martes, 11 de diciembre de 2012

Frutales, almendras y pastelón.

Salvo los naranjos y la higuera, el resto de los árboles, de ramas poco accesibles entre otros inconvenientes, nunca fueron considerados por la chiquillería como refugio de juegos. Tampoco podían ser empleados como escondite de ratones de biblioteca, porque ni siquiera la mayor de las abstracciones conseguía soslayar su incómoda naturaleza.

Los perales, además de tener unas copas bastante cerradas, eran el lugar preferido por mi hermano y sus secuaces para hacer su agosto con la caza de las avispas. A cinco duros que pagaba mi abuelo por cada cien de aquellos bichos, estaba claro el elevado riesgo que se corría de recibir la dolorosa picadura de uno de aquellos insectos. Otra posibilidad era que a mi panda de primos, capitaneada por el hermano, se les ocurriese hacer de una su presa, con la idea de conseguir de ese modo una recompensa más sustanciosa, a fin de cuentas la víctima era mucho más grande que una colmena llena de avispas. Esa opción me apetecía incluso menos que la de que me clavasen un aguijón.


"Canning Pears"
Timothy C Tyler
Aquellos perales presentaban la enorme ventaja, al menos con respecto a los naranjos, que su fruta, lejos de ser amarga como en aquellos, era increíblemente sabrosa y muy dulce. Recuerdo tomar aquellas peras en Agosto, a mitad de la tarde, recién cogidas del árbol y lavadas con la manguera de riego. Es cierto que después de recibir el sol durante todo el día estaban algo calientes, pero eso no me importaba en absoluto, sobre todo porque al morderlas resultaban extremadamente jugosas y deliciosas, se convertían literalmente en agua azucarada.

Mi abuelo recogía aquellas peras por cubos, y aunque se repartían por docenas entre todos los titos y demás miembros de la familia, los kilos y kilos que sobraban se transformaban en mermelada. Aunque todos alababan las bondades de aquella compota, personalmente siempre he opinado que semejante transformación era una lástima. Las peras perdían no sólo su textura en el proceso, sino también ese singular aroma de fruta recién cogida, y el azúcar añadido, necesario para la conserva, ocultaba su delicado sabor. Es cierto que era imposible comerse aquel enorme arsenal antes de que se estropease, no obstante esa razón no me reconciliaba con aquella mermelada.

Entre los naranjos y los perales estaban las dos enormes moreras que daban sombra a los columpios. Claro que después de la experiencia de Sole y Pal tras su conquista nos teníamos que conformar con tomarnos las moras que caían y nunca más nos arriesgamos a conquistarlas. De entre sus frutos valorábamos especialmente aquellos que no habían sido aplastadas, aunque debo reconocer que nos comíamos incluso esos. Las hojas también eran consumidas, aunque en este caso por los gusanos de seda de mi hermano.

En el camino que conducía desde los columpios hasta la piscina, había un pequeño almendro. Era sin duda uno de los árboles favoritos de mi abuelo que se ocupaba personalmente de recoger los almendrucos. Luego se sentaba en la mesa mientras los limpiaba, preparaba y pelaba para sacar las almendras que mi abuela tostaba para ofrecérselas luego de aperitivo en las partidas oficiales de tute de las tardes. En aquellas reuniones con sus hermanos, las deliciosas almendras, de las que mi abuelo se sentía tan orgulloso, se oficiaban junto con unas crujientes patatas fritas, unas aceitunas caseras, en ocasiones también mérito del abuelo aunque para mi gusto estaban algo amargas, y un vino doloroso. Aquellas almendras se molían para usarlas en las salsas, las albóndigas, los filetes rusos y el pastelón. El pobrecillo almendro parecía un árbol algo enclenque. Sin embargo, su aspecto frágil resultó ser engañoso, lo que se demostró tras su milagrosa recuperación cuando se nos escapó la cierva y se desayunó todas sus hojas, sin dejar ni una. Esa historia ya está narrada en otra entrada.

PASTELÓN DE LA GRANJA
Ingredientes
Un par de láminas de hojaldre (mi abuela lo solía preparar ella misma con la inestimable ayuda de la tita Mercedes. La recuerdo con un bol de agua helada al lado por si era necesario enfriar la encimera de mármol sobre la que estiraba y doblaba cuidadosamente la masa, que debía permanecer bien fría, hecha de harina y manteca, para conseguir las finas y crujientes capas de hojaldre).
Un buen puñado de almendras repeladas. Extenderlas sobre la bandeja de horno y tostarlas ligeramente (luego con el calor que guardan en su interior, siempre se hacen un poco más). Una vez frías: molerlas.
Unas onzas de chocolate negro ralladas
Canela en polvo (para espolvorear sobre el relleno y también por fuera)
Una lata grande de cabello de ángel, preferiblemente de marca "El Quijote" (eso si no se dispone de cidra natural para cocerla en almíbar y preparar un delicioso cabello de ángel casero, que es el que le ponía mi abuela)

First pie- Sonia Terpening
Elaboración
Con un rodillo (o una botella vacía) estirar una lámina de hojaldre sobre una superficie enharinada hasta que quede fino pero manejable. Colocarla sobre una bandeja de horno.

Entender por encima del hojaldre una capa de cabello de ángel de aproximadamente menos de medio centímetro de grosor (es un pastel muy fino y no conviene abusar del cabello de ángel o resultaría empalagoso)

Poner una fina capa de la almendra tostada y molida de manera de modo que cubra todo el cabello de ángel.

Espolvorearlo generosamente con chocolate rallado (bien repartido aunque deben quedar huecos) y canela en polvo.
Estirar la segunda lámina de hojaldre y cubrir el pastel. Pinchar la superficie con un tenedor para evitar que suba demasiado.

Cocer a horno fuerte, precalentado a 220º, durante unos 25 minutos (hasta que se dore).
Al sacar espolvorear de nuevo con un poco de canela y azúcar blanco (no es necesario que sea azúcar glas)

Servir en la sobremesa, en buena compañía, mejor conversación y, por supuesto, con una copita de Risol.

5 comentarios:

Carmen dijo...

La entrada es de las que me gustan a mí. Con todos nuestros recuerdos de "La granja". DE todas formas tengo que decir que esta vez me ha parecido que las ilustraciones (que normalmente son buenísimas) han sido excelentes. ¡Qué bonitas! ¡Gracias por alegrarnos el día!

Comas dijo...

Voy corriendo a comprar hojaldre, esta no me la pierdo!

Apicius dijo...

Bonita la historia y el pastelón de cabello de ángel me ha gustado.
Tengo una calabaza de cidra, en fase de secado, con la que haré cabello de ángel y posteriormente este pastelón.
Que pase buen día a pesar del gobierno.
Saludos

Elvis dijo...

Aunque nunca he sido de pastelón (las hebras del cabello de ángel me pueden) pèro recuerdo que me encantaba el azúcar con canela en el hojaldre de arriba y siempre intentaba tomarme solo eso y, aunque la abuela solía pillarme en mis destrozos, hacía la vista gorda. Era uno de los grandes privilegios de venir de Madrid, junto con apurar el vinagre de la ensalada con pan y cenar lenguadito en lugar de bocadillo de salchichas!

Besos y, como dice Apicius, buen día a pesar del gobierno (me encanta).

Anónimo dijo...

He de confesar que una de las razones por las que la capa de cabello de ángel no era un poco más generosa es porque mi primo y yo (si, el de las abispas que yo me negue a cazar...) nos comíamos a cucharadas y aún caliente el cabello de ángel...al igual que la mermelada de pera caliente...
No sé como no nos sentaba mal...porque con la escusa de probar de azúcar o sal cualquier guiso...el hermanito y yo nos poníamos buenos...
Que ricos pastelones...menos mal que las hermanas Li y la tita Cati aún los hacen...
Un beso, Sole.