miércoles, 9 de abril de 2014

Anori y la montaña de Lavanda

Lavanda te transporta con el murmullo de sus palabras a un mundo de nieve y silencio, un mundo frío, de copos que flotan en el aire y se posan con suavidad en un lecho infinito y acogedor, que invita a descansar. Escuchad... 

Anori y la montaña

Anori es tan vieja que ya no le quedan dientes. Hoy al despertar ha visto la primera nevada de la estación. Sabe que este será su último invierno. Desde el interior de la tienda percibe el nerviosismo de toda la familia, hoy se pondrán en marcha rumbo al valle.

Anori es tan vieja que ya no tiene cometido, solo espera que Imnek venga a buscarla.  Alrededor de la cintura lleva una cuerda llena de nudos, uno por cada invierno que ha vivido. Son tantos que ya no sabe contarlos.

Serpenteando por el camino curvo de la ladera, el silencio se ha encajado en los corazones de todos. Hoy Anori está con ellos, mañana se habrá ido.

En un recodo, al abrigo del viento del norte, Anori se sienta sobre una piedra. Le gusta ese lugar, tiene una buena vista del valle, contemplará desde arriba  la llegada de su gente a su destino.

Anori es tan vieja que ya no tiene voluntad. La ha visto irse pegada a la espalda de su hijo mayor y la ha despedido con una sonrisa. Ella no la necesita, su camino está trazado.

La ventisca levanta la nieve de la ladera y cubre el valle con una sábana limpia. Anori cierra los ojos y espera. Canta. Canta un cántico monótono que no está hecho de palabras, y la montaña le responde con su melodía irracional, hecha de piedra.

En la blancura del aire ve  a alguien que se acerca. Es Imnek, su esposo, que viene a señalarle el camino correcto. Anori se pone en pie y avanza unos pasos. Sonríe y se confunde con la nieve de la montaña.

A lo lejos, la tribu llega al valle.

1 comentario:

María José Rodrigo Hernández dijo...

Anori está feliz en tu rincón de Soles y sonrisas. Gracias, preciosa. Y un gran abrazo.