martes, 2 de abril de 2013

Conejo (de Pascua) en salsa de almendras

Un conejo listo, en plena huida
En la Granja, además de gallinas, también se criaban conejos. Llenaban una nave entera, justo la de al lado de donde en un futuro se construiría la fantástica piscina en la que los primos nos pasábamos en remojo todo el verano. ¡Todo un respiro! y no sólo por el calor. La piscina, algo retirada de la casa, suponía un inmenso alivio para los adultos que gracias a ella se veían libres de una buena parte de la niñería, al menos de los autónomos (y eramos autónomos casi al aprender a caminar). Curiosamente, y a pesar del calor jienense, no solían prodigarse por aquellos lares salvo para darse un baño ocasional y, una vez frescos, regresar rápidamente a la casa. Sospecho que aunque se acercaba poco por allí, y nunca jamás se bañó en ella, la que más disfrutó de la piscina fue nuestra Baronesa. Claro que en la época de los conejos la piscina no era ni tan siquiera un proyecto en el limbo de los planes.

Por aquel entonces eramos muy pequeñas y, aunque campábamos felices a nuestras anchas por toda la granja, de vez en cuando convenía echarnos un ojo para comprobar que no revolvíamos más de la cuenta. En ocasiones incluso éramos lo suficientemente buenas como para merecernos un premio y si mi abuelo se armaba de valor, nos llevaba a visitar los pequeños gazapos. Se suponía que debíamos dejarlos tranquilos, pero eso era sólo una suposición. Pese al inmenso respeto que nos imponía nuestro abuelo, no podíamos evitar los gritos de entusiasmo ante las tiernas crías. Todas queríamos ver cómo comían, e incluso compartir su comida (sus vitaminas estaban dulces y deliciosas). Nos acercábamos a sus jaulas hasta que los barrotes se marcaban en nuestras caras. Creo que mi abuelo se arrepentía de su decisión, especialmente cuanto intentaba arrancarnos de allí. Supongo que ver luego al animal sometido a las habilidades culinarias de la Baronesa le servía de desquite.

Dada la política por la defensa de los animales que caracterizaba a mis abuelos, el tener un bicho susceptible de ser comido como mascota no parecía de antemano ninguna gran idea. Los reptiles de mi hermano se libraban de la olla sin problemas. Sin embargo un amable desaprensivo le regaló en cierta ocasión un conejo blanco a mi prima Pal. Con gran acierto, para que todos pudiésemos disfrutar de las bondades del precioso animal, lo instalaron en una de las viejas naves de la Granja (mi abuelo se había jubilado hacía tiempo). Durante aquellas vacaciones de Navidad el lagomorfo constituyó una de las principales atracciones para los primos. Le visitábamos continuamente y le malcriábamos aún más. Se convirtió en una bola de pelo blanco de orejas largas y hocico rosa. Espero que disfrutase de aquellos últimos días del año porque, antes de que diese paso el Año Nuevo, salió de aquella nave protectora para conocer, íntimamente, el puchero de mi abuela. Como ya indicó hermanita en uno de sus comentarios, no fue el primero ni el último animal que todos los primos buscamos desesperadamente por el campo mientras se cocía en la cazuela con arroz, o con salsa (puestos a escoger, mi favorito era en salsa. A hermanísima no le gustaba el conejo).


CONEJO EN SALSA de ALMENDRAS

Rehogar los trozos de conejo en aceite junto con un par de ajos en láminas, una cebolla picada y un buen puñado de almendras previamente machacadas con el almirez.

Cuando la cebolla esté transparente y el conejo tenga un poco de color añadir: 1 vaso de vino blanco, un vaso de agua, una pizca de azafrán y otra de canela.

Dejar cocer hasta que el conejo esté tierno (unos 20 minutos)

Comer sin remordimientos.

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