viernes, 9 de mayo de 2014

Educar a un hurón

Erase una vez una niña huraña, pero huraña de verdad, no simplemente tímida o retraída. No es que tuviese muchas oportunidades de sacar a relucir ese rasgo, ya que la chiquilla tenía una hermanísima que, como sucede en estos casos, hacía gala de un carácter totalmente opuesto al suyo. ¿Cómo congeniaban la simpatía y la sociabilidad de una con lo arisco de la otra? Lógicamente ambas no se comprendían mutuamente pero, dado que una de ellas requería compañía constante, tampoco se llevaban mal. Hermanísima estaba convencida de que un gruñón solitario no llegaba a ningún lado así que decidió que su misión sería reformar a aquel ser con el que compartía familia y habitación. ¿Cómo? No dejándola ni a sol ni a sombra. Se pegó a ella como una lapa.

Aquella era una tarea muy desagradecida y la pequeña terminaba el día agotada. El hurón no reconocía sus desvelos sino que la consideraba un incordio. No obstante, a pesar de los desplantes, perseveró sin rendirse. Pensó que ante un caso tan grave no le vendría mal contar con refuerzos. No tardó en encontrar aliados en la familia: los titos y la caterva creciente de primas (los primos fueron más tardíos). Para manejarse entre semejante gentío la sociabilidad era condición sine qua non. El hurón no tenía escapatoria.

No le costó escoger a la candidata ideal para que la ayudase en su difícil misión. La elegida había nacido con un singular don: el de tener siempre algo agradable que decir de todo el mundo. Con su gracia se ganaba el favor de todos, sin excepción. Cierto que al nacer no hablaba y, por eso, cuando su huraña prima la contempló por primera vez, lo único que vio en el cuco fue un bebé muy, muy pequeño (aún más que hermanísima). Se preguntó qué tipo de atracción ejercía aquella criatura diminuta sobre el resto ante la que todos se mostraban tan emocionados. Se fijó mejor para descubrirlo. Los adultos parecían esperar que emitiese su dictamen. ¿Qué decir? Había una cosa evidente ¿Sería eso? "Tene pendentes pero no tene dentes" declaró con su lengua de trapo de dos años. No entendió por qué se reían,  no era gracioso, se había limitado a constatar un hecho. ¿No era eso lo que querían?

Definitivamente no residía ahí el misterio porque sólo tardaron unos meses en aparecerle los dientes y no por ello disminuyó el encanto del bebé. Al contrario, según crecía, aumentaba. Sus enormes ojos se maravillaban ante todo y con esa mirada conquistaba a cualquiera. Incluso el hurón notaba que aquella prima era distinta, merecía la pena cultivarla. Se esmeró en su trato con ella y procuraba prolongar las visitas todo lo posible por lo que, más de una noche, sus tíos se llevaron a su casa aquella sobrina peculiar a la que, una vez allí, parecían interesarle tan sólo los libros del cuarto del fondo y del armario del abuelo. En el aspecto demostrativo aún le faltaba mucho por aprender.

Hermanísima, siempre inseparable, y primísima jugaban juntas a las tiendas, a las mamás, a ponerse potingues y trapos y a presumir. Mientras tanto tragalibros devoraba cuentos sentada en la misma habitación, pero en un planeta diferente. No entendía la gracia de aquellos juegos: si ir al mercado de verdad era un rollo ¿por qué era mejor comprar verduras de plástico en la propia casa? ¿qué tenía de divertido un muñeco llorón al que había que darle biberones y cambiarle los pañales? ¿Imaginar que era real? Eso habría sido peor. Sin embargo le gustaba estar allí, con sus comprensivos tíos y su prima, que suponían, llenos de optimismo, que por algo se empieza...

Nota: este es un cuento aún en proceso, menos mal que mis tíos, hermanísima y primísima son inasequibles al desaliento.

2 comentarios:

Elvis dijo...

Aunque mi llegada fue mucho más tardía, en mis recuerdos de infancia no hay nada que se parezca a un hurón, todo lo contrario, recuerdo a una hermana cariñosa que siempre me mimaba, jugaba conmigo y me llevaba a todas partes.

Carmen Marcos dijo...

Yo si que recuerdo a la traga libros pero no al hurón. Hermanísima a veces también era bien malilla y tragalibros siempre la ayudaba. Además lo pasaba bien con ella, nos gustaba nadar juntas y siempre me defendía del pescador que pegaba unas buenas patadas.
Yo tampoco recuerdo al hurón :)