Hopper responde a estos interrogantes con sus paisajes de cielos abiertos, su luz que detiene el tiempo y atrapa el momento en sus sombras, en los rostros impasibles de sus personajes, ajenos no sólo al espectador, sino también al escenario que les rodea. Sus figuras hablan el lenguaje de la soledad, del silencio, de la introspectiva serenidad que acompaña a la resignación en ocasiones, o al desengaño en otras. Sus paisajes respiran en espacios inundados de hierba clara o amarillenta y cielos intensamente azules, sus carreteras solitarias transcurren por caminos sin destino. Unos vagones abandonados esperan con paciencia a ser trasladados. Sus casas aisladas de líneas sencillas son un refugio para sus habitantes, escondidos tras cristales, cortinas y persianas, en habitaciones en las que sólo entran los rayos del sol, pero nunca el sonido del exterior.
Los primeros cuadros de Hopper no son así. Al empezar buscó su camino en el impresionismo y pintó un París gris, oscuro y plano. Son unas obras con formas que imitan a Cezanne o incluso a Monet, pero que carecen de los colores del primero y de la luz del segundo. Entre ellas, a través de unas escaleras de un inmueble en la Rue de Lille se asoma el Hopper íntimo de años después. En su paso posterior por el arte de los grabados se refleja su temática, pero falta su luz, su silencio y su tiempo. En las acuarelas de las casas de Gloucester, pintadas durante unas vacaciones, ya se reconoce su mano, y en el ambiente se respira la sal del aire marino y limpio del pueblo.
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(La exposición estará hasta el 16 de Septiembre en el Museo Thyssen de Madrid.)
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