martes, 14 de enero de 2014

De halagos y éxito

 J.C. Leyendecker
El éxito es algo que casi todo el mundo persigue, pero al contrario de lo que todos creen, lo opuesto al éxito, según la concepción actual de este, no es el fracaso, aunque muchos se sientan fracasados al no hallar una satisfacción inmediata que cumpla con sus expectativas. El éxito, tal y como está planteado, asocia un reconocimiento externo, no el pundonor por la labor bien hecha. Si no se es alabado, o incluso envidiado, por la sociedad, los méritos carecen de importancia. Ante esto, los valores quedan relegados con frecuencia a un segundo plano.

¿A quién no le gusta oír elogios? Las muestras de admiración de los demás son siempre bienvenidas y facilitan al que las profiere el camino hacia el favor del adulado. Por eso, en muchas ocasiones, el halago se utiliza precisamente con este fin: camelarse con lisonjas a uno para conseguir algo de él. Sin darse cuenta de que es así, la víctima cae en el panal de miel y se pringa de dulzor hasta las orejas. Las felicitaciones sinceras y sin segundas intenciones se han convertido en un bien escaso y por ello más buscado por los que las aprecian de verdad (a muchos les basta y sobra con las mentiras, cumplen su función y la mayoría está tan acostumbrada a la falsedad que no saben distinguir entre un cumplido sincero y la mera coba).

Las cualidades dignas de admiración varían a lo largo de la vida. En un bebé es su capacidad de generar ternura lo que despierta el cariño de los que lo contemplan. Luego serán sus sonrisas, sus gracias, sus primeras palabras y juegos, sus progresos en su transformación de cría a infante. Al llegar al colegio, sus compañeros valorarán sus habilidades sociales mientras que los adultos (profesores y familiares) se fijarán en su inteligencia y su capacidad de trabajo (aunque ésta se relegará a un segundo plano). El oír todo el día ¡lo listo que es el niño! halaga la vanidad del chiquillo. Sin embargo no es mérito suyo sino que viene genéticamente predeterminada y, al no requerir de esfuerzo por su parte, puede llegar a dormirse en los laureles del cariño y los privilegios que sus capacidades despiertan. ¡Craso error! La inteligencia siempre es un plus, pero no es el único.

Al llegar al mercado de trabajo no sólo cuenta la capacidad de uno para realizarlo, sino también su disposición y, salvo que sea el único miembro de su empresa, las habilidades sociales siguen teniendo un papel relevante. El problema radica en tener la suficiente inteligencia emocional como para saber apreciar las cualidades ajenas y los defectos propios, y no al revés, y crecer en el ámbito laboral integrado dentro del grupo, y no al margen de éste. Si para destacar, aunque sea inconscientemente, se deja al resto a la altura de una zapatilla, no se logrará el éxito con el reconocimiento al que se aspira sino que el interminable camino estará lleno de trabas. Tanto tropezón generará primero desilusión para terminar por desembocar en frustración.

4 comentarios:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Hola, Sol, buenos días; como de costumbre, interesantísima tu reflexión. Me temo que la búsqueda del halago es algo que llega a hacerse de manera inconsciente, una vez que, como bien apuntas, uno ha probado la 'droga' y ya no le es fácil desengancharse. Y algo a lo que no es ajeno esto del bloquerío, donde uno termina volcando buena parte de su vanidad y, por tanto, también busca su 'cachito' de parabienes. Supongo...

Un abrazo y hasta pronto.

Señora dijo...

Es verdad que en la sociedad nuestra el trabajo bien hecho, la persona íntegra, el esfuerzo..... por poner algunos ejemplos, son valores que si no son reconocidos en el entorno es como si no existieran. Es una lástima, porque se pierde la esencia de lo bien hecho, que es el propio bien que genera en su realizador al saber él mismo del esfuerzo que le ha exigido y la propia convicción de haber acertado en lo conveniente o de haberlo intentado, al menos. Los medios e intrumentos de comunicación (de masas y de menos masas) han contibuido a generar en nosotros esa sensación de que todo lo que conlleva alguna habilidad especial ha de ser jaleado, aplaudido y difundido y cuando no es así, es como si nada se hubiera hecho; de ahí tanta sensación de fracaso. Una pena. Se busca el ruido y no se saborean las nueces.

elvis dijo...

Me parece muy interesante esta reflexión sobre el éxito y el papel del halago social, especialmente en lo que a trabajo se refiere.

Cuando se gestionan equipos de personas, una de las cuestiones más complicadas es precisamente conseguir aprovechar las virtudes (que no los éxitos) de estas personas y conseguir que se conviertan en éxitos del equipo, y no individuales. Todos tienen que contribuir y todos tienen que sentirse parte del "éxito", pero por desgracia hay muchas personas incapaces de formar parte del grupo que solo buscan destacar individualmente.

Comas dijo...

Aprendo más de una mala crítica constructiva que de un simple "1Qué bien lo haces!