lunes, 10 de febrero de 2014

Tiene pendientes...

Soy como una urraca, me llaman la atención las piedras, los cristales y todo lo que brilla, por eso los escaparates de las joyerías, especialmente los florentinos, me atraen con más fuerza que un imán. De entre todas las joyas son los pendientes los que me resultan irresistibles. Ya desde mi más tierna infancia demostré mi interés por ese adorno. Eso no significa que los cuidase como oro en paño y que nunca perdiese ninguno, aunque sí que me acuerdo de la congoja que me embargaba cuando eso pasaba. No entendía cómo era posible que las tuercas se soltaran, el caso es que a pesar de enroscarlas bien, se aflojaban y se perdían.

Uno de mis primeros recuerdos tiene que ver precisamente con los pendientes. Se trata de la visita a mi prima Pal, recién nacida. Por entonces yo contaba casi con dos años y medio de edad y, sin contar a las gemelas, era la mayor de las primas: por entonces cuatro y aún todas chicas, los varones se hicieron esperar. La siguiente en edad era Hermanísima, que acababa de cumplir un año, mientras que mi otra prima contaba con tan sólo siete meses.

Recuerdo la sensación de ese día, sentía que se trataba de un acontecimiento importante y que debía portarme bien, ese siempre era un requisito obligado, y prestar atención a todo. Ya por entonces era consciente de que grabar las cosas en la memoria requería un cierto esfuerzo de fijación, si no, sin darme cuenta, las olvidaba. Lo que más me costaba, y me cuesta, eran las caras.

La casa de mis tíos era muy pequeña (debía de ser diminuta si con dos años me pareció pequeña) y oscura, aunque creo que las contraventanas estaban cerradas para que el bebé durmiese. La criatura era muy, muy chiquitina y estaba embozada en la cuna hasta las orejas. Con tan poca luz y tanta cobertura ¿cómo iba a reconocer a mi nueva prima la próxima vez que la viera? Me fijé y mi sentencia me marcó de manera definitiva: - "Tene pendentes pero no tene dentes" - declaré con mi lengua de trapo. 

¿Cómo se explica mi atracción por los pendientes? ¿Por qué soy incapaz de resistirme a su encanto? Simplemente me encandilan. Su belleza posee una cualidad romántica, incluso algo mágica, que invita a soñar. Mis preferidos son los pendientes con cierto aire antiguo, los que se conocen como florentinos o isabelinos, sin desdeñar los victorianos o los de la belle epoque. Son objetos delicados que perduran y que, al mirarlos, evocan historias y recuerdos. Quizá esa idea surgiese de unos pendientes de filigrana de oro que habían pertenecido a mi abuela materna en su juventud y que llevé buena parte de mi infancia (hasta que uno se aplastó por accidente). Sentía que formaban parte del pasado y lo trasladaban al presente, convertidos en un recuerdo tangible de otra época. Poco después me regalaron una sortija de filigrana, con forma de rombo, con un pequeño rubí en su centro. Se convirtió en mi favorita, posiblemente porque combinaba con mis pendientes.

Además de aquellos pendientes recuerdo unos de perlas cultivadas que me regaló mi padre después de uno de sus viajes cuando tenía diez años. El pobre no podía ni imaginarse las consecuencias de su acción. Descubrí entonces que las perlas favorecen, en especial las que tienen mejor oriente, y ese es un gran descubrimiento aunque también muy peligroso, especialmente para una urraca como yo. Años después House me regaló una preciosa gargantilla de perlas redondas y suaves. Posee un tacto especial y, cuando la llevo puesta, se despierta aún más mi romanticismo. No fue ese su primer regalo, ya desde el principio demostró conocerme bien y en nuestras primeras navidades juntos me sorprendió con unos maravillosos pendientes, unos zafiros rodeados de pequeños brillantes que me traen a la mente la imagen de una noche estrellada. Perlas de luna, destellos de diamante, filigranas doradas, engarces de plata,  reflejos irisados, gemas cristalinas... ¿quién no se imagina un cuento? 


1 comentario:

Carmen Marcos dijo...

Los lunes son un día feo para todos pero acabo de desayunar leyendo tu blog y por lo menos me ha puesto una sonrisa en la boca para comenzar mi nada romántico día.
Ayer el tiempo nos sorprendió con un día casi veraniego que aprovechamos bien haciendo una barbacoa pero hoy volvemos a las temperaturas invernales ¡Es lo que tiene no tener montañas! ¡Feliz semana!