jueves, 15 de noviembre de 2012

Un patio particular

Sutton Palmer
El patio de la granja era un lugar lleno de vida. Nada más salir te recibía con sol y un olor intenso a jazmín. Ese aroma se ha grabado en mi memoria de tal modo que lo tengo íntimamente asociado a la granja. El arbusto lleno siempre a reventar de pequeñas flores blancas se apoyaba en la pared que había entre la casa de mi abuela y la cocina de mi tía. Según mi tía abría la puerta por la mañana, aparecían una veintena de gatos a saludarla. Sabían que traía con ella un buen cazo de migas en leche que devoraban en un santiamén. Luego se esfumaban y no volvían a asomarse por allí hasta la mañana siguiente.

Según avanzaba la mañana era el olor a comida lo que impregnaba el aire. Al alejarse la hora del desayuno y no acercarse la de la comida, que no se esperaba hasta bien entrada la tarde, aquellos aromas me provocaban gruñidos en las tripas. Afortunadamente nunca me negaban un tentempié. La excusa de que me iba a quitar el apetito sabían que no tenía validez en mi caso. 

En los laterales del patio solía haber ropa tendida secándose al sol. Me gustaba cuando eran la sábanas grandes y blancas las que colgaban de las cuerdas y creaban pequeños refugios en los ángulos de las esquinas. A veces ponía una silla escondida detrás de una de ellas y me sentaba allí a leer. El techo estaba cubierto por un enramado de parras cuyas grandes hojas daban sombra al patio. Hacia finales de verano, se llenaban de dulces uvas de un color dorado pálido. Recuerdo que mi abuelo protegía los racimos con las redes de las mosquiteras para evitar que se las comiesen las avispas. Claro que con mi hermano y sus secuaces matando a esos insectos a cinco duros el centenar, eran pocas las que sobrevivían a la masacre.

Los jazmines no eran las únicas flores del patio. Sobre el suelo de barro cocido, debajo de la ventana de la cocina de mi abuela, tenía mi tía unos tiestos de geranios de carnosas y pilosas hojas y yemas de un tono claro de verde y abundantes ramilletes de flores rojas. Siendo muy pequeña descubrí que estas matas no nacen de semillas, sino de esquejes que se clavan directamente sobre la tierra. Al lado de aquellas macetas estaba "la pila". Era una pila de piedra tradicional pero con la característica añadida de ser el lugar de la granja con mejor suministro de agua, sobre todo caliente, por lo que, además de servir para frotar alguna prenda de vez en cuando, la utilizábamos cuando queríamos lavarnos el pelo. Aquello era todo un ritual. Primero teníamos que ir a la cocina de mi abuela a buscar la pequeña jarra de hojalata azul en la que mezclábamos el agua fría y caliente (de grifos separados, por supuesto). Una vez pertrechados con el recipiente, ya podíamos poner la cabeza dentro de la cubeta de la pila para remojar el pelo con aquello. Rara vez contábamos con champú, solíamos usar el jabón de lagarto, hecho en Canena, que tenía la ventaja de no hacer mucha espuma y necesitar sólo un enjabonado para limpiar a conciencia. Más valía así porque para el aclarado final las reservas de agua caliente, incluso en esos grifos, se habían agotado y todas las teorías de que el pelo quedaba más brillante si se usaba agua fría las inventó mi abuela mucho antes de que las anunciasen los expertos en cabello. Era la única manera de que nos enjuagásemos el jabón en condiciones. En verano el agua fría salía caliente del depósito con sólo esperar a las horas centrales del día. Con el calor de Linares muchas veces la ducha diaria era un manguerazo en el centro del patio que, además de quitarnos el polvo de nuestras excursiones, nos refrescaba lo que, con más de 40 grados a la sombra, se agradecía.

Childe Hassam "Red Geraniums"
El patio era lugar de paso para nuestras correrías. Desde ahí accedíamos a las viejas naves: al cuarto de los juguetes, a los tejados, a las ruinas de los gallineros, incluso a los columpios y a la piscina. También servía para dar la vuelta a la casa y cruzar por dentro a modo de atajo, lo que resultaba muy útil cuando jugábamos al escondite. Ofrecía tantas vías de escape que era un lugar ideal para ocultarse ya que te permitía aislarte y desaparecer cuando alguien se acercaba.

4 comentarios:

Señora dijo...

Comienza A. Machado su "Retrato" en "Campos de Castilla" con el verso: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla...." y es que hay que ver la vida que tienen (y permiten) los los patios. Esa posibilidad de intimidad abierta que nos daba el patio en verano era de las cosas más agradables de la granja. Y luego con ese fresquito tan bueno por la mañana; cuando el porche se recalentaba con el primer sol y el patio mantenía su sombra y sus colores, todo tan vivo.....Estabas fuera, pero estabas dentro, porque se oía con toda claridad el trajín de la cocina, la preparación del desayuno, el olor a pimentillos fritos recién cogidos, las tostadas.... y el ir y venir de unos y otros en ese comienzo del día que en su sencillez nos deparaba tantas cosas.

Niágara dijo...

Me alegro de que hayas hecho precisamente esa alusión a Machado porque es justo la que tenía en la cabeza cuando escribí la entrada, y la que me lleva rondando toda la mañana. También la idea de que en el patio se disfrutaba de la luz y el aire de fuera, y de la vida de dentro, por eso era un sitio tan especial.

El tito Paco dijo...

El patio es una constante y hoy voy a dedicar este comentario al tito Pepe, que cumple. Muchas felicidades.
De mis recuerdos del patio es más constante es uno de Nizar Qabbani, el gran poeta sirio. Es un poema reivindicativo palestino y se refiere al limonero del patio, cuyo olor se asocia a la infancia, como es natural. Las vicisitudes de la ocupación y el desahucio (palabra hoy tan de moda, por desgracia) llevan a la tremenda conclusión final:
Nos quedamos sin nuestro limonero.
Nuestros ojos no volvieron a ver la primavera.
No recuerdo la fecha de ese poema y no sé si Qabbani pudo tener presente a Machado. Yo también recuerdo los jazmines de la granja, desde este día de Noviembre, monotonía de gris tras los cristales.

Anónimo dijo...

Con semejantes comentarios aventurarme a escribir algo es estropearlo pero como mi prima se lo merece por hacerme sentir otra vez esos olores, el fresco de las mañanas cuando me quedaba , dormir con vosotras, el olor a la leche hirviendo y el ajo que el abuelo nos enseñaba a restregar en la tostada. A mi padre, el tito Paco y el abuelo, tomando el esmerado desayuno que preparaba la abuelil..y a forma de pasarnos la rebanada de pan...ja ja ja siempre la arrojaba como si estuviera repartiendo cartas tranquilamente.
Son mucho más intensos y cercanos los recuerdos cuando os leo, así que muchas gracias a los tres.
Bs Pal