anterior en esa zona con la esperanza de que le funcione, al menos, igual de bien. 

En el ínterin llega mi jefe. Tiene que ver a un recomendado y la habitación que he invadido es la suya. Afortunadamente, como no han surgido complicaciones, ya he terminado. Mi otro enfermo ya puede levantarse del sillón y marcharse a casa. Regreso a mi lugar habitual para escribir el informe de mi última paciente. 
Al terminar la acompaño a la puerta a despedirme pero, de nuevo, no paso de ahí, en la sala reconozco a otra de mis invitadas. La hago pasar. 

Cuando al fin salgo compruebo que no me espera nadie más. Tras responder por el camino a las preguntas de un par de pacientes perdidos por los pasillos, logro llegar hasta cardio. 

1 comentario:

María José Rodrigo Hernández dijo...

Menos mal que has podido descansar el fin de semana. Sin un relax previo ¡dudo de que alguien pueda hacerle frente a este ritmo!

Un abrazo.