lunes, 18 de febrero de 2013

Educación sexual

A pesar de que el título de esta entrada pueda inducir a error, estoy muy, muy lejos de ser una gurú del sexo. Tengo todo un amplio surtido de tabúes implantados en mi mente que hacen que no me sienta cómoda al hablar de este tema. La educación y la sociedad han convertido algo natural en un misterio casi pecaminoso (la iglesia sin el casi). Por lo tanto no voy a detallar mis intimidades sino que, simplemente, me voy a remontar al pasado para tratar de superar de este modo algunas de mis inhibiciones.

Durante nuestra infancia el sexo se escondía, no existía la educación sexual. Sabíamos que los niños no los traía la cigüeña porque no eramos tontas y sólo había que sumar dos y dos para deducir que mis numerosos primos salían de las tripas embarazadas de mis tías, tras una visita urgente al hospital. El cómo entraban en ella creo que ni nos lo planteábamos, pero desde luego nadie nos contó la historia de las flores y las abejas, aunque sí la de la virgen María (del cofrecito nos informaron para la noche de bodas). Conocíamos que Adán y Eva habían sido expulsados del paraíso por cometer el pecado original, aunque la metáfora de comerse la manzana no aclaraba la realidad del asunto. Esto fue así hasta que un día me bajó la regla y, por inspiración, le pedí una compresa a mi madre (las pistas para semejante conclusión las obtuve de la publicidad de la televisión). Aquel fue el pistoletazo de salida y, casi de la noche a la mañana, la Señora decidió solucionar mis carencias e instruirme en el funcionamiento de los órganos sexuales. Hablar de sexo con los padres al llegar la adolescencia, cuando no sólo no se ha mentado hasta entonces sino que se ha esquivado como la peste, me hacía sentirme horriblemente confundida y azorada, y procuré eludir la turbadora conversación por todos los medios. Los peores momentos de sobresalto sucedían si me quedaba a solas con la Señora, incluso salir con ella a la calle me agobiaba ante el riesgo de que sacase a relucir el tema durante el paseo. Todos mis temores eran fundados.

Sin embargo el sexo es el pensamiento que domina la mente en la adolescencia, alrededor del cual se centran los cambios físicos y que hace que se despierten nuevos instintos, que se controlan a duras penas. Una vez surgido el dichoso instinto, de algún modo tenía que aprender. Las primeras experiencias para dar satisfacción a esos impulsos, aunque torpes, reforzaban aún más el deseo. Se comienza por la exploración de las bocas, primero tímida para sentir los labios y luego exhaustiva, hasta que no queda ni un recoveco por saborear. De ahí se baja al cuello, se pasa de las cosquillas más delicadas a los mordiscos con aspiraciones a vampiro. Se recurre luego a las manos, se encienden las ganas de tocar al otro, primero por encima y luego por debajo de la ropa. Aquello no calma ningún ardor y se quema cualquier resto de recato mientras se cubren etapas progresivamente. Se pone interés en hacerlo bien, pero no se pregunta a nadie sino que se busca información en la clandestinidad para estudiarla con mucha más aplicación que cualquier otra materia. En la biblioteca había muchos tratados famosos pero poco explicativos. Tampoco era cuestión de recurrir al Kama Sutra, al que veíamos como algo totalmente prohibido (eso no significa que el resto estuviese permitido pero, subjetivamente, la percepción de la infracción era menor). Finalmente encontramos un libro en el VIPS que se titulaba precisamente así: "Cómo hacer bien el amor...", del que había dos versiones, una era "... a un hombre" y la segunda "...a una mujer". Dada nuestra ignorancia compramos ambos y los forramos con papel de periódico para que pasasen desapercibidos, aunque su contenido distaba de poderse catalogar dentro de la literatura erótica, hay novelas mucho más descriptivas en ese sentido. Eran básicamente didácticos y bastante divertidos. Su cubierta estaba ilustrada con caricaturas de gallos y gallinas. Los leímos, los comentamos y nos imaginamos el paso de la teoría a la práctica. De hecho, pese a las ganas, lo más difícil era encontrar la oportunidad de poner en práctica lo leído.

Se aprovechaba cualquier momento y cualquier lugar, más o menos solitario y discreto, para ensayar sus enseñanzas. Se incluían desde trucos para besar a la interpretación de diversos signos. Compartir un lenguaje secreto e investigar puntos erógenos accesibles, en las palmas de las manos, los antebrazos, las rodillas... estimulaba la complicidad. Algunas sugerencias eran directamente imposibles, como la de probar a hacerlo en la bañera y sumergir las orejas durante el proceso porque, supuestamente, con ello las sensaciones se hacían más irreales. Lo irreal era contar con tiempo suficiente como para acoplarse en la bañera sin que te pillaran, por no hablar de lo de meterse dos personas en ella y disponer de espacio suficiente para poderse mover. Lo de sumergir las orejas casi nos mata ahogados de risa. Una de las conclusiones es que la flexibilidad de la juventud es imprescindible, no sólo para la bañera sino para ensayar posturas, cambios de las mismas y adaptarse a los sitios en los que debíamos escondernos para contar con algo de intimidad. En ese sentido también lo es la resistencia al frío y la velocidad para compensarlo, así como el conseguir empañar rápidamente los cristales con el calor de la respiración. La habilidad para vestirse y desvestirse es un punto básico, y también el estar muy atento a todos los ruidos externos. Con el tiempo la cosa mejora, especialmente el hábitat en el que practicar, lo que sin duda influye en el resultado.

3 comentarios:

ANTIQVA dijo...

Bueno, nuestro mundo se ha desarrollado, casi, dejando a un lado la sexualidad... Considerandola algo clandestino. Algo asi como un impresentable amigo, al que tenemos que ocultar ante los demas...

Un saludo, amiga

Carmen dijo...

Jejeje Menos mal que éramos un montón de primas y así lo que no sabía una lo sabía la otra o se lo inventaba. Yo, para no hacer muchas pruebas y no tener que comprarme los libros, aprendí lo que sé con el que sigue a mi lado hasta ahora. Después de 25 años supongo que la cosa no irá mal o ya habríamos buscado algo mejor.

Yo misma dijo...

Llevo varios días sonriéndome cuando recuerdo esta entrada que me ha traído a la memoria el dramón que se armó en mi casa cuando mi madre descubrió precisamente el libro "Cómo hacer bien el amor a un hombre", que yo tenía bien escondido, o eso creía. La bronca fue de tal magnitud que tuve que exiliarme a casa de mi tía durante 3 días hasta que mi familia, a pesar de mi baja catadura moral, tuvo a bien readmitirme. ¡Dios mio! ¡Qué tiempos!